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NOAM CHOMSKY: “INCLUSO SI NO GANA, TRUMP SERÁ MUY PELIGROSO”

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El lingüista y filósofo estadounidense advierte que los seguidores del magnate están acumulando armas y que, si su candidato pierde, conciben el día después de los comicios como un día de rabia

POR ANTONIO BAQUERO, DE EL PERIÓDICO

Referente intelectual a nivel planetario en la denuncia de los abusos de las grandes multinacionales y de los excesos de la maquinaria militar de EEUU, el lingüista y filósofo Noam Chomsky ha aterrizado este sábado en Barcelona para realizar una conferencia sobre los refugiados, invitado por el Instituto sobre Globalización, Cultura y Movilidad de la Universidad de Naciones Unidas (UNU-GCM). Ediciones B acaba de publicar también su último libro, ‘¿Quién domina el mundo?’. A sus 87 años, reconoce la inquietud que le produce Trump, tanto si pierde como si gana.

-¿Como lingüista qué impresión le producen los discursos de Donald Trump y Hillary Clinton?

-No es una cuestión de lingüista. Personalmente no me gusta ninguno de los dos. Y creo que Trump sería un desastre. Pero el hecho es que si miran cómo se desenvuelven en televisión, verán que Trump suele hablar de asuntos que le importan a la gente a la que él se dirige. Habla su lenguaje y actúa como si fuera a obrar para defender sus intereses sobre lo que a esa gente le preocupa: el comercio, el trabajo, la inmigración.

-¿Y Clinton?

-Clinton dedica buena parte de su tiempo solo a atacar a Trump personalmente. Que no está capacitado para ser presidente, denuncia su modo de actuar… El modo de desenvolverse de Clinton no es muy bueno. Lo más grave es que ninguno de los dos habla de los asuntos realmente importantes, ni plantean de qué modo van a enfrentarse a los grandes problemas. Y los medios no están denunciando eso. Solo se atacan el uno al otro pero no nos dicen cómo piensan afrontar los problemas.

-¿Hasta qué punto la cobertura de los medios de todo lo que hace o dice ha propiciado el auge de Donald Trump?

-Ha sido dramático. El foco de los medios ha estado de una forma masiva sobre Trump. No solo Fox News. También aquellos medios que se le oponen. Por ejemplo, una semana, como experimento, miré el ‘New Yorker’, que es una publicación liberal. Y me fijé en las caricaturas. En todas aparecía Trump. Y eso en todos los medios. El jefe de la CBS, cuando le preguntaron por qué dedicaba tanto tiempo a Trump, contestó que Trump ‘era maravilloso para sus audiencias’, lo que suponía más anuncios. Los medios de comunicación son empresas privadas que quieren ganar dinero. Son los medios los que han hecho que la figura política de Trump se convierta en relevante.

-¿Había imaginado alguna vez que alguien como Trump pudiera llegar a ser presidente de EEUU?

-Es una persona que ha llegado sin ningún tipo de pasado político ni de experiencia política. Un hombre de negocios que gana mucho dinero, que pierde mucho dinero. Es un hombre espectáculo, básicamente. Recuerda un poco a Ronald Reagan que, eso sí, era un poco más serio que Trump. Tampoco tenía mucha idea del mundo. Era un actor. La diferencia es que Reagan era un instrumento del Partido Republicano, y del ‘establishment’ y las grandes corporaciones y tradujo sus preocupaciones. En cambio Trump viene de ninguna parte, es odiado por el ‘establishment’.

-¿Qué ha cambiado con Trump?

-Es muy interesante. Si mira en las últimas campañas, en las primarias republicanas, cada vez que aparecía un candidato aupado por la base, y con apoyo popular, solía ser un candidato extremo que, antes o después, era aplastado por el aparato. Hasta ahora, los republicanos habían sido capaces de liquidar a esos candidatos. Con Trump ha sido la primera vez que no lo han conseguido. Y lo que refleja es hasta qué punto la base republicana siente una desafección creciente por el ‘establishment’ del partido.

-¿Por qué esa desafección?

-Lo que ha pasado es que ambos partidos, Republicanos y Demócratas, pero sobre todo los Republicanos, se han ido tan a la derecha, han defendido tanto los intereses de las grandes empresas, que ya no consiguen atraer votos de la gente. El partido ya no es capaz de movilizar a grandes sectores de la población.

-¿Qué capas de la población?

-Por ejemplo, los cristianos evangélicos. EEUU es un país con una sociedad básicamente fundamentalista. Uno de los problemas para concienciar a la gente sobre el riesgo del cambio climático es que el 40% no cree que sea un problema. Y no lo cree porque está convencida de que Jesús va a volver en unos pocos años. También creen que el mundo se creó hace unos pocos miles de años. Y esto son franjas de la población que antes no eran una fuerza política y que ahora sí lo son.

-¿Hay otras causas?

-Sí. Hay una parte de la población blanca que está aterrorizada con la pérdida de la supremacía blanca en la sociedad estadounidense. En 10 o 15 años, la mayoría de la población ya no será blanca. Y EEUU es un país levantado sobre una idea extrema de supremacía blanca. Y perder esta posición dominante desde un punto de vista social y también económico es una conmoción. Además, los éxitos en la lucha por los derechos de las mujeres, o del colectivo homosexual, es visto por una parte de la sociedad como un ataque a su sistema de privilegios, a su sistema de valores, a los valores del sistema patriarcal…

-Y Trump los ha activado.

-Trump ha movilizado esa base social. Trump va a bajar los impuestos a los más ricos y a las grandes corporaciones, va a aumentar el presupuesto militar y va a hundir el sistema público, que no tendrá recursos. Incluso si Trump no llega a ser presidente puede ser muy peligroso. Sus seguidores están acumulando armas, se han convencido de que Clinton va a instaurar la ley marcial, que va atacarles y que tendrán que defenderse. El propio Trump ha hecho circular la idea de que no va a aceptar el resultado. Muchos de sus seguidores piensan que el día 9, el posterior a las elecciones, será un día de mucha rabia. Las fuerzas básicas que han apoyado a Trump no van a desaparecer. Son como la ultraderecha europea. No van a irse de pronto solo porque hayan perdido. Están profundamente arraigadas.

‘¿Quién domina el mundo?’

En ‘¿Quién domina el mundo?’ (Ediciones B), el último libro de Noam Chomsky publicado en España, el autor argumenta que el empecinamiento de Estados Unidos -más bien de una élite al margen de cualquier control democrático- en mantener una posición de dominio mundial es un peligro para el planeta. Estos son algunos extractos de su introducción.

“Entre los Estados, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha sido de lejos el primero entre desiguales y sigue siéndolo. Continúa dictando en gran medida los términos del discurso global en un abanico de asuntos que van desde Israel-Palestina, Irán, Latinoamérica, la «guerra contra el terrorismo», la organización económica, el derecho y la justicia internacionales, y otros semejantes, hasta problemas fundamentales para la supervivencia de la civilización, como la guerra nuclear y la destrucción del medio ambiente. Su poder, no obstante, ha disminuido desde que alcanzó una cota sin precedentes históricos en 1945. Con el inevitable declive, el poder de Washington queda hasta cierto punto compartido dentro del «Gobierno mundial de facto» de los «amos del universo», por usar los términos que utilizan los medios de comunicación para referirse a los poderes capitalistas dominantes (los países del G7) y las instituciones que estos controlan en la «nueva era imperial» tales como el Fondo Monetario Internacional y las organizaciones internacionales que reglan el comercio”.

“La gran mayoría de la población, en el extremo bajo de la escala de ingresos/riqueza, se halla, de hecho, excluida del sistema político, y sus opiniones y posturas son pasadas por alto por sus representantes formales, mientras que un pequeño sector en la cima posee una influencia arrolladora”.

“En Europa, el declive de la democracia no es menos llamativo, mientras la toma de decisiones en cuestiones cruciales se desplaza a la burocracia de Bruselas y las potencias financieras que esta representa en gran medida. Su desprecio por la democracia se reveló en julio de 2015 en la salvaje reacción a la mera idea de que el pueblo de Grecia pudiera tener voz para determinar el destino de su sociedad, destrozada por las brutales políticas de austeridad de la troika: la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional (FMI), en concreto los actores políticos del último, no sus economistas, que han sido críticos con las políticas destructivas”.

Noam Chomsky: “Nunca antes hubo un Trump”

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Para el intelectual más crítico des EE.UU.,

el panorama de su país es “chocante”

y el electorado está atravesado por

la ira de los pobres.

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Tomado de Revista Ñ del diario Clarin, de Argentina

POR MARTIN BIALECK

Candidato republicano. “Hay una correlación directa entre el apoyo a populistas autoritarios y los entusiasmados con Donald Trump”, define Chomsky. (en la foto a la derecha).

A sus 87 años, Noam Chomsky recibe al visitante con un fuerte y largo apretón de manos, una sonrisa y una mirada amable. Su despacho en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) de Cambridge cumple con el cliché de un erudito: montones de libros, viejos carteles, notas. Chomsky, uno de los intelectuales más relevantes en la actualidad, critica con dureza la actual campaña presidencial estadounidense.

–¿Cómo se explica el auge de Donald Trump? ¿Qué dice el éxito del candidato republicano sobre la situación en Estados Unidos?
–Este peculiar fenómeno tiene cierto contexto, una especie de tradición sobre la que no se habla demasiado. Tomemos las elecciones primarias de los últimos años. Algunos candidatos populares entre las bases republicanas eran tan peligrosos y estaban tan locos que el “estabishment” del partido intervino y los eliminó, como ocurrió con Michelle Bachmann, Rick Santorum o Herman Cain. Pero en esta ocasión los líderes republicanos no lo consiguieron.

–¿A qué se debe?
–Sencillamente no pudieron hacerlo. Trump es singular. Nunca hubo algo como él en naciones industrializadas occidentales.

–Estados Unidos tiene algunos problemas graves. Desigualdad, racismo, brechas sociales, cuestiones identitarias, ¿por qué hay tantos que piensan que Trump es la respuesta a esas cuestiones?
–Sabemos qué posturas y preocupaciones tienen quienes apoyan a Trump. No son los pobres. La mayoría son de la clase trabajadora blanca que en el período del neoliberalismo fueron marginados. Siendo exactos, comenzó con Ronald Reagan.

–¿Y los demócratas?
–Los demócratas abandonaron a ese grupo ya en los 70, aunque siguen argumentando lo contrario. Hace tiempo que no puede hablarse de una clase trabajadora en Estados Unidos. Hay que hablar de una “clase media”, que se refiere a la “clase trabajadora”. En cualquier caso, esa clase fue sencillamente abandonada. Sólo hay que ver los sueldos. Ya nadie quiere acordarse de que en los tiempos de nuestro gran crecimiento los sueldos estaban ligados al producto nacional bruto y a la productividad. Eso se acabó a mediados de los años 70. Todo un segmento de la población fue abandonado y quedó descolgado. Ahora, esas personas están amargadas y tienen rencor.

–¿Ve otros motivos?
–Un segundo elemento, que conocen bien en Europa, es el fortalecimiento del populismo y el ultranacionalismo. Hay una correlación directa entre el apoyo a populistas autoritarios y los entusiasmados con Trump. Muchos se sienten amenazados, por ejemplo por el feminismo, y otros por situaciones que amenazan el orden que consideran apropiado. De ello ha surgido una mezcla muy peligrosa.

–¿Hasta qué punto le parece peligrosa esa mezcla?
–Se trata de un profundo cambio en el sistema político. Estados Unidos es en realidad un Estado de partido único con dos facciones políticas, republicanos y demócratas. Pero en realidad eso ya no es así. Seguimos siendo un país de partido único, el Partido de los Negocios. Pero ya sólo hay una facción, que da igual cómo se llame. Ambos partidos han virado hacia la derecha. Hace un par de décadas Hillary Clinton habría estado a gusto entre los republicanos moderados.

–¿Cómo han evolucionado los republicanos?
–Lamentablemente han salido del espectro normal. En un sentido real ya no son un partido parlamentario.

–¿Es posible pensar en un nuevo partido, por ejemplo cuando se piensa en los millones de personas que apoyaron a Bernie Sanders?
–Por supuesto. Si tuviéramos un movimiento trabajador activo y luchador del estilo del que hubo en Estados Unidos en los años 30, probablemente uniría a los seguidores de Trump con los de Sanders. Son diferentes en muchas cosas pero comparten la misma ira por el ataque contra la clase trabajadora y los pobres. Eso podría ser el principio de algo nuevo.

–Pero los terceros partidos lo tienen difícil en Estados Unidos.
–Sí, como consecuencia de nuestra herencia británica. No hay representación política proporcional sino un sistema electoral mayoritario. Eso lo hace difícil.

–Usted ha dicho que Trump es el resultado de una sociedad que implosiona y colapsa. ¿Diría también que el sistema político se ha derrumbado?
–Mire, hay que decir que en realidad en Europa es peor. En Europa, la democracia ha sufrido un duro golpe al haberse trasladado el poder de decisión política a Bruselas. Una evolución chocante. Estados Unidos se desarrolló desde una democracia hacia una plutocracia con apéndices democráticos. Sí, aquí hay mucha libertad, es una sociedad muy abierta, hay muchas cosas positivas. Pero en nuestro sistema la mayor parte de la sociedad está sencillamente infrarrepresentada.

–¿De qué parte de la sociedad está hablando?
–De tres cuartas partes de la sociedad. Sus representantes no se interesan por ellos, sobre todo por los que están en los grupos de salario más bajos. Cuanto más hacia arriba nos movemos en la escala de salarios, más influencia vemos. Hasta que llegamos a lo más alto, hasta el uno por ciento que controla prácticamente todo.

–¿Es una consecuencia de ello que estemos ante candidatos con valores mínimos en las encuestas?
–Cuidado, eso es equívoco. ¡Lo mismo ocurre con todas las instituciones! Mire la valoración del Congreso, los bancos, las empresas, de todo salvo el Ejército, todos tienen prácticamente valoraciones de una sola cifra. La valoración de los candidatos no es algo atípico. Corresponde a un gran malestar social. Amenaza la democracia.

–¿En qué podemos confiar?
–Hay salidas. Mire el fenómeno Sanders. Esa gente salió como de la nada. Sin apoyo del mundo de los negocios ni del sistema político. Gente que teme por las bases económicas y sociales. Una reacción a su caída. Impulsada por una inesperada simpatía y por la esperanza de que alguien cree nuevos empleos en Estados Unidos. Comparen eso con la época posterior a la guerra, un movimiento así, que encontró un gobierno abierto y dispuesto a las reformas. De una amalgama así puede surgir algo nuevo. ¡Y no sólo puede, debe!

 Fuente; Dpa.

“Syriza y Podemos son la reacción al asalto neoliberal que aplasta a la periferia”

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Por Miguel Mora

Tomado de Progreso Semanal 

Ha caído la nevada del siglo en Boston, el termómetro marca 15 bajo cero, los autobuses no circulan y los coches patinan. A las once de la mañana, como un clavo, el profesor emérito Noam Chomsky, lingüista y filósofo, de 86 años, está ya en la brecha, dando una entrevista a un periodista francés en su despacho del departamento de Lingüística del Massachussets Institute of Technology (MIT).

Estamos en el legendario Stata Center, construido por Frank Gehry en acero y ladrillo. La facultad de Ciencias de la Información, Inteligencia e Informática está abarrotada de estudiantes, con abrumadora mayoría asiática. En la octava planta, junto a un ascensor, la guarida de Chomsky y sus secuaces huele a café recién hecho, y se respira calma y camaradería.

En un despacho contiguo al de Chomsky está el nonagenario Morris Halle, un barbudo diminuto de ojos vivos, con la chaqueta llena de migas y pinta de haber compartido vodka y revoluciones con Bakunin. The New Yorker ha comparado a la pareja de lingüistas con Dante y Virgilio, con Sherlock Holmes y Watson. Halle, un lingüista egregio, fue quien llevó a Chomsky al MIT en 1955, cuando nadie se atrevía a contratar a aquel joven judío, brillante y airado recién doctorado en Harvard. En 1968, los dos escribieron a cuatro manos el libro más importante de la historia de la Lingüística, The Sound Pattern of English, que hizo por la fonología –el estudio del sonido de las palabras- lo que Chomsky había hecho antes –a los 29 años- por la sintaxis: le dio forma y la convirtió en una ciencia.

Otro personaje clave en la vida de Chomsky es su secretaria, Bev Stohl, una mujer encantadora que en un aparte bromea sobre los venerables maestros: “Ahí los tienes, entre los dos suman más de 200 años”. El despacho de Chomsky, forrado de libros sobre anarquía, guerra, historia y lingüística, es luminoso y amplio, y está presidido por dos grandes fotos de Bertrand Russell, ídolo y referencia del pensador ateo y pacifista. Chomsky sale a recibir al segundo entrevistador del día con gesto afable y sonriente. Se nota enseguida que ha perdido energía y oído y que tiene la voz queda. Pero escucharlo sigue siendo toda una experiencia: tras abrazar todas las causas justas y perdidas, el viejo azote del imperialismo yanqui sigue siendo un Quijote incurable y un analista implacable. Guarda memoria prodigiosa de fechas, hechos, libros y discursos, no pierde el hilo en ningún momento y mantiene la cabeza clara, ágil y potente.

Además de dar sus clases, escribir sus artículos y atender a sus alumnos, Chomsky imparte conferencias allá donde le invitan –“tengo la agenda llena hasta 2016”, dice- y contesta personalmente a las docenas de mensajes y cartas que recibe cada día. Según su secretaria, “el hombre no dice nunca que no, simplemente no sabe”. La prueba llega al final de los 45 minutos de entrevista, cuando el periodista le invita a ser presidente de honor del comité editorial de CTXT. Chomsky responde: “Bueno, no participo en comités… ¡Pero si es honorario, podría!”.

-Se le ve sonriente. ¿Todavía encuentra razones para ser optimista?

-Bueno, algunas hay. Aunque no faltan tampoco para ser pesimista. La Humanidad tendrá que decidir, y no a largo plazo, si quiere sobrevivir u olvidar dos enormes e inminentes amenazas: una es las catástrofes medioambientales, la otra es la guerra nuclear. El Boletín de los Científicos Atómicos, que ha sido el principal monitor de cuestiones nucleares y estratégicas durante muchos años, publica un famoso reloj del “Juicio Final”. Determina la distancia a la que las manecillas del reloj deberían estar de la medianoche. Y acaban de adelantarlo a tres minutos del final. Es lo más cerca que hemos estado desde la Crisis de los Misiles de Cuba. La amenaza nuclear sigue aumentando; siempre ha sido significativa, y es casi un milagro que escapáramos de ella. En este momento, EEUU está dedicando un billón de dólares a modernizar y poner al día su arsenal nuclear. El Tratado de No Proliferación Nuclear nos obliga a comprometernos a eliminar estas armas, a mostrar signos de querer eliminarlas. No hay nada de eso. Rusia sigue su carrera, y algunas potencias menores también.

-Pero casi nadie habla de ello.

-No se habla mucho, salvo algunos analistas estratégicos, expertos económicos y otra gente preocupada por estas cuestiones. Pero hay amenazas muy serias. Una es el conflicto en Ucrania. Uno confía en que las potencias se frenarán, pero viendo los antecedentes no es en absoluto seguro. Sólo un ejemplo: a principios de los años 80, la Administración Reagan decidió sondear las defensas rusas. Así que simularon ataques por tierra y aire, incluyendo armas nucleares. No dijeron a los rusos lo que estaban haciendo porque querían provocar no un simulacro sino una alerta real. Fue un momento de extrema tensión. Reagan acababa de anunciar iniciativas estratégicas de defensa comola guerra de las galaxias,pero los analistas de ambos bandos lo interpretaron como un arma de primer ataque. No es un misil defensivo, si en algún momento llega a funcionar, sino una garantía para lanzar el primer ataque. Ahora, conforme los archivos rusos se han ido haciendo públicos, la Inteligencia de EEUU ha reconocido que la amenaza fue extremadamente seria. De hecho, un informe reciente asegura que casi estalla la guerra.

-Así que estamos vivos de milagro.

-Vuelvo a su pregunta inicial… ¿Optimismo? Es siempre la misma historia. Siempre, no importa cómo juzgues lo que está pasando en el mundo, tienes, básicamente, dos opciones. Puedes decidir ser pesimista, decir que no hay esperanza y abandonar todo esfuerzo, en cuyo caso contribuyes a asegurar que suceda lo peor. O puedes agarrarte a cualquier esperanza –siempre hay alguna– e intentar hacer lo que puedas –y quizás así seas capaz de evitar un desastre, o incluso, de abrir el camino a un mundo mejor.

-Usted cambió la lingüística cuando tenía 29 años, y luego intentó cambiar el mundo. Todavía sigue en ello. Imagino que lo segundo ha sido más duro que lo primero. ¿Ha valido la pena?

-¡Cambiar la lingüística también fue bastante duro! Tiene un poco de ciencia, aspectos de filosofía contemporánea… Creo que he estado en el lado adecuado, aunque formo parte de una pequeña minoría.

-¿Y diría que el balance ha sido positivo?

-Ha habido éxitos, no sólo míos, sino de la oposición popular a la violencia, a la guerra, a la desigualdad. El movimiento por los derechos civiles –en el que yo no fui una figura de referencia pero estuve involucrado, como tantos otros–, consiguió objetivos significativos, aunque no todos los que perseguía, ni mucho menos. Si hacemos caso a la retórica oficial, la lucha de Martin Luther King acaba en 1963 con su famoso discurso Yo tengo un sueño, que condujo a la legislación de los derechos civiles y a una mejora significativa de los derechos de voto y de otros derechos en el Sur. Pero King no se detuvo en ese punto. Continuó luchando contra el racismo del Norte, y también intentó generar un movimiento por los pobres, no sólo negros, sino los pobres en general. King fue asesinado en Memphis (Tennessee) mientras apoyaba una huelga de funcionarios. Luego, su mujer, su viuda, lideró la Marcha por el Sur, por todas las zonas donde había habido disturbios, llegó a Washington y montó una acampada, Resurrection City. Aquel era el Congreso más liberal de la historia: les permitieron quedarse un tiempo, y luego mandaron a la policía de noche, destruyeron el campamento y desalojaron a todo el mundo. Ese fue el final del movimiento para atajar la pobreza. Hoy sabemos que gran parte del problema no ha sido erradicado.

-Europa vive también el periodo más sombrío de los últimos 50 años.

-Ha habido mejoras importantes, pero toparon con una barrera. Y esa barrera empeoró con el asalto neoliberal contra la población mundial, que empezó a finales de los años 70 y despegó con Reagan y Thatcher. Europa es hoy una de las mayores víctimas de esas políticas económicas de locos, que suman austeridad a la recesión. Incluso el FMI dice que ya no tienen sentido. Pero sí tienen sentido desde un punto de vista: están desmantelando el Estado del Bienestar, debilitando a los trabajadores para aumentar el poder de los ricos y los privilegiados. Visto así, es todo un éxito; el resultado es destruir las sociedades, pero eso es una especie de pie de página que no tienes en cuenta si estás sentado en las oficinas del Bundesbank.

-La sociedad ha empezado a moverse. ¿Cree que cambiarán las cosas?

-Hay una resistencia muy significativa contra el asalto neoliberal. La más importante se da en Sudamérica, es espectacular. Durante 500 años, Sudamérica sufrió la dominación de las potencias imperiales occidentales, la última de ellas, EEUU. Pero en los últimos 10 o 15 años ha empezado a romper con eso. Esto tiene mucha relevancia. Latinoamérica fue uno de los socios más leales de los consensos de Washington, de las políticas oficiales.

-El patio trasero…

-Pero ha dejado de serlo; no del todo, pero por primera vez en medio milenio, los países se están moviendo hacia la integración, que es un requisito para la independencia. Estuvieron separados en el pasado, están empezando a unirse. El símbolo de esto es que EEUU ha perdido sus bases militares en América Latina, la última se cerró en Ecuador. Y otra ilustración llamativa es lo que está pasando en las conferencias continentales. En la última, que se celebró en Colombia, no pudieron realizar una declaración conjunta. El motivo es que hubo dos países que se opusieron: EEUU y Canadá. Esto era inimaginable en el pasado.

-Guantánamo sigue ahí. ¿Cree que Cuba intentará recuperar la base en las conversaciones de La Habana? 

-Estoy seguro de que lo intentarán, pero dudo que EEUU acepte.

-He leído un artículo suyo reciente en el que decía que Obama es un liberal conservador, un republicano moderado, y que la de Nixon fue la Administración más izquierdista de la historia. 

-Nixon era un buen tipo…; hoy los estándares han cambiado. Ahora Nixon parece un izquierdista, y Eisenhower un radical incendiario. Eisenhower, al fin y al cabo, dijo que aquel que calificara de locura la legislación del New Deal no podía formar parte del sistema político americano. Ahora, todo eso ha desaparecido.

-¿Obama no es de izquierdas?

-El término izquierda en EEUU se utiliza ahora para los moderados de centro, porque el espectro se ha movido. Un viejo chiste decía que EEUU es un Estado de un solo partido (el Partido de los Negocios) con dos facciones (Demócratas y Republicanos); era bastante acertado. Ahora ya no sirve. Sigue siendo un país de un solo partido, pero sólo hay una facción: los republicanos moderados. Ése es el único partido operativo. Se llaman demócratas, pero son similares a lo que solían ser los republicanos moderados. El otro partido, el de los republicanos, se ha salido de ese marco. Ha abandonado cualquier pretensión de ser un partido parlamentario. Y lo ha reconocido. Uno de los líderes de opinión conservadores más respetados, Norman Ornstein, ha descrito a los republicanos como una insurgencia radical que ha abandonado todo deseo de participar en la política parlamentaria.

-¿Hacia dónde van los neocons?

-El partido se ha movilizado para alcanzar dos objetivos: uno, destruir el país y que parezca culpa de los demócratas, de manera que ellos puedan volver a gobernar. Su otro objetivo es simplemente servir al rico y al poderoso. Pero como no puedes hacer de esto un programa político, han hecho una cosa razonable: han movilizado a grandes sectores de la población que siempre habían estado ahí pero no se habían organizado como fuerza política. Uno de estos colectivos es el de los cristianos evangélicos, que forman una parte enorme de la población. Y ahí tienes al nuevo responsable del Comité Medioambiental del Senado, James Inhofe, que afirma: “Es arrogante decir que los humanos pueden hacer cualquier cosa contra la voluntad de Dios, como el cambio climático”. Esto es antediluviano… No puedes ni llamarlo Edad de Piedra, las tribus primitivas tenían más criterio. Pero esta es la esencia de la base republicana, extremista y cristiana evangélica. El otro sector movilizado es la gente aterrorizada. La sociedad de Estados Unidos es ahora muy mestiza, pero la población blanca se está convirtiendo en minoría. De forma que hay un gran sector de la población, y un grupo de políticos, que dice: “Nos están robando el país”. Es una forma de decir que hay demasiados rostros oscuros. Hispanos, sobre todo.

-¿Y musulmanes?

-También, pero los hispanos son ahora la principal fuente de miedo.

-El mito nacional funciona siempre contra la invasión de pueblos “inferiores”.

-Y así sigue. Puede que no tenga una base histórica o biológica, pero está en la conciencia colectiva. Y ahora estamos en el punto en el que nuestra herencia mitológica anglosajona no sólo se ve amenazada, sino desbordada por esos extranjeros que se están apoderando de nuestro país. Todo esto es parte de lo que el ex Partido Republicano -tengo que llamarlo ex- ha movilizado como base de esa política que roza el delirio…

-Europa lleva un camino parecido…

-Es delirante la forma en que la Troika está tomando decisiones en Europa. Se puede calificar de delirante si se tienen en cuenta las consecuencias humanas, pero desde el punto de vista de los que diseñan la política no es delirante, a ellos les va estupendamente. Son más ricos y poderosos que nunca, y están acabando con el enemigo, que es la población en general.

-Aki Kaurismäki, el cineasta finlandés, lo llama capitalismo sádico.

-Es que el capitalismo es intrínsecamente sádico; de hecho, Adam Smith reconoció que cuando se le da rienda suelta y queda liberado de ataduras externas, su naturaleza sádica se manifiesta porque es intrínsecamente salvaje. ¿Qué es el capitalismo? Maximizar tus beneficios a expensas del resto del mundo. Un famoso premio Nobel de Economía, James M. Buchanan, dijo una vez que el ideal de todo ser humano es ser el amo y que el resto del mundo sea su esclavo. Desde el punto de vista de la economía neoclásica, por qué no, ése es el ideal.

-¿Un mundo sin derechos ni responsabilidades?

-Un mundo sin reglas en el que los poderosos hacen lo que quieren. Y, donde, milagrosamente, todo sale a la perfección. Es interesante comprobar cómo Adam Smith planteó esto en la famosa expresión “mano invisible”, que tanto se usa ahora. (…)  Ahora vemos que, cuando el capital carece de cortapisas, particularmente los mercados financieros, todo salta por los aires. A eso es a lo que se está enfrentando hoy Europa.

-Sorprendentemente, 25 años después de la caída del Muro de Berlín, Syriza, un partido de izquierdas, ha ganado unas elecciones en Europa. Es como si las políticas de la Troika hubieran resucitado al enemigo…

-Yo no lo veo así… Por la sencilla razón de que hay muchos mitos acerca del enemigo. Rusia estaba más alejada del socialismo de lo que lo está hoy Estados Unidos; la revolución bolchevique fue un gran fracaso para el socialismo, provocó una tiranía autocrática en la que los trabajadores eran eso que Lenin llamó un ejército proletario bajo el control de un líder que no tenía nada que ver con el socialismo.

-¿Syriza no es entonces el péndulo de la Historia volviendo atrás?

-Para los patrones actuales, Syriza es un partido de izquierdas, pero no lo es por su programa. Es un partido anti-neoliberal. No exigen que los trabajadores controlen la industria…

-No, claro, no son revolucionarios.

-Ni socialistas tradicionales… Y esto no es una crítica, creo que es positivo. Y lo mismo pasa con Podemos: son partidos que se levantan contra el asalto neoliberal que está estrangulando y destrozando a los países periféricos.

-Hablemos sobre la prensa. Usted ha criticado duramente a The New York Times y The New Yorker en sendos artículos recientes. ¿La decadencia de los periódicos tradicionales tiene que ver con su cercanía al poder o, como aseguran los editores, es culpa de Internet?

-Escribo sobre The New York Times y The New Yorker porque lo que me interesa es ese tipo de límite liberal. Prefiero que otros denuncien a la Fox, que es una broma. Lo interesante son los periódicos intelectuales, porque establecen el límite externo de la crítica aceptable. Son una especie de guardianes. Dicen: “Puedes llegar hasta aquí, pero no más allá”. Y lo hacen por un interés particular. Desde un punto de vista doctrinal no creo que hayan cambiado, protegen las estructuras del Estado desde hace mucho. El derrocamiento de la democracia en Guatemala recibió un gran respaldo de los medios; el del sistema parlamentario iraní en 1953 fue enormemente respaldado; la Guerra de Vietnam, igual, gran apoyo todo el tiempo. De hecho, la única crítica que se ha hecho a la Guerra de Vietnam hasta el momento es que fue un fracaso. Cuando a Obama se le consideraba un gran héroe moral porque se opuso a la invasión de Iraq, ¿qué dijo la prensa? Dijo que esa guerra había sido un error garrafal, claro, porque no salió bien. Si hubiera salido bien, habría sido perfecta…

-¿Guardianes del poder, pero no de la democracia?

-La prensa vive un grave declive, pero creo que básicamente se debe al funcionamiento de los mercados publicitarios. Los grandes medios son grandes empresas, y viven esencialmente de la publicidad; ahora sus fuentes de capital se están dispersando, y están en declive. Si cogemos, por ejemplo, The Boston Globe, era un buen periódico, uno de los mejores del país, pero ahora no tiene noticias independientes en absoluto, funciona con agencias, apenas tiene corresponsales. Lo mismo está ocurriendo en el resto del país. No se trata de una actitud doctrinal, creo que está relacionado con el funcionamiento de la sociedad de mercado: si no ganas suficiente dinero, caes.

-¿Y no le parece raro que esos medios sigan defendiendo el modelo que les ha llevado a la ruina?

-Desde un punto de vista doctrinal, sencillamente, de una forma abrumadora, no sólo en los Estados Unidos, los medios defienden al poder. En Estados Unidos ese poder son los negocios y el Estado. Aunque hay excepciones. The Wall Street Journal, el principal periódico económico, publica muy buenas historias de delitos empresariales. Por suerte, no estamos en un Estado fascista.

La movida histórica de Obama

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Por Noam Chomsky
Tomado de La Jornada

El establecimiento de vínculos diplomáticos entre Estados Unidos y Cuba ha sido ensalzado en el mundo como un suceso de importancia histórica. El corresponsal John Lee Anderson, quien ha escrito con perspicacia acerca de la región, sintetiza una reacción general entre los intelectuales liberales cuando escribe, en The New Yorker, que:

“Barack Obama ha mostrado que puede actuar como estadista de altura histórica. Y también, en este momento, Raúl Castro. Para los cubanos, este momento será emocionalmente catártico e históricamente transformacional. Durante 50 años su relación con su rico y poderoso vecino norteamericano se ha mantenido congelada en la década de 1960. Hasta un grado surrealista, sus destinos también se congelaron. Para los estadunidenses el suceso es importante también. La paz con Cuba nos devuelve momentáneamente a aquella era dorada en la que Estados Unidos era una nación amada en todo el mundo, cuando un joven y apuesto presidente JFK estaba en el cargo… Antes de Vietnam, de Allende, de Irak y de todas las miserias, y nos permite sentirnos orgullosos de nosotros mismos por hacer lo correcto”.

El pasado no es tan idílico como lo retrata la persistente imagen de Camelot. JFK no fue antes de Vietnam o ni siquiera de Allende o Irak, pero dejemos eso a un lado. En Vietnam, cuando JFK asumió el cargo, la brutalidad del régimen de Diem impuesto por Washington había finalmente provocado una resistencia nacional que no pudo enfrentar. Kennedy se vio confrontado por lo que llamó un asalto desde adentro, agresión interna, según la interesante frase favorecida por su embajador ante la ONU, Adlai Stevenson.

En consecuencia, Kennedy aumentó de inmediato la intervención estadounidense a la escala de una agresión, ordenando a la Fuerza Aérea bombardear Vietnam del Sur (según límites sudvietnamitas, que no engañaban a nadie), autorizando la guerra química y con napalm para destruir cultivos y ganado, y lanzando programas para llevar a los campesinos a virtuales campos de concentración para protegerlos de los guerrilleros, a quienes Washington sabía que la mayoría de ellos apoyaban.

Hacia 1963, los informes desde el terreno parecían indicar que la guerra de Kennedy triunfaba, pero surgió un grave problema. En agosto, la Casa Blanca se enteró de que el gobierno de Diem buscaba negociaciones con el Norte para poner fin al conflicto.

Si JFK tenía la menor intención de retirarse, eso le habría dado una oportunidad perfecta para hacerlo graciosamente, sin costo político, e incluso afirmando, en el estilo acostumbrado, que fue la fortaleza estadounidense y la defensa de la libertad lo que obligó a los norvietnamitas a rendirse. En cambio, Washington respaldó un golpe militar para instalar halcones militares, más apegados a los compromisos reales de JFK; el presidente Diem y su hermano fueron asesinados en el proceso. Con la victoria en apariencia a la vista, Kennedy aceptó a regañadientes una propuesta del secretario de Defensa Robert McNamara de comenzar el retiro de tropas (NSAM 263), pero con una condición crucial: después de la victoria. Kennedy mantuvo con insistencia esa demanda hasta su asesinato, unas semanas después. Muchas ilusiones se han tejido en torno a esos sucesos, pero se derrumban con rapidez ante el peso del rico registro documental.

La historia en otras partes no fue tan idílica como las leyendas de Camelot. Una de las decisiones de Kennedy que tuvieron mayores consecuencias se dio en 1962, cuando cambió en los hechos la misión de los militares latinoamericanos de la defensa hemisférica –remanente de la Segunda Guerra Mundial– a la seguridad interna, eufemismo para nombrar la guerra contra el enemigo interno, la población. Los resultados fueron descritos por Charles Maechling, quien dirigió la contrainsurgencia estadunidense y la planeación de la defensa interior de 1961 a 1966.

La decisión de Kennedy, escribió, llevó la política estadounidense de la tolerancia a la rapacidad y crueldad de los militares latinoamericanos a la complicidad directa en sus crímenes, al apoyo de los métodos de los escuadrones de exterminio de Heinrich Himmler. Quienes no prefieren lo que el especialista en relaciones internacionales Michael Glennon llamó ignorancia intencional pueden con facilidad aportar los detalles.

En Cuba, Kennedy heredó la política de Eisenhower de bloqueo y planes formales de derrocar al régimen, y con rapidez los intensificó con la invasión de Bahía de Cochinos. El fracaso de la incursión causó algo cercano a la histeria en Washington. En la primera reunión de gabinete después de la fallida invasión, la atmósfera era casi salvaje, observó en privado el subsecretario de Estado Chester Bowles: Hubo una reacción casi frenética a un programa de acción. Kennedy expresó la histeria en sus declaraciones públicas: “Las sociedades complacientes y blandas están a punto de ser eliminadas junto con los desechos de la historia. Sólo los fuertes… tienen la posibilidad de sobrevivir”, dijo a la nación, aunque estaba consciente, según admitió en privado, de que los aliados creen que estamos un poco dementes por el tema de Cuba. No sin razón.

Las acciones de Kennedy eran acordes con sus palabras. Lanzó una campaña terrorista asesina, diseñada para llevar los terrores de la Tierra a Cuba, según la frase de su consejero, el historiador Arthur Schlesinger, en referencia al proyecto asignado por el presidente a su hermano Robert como su más alta prioridad. Aparte de dar muerte a miles de personas junto con una destrucción en gran escala, los terrores de la Tierra fueron un factor principal en poner al mundo al borde de una guerra mundial terminal, como revela un estudio reciente. El gobierno reanudó los ataques terroristas tan pronto como la crisis de los misiles se desactivó.

Una forma común de evadir los temas desagradables es limitarse a las conjuras de la CIA para asesinar a Castro, ridiculizar su absurdo. Existieron, sí, pero fueron apenas un pie de página a la guerra terrorista lanzada por los hermanos Kennedy luego del fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos, guerra a la que es difícil encontrar parangón en los anales del terrorismo internacional.

Hoy día existe mucho debate sobre si Cuba debe ser retirada de la lista de países que apoyan el terrorismo. Sólo puedo traer a la mente las palabras de Tácito de que el crimen una vez expuesto sólo tiene refugio en la audacia. Excepto que no está expuesto, gracias a la traición de los intelectuales.

Al asumir la presidencia luego del asesinato, Lyndon B. Johnson relajó el terrorismo, que sin embargo continuó durante la década de 1990. Pero no permitió que Cuba viviera en paz. Explicó al senador Fulbright que si bien no iba a entrar en ninguna operación de Bahía de Cochinos, quería asesoría sobre cómo debemos pincharles las bolas más de lo que lo estamos haciendo. En su comentario, el historiador sobre América Latina Lars Schoultz observa que pinchar las bolas ha sido la política estadunidense desde entonces.

Algunos, sin duda, han sentido que tales métodos delicados no bastan, por ejemplo Alexander Haig, miembro del gabinete de Richard Nixon, quien pidió a ese presidente: Usted ordene y convierto esa pinche isla en estacionamiento.

Su elocuencia captura vívidamente la prolongada frustración de los líderes estadounidenses con esa infernal pequeña república cubana, frase de Theodore Roosevelt al desahogar su furia por la resistencia de Cuba a aceptar graciosamente la invasión de 1898 para bloquear su liberación ante España y convertirla en una colonia virtual. Sin duda su valerosa incursión en la colina de San Juan había sido una noble causa (por lo regular se pasa por alto que esos batallones africano-estadunidenses fueron en gran medida responsables de conquistar la colina).

El historiador cubano Louis Pérez escribe que la intervención estadounidense, ensalzada en Estados Unidos como una intervención humanitaria para liberar a Cuba, logró sus objetivos verdaderos: Una guerra cubana de liberación se transformó en una guerra estadounidense de conquista, la guerra entre Estados Unidos y España en la nomenclatura imperial, diseñada para oscurecer la victoria cubana, que fue absorbida rápidamente por la invasión. El desenlace alivió las ansiedades estadounidenses acerca de lo que era anatema para todos los responsables de las políticas estadounidenses desde Thomas Jefferson: la independencia de Cuba.

Cómo han cambiado las cosas en dos siglos.

Ha habido esfuerzos tentativos por mejorar las relaciones en los pasados 50 años, revisados en detalle por William Leo Grande y Peter Kornbluh en su reciente estudio integral, Back Channel to Cuba. Es debatible que debamos sentirnos orgullosos de nosotros por los pasos que Obama ha dado, pero sí son lo correcto, aunque el aplastante bloqueo siga en vigor en desafío a todo el mundo (excepto Israel) y el turismo aún esté prohibido. En su mensaje a la nación en el que anunciaba la nueva política, el presidente dejó en claro que también en otros aspectos el castigo a Cuba por no plegarse a la voluntad y a la violencia de Washington continuará, repitiendo pretextos que son demasiado ridículos para comentarlos.

Sin embargo, son dignas de atención las palabras del presidente, tales como las siguientes: “Orgullosamente, Estados Unidos ha apoyado la democracia y los derechos humanos en Cuba a lo largo de cinco décadas. Lo hemos hecho sobre todo mediante políticas que apuntan a aislar la isla, evitando los viajes y el comercio más básicos que los estadunidenses pueden disfrutar en cualquier otro lugar. Y aunque esta política ha estado fincada en la mejor de las intenciones, ninguna otra nación nos secunda en imponer estas sanciones y ha tenido poco efecto más allá de dar al gobierno cubano una justificación para imponer restricciones a su pueblo… Hoy, les soy sincero: nunca podemos borrar la historia entre nosotros”.

Uno tiene que admirar la asombrosa audacia de esta declaración, que nuevamente hace evocar las palabras de Tácito. Obama sin duda está consciente de la historia verdadera, que no sólo abarca la asesina guerra terrorista y el escandaloso bloqueo económico, sino también la ocupación militar del sureste de Cuba durante más de un siglo, incluyendo su puerto más grande, pese a solicitudes de su gobierno desde la independencia de devolver el territorio robado a punta de pistola, política justificada sólo por la adhesión fanática a bloquear el desarrollo económico de la isla. En comparación, la ilegal anexión de Crimea por Putin parece hasta benigna. La dedicación a la venganza contra los cubanos impúdicos que resisten el dominio estadounidense ha sido tan extrema que incluso se ha contrapuesto a los deseos de normalización de la comunidad de negocios –empresas farmacéuticas, agronegocios, energéticas–, algo inusitado en la política exterior estadounidense. La cruel y vengativa política de Washington ha aislado prácticamente a Estados Unidos en el hemisferio y atraído el desprecio y el ridículo en todo el mundo. A Washington y sus acólitos les gusta fingir que han aislado a Cuba, como Obama expresó, pero la historia muestra con claridad que es Estados Unidos el que está siendo aislado, lo que es probablemente la principal razón de este cambio parcial de curso.

Sin duda, la opinión interna es otro factor en la histórica acción de Obama, aunque el público ha estado durante mucho tiempo en favor de la normalización sin que tenga relevancia. Una encuesta de CNN de 2014 mostró que sólo uno de cada cuatro estadounidenses considera hoy día a Cuba una amenaza seria a Estados Unidos, en comparación con más de dos tercios hace 30 años, cuando Ronald Reagan advertía sobre la grave amenaza a nuestras vidas planteada por la capital de la nuez moscada en el mundo (Granada) y por el ejército nicaragüense, a sólo dos días de marcha de Texas. Ahora que los miedos se han abatido un poco, tal vez podamos relajar ligeramente nuestra vigilancia.

En los extensos comentarios a la decisión de Obama, un tema dominante ha sido que los esfuerzos benignos de Washington por llevar la democracia y los derechos humanos a los sufridos cubanos, manchados sólo por infantiloides rufianes de la CIA, han sido un fracaso. Nuestros nobles objetivos no se alcanzaron, así que se impone un cambio de orden, aun sin desearlo.

¿Fueron un fracaso las políticas? Depende de cuál fuera el objetivo. La respuesta es clara en el registro documental. La amenaza cubana era la ya conocida que aparece en toda la historia de la guerra fría, con muchos precedentes. Fue explicitada con claridad por el gobierno de Kennedy. La preocupación primordial era que Cuba pudiera ser un virus que esparciera el contagio, para tomar prestados los términos de Kissinger sobre el tema de costumbre, en relación con Chile en la era de Allende. Eso se reconoció de inmediato.

Con la intención de enfocar la atención en América Latina, antes de asumir el cargo Kennedy estableció una misión latinoamericana, encabezada por Arthur Schlesinger, quien informó las conclusiones al presidente entrante. La misión advertía sobre la susceptibilidad de los latinoamericanos a la idea de Castro de tomar las cosas en sus propias manos, serio peligro, explicó Schlesinger más adelante, cuando “la distribución de la tierra y otras formas de riqueza nacional favorecen grandemente a las clases propietarias… (y) Los pobres y menos privilegiados, estimulados por el ejemplo de la revolución cubana, demandan ahora oportunidades de una vida decente”.

Schlesinger reiteraba los lamentos del secretario de Estado John Foster Dulles, quien se quejaba al presidente Eisenhower de los peligros representados por los comunistas dentro del mismo Estados Unidos, que eran capaces de ganar control de los movimientos de masas, ventaja injusta que no tenemos capacidad de duplicar.

La razón es que los pobres son a los que convocan, y ellos siempre han querido despojar a los ricos. Es difícil convencer a gente atrasada e ignorante de seguir nuestro principio de que los ricos deben despojar a los pobres.

Otros elaboraron sobre las advertencias de Schlesinger. En julio de 1961, la CIA informó que “la extensa influencia del castrismo no es función del poderío cubano… La sombra de Castro se engrandece porque las condiciones sociales y económicas a lo largo de América Latina invitan a oponerse a la autoridad gobernante y alientan la agitación por el cambio radical”, del cual la Cuba de Castro es un modelo. El Consejo de Planeación de Políticas del Departamento de Estado explicó que “el peligro primordial que enfrentamos con Castro reside… en el impacto que la mera existencia de su régimen ha dejado en muchos países latinoamericanos… El hecho simple es que Castro representa un desafío triunfal a Estados Unidos, una negación de toda nuestra política hemisférica de casi siglo y medio”, desde que la Doctrina Monroe declaró que la intención estadunidense de dominar el hemisferio. Para expresarlo en términos simples, observa el historiador Thomas Paterson, Cuba, como símbolo y realidad, desafió la hegemonía de Estados Unidos en América Latina.

La forma de tratar con un virus que podría extender el contagio es acabar con él e inocular a las víctimas potenciales. Esa razonable política es precisamente la que aplicó Washington, y en términos de sus objetivos primordiales, ha sido muy exitosa. Cuba ha sobrevivido, pero sin la capacidad de alcanzar su temido potencial. Y la región fue inoculada con perversas dictaduras militares para prevenir el contagio, empezando por el golpe militar inspirado por Kennedy que estableció un régimen de Seguridad Nacional de terror y tortura en Brasil poco después del asesinato del presidente estadounidense, régimen al que Washington dio entusiasta bienvenida. Los generales habían llevado a cabo una rebelión democrática, telegrafió el embajador estadounidense Lincoln Gordon. La revolución fue una gran victoria para el mundo libre, que evitó una pérdida total para Occidente de todas las repúblicas sudamericanas, y debía crear un clima grandemente mejorado para las inversiones privadas. Esta revolución democrática fue la victoria más decisiva para la libertad de mediados del siglo XX, sostuvo Gordon, uno de los mayores puntos de quiebre de la historia mundial en ese periodo, que eliminó lo que Washington veía como un clon de Castro.

La plaga se extendió luego por el continente, y culminó en la guerra terrorista de Reagan en Centroamérica y finalmente en el asesinato de seis destacados intelectuales latinoamericanos, sacerdotes jesuitas, por un batallón salvadoreño de élite, recién desempacado del entrenamiento en la Escuela de Guerra Especializada JFK en Fort Bragg, siguiendo órdenes del alto mando de asesinarlos junto con cualquier testigo, su ama de llaves y la hija de ella. El 25 aniversario del asesinato acaba de pasar, y fue conmemorado con el silencio que se considera apropiado para nuestros crímenes.

Mucho de esto se aplica asimismo a la guerra de Vietnam, también considerada un fracaso y una derrota. Vietnam en sí no era causa de ninguna inquietud, pero, como revela el registro documental, Washington se preocupaba de que un desarrollo independiente exitoso extendiera el contagio en toda la región y llegara a Indonesia, rica en recursos, y quizá hasta Japón: el superdominó, como lo describió el historiador asiático John Dower, que se pudiera adaptar a un este de Asia independiente y se convirtiera en su centro industrial y tecnológico, al margen del control estadounidense, que construyera un nuevo orden en Asia. Estados Unidos no estaba preparado para perder la fase del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial a principios de la década de 1950, así que se dispuso con rapidez a apoyar la guerra de Francia para reconquistar su antigua colonia, y luego los horrores que siguieron, los cuales se intensificaron cuando Kennedy asumió el cargo, y más tarde sus sucesores.

Vietnam quedó prácticamente destruido: ya no sería modelo para nadie. Y la región fue protegida con la instalación de dictaduras asesinas, muy al modo de América Latina en los mismos años: no es innatural que la política imperial siga líneas similares en diferentes partes del mundo. El caso más importante fue Indonesia, protegida del contagio por el golpe de Suharto de 1965, un pavoroso asesinato en masa, como lo describió con exactitud el New York Times, aunque se unió a la euforia general por un rayo de luz en Asia (el columnista liberal James Reston). En retrospectiva, el consejero de seguridad nacional de Kennedy y Johnson, McGeorge Bundy, reconoció que nuestro esfuerzo en Vietnam fue excesivo después de 1965, ya con Indonesia fácilmente inoculada.

La guerra de Vietnam es descrita como un fracaso, una derrota estadounidense. En realidad fue una victoria parcial. Estados Unidos no logró su máximo objetivo de convertir a Vietnam en Filipinas, pero las principales preocupaciones fueron superadas, al igual que en Cuba. Tales desenlaces, por tanto, cuentan como derrota, fracaso, decisiones terribles.

La mentalidad imperial es asombrosa de contemplar. Apenas si pasa un día sin nuevas ilustraciones. Podemos añadir el estilo del nuevo movimiento histórico en Cuba, y su recepción, a esa distinguida lista.

Publicado originalmente “Obama’s Historic Move” en zcomm.org

Todos somos Charlie

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Por Noam Chomsky

Avram Noam Chomsky es un lingüista, filósofo y activista estadounidense. Es profesor emérito de Lingüística en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y una de las figuras más destacadas de la lingüística del siglo XX, gracias a sus trabajos en teoría lingüística y ciencia cognitiva. Es, asimismo, reconocido por su activismo político, caracterizado por una fuerte crítica delcapitalismo contemporáneo y de la política exterior de los Estados Unidos. .

zcomm.org

Tomado de Rebelion

El mundo quedó horrorizado después del brutal ataque que sufrió la revista satírica francesa Charlie Hebdo. En las columnas del New York Times, el corresponsal Steven Erlanger, presente desde hace mucho tiempo en Europa, describió de forma sobrecogedora las repercusiones inmediatas de lo que muchos describen como el “11 septiembre” francés. Fue “una jornada durante la cual se sucedieron sirenas ruidosas con los ires y venires de los helicópteros. Una jornada de frenesí mediático, de cordones policiacos, de muchedumbres en pánico y de niños alejados de las escuelas por cuestiones de seguridad. Una jornada, como las dos que le siguieron, de sangre y de horror en París y sus suburbios”. El inmenso repudio mundial provocado por el atentado fue acompañado por una reflexión sobre las raíces profundas de esta barbaridad. “Muchos son los que ven en estos hechos un choque de civilizaciones”, anunciaba un título del New York Times.

Las reacciones de horror y de indignación respecto a estos crímenes son justificadas, al igual que la búsqueda de sus causas profundas, siempre y cuando guardemos en mente firmemente algunos principios. La reacción debería ser completamente independiente de la opinión que se puede tener de ese periódico y del material que produce. Los eslóganes omnipresentes de tipo “Yo soy Charlie”, no deberían indicar, ni siquiera insinuar, ninguna asociación con el periódico, al menos en el contexto de la defensa de la libertad de expresión. Deberían más bien expresar una defensa de al libertad de expresión a pesar de lo que se puede opinar acerca del contenido, y aunque éste sea calificado de hiriente o depravado.

Y esos eslóganes también deberían expresar la condena de la violencia y del terror. El dirigente del Partido de los Trabajadores de Israel y principal contrincante para las próximas elecciones, Isaac Herzog, tiene toda la razón cuando dice que “El terrorismo es terrorismo. No existen dos formas diferentes de considerarlo.” También acierta cuando dice “Todas la naciones que desean la paz y la libertad enfrentan un inmenso reto” respecto al mortífero terrorismo – si dejamos de lado su interpretación selectiva acerca de este reto.

Erlanger describe muy bien la horrible escena. Cita uno de los periodistas sobrevivientes: “Todo se desplomó. No había ninguna escapatoria. Había humo por todos lados. Fue terrible. La gente gritaba. Una verdadera pesadilla.” Otro periodista superviviente describió “una inmensa deflagración antes de ser sumergidos en la absoluta oscuridad.” La escena, según Erlanger, “no era más que un montón de vidrio roto, paredes caídas, maderas retorcidas, pinturas desgarradas y devastación emocional.” Por lo menos 10 personas habrían muerto a raíz de la explosión, 20 otras habían desaparecido, “probablemente enterradas bajo los escombros”.

Esas citaciones, como nos lo recuerda el incansable David Peterson, no son de enero del 2015. En realidad son extraídas de una nota de Erlander del 24 de abril de 1999, que solo alcanzó la sexta página del New York Times, es muy lejos de alcanzar la relevancia del ataque de Charlie Hebdo. Erlanger en realidad describía el resultado de “un ataque con misil sobre la sede de la televisión de estado de Serbia” por parte de la OTAN (es decir los EE.UU.) que “dejó fuera del aire Radio Television Serbia.”

Hubo una justificación oficial. “La OTAN y los representantes estadounidenses defendieron el ataque”, reportó Erlanger, “como parte del esfuerzo para debilitar el régimen del Presidente de Yugoslavia Slobodan Milosevic.” El portavoz del Pentágono, Kenneth Bacon declaró durante una conferencia de prensa en Washington que “la televisión serbia formaba parte integrante de la máquina de terror de Milosevic, al mismo nivel que sus fuerzas armadas”, lo que la convertía por lo tanto en un blanco legítimo.

El gobierno de Yugoslavia declaró: “La nación entera apoya a nuestro presidente, Slobodan Milosevic”, según reporta Erlanger, quien añade que “no queda claro cómo el Gobierno sabe esto con tal precisión.”

Ningún comentario sardónico de ese tipo sería el bienvenido ahora que se puede leer en la prensa que Francia está en duelo y que el mundo está indignado ante los abominables acontecimientos. Tampoco resulta necesario interrogarse acerca de las causas profundas, ni de preguntarse quien representa a la civilización y quien a la barbarie.

Pero Isaac Herzog se equivoca cuando dice “El terrorismo es terrorismo. No existen dos formas diferentes de considerarlo.” Definitivamente sí existen dos formas de considerarlo: el terrorismo no es terrorismo cuando se trata de un ataque mucho más violento pero perpetrado por los que son Justos en virtud su poder. De la misma forma, la libertad de expresión no corre peligro cuando los Justos destruyen un canal de televisión que apoya a un gobierno que están atacando.

Asimismo, se entiende fácilmente el comentario del abogado de derechos cívicos Floyd Abrams, reconocido por su defensa apasionada de la libertad de expresión, publicado en el New York Times y en el que señala que el ataque contra Charlie Hebdo “es la agresión más grave en contra del periodismo de la que se tenga memoria.” Tiene razón de precisar “de la que se tenga memoria”, lo que divide cuidadosamente a los ataques contra el periodismo y los actos de terrorismo en dos categorías: los Suyos, que son horribles; y los Nuestros, que son virtuosos y fácilmente eliminados de nuestra memoria.

Vale la pena subrayar que esto solamente es uno de los numerosos ejemplos de ataques contra la libertad de expresión realizado por los Justos. Para mencionar únicamente otro ejemplo que fue fácilmente borrado de “nuestra memoria”, el ataque llevado a cabo por las fuerzas de los EE.UU en Falluja en noviembre del 2004, uno de los peores crímenes realizados durante la invasión a Irak, que inició con la ocupación militar del Hospital General de esa ciudad. La ocupación militar de un hospital representa en sí, por supuesto, un grave crimen de guerra, independientemente de la forma en la que fue llevada a cabo. Los hechos fueron trivialmente descritos en un artículo publicado en primera plana del New York Times, junto con una fotografía ilustrando el crimen. El texto señalaba que “soldados armados sacaron de las habitaciones a los pacientes y empleados del hospital, y les ordenaron sentarse o tirarse al piso mientras que las tropas los maniataban por detrás.” Esos crímenes fueron descritos como si fuesen altamente meritorios y justificados: “La ofensiva permitió clausurar lo que oficiales describían como una herramienta de propaganda para los militantes: el Hospital General de Falluja, con su flujo de informes sobre el número de víctimas civiles.”

Evidentemente, no se le podía permitir a una agencia de propaganda de este tipo que siguiera escupiendo sus vulgares obscenidades.

Traducción: Luis Alberto Reygada

Fuente: https://zcomm.org/znetarticle/we-are-all-fill-in-the-blank/

Pesadilla en Gaza

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Así comenta Noam Chomsky este lunes en La Jornada, de México, sobre la horrenda masacre israelí.

Entre todos los horrores desplegados en la más reciente ofensiva israelí en Gaza, el objetivo de Tel Aviv es simple: volver, a la chita callando, a la norma.

En Cisjordania, la norma es que Israel continúe su construcción ilegal de colonias e infraestructura para poder integrar a su territorio cualquier cosa que pueda ser de valor, mientras confina a los palestinos en cantones inviables y los sujeta a represión y violencia.

En Gaza, la norma es una existencia miserable bajo un sitio cruel y destructivo, que Israel administra para permitir apenas la subsistencia, pero nada más.

La más reciente escalada israelí fue disparada por el brutal asesinato de tres muchachos de una comunidad de colonos en Cisjordania ocupada. Un mes antes, dos chicos palestinos fueron muertos a tiros en la ciudad de Ramalá, en esa misma zona. Ese hecho despertó poca atención, lo cual es entendible, puesto que es rutina.

“El desdén institucionalizado por la vida de los palestinos en Cisjordania explica no sólo por qué recurren a la violencia –escribe Mouin Rabbani, analista de Medio Oriente–, sino también el más reciente ataque israelí a la franja de Gaza.”

En una entrevista, el defensor de derechos humanos Raji Sourani, que ha permanecido en Gaza durante los años de brutalidad y terror israelí, señaló: “La frase que con más frecuencia escuchaba cuando la gente empezaba a hablar de un cese el fuego era: ‘todos dicen que es mejor para nosotros morir y no regresar a la situación que teníamos antes de esta guerra. No queremos eso de nuevo. No tenemos dignidad ni orgullo; sólo somos blancos fáciles, y muy baratos. Si la situación no mejora en verdad, es mejor morir’. Hablo de intelectuales, académicos, personas comunes y corrientes. Todos lo dicen”.

En enero de 2006, los palestinos cometieron un crimen grave: votaron por quien no debían en una elección libre cuidadosamente vigilada, y entregaron el control del parlamento a Hamas.

Los medios proclaman constantemente que Hamas está dedicado a la destrucción de Israel. En realidad, los líderes de Hamas han dejado en claro en repetidas ocasiones que aceptarían una solución de dos estados, de conformidad con el consenso internacional que ha sido bloqueado por Estados Unidos e Israel durante 40 años.

En contraste, Israel, fuera de unas cuantas palabras vanas, está dedicado a la destrucción de Palestina, y se aplica en ese cometido.

El crimen de los palestinos en enero de 2006 fue castigado de inmediato. Estados Unidos e Israel, con la vergonzosa adhesión de Europa, impusieron severas sanciones a la población errante e Israel incrementó su violencia.

Rápidamente, Estados Unidos e Israel empezaron planes para un golpe militar que derrocara al gobierno electo. Cuando Hamas tuvo el descaro de revelar los planes, los ataques israelíes y el sitio se volvieron mucho más severos.

No debería haber necesidad de revisar el deplorable historial de lo ocurrido desde entonces. El sitio implacable y los salvajes ataques son acentuados por episodios de cortar el césped, para tomar prestada la alegre expresión con que designa Israel sus periódicos ejercicios de tirotear a los peces en el estanque como parte de lo que llama guerra de defensa.

Una vez que cortan el césped y los desesperados pobladores buscan reconstruir algo después de la devastación y los asesinatos, se acuerda un cese del fuego. El más reciente se estableció después del asalto israelí de octubre de 2012, llamada operación Pilar de Defensa.

Aunque Israel mantuvo el sitio, Hamas observó la tregua, como concede Tel Aviv. Las cosas cambiaron en abril de este año, cuando Fatah y Hamas forjaron un acuerdo de unidad que instauró un nuevo gobierno de tecnócratas, sin afiliación a ninguno de los dos partidos. Naturalmente, Israel estaba furioso, y más aún cuando hasta el gobierno de Obama se unió a Occidente en indicar aprobación. El acuerdo de unidad no sólo socava la aseveración de Israel de que no puede negociar con una Palestina dividida, sino también amenaza el objetivo de largo plazo de separar Gaza de Cisjordania y proseguir sus políticas destructivas en ambas regiones.

Algo tenía que hacerse, y la ocasión se presentó el 12 de junio, cuando los tres jóvenes israelíes fueron asesinados en Cisjordania. En un principio el gobierno de Netanyahu sabía que estaban muertos, pero fingió que lo ignoraba, lo cual dio la oportunidad de lanzar una incursión en Cisjordania, con Hamas por objetivo.

El primer ministro Benjamin Netanyahu afirmó tener cierto conocimiento de que Hamas era el culpable. También resultó mentira.

Una de las principales autoridades sobre Hamas, Shlomi Eldar, informó casi de inmediato que muy probablemente los asesinos procedían de un clan disidente de Hebrón que desde hace mucho tiempo ha sido una espina en el costado de Hamas. Eldar añadió: Estoy seguro de que no recibieron luz verde de la dirigencia de Hamas; sólo les pareció que era momento de actuar.

Sin embargo, la escalada de 18 días después del secuestro logró minar el temido gobierno de unidad, e incrementó drásticamente la represión israelí. Israel también llevó a cabo docenas de ataques en Gaza, y el 7 de julio dio muerte a cinco miembros de Hamas.

Al final Hamas reaccionó disparando sus primeros cohetes en 19 meses, lo cual dio pretexto a Israel para lanzar su operación Borde Protector el 8 de julio.

Al 31 de julio se había dado muerte a unos mil 400 palestinos, en su mayoría civiles, entre ellos cientos de mujeres y niños. Y a tres civiles israelíes. Grandes áreas de Gaza habían quedado reducidas a escombros. Cuatro hospitales habían sido atacados; cada ataque fue un crimen de guerra más.

Funcionarios israelíes exaltan la humanidad del que llaman el ejército más ético del mundo, que informa a los habitantes de que sus hogares serán bombardeados, práctica que es sadismo disfrazado santurronamente de piedad, en palabras de la periodista israelí Amira Hass: Un mensaje grabado demanda a cientos de miles de personas que dejen sus hogares ya elegidos como blancos, por otro lugar igualmente peligroso ubicado a 10 kilómetros de distancia.

De hecho, no hay lugar en la prisión de Gaza que esté a buen resguardo del sadismo israelí, que puede incluso exceder los terribles crímenes de la operación Plomo Fundido de 2008-09. Las terribles revelaciones suscitaron la reacción acostumbrada del presidente más moral del mundo, Barack Obama: gran simpatía por los israelíes, acerba condena de Hamas y llamados a la moderación a ambas partes.

Cuando los ataques actuales se detengan, Israel espera quedar libre para continuar sin interferencia sus políticas criminales en los territorios ocupados, con el apoyo estadunidense que ha disfrutado en el pasado. Y los pobladores de Gaza quedarán en libertad de regresar a la norma en su prisión gobernada por Israel, en tanto en Cisjordania los palestinos podrán observar en paz cómo Israel desmantela lo que quede de sus posesiones.

Tal es el desenlace probable si Estados Unidos mantiene su apoyo decisivo y virtualmente unilateral a los crímenes israelíes y su rechazo al consenso internacional que desde hace tanto tiempo existe en torno a un acuerdo diplomático.

Pero el futuro sería muy distinto si Washington retirara ese apoyo. En ese caso sería posible avanzar hacia la solución duradera en Gaza a la que ha convocado el secretario de Estado John Kerry, la cual ha suscitado condena histérica en Israel porque la frase podría interpretarse como un llamado a poner fin al sitio y a los ataques constantes israelíes. Y –horror de horrores– la frase podría incluso interpretarse como un exhorto a aplicar el derecho internacional en el resto de los territorios ocupados.

Hace 40 años Israel tomó la fatídica decisión de elegir la expansión sobre la seguridad, rechazando un tratado total de paz ofrecido por Egipto a cambio de la evacuación del Sinaí egipcio ocupado, donde Israel emprendía proyectos intensivos de colonización y desarrollo. Desde entonces Tel Aviv se ha adherido a esa política.

Si Estados Unidos decidiera unirse al mundo, el impacto sería grande. Una y otra vez Israel ha abandonado planes anhelados si Washington se lo demanda. Así son las relaciones de poder entre los dos gobiernos.

¿Podría cambiar la política estadunidense? No es imposible. La opinión pública ha tenido un giro considerable en años recientes, en particular entre los jóvenes, y no puede ignorarse por completo.

Durante algunos años ha habido buen fundamento para las demandas públicas de que Washington observe sus propias leyes y reduzca la ayuda militar a Israel. La ley estadunidense estipula que no se puede brindar asistencia en seguridad a ningún país cuyo gobierno siga una pauta consistente de graves violaciones de los derechos humanos reconocidos internacionalmente.

Israel, sin duda, es culpable de esa pauta consistente, y lo ha sido por muchos años. El senador Patrick Leahy, de Vermont, autor de esa disposición legal, ha mencionado su aplicabilidad potencial a Israel en casos específicos, y con un bien dirigido esfuerzo educativo, de organización y de activismo, es posible impulsar con éxito tales iniciativas.

Eso podría tener un impacto muy significativo por sí mismo, y a la vez daría una plataforma para acciones ulteriores con el fin de obligar a Washington a volverse parte de la comunidad internacional y observar las normas del derecho internacional.

Nada podría ser más significativo para las trágicas víctimas de tantos años de violencia y represión en Palestina.

* Noam Chomsky es profesor emérito de lingüística y filosofía en el Instituto Tecnológico de Massachusetts en Cambridge, Mass, EU.

(Tomado de La Jornada)

 

Noam Chomsky advierte sobre un cambio en el equilibrio de poder en Asia

NOAM CHOMSKY PROFESOR EMERITO DEL MIT

“A EE.UU. le costará aceptar la creciente influencia de China en Asia”

 Para EE.UU. el control global es un interés vital”, afirmó el analista político Noam Chomsky, que recordó en una reciente entrevista que la nación está directa o indirectamente involucrada en todos los conflictos del mar de China Meridional.

“Tanto EE.UU. como China perciben la posición del otro como una amenaza a sus intereses básicos”, explicó el lingüista y filósofo en una entrevista con el portal Alternet.

Según Chomsky, es precisamente EE.UU. el que está rodeando a China de bases militares, y no a la inversa. “El asunto gira en torno al control de los mares frente a las costas de China, no del mar del Caribe o de las aguas de California. Para EE.UU., el control global es un interés vital”, indicó.

El analista político destacó que aunque el país norteamericano es una “potencia en declive“, y lo ha sido desde la década de 1940, como poder hegemónico todavía no tiene ningún adversario realmente amenazante. De hecho, EE.UU. gasta en defensa casi tanto como el resto del mundo combinado y tecnológicamente es mucho más avanzado que cualquier otra nación.

EE.UU., apuntó Chomsky, cuenta con una extensa red de bases militares en todo el mundo, lleva a cabo la campaña del terror más amplia a nivel global y, “por supuesto, tiene un récord brutal de agresión y subversión”. ¿Expansionismo chino o más bien estadounidense?

Pekín está implicado en conflictos territoriales con Japón, Filipinas y Vietnam en el mar Meridional de China y estableció hace unos meses una zona de identificación de defensa aérea en el mar Meridional de China. Sin embargo, según el activista, en todos estos asuntos, EE.UU. está directa o indirectamente involucrado. “¿Deberían estos casos ser interpretados como intentos de expansionismo chino?”, se cuestionó.

“China está intentando romper el arco de contención en el Pacífico, que limita su control sobre las aguas más importantes para su comercio y su libre acceso al Pacífico”, aseguró Chomsky. De acuerdo con el académico, eso creó posibles conflictos con parte con las potencias regionales que tienen sus propios intereses en la zona, pero “principalmente con EE.UU., que insiste en el control global”.

El filósofo también habló durante la entrevista acerca de las comparaciones entre la Alemania nazi y China a menudo sugeridas por nacionalistas japoneses, las cuales, a su juicio, son “absurdas”.

“Me pregunto si los lectores japoneses tienen la más mínima idea de lo que EE.UU. está haciendo en todo el mundo y de lo que ha hecho desde que asumió el papel del Reino Unido en la dominación global”, declaró.

El analista tachó de “peligrosos” tanto el establecimiento por parte de China de una zona de defensa aérea en una región en disputa, como la inmediata violación de la misma por parte de Washington.

“La historia sin duda nos ha enseñado que jugar con fuego no es la manera más sabia de actuar, sobre todo para Estados con una gran capacidad de destrucción”, indicó Chomsky. “Los pequeños incidentes pueden intensificarse rápidamente, perjudicando vínculos económicos”, subrayó.

Tomado de Rebelión

Entrevista al intelectual estadounidense Noam Chomsky: “Mientras Siria se suicida Israel y EE.UU. disfrutan del espectáculo”

Por Frank Barat

Ceasefire

En una entrevista exclusiva para Ceasefire, el renombrado intelectual Noam Chomsky habla con Frank Barat sobre la situación actual en el Oriente Medio, en particular la crisis en Siria, las negociaciones de paz entre Israel y los palestinos y el papel del poder de EE.UU. en la región.

¿Cuál es la definición de las negociaciones entre Israel y Estados Unidos y por qué la Autoridad Palestina continúa prestándose?

Desde el punto de vista de EE.UU., las negociaciones son, en efecto, un camino para que Israel continúe su política de tomar sistemáticamente todo lo que quiera en Cisjordania, mantenga el asedio brutal de Gaza, separe Gaza de Cisjordania y, por supuesto, ocupe los Altos del Golán sirios, todo con el pleno apoyo de EE.UU. Y el marco de las negociaciones, igual que en los últimos veinte años de la experiencia de Oslo, simplemente ha proporcionado una tapadera a esta situación.

Según su opinión, ¿por qué la Autoridad Palestina continúa jugando este juego una y otra vez?

Probablemente, en parte, por desesperación. Podemos preguntarnos si es la decisión correcta pero no tiene muchas alternativas.

Entonces, ¿definitivamente la AP acepta ese marco para sobrevivir?

Si se niega a acoplarse a las negociaciones que proponen los Estados Unidos, su base de apoyo se derrumbaría. Sobrevive esencialmente a base de donaciones. Israel se ha asegurado de que no tenga una economía productiva. Es una especie de lo que se llamaría en Yiddish una “Sociedad Schnorrer“: pide prestado y vive de lo que pueden conseguir.

Si tiene otra una alternativa no queda claro, pero si rechazan la demanda de EE.UU. de acudir a las negociaciones en condiciones totalmente inaceptables, su base de apoyo se erosionaría. Y no tiene apoyo -externo- suficiente para que la élite palestina pueda vivir de una manera bastante decente -a menudo pródiga– en su estilo de vida, mientras la sociedad que la rodea se derrumba

¿Entonces sería negativo el derrumbe y desaparición de la AP, después de todo?

Depende de lo que la reemplazase. Si se permitiera a Marwan Barghouti, por ejemplo, unirse a la sociedad de la forma en que lo hizo, por ejemplo, Nelson Mandela, podría tener un efecto dinamizador en la organización de una sociedad palestina que podría presionar por demandas más importantes. Pero recuerda, no tienen muchas opciones.

De hecho, si nos remontamos al principio de los Acuerdos de Oslo, hace 20 años, había negociaciones en curso, las negociaciones de Madrid, en las que la delegación palestina estaba encabezada por Haider Abdel-Shafi, una figura muy respetada de la izquierda nacionalista Palestina. Abdel-Shafi se negaba a aceptar los términos de los Estados Unidos e Israel, que les permitían fundamentalmente la continuidad de la expansión de los asentamientos. Se negó, por lo que las negociaciones se estancaron sin llegar a ninguna parte.

Mientras tanto Arafat y los palestinos del exterior fueron paralelamente a Oslo, ganaron el control y Haider Abdel-Shafi se opuso de forma tan contundente que ni siquiera se presentó a la dramática ceremonia sin sentido donde Clinton sonreía mientras Arafat y Rabin se estrechaban las manos. Abdel-Shafi no se presentó porque se dio cuenta de que era una traición absoluta. Pero se basaba en principios y por lo tanto no podía llegar a ninguna parte a menos que consiguiera un importante apoyo de la Unión Europea, los Estados del Golfo y en última instancia de los Estados Unidos.

¿Qué cree que está realmente en juego en Siria en este momento y qué significa para la región en general?

Bueno, Siria se está suicidando. Es una historia de terror y cada vez va peor. No hay una salida en el horizonte. Lo que probablemente sucederá, si esto sigue así, es que Siria será dividida en tres regiones, una región kurda -que ya se está formando- que podría desgajarse y unirse de alguna manera al semiautónomo Kurdistán iraquí, tal vez con algún tipo de acuerdo con Turquía.

El resto del país se dividiría entre una región dominada por el régimen de Assad -un régimen brutal horrible- y otra sección dominada por las diversas milicias, que van desde lo extremadamente dañino y violento hasta lo secular y democrático. Mientras tanto, Israel está observando y disfrutando del espectáculo. Si nos fijamos en el New York Times de esta mañana hay una cita de un funcionario israelí que expresa esencialmente su alegría por ver a los árabes masacrándose unos a otros.

Sí, he leído eso

Para los Estados Unidos, así está bien, no quieren otro tipo de salida. Si los EE.UU. e Israel hubieran querido ayudar a los rebeldes –y no lo hacen- podrían hacerlo incluso sin la intervención militar. Por ejemplo, si Israel fuera a movilizar fuerzas en los Altos del Golán (por supuesto, son los Altos del Golán de Siria, pero por ahora el mundo tolera más o menos o acepta la ocupación ilegal de Israel). Si iban a hacer eso, sería obligar a Assad a mover fuerzas hacia el sur lo que aliviaría la presión contra los rebeldes. Pero no hay ningún indicio siquiera de eso. Asimismo, no están dando ayuda humanitaria a la gran cantidad de refugiados que sufren, no están haciendo ningún tipo de cosas simples que podrían hacer.

Todo lo cual sugiere que tanto Israel como Estados Unidos prefieren exactamente lo que está sucediendo, tal como informaba el NYT esta mañana. Mientras tanto Israel puede celebrar, en su condición de lo que llaman una “ciudad en la jungla”. Hubo un interesante artículo del editor de Haaretz, Aluf Benn, que escribió acerca de cómo los israelíes van a la playa, disfrutan y se congratulan de ser una “ciudad en la jungla” mientras las bestias salvajes de afuera se desgarran entre sí. Y, por supuesto, Israel bajo esta imagen no está haciendo nada excepto defenderse. Les gusta esa imagen y los EE.UU. tampoco parecen muy descontentos con ella. El resto es calentamiento.

¿Entonces se puede hablar de un ataque de los EE.UU., cree que ocurrirá?

¿Un bombardeo?

Bueno, es una especie de debate interesante en los Estados Unidos. La ultraderecha, los extremistas de derecha, que son una especie de espectro internacional, se opnen, aunque no por las razones que me gustan. Se oponen porque, “¿por qué debemos dedicarnos a resolver los problemas de los demás y perder nuestros propios recursos?” Están literalmente preguntando, “¿quién va a defendernos cuando nos atacan, ya que nosotros mismos estamos dedicados a ayudar a otros países en el extranjero?” Esa es la ultraderecha. Si nos fijamos en la derecha “moderada”, gente como por ejemplo David Brooks del New York Times, está considerado un comentarista intelectual a la derecha. Su punto de vista es que el esfuerzo de los EE.UU. de retirar sus fuerzas de la región no está teniendo un “efecto moderador”. Según Brooks, cuando las fuerzas de Estados Unidos están en la región, eso tiene un efecto moderador, mejora la situación, como se puede ver en Irak, por ejemplo. Pero si vamos a retirar nuestras fuerzas, entonces ya no somos capaces de moderar y mejorar la situación.

Esa es la visión normal de la derecha intelectual en la corriente principal, los demócratas liberales y otros. Así que hay un montón de dichos acerca de “¿debemos ejercer nuestra ‘responsabilidad de proteger’?” Bueno, sólo echar un vistazo a los registros de los EE.UU. sobre la “Responsabilidad de Proteger”. El hecho de que incluso decir estas palabras revela algo ciertamente insólito en los EE.UU. y, de hecho, en la cultura moral e intelectual de Occidente.

Esto es, aparte del hecho en sí, una grave violación del derecho internacional. La última línea de Obama es que él no estableció una “línea roja”, sino que la estableció el mundo por medio de sus convenios sobre la guerra química. Bueno, en realidad, el mundo tiene un tratado, que Israel no ha firmado y que los EE.UU. ha descuidado totalmente, por ejemplo cuando apoyó el uso realmente horrible de Saddam Hussein de armas químicas. Hoy esto se utiliza para denunciar a Saddam Hussein, ignorando el hecho de que no sólo se toleraba sino que, básicamente, con el apoyo del Gobierno de Reagan. Y, por supuesto, la convención no tiene mecanismos de aplicación.

Tampoco existe lo que se denomina “Responsabilidad de Proteger”, eso es un fraude perpetrado en la cultura intelectual de Occidente. Hay un concepto, de hecho dos: una aprobada por la Asamblea General de la ONU, que se refiere a la “Responsabilidad de Proteger”, pero no ofrece ninguna autorización a cualquier tipo de intervención, excepto en las condiciones de la Carta de las Naciones Unidas. Hay otra versión, que se aprobó sólo por parte de Occidente, los EE.UU. y sus aliados, que es unilateral y dice que dicha responsabilidad permite la “intervención militar de las organizaciones regionales en la región de su autoridad sin la autorización del Consejo de Seguridad”.

Bueno, traducido al inglés, esto significa que proporciona la autorización a los EE.UU. y la OTAN de utilizar la violencia dondequiera que elijan, sin autorización del Consejo de Seguridad. Eso es lo que se llama “responsabilidad de proteger” en el discurso occidental. Si no fuera tan trágico, sería ridículo.

Gracias, profesor Chomsky.

Esta entrevista tuvo lugar en la tarde del viernes 6 de septiembre de 2013. La transcripción que hizo Ceasefire fue ligeramente alterada por motivos de legibilidad según la versión audio. Se realizó en colaboración con Le Mur a Des Oreilles, echa un vistazo a sus programas de audio mensuales en lemuradesoreilles.org.

Frank Barat es coordinador del Tribunal Russell sobre Palestina. Su libro Gaza in Crisis: Reflections on Israel’s War Against the Palestinians, con Noam Chomsky e Ilan Pappe, ya está disponible. La edición francesa del libro, publicado en 2013, cuenta con una extensa entrevista a Stephane Hessel.

Noam Chomsky es profesor emérito de lingüística y filosofía del Instituto Tecnológico de Massachusetts en Cambridge.

Fuente: http://ceasefiremagazine.co.uk/noam-chomsky-syria-descends-suicide-israel-enjoying-spectacle/

Tomado de Rebelión

Al borde de la destrucción (o cómo destruir el planeta sin apenas esfuerzo)

Desde la Crisis de los Misiles de Cuba hasta el frenesí de los combustibles fósiles, EE.UU. tiene la intención de ganar la carrera hacia el desastre. Esa es la opinión del filósofo, lingüista y activista estadounidense Noam Chomsky.

Por Noam Chomsky
TomDispatch.com

¿Qué nos deparará el futuro? Para escrutarlo, una posibilidad sería
observar a la especie humana desde fuera. Por tanto, imagínense que
son observadores extraterrestres que están tratando de averiguar qué
está sucediendo aquí o, si vamos al caso, imagínense que dentro de
cien años son historiadores –asumiendo que haya algún historiador
dentro de cien años, lo que no resulta tan obvio- y que están mirando
hacia atrás, a lo que está sucediendo hoy en día. Verían algo
totalmente increíble.
Por primera vez en la historia de la especie humana, hemos
desarrollado claramente la capacidad de destruirnos a nosotros mismos.
Y así llevamos desde 1945. Es ahora cuando al fin se está reconociendo
que hay procesos a más largo plazo, como la destrucción
medioambiental, que van en esa misma dirección; quizá no de la
destrucción total pero sí al menos hacia la destrucción de la
posibilidad de una existencia decente.

Y hay otros peligros, como las pandemias, que tienen que ver con la
globalización e interacciones. Por tanto, hay procesos e instituciones
aplicándose a tal fin, como los sistemas de armas nucleares, que
podrían provocar un inmenso desastre o incluso poner fin a una
existencia organizada.

Cómo destruir un planeta sin apenas esfuerzo

La pregunta es: ¿Qué está haciendo la gente frente a esta situación?
Nada de todo esto es secreto. Todo aparece perfectamente claro. En
realidad, hay que hacer esfuerzos para no verlo.

Ha habido todo un abanico de reacciones. Están los que trabajan
resueltamente intentando hacer algo frente a esas amenazas, mientras
que otros se esfuerzan en intensificarlas. Si Vds. pudieran ver
quiénes son, los futuros historiadores u observadores extraterrestres
percibirían algo muy extraño. Tratando de mitigar o superar esas
amenazas tenemos a las sociedades menos desarrolladas, a las
poblaciones indígenas, o a lo que queda de ellas, las sociedades
tribales y aborígenes del Canadá. No hablan de guerra nuclear sino de
desastre medioambiental y están realmente intentando hacer algo.

De hecho, por todo el mundo –Australia, India, Sudamérica-, hay
batallas emprendidas y, en ocasiones, guerras. En la India, hay una
guerra importante respecto a la destrucción medioambiental directa,
con las sociedades tribales intentando resistirse a las operaciones de
extracción de recursos que están causando daños inmensos en las
comunidades locales, pero también respecto a sus consecuencias
generales. En sociedades donde las poblaciones indígenas tienen
influencia, muchos están adoptando una posición firme. El país que
muestra la posición más firme respecto al calentamiento global es
Bolivia, que tiene una mayoría indígena y mandatos constitucionales
que protegen “los derechos de la naturaleza”. Ecuador, que también
tiene una gran población indígena, es el único exportador de petróleo
que conozco donde el gobierno está buscando apoyos que le ayuden a
mantener ese petróleo en la tierra, en vez de producirlo y exportarlo,
y es en la tierra donde debería estar.

El Presidente venezolano Hugo Chávez, que murió recientemente y fue
objeto de burlas, insultos y odio en todo el mundo occidental, asistió
hace pocos años a una sesión de la Asamblea General de las Naciones
Unidas en la que suscitó todo tipo de mofas por llamar diablo a George
W. Bush. Pero también ofreció un discurso que resultó muy interesante.
Ya sabemos que Venezuela es un importante productor de petróleo.
Prácticamente, el petróleo supone todo su PIB. En aquel discurso,
advertía de los peligros del uso excesivo de combustibles fósiles e
instaba a unirse a los países productores y consumidores s fin de
encontrar vías que redujeran el uso de dichos combustibles. Resultaba
sorprendente que ese discurso surgiera de un productor de petróleo.
Pero, ya saben, él era en parte indio, de origen indígena. A
diferencia de las cosas divertidas que hizo, no se informó nunca de
este aspecto de su intervención ante la ONU.

Así pues, por un extremo tienen las sociedades indígenas tribales
intentando detener la carrera al desastre. En el otro extremo, las
sociedades más poderosas y ricas de la historia del mundo, como
Estados Unidos y Canadá, inmersas en una veloz carrera para destruir
el medioambiente lo más rápidamente posible. A diferencia de Ecuador y
de las sociedades indígenas por todo el mundo, quieren extraer de la
tierra hasta la última gota de los hidrocarburos y a la máxima
velocidad posible.

Los dos partidos políticos estadounidenses, el Presidente Obama, los
medios y la prensa internacional parecen esperar con gran entusiasmo
eso que llaman “un siglo de independencia energética” para EEUU. La
independencia energética es un concepto que casi no tiene sentido,
pero dejemos eso ahora a un lado. Lo que están queriendo decir es
esto: Tendremos un siglo en el que vamos a maximizar el uso de
combustibles fósiles y contribuir cuanto podamos a la destrucción del
planeta.

E igual pasa por casi todas partes. Es cierto que en lo que se refiere
al desarrollo de las alternativas energéticas, Europa está intentando
hacer algo. Mientras tanto, EEUU, el país más rico y poderoso en la
historia del mundo, es la única nación entre las cien más importantes
que no tiene una política nacional para restringir el uso de
combustibles fósiles, que ni siquiera tiene objetivos de energía
renovable. Y no es porque su población no quiera. Los estadounidenses
están muy cerca de la media internacional en su preocupación por el
calentamiento global. Son sus estructuras institucionales las que
bloquean el cambio. Los intereses empresariales no quieren y tienen un
poder casi absoluto a la hora de determinar las políticas, por lo que,
en un montón de cuestiones, incluida ésta, hay una enorme brecha entre
lo que quiere la opinión pública y lo que los políticos hacen.

Por tanto, eso es lo que el futuro historiador –si es que queda
alguno- vería. Podría también leer las revistas científicas actuales.
Casi cada una de las que abra contendrá una predicción más terrible
que la anterior.

“El momento más peligroso en la historia”

La otra cuestión es la guerra nuclear. Somos conscientes desde hace
bastante tiempo de que si una gran potencia lanza un primer ataque,
incluso aunque no haya represalias, lo más probable es que la
civilización acabara desapareciendo tan sólo por las consecuencias que
sobrevendrían del invierno nuclear. Pueden leer sobre ello en el
Bulletin of Atomic Scientists. Lo entenderán bien. El peligro ha sido
siempre mucho más grave de lo que pensábamos.

Acaba de pasar el 50º aniversario de la Crisis de los Misiles de Cuba,
que el historiador Arthur Schlesinger, asesor del Presidente John F.
Kennedy, denominó como el “momento más peligroso en la historia”. Y lo
fue. Nos salvamos por los pelos y tampoco fue ésa la única vez. Sin
embargo, de alguna manera, el aspecto más negativo de todos esos
nefastos sucesos es que no se aprenden las lecciones.

Se ha adornado mucho lo acaecido en la Crisis de los Misiles de
octubre de 1962 para que parezca que abundaron los actos de coraje y
reflexión. La verdad es que todo el episodio fue cosa de locos. Hubo
un punto, cuando la crisis estaba alcanzando su momento álgido, en que
el Premier soviético Nikita Kruschev escribió a Kennedy ofreciéndole
solucionarla a través de un comunicado público informando de la
retirada de los misiles rusos de Cuba y de los estadounidenses de
Turquía. En realidad, Kennedy ni siquiera sabía en aquel momento que
EEUU tuviera misiles en Turquía. Iban a retirarlos de todas formas
porque iban a sustituirlos con los submarinos nucleares Polaris, mucho
más letales e invulnerables.

Así pues, la oferta fue ésa. Kennedy y sus asesores la consideraron y
la rechazaron. En aquella época, el mismo Kennedy valoraba las
probabilidades de una guerra nuclear entre un tercio y la mitad. Por
tanto, estaba dispuesto a aceptar un riesgo muy alto de destrucción
masiva a fin de establecer el principio de que nosotros –y sólo
nosotros- tenemos derecho a disponer de misiles de ataque más allá de
nuestras fronteras, donde se nos antoje, no importa el riesgo que
supongan para otros, o para nosotros mismos si las cosas se salen de
madre. Tenemos ese derecho, nadie más.

Sin embargo, Kennedy aceptó un acuerdo secreto para retirar los
misiles que EEUU estaba ya retirando, aunque nunca se hizo público. Es
decir, Kruschev tenía que retirar abiertamente los misiles rusos
mientras que EEUU retiraba secretamente los suyos, que se habían
quedado obsoletos; por tanto, había que humillar a Kruschev pero
Kennedy tenía que mantener su imagen de macho. Fue muy alabado por
esto: valor y sangre fría bajo la amenaza, etc. El horror de sus
decisiones no llegó siquiera a mencionarse, intenten encontrarlo en
los archivos…

Y por añadir algo más, un par de meses antes de que estallara la
crisis, EEUU había enviado misiles con ojivas nucleares a Okinawa.
Misiles que estuvieron apuntando hacia China durante un período de
gran tensión regional.

Bien, ¿y a quién le importa? Tenemos derecho a hacer lo que se nos
antoje en cualquier lugar del mundo. Esa fue una de las lecciones
funestas de esa época, pero irían llegando más.

Diez años después, en 1973, el Secretario de Estado Henry Kissinger
emitió una alerta nuclear de alto nivel. Fue su forma de advertir a
los rusos que no interfirieran en la guerra árabe-israelí en marcha y,
especialmente, que no interfieran una vez que informó a los israelíes
de que podían violar el alto el fuego que EEUU y Rusia acababan de
acordar. Afortunadamente, no sucedió nada.

Diez años más tarde, el Presidente Ronald Reagan llegaba al poder.
Poco después de que pusiera un pie en la Casa Blanca, él y sus
asesores hicieron que la Fuerza Aérea empezara a penetrar en el
espacio aéreo ruso para obtener información acerca de los sistemas de
alerta rusos, la denominada Operación Able Archer [Arquero Capaz]. Se
trataba esencialmente de ataques simulados. Los rusos se sentían
inseguros, algunas autoridades de alto nivel temían que ese fuera un
paso hacia un primer ataque real. Por fortuna no reaccionaron, aunque
estuvieron a punto. Y todo sigue igual.

¿Qué hacer con las crisis nucleares iraní y norcoreana?

Por el momento, la cuestión nuclear, en los casos de Corea el Norte e
Irán, sigue ocupando regularmente las primeras páginas de los medios.
Pero hay vías para poder abordar estas crisis actuales. Quizá no
funcionen pero al menos hay que intentarlo. Sin embargo, no se están
teniendo en cuenta, ni siquiera se informa de ellas.

Cojamos el caso de Irán, que es considerado en Occidente –no en el
mundo árabe, no en Asia- como la amenaza más grave para la paz
mundial. Es una obsesión occidental y es interesante investigar las
razones de ello, no obstante, dejémoslo a un lado por el momento. ¿Hay
alguna vía para abordar esa supuesta amenaza tan grave para la paz
mundial? En realidad hay muchas. Hay una vía, muy sensata, que se
propuso hace un par de meses en una reunión de Países No Alineados en
Teherán. De hecho, estaban sólo reiterando una propuesta que tiene
varias décadas de existencia y que especialmente impulsada por Egipto
y aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

La propuesta consiste en avanzar hacia el establecimiento de una zona
libre de armas nucleares en la región. Esa no sería la respuesta a
todo, pero sería un paso adelante muy significativo. Y hay otras
maneras de proceder. Bajo los auspicios de la ONU, debería haberse
celebrado en Finlandia el pasado mes de diciembre una conferencia
internacional para intentar poner en marcha una serie de planes que
desarrollaran esa propuesta. ¿Qué fue lo que sucedió?

No lo habrán podido leer en los periódicos, porque no se informó de
nada, sólo en algunas revistas especializadas. A primeros de
noviembre, Irán manifestó su acuerdo en asistir a la reunión. Un par
de días más tarde, Obama canceló la reunión, diciendo que no era el
momento adecuado. El Parlamento Europeo emitió un comunicado pidiendo
que se mantuviera, al igual que los Estados árabes. No se consiguió
nada. Así pues, impongamos sanciones cada vez más duras contra la
población iraní –que ni rozan al régimen- y después ¡a la guerra!
¿Quién sabe qué sucederá?

La misma historia tiene lugar en Asia Nororiental. Puede que Corea del
Norte sea el país más loco del mundo. Sin duda que es un buen
competidor al título. Pero sí tiene sentido intentar averiguar qué hay
en la mente de la gente cuando actúa de forma loca. ¿Por qué se
comportan así? Tan sólo pongámonos un poco en su situación. Imaginen
lo que significó en los años de la Guerra de Corea, en los primeros
años de la década que se inició en 1950, que tu propio país acabara
totalmente arrasado, totalmente destruido por una inmensa
superpotencia, que además se regodeaba en lo que estaba haciendo.
Imaginen la huella que eso deja atrás.

Tengan en cuenta que es probable que los líderes de Corea del Norte
leyeran las revistas militares públicas de la época de esa
superpotencia que explicaban que, una vez arrasado todo en Corea del
Norte, se envió a la fuerza aérea para destruir las presas
norcoreanas, presas inmensas que controlaban el suministro de agua; y
se hizo a propósito, un crimen de guerra por el que se colgó a gente
en Nuremberg. Y esas revistas oficiales hablaban con excitación de lo
maravilloso que era ver cómo el agua se desperdiciaba inundando los
valles mientras los asiáticos corrían a la desesperada tratando de
sobrevivir. Las revistas se mostraban exultantes de lo que eso
significó para aquellos “asiáticos”, horrores que escapan a cualquier
imaginación. Significó la destrucción de sus cosechas de arroz, lo que
a su vez impuso hambruna y muerte. ¡Cuánta gloria! No ha quedado en
nuestra memoria, pero sí en su memoria.

Volvamos al presente. Hay una interesante historia reciente. En 1993,
Israel y Corea del Norte se estaban acercando a un acuerdo por el cual
Corea del Norte dejaría de enviar misiles o tecnología militar a
Oriente Medio e Israel reconocería a aquel país. El Presidente Clinton
intervino y lo bloqueó. Poco después, en represalia, Corea del Norte
llevaba a cabo una prueba nuclear de importancia menor. EEUU y Corea
del Norte llegaron entonces, en 1994, a un marco de acuerdo que detuvo
sus desarrollos nucleares y que fue más o menos cumplido por ambas
partes. Cuando George W. Bush llegó al poder, es posible que Corea del
Norte tuviera un arma nuclear y se pudo comprobar que no estaba
produciendo más.

Bush lanzó inmediatamente su militarismo agresivo, amenazando a Corea
del Norte –“el eje del mal” y tal y tal-, por lo que este país se puso
de nuevo a trabajar en su programa nuclear. Cuando Bush dejó el cargo,
tenían de ocho a diez armas nucleares y un sistema de misiles, otro
gran logro neocon. Entre medias, sucedieron otras cosas. En 2005, EEUU
y Corea del Norte llegaron finalmente a un acuerdo por el cual este
último país tenía que acabar con todas las armas nucleares y
desarrollo de misiles. A cambio, Occidente, pero sobre todo EEUU,
tenía que proporcionar un reactor de agua ligera para sus necesidades
médicas y poner fin a las declaraciones agresivas. A continuación,
firmarían un pacto de no agresión e intentarían llegar a un acuerdo
razonable.

Todo era muy prometedor, pero Bush se puso a dinamitarlo casi de
inmediato. Retiró la oferta del reactor de agua ligera e inició
programas para obligar a los bancos a que dejaran de realizar
transacciones norcoreanas, incluso las que eran totalmente legales.
Los norcoreanos reaccionaron recuperando su programa de armas
nucleares. Y todo esto es lo que viene sucediendo.

Es bien conocido. Pueden leerlo directamente en la principal corriente
de la erudición estadounidense. Lo que dicen es lo siguiente: es un
régimen muy loco, pero sucede que está siguiendo la política del
talión. Vosotros hacéis un gesto hostil y nosotros respondemos con
algún gesto loco de los nuestros. Vosotros hacéis un gesto de
acercamiento y nosotros os respondemos de la misma manera.

Por ejemplo, se han llevado a cabo hace poco maniobras militares entre
EEUU y Corea del Sur en la península de Corea que, desde el punto de
vista de Corea del Norte, tenían una intención intimidatoria. Nosotros
pensaríamos también que esas maniobras son amenazantes si se
produjeran en Canadá y nos tuvieran en el punto de mira. En el curso
de las mismas, los bombarderos más avanzados de la historia, los
Stealth B-2 y los B-52, llevaron a cabo ataques simulados de bombardeo
contra las fronteras de Corea del Norte.

Sin duda, esto activa las alarmas del pasado. Ellos recuerdan bien ese
pasado, por eso están reaccionando de una forma muy agresiva y
extrema. Y Occidente piensa que todo eso no es más que una
demostración de lo locos y horribles que son los dirigentes
norcoreanos. Lo son. Pero esa no es toda la historia, y así es cómo el
mundo viene funcionando.

Y no es precisamente que no haya alternativas. Las hay, pero no se
están teniendo en cuenta. Y eso es peligroso. Por tanto, si se
preguntan qué aspecto tendrá el planeta, no van a contemplar un cuadro
muy agradable. A menos que la gente haga algo. Siempre podemos hacer
algo.

[Nota: Este ensayo se ha adaptado (con la ayuda de Noam Chomsky) de
una entrevista por video realizada en la página web WHAT, dedicada a
integrar los conocimientos de diferentes campos con el objetivo de
fomentar el equilibrio entre lo individual, la sociedad y el medio
ambiente.]

Noam Chomsky es profesor emérito en el Departamento de Lingüística y
Filosofía del Instituto Tecnológico de Massachussets, colaborador habitual de TomDispatch y autor denumerosas obras de análisis político.

¿Puede la civilización sobrevivir al capitalismo?

Por Noam Chomsky

Hay capitalismo y luego el verdadero capitalismo existente. El término capitalismo se usa comúnmente para referirse al sistema económico de Estados Unidos con intervención sustancial del Estado, que va de subsidios para innovación creativa a la póliza de seguro gubernamental para bancos demasiado-grande-para-fracasar.

El sistema está altamente monopolizado, limitando la dependencia en el mercado cada vez más: En los últimos 20 años el reparto de utilidades de las 200 empresas más grandes se ha elevado enormemente, reporta el académico Robert W. McChesney en su nuevo libro Digital disconnect. Capitalismo es un término usado ahora comúnmente para describir sistemas en los que no hay capitalistas; por ejemplo, el conglomerado-cooperativa Mondragón en la región vasca de España o las empresas cooperativas que se expanden en el norte de Ohio, a menudo con apoyo conservador –ambas son discutidas en un importante trabajo del académico Gar Alperovitz. Algunos hasta pueden usar el término capitalismo para referirse a la democracia industrial apoyada por John Dewey, filósofo social líder de Estados Unidos, a finales del siglo XIX y principios del XX. Dewey instó a los trabajadores a ser los dueños de su destino industrial y a todas las instituciones a someterse a control público, incluyendo los medios de producción, intercambio, publicidad, transporte y comunicación. A falta de esto, alegaba Dewey, la política seguirá siendo la sombra que los grandes negocios proyectan sobre la sociedad. La democracia truncada que Dewey condenaba ha quedado hecha andrajos en los últimos años. Ahora el control del gobierno se ha concentrado estrechamente en el máximo del índice de ingresos, mientras la gran mayoría de los de abajo han sido virtualmente privados de sus derechos.

El sistema político-económico actual es una forma de plutocracia que diverge fuertemente de la democracia, si por ese concepto nos referimos a los arreglos políticos en los que la norma está influenciada de manera significativa por la voluntad pública. Ha habido serios debates a través de los años sobre si el capitalismo es compatible con la democracia. Si seguimos que la democracia capitalista realmente existe (DCRE, para abreviar), la pregunta es respondida acertadamente: Son radicalmente incompatibles. A mí me parece poco probable que la civilización pueda sobrevivir a la DCRE y la democracia altamente atenuada que conlleva. Pero, ¿podría una democracia que funcione marcar la diferencia? Sigamos el problema inmediato más crítico que enfrenta la civilización: una catástrofe ambiental. Las políticas y actitudes públicas divergen marcadamente, como sucede a menudo bajo la DCRE. La naturaleza de la brecha se examina en varios artículos de la edición actual del Deadalus, periódico de la Academia Americana de Artes y Ciencias.

El investigador Kelly Sims Gallagher descubre que 109 países han promulgado alguna forma de política relacionada con la energía renovable, y 118 países han establecido objetivos para la energía renovable. En contraste, Estados Unidos no ha adoptado ninguna política consistente y estable a escala nacional para apoyar el uso de la energía renovable. No es la opinión pública lo que motiva a la política estadunidense a mantenerse fuera del espectro internacional. Todo lo contrario. La opinión está mucho más cerca de la norma global que lo que reflejan las políticas del gobierno de Estados Unidos, y apoya mucho más las acciones necesarias para confrontar el probable desastre ambiental pronosticado por un abrumador consenso científico –y uno que no está muy lejano; afectando las vidas de nuestros nietos, muy probablemente. Como reportan Jon A. Krosnik y Bo MacInnis en Daedalus: Inmensas mayorías han favorecido los pasos del gobierno federal para reducir la cantidad de emisiones de gas de efecto invernadero generadas por las compañías productoras de electricidad. En 2006, 86 por ciento de los encuestados favorecieron solicitar a estas compañías o apoyarlas con exención de impuestos para reducir la cantidad de ese gas que emiten… También en ese año, 87 por ciento favoreció la exención de impuestos a las compañías que producen más electricidad a partir de agua, viento o energía solar. Estas mayorías se mantuvieron entre 2006 y 2010, y de alguna manera después se redujeron. El hecho de que el público esté influenciado por la ciencia es profundamente preocupante para aquellos que dominan la economía y la política de Estado. Una ilustración actual de su preocupación es la enseñanza sobre la ley de mejora ambiental, propuesta a los legisladores de Estado por el Consejo de Intercambio Legislativo Estadunidense (CILE), grupo de cabildeo de fondos corporativos que designa la legislación para cubrir las necesidades del sector corporativo y de riqueza extrema. La Ley CILE manda enseñanza equilibrada de la ciencia del clima en salones de clase K-12. La enseñanza equilibrada es una frase en código que se refiere a enseñar la negación del cambio climático, a equilibrar la corriente de la ciencia del clima. Es análoga a la enseñanza equilibrada apoyada por creacionistas para hacer posible la enseñanza de ciencia de creación en escuelas públicas. La legislación basada en modelos CILE ya ha sido introducida en varios estados.

Desde luego, todo esto se ha revestido en retórica sobre la enseñanza del pensamiento crítico –una gran idea, sin duda, pero es más fácil pensar en buenos ejemplos que en un tema que amenaza nuestra supervivencia y ha sido seleccionado por su importancia en términos de ganancias corporativas. Los reportes de los medios comúnmente presentan controversia entre dos lados sobre el cambio climático. Un lado consiste en la abrumadora mayoría de científicos, las academias científicas nacionales a escala mundial, las revistas científicas profesionales y el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (PICC). Están de acuerdo en que el calentamiento global está sucediendo, que hay un sustancial componente humano, que la situación es seria y tal vez fatal, y que muy pronto, tal vez en décadas, el mundo pueda alcanzar un punto de inflexión donde el proceso escale rápidamente y sea irreversible, con severos efectos sociales y económicos. Es raro encontrar tal consenso en cuestiones científicas complejas. El otro lado consiste en los escépticos, incluyendo unos cuantos científicos respetados –que advierten que es mucho lo que aún se ignora–, lo cual significa que las cosas podrían no estar tan mal como se pensó, o podrían estar peor. Fuera del debate artificial hay un grupo mucho mayor de escépticos: científicos del clima altamente reconocidos que ven los reportes regulares del PICC como demasiado conservadores. Y, desafortunadamente, estos cientí- ficos han demostrado estar en lo correcto repetidamente. Aparentemente, la campaña de propaganda ha tenido algún efecto en la opinión pública de Estados Unidos, la cual es más escéptica que la norma global. Pero el efecto no es suficientemente significativo como para satisfacer a los señores.

Presumiblemente esa es la razón por la que los sectores del mundo corporativo han lanzado su ataque sobre el sistema educativo, en un esfuerzo por contrarrestar la peligrosa tendencia pública a prestar atención a las conclusiones de la investigación científica. En la Reunión Invernal del Comité Nacional Republicano (RICNR), hace unas semanas, el gobernador por Luisiana, Bobby Jindal, advirtió a la dirigencia que tenemos que dejar de ser el partido estúpido. Tenemos que dejar de insultar la inteligencia de los votantes. Dentro del sistema DCRE es de extrema importancia que nos convirtamos en la nación estúpida, no engañados por la ciencia y la racionalidad, en los intereses de las ganancias a corto plazo de los señores de la economía y del sistema político, y al diablo con las consecuencias. Estos compromisos están profundamente arraigados en las doctrinas de mercado fundamentalistas que se predican dentro del DCRE, aunque se siguen de manera altamente selectiva, para sustentar un Estado poderoso que sirve a la riqueza y al poder.

Las doctrinas oficiales sufren de un número de conocidas ineficiencias de mercado, entre ellas el no tomar en cuenta los efectos en otros en transacciones de mercado. Las consecuencias de estas exterioridades pueden ser sustanciales. La actual crisis financiera es una ilustración. En parte es rastreable a los grandes bancos y firmas de inversión al ignorar el riesgo sistémico –la posibilidad de que todo el sistema pueda colapsar– cuando llevaron a cabo transacciones riesgosas. La catástrofe ambiental es mucho más seria: La externalidad que se está ignorando es el futuro de las especies. Y no hay hacia dónde correr, gorra en mano, para un rescate. En el futuro los historiadores (si queda alguno) mirarán hacia atrás este curioso espectáculo que tomó forma a principios del siglo XXI. Por primera vez en la historia de la humanidad los humanos están enfrentando el importante prospecto de una severa calamidad como resultado de sus acciones –acciones que están golpeando nuestro prospecto de una supervivencia decente. Esos historiadores observarán que el país más rico y poderoso de la historia, que disfruta de ventajas incomparables, está guiando el esfuerzo para intensificar la probabilidad del desastre. Llevar el esfuerzo para preservar las condiciones en las que nuestros descendientes inmediatos puedan tener una vida decente son las llamadas sociedades primitivas: Primeras naciones, tribus, indígenas, aborígenes. Los países con poblaciones indígenas grandes y de influencia están bien encaminados para preservar el planeta. Los países que han llevado a la población indígena a la extinción o extrema marginación se precipitan hacia la destrucción. Por eso Ecuador, con su gran población indígena, está buscando ayuda de los países ricos para que le permitan conservar sus cuantiosas reservas de petróleo bajo tierra, que es donde deben estar. Mientras tanto, Estados Unidos y Canadá están buscando quemar combustibles fósiles, incluyendo las peligrosas arenas bituminosas canadienses, y hacerlo lo más rápido y completo posible, mientras alaban las maravillas de un siglo de (totalmente sin sentido) independencia energética sin mirar de reojo lo que sería el mundo después de este compromiso de autodestrucción. Esta observación generaliza: Alrededor del mundo las sociedades indígenas están luchando para proteger lo que ellos a veces llaman los derechos de la naturaleza, mientras los civilizados y sofisticados se burlan de esta tontería. Esto es exactamente lo opuesto a lo que la racionalidad presagiaría –a menos que sea la forma sesgada de la razón que pasa a través del filtro de DCRE.

(El nuevo libro de Noam Chomsky es Power Systems: Conversations on Global Democratic Uprisings and the New Challenges to U.S. Empire. Conversations with David Barsamian)

Tomado de TeleSUR