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ARGENTINA: DÍA DE LA MEMORIA POR LA VERDAD Y LA JUSTICIA

TOMADO DE TELESUR

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Cada 24 de marzo Argentina Conmemora el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia para recordar a las víctimas de la última dictadura militar del país (1976-1983) recordada como una de las etapas más sangrientas de la historia de ese país.

EL PROCESO DE REORGANIZACIÓN NACIONAL
(LA DICTADURA MILITAR)

LA DICTADURA EN ARGENTINA

El 24 de marzo de 1976 se produjo en Argentina el último golpe de Estado militar que derrocó el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón. Este hecho marcó el inicio de una etapa sangrienta en la que las violaciones de Derechos Humanos, los secuestros, las matanzas y las desapariciones se hicieron el día a día en la nación suramericana. 

Fueron siete años muy duros para el país. En la dictadura se perdieron muchas vidas. En la actualidad hay quienes aún se estremecen escuchando historias como el robo de niños, las violaciones continuas y los vuelos de la muerte. Por eso es que ahora, cuando la democracia se ha instaurado en la nación, la expresión “Nunca Más” es usada por el pueblo argentino para hacer referencia a ese período oscuro y doloroso de su historia. 

“Recordar esta fecha nos responsabiliza en la defensa de nuestros derechos y del sistema político democrático. Un gobierno elegido por la mayoría y respetado por todos es lo más valioso que un país puede tener”, indica la Presidencia argentina indica en su portal Web. 

 El 2 de agosto de 2002, el Congreso de la Nación Argentina dictó la ley 25.633, creando el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia con el fin de conmemorar a las víctimas de la dictadura. 

 En 2005, durante la gestión del presidente Néstor Kirchner, el Ejecutivo argentino propuso que la fecha se convirtiera en un día no laborable, inamovible. El proyecto se convirtió en Ley gracias al apoyo de organizaciones de derechos humanos como Abuelas de Plaza de Mayo y Madres de Plaza de Mayo, quienes no han bajado sus brazos en la búsqueda de la justicia. 

 “Hablemos claro: no es rencor ni odio lo que nos guía y me guía, es justicia y lucha contra la impunidad. A los que hicieron este hecho tenebroso y macabro de tantos campos de concentración, como fue la ESMA, tienen un solo nombre: son asesinos repudiados por el pueblo argentino”- Néstor Kirchner.

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¿QUIÉN FUE JORGE RAFAEL VIDELA?

JORGE RAFAEL VIDELA, ES SEÑALADO COMO EL PRINCIPAL RESPONSABLE DE LAS MAYORES VIOLACIONES A LOS DERECHOS HUMANOS QUE PUDO SUFRIR EL PUEBLO DE ARGENTINA ENTRE 1976 Y 1981.

1.- ¿Quién fue? Jorge Rafael Videla fue un militar argentino que formó un Gobierno “de facto” en Argentina entre los años 1976 y 1981, tras derrocar a la presidenta María Estela Martínez de Perón, y ejerció una cruel dictadura. Durante su período de Gobierno impulsó una de las peores violaciones a los derechos humanos y tras su caída fue juzgado y condenado a prisión por los numerosos crímenes cometidos en su gestión.  

2.- ¿Cómo llegó a la política? Videla era teniente general y llegó a ocupar el cargo de Comandante en Jefe del Ejército durante el Gobierno de María Estela Martínez de Perón, conocida como Isabelita, en 1974. El 24 de marzo de 1976 encabezó un golpe de Estado que derrocó a Isabelita por una junta militar que él integrada junto a otros representantes del Ejército y la Armada, quienes fueron entrenados en la famosa Escuela de las Américas, ubicada en Panamá y financiada y dirigida por los Estados Unidos. Asumió la presidencia de la nación el 29 de marzo de 1976 y cinco años después fue reemplazado por el general Roberto Eduardo Viola en 1981, tras el nombramiento de una segunda junta militar.

3.- Responsable de violaciones de los DD.HH. Durante el Gobierno de Videla se registraron frecuentes y gravísimas violaciones a los derechos humanos. Uno de los elementos claves en el desarrollo de su proceso dictatorial fue un plan que comprendía la represión sistemática de la oposición política e ideológica. Supresión del derecho a la defensa, encarcelamientos ilegales, torturas y asesinatos de opositores fueron parte de estas prácticas, sobre todo en sectores de mayor presencia de estudiantes. El golpe militar encabezado por Videla trajo consigo también la desaparición de miles de personas. Esta metodología también se dio con los hijos de los prisioneros, algunos de corta edad, otros nacidos en los centros clandestinos durante el cautiverio de sus padres. Por todo esto, Videla fue condenado por la justicia durante el gobierno de Raúl Alfonsín tras la creación de la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas que se encargaría de investigar y documentar lo sucedido.

4.- Su Gobierno y las consecuencias económicas Las medidas económicas en Argentina, durante la dictadura de Videla, estuvieron basadas en la apertura de los mercados y el desmantelamiento de la legislación laboral vigente. Su gestión produjo la eliminación de las barreras arancelarias, la caída de la producción industrial y el saldo negativo del comercio exterior de Argentina, llegando a cuadruplicar la deuda externa. 

5.- Las cuentas con la justicia Tras restablecerse la democracia en Argentina, en el año 1983, Videla fue juzgado y declarado culpable por el asesinato y la desaparición de miles de ciudadanos durante su gestión presidencial. Dos años después las autoridades lo sentenciaron a reclusión perpetua, inhabilitación absoluta perpetua y destitución del grado militar en 1985. Fue hallado responsable de: numerosos homicidios calificados, 504 privaciones ilegales de la libertad calificada, aplicaciones de tormentos, robos agravados, falsedades ideológicas de documento público, usurpaciones, reducciones a servidumbre, extorsión, secuestros extorsivos, supresión de documento, sustracciones de menores, y tormentos seguidos de muerte. La Corte Suprema de Justicia de Argentina confirmó los delitos en 1986. 

Sin embargo, Videla cumplió sólo cinco años de prisión efectiva, ya que en 1990, el entonces presidente Carlos Saúl Menem lo indultó junto a otros miembros de juntas militares, argumentando la necesidad de “superar los conflictos pasados”. Pero, En 1998 regresó a prisión pasando 38 días en la cárcel, hasta que se le concedió el derecho al arresto domiciliario en atención a su edad. Falleció el 17 de mayo de 2013.

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LAS MADRES DE LA PLAZA DE MAYO

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La Plaza de Mayo, en Buenos Aires, es testigo de la perseverancia y de la sed de justicia de las Madres de las miles de víctimas desaparecidas durante la última dictadura militar de Argentina (1976-1983) . Las Madres de la Plaza de Mayo son un referente mundial de la lucha continuada por la justicia y el respeto a los Derechos Humanos.

El 30 de abril de 1977, la valentía de 14 mujeres que hicieron pública la desaparición de sus hijos a manos del gobierno de facto de JORGE Videla, marcó el inicio de una lucha que trascendió el pedido de justicia para convertirse en un movimiento que reivindica los principios e ideales de las víctimas de la dictadura.

Juntas han logrado el reconocimiento del Gobierno argentino y la admiración del mundo, las Madres de la Plaza de Mayo han recibido innumerables premios y reconocimientos de importantes organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

Se enfrentaron a un Gobierno dictatorial y criminal que intentó amedrentarlas y desaparecerlas mientras negaba su existencia y la de sus hijos víctimas.

LA MARCHA QUE NO CESA24

Cada jueves, las mujeres que marchan alrededor de la Pirámide (monumento central de la Plaza), reviven con sus pañuelos blancos en la cabeza, la lucha colectiva por la memoria de los más de 30 mil desaparecidos.

Desde hace ya casi 38 años las madres marchan incansablemente, marcharon cuando el entonces Presidente Carlos Menem firmó la ley de Amnistía que absolvió a los líderes del régimen militar de sus crímenes.
También marcharon cuando por diferencias ideológicas el grupo se separó en dos facciones. Y marcharon para celebrar cuando Néstor Kirchner anuló la ley de Amnistía y abrió la puerta a que más responsables de las desapariciones fueran enjuiciados.

Su marcha también ha cristalizado en otras victorias, la Fundación Madres de la Plaza de Mayo ha creado instituciones que contribuyen a la preservación y transmisión de su legado a las nuevas generaciones como el Café literario y librería “Osvaldo Bayen”, la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo, la radio “La voz de las Madres” y desde marzo de 2014 las Madres editan la revista Ni un Paso Atrás.Buscando a los nietos sin olvidar a los hijos

BUSCANDO A LOS NIETOS SIN OLVIDAR A LOS HIJOS

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Guido Montoya Carlotto y su abuela Estela de Carlotto, presidente de las Abuelas de Mayo. El encuentro es reciente.

El movimiento de las Madres de la Plaza de Mayo está estrechamente relacionado con las Abuelas de Plaza de Mayo, organización cuyo objetivo es recuperar la identidad de los cientos de niños que fueron secuestrados por las autoridades militares durante la dictadura.

El movimiento de las Madres de la Plaza de Mayo está estrechamente relacionado con las Abuelas de Plaza de Mayo, organización cuyo objetivo es recuperar la identidad de los cientos de niños que fueron secuestrados por las autoridades militares durante la dictadura.

Esta organización ha logrado recuperar 116 nietos que fueron secuestrados y desaparecidos por la dictadura. Su mayor aporte a esta lucha y al mundo ha sido el Índice de Abuelismo para probar la relación de parentesco genético entre los niños apropiados y sus abuelos biológicos.

También la asociación HIJOS, formada por los hijos de los detenidos desaparecidos que desean continuar la lucha de sus padres y sus abuelas, sigue desde su trinchera la lucha que las madres de la Plaza empezaron hace más de tres décadas.

También la asociación HIJOS, formada por los hijos de los detenidos desaparecidos que desean continuar la lucha de sus padres y sus abuelas, sigue desde su trinchera la lucha que las madres de la Plaza empezaron hace más de tres décadas.

Las Madres de la Plaza de Mayo son ejemplo de que lo único que se necesita para lograr cosas difíciles es la convicción. Aunque no han alcanzado la justicia que buscan, cada día demuestran que la mejor manera de honrar a sus hijos es seguir luchando.

original (1)

http://immersive.sh/telesur/uCRSiz2Vb

 

 

Testimonio sobre el asesinato de Víctor Jara: ¡A ese hijo de puta me lo traen para acá!

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Por Boris Navia Pérez, Abogado, casado, tres hijos. Preside el Club de Amigos de Radio Nuevo Mundo y ejerce su profesión, asesora a la Confederación Campesina Ranquil, a exonerados políticos y otros gremios.

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¡A ese hijo de puta me lo traen para acá!”. Gritó el oficial apuntando con su dedo a Víctor Jara, quien junto a unos 600 profesores y estudiantes de la UTE ingresábamos prisioneros con las manos en la nuca y a punta de bayonetas y culatazos al Estadio Chile, la tarde del miércoles 12 de septiembre de 1973. Era el día siguiente del golpe fascista. El día antes, el 11, Víctor debía cantar en el acto que se realizaría en la UTE, donde nuestro rector Enrique Kirberg recibiría al presidente Allende, quien anunciaría el llamado a plebiscito al pueblo de Chile. Sin embargo, la voz de Allende fue apagada en La Moneda en llamas y la guitarra de Víctor quedaría allí, destrozada por la bota militar en el bombardeo de la UTE, como testimonio más de la barbarie fascista.“¡A ese hijo de puta me lo traen para acá!”. Repitió iracundo el oficial. Casco hasta los ojos, rostro pintado, metralleta al hombro, granada al pecho, pistola y corvo al cinto, balanceando su cuerpo tensado y prepotente sobre sus botas negras.

 “¡A ese huevón! ¡A ése!”. El soldado lo empuja sacándolo de la fila. “¡No me lo traten como señorita, carajo!”. Ante la orden, el soldado levanta su fusil y le da un feroz culatazo en la espalda de Víctor. Víctor cae de bruces, casi a los pies del oficial.

 “¡Che, tu madre! Vos sos el Víctor Jara huevón. El cantor marxista ¡El cantor de pura mierda!”. Y, entonces, su bota se descarga furibunda una, dos, tres, 10 veces en el cuerpo, en el rostro de Víctor, quien trata de protegerse la cara con sus manos (ese rostro que cada vez que lo levanta esboza esa sonrisa, que nunca lo abandonó hasta su muerte). Esa misma sonrisa grande con que cantó desde siempre al amor y a la revolución.

 “Yo te enseñaré hijo de puta a cantar canciones chilenas, ¡no comunistas!”.

El golpe de una bota sobre un cuerpo indefenso no se olvida jamás. El oficial sigue implacable su castigo, enceguecido de odio, lo increpa y patea. La bota maldita se incrusta en la carne del cantor. Nosotros, apuntados por los fusiles contemplamos con horror la tortura de nuestro querido trovador y pese a la orden de avanzar nos quedamos transidos frente al horror. Víctor yace en el suelo. Y no se queja. Ni pide clemencia. Sólo mira con su rostro campesino al torturador fascista. Este se desespera. Y de improviso desenfunda su pistola y pensamos con pavor que la descerrajará sobre Víctor. Pero, ahora le golpea con el cañón del arma, una y otra vez. Grita e increpa. Es histeria fascista.

Y, entonces, la sangre de Víctor comienza a empaparle su pelo, a cubrirle su frente, sus ojos. Y la expresión de su rostro ensangrentado se nos quedaría grabada para siempre en nuestras retinas.El oficial se cansa y de pronto detiene sus golpes. Mira a su alrededor y advierte los cientos de ojos testigos que en una larga hilera lo observan con espanto y con ira. Entonces, se descompone y vocifera.“¿Qué pasa huevones? ¡Que avancen estas mierdas¡ Y a este cabrón’ se dirige a un soldado, “me lo pones en ese pasillo y al menor movimiento, lo matas! ¿Entendiste? ¡Carajo!

El Estadio Chile se iba llenando rápidamente con prisioneros políticos. Primero, 2 mil, luego seríamos más de 5 mil. Trabajadores heridos, ensangrentados, descalzos, con su ropa hecha jirones, bestialmente golpeados y humillados. El golpe fascista tuvo allí, como en todas partes, una bestialidad jamás vista. Las voces de los oficiales azuzando a los soldados a golpear, a patear, a humillar esta “escoria humana”, a la “cloaca marxista”, como lo espetan.

Hasta hoy día la gente nos pregunta si los miles de prisioneros del estadio presenciaron estas torturas de Víctor y la respuesta es que sólo unos pocos, sus compañeros de la UTE y los más cercanos, ya que el destino y la vida de cada uno estaba en juego y, además, el Estadio Chile era un multiescenario del horror, de la bestialidad más despiadada.

Allí arriba un oficial le cortaba la oreja con su corvo a un estudiante peruano, acusándolo por su piel morena de ser cubano. Allá, un niño de unos 12 años, de repente se levanta de su asiento y llamando a su padre corre enloquecido entre los prisioneros y un soldado le descarga su ametralladora. De pronto un soldado tropieza en las graderías con el pie de un obrero viejo y El príncipe, que así se hacía llamar uno de los oficiales a cargo, desde lo alto de los reflectores que nos enceguecían, le ordena que le golpee y el soldado toma el fusil por su cañón y quiebra su culata en la cabeza del trabajador, que se desangra hasta morir. Un grito de espanto nos sobrecoge. Desde lo alto de la gradería, un trabajador enloquecido se lanza al vacío al grito de ¡Viva Allende! y su cuerpo estalla en sangre en la cancha del estadio. Enceguecidos por los reflectores y bajo los cañones de las ametralladoras, llamadas “las sierras de Hitler”, siguen llegando nuevos prisioneros.

Víctor, herido, ensangrentado, permanece bajo custodia en uno de los pasillos del Estadio Chile. Sentado en el suelo de cemento, con prohibición de moverse. Desde ese lugar, contempla el horror del fascismo. Allí, en ese mismo estadio que lo aclamó en una noche del año 69 cuando gana el Primer Festival de la Nueva Canción Chilena, con su Plegaria de un labrador:

 Levántate

 Y mírate las manos

 Para crecer, estréchala a tu hermano

 Junto iremos unidos en la sangre

 Hoy es el tiempo que puede ser mañana.

 Juntos iremos unidos en la sangre

 Ahora y en la horade nuestra muerte, amen.

 Allí es obligado a permanecer la noche del miércoles 12 y parte del jueves 13, sin ingerir alimento alguno, ni siquiera agua. Víctor tiene varias costillas rotas, uno de sus ojos casi reventado, su cabeza y rostro ensangrentados y hematomas en todo su cuerpo. Y estando allí, es exhibido como trofeo por el oficial superior y por El príncipe ante las delegaciones de oficiales de las otras ramas castrenses y cada uno de ellos hace escarnio del cantor.

La tarde del jueves se produce un revuelo en el estadio. Llegan buses de la población La Legua. Se habla de enfrentamiento. Y bajan de los buses muchos presos, heridos y también muchos muertos. A raíz de este revuelo, se olvidan un poco de Víctor. Los soldados fueron requeridos a la entrada del estadio.

Entonces, aprovechamos para arrastrar a Víctor hasta las graderías. Le damos agua. Le limpiamos el rostro. Eludiendo la vigilancia de los reflectores y las “punto 50”, nos damos a la tarea de cambiar un poco el aspecto de Víctor. Queremos disfrazar su estampa conocida. Que pase a ser uno más entre los miles. Un viejo carpintero de la UTE le regala su chaquetón azul para cubrir su camisa campesina. Con un cortauñas le cortamos un poco su pelo ensortijado. Y cuando nos ordenan confeccionar listas de los presos para el traslado al Estadio Nacional, también disfrazamos su nombre y le inscribimos con su nombre completo: Víctor Lidio Jara Martínez. Pensábamos, con angustia, que si llegábamos con Víctor al Nacional, y escapábamos de la bestialidad fascista del “Chile”, podríamos, tal vez, salvar su vida.

Un estudiante nuestro ubica a un soldado conocido, le pide algo de alimento para Víctor. El soldado se excusa, dice que no tiene, pero más tarde aparece con un huevo crudo, lo único que pudo conseguir y Víctor toma el huevo y lo perfora con un fósforo en los dos extremos y comienza a chuparlo y nos dice, recuperando un tanto su risa y su alegría, “en mi tierra de Lonquén así aprendí a comer los huevos”. Y duerme con nosotros la noche del jueves, entre el calor de sus compañeros de infortunio y, entonces, le preguntamos que haría él, un cantor popular, un artista comprometido, un militante revolucionario, ahora en dictadura y su rostro se ensombrece previendo, quizás, la muerte. Hace recuerdos de su compañera, Joan, de Amanda y Manuela, sus hijas y del presidente Allende, muerto en La Moneda, de su amado pueblo, de su partido, de nuestro rector y de sus compañeros artistas. Su humanidad se desborda aquella fría noche de septiembre.

El viernes 14 estamos listos para partir al Nacional. Los fascistas parecen haberse olvidado de Víctor. Nos hacen formar para subir a unos buses, manos en alto y saltando. Y las bayonetas clavándonos. En el último minuto, una balacera nos vuelve a las graderías.

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Y llegamos al fatídico sábado 15 de septiembre de 1973. Cerca del mediodía tenemos noticias que saldrán en libertad algunos compañeros de la UTE. Frenéticos empezamos a escribirles a nuestras esposas, a nuestras madres, diciéndoles solamente que estábamos vivos. Víctor sentado entre nosotros me pide lápiz y papel. Yo le alcanzo esta libreta, cuyas tapas aún conservo. Y Víctor comienza a escribir, pensamos en una carta a Joan su compañera. Y escribe, escribe, con el apremio del presentimiento. De improviso, dos soldados lo toman y lo arrastran violentamente hasta un sector alto del estadio, donde se ubica un palco, gradería norte. El oficial llamado El príncipe tenía visitas, oficiales de la Marina. Y desde lejos vemos como uno de ellos comienza a insultar a Víctor, le grita histérico y le da golpes de puño. La tranquilidad que emana de los ojos de Víctor descompone a sus cancerberos. Los soldados reciben orden de golpearlo y comienzan con furia a descargar las culatas de sus fusiles en el cuerpo de Víctor. Dos veces alcanza a levantarse Víctor, herido, ensangrentado. Luego no vuelve a levantarse. Es la última vez que vemos con vida a nuestro querido trovador. Sus ojos se posan por última vez, sobre sus hermanos, su pueblo mancillado.

Aquella noche nos trasladan al Estadio Nacional y al salir al foyer del Estadio Chile vemos un espectáculo dantesco. Treinta o cuarenta cuerpos sin vida están botados allí y entre ellos, junto a Litre Quiroga, director de Prisiones del Gobierno Popular, también asesinado, el cuerpo inerte y el pecho perforado a balazos de nuestro querido Víctor Jara. 42 balas. La brutalidad fascista había concluido su criminal faena. Era la noche del sábado 15 de septiembre. Al día siguiente su cadáver ensangrentado, junto a otros, sería arrojado cerca del Cementerio Metropolitano.Esa noche, entre golpes y culatazos ingresamos prisioneros al Estadio Nacional. Y nuestras lágrimas de hombres quedaron en reguero, recordando tu canto y tu voz, amado Víctor, Víctor del pueblo:

 Yo no canto por cantar

 Ni por tener buena voz

 Canto porque la guitarra

 Tiene sentido y razón.

 Que no es guitarra de ricos

 Ni cosa que se parezca

 Mi canto es de los andamios

 Para alcanzar las estrellas

 Esa misma noche, ya en el Nacional, lleno de prisioneros, al buscar una hoja para escribir, me encontré en mi libreta, no con una carta, sino con los últimos versos de Víctor, que escribió unas horas antes de morir y que el mismo tituló Estadio Chile, conteniendo todo el horror y el espanto de aquellas horas. Inmediatamente acordamos guardar este poema. Un zapatero abrió la suela de mi zapato y allí escondimos las dos hojas del poema. Antes, yo hice dos copias de él, y junto al exsenador Ernesto Araneda, también preso, se las entregamos a un estudiante y a un médico que saldrían en libertad.Sin embargo, el joven es revisado por los militares en la puerta de salida y le descubren los versos de Víctor. Lo regresan y bajo tortura obtienen el origen del poema. Llegan a mí y me llevan al Velódromo, transformado en recinto de torturas e interrogatorios.

Me entregan a la FACh y tan pronto me arrojan de un culatazo a la pieza de tortura, el oficial me ordena sacarme el zapato donde oculto los versos. “¡Ese zapato, cabrón!”. Grita furibundo. Su brutalidad se me viene encima. Golpea el zapato hasta hacer salir las hojas escritas. Mi suerte estaba echada. Y comienzan las torturas, patadas, culatazos y la corriente horadando las entrañas, torturas destinadas a saber si existían más copias del poema. Y ¿por qué a los fascistas les interesaba el poema? Porque a cinco días del golpe fascista en Chile, el mundo entero, estremecido, alzaba su voz levantando las figuras y los nombres señeros de Salvador Allende y Víctor Jara y, en consecuencia, sus versos de denuncia, escritos antes del asesinato, había que sepultarlos.

Pero quedaba otra copia con los versos de Víctor, que esa noche debía salir del estadio.Entonces, se trataba de aguantar el dolor de la tortura. De la sangre. Yo sabía que cada minuto que soportara las flagelaciones en mi cuerpo, era el tiempo necesario para que el poema de Víctor atravesara las barreras del fascismo. Y, con orgullo debo decir que los torturadores no lograron lo que querían. Y una de las copias atravesó las alambradas y voló a la libertad y aquí están algunos versos de Víctor, de su último poema, Estadio Chile:

Somos cinco mil

 En esta pequeña parte de la ciudad.

 Somos cinco mil

 ¿Cuántos seremos en total

 en las ciudades y en todo el país?

 ¡Cuanta humanidad,

 hambre, frío, pánico, dolor, presión moral, terror y locura!

 Somos diez mil manos menos que no producen

¿Cuántos somos en toda la Patria?

 La sangre del compañero Presidente

 golpea más fuerte que bombas y metrallas

 Así golpeará nuestro puño nuevamente.

 Estos versos recorrieron todo el planeta. Y las canciones de Víctor, de amor y rebeldía, de denuncia y compromiso, siguen conquistando a los jóvenes de todos los rincones de la Tierra.

El oficial fascista que ordenó acribillarlo debió quedar contento con su crimen, pensando que había silenciado la voz del cantor, sin saber que hay poetas y cantores como Víctor Jara que no mueren, que mueren para vivir, y que su voz y su canto seguirán vivos para siempre en el corazón de los pueblos.

PUBLICADO POR SOCIALISMO 

CHILE CIERRA INVESTIGACIÓN SOBRE HOMICIDIO DE VÍCTOR JARA

Telesur

Una corte chilena dio ayer por concluida la etapa sumaria en la investigación sobre el asesinato del cantautor chileno Víctor Jara y el exdirector de Gendarmería Littré Quiroga.

El anuncio fue hecho por el juez Miguel Vázquez, tras su visita a la Corte de Apelaciones de Santiago de chile, la capital país sudamericano.

 Con esta resolución, que fue dictada el 5 de marzo recién pasado, se concluye la etapa investigativa del proceso sobre las muertes ocurridas en septiembre de 1973.

En la muerte del cantautor existen 12 personas involucradas entre ellas el coronel en retiro Hugo Sánchez Marmonti y el teniente retirado Pedro Barrientos.

 Entre los otros involucrados figuran José Paredes, Raúl Jofré, Edwin Dimter Bianchi, Nelson Haase, Jorge Smith, Ernesto Bethke, Juan Jara Quintana, Rolando Melo, Hernán Chacón y Patricio Vásquez.

Víctor Jara fue declarado embajador cultural del Gobierno durante la gestión del presidente Salvador Allende (1970-1973). Como forma de protesta, Jara se encerró con otros estudiantes en la Universidad Técnica del Estado, en Santiago.

Allí el ejército tomó las instalaciones y lo llevó prisionero al Estadio Nacional de Santiago de Chile, donde fue brutalmente torturado y asesinado el 16 de septiembre de 1973.

En septiembre de 2014 fue inaugurado en Santiago de Chile un muro en recuerdo de la vida y obra del cantautor Víctor Jara.

Puedes ver a Victor Jara – Te Recuerdo Amanda – YouTube

   www.youtube.com/watch?v=qfESgtCTn1Q

Te recuerdo Amanda 

la calle mojada 

corriendo a la fábrica 

donde trabajaba Manuel. 

La sonrisa ancha 

la lluvia en el pelo 

no importaba nada 

ibas a encontrarte con él 

con él, con él, con él 

son cinco minutos 

la vida es eterna 

en cinco minutos 

suena la sirena 

de vuelta al trabajo 

y tú caminando 

lo iluminas todo 

los cinco minutos 

te hacen florecer. 

Te recuerdo Amanda 

la calle mojada 

corriendo a la fábrica 

donde trabajaba Manuel. 

La sonrisa ancha 

la lluvia en el pelo 

no importaba nada 

ibas a encontrarte con él 

con él, con él, con él 

que partió a la sierra 

que nunca hizo daño 

que partió a la sierra 

y en cinco minutos 

quedó destrozado 

suena la sirena 

de vuelta al trabajo 

muchos no volvieron 

tampoco Manuel. 

Te recuerdo Amanda 

la calle mojada 

corriendo a la fábrica 

donde trabajaba Manuel

Escritor colombiano cuenta en un libro las torturas de que fue objeto en Colombia

ACT JUD CULT Hernando Calvo Ospina CORTESIA Flickr/TferriereVeintiocho años han pasado desde que el colombiano Hernando Calvo Ospina, entonces un joven de 24 años, fue dado como “desaparecido” por varios días. Hoy, en un libro presentado en España, recuerda esos días de tortura y dolor. Casi le quiebran la columna vertebral para obligarlo a que confiese un delito que no cometió.

Por Patricia Rivas

Tomado de El Telégrafo, de Ecuador

Madrid, España.- Hernando Calvo Ospina es un periodista y escritor colombiano que reside en París, colaborador permanente del mensual internacional Le Monde Diplomatique. Se conoce que fue estudiante de periodismo en Ecuador, donde fue detenido, torturado y encarcelado en 1985. Luego expulsado hacia Perú, cuyo gobierno lo declaró persona “non grata” y fue acogido por Francia. Pero casi nada se ha sabido de los motivos de su captura ni los detalles de lo vivido posteriormente.

Ahora Hernando acaba de publicar en España (Ediciones El Viejo Topo) el libro “Calla y Respira”, un relato literario de su secuestro, tortura y encarcelamiento en Quito. Una obra que le ha llevado 28 años escribir y que sale a la luz precisamente cuando la Fiscalía ecuatoriana acepta que existió un grupo paramilitar, el SIC-10, que adelantó la guerra sucia del gobierno de Febres Cordero. Los crímenes que se le atribuyen están tipificados por las leyes internacionales como de “lesa humanidad” y no prescriben. Hernando lo sufrió en carne propia y aquí nos lo cuenta por primera vez.

¿Cómo fue su detención y desaparición, y qué ocurrió mientras estaba secuestrado?
Yo viví en Quito casi cinco años y estudié un año de sociología y dos de periodismo en la Universidad Central. Fui detenido en esa ciudad el martes 24 de septiembre de 1985 por tres hombres que se identificaron como miembros de Inteligencia Militar. Pocas horas después supe que había sido un operativo conjunto de militares colombianos y ecuatorianos. Estuve vendado, esposado de pies y manos, casi todo el tiempo tirado por el piso durante casi cuatro días. Los interrogatorios y la tortura síquica eran constantes. No me dejaban dormir y la comida que me dieron fue bien escasa, pero debo decir que no sufrí maltratos físicos.

El viernes me trasladaron a otro lugar que por detalles muy precisos identifiqué casi de inmediato como la sede del Servicio de Investigación Criminal, SIC, no lejos de la Presidencia de la República. Fue ahí donde recibí terribles torturas. Por poco me quiebran la columna vertebral a golpes. Durante tres días me pusieron electricidad en la cabeza, en la lengua y en las partes genitales. Sigo sin olvidar el olor de mi piel quemada,  los estallidos de la cabeza y las risas de los torturadores.

¿Es que usted realizaba alguna actividad política por la que se le pudiera señalar como subversivo?
Un grupo de colombianos habíamos formado el Centro de Estudios Colombianos, Cesco. Nuestra labor era denunciar el terrorismo de Estado que se establecía en nuestro país. También difundíamos una revista llamada La Berraquera. Todo lo que hacíamos era público, hasta conferencias nos permitieron organizar en la Casa de la Cultura.

¿Esto se dio dentro de qué contexto político?
El gobierno del presidente León Febres Cordero necesitaba establecer una serie de medidas neoliberales, y sabía que esto traería la reacción y el rechazo popular. Entonces, pretextando la guerra a las nacientes guerrillas, reprimió, asesinó y torturó a obreros, profesores, estudiantes, campesinos, hombres y mujeres. Se dice que unas tres mil personas terminaron en la cárcel, y no creo que las guerrillas llegaran a tener 300 miembros. Se aplicó la guerra contra el “enemigo interno”, esa que había dictado la doctrina de la Seguridad Nacional estadounidense en los años sesenta.

¿En qué momento se convirtieron los opositores colombianos en parte de ese “enemigo interno”?
Llegó la cacería de brujas contra colombianos cuando se comprobó la relación entre las guerrillas de “Alfaro Vive Carajo” de Ecuador y el “Movimiento 19 de Abril” (M-19) de Colombia, principalmente. Y esta caza se acentuó cuando estos grupos secuestraron al banquero Nahím Isaías. El Presidente dio la orden de asaltar la casa donde lo tenían y un comando español, enviado por el “socialista” Felipe González, dirigió el operativo. No dejaron vivo ni al banquero.

Si ya los del Cesco estábamos en la mira, con esto se multiplicó la búsqueda de sus miembros. Ahora, mentiría si digo que en el Cesco no había quienes tuvieran militancia con las guerrillas. Sí. Yo no la tenía y no me la pudieron comprobar ni bajo las torturas. Tres miembros del Cesco fuimos capturados. Uno fue deportado a Colombia, luego de torturarlo varios días; otro compañero y yo fuimos enviados al Penal García Moreno después de doce días de estar “desaparecidos”.

En el libro usted dice que estando aún desaparecido reconoció a los torturadores.
Un lunes, hacia el mediodía, me sacaron del SIC, me llevaron por la autopista Occidental, me cambiaron de auto, me retiraron las vendas y me metieron de nuevo al SIC con mucha cordialidad. Yo continuaba en condición de “desaparecido”, pues se seguía negando mi captura. Yo no podía creerlo: ahora el “amable” oficial Fausto Elías Flores Clerque se iba a encargar de la “investigación”, ¡después de haber ayudado a torturarme! Al día siguiente, luego de que un extorturador me tomara la indagatoria, me encontré frente a frente con los jefes torturadores. No sé cómo pude simular que no los conocía: Byron Paredes Morales y Édgar Vaca Vinueza, quien no solo era el jefe del grupo sino que también era experto en torturas.

En esos pasillos del segundo piso del SIC también me crucé a Enrique Amado Ojeda, jefe del SIC-Pichincha, y a Mario Pazmiño, asesor presidencial. Estos dos últimos asistieron a mis torturas. ¿Cómo los reconocí? Es que los torturadores no se dieron cuenta de que yo los veía. Porque nunca me cambiaron las vendas que los militares me pusieron. Y éstas, con el sudor y el llanto, se fueron despegando. Y cuando tiraba un poco la cabeza hacia atrás veía todo.

¿Qué puede decirnos de la trayectoria que han seguido sus torturadores?
El gratificar a los “servicios” prestados permitió que todos ellos ascendieran hasta altos cargos en sus instituciones. Continúan gozando de total impunidad, aunque la Comisión de la Verdad, conformada por el presidente (Rafael) Correa, detalla sus crímenes en su contundente informe presentado en el 2010. Además, estos hombres hicieron parte del grupo paramilitar denominado SIC-10, encargado del trabajo “sucio”.

Tenemos que Paredes llegó a coronel (y narcotraficante); Flores ascendió a coronel y jefe antinarcóticos en una provincia; Ojeda fue general de la Policía; Vaca, que fue jefe del SIC-10, llegó a Comandante General de la Policía; y Pazmiño ascendió a director de Inteligencia del Ejército, hasta que el presidente Correa lo destituyó por ser el hombre de la CIA.

Pero yo creo que esos policías y militares son tan responsables de mis torturas y las de miles de otras personas, así como de los cientos de asesinatos que cometieron, como quienes los entrenaron para ello. Y esto no se ha tenido en cuenta. Ni la Comisión de la Verdad lo investigó ni lo expuso como creo se merece. Porque fueron los servicios de seguridad de Israel y de Estados Unidos, sin dejar a un lado a los de España, quienes convirtieron a esos potenciales enfermos mentales en sanguinarios criminales.

¿Quién es? Nombre completo: Hernando Calvo Ospina. Profesión: Periodista y escritor. Nacionalidad: Colombiana, pero vive como refugiado en Francia. Fecha de nacimiento: 6 de junio de 1961. Edad: 52 años. Experiencia: Colaborador del mensual Le Monde Diplomatique. Afición: Música salsa.

DATOS

“Calla y Respira” es el último libro del periodista y escritor colombiano Hernando Calvo Ospina. Se trata de un relato  autobiográfico de su detención-desaparición y tortura durante doce días en Quito, en septiembre de 1985.   

Periodista y autor
de varias obras, ha participado en documentales para las cadenas de televisión BBC y ARTE. En abril de 2009 el vuelo que lo llevaba de París a México tuvo que ser desviado porque debía sobrevolar Estados Unidos y las autoridades de este país lo consideraban como un peligro para su seguridad nacional.

De “Calla y Respira”, 
publicado ya en su traducción francesa, el jurista, escritor y vicepresidente del Comité Asesor del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, Jean Ziegler, ha dicho: “¡Una historia dura e intensa, pero de lectura fantástica!”.

El libro
ha sido editado en español por El Viejo Topo y fue presentado por el autor en Madrid el pasado 13 de junio

Historia de Laura

ADELANTO DEL LIBRO SOBRE LA HIJA DE ESTELA DE CARLOTTO

Laura, vida y militancia de Laura Carlotto, de editorial Planeta, reconstruye la infancia y el compromiso de la hija de la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. La vida en La Plata en los ’70 y la búsqueda de su familia.

Estela, Laura y su padre, Guido Carlotto, el día de la boda de Laura. Arriba, de bebé y con su hermana.

Por María Eugenia Ludueña

Laura necesitaría que el día tuviera mil horas. El tiempo nunca le alcanza para todo lo que quiere hacer. Trabajar, estudiar y militar. Se levanta muy temprano y va a la fábrica de pintura a trabajar con su papá. A Guido le gusta que sus hijos lo ayuden en el transcurso de los veranos y conozcan lo que cuesta ganar el pan, pero ahora que su hija mayor terminó el secundario, pasa todas las mañanas en el local de Berisso. A ella la atrae el barrio, de perfil obrero, y estar en contacto con los empleados que trabajan en la fábrica. Es algo que también sintoniza con lo que se debate en las reuniones entre los compañeros. Los de la Tendencia Revolucionaria sienten que aún no han logrado incidir de forma orgánica en la clase obrera, aunque crece la Juventud de Trabajadores Peronistas (JTP). Laura siente que desde la fábrica también aporta su granito de arena a la causa y disfruta de las conversaciones con su padre. Puede hablar con él de política sin que se escandalice. Guido no despliega una militancia pero está muy informado, vive atento a las noticias, opina, discute. Detesta a la Iglesia y a los militares.

(…)

Laura trabaja con su padre pero a la casa familiar no va tan seguido. Una tarde calurosa queda en encontrarse con su madre en una confitería de la calle 8, casi 60. Estela sabe que el contexto es peligroso: por la mañana las maestras llegan a la escuela azoradas por las imágenes de las que son testigos camino al trabajo. Una de las docentes cuenta que pasaba por una casa donde personal policial estaba en pleno operativo, y le pidieron que se hiciera cargo por un rato de dos nenes: sus padres habían sido secuestrados. La docente, dolorida y sin saber qué hacer, había terminado llevándolos a la Casa Cuna a ver si podían ubicar a otros familiares.

A Estela le irrita que Laura, a la que siempre ha visto como una chica con los pies en la tierra, permanezca tan serena, imperturbable ante esas noticias. Los encuentros entre madre e hija, por seguridad, deben ser breves. Laura pregunta, antes que nada, por cada uno de sus hermanos, especialmente por Claudia. Ella y Jorge llevan meses escondidos. A Kibo y a Remo puede verlos cada tanto. Remo ha llegado a conocer a Victorio. Pregunta también por la salud de la abuela May. En un momento Estela se pone seria. Laura la conoce lo suficiente. Va a empezar con la perorata.

–Mamá, por favor, no empieces…

–No soy yo, Laurita. También tu papá.

–¿Qué pasa con papi?

–Hija, tu papá también quiere que te vayas.

Laura toma un trago de su gaseosa, sin levantar la vista del vaso.

–Ya tiene la plata, el lugar –continuó Estela–. Está todo lo que hace falta para sacarte.

–…

–Si te quedás acá estás corriendo riesgos. ¿No entendés? ¡Te puede pasar algo!

Laura deja de mirar el vaso, observa por la ventana que no haya movimientos inesperados.

–Decime, hija. ¿Cuál es el problema? ¿No te dejan ir? ¿Los de la organización no te dejan ir? Si vos te vas, ¿te consideran traidora? ¿te matan?

Laura se ríe a carcajadas, la mira, sacude la cabeza.

–¡Mamá! ¡Pero qué estás diciendo! Si yo me voy cuando quiero. Pero no quiero irme.

–Pero papá…

–No, mamá. Estoy acá. Estoy bien. Haciendo lo que debo.

Estela la observa. Laura le dice convencida, como si tranquilizara a un niño:

–Ay mami… lo mío no es nada importante. No me van a venir a buscar.

Estela pide la cuenta. Laura recoge su cartera y mira a su madre con dulzura. Como si ella pudiera ver algo que Ñata no alcanza a entender.

–Mirá, mami. Nosotros tenemos un proyecto de vida. Vivir es lo más lindo que hay. Yo quiero vivir. Que todos podamos vivir bien. Nadie quiere morir. Pero seguramente miles de nosotros moriremos…

–¡Laurita! No hablés así.

–Sí, hablo. Pero nuestra muerte, mamá, no va a ser en vano –dice Laura.

Y en esa época a nadie le importaba que las palabras suenen a frases hechas, porque para ellos todo está por hacerse.

(…)

Al fin, la familia Carlotto logra coordinar algo que hace meses no sucede: reunir a los cuatro hijos en Junín, lejos del teatro de operaciones, en casa del tío Ñato, el hermano mayor de Estela. Laura viaja en tren desde Retiro, con Kibo, Claudia y Jorge Falcone.

“¡Qué envidia! ¡La capacidad de sueño de esta mujer!”, dice Jorge al ver a su cuñada dormida, acostada en el piso, en el espacio entre los vagones.

Los padres se sorprenden al verla llegar a casa de Ñato. Laura ha perdido peso, está muy flaca, sin maquillaje; el pelo revuelto, jeans y remera. El arquetipo de una militante aguerrida, bastante rea, aunque sigue siendo sexy. Estela lleva varias semanas sin verla. En un momento en que se quedan solas, le habla con ternura y tristeza. “Pero Laura… cómo me decís que estás viviendo en esa precariedad. ¡Mirá las liendres que tenés! Vos que eras siempre puro perfumito. ¿Por qué no te cortás el pelo?”

Es mirarla y notar que la mayor de los Carlotto está en problemas. Guido se queda preocupado al escuchar de boca de su hija cómo vive, dónde duerme, de casa en casa. El tano siempre soñó para ella un futuro dorado, al que ahora no logra desentrañar cómo se llega.

Laura sigue militando en la Regional de La Plata, de la que su hermana Claudia y Jorge han salido eyectados por las caídas de sus compañeros. La mayor intenta tranquilizar a sus padres: ya está por conseguir un lugar más estable, con unos amigos que pueden aguantarla unas semanas.

(…)

Guido, cada vez que la ve, trata de sugerirle que se vaya. Laura se ríe: aunque la lleven dormida, ella es capaz de despertarse y volver por sus medios.

El 16 de noviembre de 1977, llama a la escuela para hablar con su madre:

–Sabe que últimamente me siento un poco descompuesta…

–Ay Silvia, por favor, cuídese mucho.

–Sí, sí. Tengo que ir al ginecólogo.

Estela deja de recibir noticias. Lo único que llega es una carta de Laura, con fecha del mismo día que hablaron por última vez. Unas semanas después de su liberación, la Gordi camina frente al rectorado de la universidad y se cruza con Estela de casualidad. Se detienen a conversar.

–¿Y Laura?

–La verdad que estoy un poco preocupada por mi hija.

–¿Qué pasó?

–Hace días que no sabemos nada de ella.

El sábado 26 de noviembre Estela se despierta con la certeza: si Laura no llama es porque le ha pasado algo. ¿Por dónde empezar? Sólo sabe que su hija vive en Buenos Aires. Le llegan comentarios de una joven detenida en una confitería porteña, y cree que podría ser ella. Estela lo contará muchos años después, en el Juicio a las Juntas:

La primera noticia que tenemos de que mi hija había sido secuestrada fue por un abogado. Desconozco su filiación. Tenía acceso a estos lugares de secuestro y estaba buscando a otra joven secuestrada de la ciudad de La Plata, una joven de apellido Dall’Orto,(1) cuyo papá era amigo de mi esposo y estaba con el mismo terrible problema encima. Ese abogado se lo comenta a un amigo común, o sea que nosotros nos enteramos por interpósita persona de que esa chica Dall’Orto no estaba donde él había podido ingresar, pero sí estaba una joven de La Plata, Laura Estela Carlotto. Este muchacho nos vino a avisar, fue la primera noticia que tuvimos.

Estela y Guido deciden repetir el camino que dio resultado para la liberación de Guido. Ñata llama a la madrina de su hija mayor. Ya no espera que le pidan rescate, lo ofrece directamente para ganar tiempo. Del relato de su marido le ha quedado la imagen fija: los primeros días de tortura, la fila de jóvenes, la inyección letal. La contraparte le manda a decir a Estela que el valor no es el mismo: se necesitan 150 millones de pesos (2). Es mucho más de lo que ha pagado por su esposo, pero Guido, desesperado, logra juntar toda la plata. El 13 de diciembre Estela entrega 150 millones de pesos a la misma persona, para el mismo destinatario.

Por cábala, por pragmatismo, por las dudas, Estela repite el otro procedimiento que siguió con Guido: pedir a la hermana del general Bignone que el militar le conceda una entrevista.

Pero esta vez no me atendió en su casa sino en el Comando en Jefe del Ejército. El general Bignone ya era secretario de la Junta. En diciembre, no recuerdo bien la fecha, me recibió en su despacho.

Para ingresar en ese edificio, Estela debió pasar por una cantidad enorme de controles, hasta que por un ascensor privado y acompañada por un uniformado, la llevan hasta el despacho de Bignone. Nota con bastante impresión que sobre su escritorio hay un arma, con una empuñadura de madera lustrada. Le expone al militar la nueva situación:

Le pedí por la vida de mi hija. Le dije que si ella había cometido algún delito, que la pasaran al Poder Ejecutivo, que la juzgaran, que yo la iba a esperar todo el tiempo que sea necesario. El carácter de este señor había cambiado mucho, estaba sumamente nervioso y alterado. Me dice: “Señora, usted me cuenta esto, pero vea lo que está pasando. Uno les dice que se entreguen voluntariamente, que se les reduce la pena a la tercera parte –porque ese lugar de rehabilitación que hemos inaugurado existe–, pero no, ellos se van del país y nos siguen fustigando o se quedan. Usted me dice que la pasen al Poder Ejecutivo: yo hace unos días he estado en el Uruguay y he estado en las cárceles donde están los tupamaros. Le puedo asegurar que allí se fortalecen. Y hasta convencen a los guardiacárceles y hay que rotarlos constantemente. Eso no queremos que pase aquí, señora. Acá hay que hacerlo”. Al decir “hay que hacerlo”, tácitamente estaba diciendo: “hay que matarlos”.

Durante el Juicio a las Juntas uno de los integrantes del tribunal, León Arslanian, le preguntará a Estela si esto lo infirió ella o si en aquel momento pidió alguna aclaración a Bignone:

–No cabía ninguna aclaración. Era una respuesta a lo que yo le había pedido. Recordando lo que mi esposo había visto durante su cautiverio –el ingreso de jóvenes, la tortura y la posterior muerte–, le pedí que, si ya la habían matado, me devolvieran el cadáver de mi hija. Porque yo no quería enloquecer como otras madres, buscando en los cementerios, en las tumbas NN. El me dijo que le diera todos los datos posibles. Preguntó si ella tenía algún seudónimo. Me contó la historia de un familiar por el cual le habían pedido: no lo encontraban, pero al decirle el seudónimo que tenía, lo localizaron enterrado como NN en un cementerio y pudo entregárselo al familiar. No digo que prometió ocuparse, pero tomó nota de toda esta situación. Yo me fui convencida, por la actitud de este militar, de lo que se instrumentaba, de lo que se hacía y del destino que seguramente le habría tocado a mi hija. (3)

Estela sale de la oficina pensando que a la súplica maternal, el militar ha respondido como un cobarde: ostentando el puño de su arma lustrosa. Personal del Ejército la acompaña hasta la puerta. Ella tiene que hacer un esfuerzo por no derrumbarse delante de esos hombres. Cuando sale del edificio y la dejan sola, llora desconsoladamente. Guido está parado junto al coche, retorciéndose los dedos de los nervios. El conduce de regreso a La Plata mientras ella le cuenta, sin mirarlo, del encuentro con Bignone. Después no hablan mucho más hasta llegar a su casa. En la intimidad de ese silencio imaginan lo mismo: que su hija ya no vive. Pero ninguno de los dos se anima a pronunciarlo en voz alta.

(…)

A Estela la carcome la incertidumbre por el paradero de Laura. En muchas oportunidades, a lo largo del día, se pregunta si su hija estará viva, si la estarán torturando, si en las próximas horas tendrá noticias de ella, si serán buenas. Una tarde de otoño, su marido está en la pinturería cuando una mujer entra, se acerca al mostrador y le pregunta si conoce a Guido. El la hace pasar al galpón. En los juicios, Estela contará:

Una señora, (4) con mucho temor, le cuenta a mi esposo que hacía cinco días la habían liberado de un campo de concentración. Había sido llevada por haber ayudado a un sobrino. Había estado con mi hija. Dijo que Laura estaba bien, con una panza de seis meses y medio. O sea que su embarazo continuaba. Que por esa razón a veces le daban una alimentación un poco mejor, alguna colchoneta, le permitían caminar, a veces hasta tomar alguna bebida, mate por ejemplo. Y que mi hija le había pedido especialmente que fuera a vernos para decirnos que su bebé iba a nacer en junio, y que estuviéramos atentos en la Casa Cuna.

La señora le transmite a Guido un deseo, tal como se lo ha encargado Laura: que cuando les entreguen el bebé, si es varón, le pongan el nombre de su padre. Guido se quiebra. La señora le describe algunas escenas del cautiverio, demasiado parecidas a lo que él ha visto. Pero el sitio que le describe parece muy diferente. La mujer le habla de galpones, de noches campestres en las que el ladrido de los perros no cesa, del silbido de un tren una vez al día. Guido se despide de la mujer y llama a su esposa para contarle. Estela se siente renacer cuando escucha que su hija está embarazada. Recuerda el último diálogo con Laura, cuando la llamó a la escuela. Esboza hipótesis, posiblemente ella esperara el verano para darles la noticia de su embarazo, no querría preocuparlos.

Esa noche, Guido, Estela, Kibo y Remo se sientan a cenar con alegría, casi como en otros tiempos. Hilvanan los fragmentos, pedacitos de conversaciones, imágenes de los últimos encuentros con Laura y sus compañeros en bares y confiterías de Buenos Aires. ¿Será alguno de ellos el padre del bebé? En las cartas, Laura había contado a su mamá y a sus hermanos que estaba con un compañero. Lo describía “petisito”, “del interior”, “del campo”. Kibo recuerda que ha visto a un muchacho bajito junto a su hermana. El creía que era un compañero de militancia. No se le había ocurrido preguntar el nombre. La regla para sobrevivir era escapar a cualquier marca de identidad.

(…)

El viernes 25 de agosto de 1978, el vigilante salió con la citación de la Comisaría 9a, ubicada frente al departamento de la Gordi. Caminó hasta la casa de los Carlotto. El mensaje era breve: “A los progenitores de Laura Carlotto se los cita con carácter de urgente a la comisaría de Isidro Casanova. A los efectos que se le comunicarán”.

Remo y Kibo se ilusionaron.

(…)

Anochecía cuando Estela y Guido, acompañados por Ricardo, el padrino de Laura, encararon en el Rastrojero para Isidro Casanova. Entre los tres se alegraban y entristecían sucesivamente con las conjeturas.

–A lo mejor está detenida en esa comisaría.

–A lo mejor la blanquean como detenida común.

–¡Miren si nos volvemos con el bebé! –fantaseaba Estela.

–Cuidado. No vaya a ser cosa que estos desgraciados nos digan lo peor.

Era de noche cuando llegaron a la comisaría y se presentaron en el mostrador. Estela mostró el telegrama al oficial de guardia. El tipo leyó, los miró. La Ñata, Guido y el padrino prestaron mucha atención a esa mirada, los ojos de saber un secreto horrible. No es que tuviera un tono compasivo cuando dijo: “Esperen acá. Ya vuelvo”.

Por la cara con que el agente les devolvió el papel, intuyeron que pasaba algo grave. Después de unos minutos, el oficial les hizo señas de que pasaran al despacho del subcomisario, que los recibió de pie, detrás de su escritorio. En ningún momento les hizo señas de que se sentaran. Estela, su hermano y su esposo permanecieron parados, mirando una figura de Cristo apoyada sobre la mesa de trabajo. El subcomisario abrió un cajón, sacó una libreta cívica y extendió la mano hacia ellos para que la vieran. “¿Conocen a esta persona?”, les dijo con frialdad, mientras Ñata reconocía que era el documento de su hija.

La última fotografía que existe de Laura: 4 x 4, tres cuarto perfil, la belleza despreocupada e invencible de la juventud. La piel luminosa, el pelo lacio y oscuro, las cejas ultradepiladas y los ojos inconfundibles, con mucha sombra y máscara de pestañas, maquillados para ir a la fiesta de la vida.

–Sí, es Laura.

–¿Y qué son de ella?

–Los padres.

–Bueno, entonces lamento informarles que falleció –les dijo el hombre.

–¿Cómo que falleció? –alcanzó a preguntar Estela en voz baja.

La madre de Laura sintió que se volvía loca y se quedó un instante en blanco. Cuando logró subir a la superficie del dolor más brutal, gritó como nunca, como jamás en su vida había gritado, como nunca más volvería a hacerlo.

–¡¿Cómo que falleció?! ¡¡¡Ustedes la asesinaron!!! ¡La tuvieron nueve meses para matarla! ¡¿Por qué?! ¡Asesinos! ¡Cobardes! ¡Canallas! ¡Criminales!

El subcomisario no se inmutó, estaría acostumbrado a cosas peores. Estela seguía descontrolada. Su esposo intentaba tranquilizarla. El padrino de Laura preguntó:

–¿Y dónde está?

–Está afuera. En un furgón. –El policía abrió otro cajón del escritorio, sacó una pistola y se la calzó en la cintura.

–¿Y el bebé? –preguntó Estela.

–No sé –le contestó el policía con la expresividad de un pescado muerto–. No sé nada más. Cumplo órdenes del Ejército. Del área de operaciones 114.

Estela apuntó con su dedo a la figura del Cristo. Miró al subcomisario a los ojos y le dijo:

–Ese, el que está ahí: él es quien los va a juzgar; y los va a condenar para toda la eternidad.

El policía miró al padre y al tío de Laura, y les hizo señas de que lo siguieran. Guido y el padrino de Laura caminaron detrás del tipo y salieron de la comisaría. Estela quiso acompañarlos pero su esposo la abrazó y le pidió que los esperara adentro.

El agente los condujo hasta un furgón estacionado junto al edificio. El padre encontró el cuerpo de la hija extendido sobre el piso del vehículo. No había dudas. Laura tenía el rostro desfigurado por un disparo, estaba semivestida, llevaba un corpiño de color negro y medias verdes, y yacía junto al cuerpo de un muchacho. Guido la besó, le acarició el rostro y se quedó unos minutos a solas con ella, contemplándola sin pronunciar palabra. Después volvió sobre sus pasos, entró en la comisaría y abrazó a Estela.

(…)

Después de elegir un ataúd para su hija, Estela pidió al hombre si podía prepararla lo mejor posible para que se la viera presentable. Quería velarla a cajón abierto. Mostrar a todos el horror. En su búsqueda de Laura, Estela se había cruzado con muchas personas que no creían que esas muertes fueran ciertas. Mostrar su verdad, eso quería. Pero el funebrero dijo que no había forma de recomponer la cara de Laura.

El camino de vuelta a La Plata nunca fue tan triste. Estela se quedó pensando en las palabras del funebrero. Se preguntó: si el dinero que había entregado para tratar de rescatar a su hija no había servido, ¿por qué le habían devuelto el cuerpo?

¿Por qué el privilegio? Ensayó una hipótesis: “Detrás de eso habrá estado la mano de Bignone. Después de verme, habrá dicho: voy a dar la orden para que se la entreguen a la señora”, pensaba Estela. Con el correr de los años el razonamiento se le hizo más fuerte.

(…)

Sin un papel que certificara su identidad, el domingo 27 de agosto los Carlotto enterraron a Laura en el cementerio municipal como NN. Los trámites para escribir su nombre en la tumba demorarían años. Al otro día, Estela recibió la respuesta a un hábeas corpus que había presentado hacía meses acompañada por las mujeres del grupo de madres y abuelas.

Llevaba la firma del juez Russo: “Laura Carlotto nunca estuvo detenida. Se desconoce su paradero”. Tres días después de enterrar a su hija, llegó la otra novedad: le había salido el trámite de la jubilación. La primera impresión la amargó, la ironía la apuñalaba. Un instante después, le pareció que podía ser una bendición, una señal: de ahí en más podía disponer libremente del tiempo para encontrar a su nieto.

1 Patricia Dall’Orto, estudiante del bachillerato platense de Bellas Artes. Según el testimonio de otro detenido, Jorge Julio López, la joven fue asesinada de un balazo, igual que su marido, en Arana, en octubre de 1976. Jorge Julio López, albañil y militante, desapareció el 18 de septiembre de 2006, a los 77 años, cuando se dirigía a las audiencias de alegatos en el juicio oral que se realizó en La Plata y por el que fue condenado a reclusión perpetua el ex director de Investigaciones de la Policía Bonaerense Miguel Etchecolatz, por delitos de lesa humanidad cometidos durante la dictadura. Su familia y organismos de derechos humanos siguen reclamando por su aparición.

2 El equivalente a unos 112.000 dólares en 2013.

3 Testimonio de Estela Barnes de Carlotto, Juicio a las Juntas, La Plata, 15 de mayo de 1985.

4 Elsa Campos se acercó a la pinturería el 17 de abril de 1978. No se la pudo localizar para llamarla a declarar en los juicios por crímenes de lesa humanidad.

Tomado de Página/12

Las bombas de Boston despertaron a un monstruo

La reacción exagerada frente al atentado podría provocar una acumulación de poder aún mayor en ciertos organismos y usarse para perseguir a las personas equivocadas

Por Patrick Cockburn, de The Independent

Desde el punto de vista de sus autores, el éxito o el fracaso de un atentado como el del maratón de Boston depende de la reacción de aquellos contra quienes va dirigido. Los ataques del 11-S consiguieron su objetivo de terror porque llevaron a Estados Unidos a sendas guerras desastrosas en Afganistán e Iraq y sirvieron para sancionar el uso de la tortura y el encarcelamiento sin juicio. Convirtieron a Estados Unidos en un Estado más autoritario en el que se restringen o se reducen las libertades civiles y produjeron un mastodóntico y costoso aparato de seguridad.

Me pareció deprimente ver a los grupos de operaciones especiales de la policía (Swat) fuertemente armados con fusiles de asalto, chalecos antibalas y protecciones corporales saltar de vehículos blindados como solían hacer en Belfast. De repente, los toques de queda a los que acostumbraron los habitantes de Bagdad o Faluya resultan aceptables en Massachusetts, aunque en este caso, al revés que en Irlanda del Norte o Iraq, con el aplauso de la población local. Podemos entender las razones de la actuación de los Swat o del toque de queda, pero este tipo de medidas hace que la gente termine acostumbrándose poco a poco a las medidas de un gobierno autoritario hasta aceptarlas sin asomo de protesta.

Gran parte del impacto inicial del atentado de Boston y de la persecución de sus autores, Tamerlan y Dzhokar Tsarnaev, se disipará. Muchas noticias de portada como ésta pasan en pocas horas de tener una cobertura excesiva a la casi desaparición. Los periodistas conocen la sensación de alivio y frustración que se siente cuando los editores que están en casa deciden que la historia que han estado cubriendo de forma absorbente se ha convertido en una noticia vieja.

Desgraciadamente, esto suele ocurrir en el momento en que se empiezan a desvelar las implicaciones a largo plazo de lo ocurrido. Los expertos que habían estado realizando comentarios vergonzosamente prematuros sobre la base de pruebas muy limitadas podrían tener al fin algo interesante que revelar. Sin embargo, la caravana mediática ya se ha trasladado a otra historia y ha perdido el interés por sus opiniones.

Como consecuencia de los atentados aumentará la sensación de inseguridad pública, lo que ganará apoyos para quienes dicen estar haciendo algo al respecto. Antes de las bombas de Boston, en EE.UU. había signos de malestar ante el excesivo volumen que había adquirido la burocracia de la seguridad tras el 11-S, en una época de recortes presupuestarios. El FBI, a quien el presidente Bush encargó la tarea de investigar el terrorismo interno, tiene 103 grupos de trabajo antiterroristas, que supuestamente conectan a la policía local y estatal con los investigadores antiterroristas federales. Como consecuencia del 11-S, el país cuenta con los servicios de un Centro Antiterrorista Nacional (National Counterterrorism Center) que analiza y confronta información de inteligencia para la oficina del director nacional de inteligencia. Se supone que éste, a su vez, coordina y supervisa el trabajo de los 17 organismos de inteligencia estadounidenses. Y, además, está el excelente trabajo del ministerio de seguridad nacional (Department of Homeland Security) que reúne a los 22 departamentos federales y a organismos que emplean a un total de 240.000 personas.

Da la impresión de que la existencia de un Leviatán burocrático como éste debe ser un obstáculo y no una ayuda en la búsqueda y análisis de inteligencia. Hay demasiadas personas que no saben lo que están haciendo y demasiados niveles de responsabilidad. Estas inmensas organizaciones viven una cruzada permanente para justificar y ampliar su esfera de influencia y protegerse de rivales. Raras veces se recupera el poder que se les delega para investigar un crimen determinado.

El atentado de las Torres Gemelas el 11-S es el ejemplo obvio de un acontecimiento utilizado para justificar la ampliación y el aumento de los organismos de seguridad. Pero si le interesan este tipo de historias, vale la pena leer The Annals of Unsolved Crime (Crónicas de crímenes no resueltos), libro recién publicado por uno de los mejores periodistas de investigación, Edward Jay Epstein, un relato bien documentado e irresistible sobre las conexiones entre el crimen y las necesidades del poder y la política.

Epstein recuerda que el secuestro del hijo del aviador Charles Lindbergh en 1932 permitió a J. Edgar Hoover “ampliar el FBI, que había dirigido desde su creación, al ámbito de policía nacional”. La policía detuvo a un carpintero llamado Bruno Hauptman, que tenía parte del dinero del rescate pagado por Lindbergh en su garaje. Se le declaró culpable de secuestro y asesinato. Lo que parece probable es que formara parte de una banda de estafadores que se aprovechó de un crimen que no habían cometido. No se encontraron huellas dactilares, ni fibras textiles, ni pisadas que pudieran demostrar que Hauptman hubiera estado en casa de Lindbergh, tampoco le vio testigo alguno. A pesar de ello, fue ejecutado en 1936, tras rechazar una oferta de 50.000 dólares de la cadena de periódicos del Sr. Hearst, y otra del gobernador de Nueva Jersey, que se ofreció a conmutar su condena de muerte a cambio de una confesión.

Las investigaciones criminales se han sofisticado mucho desde entonces. Pero la narración que hace Epstein de la búsqueda del FBI del responsable de los ataques con ántrax en 2001 sugiere que esta investigación aún estuvo más distorsionada por la necesidad de alcanzar resultados. El ántrax, de una cepa particularmente maligna, fue enviado por carta y causó la muerte a cinco personas. El FBI decidió de antemano que el remitente era un científico estadounidense que actuaba como un “lobo solitario” e investigó a algunos que parecían ajustarse a dicho perfil. El Dr. Steven Hatfill perdió su empleo, sus contratos y a muchos de sus colaboradores tras ser acosado por el FBI(cuyas sospechas se filtraron a la prensa). Finalmente, puso una demanda al gobierno y un juez federal dictaminó indignado que el FBI le había perseguido durante 5 años “sin una mínima prueba”, por lo que le indemnizó con 5,8 millones de dólares en compensación.

Impávido, el FBI se lanzó contra otro científico, el Dr. Bruce Ivins, y ofreció 2,5 millones de dólares a sus hijos mellizos si testificaban contra su padre. Sometido a una extraordinaria presión y en bancarrota por los gastos legales de su defensa, empezó a beber en exceso y, tras una crisis nerviosa, se suicidó en 2008, justo antes del juicio. Una semana después, el FBI le declaró único autor de los ataques con ántrax, aunque su gigantesca investigación no llegó a encontrar ninguna prueba concluyente en su contra y su supuesta culpabilidad se basaba en dudosas pruebas científicas.

El caso sigue siendo un ejemplo revelador del modo en que los organismos de inteligencia parten de conceptos erróneos, que al ser asumidos por la institución no pueden desecharse sin riesgo de perder la credibilidad y el prestigio. El mayor perjuicio que se puede derivar del atentado de Boston es que el monstruo de seguridad creado o ampliado tras el 11-S, cuya eficacia es más que dudosa, rejuvenezca y aumente su tamaño.

Tomado de Rebelión

Tumba negada

Peter Stefan es el propietario de la Graham Putnam and Mahoney, una funeraria familiarizada con ceremonias musulmanas. Fue la encargada de los arreglos fúnebres para Tamerlan Tsarnaev, el sospechoso del ataque terrorista contra el maratón de Boston que murió a manos de la policía. Stefan dijo que todo el mundo merece un funeral digno, sin importar las circunstancias de su muerte y que está preparado para que haya protestas ante su empresa. Para esta nueva circunstancia, no hallar cementerio que acepte los restos, no estaba preparado

Tamerlán Tsarnáev, uno de los sospechosos de haber cometido el atentado con bombas contra el maratón de Boston el 15 de abril, no puede descansar en paz. No hay cementerio de Massachusetts que reciba su cadáver porque, según los administradores, temen consecuencias comerciales y de seguridad. Así lo informó ayer a la cadena CNN un ejecutivo de la funeraria Graham, Putnam & Mahoney, empresa encargada por un tío de Tamerlán de llevar a cabo las pompas fúnebres del ciudadano norteamericano, de origen checheno, que murió en un tiroteo con la policía a los 26 años. Los cementerios de ese estado del noreste, explicó Peter Stefan, director de la empresa, temen represalias contra el camposanto que lo reciba, y además suponen que puede mermar la afluencia de usuarios porque el público podría negarse a ser enterrado en el mismo lugar que Tsarnáev.

Hostilizado por las manifestaciones de protesta frente a su negocio, el dueño de las pompas fúnebres relató al Boston Herald que propuso al gobierno federal que se haga cargo del cuerpo y se lo entregue a su familia en Rusia. Los padres de Tamerlán son originarios de Chechenia, una república caucasiana de la Federación Rusa, y en la actualidad se encuentran en la región vecina de Daguestán.

Aunque era de origen checheno y había nacido en la ex Unión Soviética, Tsarnáev pasó la última década de su vida en Cambridge, Massachusetts, una ciudad pegada a Boston. El alcalde de Cambridge, Robert Healy, emitió una declaración anteayer rechazando que el joven fuese enterrado en su jurisdicción. “Los difíciles y tensos esfuerzos de los residentes de Cambridge para volver a una vida pacífica se verían afectados por la agitación, las protestas y la presencia generalizada de los medios de comunicación en ese entierro”, dijo Healy en un comunicado.

Luego citó la ley estatal, que señala que el alcalde es el principal responsable de la seguridad en ese distrito. “Decidí que no contribuye a ‘la paz en la ciudad’ otorgar una parcela en el cementerio de Cambridge para el cuerpo de Tamerlán Tsarnáev”, escribió Healy. El tío de los hermanos Tsarnáev, Ruslan Tsarni, quien calificó a sus sobrinos como unos perdedores, poco después del atentado, viajó el domingo con familiares, desde el estado de Maryland, hasta la funeraria donde se encuentra el cuerpo de Tamerlán, para prepararlo para el entierro de acuerdo con los rituales musulmanes.

El cuerpo sin vida del supuesto terrorista se encuentra actualmente en la Funeraria Graham, Putnam y Mahoney. Ante los periodistas, Stefan dijo que no encontró un cementerio en el estado de Massachusetts dispuesto a hacerse cargo del cadáver. “Tenemos que enterrar a este chico. Sea lo que sea, sea quien sea, en este país enterramos a la gente”, afirmó Stefan. El domingo, manifestantes que se concentraron frente a la funeraria hicieron flamear banderas de Estados Unidos y portaron pancartas exigiendo que el cuerpo sea enviado a Rusia. Un activista local, inclusive, comenzó a recaudar fondos para que el cadáver sea sacado del país. “Me quedé sólo para manejar este asunto”, dijo a la prensa Tsarni en la puerta de la funeraria.

Tomado de Página/12

FALSA BANDERA EN EL MARATÓN DE BOSTON

Por Manuel E. Yepe

El reciente atentado con explosivos en la meta del maratón de Boston ha sido catalogado por muchos como un caso de operación de falsabandera lanzado por el FBI con el avieso propósito de justificar un incremento de la represión interna.

Bandera falsa es el término militar que designa las operaciones encubiertas de guerra que llevan a cabo gobiernos, corporaciones y otras entidades haciéndolas aparecer como acciones de otros, en beneficio propio.

La cacería humana de los dos hermanos de origen checheno nacionalizados estadounidenses, supuestamente responsables de aquel atentado que dejó tres personas muertas y 176 heridas, ha generado más incógnitas que esclarecimientos.

La versión de que Dzhokhar Tsarnaev, de 26 años, detenido en cacería policial que duró 23 horas, y su hermano Tamerlán, de 19, muerto en un tiroteo poco antes, eran agentes estadounidenses infiltrados en las redes islamistas que cambiaron de bando y se convirtieron en agentes dobles, no ha sido suficientemente creíble.

El presidente Barack Obama manifestó que la detención cerró un capítulo de la tragedia del atentado pero reconoció que quedan aún muchas preguntas sin respuesta en relación con los motivos de los autores. Evitó, no obstante, adentrarse en el hecho de que los dos sospechosos de la autoría de este acto terrorista habían llegado a Estados Unidos como refugiados políticos, pasaron buena parte de sus vidas y estudiaron en el país que él preside, y ejercían como agentes de infiltración en los servicios secretos de Washington.

Estos hechos crearon una paranoia política en Estados Unidos sólo comparable con algunos momentos de la era Bush, incluidos reportes de supuestos envíos de cartas envenenadas al presidente Obama y a varios congresistas, así como una misteriosa explosión en una planta de fertilizantes en Texas que los medios corporativos han minimizado y aún no se ha establecido si se trató de un accidente o un atentado.

Según fuentes vinculadas a los servicios de inteligencia de Israel, los hermanos Tsarnaev fueron reclutados por la inteligencia de Estados Unidos para penetrar las redes yihadistas wahabíes que se habían extendido por el Cáucaso ruso con ayuda financiera de la monarquía saudita, pero los hermanos de origen checheno traicionaron su misión y se pasaron a los islamitas radicales.

Cuatro días después del atentado en la meta del maratón, el FBI hizo un llamamiento público a la población para que ayudara a las autoridades a identificar a los sospechosos mostrando imágenes tomadas en los momentos en que ambos se alejaban con premura de la escena del crimen usando, respectivamente, gorras negra y blanca.

Se ha sabido, sin embargo, que el FBI conocía perfectamente quiénes portaban esas gorras, pero fue solo tras la intensa persecución policial del automóvil que los prófugos habían robado en el campus del MIT (Massachusetts Institute of Technology), que admitió conocer la identidad de los supuestos terroristas.

Para dar mayor complejidad al asunto, se ha informado que los hermanos Tsarnaev elaboraron las bombas para el atentado siguiendo instrucciones divulgadas por la revista digital “Inspire”, publicación en inglés de Al Qaeda originada en la península arábiga. Esto ha sido visto como un elemento introducido para apoyar la pretensión del gobierno estadounidense de legitimar el control que ya ejerce Washington sobre Internet.

Se ha sabido también que, en 2011, la inteligencia rusa había solicitado al FBI que vigilara a Tamerlan Tsarnaev por supuestos vínculos de éste con células wahabíes caucásicas a las que por entonces se le imputaban contactos con Al Qaeda. El FBI respondió que no había encontrado nada censurable en él y, tras una breve entrevista, lo dejó en libertad.

Por tratarse de un caso de agente doble, el superviviente sospechoso habrá de ser interrogado por un grupo de alto nivel formado por miembros del FBI y la CIA que se encarga de los casos de terrorismo. También se supo que un estudiante saudita que tomó parte en el maratón y sufrió severas quemaduras en las manos, cuando era atendido en un hospital de Boston fue interrogado sobre su posible implicación en el acto terrorista. Se relaciona con ello una urgente visita del Canciller saudita a Washington para conversar con el presidente Obama y su asesor de Seguridad Nacional.

Los gobernantes de Estados Unidos tienen una muy extensa historia como organizadores de las mayores operaciones de falsa bandera de la historia reciente en la que, para muchos expertos, se incluyen algunas tan graves como el atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 y las que sirvieron de pretextos para lanzar las guerras estadounidenses contra Vietnam, Irak y Afganistán entre otras muchas agresiones imperialistas.

Fuente: Pica

Quiénes son los asesinos en Guatemala

También le llaman Ríos de sangre Montt. No por gusto. Fundador del partido Frente Republicano Guatemalteco, el General José Efraín Ríos Montt gobernó Guatemala entre marzo de 1982 y agosto de 1983, período entre los más violentos y represores dentro del contexto histórico de grandes conflictos entre grupos guerrilleros y gobierno, en la guerra civil que duró de 1960 hasta 1996 y que dio como resultado miles de muertos y desaparecidos. En 1999, Rigoberta Menchú, premio Nobel de la Paz, denunció casos de tortura, genocidios, terrorismo y detenciones arbitrarias cometidas durante el gobierno del ex-dictador. De acuerdo con informaciones de la ONU, el 90% de las violaciones a los derechos humanos durante el conflicto bélico fueron practicadas entre 1978 y 1984.

EL JUICIO POR GENOCIDIO A RIOS MONTT FUE SUSPENDIDO POR PRESION DE LOS MAXIMOS ESTRATOS DE PODER

El general Ríos Montt fue presidente entre marzo de 1982 y agosto de 1983 y está acusado de crímenes de lesa humanidad. Fue el autor intelectual de una serie de masacres contra la etnia ixil. Durante el juicio, un testigo dijo que fueron coordinadas por el mayor Tito Arias, nombre de guerra del hoy presidente Otto Pérez Molina.

Por Ángel Berlanga

Adiós niños. A lo largo del tiempo, el horror producido por el hombre ha trajinado argumentos, prácticas, historias, geografías. Inquisición, Auschwitz, Vietnam, Ruanda. Aquí, ya sabemos. Del horror se habla en estos días en Guatemala, donde está siendo juzgado por genocidio el ex dictador José Efraín Ríos Montt. O estaba, porque la presión de los máximos estratos de poder tras una acusación en el juicio al actual presidente democrático, Otto Pérez Molina, se tradujo en una suspensión provisoria dictada por la Corte Constitucional. Ríos Montt es un general retirado que fue presidente entre marzo de 1982 y agosto de 1983 y está acusado de ser autor intelectual de una serie de masacres contra la etnia ixil en el departamento de Quiché. Tierra arrasada: ése fue el concepto a aplicar. Con el argumento de liquidar a la guerrilla el ejército guatemalteco detuvo, torturó y ejecutó a unas 48.000 personas durante el mandato de este militar, que hoy tiene 86 años. En este juicio busca probarse su responsabilidad en los crímenes de 1771 mayas ixiles. El 38 por ciento era menor de 12 años. Adiós niños es lo que decía un soldado en el instante previo a tirarlos al río. “El ejército agarró a unas madres embarazadas, las degolló, les partieron el estómago y les sacaron el bebé”, relató un testigo. “A los niños de pecho y de un año los tiraron al río y allí se ahogaron”, contó otro.

Esos testimonios figuran en Guatemala: memoria del silencio, publicado por la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, CEH, en febrero de 1999. Hay allí muchas otras voces todavía más cargadas de horror. A comienzos de este mes declararon ante Ríos Montt y su ex jefe de Inteligencia, Mauricio Rodríguez Sánchez (el otro acusado en la causa), una decena de mujeres que fueron violadas por soldados y oficiales con una violencia y crueldad sólo observable en el ser humano. En el hombre. Me llevaron a un campo como a veinte cuadras de mi casa. Los soldados que me violaron eran como veinte, yo estaba temblando del susto, no tenía conciencia. Me dejaron desnuda, otras personas me regalaron ropa. Tenía un hijo de treinta días. Cuando regresé a mi casa todo estaba quemado. Quemaron a mi hijo. Era un bebé todavía, me puse a llorar. Otra víctima declaró en el Tribunal, a cargo de la jueza Jazmín Barrios, que una nena de siete no sobrevivió a las continuas violaciones. El ensañamiento con los ixil implicó descuartizados, colgados, mutilados, bombardeos, fosas comunes, incinerados. Tierra arrasada. A tres décadas de aquello, en busca aún de justicia, palpitan otra vez estos testimonios escalofriantes.

¿Qué distancia o qué cercanía, qué involucramiento, será requisito para hablar, leer, escribir sobre este genocidio? Horacio Castellanos Moya trató esto en Insensatez, una nouvelle publicada en 2004. Su protagonista se reprocha haber aceptado darle la última leída, hacer los toques de estilo finales a un mamotreto de mil cien cuartillas elaborado por el obispado que procura recuperar la memoria de los centenares de sobrevivientes y testigos de las masacres. Se trata del Informe para la Recuperación de la Memoria Histórica, aunque el escritor centroamericano no lo explicite. Dos días después de su presentación, en abril del 1998, fue asesinado el obispo Juan Gerardi, director de este informe, llamado también Guatemala: Nunca más. Al narrador de Insensatez, interesado más bien en ganarse unos mangos, andar cómodo y conocer alguna chica, de a poco le crece el miedo a las posibles represalias de militares o de agentes de Inteligencia por su tarea. A la vez, se conmociona por lo que va leyendo, las atrocidades de asesinos que andan todavía sueltos. Yo no estoy completo de la mente, lee, dice un indígena. Se conmociona, este corrector de estilo, también por la potencia poética de lo que lee. La belleza del cómo lo requiere más que el espanto de qué.

Escribe Castellanos Moya: “Yo no estoy completo de la mente, me repetí, impactado por el grado de perturbación mental en el que había sido hundido ese indígena cachiquel testigo del asesinato de su familia, por el hecho de que ese indígena fuera consciente del quebrantamiento de su aparato psíquico a causa de haber presenciado, herido e impotente, cómo los soldados del ejército de su país despedazaban a machetazos y con sorna a cada uno de sus cuatro pequeños hijos y enseguida arremetían contra su mujer, la pobre ya en shock a causa de que también había sido obligada a presenciar cómo los soldados convertían a sus pequeños hijos en palpitantes trozos de carne humana. Nadie puede estar completo de la mente, me dije, cavilando, morboso, tratando de imaginar lo que pudo ser el despertar de ese indígena, a quien habían dejado por muerto entre los trozos de carne de sus hijos y su mujer y que luego, muchos años después, tuvo la oportunidad de contar su testimonio para que yo lo leyera y le hiciera la pertinente corrección de estilo, un testimonio que comenzaba precisamente con la frase ‘Yo no estoy completo de la mente’ que tanto me había conmocionado, porque resumía de la manera más compacta el estado mental en que se encontraban las decenas de miles de personas que habían padecido experiencias semejantes a la relatada por el indígena y también resumía el estado mental de los miles de soldados y paramilitares que habían destazado con el mayor placer a sus mal llamados compatriotas, aunque debo reconocer que no es lo mismo estar incompleto de la mente por haber sufrido el descuartizamiento de los propios hijos que por haber descuartizado hijos ajenos, tal como me dije antes de llegar a la contundente conclusión de que era la totalidad de los habitantes de ese país la que no estaba completa de la mente, lo cual me condujo a una conclusión aún peor, más perturbadora, y es que sólo alguien fuera de sus cabales podía estar dispuesto a trasladarse a un país ajeno cuya población estaba incompleta de la mente para realizar una labor que consistía precisamente en editar un extenso informe de mil cien cuartillas en el que se documentaban los centenares de masacres, evidencia de la perturbación generalizada”.

Durante el juicio al ex dictador –a quien también llaman Ríos de sangre Montt– un testigo protegido que colaboró con el ejército en Quiché en aquellos años, Leonardo Reyes, aseveró que las masacres de los ixil fueron coordinadas por el mayor Tito Arias, nombre de guerra que encubría a Otto Pérez Molina, actual presidente de Guatemala. Desde entonces, el juicio empezó a ir para atrás. Salió enseguida a desmentir la declaración un secretario de la Presidencia: que fue un error garrafal que la fiscalía haya permitido al testigo referirse a personas que no son enjuiciadas. Que Pérez Molina anduvo por esa región en esa época, pero sin violar ningún derecho humano ni mucho menos ordenar alguna masacre. No es lo que opina el periodista Allan Nairn, que en 1982 anduvo por la zona de Quiché y documentó la situación para Titular de hoy: Guatemala, film de Michael Whalforss disponible en YouTube. Ahí puede verse un diálogo con el mayor Tito sobre la procedencia de los morteros y las facilidades que prestan los helicópteros. Ante los cadáveres de unos campesinos recién ejecutados se oye la voz de un soldado: “Sólo los trajimos y se los dejamos al mayor para que los interrogara, pero al mayor no le dijeron nada. Ni por las buenas ni por las malas”. También puede verse a un joven Pérez Molina en primer plano, ropa camuflada y boina, leyendo “material subversivo” que portaban las víctimas. Nairn iba a declarar en el juicio, pero las peripecias-escollos judiciales hasta ahora lo han impedido. Al rol de Pérez Molina en las masacres contra los ixiles se suma otra imputación, no juzgada aquí: el periodista Francisco Goldman, autor de El arte del asesinato político: ¿quién mató al obispo?, sostiene y fundamenta que el actual presidente guatemalteco fue el autor intelectual del crimen de monseñor Gerardi.

“Casi el 90 por ciento de los columnistas de prensa guatemaltecos niega que en su país se haya cometido genocidio, y creen que el juicio contra el general retirado Efraín Ríos Montt es injusto”, señala en el periódico El Faro el escritor Rodrigo Rey Rosa, en un artículo que disecciona los argumentos de los defensores del statu quo para dejar en evidencia falacias e hipocresías. “Haber logrado que la causa por crímenes contra el pueblo ixil sea vista en tribunales extranjeros y nacionales ha requerido un trabajo y perseverancia enormes por parte de los sobrevivientes, y es prueba de su fortaleza de espíritu –escribe Rey Rosa–. La confianza que los ixiles han decidido depositar en las instituciones democráticas de una nación por cuyos gobiernos han sido atacados de forma sistemática a lo largo de la historia es digna de encomio y revela su buena fe. La línea de acción pacífica y valiente que han adoptado es sencillamente ejemplar.” Tras la presión de la opinión pública y la aparición del testimonio contra Pérez Molina, la jueza Patricia Flores, a cargo del Juzgado de Mayor Riesgo A, pidió la anulación del proceso. La Corte Constitucional indicó a la jueza Barrios –a cargo del juicio– que le remitiera el expediente a Flores y que, tras 48 horas, esta última lo enviara otra vez a la Corte, para decidir la continuidad o no del proceso. En síntesis: está en riesgo la continuidad del histórico juicio a Ríos Montt.

El corrector de estilo de Insensatez, la novela de Castellanos Moya, entra progresivamente en pánico cuando se le hace evidente que los asesinos, los torturadores, andan todavía por ahí, sueltos por la calle, insertos en las instituciones. En el obispado, donde lee las cuartillas que testimonian el horror, se cruza con una muchacha que había sido torturada con saña en un cuartel de policía por un teniente que con el tiempo se convertiría en general y en jefe de Inteligencia del Ejército. Imaginar que el criminal estará al tanto de su trabajo lo aterra: lo ve en una reunión social, lo intuye acechándolo, listo para ejecutarlo. Huye de Guatemala. Mientras toma una cerveza en un bar alemán, sin embargo, le vuelven como olas de sangre las frases del genocidio: “Mientras más matara, se iba más para arriba”, en relación a ciertas comodidades ofrecidas a quienes colaboraran con las matanzas. Y también: “Todos sabemos quiénes son los asesinos”. Solo ante la barra, en el espejo de pronto descubre unos ojos que lo miran. El torturador.

Ese personaje, que llegaría a ser jefe de Inteligencia del Ejército y mucho más, se llama en la novela Octavio Pérez Mena. Cuidado: puede sonar parecido a Otto Pérez Molina, el actual presidente de Guatemala. Insensatez es una ficción. Y Pérez Molina es realmente el presidente de Guatemala.

Todos sabemos quiénes son los asesinos.

Carta a los jueces

La agrupación H.I.J.O.S. Guatemala envió una carta abierta a los magistrados de la Corte de Constitucionalidad de ese país exigiendo ni un día más de impunidad por los crímenes cometidos por el ex dictador José Efraín Ríos Montt, juicio suspendido desde el 19 de abril por la magistrada Jazmín Barrios. En la misiva, la agrupación de derechos humanos señala la necesidad de juzgar “hechos horribles” que ocurrieron en la región Ixil hace más de 30 años. “Hoy ustedes tienen una posibilidad única en su carrera profesional; en su ética, valores, principios, voces y manos está romper los arraigados actos de impunidad en Guatemala”, reza la carta enviada a los magistrados Héctor Hugo Pérez Aguilera, Roberto Molina Barreto, Gloria Patricia Porras, Alejandro Maldonado Aguirre y Mauro Chacón Corado, al frente de la CC.

Tomado de Página/12

Guatemala, historia de sangre y horror

Un juicio revive la dolorosa historia de la nación centroamericana.

En la foto, antropólogos forenses clasifican restos humanos hallados en fosas comunes

Por Vicky Peláez

Guatemala tiene un río pensativo, y otro que se tiñó de sangre…Tiene un volcán de agua, otro de fuego y una montaña de huesos y cadáveres (Luis Alfredo Arango, escritor y poeta guatemalteco, 1936-2001)

Las páginas de la historia moderna de América Central transmiten, sólo al ojearlas, una sensación de sufrimiento, injusticia, violencia. Huelen a la sangre que derramaron cientos de miles de hombres, mujeres y niños, víctimas inocentes de la Guerra Fría desatada por los ricos y poderosos del planeta bajo el lema de “preservar la democracia y prevenir la diseminación del comunismo en la región”. Guatemala en este contexto había sido uno de los países más sufridos donde el Estado había cometido los crímenes más aberrantes contra los indígenas mayas durante la guerra civil que duró 36 años (1960-1996) y en especial en los años 1980.

Recién 17 años después de la firma de los Acuerdos de Paz, cuando el pasado 19 de marzo el tribunal de Alto Riesgo de Guatemala inició el juicio por genocidio y delitos de lesa humanidad en contra del exdictador general Efraín Ríos Montt y el también general José Mauricio Rodríguez, quien fuera el jefe de inteligencia militar G-2 durante el mandato de Ríos Montt entre 1982 y 1983, el país dio un suspiro de alivio, como si se acabara la pesadilla que ha estado aplastando su alma y su conciencia durante todos estos largos años.

A la vez el inicio de este juicio, llamado por muchos como histórico, ha hecho revivir cierta inquietud en el pueblo guatemalteco al hacer despertar su memoria dormida. Según el estudioso y periodista Andrés Cabanas, la mayoría de la gente que tuvo que convivir durante largo tiempo con la violencia creó su propio mecanismo interno de sobrevivencia: “Las primeras muestras de crueldad conmovieron; las siguientes asustaron; las posteriores paralizaron; a partir de entonces, muchos guatemaltecos impusieron en su subconsciente el olvido como mecanismo de defensa”.

El juicio provocó también una reacción completamente diferente en las elites guatemaltecas y amplios sectores de la población educados en las ideas anticomunistas que percibieron las acusaciones de genocidio contra los dos generales como un “proyecto maquiavélico, progresista globalizado”. Según el periodista guatemalteco Pedro Trujillo, “las falsas historias de genocidio son de fabricación extranjera o de las personas como Rigoberta Menchú quienes buscan una sentencia condenatoria”. En la percepción de las elites una condena por genocidio alertará otros procesamientos cuyos primeros perjudicados serían propietarios de las fincas en las que se cometieron asesinatos masivos de los indígenas y empezaría la lucha por la expoliación de tierras. Todo esto estigmatizaría el país por décadas.

Como por magia, toda la derecha guatemalteca y el mismo presidente Otto Pérez Molina hicieron la causa común con varias organizaciones militares de veteranos cerrando las filas respecto a lo ocurrido en el país durante la guerra. En seguida promovieron manifestaciones frente a la embajada norteamericana con la consigna “Genocidio es Mentira”. Lo curioso es que este sector ultraconservador de la población considera a los Estados Unidos como el promotor del juicio contra los militares y se siente traicionado por su inspirador y el auspiciador de la limpieza étnica en el país durante la guerra civil. El poder y la presión de los oligarcas, del mismo presidente y los militares han sido tan fuertes que la jueza de Mayor Riesgo, Carol Patricia Flores resolvió anular el 18 de abril último todo lo actuado en el proceso contra los militares retirados Efraín Ríos Montt y José Mauricio Rodríguez Sánchez que llevaba 20 jornadas de su etapa oral.

También la jueza ordenó regresar el proceso hasta la fase en que se encontraba el 23 de noviembre de 2012 y los magistrados de la Corte de Constitucionalidad prácticamente ampararon a los dos generales acusados de genocidio. Las protestas de las víctimas que llevan más de 30 años esperando justicia, de la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH), de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) y las exhortaciones de las Naciones Unidas de proseguir con el juicio no han sido tomados en cuenta por el momento por el poder judicial.

Tal como se están desarrollando los acontecimientos parece que este proceso nunca va a terminar, porque sorpresivamente uno de los testigos del genocidio contra los indios mayas, Hugo Ramiro Leonardo Reyes señaló al actual presidente del país Otto Pérez Molina como coordinador de la “quema y saqueo de la gente indígena para luego ejecutarlos”. Como se supo de las declaraciones del periodista norteamericano del programa de la radio y televisión pública PBS “Democracy Now”, Allan Nairn, quien fue citado a aparecer en este juicio, el entrevistó en 1982 junto con varios de sus colegas extranjeros en destacamento de Quiché a un mayor Otto conocido como comandante “Tito Arias” y anteriormente “Capaitán Fosforito”. En las imágenes divulgadas se ve al mayor contestando las preguntas mientras que a sus pies yacen los cadáveres de varias personas torturadas y ejecutadas. Resultó que aquel “Comandante Tito Arias” es el actual presidente de Guatemala, general Otto Pérez Molina. Entonces, seguir con el juicio significa involucrar al presidente quien podría ser el próximo en el banquillo de acusados al terminar su presidencia.

En la misma situación podrían estar muchos de sus miembros del gobierno, partícipes directos e indirectos de las masacres de los años 1980. Para entender la complejidad de este proceso habría que revisar, aunque brevemente, los acontecimientos del aquel período de la guerra civil que durante los 36 años arrojó 200.000 muertos, 50.000 desaparecidos de los cuales el 83 por ciento eran indígenas mayas y el 17 por ciento mestizos. Según la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, el 93 por ciento de las violaciones a los derechos humanos fueron cometidos por el Estado, de ellos el 85 por ciento por el Ejército y el 18 por ciento por las Patrullas de Autodefensa Civil (PDC) armadas y entrenadas por los militares. El tres por ciento de las violaciones es atribuido a los guerrilleros de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) y la autoría del restante cuatro por ciento no está determinada.

Nadie de los militares, estudiantes y trabajadores que participaron en la Revolución de 1944, que dio lugar a las primeras elecciones libres en Guatemala e inició programas en beneficio de la clase trabajadora, habían imaginado que diez años después de la “Edad de Oro”, el país entrará en una vorágine de muerte y desolación que durará hasta 1996 y cuyos residuos se harán sentir 70 años después. El ciclo de la violencia comenzó con un golpe de Estado que derrocó al presidente legítimamente elegido, Jacobo Árbenz Guzmán que se atrevió a perjudicar a los intereses de la dueña del país, the United Fruit Company (UFCO) que con la participación de las elites, la Iglesia Católica, la Evangélica y la CIA promovió la destitución del presidente en 1954.

Así se inició el proceso de desplazamiento masivo de los indígenas mayas de sus tierras, acompañado por la extrema violencia y el abuso. En respuesta a la injusticia surge en 1960 la guerrilla URNG iniciándose la guerra civil. Su momento más sangriento fue en los años 1980 cuando asumió el poder en los Estados Unidos Ronald Reagan (1981-1989) que lanzó la consigna de “Exterminar” no sólo “la Guerrilla Marxista en América Latina” sino “erradicar todo el apoyo civil” a los subversivos. Su secretario de Estado, general Alexander Haig despachó con este fin a uno de los hombres poco conocidos pero uno de los más siniestros de la CIA, general Vernon Walters a Guatemala. El enviado de Washington instruyó primeramente al presidente Fernando Romeo Lucas García en los secretos de la Guerra Contrainsurgente en términos del Conflicto de Intensidad Baja (LIC) y posteriormente al general Efraín Ríos Montt que en 1982 dio con la bendición de Vernon Walters el golpe de Estado, tomando el poder.

Ríos Mont fue percibido por Ronald Reagan como “hombre de gran integridad personal” y “totalmente dedicado a la democracia”. “Fortalecer democracia” significa en términos de la Doctrina Reagan, eficiencia en la erradicación del marxismo, sus partidarios y simpatizantes en el país. Definitivamente el general Ríos Montt era muy “eficiente” pues en 18 meses de su presidencia fueron arrasados 625 pueblos mayas por los miembros de las fuerzas especiales Kaibiles entrenados por los instructores de la CIA, Sayeret Matkal israelí y la GIGN de Francia. Los Kaibiles son asesinos profesionales cuya consigna es “Si avanzo sígueme, si me detengo aprémiame, si retrocedo mátame”. El mismo general Ríos Montt supervisó personalmente la masacre de 1,771 indígenas mayas Ixil. En los años 1980 también se cometieron actos de genocidio contra los pueblos mayas Achi, ´Qanjobal y Kiche.

En algunos casos los militares no necesitaban el pretexto ideológico para masacrar los pueblos nativos, sino el económico, como sucedió con la hidroeléctrica de Chixoy construida en el territorio de la comunidad maya Achi de Río Negro. Allí el ejército asesinó a 400 miembros de la comunidad entre hombres, mujeres y niños, para “limpiar el terreno” para la construcción de la hidroeléctrica, cuyo proyecto fue diseñado y financiado por el Banco Mundial (WB) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Por supuesto los ingenieros alemanes de Lahmeyer International, suizos de Motor Columbus, norteamericanos de International Engineering Co. y los constructores italianos de Gogefar y los suizos de Swissboring no han percibido ningún signo de genocidio y no vieron a ningún muerto. Tampoco los ejecutivos del WB y del BID recibieron algún informe sobre actos de masacre o tuvieron alguna curiosidad sobre el destino de los habitantes Achis de esta zona.

Así ha estado funcionando siempre el mundo neoliberal globalizado cuyos líderes perciben cada ser humano como un número. Uno más o uno menos y en especial si representa a un indígena no tiene mucha importancia en la realización de macro proyectos tanto físicos como ideológicos. El pueblo guatemalteco lo conoce bien, especialmente el 53.7 por ciento de su población que vive en la pobreza cuyo índice en los pueblos maya llega inclusive al 93 por ciento. En pleno Siglo XXI la expectativa de vida del 12 por ciento de hombres y el 6 por ciento de mujeres es apenas de 30 años, según la estadística del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo para 2011-2012 (PNUD).

El índice del analfabetismo es del 69.1 por ciento. El 70 por ciento de la población, que son jóvenes, tiene pocas posibilidades para estudiar y encontrar un trabajo adecuado. Por eso no es de extrañar la expansión del narcotráfico. De acuerdo a la DEA, el 75 por ciento de las 400 toneladas de droga que entran cada año a los Estados Unidos pasan por Guatemala. El 70 por ciento del territorio nacional es controlado por el cartel de los ZETAS cuyos, sicarios están entrenados por los Kaibiles. Se calcula que solamente en la capital del país, la Ciudad de Guatemala unos 10,000 adolescentes están involucrados en las pandillas o en grupos relacionados con el narcotráfico.

¿Entonces, qué juicio se puede esperar en el país donde el 30.9 por ciento de la población es analfabeta, tres cuartos de su territorio es controlado por el cartel de Los ZETAS, las elites nacionales siguen con el cuento del “peligro marxista”, el mismo presidente es señalado como uno de los violadores a los derechos humanos y donde la “democracia”, de acuerdo a la periodista Petrona Ixcoy, “está asentada en el silencio y la resignación de las grandes masas populares”?

Dijo alguna vez el educador, poeta y escritor guatemalteco, Luis Alfredo Arango que “en Guatemala cada veinte años retrocedemos veinte”. ¿Será cierto?

Tomado de Argenpress