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GANÓ TRUMP, ¿Y AHORA?

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ENTREVISTA A RAÚL ZIBECHI

Es un escritor y pensador-activista uruguayo, dedicado al trabajo con movimientos sociales en América Latina.

 Entrevistado por lavaca, Raúl Zibechi analiza por qué ganó Donald Trump. Quiénes son sus votantes. La fractura de la clase dominante. La brecha entre ricos y pobres, blancos y latinos. La debacle de EE.UU como potencia. Las internas en el FBI. Los factores sorpresa. El reordenamiento geopólitico mundial. Cómo impacta en América Latina. Y la oportunidad que se abre: “Quizá nos demos cuenta así que no se llega  a una situación mejor votando cada 4 años: se llega poniendo el cuerpo. Y lo que nos dice esta elección es eso: vamos a tener que poner el cuerpo. Algo que para muchos estaba olvidado”.

¿Por qué ganó Donald Trump?

Trump es consecuencia de la crisis del 2008 y de dos décadas de globalización. Ambos hechos crearon un empobrecimiento de los trabajadores y de la mayoría de la población de los Estados Unidos. La globalización promovió que muchas fábricas cerraran y fueran a instalarse en China, o en México, o en otros países de Asia donde hay salarios más baratos. Y todo el cinturón industrial de Estados Unidos se vino abajo. Y la crisis de 2008 provocó que millones de personas se quedaran sin casa, sin infraestructura digna, con un fuerte deterioro de los servicios educativos y de salud; de las carreteras, de las calles. Y la brecha de ingresos entre los más pobres, las clases medias y los más ricos, creció. Bajo el gobierno de Obama, la brecha entre ricos y pobres creció; la brecha entre los latinos y los blancos creció. Y sólo se enriqueció el 1%. Ese es el fenómeno que representa Trump: la rabia contra el 1%. La nueva derecha machista y racista recoge la rabia de los millones perjudicados por el sistema.

¿Cómo mirar la elección en perspectiva de lo que pasó estos últimos años?

El telón de fondo de este proceso es el declive de los Estados Unidos como potencia hegemónica. En el 45, cuando termina la Segunda Guerra Mundial, el 50% de todo lo que se producía en el mundo venía de Estados Unidos: coches, heladeras, electrodomésticos, todo. Hoy es menos del 20%. Y básicamente la potencia económica de Estados Unidos, que es importante, se mantiene por el sector financiero y de servicios. Pero ha sido superado en todos los sectores productivos por otros países, como China. Incluso en las tecnologías de punta. Desde hace 5 o 6 años las supercomputadoras más veloces del mundo son chinas. En todos los sectores de vanguardia – trenes de alta velocidad, energía solar y eólica- Estados Unidos quedó desplazado. Y ese es un tema que está en el trasfondo del triunfo de Trump. 

Se habla mucho del factor sorpresa.

El verdadero factor sorpresa es que las elecciones Estados Unidos no sólo desnudan un fracking en la sociedad estadounidense, sino que además visualizan el brutal deterioro de los medios de comunicación que habían apostado –como representantes del 1%- a Hillary Clinton y se equivocaron. Aseguraron que iban a ganar, hicieron una guerra sucia contra Trump. Trump es un machista, racista, violento, grosero, es un tipo horrible: pero lo acusaron de cosas que no se sabe si son ciertas. Yo no tengo dudas, Trump es posible que haya hecho todo lo que dicen de él, pero de todos modos es una guerra sucia. El The New York Times y el Wall Street Journal llegaron a decir que Trump era el candidato de Putin. Un disparate. Ese es un elemento.

¿Y el otro?

El FBI. El FBI entró en crisis interna porque no le dejaron destapar los miles de mails de Hillary Clinton, tramposos, mostrando su connivencia con elites financieras de Arabia Saudita y otros sectores. Los obligaron a tapar el hecho, y hubo una rebelión dentro del FBI por este manejo sucio que hicieron los Clinton de todos sus correos. Hillary tenía, cuando fue ministra, un servidor propio que eludía los servidores oficiales de Estados Unidos y con ellos se conectaba con las élites de Israel, Arabia Saudita; pergeñaba políticas por fuera de la institucionalidad estadounidense. Y eso se lo querían cobrar, pero no lo permitieron. Esos son para mí los factores sorpresa, que no estaban previstos: el brutal descrédito de las instituciones de Estados Unidos; la bronca de las mayorías, que no solo se ve en el voto a Trump, sino que se vio en el apoyo a Bernie Sanders en la interna democrática, que logró casi la mitad de votos, y estuvo cerca de desplazar a Hillary. Ya se venía venir una profunda rabia de los estadounidenses contra el 1%, que es el sector financiero y Wall Street.

¿Cómo es el votante de Trump?

Es un votante nostálgico de los buenos tiempos de Estados Unidos. También hay gente que rechaza el sistema, quizá desde una posición conservadora, como pasó en Inglaterra con el Brexit, como va a pasar en Francia con los votantes de Le Penn: gente que está cansada de que le tomen el pelo. No todos son votantes como los presentaron los medios hegemónicos: blancos, machistas. Hay de esos, sin duda, pero hay gente común también que no quiere que Wall Street siga mandando en Estados Unidos. Que le preocupe más a las élites yanquis derribar al gobierno de Siria, que hacer mejores servicios de salud y educación. Hoy Estados Unidos, en el mundo, está en el lugar 38 en cuanto a  esperanza de vida. Ha sido superado por Costa Rica; por supuesto por todos los países del norte europeo. Estados Unidos es un país que hoy se parece más, desde el punto de vista social, a los países que están mejor de América Latina –Costa Rica, Chile, Uruguay- que a lo que fue la superpotencia de los años 50 y 60, en la que todo funcionaba perfecto. Hoy los aeropuertos y las carreteras están mal. ¿Por qué? Porque se gasta mucho en sostener las 850 bases militares estadounidenses que hay en el mundo; los 11 portaaviones; ese ejército brutal que interviene en todo el planeta. A los votantes no los irritó que fuera machista, misógino, racista: lo que les interesó es que Trump quiere hacer las paces con Rusia, quiere dedicar menos dinero a la intervención en el mundo y más dinero a resolver los problemas internos. Yo no sé si realmente va a hacer eso, o si lo van a dejar, ya que sin guerra el 1% puede venirse abajo. Pero esa es la razón de que ganó tantos votos. 

Tanto en las elecciones de Brasil como en las de ahora de EEUU se ve una baja participación electoral: menos gente va a votar. Parece que pocos eligieran por muchos. ¿Cómo fue en este caso?

En Estados Unidos históricamente vota la mitad de la población, o de los habilitados para votar. Aquí votaron poco más de 100 millones. La participación fue baja y mucho menor que la esperada en el caso de los latinos, que se supone que es el sector más castigado por Trump. Y previsiblemente, una parte de los que votaron a Sanders no votaron a Hillary. El otro día la actriz Susan Sarandon salió a decir: “yo no voto por la vagina, porque sea mujer no la voto a Hillary”. Hillary, además,  hizo un feminismo para élites. Pero hay mucho de eso en las votaciones. Yo creo que el porcentaje de abstención fue más o menos igual a las otras elecciones. 

¿Esta elección produce un reordenamiento geopolítico?

Ahonda la fractura existente en las clases dominantes del mundo, que hoy están divididas. Cuando digo clases dominantes no solo hablo de los conservadores: una parte de esa clase es progresista. Hoy esas clases dominantes están fracturadas. Y creo que el triunfo de Trump agudiza esa fractura. En algunas partes del mundo eso se va a notar mucho, como en Oriente Medio, en relación a Rusia y probablemente en América Latina. Lo que está surgiendo es una nueva derecha, más militante que la anterior. Pero la clase dominante no atina a resolver unificadamente los temas fundamentales. Para quienes son antiimperialistas, esta fractura que se produce en el imperio y en las clases dominantes es algo positivo, porque hace que la dominación se haga más inestable. Tenemos más posibilidades.

Dentro de esa clase dominante, ¿qué sector representa Trump?

No es claro. Probablemente representa a un sector que no sea ese 1% súper concentrado. Esas fracturas que hay en la clase dominante, sobre todo en el imperio, tienen que ver con cómo operar en el futuro. Si negociar con los países emergentes, con las clases populares, que era un poco lo que representaban Lula y Cristina: el progresismo. Negociar con Rusia, China, India, o enfrentarse y aniquilarlos. Entonces, esa fractura nos engatusó durante muchos años. Y ahora, cómo se dice vulgarmente, la cosa es: al pan, pan y al vino, vino. Ante ese viraje es importante asumir la realidad que tenemos y afrontarla: no es otra cosa que lo que hemos venido haciendo los sectores populares desde siempre. Lo que pasa es que desde los medios se vende un discurso, que no es más que un discurso. El discurso que plantea que Trump es horroroso y que Hillary favorece a los de abajo, que es amiga de las buenas causas. Pero son discursos. La situación, en resumen, es que la dominación atraviesa un momento de mayor inestabilidad.

¿Cómo impacta esto en América Latina?

La primera prueba para Trump va a ser Venezuela. Porque Venezuela es el lugar más crítico: a ver qué promueve. Hasta la administración del progresista Obama promovió un golpe de Estado en Honduras, uno en Paraguay, uno parlamentario en Brasil y la resurrección de la derecha venezolana. ¿Qué va a proponer Trump? No lo sabemos. Si me fijo por sus declaraciones, Trump va a hacer una política horrorosa. Pero, repito: no lo sabemos. No nos olvidemos que tanto Macri como Temer apostaban a Hillary y ahora veremos cómo se acomodan. Yo creo que hay que abrir un compás de espera sabiendo que los de abajo vamos a seguir sufriendo el ajuste, los femicidios, va a haber que seguir saliendo a la calle a poner el cuerpo. Eso es evidente, esté quien esté. Cómo va a ser la relación entre gobiernos, aún no lo sabemos. Sí sabemos que va  a haber mayor inestabilidad, que va a haber más palos en la rueda. Ese es el futuro inmediato que tenemos.

¿Cómo sería esa lectura optimista?

Evidentemente los femicidios y la violencia narco no se van a detener, pueden incluso incrementarse, porque va a haber menos paraguas institucionales de protección. Una parte de esa violencia puede impulsarla el que esté en el gobierno; pero otra parte es sistémica, esté quien esté en el gobierno. Entonces, hay que mirar las cosas en perspectiva: yo no creo que esto sea un problema ideológico, si es más machista o más racista. ¿Se puede decir que Hillary era menos machista? ¿O es el barniz progre que se puso para captar electores? En el fondo, Hillary se puso más armamentista que Trump. Entonces: bienvenida la fractura de la clase dominante porque nos da la oportunidad de derrotarlos. Eso quiere decir que en el corto plazo vamos a pasar lo peor los de abajo. Pero quizá nos demos cuenta así que no se llega  a una situación mejor votando cada 4 años o haciendo zapping frente a la tele. Se llega poniendo el cuerpo. Y lo que nos dice este mensaje es: vamos a tener que poner el cuerpo. Algo que para muchos estaba olvidado.

Fuente: http://www.lavaca.org/notas/gano-trump-y-ahora/

Mirar la realidad de frente para cambiarla

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Por Raul Zibechi. Escritor, pensador y activista social uruguayo.

Tomado de La Jornada, de México

Aunque resulta indudable que vivimos un periodo turbulento y, por tanto, opaco y confuso, la diversificación de los puntos de observación y análisis necesarios para comprenderlo no debería dejar de lado principios éticos sin los cuales la actividad para cambiar el mundo pierde sentido. Las modas intelectuales, así como las ilusiones en la evolución gradual del sistema, poco ayudan para guiarnos en la turbulencia.

Una de esas modas es la geopolítica. No son pocos los que buscan atajos que nos evitarían los inevitables dolores de esta etapa. Los BRICS forman parte de la nueva realidad multipolar y caótica, llamados como están a desplazar a las potencias del Norte (Estados Unidos, Unión Europea y Japón) como centros excluyentes del sistema-mundo. Sin embargo, los países llamados emergentes encarnan formas y modos de gestión del capitalismo diferentes al modelo anglosajón, pero tan capitalistas como éste.

Si nos congratulamos de la transición en curso hacia un mundo multipolar, es en la convicción de que el caos sistémico y la multiplicidad de poderes son caldo de cultivo para la lucha antisistémica. Ni más ni menos.

Las miradas gradualistas no toman en serio que vivimos bajo varias guerras. Los 70 años transcurridos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial parecen haber convencido a muchos analistas de que las guerras se han extinguido, cuando son el modo habitual del capitalismo en su fase extractiva y de acumulación por despojo/robo.

El análisis zapatista sobre la cuarta guerra mundial del capital contra los pueblos ayuda a comprender las agresiones que sufren los de abajo en todo el mundo, desde las guerras de aniquilación abiertas, como en Medio Oriente, hasta las guerras silenciosas, que el modelo extractivo descarga sobre los pueblos para instalar minas a cielo abierto, monocultivos y represas hidroeléctricas, por mencionar los casos más frecuentes.

Hay guerras económicas, monetarias, por el control de las fuentes de agua; guerras contra las mujeres y los niños y niñas, en fin, el más diverso tipo de agresiones sistemáticas y sistémicas contra los más diversos pueblos y sectores sociales.

José Luis Fiori, profesor de política económica en la Universidad Federal de Río de Janeiro y coordinador del grupo de investigación Poder Global y geopolítica del capitalismo, esboza una mirada distinta de la economía actual. Debemos comenzar por el análisis y comprensión de cómo funcionan los mercados internacionales, que se parecen más a una guerra de movimientos entre fuerzas desiguales que a un intercambio entre unidades iguales y bien informadas (página13.org.br, 30/1/15).

Inspirado en el historiador Fernand Braudel, Fiori considera que estados y capitales actúan en esa guerra asimétrica como grandes predadores en la lucha por el control monopólico de posiciones de mercado, innovaciones tecnológicas y lucros extraordinarios.

Las consideraciones anteriores (mercados como guerras de posiciones, estados/capitales como predadores) son más consistentes que considerarlos herramientas casi neutrales que pueden ser utilizadas por clases, razas, géneros y etnias en su beneficio. Posiciones de este tipo tienden a desarmar a los de abajo en este periodo en el que no pueden ni deben confiar en otra cosa que no sean sus propias fuerzas y capacidades.

Quisiera agregar tres ideas que Fiori viene esbozando en sus artículos periodísticos y en las que se explaya en su último libro História, estratégias e desenvolvimento: para uma geopolítica do capitalismo (Boitempo, São Paulo, 2014).

La primera se relaciona con China, pero puede aplicarse a todos los BRICS. “El poder es siempre expansivo (….) Fue así en cualquier tiempo y lugar, durante toda la historia de la humanidad, independiente de la existencia de economías de mercado, y mucho antes de la existencia del capitalismo” ( Outraspalavras, 25 /4/13). Nos alerta sobre la creencia de que Rusia, o China, puedan ser y hacer algo muy distinto de lo que ya conocemos. No son fuerzas anticapitalistas.

La segunda se relaciona con la economía; dice que ésta se subordina a los objetivos de larga duración de los estados.Las políticas económicas de los países varían en el espacio y en el tiempo, y su éxito o fracaso depende de factores externos a la propia política económica, y no a la verdad o falsedad de sus premisas teóricas (Carta Maior, 27/11/14).

Afirma que es inútil buscar políticas económicas de izquierda. Se trata de tener en cuenta los objetivos en función de los cuales los estados adoptan diversos lineamientos económicos. Tiene la virtud que nos aleja del economicismo dominante en las izquierdas, los progresismos y muchos movimientos sociales. En todo caso, esa premisa no debería ser adoptada al pie de la letra por los movimientos antisistémicos, porque es la ética la que preside su accionar.

Por último, tiene una mirada muy clara de la política de Estados Unidos. Recuerda que fue Nicholas Spykman el teórico geopolítico que tuvo mayor influencia en la política exterior estadunidense en el siglo XX. Dividía el subcontinente latinoamericano en dos partes. La parte norte incluye hasta Centroamérica, el Caribe, Venezuela y Colombia, que deben permanecer en absoluta dependencia de Estados Unidos.

El resto de Sudamérica cuenta con tres estados, como Brasil, Argentina y Chile, que pueden amenazar la hegemonía imperial si actúan en común, amenaza que debe ser respondida a través de la guerra. Fiori considera que el problema no es el imperio, sino en este caso la región y, muy en concreto, su propio país: Brasil. Estos son los términos de la ecuación y la posición estadunidense fue siempre muy clara. Lo mismo no se puede decir de la política exterior brasileña (Sin Permiso, 30/03/14).

Nada ganamos culpando al imperio de nuestras debilidades. Es imposible cambiar al enemigo. La pelota está en nuestro campo y sólo nos sirve mirar la realidad de frente.

DOS ARTICULOS DE RAÚL ZIBECHI QUE AMERITAN UNA ATENTA LECTURA

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Derechas con look de izquierda

Por Raúl Zibechi, periodista uruguayo, escribe en Brecha y La Jornada y es colaborador de ALAI.

Tomado de Alainet

Las recientes manifestaciones de masas generadas por las derechas en los más diversos países, muestran su capacidad por apropiarse de símbolos que antes desdeñaban, introduciendo confusión en las filas de las izquierdas.

El 17 de febrero de 2003 Patrick Tyler reflexionaba sobre lo que estaba sucediendo en las calles del mundo en una columna en The New York Times: “Las enormes manifestaciones contra la guerra en todo el mundo este fin de semana son un recordatorio de que todavía puede haber dos superpotencias en el planeta: los Estados Unidos y la opinión pública mundial”.

“Mira a tu alrededor y verás un mundo en ebullición”, escribe el editor estadounidense Tom Engelhardt, editor de la página ‘tomdispatch’. En efecto, diez años después del célebre artículo del Times, que dio la vuelta al mundo en ancas del movimiento contra la guerra, no hay casi rincón del mundo donde no exista ebullición popular, en particular desde la crisis de 2008.

Se podrían enumerar la Primavera Árabe que derribó dictadores y recorrió buena parte del mundo árabe; Occupy Wall Street, el mayor movimiento crítico desde los años sesenta en Estados Unidos; los indignados griegos y españoles que cabalgan sobre los desastres sociales provocados por la megaespeculación. En estos mismos momentos, Ucrania, Siria, Sudán del Sur, Tailandia, Bosnia, Turquía y Venezuela están siendo afectadas por protestas, movilizaciones y acciones de calle del más diverso signo.

Países que hacía décadas que no conocían protestas sociales, como Brasil aguardan manifestaciones durante el Mundial luego de que 350 ciudades vieran cómo el desasosiego ganaba las calles. En Chile, se ha instalado un potente movimiento juvenil estudiantil que no muestra signos de agotamiento y en Perú el conflicto en torno a la minería lleva más de un lustro sin amainar.

Cuando la opinión pública tiene la fuerza de una superpotencia, los gobiernos se han propuesto entenderla para cabalgarla, manejarla, reconducirla hacia lugares que sean más manejables que la conflagración callejera, conscientes de que la represión por sí sola no consigue gran cosa. Por eso, los saberes que antes eran monopolios de las izquierdas, desde los partidos hasta los sindicatos y movimientos sociales, hoy encuentran competidores capaces de mover masas pero con finas opuestos a los que esa izquierda desea.

Estilo militante

Desde el 20 hasta el 26 de marzo de 2010 se realizó en el departamento uruguayo de Colonia un “Campamento Latinoamericano de Jóvenes Activistas Sociales” (http://alainet.org/active/37263), en cuya convocatoria se prometía “un espacio de intercambio horizontal” para trabajar por “una Latinoamérica más justa y solidaria”. Entre el centenar largo de activistas que acudieron ninguno sospechaba de dónde habían salido los recursos para pagar sus viajes y estadías, ni quiénes eran en realidad los convocantes (Alai, 9 de abril de 2010).

Un joven militante se dedicó a investigar quiénes eran los Jóvenes Activistas Sociales que organizaban un encuentro participativo para “comenzar a construir una memoria viva de las experiencias de activismo social en la región; aprender de las dificultades, identificar buenas prácticas locales aprovechables a nivel regional, y maximizar el alcance de la creatividad y el compromiso de sus protagonistas”.

El resultado de su investigación en las páginas web le permitió averiguar que el campamento contó con el auspicio del Open Society Institute de George Soros, y de otras instituciones vinculadas al mismo. La sorpresa fue mayúscula porque en el campamento se realizaban reuniones en ronda, fogones y trabajos colectivos con papelógrafos, con fondo de whipalas y otras banderas indígenas. Un decorado y estilos que hacían pensar que se trataba de un encuentro en la misma tónica de los Foros Sociales y de tantas actividades militantes que emplean símbolos y modos de hacer similares. Algunos de los talleres empleaban métodos idénticos a los de la educación popular de Paulo Freire que, habitualmente, suelen emplear los movimientos antisistémicos.

Lo cierto, es que unos cuantos militantes fueron usados “democráticamente”, porque todos aseguraron que pudieron expresar libremente sus opiniones, para objetivos opuestos para los que los convocaron. Este aprendizaje de la fundación de Soros fue aplicado en varias ex repúblicas soviéticas, durante la “revuelta” en Kirguistán en 2010 y en la revolución naranja en Ucrania en 2004.

Ciertamente, muchas fundaciones y las más diversas instituciones envían fondos e instructores a grupos afines para que se movilicen y trabajen para derribar gobiernos opuestos a Washington. En el caso de Venezuela, han sido denunciadas en varias oportunidades agencias como el Fondo Nacional para la Democracia (NED por sus siglas en inglés), creada por el Congreso de Estados Unidos durante la presidencia de Ronald Reagan. O la española Fundación de Análisis y Estudios Sociales (FAES) orientada por el expresidente José María Aznar.

Ahora estamos ante una realidad más compleja: cómo el arte de la movilización callejera, sobre todo la orientada a derribar gobiernos, ha sido aprendida por fuerzas conservadores.

El arte de la confusión

El periodista Rafael Poch describe el despliegue de fuerzas en la plaza Maidan de Kiev: “En sus momentos más masivos ha congregado a unas 70.000 personas en esta ciudad de cuatro millones de habitantes. Entre ellos hay una minoría de varios miles, quizá cuatro o cinco mil, equipados con cascos, barras, escudos y bates para enfrentarse a la policía. Y dentro de ese colectivo hay un núcleo duro de quizás 1.000 o 1.500 personas puramente paramilitar, dispuestos a morir y matar lo que representa otra categoría. Este núcleo duro ha hecho uso de armas de fuego” (La Vanguardia, 25 de febrero de 2014).

Esta disposición de fuerzas para el combate de calles no es nueva. A lo largo de la historia ha sido utilizada por fuerzas disímiles, antagónicas, para conseguir objetivos también opuestos. El dispositivo que hemos observado en Ucrania se repite parcialmente en Venezuela, donde grupos armados se cobijan en manifestaciones más o menos importantes con el objetivo de derribar un gobierno, generando situaciones de ingobernabilidad y caos hasta que consiguen su objetivo.

La derecha ha sacado lecciones de la vasta experiencia insurreccional de la clase obrera, principalmente europea, y de los levantamientos populares que se sucedieron en América Latina desde el Caracazo de 1989. Un estudio comparativo entre ambos momentos, debería dar cuenta de las enormes diferencias entre las insurrecciones obreras de las primeras décadas del siglo XX, dirigidas por partidos y sólidamente organizadas, y los levantamientos de los sectores populares de los últimos años de ese mismo siglo.

En todo caso, las derecha han sido capaces de crear un dispositivo “popular”, como el que describe Rafael Poch, para desestabilizar gobiernos populares, dando la impresión de que estamos ante movilizaciones legítimas que terminan derribando gobiernos ilegítimos, aunque estos hayan sido elegidos y mantengan el apoyo de sectores importantes de la población. En este punto, la confusión es un arte tan decisivo, como el arte de la insurrección que otrora dominaron los revolucionarios.

Montarse en la ola

Un arte muy similar es el que mostraron los grupos conservadores en Brasil durante las manifestaciones de junio. Mientras las primeras marchas casi no fueron cubiertas por los medios, salvo para destacar el “vandalismo” de los manifestantes, a partir del día 13, cuando cientos de miles ganan las calles, se produce una inflexión.

Las manifestaciones ganan los titulares pero se produce lo que la socióloga brasileña Silvia Viana define como una “reconstrucción de la narrativa” hacia otros fines. El tema del precio del pasaje pasa a un segundo lugar, se destacan las banderas de Brasil y el lema “Abajo la corrupción”, que no habían estado originalmente en las convocatorias (Le Monde Diplomatique, 21 de junio de 2013). Los medios masivos también desaparecieron a los movimientos convocantes y colocaron en su lugar a las redes sociales, llegando a criminalizar a los sectores más militantes por su supuesta violencia, mientras la violencia policial quedaba en segundo plano.

De ese modo, la derecha que en Brasil no tiene capacidad de movilización, intentó apropiarse de movilizaciones cuyos objetivos (la denuncia de la especulación inmobiliaria y de las megaobras para el Mundial) estaba lejos de compartir. “Es claro que no hay lucha política sin disputa por símbolos”, asegura Viana. En esa disputa simbólica la derecha, que ahora engalana sus golpes como “defensa de la democracia”, aprendió más rápido que sus oponentes.

Recuperar el debate estratégico

Por R.Z.

Parece evidente que estamos ante un recodo de la historia. Lo que suceda en los próximos años, sumado a lo que ya está sucediendo, tendrá efectos de largo plazo. Lo que hagamos, o lo que dejemos de hacer, va a tener alguna influencia en el destino inmediato de nuestras sociedades. Sabemos que es necesario actuar, pero no está claro que seamos capaces de hacerlo en la dirección adecuada.
Los recientes sucesos en Ucrania y Venezuela intensificaron la sensación de que estamos ante momentos decisivos. Esta coyuntura devela que la violencia jugará un papel decisivo en la definición de nuestro futuro. Guerra entre estados, lucha entre clases, conflictos violentos entre los más diversos grupos, desde pandillas hasta organizaciones de narcotraficantes. Como sucedió en otros periodos de la historia, la violencia empieza a decidir coyunturas y crisis.
La violencia no es la solución, y cuanto más tiempo podamos aplazarla, tanto mejor. Sin violencia no podemos lograr nada. Pero la violencia, por muy terapéutica y eficaz que sea, no resuelve nada, escribió Immanuel Wallerstein en el prefacio del libro de Frantz Fanon Piel negra, máscaras blancas (Akal, 2009). Estar preparados para la violencia, pero subordinarla al objetivo del cambio social, es parte de los debates estratégicos necesarios.
Menciono la cuestión de la violencia porque de eso se trata en Venezuela y en Ucrania, en Bosnia, Sudán del Sur, Siria y cada vez más lugares. Nos guste o no, los conflictos no se están resolviendo en las urnas, sino en las calles y en las barricadas, mediante artes insurreccionales que las derechas están aprendiendo a utilizar para sus fines, apoyadas por las grandes potencias occidentales, Estados Unidos y Francia en lugar muy destacado. La llamada democracia languidece y tiende a desaparecer.
No me canso de leer y reproducir la visión que trasmitió el periodista Rafael Poch de la plaza Maidán de Kiev: En sus momentos más masivos ha congregado a unas 70 mil personas en esta ciudad de 4 millones de habitantes. Entre ellos hay una minoría de varios miles, quizá cuatro o cinco mil, equipados con cascos, barras, escudos y bates para enfrentarse a la policía. Y dentro de ese colectivo hay un núcleo duro de quizás mil o mil 500 personas puramente paramilitar, dispuestos a morir y matar, lo que representa otra categoría. Este núcleo duro ha hecho uso de armas de fuego (La Vanguardia, 25/2/14).
Multitudes protestando y pequeños núcleos decididos y organizados enfrentándose a los aparatos estatales a los que suelen desbordar. Lo consiguen por tres motivos: porque hay decenas de miles en las calles que representan el sentir de una parte de la sociedad, que legitima la protesta; porque hay una vanguardia a menudo entrenada y financiada desde fuera, y porque el régimen no está en condiciones de reprimirlos, ya sea por debilidad, falta de convicción o porque no tiene un plan para el día siguiente.
Que las derechas hayan fotocopiado las formas de hacer de los revolucionarios y las utilicen para sus fines, y que cuenten con abundante apoyo del imperialismo, no hace a la cuestión central: ¿cómo enfrentar situaciones en las que el Estado es desbordado, neutralizado o usado contra los de abajo?
Mi primera hipótesis es que las fuerzas antisistémicas no estamos preparadas para actuar sin el paraguas estatal. Casi todos los gobiernos progresistas del continente fueron posibles gracias a la acción directa en las calles, pagando un alto precio por poner el cuerpo a las balas, pero esa dinámica queda demasiado lejos y ya no es patrimonio de los movimientos. Poner el cuerpo dejó de ser el sentido común de la protesta, sobre todo desde que reapareció el escudo estatal con los gobiernos progresistas.
La segunda es que la confianza en el Estado paraliza y desarma moralmente a las fuerzas antisistémicas. A mi modo de ver, la peor consecuencia de esta confianza es que hemos desarmado nuestras viejas estrategias. Este punto tiene dos pliegues: por un lado, no está claro por qué mundo luchamos, toda vez que el socialismo estatista dejó de ser proyección de futuro. Por otro, porque no está a debate si nos afiliamos a las tesis insurreccionales o a la guerra popular prolongada, o sea a las tipologías europea y tercermundista de la revolución.
No quiero detenerme en la cuestión electoral porque no la considero una estrategia para cambiar el mundo, ni siquiera un modo de acumular fuerzas. Entiendo que hay gobiernos mejores y peores, pero no podemos tomar en serio el camino electoral como una estrategia revolucionaria. En suma, no estamos debatiendo el cómo. En tanto, las derechas sí tienen estrategias, en las que lo electoral juega un papel decorativo.
Entre la insurrección y la guerra popular, el zapatismo inaugura un nuevo camino, que combina la construcción de poderes no estatales defendidos armas en mano por las comunidades y bases de apoyo, con la construcción de un mundo nuevo y diferente en los territorios que esos poderes controlan.
Puede argumentarse que se trata de una variable de la guerra popular esbozada por Mao y Ho Chi Minh. No lo veo de esa manera, más allá de alguna similitud formal. Creo que la innovación radical del zapatismo no puede comprenderse sin asimilar la rica experiencia del movimiento indígena y del feminismo, en un punto crucial: no luchan por la hegemonía, no quieren imponer sus modos de hacer. Hacen; y que los demás decidan si acompañan o no.
En este argumento hay una trampa. No se puede luchar por la hegemonía porque sería trasmutarla en dominación, algo que las revoluciones triunfantes olvidaron muy pronto. La hegemonía se consigue naturalmente, por usar un término afín a Marx: por contagio, empatía o resonancia, con modos de hacer que convencen y entusiasman. Me parece que recuperar el debate estratégico es más importante para cambiar el mundo que la enésima denuncia contra el imperialismo. Que sigue siendo necesario firmar manifiestos, pero no alcanza.
Fuente: La Jornada, de México

El ¡Ya basta! en América Latina

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Por Raúl Zibechi, de La Jornada

En los 20 años que transcurrieron desde el alzamiento zapatista del primero de enero de 1994, los movimientos latinoamericanos protagonizaron uno de los ciclos de luchas más intensos y extensos en mucho tiempo. Desde el Caracazo de 1989 se sucedieron levantamientos, insurrecciones y movilizaciones que abarcaron toda la región, deslegitimaron el modelo neoliberal e instalaron a los de abajo, organizados en movimientos, como actores centrales de los cambios.

El zapatismo formó parte de esta oleada de los 90 y se convirtió muy pronto en uno de los referentes ineludibles, aun para quienes no comparten sus propuestas y formas de acción. Es casi imposible enumerar todo lo realizado por los movimientos en estas dos décadas. Apenas podemos repasar un puñado de hechos significativos: el ciclo piquetero en Argentina (1997-2002), los levantamientos indígenas y populares en Ecuador, las movilizaciones peruanas que forzaron la renuncia de Fujimori, y el Marzo Paraguayo, en 1999, que llevó al exilio al militar golpista Lino Oviedo.

En la década siguiente tuvimos la formidable respuesta del pueblo venezolano al golpe derechista de 2002, las tres guerras bolivianas entre 2000 y 2005 (una del agua y dos del gas) que borraron del mapa político a la derecha neoliberal, la impresionante lucha de los indios amazónicos en Bagua (Perú) en 2009, la resistencia de las comunidades de Guatemala a la minería, la comuna de Oaxaca en 2006 y la movilización del campesinado paraguayo en 2002 contra las privatizaciones.

En los tres pasados años se hizo sentir una nueva camada de movimientos que insinúan un nuevo ciclo de protestas, como la movilización de los estudiantes secundarios chilenos, la resistencia comunitaria al emprendimiento minero Conga en el norte del Perú, la creciente resistencia a la minería, a las fumigaciones y a Monsanto en Argentina, la defensa del TIPNIS (Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure) en Bolivia y la resistencia a la represa de Belo Monte en Brasil.

Sólo en 2013 tuvimos el paro agrario colombiano que fue capaz de unir a todos los sectores rurales (campesinos, indígenas y cortadores de caña) contra el TLC con Estados Unidos y a una parte de los movimientos urbanos, y también las movilizaciones de junio en Brasil contra el feroz extractivismo urbano de la mano de obra para el Mundial 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016 en Río de Janeiro.

Este conjunto de acciones a lo largo de dos décadas permite asegurar que los movimientos de los abajos están vivos en toda la región. Muchos de ellos son portadores de una nueva cultura política y de organización que se manifiesta de modos muy diversos en las diversas organizaciones, pero conforman modos de hacer diferentes de los que conocimos en las décadas de los 60 y 70.

Una parte de los movimientos, desde los estudiantes secundarios chilenos hasta las comunidades zapatistas, pasando por los Guardianes de las Lagunas de Conga, el Movimiento de Pobladores y Pobladoras de Venezuela y el Movimiento Passe Livre de Brasil (MPL), entre los más destacados, muestran algunas características comunes que sería interesante destacar.

La primera es la masiva y destacada participación de jóvenes y mujeres. Esta presencia revitaliza las luchas anticapitalistas, porque están participando directamente las personas más afectadas por el capitalismo, las que no tienen un lugar en el mundo aún hegemónico. Es la presencia mayoritaria de quienes no tienen nada que perder porque son, básicamente, mujeres y jóvenes de abajo que le dan a los movimientos un carácter de intransigente radicalidad.

En segundo lugar, viene ganando terreno una cultura política que los zapatistas han sintetizado en la expresión mandar obedeciendo, que se expresa de forma aún difusa. Los que cuidan las lagunas en Perú, herederos de las rondas campesinas, obedecen a las comunidades. Los jóvenes del MPL toman decisiones por consenso para que no se consoliden mayorías, y rechazan explícitamente los carros de sonido impuestos en el periodo anterior por las burocracias sindicales para controlar las marchas.

La tercera cuestión en común se relaciona con la autonomía y la horizontalidad, vocablos que 20 años atrás apenas empezaban a utilizarse y se incorporaron de lleno a la cultura política de quienes siguen luchando. Se reclaman autónomos del Estado y los partidos, en tanto la horizontalidad es la dirección colectiva y no individual del movimiento. Los miembros de la ACES (Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios) de Chile funcionan de modo horizontal, con una dirección colectiva y asamblearia.

La cuarta característica que veo en común es el predominio de los flujos por sobre las estructuras. La organización se adapta y se subordina al movimiento, no se congela en una estructura capaz de condicionar al colectivo, con intereses propios separados del movimiento. Los colectivos que pelean son algo así como comunidades en resistencia, en las que todos y todas corren riesgos parejos y donde la división del trabajo se adapta a los objetivos que traza el conjunto en cada momento.

En esta nueva camada de organizaciones no es fácil distinguir quiénes son los dirigentes, no porque no existan referentes y portavoces, sino porque la diferencia entre dirigentes y dirigidos se viene atenuando a medida que crece el protagonismo de los abajos. Este es quizá uno de los aspectos más importantes de la nueva cultura política en expansión en las dos pasadas décadas.

Por último, quisiera decir que el zapatismo es referente político y ético, pero no como dirección de estos movimientos, que no pretende ni podría serlo. Puede ser inspiración, referencia, ejemplo si se prefiere. Siento que hay múltiples diálogos entre todas estas experiencias, no al estilo de encuentros formales y estructurados, sino intercambios directos entre militantes, capilares, no controlados, sino el tipo de trueques de saberes y experiencias que necesitamos para potenciar el combate al sistema.

 

Para cortarle alas al golpismo

Por Raúl Zibechi

Esta semana quedó en evidencia la estrategia de la tensión y el caos que promueven las agencias estadounidenses para desestabilizar gobiernos. Si tomamos en cuenta las experiencias más recientes, incluyendo la primavera árabe, podemos concluir que los golpes de Estado son apenas uno de varios caminos posibles para desalojar gobiernos molestos. Ni el Pentágono ni la Casa Blanca apuestan por una sola estrategia para conseguir sus fines, sino que ponen en marcha un abanico de acciones convergentes y complementarias.

La crisis económica global y la necesaria contención de los gastos militares (al parecer el Comando Sur vio su presupuesto reducido en 26 por ciento, pero puede haber partidas ocultas) otorgan prioridad al poder suave, o sea mecanismos no tan ostensibles como los tanques y los bombardeos de palacios de gobierno. Los medios de comunicación, la acción legal y la semilegal, incluyendo las masas en las calles, que siempre sirven para legitimar proyectos innombrables, son algunas de las herramientas en uso.

En el caso de Venezuela y la escalada desestabilizadora que se escenificó horas después de la publicación de los resultados electorales, emergen un conjunto de mensajes que el tiempo permitirá develar completamente, pero que muestran la aparición de nuevas y más refinadas estrategias. Para mostrar no sólo los aspectos negativos de la coyuntura, habría que mencionar que la casi unanimidad de los miembros de la Unasur mostraron su apoyo a Nicolás Maduro, incluyendo un rápido reconocimiento por parte del presidente de Colombia, Juan Manuel Santos.

Sólo el Paraguay de Federico Franco, a quien le queda poco tiempo en el cargo, se alineó con Estados Unidos en la región sudamericana. Esto es relevante porque muestra el aislamiento de Washington y la creciente autonomización de gobiernos como el de Colombia. Parece evidente que la estrategia desestabilizadora no conviene a nadie en esta parte del mundo, muy en particular a un gobierno que busca la paz con la guerrilla con la oposición del mejor aliado del guerrerista George W. Bush, el ex presidente Álvaro Uribe.

La consolidación de las instituciones y alianzas regionales, tanto la Unasur como el Mercosur, está mostrando ser una eficaz barrera contra la injerencia del norte en la región sudamericana. Sin embargo, así como constatamos que algunos gobiernos no siguen mecánicamente la política de Estados Unidos (Ollanta Humala y Sebastián Piñera tampoco se sumaron a Washington), es muy probable que estemos ante una relativa autonomización de las derechas de esos mismos centros de poder.

Quiero decir que las derechas hacen sus propias lecturas de la realidad global y hacen también su propio juego. Sobre todo cuando las tendencias hacia un mundo multipolar se intensifican. Cinco de las 10 principales economías del mundo ya no utilizan el dólar en sus intercambios con China (Russia Today, 14 de abril de 2013). Entre ellas, Rusia, India y Brasil, pero también Japón, importante aliado de Estados Unidos. Australia, otra aliada de Washington, es el último país en dejar de lado el dólar en su comercio con China. India y Japón también comenzaron a efectuar transacciones en sus respectivas monedas nacionales.

La nueva realidad global golpea de tal modo al centro imperial que hasta sus gastos militares cayeron, por primera vez en 20 años. Estados Unidos tiene una participación menor a 40 por ciento de los gastos militares globales, que sólo en 2012 cayeron 6 por ciento, en tanto el gasto militar de los miembros de la OTAN en Europa se contrajo 10 por ciento (SIPRI, 15 de abril de 2013). En contraste, los gastos militares de los emergentes crecen de modo continuo, aunque están muy lejos del presupuesto de defensa del Pentágono.

Sin embargo, operan otras fuerzas menos visibles pero tan o más desestabilizadoras que las que conocemos de larga data. Me refiero al modelo extractivo o extractivismo. Con el modelo extractivo de megaminería y agronegocios no se puede profundizar la democracia, asegura Diego Montón, miembro de la Unión de Trabajadores Rurales Sin Tierra de Mendoza (Argentina) y nuevo coordinador continental de la CLOC-Vía Campesina ( Página 12, 17 de abril de 2013).

El extractivismo es mucho más que un modelo productivo y de acumulación de capital. En rigor, forma parte del complejo especulativo-financiero que hoy domina el mundo. En nuestros países tiene efectos depredadores: está creando un nuevo bloque de poder, corruptor políticamente, polarizador y excluyente socialmente y depredador del medio ambiente.

En lo político, el modelo extractivo necesita un conjunto de gestores que alimenta con sus inmensas ganancias (soya, minería a cielo abierto y varios monocultivos), que velan por sus intereses (universidades, gobiernos nacionales o locales, medios e intelectuales). Exagerando apenas, el extractivismo juega un papel desintegrador similar al del narcotráfico, porque destruye el tejido social, expulsa a los campesinos de sus tierras, infla ciudades hasta límites insoportables y mata a la gente, en particular a los más pobres, que no tienen acceso a un sistema sanitario de calidad.

En todos los países de nuestra región, paraísos extractivos del capital especulativo global o de los intereses expansionistas de países emergentes como China, una larga década de extractivismo no ha hecho sino fortalecer a las derechas. No me refiero sólo a los partidos o políticos conservadores, sino a una derecha difusa, social y cultural, que promueve el individualismo, un consumismo atroz y depredador de los vínculos sociales, comportamientos casi fascistas hacia los pobres, o sea contra los jóvenes de las barriadas populares, en particular las gentes del color de la tierra.

Denunciar el golpismo es imprescindible. Defenderse del Pentágono es urgente. Incrementar la militancia es clave (no sólo las declaraciones y los desplegados). Pero el modelo extractivo sigue criando y creando camadas de jóvenes conservadores que buscan líderes ultraderechistas.

Tomado de La Jornada

2013, un año para las soluciones

Los autores nos llaman a prestar atención a los movimientos telúricos bajo la frágil arena internacional

Una visión, o mejor visiones,  que nos llegan de la mano de Raúl Zibechi, Santiago Alba Rico, José Juarista y David Lazkanoiturburo

Nada es lo que parece en los últimos años en política internacional. Las viejas certidumbres han dado paso a una fragilidad que permite vislumbrar futuros sobresaltos. Donde menos se esperan.

Contra lo que puede aparentar el farragoso juego de la diplomacia, el subsuelo de lo que se conoce como la arena internacional se está moviendo de forma decisiva en los últimos años. Este movimiento telúrico de fondo se traga de repente a protagonistas de la historia que parecían eternos (fue el caso del egipcio Mubarak y del libio Gadafi y todo apunta a que será el destino del sirio Al-Assad) provocando graves desequilibrios regionales y nuevas alianzas que tardarán años en solidificar.

Pero, por lo general, se trata de un movimiento lento pero ininterrumpido que está suponiendo un rediseño del mapa geoestratégico mundial como no se ha conocido en los últimos cien años-

La crisis global ha provocado un corrimiento hacia el sur del Norte rico, dibujando una Europa en la que el eje mediterráneo parece condenado a asemejarse cada vez más a los países del este, que 25 años después de la caída de la URSS, siguen condenados en el vagón de cola.

EEUU sigue buscando un nuevo paradigma que le permita mantener su primacía mundial y, olvidada la Guerra Fría y tras salir trasquilado de su último decenio de guerra al islam, vuelve su mirada hacia el que fue siempre su objetivo geoestratégico, el Pacífico.

Cuenta, para ello, con la competencia creciente de una China que ya ha dejado de ser una potencia emergente y se ha convertido en la segunda economía mundial y en la principal fábrica del Planeta.

EL EJE DEL PACÍFICO

El mundo es cosa de dos

Las complejas relaciones entre EEUU y China marcarán, sin duda, el devenir del nuevo año y de los siguientes. Y conviene remarcar esa complejidad, toda vez que, más allá de la escenificación periódica de conflictos -en torno al tipo de cambio del reminbi o a aspectos comerciales- ambas potencias se necesitan mutuamente. A Pekín no le interesa un debilitamiento de EEUU más allá de un límite y Washington tiene en China a uno de los principales compradores de su inmenso déficit.

Otro tanto ocurre con la cuestión militar. EEUU denuncia una y otra vez el incremento ciertamente exponencial en gastos de defensa de los dirigentes chinos, pero estos recuerdan que siguen derivando menos proporción del PIB del país a este capítulo que lo que gasta EEUU. Y, en cifras absolutas, el Pentágono se lleva medio billón largo de dólares al año, mientras el Ejército Popular chino, el más numeroso del mundo, no supera los 80.000 millones.

En este juego de acusaciones demagógicas, no hay duda de que EEUU aprovechará la inquietud que genera el repunte de las reivindicaciones territoriales de China en muchos de sus vecinos -y algunos aliados estratégicos de EEUU- como Japón, Corea del Sur, Vietnam y Filipinas para tratar de consolidar su dominio del Pacífico.

Pekín intentará hacer valer el diálogo bilateral para solucionar esas disputas, mientras EEUU apelará a soluciones regionales en las que el peso chino se diluya y su propia posición marque la pauta a seguir.

AMÉRICA LATINA

Escalada de tensiones

La disputa por la hegemonía regional entre tres grandes potencias, Estados Unidos, China y Brasil, dibuja en el horizonte una escalada de conflictos. Para 2013 podemos esperar mayor activismo de las principales fuerzas desestabilizadoras, las derechas aliadas de Washington, por lo menos en Venezuela y Argentina, que se han convertido en los escenarios de las mayores confrontaciones.

La posible desaparición de Hugo Chávez pondrá a prueba la solidez del proceso bolivariano. Aunque Brasil y China han establecido sólidas alianzas estratégicas con Venezuela, la derecha y Estados Unidos mantienen su capacidad desestabilizadora. En Argentina el gobierno de Cristina Fernández deberá mostrar que puede manejar la situación económica y financiera para frenar la escalada social y política de las clases medias y altas contra su gobierno.

En el resto de la región sudamericana predomina la estabilidad aunque falta acomodar la situación paraguaya postgolpe constitucional contra Fernando Lugo. A través de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), Brasil viene mostrando su capacidad estabilizadora en la región, que está optando por resolver sus asuntos sin la injerencia estadounidense. El Mercosur, ampliado con Venezuela, seguirá creciendo con la incorporación de Bolivia y Ecuador.

Más al norte, en el Caribe, Centroamérica y México, la relación de fuerzas es completamente diferente. La mano militar del Pentágono y del Comando Sur siguen marcando el ritmo con escasas interferencias. El núcleo de la conflictividad interestatal y social seguirá focalizada en Sudamérica, y muy en particular en la región andina del Perú, donde colisionan las hegemonías decadentes y las emergentes.

EL MUNDO ÁRABE

Avance a trompicones

Dos años después, podemos enumerar algunas de las consecuencias negativas de la «primavera árabe»: la confrontación militar (Siria) o la confrontación política (Túnez, Egipto, Libia, Yemen) han dado una nueva oportunidad a los grupos asociados a la franquicia Al-Qaeda, han aumentado la influencia de las potencias reaccionarias del Golfo (Arabia Saudí y Qatar) y desplazado la batalla por la democratización hacia una «guerra fría» entre sunnismo y chíismo, han llevado al gobierno (Túnez y Egipto) a partidos islamistas complacientes con el capitalismo, han fragilizado todas las fronteras nacionales y han producido una fractura en la izquierda árabe e internacional. ¿El balance es, por tanto, desastroso?

Todos esos efectos solo podían ser evitados manteniendo dictaduras feroces cuyo cuestionamiento ha abierto, en cambio, un abanico de potenciales transformaciones.

Desde el punto de vista geoestratégico, podemos señalar algunas: Israel se encuentra más aislada y desprestigiada que nunca mientras que Palestina refuerza su papel simbólico como capital y garantía del anti-imperialismo regional, EEUU recula en la zona frente a una nueva promiscuidad de alianzas cruzadas entre viejas potencias y potencias emergentes y se pone punto final, con veinte años de retraso, a la Guerra Fría y al siglo XX.

Pero desde el punto de vista político, un proceso que sólo puede ser largo apunta ya cambios impensables hace tres años: pueblos que se movilizan y organizan y que amenazan por primera vez el corazón de la bestia (los países del Golfo y Jordania), mujeres y minorías lingüísticas y nacionales que luchan por sus derechos, una izquierda que se sacude esquemas atávicos y reencuentra la calle, la emergencia al primer plano de una juventud reprimida y humillada, la refundación de una cultura que se inclinaba, fascinada o aterrorizada, ante el poder personal y que, a través del mito Bouazizi, se alinea con los perdedores y rechaza los despotismos.

El balance será aún provisional durante décadas. Pero habría que estar loco -o ser imperialista- para preferir que no hubiera ocurrido.

ASIA Y EURASIA

Afganistán e Irán

2013 estará marcado por los acelerados planes de retirada occidental de Afganistán, lo que sin duda generará un cataclismo en una región, Asia Central, que se mantiene en una posición de equilibrio sobre alfileres.

Rusia ya está calibrando el futuro de una zona en la que todo hace presagiar un regreso con fuerza del poder talibán y, en el peor de los escenarios, una guerra civil que podría reanimar a los latentes movimientos islamistas, particularmente fuertes en el estratégico valle de Fergana y que disputan el status quo que Rusia logró mantener en repúblicas como Uzbekistán y Tayikistán manteniendo a dictadores en el poder.

En fin, habrá que estar asimismo muy atentos al año crucial que vivirá Irán, con unas elecciones en las que se anuncia el regreso de las viejas facciones del stablishment revolucionario -tras un acuerdo entre el ayatollah Jomenei y Akbar Hashemi Rafsanjani – por la retirada del presidente Mahmud Ahmedinejad- y no se descarta que Occidente vuelva a intentar socavar al poder de Teherán con un nuevo ensayo de revolución de colores como el que fracasó en las presidenciales de 2009. Todo ello como alternativa a una guerra contra Irán por razón de su programa nuclear que solo aparece en la agenda de Israel. El problema es Tel Aviv y su creciente unilateralismo.

UNIÓN EUROPEA

«Hallo 2013»

En el ámbito europeo y de la Unión Europea, será un año marcado por las elecciones alemanas de otoño. Y no porque la reelección de Merkel o el regreso del SPD al poder vaya a cambiar mucho la relación de este país con la UE, sino porque buena parte del desarrollo y ritmo del titubeante proceso integrador comunitario pasa a «modo invierno» cada vez que un «grande» vota.

2013, el año que verá el ingreso de Croacia, comienza con un cambio en la presidencia semestral de (algunos de) los consejos de ministros de la Unión. Irlanda releva a Chipre. Pero, sobre todo, arranca con la negociación pendiente del marco presupuestario plurianual (2014-2020), donde la Unión aparece más rota que dividida en dos bandos: los contribuyentes netos que quieren reducir el presupuesto y los necesitados, convertidos en europeístas convencidos en su reclamación de más caja común. La negociación marcará el devenir de la UE a partir de 2014 y condicionará otros aspectos de la discusión aparcada en diciembre sobre el desarrollo de la Unión Económica y Monetaria.

Dos temas deberían ser prioritarios: cómo reactivar la economía y cómo revertir el brutal deterioro del tan célebre como casi inexistente modelo de bienestar social europeo (hay más de uno, obviamente).

En el ámbito más social, quizás lo más llamativo será observar la evolución de la iniciativa de la Comisión Europea para luchar contra el tabaco. El reconocimiento de títulos para trabajar en otro estado miembro será también un punto relevante de la agenda europea en 2013.

ÁFRICA

¿El retorno de Al Qaeda?

La descolonización africana con regla y cartabón y el olvido al que el mundo ha sometido al Continente Negro lo convierte en un escenario inmejorable para la inestabilidad y su corolario, su emergencia como refugio de movimientos que han perdido sus santuarios originales, tanto por sus propios errores como por presiones externas.

Es el caso de la franquicia de Al-Qaeda y de grupos situados en la órbita del yihadismo trasnacional. Mali y la vasta región de Azawad (equiparable al territorio del Estado francés) será sin duda noticia en 2013. Reivindicado como su territorio por los tuaregs, la inestabilidad tras el golpe de Estado en Mali fue aprovechada para ocupar-liberar el territorio, en el que Al Qaeda del Magreb y otros grupos han logrado una posición de ventaja. No acaba ahí la lista de países con graves problemas armados ligados con una interpretación rigorista de la yihad. Es el caso del norte de Nigeria, con el movimiento Boko Haram (los talibanes nigerianos) y puede ser el de Níger, un vasto territorio que comparte frontera -es un decir- con la inestable Libia.

Todo ello en un continente en el que la pobreza extrema y la inestabilidad coinciden con un proceso creciente de urbanización (con megaurbes como Lagos y Kinshasa) que es una bomba de relojería en unas sociedades sin la más mínima articulación social y económica. Ojalá exageremos.

Fuente GARA

“En Chile el sujeto más contundente en el tiempo son los mapuche”

Entrevista realizada en Chile al periodista uruguayo Raúl Zibechi, conocido por sus vigorosos análisis sobre la realidad latinoamericana

Por Mauricio Becerra Rebolledo

Desde que en 1969 Raúl Zibechi se vinculó al Frente Estudiantil Revolucionario (FER), ligada al movimiento tupamaro uruguayo, las convulsiones dictatoriales y las luchas sociales se le pegaron a la vida y a sus palabras.

Exiliado de las dictaduras en Uruguay y Argentina, ayudó en la alfabetización de campesinos es España y sumó fuerzas contra el militarismo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Desde 1986 se dedicó a visitar, conocer, conversar y comprender a diferentes movimientos sociales surgidos en Latinoamérica. Sus historias cuentan sobre habitantes de las periferias invitando a sus vecinos a hablar de política, los vínculos entre los gobiernos progresistas del continente con el modelo extractivista de recursos naturales, las juntas de buen gobierno en Chiapas o como en algunos momentos de nuestra historia se ha dispersado el poder.

Dichas experiencias las acompaña con sus reflexiones en más de una decena de libros publicados. El último es Brasil Potencia. Entre la integración regional y un nuevo imperialismo, en el que intenta “dilucidar cómo se configura la nueva potencia regional y qué impacto tendrá en América del Sur”- según nos cuenta.

Se trata de “un debate con la tesis del subimperialismo de Ruy Mauro Marini, formulada en los ‘70 y que daba cuenta del carácter dependiente del capitalismo brasileño. Fue una tesis importante que ahora no puede ser sostenida porque Brasil tiene una capacidad autónoma de acumulación de capital no dependiente del centro del sistema. En paralelo hay un intento de comprender lo que está sucediendo con los movimientos luego de dos décadas de reflujo”.

Pese al poder que aún mantienen, la confianza de los países y, sobre todo, de las multitudes respecto del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional se ha erosionado en los últimos años ¿qué futuro cabe a estas instituciones?

– Todo el sistema de Bretón Woods debe ser rehecho. Aún es pronto para ver cómo. Aquello fue luego de la Segunda Guerra, 55 millones de muertos y el centro capitalista, Europa, destruida. No se depriman, pero aún falta mucha más destrucción para que veamos alguna luz. No soy pesimista, sólo creo que de esa destrucción nacerá el mundo nuevo que espero sea mejor. Pero no será en paz y calma como va a cambiar la cultura consumista y del progreso que nos está matando a fuego lento. La gente no va a cambiar por ideología sino porque no podrá seguir viviendo como hasta ahora.

Pese a la lenta consolidación del Banco del Sur ¿qué importancia tiene para la región?

– La región necesita empezar a desconectarse financieramente del Norte, y para eso el Banco del Sur podría ser útil. El problema es que hay muchas contradicciones, que Brasil no quiere, que los del Arco del Pacífico juegan a otra cosa, y así. No creo que el banco avance rápido aunque sería necesario, como es urgente crear una moneda regional para salir del dólar.

¿Qué demostró a tu juicio en el equilibrio de poderes entre EEUU y Latinoamérica la reciente Cumbre de las Américas realizada en Cartagena de Indias?

– Que la región ya no es el patio trasero y que hay un proyecto serio de integración que avanza, despacio pero avanza, y que incluye la creación de una América del Sur autónoma de Estados Unidos en todos los terrenos, incluyendo el militar. La duda es hasta dónde Brasil, o sea sus elites políticas y militares, aguantarán la presión yanqui sin retroceder.

Usted visitó Chile a fines del 2011, en plena movilización de los estudiantes ¿qué recuerdos le quedan de dicha experiencia?

– Estuve en uno de los liceos ocupados, el A-90, donde compartimos una jornada con los estudiantes y algunos docentes. Creo que es una experiencia notable porque más allá de la protesta, necesaria e insustituible, consigue poner en pie un liceo autogestionado por los propios actores, sus docentes y estudiantes; y establecen vínculos con los padres y el barrio. Me interesó mucho como ellos mismos cambian la currícula y se apropian del centro en un sentido no sólo administrativo sin creando nuevas relaciones sociales. Es, en pequeño, parte del mundo nuevo posible.

¿Cuál es la importancia para el prestigio del modelo neoliberal de las revueltas iniciadas por los estudiantes en Chile del 2011?

– Muestran que toda la propaganda del sistema sobre el éxito del modelo es falsa y que las estadísticas no contemplan a las personas sino apenas datos sobre años de escolarización y niveles de aprobación; datos cuantitativos que ocultan más de lo que explican. Claro que no diría que el modelo ha fracasado. Por el contrario, es exitoso en su propósito central: excluir a los jóvenes e integrarlos como mano de obra barata. Contra ese lugar en el mundo se rebelan.

El 2011 también nos dejó la emergencia de la protesta ciudadana en los países del centro capitalista; primero en Madrid (15-M) y después en Estados Unidos el movimiento occupy ¿te sorprendieron?

– Creo que en esos movimientos hay dos errores: el primero es pensar que 99% tenemos intereses comunes. Es falso. Una parte de ese 99% tiene interés en que el sistema funciona y siga excluyendo a los más pobres. La crisis de Ford y GM fue salvada por los sindicatos del automóvil a través de sus fondos de pensiones que capitalizaron a esas multinacionales. ¡Los sindicatos como salvadores del sistema! Por otro lado, el sistema ha conseguido blindar al Estado a través de dispositivos represivos muy sofisticados que impiden de hecho la protesta. O sea, a corto plazo no va a haber desborde del aparato represivo como hubo en Bolivia, Argentina, Ecuador y Venezuela.

¿Pero qué posibilidades ve que dichos movimientos pasen del rechazo al neoliberalismo a la articulación de una nueva mayoría?

– Lo que decía nos debe hacer pensar en cómo seguir. En Grecia quemaron en un día 50 edificios y no hubo un solo muerto en dos años, lo que nos habla de una sofisticación de la represión. Mi idea es que si estos movimientos consiguen pensar en el largo plazo, en cómo salirse del sistema masivamente y por lago tiempo, entonces será posible cambiar algo. Pero lo veo como una posibilidad remota porque la idea propia de movimiento es algo cíclico, no permanente.

¿Estos movimientos muestran a un nuevo sujeto político, los jóvenes cesantes o de trabajo precarizado?

– Los sujetos no se decretan, existen o no existen por su vida integral, no sólo por manifestarse. En Chile, el sujeto más contundente en el tiempo son los mapuche. Más allá de sus tendencias sigue habiendo un sujeto mapuche con objetivos que no se conforman con un par de reivindicaciones.

¿Y los estudiantes?

– Son la porción más politizada de los pobres, en gran medida porque el sistema se encargó de encarcelarlos en una celda virtual del no futuro. Pero su gran problema es que la juventud dura un tiempo, unos años, y luego hay que ingresar al mercado de trabajo y ahí se ofrecen solo dos alternativas: el trabajo informal y el choreo, la delincuencia que dice el sistema. No tengo ningún reparo moral en que roben, aunque estoy contra la violencia, sobre todo si la ejercen contra otros como ellos. Entonces, toda esa energía debería ser canalizada contra los responsables de la cárcel territorial y simbólica en la que viven.

La izquierda tradicional apuesta por convertir estas experiencias en proyectos políticos capaces de ganar el gobierno ¿qué falencias y qué instancias echa de menos en ese camino?

– No tiene el menor sentido. Se trata de profundizar la crisis del sistema, de pedir más democracia, más derechos, recargar al sistema con demandas como dice Wallerstein, hasta que se hunda. Sin el hundimiento de lo que hay, no puede hacer nada, absolutamente nada más que lo mismo que hay. Esto debe ser desmalezado para que en el lugar de las hierbas malas crezca otra cosa. El gobierno es el camino seguro para re-legitimar el sistema. De lo que se trata es de que, a la vez que se profundiza la debacle, vayamos construyendo algo nuevo: para sobrevivir y para que sea alternativa y punto de referencia cuando se instale el desierto. El problema es que la caída y la reconstrucción llevan siglos, no años ni décadas. Todas las transiciones han sido de siglos. Eso hace que sea imposible una fuerza organizada y un proyecto político. ¿Entonces? Creo que el hundimiento de lo que hay se va a producir por sí mismo, podemos empujar algo, pero básicamente se hará solo.

¿No hay que hacer nada entonces?

– No quiero dar la impresión de que no hay que hacer nada. Lo peor es la guerra contra el sistema porque la resiliencia funciona para los dos lados. O sea, el sistema aprende a sobrevivir a los embates, se reforma y todo eso que vemos desde 1917. Pero en lo que sí podemos trabajar arduo, es en crear economías y mundos paralelos, aún muy pequeños, que persistan en el tiempo, para que lleguen a iluminar la transición, para que cuando todo se hunda sean capaces de mostrar que otra vida es posible.

Si bien en los últimos años hay coincidencias de varios movimientos respecto de que el enemigo común es el neoliberalismo y se necesita superarlo ¿qué puedes decirnos para pasar de la suma de sensibilidades ecologistas, indígenas o de minorías sexuales a un movimiento en que dichas sensibilidades tengan un camino y un proyecto político común?

– No creo en los grandes movimientos que tengan la ambición de unirlo todo. La unidad puede ser un problema más que una solución. Los quechuas del Tahuantinsuyo fueron derrotados cuando se cortó la cabeza del imperio y los demás fueron cooptados. Los mapuche no, porque nunca tuvieron un centralismo ni unidad y fueron los que mejor resistieron junto a los amazónicos. La cultural del Uno, como ya advirtió Pierre Clastres, es sumamente peligrosa, sobre todo cuando la empuñamos los que combatimos al sistema porque lo estamos haciendo con sus armas. Es un error grave creer que las armas son neutrales. El Estado, la organización fordista, centralizada, el proyecto y el programa, son invenciones del capitalismo que no sirven para combatirlo. De hecho, los movimientos han conseguido profundizar el capitalismo, no limitarlo.

La carretera en el TIPNIS que opone a pueblos indígenas con el gobierno de Evo Morales da cuenta de una contradicción entre una izquierda desarrollista, preocupada en elevar la calidad de vida de la población de sus países recurriendo a la explotación de sus recursos naturales, con el interés de los indígenas por preservar sus territorios y sus lógicas de uso. ¿Qué salidas ve a este conflicto?

– A corto plazo ninguna. Va a ganar el Estado porque tiene la fuerza material para ganar, pero a costa de destruir la legitimidad del gobierno de Evo Morales. Tal vez un sector del pueblo aymara consiga seguir adelante con su crítica del Estado Plurinacional y del desarrollismo, y vuelva a levantar la propuesta de reconstruir la nación aymara. Está sucediendo algo similar a lo que pasó con la revolución de 1952 que fue expropiada por los gestores estatales. Duró hasta que fue barrida. Ahora hay una enorme dificultad a superar: deberán ser otros actores, otros sujetos, los que encabecen el nuevo ciclo de protesta necesario para volver a replantear la dominación. El ciclo de los varones ilustrados e iluminados, primero blancos, luego mestizos e indios, está acabado. En el futuro será un sujeto mucho más equilibrado cuyo seno está en las mujeres comunitarias, los niños y los muy jóvenes, quienes serán actores decisivos.

¿La contradicción entre el modelo desarrollista y la preservación qué aprendizajes deja?

– Por supuesto cambiar desde el Estado no es posible. Refundarlo tampoco. ¿Se imaginan un mapuche pensando en refundar el Estado chileno? Una hechura colonial no puede ser refundada, debe ser destruida y luego vemos cómo nos organizamos, si volvemos a las fronteras étnicas, que no eran fronteras en el sentido actual, o qué hacemos. La propuesta de cambiar desde el Estado sólo le interesa a los dirigentes que aspiran a ser la nueva clase gobernante y dominante.

Extractado de El Ciudadano

Raúl Zibechi: El “intempestivo” ingreso de Venezuela al Mercosur

Es una señal dirigida a la Casa Blanca de que la región no quiere seguir siendo patio trasero.

Raúl Zibechi

Cuando Dilma Rousseff se acercó a José Mujica y a Cristina Fernández diciendo: “Tengo algo político que discutir con ustedes”, estaba a punto de trasmitir un mensaje que cambiaría el desarrollo de la cumbre del Mercosur.  A solas, la presidenta exigió a Uruguay el apoyo al ingreso de Venezuela al Mercosur que se resistía a aceptar desde el día anterior por una cuestión de formas.

Antes de viajar a Mendoza, Dilma se entrevistó en São Paulo con el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva quien “exigió” que Dilma “colocara todo el peso político de Brasil en la reunión que en pocas horas arrancaría en Mendoza” para conseguir el ingreso de Venezuela al Mercosur (Noticias Clic, 3 de julio de 2012).

Lula se reveló como un destacado estratega y geopolítico.  De la mano de Celso Amorim, proclamado como el “mejor canciller del mundo” por la revista Foreign Policy en 2009, Brasil consiguió descarrilar la cumbre de la OMC en Cancún, en 2003, creando el Grupo 20-plus liderado por Brasil, China, India y Sudáfrica, con lo que se impidió la liberalización del mercado agrícola global que perjudica al sur.  En mayo de 2010 la diplomacia brasileña consiguió la firma de un acuerdo entre Irán, Brasil y Turquía para el intercambio de combustible nuclear, diseñado para apaciguar la escalada bélica de Estados Unidos e Israel contra Irán.

En la región, el Brasil de Lula fue uno de los artífices del fin del ALCA, enterrado en la cumbre de Mar del Plata en noviembre de 2005 y de las gestiones de la UNASUR para frenar el “golpe cívico” que la derecha boliviana tramaba en septiembre de 2008 contra Evo Morales.  La alianza militar con Francia es una de los principales legados de los gobiernos Lula desde el punto de vista geopolítico, ya que le permite construir submarinos convencionales y nucleares para defender su petróleo e impulsa el único complejo militar-industrial latinoamericano.

Lula fue el arquitecto de la UNASUR y de la CELAC, que por primera vez en la historia de América Latina integran a todos los países sin la tutela de Estados Unidos y Canadá, reafirmando una voluntad opuesta a la doctrina Monroe, cuya máxima podría ser que “América Latina para los latinoamericanos”.  La creación del Consejo Suramericano de Defensa que incluye las doce fuerzas armadas de la región, está coordinando la construcción de armamento entre varios países, lo que a mediano plazo permitirá construir autonomía militar.

Construir un mundo multipolar en el que el Mercosur y la Unasur puedan jugar el papel que les corresponde, es un camino que no puede recorrerse sin disputar con las grandes potencias, en especial con Estados Unidos.  En ese camino, Brasil juega por momentos como gran potencia, a veces con rasgos imperialistas, pero en los hechos ha mostrado su capacidad de sentarse a discutir de igual a igual incluso con vecinos con un PIB cincuenta a cien veces menor.  Pese a las asimetrías evidentes, hay un margen de negociación que los países de la región nunca tuvieron con las potencias del Norte.

Es cierto que la decisión tomada en Mendoza para el ingreso pleno de Venezuela fue poco prolija, aunque los parlamentos de los tres países ya la habían aprobado.  Sin embargo, en un período de agudos cambios como el actual, donde se está reconfigurando los poderes globales, regionales y locales, las formas pesan menos que los contenidos.  Lo que está en juego es que el camino iniciado en Honduras en 2009 no se convierta en el “recurso del método” para impedir que los países y los pueblos elijan su rumbo.

En este período los golpes de Estado y las guerras son y serán moneda corriente.  Si Brasil se empeñó a fondo contra el golpe en Honduras, que con los meses se supo que fue gestado con el apoyo de Washington, ¿podía hacer algo distinto en el caso de Paraguay, país clave para la estabilidad energética y militar de Brasil y del Cono Sur?  El ingreso de Venezuela al Mercosur es una señal dirigida a la Casa Blanca de que la región no quiere seguir siendo patio trasero.

– Raúl Zibechi, periodista uruguayo, es docente e investigador en la Multiversidad Franciscana de América Latina, y asesor de varios colectivos sociales.

Tomado de Alainet.org