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PARA MERECER DECIR “¡SOMOS FIDEL!”


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Por Luis Toledo Sande

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Cubarte, diciembre 8 de 2016

En la Plaza de la Revolución José Martí, el pasado 29 de noviembre, mientras se le rendía homenaje multitudinario al líder fallecido cuatro días antes, Nicolás Maduro contó que, pocos años atrás, en medio de una conversación premonitoria en muchos sentidos, Fidel les dijo a él y a Evo Morales: “Yo hice ya mi parte. Ahora les toca a ustedes”. Más allá y más acá de esos dos políticos sudamericanos formados sobre sus propias raíces nacionales y culturales, y en la estela emancipadora que inició la Revolución Cubana, el reclamo del Comandante en Jefe puede tomarse como dirigido en especial a su propio pueblo, que debe leerlo también así: “Ahora les toca, les sigue tocando a ustedes, mucho más aún que hasta el presente”.

El ejemplo de Fidel tiene toda la fuerza necesaria para continuar siendo, a despecho de la muerte, un vigía guiador de la patria. Hasta el preciso instante en que fue inhumado, y sin que se pueda hablar de ello como de una acción pasada o ya interrumpida, estuvo brindándole aportes fundamentales a su patria, al empeño revolucionario que él encabezó para liberarla, para que nunca más vuelva a ser presa de colonizadores, imperialistas y opresores externos o vernáculos de ninguna índole.

Antes de que se depositaran sus cenizas en un mausoleo cuya austeridad es asimismo un digno tributo a su memoria, a su presencia, el último de sus aportes fue la revelación de un hecho fundamental: en el seno de su pueblo —de la mayoría de sus compatriotas, aunque esa la realidad va más lejos aún— hay reservas de patriotismo y vocación revolucionaria que la propaganda enemiga, y acaso cierta inercia intestina, o los agotamientos causados por una vida cotidiana poco amable, podían hacer suponer que menguaban. Tal revelación confirmó la existencia de una extraordinaria riqueza útil con vistas a realizar lo mucho que falta por hacer.

Para hacerse entender mejor, si no fuera porque tal expresión, signada por la herencia de la contabilidad pragmática, le desagrada en la médula, este articulista diría que esa revelación encarna un inmenso capital humano. Pero, al margen de la expresión que se prefiera usar o se desestime, lo que Fidel aportó hasta el final de su tránsito físico no se debe tomar como un cheque sin fondo. Es un préstamo generoso, sí, pero dignamente comprometedor, y se ha de aprovechar plena, honrada, inteligentemente para garantizar algo de lo que sería muy costoso que el pueblo cubano se viese privado: la supervivencia de su guía, un guía insustituible, aunque sus cargos —con nombres iguales o diferentes— sean y deban ser ocupados por otras personas.

Aunque no quiere el autor de estos apuntes repetir lo contenido en “Fi(d)eles a su ejemplo”, que circula en distintos medios, no eludirá reiterar sintéticamente lo que allí glosó del general de ejército Raúl Castro Ruz: únicamente un equipo de trabajo podría dar continuidad a la brega que protagonizó un líder cuya autoridad no volverá a tener nadie en Cuba. En esa realidad se inscribe en la decisión colectiva que el pueblo ha proclamado ante la pérdida del líder: “¡Yo soy Fidel!”, o “¡Somos Fidel!”, gritos que a su vez demandan meditación.

La permanente y lúcida participación a que está llamada la sociedad cubana para realizar su destino y salvaguardar su consistencia política y ética debe ser, mucho más todavía que el necesario condicionamiento de la autoridad de quienes a partir de ahora tengan la misión de orientarla, una fuerza impulsora que asegure la buena marcha del país. La periodista María Victoria Valdés Rodda publicó por estos días en Bohemia Digital (http://bohemia.cu/nacionales/2016/11/los-tres-regalos-y-las-tres-lecciones-de-fidel/) un artículo sobre “los tres regalos y las tres lecciones” que ella recibió en encuentros con Fidel. Todos son de interés, pero quizás ninguno más que el primero, ocurrido cuando ella tenía diez años.

Hija de Raúl Valdés Vivó, entonces embajador de Cuba en el Vietnam que le daba al mundo el ejemplo de su resistencia, al cabo vencedora, contra la criminal agresión de los Estados Unidos, la niña presenció la visita del Comandante a la Embajada cubana en aquel país. Para ilustrar la idea que aquí se intenta plasmar basta decir que en un momento el Comandante que venía de un recorrido intenso, arduo y peligroso, cruzó las piernas y, en busca del descanso necesario, las puso “sobre la mesa de la salita”. En ese momento María Victoria Rodda, madre de la niña, “a pesar del amor que le profesaba al líder de la Revolución Cubana”, dejó ver —“el ceño fruncido y la mirada dura”—, su disgusto, y el Comandante no tardó en bajar los pies de la mesa.

No se quedó en eso el líder. La testimoniante recuerda que él, antes de marcharse, la llamó y “en un susurro” le dijo: “Haz caso a lo que dice mamá. Ella tiene razón”, y que ese día aprendió ella una lección vital: “la importancia de los detalles”. Los hechos, incluida la humildad del líder que reaccionó como lo hizo ante el disgusto apenas insinuado por aquella mujer que ya tampoco existe, confirma además la importancia de que los gobernantes tengan ante sí como complemento —no es necesario siquiera hablar de contrapartes o contrapesos— la resolución, la sinceridad y, llegada la hora, el coraje del pueblo que les haga saber si han puesto los pies sobre la mesa, si han hecho algo que no es lo mejor, o que resulta incorrecto.

Esa actitud será también un deber de la sociedad cubana, de su mayoría revolucionaria, en primer lugar, para mantener vivo y en la mejor capacidad de influjo el ejemplo del Comandante. Ello hacer pensar una vez más en el grito antes citado, según el cual todos, al menos la aludida mayoría, somos Fidel. Otro similar, “¡Seremos con el Che!”, suscitaba la preocupación, entre otras personas, de una heroína que pensaba en hechos tan inevitables como que no todos los niños y las niñas que repetían y aún repiten esa consigna terminarían siendo personas adultas seguidoras, en su conducta diaria, del ejemplo del Guerrillero Heroico. Pero el lema continúa siendo válido como expresión de un desiderátum, de una meta a la que sería lamentable, para no decir más, renunciar.

De igual modo, proclamar “¡Yo soy Fidel!” se legitima solamente si de veras expresa la decisión de seguir su ejemplo, de luchar para hacer realidad los sueños que él abrazó creativamente guiado por las lecciones de José Martí y los reclamos de la realidad. Ello supone un esfuerzo permanente y eficaz para erradicar debilidades que se expresan en la mala actitud ante el trabajo, la corrupción y la indisciplina social; alcanzar la eficiencia económica indispensable y poner coto al afán de éxitos egoístas propalado como norma de vida por la maquinaria cultural del capitalismo, a la que sería ingenuo negarle efectividad: diariamente se anota en el mundo victorias fácticas que mellan la condición humana.

El Comandante, su ejemplo, merecía y merece que en sus honras fúnebres el pueblo dijera, como expresión de voluntad revolucionaria: “¡Somos Fidel!”. Pero a partir de ahora le toca al mismo pueblo demostrar, con hechos, que merece repetir ese lema, y no permitir que pare en una consigna sin sustancia y carente de los efectos transformadores que la Revolución necesita para no dejar de serlo.

Ni siquiera es solo cuestión de callarles la boca a los aspirantes a oráculos que andan por el planeta, a veces haciendo uso de su condición de otrora revolucionarios, difundiendo pronósticos como aquel que se creyó gurú y carga con el fracaso de haber vaticinado hace un montón de años ya la hora final de Fidel Castro. Lo que nos convoca es asegurar la marcha de una obra revolucionaria que no responde a la medida de pragmáticos, corruptos, acomodados y burócratas incapaces —o capaces de actuar mal—, aunque unos y otros puedan haberle hecho ya no poco daño.

Hasta ahora se han estrellado contra la realidad quienes han vaticinado la desaparición de la Cuba revolucionaria tras la muerte del líder y el tránsito de la denominada “generación de los históricos”, como si hubiera ser humano en este mundo que no estuviera insertado en la historia. Cuando en 2006 el Comandante se enfermó, algunos buitres se apresuraron a darse a conocer sin máscaras y celebraron su muerte. Otros, más “científicos” y “elegantes”, reforzaron la práctica de sembrar insidias y dieron su vaticinio sobre una supuesta “Cuba poscatro”. Entonces el dibujante Ares, que sabe tanto de artes visuales como de la mente humana —es siquiatra de formación—, en respuesta a tales “profetas” creó un cartel que reproduce con sesgo de infinitud, como representación de Cuba, la imagen de Fidel combatiente.

La obra gráfica, que por su propósito inmediato asumió como título contestatario aquel vaticinio, va siendo o pudiera ser rebautizada de distintos modos, que en esencia hablarían o hablan de una Cuba con Fidel multiplicado. La fortuna contenida en la revelación de fuerza patriótica y revolucionaria que la muerte del Comandante en Jefe ofreció al mundo, no se debe dilapidar ni dejar que se disipe en la inercia, en la pasividad, en la resignación a defectos que pudieran destruir la Revolución desde dentro, como él mismo afirmó en el Aula Magna de la Universidad de La Habana el 17 de noviembre de 2005. Solamente conjurando e imposibilitando la consumación de ese peligro se hará realidad el grito que se sostiene como acto de fe y de certidumbre revolucionarias: “¡Viva Fidel!”.

PARA QUE LA DEMOCRACIA SEA DEMOCRACIA

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Por Luis Toledo Sande

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Desde que se acuñó para nombrar una forma de funcionamiento social en la Grecia culta y fértil, pero esclavista, el término democracia —etimológicamente, poder del pueblo— ha venido cargando con realidades y embustes, logros y manquedades, en proporciones varias. Así y todo, constituye un desiderátum de la mayor importancia para la humanidad. Pero causa espanto el atolladero a que ha llegado su uso en las versiones privilegiadas en el mundo por los medios imperantes, instrumentos de los poderosos.

En medio de una realidad en que los intereses imperiales fomentan guerras, genocidios, actos terribles como los sufridos por las masas de emigrantes echados de sus tierras por los conflictos bélicos y la pobreza que estos agravan, cuando en muchas partes asoman las garras del fascismo, sobran ejemplos para ilustrar la falsedad de quienes medran falseando y haciendo fracasar la democracia. Dos casos palmarios son el de los Estados Unidos, autopromovido e incluso aceptado por muchos como supuesto paradigma de la democracia, y el de España, en pose de imitar el modelo estadounidense.

El primero de ellos sobresale como tutor mandón, OTAN mediante; el segundo, como engendro patético, como zarzuela mala. Ambos ignoran los derechos de los pueblos, incluidos los suyos, y en el europeo las fuerzas dominantes —o vicedominantes, porque se supeditan a las del Norte— imitan a la potencia que hoy las coyundea y en 1898 humilló a sus predecesoras. Para colmo, se ha implantado como supuesto recurso para garantizar la estabilidad —preparado por el cabecilla fascista que sumió al país en sangre y luto y urdió la transacción “democrática”— nada menos que una monarquía, forma de gobierno caduca raigalmente incompatible con la democracia verdadera.

Allí alternan en la casa de gobierno el partido cuya cúpula ha traicionado los rótulos socialista y obrero de su nombre, y el que, también usurpando una denominación que no le pertenece, popular, encarna la continuidad del llamado Bando Nacional, el que llevó al poder al caudillo asesino. Tal es el partido que recientemente ha logrado seguir habitando La Moncloa, tras episodios comparables en la imaginación cubana como un San Nicolás del Peladero carente de gracia, trágico.

En los Estados Unidos la más reciente campaña por el voto presidencial mostró una vez más, reforzada incluso, la realidad descrita por José Martí al hablar de política y elecciones en esa nación: “no se ha peleado a lo púgil, sino a lo serpiente”. En la pugna se enfrentaron otra vez los representantes del partido demócrata y el republicano, nombres tan intercambiables en esencia como las organizaciones políticas designadas con ellos.

En la continuidad del secular modo de hociquear en la contienda por ocupar la Casa Blanca se enfrentaron, de un lado, una intervencionista que envuelve en porte elegante su alma asesina y, del otro, un ser que, con su burda catadura neroniana, encarna la decadencia, peligrosa y en marcha, del imperio. Su desempeño, si no lo liquidan por el camino, llegará —al igual que llegaría el de su adversaria si ella hubiera ganado— hasta donde se lo permitan los dueños del negocio terrible que él representará como presidente.

Modelos tales encarnan miseria moral para los pueblos del mundo en cualquier época, y máxime cuando las reglas impuestas se emplean en función de estratagemas neoliberales como las que han primado en el Brasil de un turbio golpe de estado parlamentario. También en Argentina, donde la derecha capitalizó recursos en los cuales se incluyó una falaz maquinaria propagandística.

Así las fuerzas de la reacción consiguieron que el pueblo apareciera como protagonista de un hecho costoso para la inmensa mayoría: ponerse la soga en su pescuezo con la elección de un presidente que obedece al imperio y a la oligarquía intestina, de la que forma parte. Como la maniobra perpetrada en Brasil, la de Argentina corrobora cuán antidemocrática puede ser, capitalismo por medio, la llamada democracia.

Esos triunfos de la derecha —tras los cuales es fácil adivinar o ver el empuje de fuerzas que en el Norte son capaces de alternar, cuando les conviene, la zanahoria que manipulan y el garrote que las caracteriza— la han envalentonado todavía más en el afán de derrocar gobiernos que no le hacen el juego al imperio ni, por tanto, a ella. Ocurre en la Bolivia del Movimiento al Socialismo y en el Ecuador de la Revolución Ciudadana y, señaladamente, en la Venezuela del proyecto bolivariano.

Los dirigentes revolucionarios en ese país, ahora con Nicolás Maduro al frente y también apoyados por la mayoría de la población, han conseguido contener, con un denuedo que asombra y conmueve, la ofensiva contrarrevolucionaria y criminal apoyada por el imperio. Es una ofensiva comparable al menos con la que en Chile frustró por la fuerza el experimento pacífico del gobierno de la Unidad Popular, encabezado por Salvador Allende.

Hasta ahora la diferencia entre ambas realidades la va marcando el hecho de que en Venezuela no ha prosperado un golpe militar como el representado por Augusto Pinochet en Chile. Pero los intentos de acabar con el afán bolivariano se comprobaron fehacientemente incluso en vida de Hugo Chávez, contra quien se orquestó un golpe respaldado por fuerzas foráneas. En ellas descolló el Partido Popular español y, sobre todo, el imperio al que esa organización política sirve, como sirven los cabecillas de la contrarrevolución que actúa dentro de Venezuela.

Agredida, bloqueada, calumniada, asediada por ese mismo imperio, que viola los derechos humanos y la legalidad internacional, Cuba se ha mantenido firme, gracias a una Revolución a la que el pueblo le ha dado un apoyo ampliamente mayoritario, y no por casualidad ni como fruto de un supuesto milagro. Esa Revolución llegó al poder tras una lucha armada que le permitió desmantelar la maquinaria gubernamental impuesta por una burguesía que calculó mal al irse para los Estados Unidos, suponiendo que pronto volvería para recuperar su posición. El pueblo, por su parte, vio en la obra revolucionaria un rumbo verdaderamente democrático.

El 16 de abril de 1961, en el entierro de los mártires de los bombardeos con que en la víspera la CIA intentó destruir parte importante de las fuerzas con que Cuba podría defenderse contra la invasión desatada el 17, el líder Fidel Castro Ruz declaró que la Cubana era ciertamente una Revolución de los humildes, con los humildes y para los humildes: es decir, encarnaba en los hechos el poder del pueblo, esencia de la democracia.

Desde el alba de 1959 el pueblo cubano tenía evidencias de que se estaba cumpliendo el Programa del Moncada. Lo mostraba cuanto se hacía en el terreno de la educación y la salud, en el laboral y en el de la dignidad basada en la conquista de la soberanía que el imperio le había arrebatado al país en 1898, con la oportunista intervención que impidió que Cuba alcanzara la victoria que merecía contra el colonialismo español.

Para defender a su patria contra la invasión mercenaria, preparada y financiada por la CIA, y que fue aplastada en menos de setenta y dos horas, lucharon en Playa Girón soldados y milicianos —pueblo uniformado— que sabían necesario salvar y cuidar logros como la Campaña de Alfabetización en marcha, gracias a la cual el año 1961 finalizó con la proclamación de Cuba como país libre de analfabetismo. Ese fue el bautizo grandioso de una obra educacional en ascenso, que prepararía al pueblo para defender sus derechos contra todas las fuerzas que quisieran arrebatárselos.

Hace unos años, en medio de las calumnias contra Cuba, profesionales de diferentes países dialogaban en un debate, y uno de ellos —digamos que equivocado, víctima de la campaña mediática que la nación caribeña ha tenido que enfrentar sin descanso durante más de medio siglo— tildó de dictatorial al gobierno cubano. Entonces una colega española, haciendo acopio de claridad y de fina ironía, le respondió: “Pues se le debe impartir un curso al gobierno de Cuba para que aprenda a ser una dictadura, porque mal va el dictador que lo primero que hace es buscar y conseguir que su pueblo se instruya”.

La obra de educación, cultura y ciencia desarrollada por la Revolución Cubana con un denuedo superior a sus recursos materiales, no solamente le ha dado al país una fuerza laboral altamente capacitada. También lo ha dotado de un ejército —el pueblo— preparado para enfrentar con armas y pensamiento, en trincheras de piedra y de ideas, las campañas enemigas, y para hacerlo con la claridad de quien sabe dónde está lo que debe defender. Una Revolución que rinde culto filial a José Martí sabe, como dijo él, que “ser culto es el único modo de ser libre”.

Algunos habrán creído, o posado como que lo creían, y hasta intentado propalarlo como cierto, que la fuerza de esa Revolución había desaparecido o se difuminaba en medio de carencias internas provocadas por un criminal bloqueo que perdura. Pero no les habrá quedado más remedio que ver la reacción de la inmensa mayoría de este pueblo ante la muerte de su Comandante, las claras, resueltas expresiones de la voluntad de mantener vivo su legado y continuar una obra revolucionaria irreductible a los designios del mercado y al sometimiento en que los imperialistas quisieran y en vano han intentado sumir a Cuba. Habrán podido ver también la solidaridad de los pueblos del mundo con ella.

Tanto como la Revolución Cubana tiene el derecho y el deber de defenderse, y hacerlo con la mayor lucidez posible, asume igualmente la misión de salvar la cultura de la nación, que en ella tiene —así la definió el Comandante— su mayor escudo. Esa cultura no se agota en la riqueza artística y literaria cosechada: abarca un patrimonio más amplio, en el que están inscritos los valores éticos que han sido y han de seguir siendo el pilar de la obra revolucionaria y del acervo cultural de la nación en su conjunto.

No es fortuito, sino orgánico, el llamamiento de la propia dirección de la Revolución al pueblo para que fortalezca su participación activa y consciente en el ejercicio de la democracia. Sin él, la Revolución sería un logro bamboleante, fácilmente derribable con sacudidas mucho menores que las propulsadas contra ella por las fuerzas imperiales. De ahí la necesidad de fortalecer el funcionamiento democrático, participativo, con que el pueblo la lleva a cabo, y no contentarse con saber que ante la grandeza y la índole popular de su obra deberían al menos guardar silencio, si tuvieran pudor, los voceros de la falaz democracia burguesa que intentan desacreditarla.

Los lemas “¡Yo soy Fidel” y “¡Somos Fidel!” expresan apoyo, voluntad de participación en el cuidado cotidiano de las conquistas y los requerimientos de la Revolución. Significan que, lejos de menguar, esa voluntad crece ante la ausencia física del dirigente en quien el pueblo intuía que podía delegar en gran medida, con plena confianza, la responsabilidad de mantener bien orientada la Revolución. A partir de ahora no debe quedar resquicio al que no llegue el sentido colectivo, a fondo, de la democracia plena que se necesita para que el legado revolucionario perdure en marcha hacia un futuro que debe y merece ser victorioso.

No se sirve en Cuba, ni se ha de servir, a rejuegos para que accedan al poder millonarios o aspirantes a millonarios que representan a los opresores y ellos mismos lo son. La cultura revolucionaria de la nación garantiza que aquí no haya magnates que encuentren espaldas de pobres sobre las cuales sentarse. Eso, cualesquiera que sean los ropajes con que el opresivo sistema se vista, ocurre diariamente en los países que, dominados por el capitalismo, presiden a escala planetaria la violación de los derechos humanos.

Esa realidad es medularmente ajena a un pueblo como el de Cuba, preparado para saber cuáles son sus derechos, y defenderlos. Se trata de un pueblo instruido, formado —como debe serlo crecientemente— en el conocimiento de su historia, y de la historia de sometimiento en que lo quisieran hundir otra vez y para siempre los mismos que lo sumieron en ella desde 1898 hasta el 1 de enero de 1959, y ahora lo invitan a olvidarla.

No olvidará su historia la Revolución que ha abierto caminos necesarios para que ciertamente democracia signifique democracia, no campañas de serpientes al servicio de la opresión nacional e internacional.

 

POLÍTICA Y ELECCIONES EN LOS ESTADOS UNIDOS VISTAS POR JOSÉ MARTÍ

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images (1)Por Luis Toledo Sande

En su esencia, y hasta en detalles, los textos de José Martí sobre los Estados Unidos parecen de hoy. Escrutó esa nación con la inteligencia y la honradez que lo caracterizaron, y no incurrió en el deslumbramiento que han empañado no pocas miradas. En el que sus Obras completas se da como primero de sus cuadernos de apuntes —ubicado en 1871, cuando contaba dieciocho años—, la impugnó por consideraciones emocionales y de idiosincrasia, y asimismo en lo económico y social: “Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!”. Más que alabar el bienestar material, a lo largo de su vida valoraría la bondad y la cultura.

En “México y los Estados Unidos”, artículo publicado en el periódico mexicano Revista Universal el 27 de abril de 1876 y rescatado para el segundo tomo de la primera edición crítica —en realización por el Centro de Estudios Martianos— de sus Obras completas, escribirá: “La cuestión de México como la cuestión de Cuba, dependen en gran parte en los Estados Unidos de la imponente y tenaz voluntad de un número no pequeño ni despreciable de afortunados agiotistas, que son los dueños naturales de un país en que todo se sacrifica al logro de una riqueza material”. Semejante generalización habla por sí sola.

El 26 de octubre de 1881 apareció en La Opinión Nacional, de Caracas, una crónica en que repudió los partidos hegemónicos de los Estados Unidos, con ejemplos de su entorno neoyorquino, pero representativos del país: “En uno y otro partido se habían creado corporaciones tenaces y absorbentes, encaminadas, antes que al triunfo de los ideales políticos, al logro y goce de los empleos públicos. Nueva York es un Estado dudoso, en el que a las veces triunfan los republicanos, y a las veces los demócratas”.

Abundó entonces en los mecanismos de esas corporaciones: cada una “obedece a un jefe; y del nombre de ‘boss’ que se da a estos caudillos, hasta hoy omnipotentes e irresponsables, viene el nombre de ‘bossismo’, que pudiera traducirse por el nuestro de cacicazgo, aunque las organizaciones que lo producen, y las esferas de su actividad, le dan carácter y acepción propios. El boss no consulta, ordena; el boss se irrita, riñe, concede, niega, expulsa; el boss ofrece empleos, adquiere concesiones a cambio de ellos, dispone de los votos y los dirige: tiene en su mano el éxito de la campaña para la elección del Presidente”.

Su clara visión sobre los Estados Unidos no tardó en acarrearle contradicciones con el diario caraqueño, que lo llevaron a interrumpir su trabajo para esa publicación, y pronto las tuvo también con La Nación, de Buenos Aires. Su director, Bartolomé Mitre Vedia, en carta del 26 de septiembre de 1882 le informó que su primer despacho para ese rotativo había sido censurado “en lo relativo a ciertos puntos y detalles de la organización política y social y la marcha de ese país”. El empresario temía que, de publicarse el texto como lo escribió el autor, pudiera pensarse que el periódico “abría una campaña de denunciation contra los Estados Unidos como cuerpo político, como entidad social”. Nada menos.

El cariz de lo podado se infiere por lo que el corresponsal, quien tanto prestigio dio al rotativo bonaerense, logrará que circule en sus páginas. En crónica publicada el 18 de marzo de 1883 se refiere a “los republicanos de ‘media raza’, como les apodan; los buenos burgueses, que no desdeñan bastante a la prensa vocinglera, a las capas humildes, a la masa deslumbrable, arrastrable y pagadora”, y los contrapone a la facción dominante en dicho partido: “Los otros, los imperialistas, los ‘mejores’,—y sus apodos son esos,—los augures del gorro frigio, que, como los que llevaron en otro tiempo corona de laurel y túnica blanca, se ríen a la callada de la fe que en público profesan; los que creen que el sufragio popular, y el pueblo que sufraga, no son corcel de raza buena, que echa abajo de un bote del dorso al jinete imprudente que le oprime, sino gran mula mansa y bellaca que no está bien sino cuando muy cargada y gorda y que deja que el arriero cabalgue a más sobre la carga”.

Tampoco los políticos llamados “de ‘media raza’” se guiaban por la ética: “tenían el oído puesto al pueblo, que es viento arrollador, del que importa saber dónde va y viene. Y los ‘mejores’ eran, y aún son, los caballeros de la espalda vuelta: por donde les tomó el pueblo colérico, que alzó esta vez el látigo, y les dejó la espalda verde y negra”. Unos y otros coincidían en intereses y conducta, como el partido demócrata, envuelto con el republicano en una pugna que dio al traste con quienes podían estimarse democráticos.

En la misma crónica expresa: “¿A qué decir que el partido democrático sacudió a todo brazo cien fustas de fuego sobre los bandos rivales, y los alzaba desnudos en diaria y empinadísima picota, y les hincaba el diente en la más honda entraña? Pero ¿qué es hoy el partido democrático? En la política práctica, es acaso el partido triunfador; en la política de principios, que no son a veces, y muy comúnmente, más que armaduras que se toman o se dejan, según sean de efecto bueno, o de uso inútil en la batalla popular, el partido democrático es, en todo momento, todo lo contrario de lo que sea el partido republicano. Por donde los republicanos yerran, por ahí se están entrando los demócratas; del catálogo de vicios de los republicanos, que son,—excepto la tendencia ultraunificadora de estos,—los mismos que dieron en tierra, veinte años ha, con el partido democrático, hacen los demócratas ahora acta de acusación formidable”.

El 26 de octubre de 1884 circuló en La Nación una crónica martiana que va al fondo de los hechos, en términos que hoy sería acertado recordarle al imperio. Este, en su táctica hacia a Cuba, tras más de medio siglo de un bloqueo férreo, y fracasado en sus fines mayores, para influir en ella cifra esperanzas en los propietarios privados, a quienes ensalza como únicos emprendedores. En la crónica se lee: “El monopolio está sentado, como un gigante implacable, a la puerta de todos los pobres. Todo aquello en que se puede emprender está en manos de corporaciones invencibles, formadas por la asociación de capitales desocupados a cuyo influjo y resistencia no puede esperar sobreponerse el humilde industrial que empeña la batalla con su energía inútil y unos cuantos millares de pesos”.

Al describir una representación gráfica del monopolio blandida en una manifestación por trabajadores, apunta a la dinámica política y social determinada por la concentración de las riquezas en pocas manos: “Este país industrial tiene un tirano industrial. Este problema, apuntado aquí de pasada, es uno de aquellos graves y sombríos que acaso en paz no puedan decidirse, y ha de ser decidido aquí donde se plantea, antes tal vez de que termine el siglo”.

La solución requería un propósito aún hoy no logrado: el equilibrio del mundo frente a la expansión imperialista de los Estados Unidos, país que en lo externo saquea y oprime, y en lo interno edulcora la opresión con el botín del saqueo, y arma reyertas presentadas como expresión de la democracia: “Es recia, y nauseabunda, una campaña presidencial en los Estados Unidos […] Los políticos de oficio, puestos a echar los sucesos por donde más les aprovechen, no buscan para candidato a la Presidencia aquel hombre ilustre cuya virtud sea de premiar, o de cuyos talentos pueda haber bien el país, sino el que por su maña o fortuna o condiciones especiales pueda, aunque esté maculado, asegurar más votos al partido, y más influjo en la administración a los que contribuyen a nombrarlo y sacarle victorioso”.

Lo denuncia en crónica publicada el 9 de mayo de 1885 en La Nación, y en la cual añade: “Una vez nombrados en las Convenciones los candidatos, el cieno sube hasta los arzones de las sillas. Las barbas blancas de los diarios olvidan el pudor de la vejez. Se vuelcan cubas de lodo sobre las cabezas. Se miente y exagera a sabiendas. Se dan tajos en el vientre y por la espalda. Se creen legítimas todas las infamias. Todo golpe es bueno, con tal que aturda al enemigo. El que inventa una villanía eficaz, se pavonea orgulloso. Se juzgan dispensados, aun los hombres eminentes, de los deberes más triviales del honor”.

Eventualmente podían surgir esperanzas de saneamiento, pero la realidad era funesta en ambos partidos, y Martí lo expresó en el diario bonaerense el 26 de enero de 1887: “El partido republicano, desacreditado con justicia por su abuso del Gobierno, su intolerancia arrogante, su sistema de contribuciones excesivas, su mal reparto del sobrante del tesoro y de las tierras públicas, su falsificación sistemática del voto, su complicidad con las empresas poderosas, su desdén de los intereses de la mayoría, hubiera quedado sin duda por mucho tiempo fuera de capacidad para restablecerse en el poder, si el partido demócrata que le sucede no hubiera demostrado su confusión en los asuntos de resolución urgente, su imprevisión e indiferencia en las cuestiones esenciales que inquietan a la nación, y su afán predominante de apoderarse, a semejanza de los republicanos, de los empleos públicos”.

La crónica martiana difundida en aquel periódico el 17 de mayo de 1888 pudiera leerse como una respuesta más —en su momento le dio la que no da este artículo espacio bastante para glosar cumplidamente— al Mitre que lo censuró en 1882: “Se ve ahora de cerca lo que La Nación ha visto, desde hace años, que la república popular se va trocando en una república de clases”.

Entonces añadió juicios de este carácter: “no bastan las instituciones pomposas, los sistemas refinados, las estadísticas deslumbrantes, las leyes benévolas, las escuelas vastas, la parafernalia exterior, para contrastar el empuje de una nación que pasa con desdén por junto a ellas, arrebatada por un concepto premioso y egoísta de la vida. Se ve que ese defecto público que en México empieza a llamarse ‘dinerismo’, el afán desmedido por las riquezas materiales, el desprecio de quien no las posee, el culto indigno a los que la logran, sea a costa de la honra, sea con el crimen, ¡brutaliza y corrompe a las repúblicas!”.

El 22 de noviembre de 1889 apareció en el rotativo argentino el despacho en que se lee: “Los votos, como que estos Estados nacen en hombros de corporaciones poderosas, estaban de compra y venta, según los intereses de las corporaciones rivales, y el influjo de las que tienen por la garganta a los votantes, con lo que les han adelantado sobre sus empresas y tierras”. En semejante cuadro, lo que gana su simpatía, y él considera “real en el voto”, es un propósito que, por contraste, habla de malas raíces: “el empeño de la mujer en que se levante el Estado sobre el hogar, y no sobre la taberna”.

Ese es el país ante el cual hay quienes se deslumbran, y no faltará quien crea que hasta se le debe tener como un mérito el haber incluido en su nombre el de todo el continente, como si esa táctica no encarnase, en el idioma, la geofagia planetaria que sigue caracterizando a sus fuerzas dominantes. Tal es el país que Martí conoció en sus entrañas y denunció sin descanso. Otros lo verían y aún hoy lo verán con la pupila encandilada por un esplendor fomentado a base de saquear a otros pueblos, y de proponerse —utilicemos palabras ya citadas— manejar al suyo propio como a una mula mansa y bellaca.

Martí se veía obligado a permanecer en los Estados Unidos mientras preparaba la contienda para la liberación de su patria, lo que no podía hacer en ella debido a la vigilancia española. Pero sabía que la guerra debía ser ordenada, rápida y eficaz, de modo que los imperialistas no hallaran en ella pretexto alguno para intervenir y —así le escribió el 14 de diciembre de 1889 a su colaborador Gonzalo de Quesada Aróstegui— “con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse” con Cuba, como ocurrió, ya muerto él, en 1898.

De su angustia por permanecer en los Estados Unidos —aunque fuese para desplegar cuanto desde allí hizo como revolucionario—, le habló a su amigo mexicano Manuel Mercado en carta del 22 de abril de 1886: “Todo me ata a New York, por lo menos durante algunos años de mi vida: todo me ata a esta copa de veneno:—Vd. no lo sabe bien, porque no ha batallado aquí como yo he batallado; pero la verdad es que todos los días, al llegar la tarde, me siento como comido en lo interior de un tósigo que me echa a andar, me pone el alma en vuelcos, y me invita a salir de mí. Todo yo estallo”. Hoy estallaría ante el burdo espectáculo electorero en curso, y, sobre todo, ante la permanente voracidad internacional que ya en su tiempo él condenó y quiso frenar con la independencia de Cuba y de Puerto Rico, necesaria además para asegurar la segunda independencia de nuestra América.

Ya en Cuba, en plena guerra de liberación, en la víspera de su caída en combate le confesará  al mismo amigo mexicano que todo cuanto había hecho, y haría, era para impedir que se consumaran los planes de los Estados Unidos de apoderarse de las Antillas y de toda nuestra América, en el afán que los guiaba de dominar el mundo.

Luis Toledo Sande

Publicado en Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana:

 

CONSISTENCIA, DESAFÍOS Y PELIGROS DE LA CULTURA CUBANA FRENTE A LAS TÁCTICAS IMPERIALES

14650104_1246153888770416_7269905857493400608_nPor Luis Toledo Sande

Foto d Abel Rojas 

Más que a una celebración anual, la feliz expresión fiesta de la cubanía
merece dar nombre a una actitud cotidiana que aúne júbilo y seriedad en el sentido de trascendencia que debe regir los actos mayores del pueblo cubano. Ese logro no cabe confiarlo a la espontaneidad. La cultura de Cuba tiene la fuerza heredada de su fragua: los preparativos y la lucha armada por la liberación, de la cual, ya arrancada a un imperio, otro la despojó. No en vano su Día de bautismo honra a la primera guerra de independencia en que se alzó la nación que se gestaba, y al estreno en sus inicios, y ya con letra, de su Himno. Por ese camino se llegó a la victoria de 1959, que los gobernantes de los Estados Unidos se han negado a aceptar.
Todo eso es conocido, y merece conocerse cada vez más. Pero la cultura cubana es relativamente joven, y ello, junto con los bríos que la han mantenido viva y en desarrollo, suscita asimismo la falta del sedimento propio de culturas milenarias, y que pueden suplir la conciencia de lo que se es y se quiere ser, y el entusiasmo, pero no el embullo irresponsable, capaz de conducir a deformaciones y trampas funestas. Es necesario estar atentos a los peligros y a los desafíos que la cultura cubana tenga ante sí, y que la ciudadanía deba vencer para cuidar lo que el líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, ha llamado el escudo de la nación.
Ahora que se habla de la posible normalización de relaciones entre los
Estados Unidos y Cuba, hay muchas cosas en que pensar, o continuar
pensando. Una de ellas, no por fuerza la más importante, radica en
cuánto al imperio le convendría que, tras el hipotético y esperado fin
del bloqueo contra Cuba —llamada por el césar a olvidar la historia,
como si el pasado no viviera en el presente y en la marcha de este hacia el futuro—, se le concediera el derecho de seguir utilizando libremente, sin desembolso alguno, el cine de los Estados Unidos. A él, además, como a todo lo del país que representa, suele regalársele el gentilicio americano, con lo que se acepta —y que sea de modo inconsciente no mengua el peso del hecho— la geofagia que desde su fragua aquella nación abrazó hasta en el idioma.
Propiciar que pululen películas del país imperial en Cuba —donde acaso también haya productos audiovisuales de factura nacional marcados por el influjo estadounidense— la llenaría de caballos de Troya portadores de mensajes. Ya prosperan confusiones hasta en planos tan sensibles y representativos como los símbolos. Para ahorrarme argumentaciones que están en textos publicados me permito una autorreferencia bibliográfica:
antes y después del 17 de diciembre de 2014 vengo insistiendo sobre el
tema en artículos como “¿Banderas nada más?”, “Más que banderas”,
“Porque si está la bandera…” y, hace apenas días, “¿Se trata de
símbolos?”. Se localizan con relativa facilidad en la red y, el primero
de ellos, en la edición digital y en la impresa de la revista Bohemia.
De distintos modos atañen a un tema que he tratado en más artículos,
como “Cuba y los Estados Unidos: otra etapa”, aparecido en Cubadebate escasos días después de aquel 17 de diciembre, y reproducido en varios sitios más. A partir de aquella fecha parece haberse disparado algo que venía de antes. El uso, bueno o malo, acertado o desorientado, de los símbolos remite a realidades que los desbordan, y en nuestro caso, se mezcla con muestras de trato irrespetuoso a la bandera y al Himno de la patria la invasión del país por banderas estadounidenses. Ante ello sería irresponsable permanecer indiferentes. Pero ya el hecho se observa, cada vez más, hasta en vehículos de propiedad social que se usan no solo en dependencias subalternas, sino en organismos centrales
del Estado.Para no decir otra cosa, sería candoroso menospreciar semejante señal, y asumir que lo que se despliega en automóviles o se lleva estampado en prendas de vestir, en el calzado y en otros artículos, es no más que la bandera de un pueblo. Por esa condición merece respeto, sí; pero dicho pendón es también, sobre todo oficialmente, el de la potencia que ha generado y genera guerras de rapiña en todo el mundo, y ha intentado estrangular a Cuba por hambre para que se rebele contra el afán socialista y retorne al capitalismo.
Ese es el fin perseguido por el bloqueo económico, financiero y
comercial que perdura y ha tenido consecuencias calamitosas para la
economía y el pensamiento del país bloqueado. Los estragos en la primera se han contabilizado en cifras colosales, y en el segundo han funcionado de dos modos contradictorios pero que se refuerzan mutuamente: de un lado, la idea de que las carencias sufridas por Cuba se deben a causas
internas; del otro, la inercia generada en la justificación de
deficiencias propias que no siempre ni por completo se deben al bloqueo.
Pero el bloqueo no ha sido la única acción del imperio contra Cuba: le
ha hecho sufrir asimismo una invasión armada, bandas de alzados
criminales, ataques terroristas como el de Barbados y otros hechos
sangrientos. Tal es el imperio cuyo césar anunció en 2104 que esa
política no ha dado los resultados que sucesivas administraciones en su potencia esperaban, por lo cual él y su equipo —encarnación de una línea que viene dando tumbos por lo menos desde John F. Kennedy pero no ha podido imponerse sobre la más burda y retrógrada— entienden necesario buscar otra táctica, para conseguir los mismos fines. Así lo ha dicho el propio césar, desfachatadamente, como corresponde a un emperador. Si hay quienes optan por dejarse engañar no es responsabilidad de ese
mandatario.Reconocer que Cuba necesita el levantamiento del bloqueo, y el cese definitivo de otros crímenes que ella ha venido padeciendo, no obliga a ignorar los rejuegos del imperio. Para vendernos las tácticas de la zanahoria y disimular las del garrote visitó el césar La Habana este
año. Me hallaba entonces en España, y algunas personas amigas,
solidarias con Cuba pero a menudo con la vista empañada por la distancia y por vivir otras realidades, me preguntaban si tal visita nos haría daño. Les respondía en dos partes. La primera: “Confío en la mayoría de mi pueblo y en nuestra historia revolucionaria”. La segunda: “Espero que la visita no nos dañe más que el bloqueo”.
En ambos casos fui sincero. Pero, estando donde estaba, confieso que no pude sustraerme a recordar una frase que el escritor español Manuel Vázquez Montalbán acuñó para comparar el odioso régimen franquista con las ilusiones propaladas por una transición democrática que algunos han llamado transacción: “Contra Franco estábamos mejor”. Cuba merece que su pueblo logre librarse del bloqueo sin aceptar derivaciones por las cuales se pudiera decir luego: “Contra el bloqueo estábamos mejor que sin él”.
También sinceramente creo que el césar obtuvo logros con su visita.
Bastaría saber que, gracias a nuestra televisión —no a la que ofende con su nombre a José Martí—, entró en los hogares y escenificó su papel de tipo simpático. Algún comentarista, en opinión difundida en un medio digital nuestro, llegó a sostener que merecía ese premio por haber venido a Cuba a traernos paz. Y de una cita que el césar hizo del
artículo “Tres héroes”, de La Edad de Oro, una cubana dijo a una agencia de prensa de otro país que el gobernante imperial había venido a descubrirnos un Martí que ignorábamos.
Así dijo, a pesar de ser un texto martiano tan conocido, en particular
la cita: “Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y
a pensar y a hablar sin hipocresía”, una máxima que, por si alguna vez
alguien la hubiera olvidado, deberíamos poner en el pórtico de nuestra
Constitución socialista junto a otras palabras de Martí que allí ocupan
merecido espacio. Ante actos de alabarderismo como aquellos mencionados, indignarse sería poco para un patriota consciente, aunque vinieran de la ignorancia, y no cabe la resignación de considerarlos casos aislados, porque no es seguro que lo sean tanto como quisiéramos.
Otras expresiones verbales y fácticas hablan también de la existencia de hijos e hijas de Cuba prestos a dejarse confundir por la prédica
cesárea. Que sean una minoría no es motivo para desconocer ese hecho o restarle importancia. Con razón esas actitudes se han percibido relacionadas con la posibilidad de ver en el césar un salvador, en el camino abonado por la cultura imperial desde los muñequitos hasta el cine, pasando por cuantos terrenos haya podido ella pisar, muchas veces con destripamiento de indios y negros.
Honestidad le faltará al césar, no astucia. Hace poco tiempo visitó
Japón, y, aunque en plena ceremonia protocolar un ministro local le
recordó abusos cometidos por militares de los Estados Unidos en Okinawa, evadió el elemental deber de pedir perdón al pueblo japonés por hechos
tales y, sobre todo, por la barbarie de Hiroshima y Nagasaki. Pero, de
haber pedido perdón, ¿habría sido sincero? De paso por Vietnam, ¿no
coqueteó aviesamente con ese país, al que la potencia del Norte y sus
aliados quisieran utilizar contra China? El tema daría para mucho más,
pero apúntese que a la patria de Ho Chi Minh, tan castigada como fue por
la salvaje agresión del imperio, al que derrotó, el césar intentó
camelarla citando supuestos o reales elogios hechos a su arroz por
Thomas Jefferson.
Si avala lo dicho sobre un cereal por ese político —uno de los
fundadores de la nación construida a base de usurpaciones que empezaronpor los territorios de los pobladores originarios, y se explayaron—, ¿no cabe suponer que abraza también su idea, plasmada en 1820, pero incubada desde antes, según la cual Cuba debía pertenecerles a los Estados Unidos? El entonces presidente de ese país, y autor de su Declaración de independencia, no se quedó en la idea: le instruyó a su secretario de Guerra tomar a Cuba cuanto antes. Tal pensamiento dio origen, en 1823, a la formulación de la llamada teoría de la fruta madura y, en 1898, a la intervención que le arrebató a Cuba el triunfo que ella había probado merecer contra el colonialismo español.Hoy la invasora presencia de la bandera de los Estados Unidos en Cuba rinde tributo factual a ese pensamiento. A quienes dicen que la exhiben porque les resulta difícil adquirir una enseña cubana, ¿les vamos a creer, aunque tal dificultad sea cierta? Si ostentan la de los Estados Unidos, ¿aman tanto la de su patria? Fuera del uso atenido a protocolos oficiales, otros motivos para tal exhibición puede haber, y ninguno debe resultarnos indiferente. Si es fruto de la indolencia, o del desconocimiento de lo que esa bandera significa para Cuba, algo anda mal en nuestra educación y en nuestra propaganda política, y en parte de nuestro pueblo. Si la causa es simpatía por el imperio, estamos en presencia de una actitud que lleva por directo —o viene de él— al deslumbramiento filoanexionista, si no al anexionismo con todas sus letras, que es harto peligroso.

Cabe insistir en que la anexión está condenada al fracaso, porque, aunque eso ocurra desde perspectivas opuestas, contra ella actúan el pensamiento patriótico y revolucionario y el propio imperio: el primero, por su naturaleza independentista y antimperialista; el segundo, porque no está interesado en anexarse pueblos que considera inferiores, sino en someterlos como colonias, y saquearlos. Pero el anexionismo les abre el camino a las actitudes e ideas lacayunas y antinacionales, y eso basta para que sea necesario combatirlo.

El imperio no cesa en el afán de minar ideológica y culturalmente a Cuba para doblegarla. Mantiene el bloqueo en sus columnas principales; con la decisión del propio césar revalidó hace pocas semanas la Ley de Comercio con el Enemigo, que data de 1917 y da base al bloqueo; sigue aplicando la llamada Ley de Ajuste Cubano y los engendros asociados a ella; ni admite poner en discusión —al menos de modo que llegue a ser noticia— la devolución del territorio de Guantánamo ocupado contra la voluntad de Cuba. Añádase que hace apenas unos días el imperio confirió rango de embajador al máximo representante de su embajada en La Habana, investido hasta entonces como encargado de negocios, asimetría irrespetuosa con respecto a Cuba y su representación en Washington.

Fuentes del imperio mismo revelan planes para quebrantar nuestra sociedad civil y ponerla a su servicio. En estos días se conoció públicamente el informe de 2015 de la denominada Fundación Nacional para la Democracia, con una larga lista de frentes en los cuales proclama lo que invierte el gobierno de los Estados Unidos en busca de que Cuba tenga la sociedad civil que a él le interesa. Con sus particularidades, esa Fundación, al igual que instituciones del tipo de la Agencia para el Desarrollo Internacional y World Learning, son tan brazos del imperio como la CIA y la OTAN, y parte de la maniobra imperial, so pretexto de intercambio académico, estriba en organizar cursos para formar líderes jóvenes contra el proyecto socialista cubano.

La reacción de nuestro estudiantado, con sus organizaciones al frente,
ha sido clara. Pero ¿debemos suponer que representa por igual a la
totalidad de los estudiantes y de la población? ¿Sería sensato
considerar que los planes del imperio no han tenido ningún éxito en
nuestra sociedad? Si los ha tenido, urge revertirlos. Habría que hurgar
en determinados órganos o sistemas de información llamados
independientes pero financiados por fuerzas hostiles a la Revolución
Cubana. Esos órganos o sistemas aprovechan, entre otras cosas, reales o supuestas deficiencias de nuestra prensa, que no debe compararse con la inmoral del capitalismo, y sí perfeccionarse, como reclaman el pueblo y la dirección revolucionaria.
La lucha, ni fácil ni corta, solo terminaría con la desaparición del
imperio, la cual no está a la vista, o con el sometimiento de Cuba, y
eso nos toca a nosotros impedirlo. La proliferación de la bandera
estadounidense tendrá distintas implicaciones, y dos de ellas no son
equivalentes pero tienen concomitancias entre sí, o todo un conjunto
intersección: de un lado, la idealización de los Estados Unidos; del
otro, la marginalidad presente en nuestro cuerpo social. Esta concierne
incluso a la formación del gusto, que no siempre ni básicamente es
cuestión de responsabilidad individual. Corresponde a la sociedad en
pleno y a sus instituciones de información y educacionales, y al
mercado, que a veces parece que, en cuanto a ropa, abona lo que
pudiéramos llamar estética jineteril.
Probablemente entre marginales proliferen más que en cualquier otro
ámbito la bandera estadounidense y referencias a ella en prendas de
vestir o modos de llevarlas que están lejos de evidenciar buen gusto.
Pero entre nosotros la marginalidad requiere una valoración particular y a fondo. Si la entendemos como el sector que se autoexcluye del centro de un proyecto social determinado, hallaremos marginales de cuello blanco, muy bien vestidos, y otros que habría que ubicar muy cerca o de lleno en el lumpen, que en nuestra sociedad a veces parece ocupar espacios centrales y arrinconar a las personas decentes.
Eso quizás no pueda saberse bien, o se tendrá solamente como un dato más o menos abstracto, si no se frecuentan nuestras calles ni se usa el
transporte colectivo, que viene a ser como una universidad sociológica
itinerante. Por lo menos en la capital del país los ómnibus llamados
urbanos merecen ese nombre por las zonas donde circulan, no porque los caracterice la urbanidad. Acaso el mal entendido igualitarismo —ojo: no esgrimirlo contra la aspiración de alcanzar una justa equidad— haya
propiciado que se le dé a la chusma espacios que no le pertenecen ni se le debe permitir que domine.
José Martí, quien echó su suerte con los pobres de la tierra —lejos de
proclamarlo como simple consigna, optó por ser pobre cuando pudo haber sido rico—, en 1880 dijo: “Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones”. Y fue también el revolucionario que en 1887, ante el drama terrible que en los Estados Unidos generaba la represión antiobrera, escribió que aquella república, devenida cesárea, se confabulaba y ponía sus recursos en función de “aterrar […] no a la chusma adolorida que jamás podrá triunfar en un país de razón, sino a las tremendas capas nacientes”.
Cabría meditar sobre cuánto es probable que en ocasiones hayamos dejado de ser un país de razón. Aquí la chusma, ni siquiera ya adolorida —o no más adolorida que el pueblo que trabaja, padece penurias y se esfuerza por salvar la patria—, emerge y contagia. A niveles colectivos ello se aprecia en el apogeo de la grosería, en una creciente pérdida de la fineza, cualidad que ha sido una de las características de la cultura
cubana hasta en sus expresiones más populares. Se manifiesta incluso en el doble sentido cultivado por compositores como Ñico Saquito o El
Guayabero, y que ya parece pensado para niños y niñas ante la andanada de groserías que prosperan en hombros del peor reguetón, y valga lo de peor, porque ningún género está fatalmente llamado a ser grosero. Si la vulgaridad pulula, búsquese la explicación en la sociedad, no en una expresión musical determinada.
Sería terrible que lo cubano terminara confundido con la vulgaridad.
Pero eso, más que un peligro, es a veces un hecho, y la cultura cubana
necesita salvarse de todo aquello que la ponga en peligro, aunque sea
porque niegue la fineza de su alma popular. En esta parte retomo y
amplío puntos de una entrevista que a finales de septiembre o inicios de octubre circuló en Cubarte. En ella, para la que respondí un
cuestionario de la periodista Astrid Barnet, rocé elementos
concernientes a la cubanidad y la cubanía, y a circunstancias que pueden abonarlas o empobrecerlas.
Si conceptos que pudieran descansar en sus soportes naturales —textos especializados y otros por el estilo— saltan de esos sitios y se agitan reclamando atención, probablemente sea porque las circunstancias demandan reflexionar sobre su significado, sus implicaciones y sus exigencias. Eso ha venido ocurriendo en torno a expresiones empleadas en1949 por Fernando Ortiz en su conferencia “Los factores humanos de la cubanidad”, en la cual definió ese concepto y otro afín, la cubanía. Es más o menos sabido que aquel concierne a la condición genérica —objetiva, digamos— del ser cubano, mientras el segundo remite a esa condición asumida en el plano afectivo, emocional, con capacidad para ejercerla. Es cuestión de idiosincrasia, sicología y querencia.
Para Cuba y su cultura la cubanidad y la cubanía son vitales, y no deben
tomarse con chovinismos patrioteros, pero sí con patriotismo, con
orgullo natural y fértil en una nación formada en lucha o resistencia
contra imperios. La ausencia de patriotismo refuerza peligros diversos,
máxime cuando no se vislumbra el triunfo a escala planetaria del
internacionalismo liberador, y en su inmensa mayoría los pueblos viven
amenazados por unas pocas potencias que obedecen a una de ellas, cuartel general de un imperio todavía hegemónico, o dominante al menos. Su declive, ya en marcha, se vislumbra largo: ha usurpado recursos que le permiten perdurar y seguir influyendo sobre el resto del mundo.No solamente goza de poderío económico, militar y político. Su industria del entretenimiento y de la moda le aporta frutos que, comoquiera que merezcan ser considerados —razones sobran a veces para calificarlos de anticulturales— han tenido éxito en el plano cultural. Con ello ha conseguido que su cultura muchos la tengan por paradigmática, como si fuera, sin más, la cultura del mundo.
A la cultura cubana le urge librarse de esas expresiones colonizantes, y
de las andanadas de la vulgaridad. Así como el robo es objetivamente más contrarrevolucionario que una consigna contrarrevolucionaria escrita en una pared, la grosería es profundamente anticultural, contraria a la mejor cubanía, y no se debe seguir permitiendo que los cultores de lo grosero actúen a sus anchas para que no se revuelvan políticamente, porque su vulgaridad, como el robo, es contraria a la Revolución y a la convivencia bien educada que ella necesita, debe y merece fomentar.La cubanidad es un hecho objetivo, ni siquiera limitada a revolucionarios. Puede hallarse en personas que no compartan no digamos ya la aspiración socialista, sino un pensamiento opuesto al neoliberalismo, al culto de la propiedad privada. Pero la cubanía, en la que también caben matices políticos diferentes —aunque aspiremos a que en ella prime el patriotismo revolucionario— solamente puede vivir de la alegría y el orgullo de ser cubano, o cubana, y esa actitud, que no se ha de confundir con banalidad y chapucería, no se da gratis ni de modo automático en todas las personas que son objetivamente cubanas.
Las penurias materiales generan una miseria que infecta la esfera
espiritual, y puede menguar la plenitud que la cubanía requiere para ser verdaderamente firme y constituir una fuerza capaz de enfrentar
desafíos, confusiones, maniobras imperiales y otros retos. Si
extranjero, palabra que nació con intención más bien insultante
—excluyente al menos, como forastero y fuereño, sin olvidar bárbaro— se convierte en un rótulo parecido al nombre de un oficio rentable, algo puede lacerar la cubanidad y, sobre todo, la cubanía.
Especialmente contra la segunda pueden operar las carencias, las
privaciones que no todas las personas asumen con igual actitud, con la
misma entereza, sin dejarse aplastar por ellas y manteniendo una máxima que era orgullo de las mejores expresiones de cubanos y cubanas: ser pobre, pero honrado. Esa dicotomía valdría la pena replantearla de un modo más orgánico: ser pobre y honrado, sin olvidar que el desiderátum digno no está ni en la riqueza opulenta ni en la miseria, y que la prosperidad material vale poco y se sostiene mal si no se acompaña de la prosperidad de las virtudes, de la utilidad de la virtud, la que Martí quería para su Ismaelillo, que en él, todo un Ismael fundador, sería de hecho el pueblo y la república a cuya fundación se consagraba, no solo su hijo carnal.
En un terreno donde la individualidad desempeña un papel tan relevante pueden causar estragos los males fomentados por el bloqueo y otras acciones del enemigo; pero también se puede sufrir el efecto provocado por decisiones internas que, aunque fueran ineludibles o se estimara que lo son, dejan secuelas deplorables. Pensemos en lo que significa, en el país del Nicolás Guillén de “Tengo”, prohibir a sus naturales entrar en hoteles. Esa prohibición se derogó hace años ya, felizmente; pero no tienen por qué haber desaparecido sus huellas, y los peligros acechan por distintos caminos, como contratar, para construir en Cuba, a obreros de otras naciones que así reciben, aunque explotados por empresas extranjeras, beneficios económicos que los trabajadores y trabajadoras del país necesitan.
Esa contratación podrá ser incluso legal —lo que llamaría a revisar
leyes y reglamentos—, y tal vez se requiera en algunas especialidades de la construcción, aunque Cuba ha sido capaz de exportar fuerza de trabajo para construir en otros países. Pero no dejará de tener efectos nocivos, máxime cuando en la realidad, o en la imaginación —a veces tan influyente como los hechos, o más—, la opción se explica por la falta de trabajadores cubanos capaces de construir con altos niveles de calidad, y aún peor si se dice que en general no son confiables, porque roban.Semejante generalización, como otras, será injusta; pero ello no
borraría la evidencia de que el país está urgido de sanearse en el plano
ético, sin el cual ninguna esfera de la sociedad estará bien plantada. Y
esa no es una meta que empiece y termine en abstracciones: incluye
fomentar, junto con la honradez personal y colectiva, y la pericia en
oficios y profesiones, el hábito y la disciplina laborales,
imprescindibles para crear los bienes materiales necesarios y nutrir la
moral cotidiana. Si el trabajo no es la fuente principal de la
existencia y del bienestar, el funcionamiento de la sociedad será,
cuando menos, fallido.
Lo indeseable que se ha dicho en los párrafos precedentes, y a lo cual
seguramente habría que añadir otros elementos, es peligroso para un país que se ha forjado, y se ha hecho su lugar en el mundo, a base de luchar contra el colonialismo y contra el imperialismo. Estos, aun vencidos, pueden dejar huellas y esporas de su herencia, incluidos los complejos de inferioridad que en tales circunstancias prosperan de modo sostenido en algunas mentes. Quién sabe si no en pocas.
Con respecto a eso, hay una realidad sobre la cual una afirmación
categórica no podría hacerse sin la debida investigación. Pero no parece aventurado relacionar la proliferación de banderas de los Estados Unidos en Cuba con la cantidad de personas, no solo jóvenes, que aquí —como enotras latitudes— cifran sus esperanzas en emigrar al mismo país imperial que ha agredido y bloqueado a Cuba, pero que, poderoso como es, mucho ha invertido en dar una imagen amable de sí mismo, la imagen con que se enmascara una potencia que en realidad siembra muerte y saqueo en todas partes. La cifra de personas que ven en los Estados Unidos la solución de sus problemas, ¿no encarna un logro visible del llamado “sueño americano”, traducción mecánica de American dream, que debería pasarse al español como “sueño estadounidense”?
Antes cargábamos la mano al estimar que la emigración a los Estados
Unidos era de carácter político, y quienes se iban para allí eran
apátridas que no pasarían de lavaplatos. Soslayábamos que ningún trabajo es de suyo indigno, y que el imperio invertiría para beneficiar
interesadamente, y enfrentarlos a la Revolución, a los cubanos y cubanas que llegaran a él. Ahora tal vez incurramos en otra valoración
simplista: dar por sentado que la emigración responde solo a causas
económicas. En último caso, si es política, debe alarmarnos, porque
habla de contradictores, para no decir enemigos, del proyecto
revolucionario; y, si es económica, también, porque habla de penurias
materiales y de un funcionamiento que el país no ha alcanzado, y
necesita que sea cotidiano para ser no solo próspero y sustentable, sino también vivible con alegría.Impedir ese logro ha sido uno de los propósitos del bloqueo imperialista, pero la nación cubana tiene el deber de revertir los efectos de tal propósito, exista o no exista el bloqueo. Es, al menos, un desiderátum ineludible. Y el sentido común, no solo el marxismo que a veces parece que olvidamos, a cada paso muestra que la política y la economía son inseparables. Cuando se les intenta desvincular, se corren peligros como sucumbir a un politicismo dogmático, desmedulado de realidad, o a un pragmatismo que está lejos de representar propiamente las aspiraciones revolucionarias y emancipadoras, el afán de independencia, soberanía y justicia social.
Hacer que el país sea vivible supone crear condiciones para que
permanecer en Cuba resulte atractivo, amable, y no parezca un sacrificio al que solo están dispuestos quienes sean revolucionarios verdaderos. La vanguardia revolucionaria se esforzará por mantener en pie a la nación, con soberanía y con equidad. Pero no todos los pobladores del país estarán en la vanguardia, y esta, por serlo, lo más probable es que sea minoritaria, o no alcance la cifra que, más a base de deseos que de datos, le atribuimos.
Si la cubanía se quiebra por indiferencia ante los valores que la
nutren, o estos se ignoran, hay motivos para preocuparse, porque no solo estará en peligro un sentimiento: lo estarán la cultura de la nación, y la nación misma. Sin esa cultura Cuba no sería la que deseamos que
exista y perdure, y que debemos defender, cultivar como realidad
emancipadora en desarrollo, no como fantasmagoría de nociones propaladas por el imperio y sus voceros.
Lo hasta aquí dicho no hace más que insistir en la voz de alarma que
numerosas personas han venido dando, durante años ya, desde posiciones y ángulos diversos. Pero urge acometer la acción necesaria para hacer frente a la realidad descrita, para no confiar a un rumbo espontáneo lo que debe ser objeto de la conciencia y de la dirección de la sociedad.
Por ello esta intervención termina glosando dos de los mensajes que le
llegaron al autor a propósito del texto “¿Se trata de símbolos?”,
escrito para el espacio Dialogar, dialogar y ya mencionado. No revelo
los nombres de sus remitentes, porque no les he pedido autorización para hacerlo.
De la ciudad histórica y heroica, Monumento Nacional, donde estamos
reunidos, me llegó, y ahora lo resumo, este criterio de una compañera:
el discurso de la preocupación por el mal uso de los símbolos y por el
destino del país debería interiorizarse en el diálogo con las personas
que tienen responsabilidades en las diferentes esferas del Partido y del
Gobierno en todos los territorios del país, para pasar resueltamente de
la preocupación y la alarma a la acción contra lo mal hecho.
Y de un colega de la propia Habana, y con reconocida autoridad
intelectual, son unas líneas que despojo de algunos adjetivos y juicios
y dejo en puro hueso: “Ayer iba a Dialogar, dialogar, pero a última hora
la salud me impidió hacerlo. Sentí mucho no acompañarlos. Es muy
impresionante que contemos con tanta riqueza de conciencia y de
revolucionarios de verdad, y no se emprenda una batalla ideológica para salvarnos”.
Ciertamente a veces se percibe una pasividad que, para decirlo con una
expresión frecuente en tiempos de mis padres, da grima. Como si el
recuerdo de excesos interdictivos en que alguna vez incurrimos nos
hiciera tener un paralizante complejo de culpa. Sin practicar
contraproducentes cacerías de brujas, urge la batalla necesaria para
enfrentar y vencer las tácticas imperiales enfiladas contra la nación
cubana y la cultura patriótica, revolucionaria, justiciera y fina que,
junto con la acción —de armas y de pensamiento— le permitió a este país
conquistar la dignidad de sus hijos y sus hijas, y lo elevó al sitio con
que ganó la admiración del mundo. Descender de esa altura sería una
deserción imperdonable, un acto de lesa patria, cuando menos, y no
podemos permitirnos un despropósito semejante.

*Base para la conferencia del autor sobre el tema, el 18 del presente mes, en la Fiesta de la Cubanía, celebrada en Bayamo.

Publicado en el sitio Cubarte y en el blog del autor]

CUBA Y LOS ESTADOS UNIDOS: ¿NORMALIDAD POSIBLE?

luis toledo sande

Por Luis Toledo Sande

Procuraré no repetir más de lo imprescindible lo que dije en tres textos ya publicados acerca del mismo tema. Uno, “Cuba y los Estados Unidos, otra etapa”, lo escribí el 20 de diciembre de 2014 y pronto apareció en Cubadebate; los otros dos, difundidos en Cubarte, surgieron de la intervención que preparé para la cita del 21 de enero de 2015, dedicada a José Martí, del espacio Dialogar, dialogar: “Con José Martí: raíces y luz” y “Con José Martí: para que la victoria siga siendo victoria”. Pero agradecería que, de hallar público lector, las respuestas que ahora doy al cuestionario de Cubarte se leyeran como continuación de aquellos textos, que circularon no solo en los sitios mencionados.


  1. ¿Cuáles son a su juicio las principales influencias de la cultura estadounidense en la cultura cubana? ¿Podemos hablar de influencias positivas y negativas? ¿Considera Ud. que existen algunas influencias en sentido inverso, o sea, de nuestra cultura en la sociedad estadounidense?

Apunto apenas descriptivamente, sin insistir en ejemplos concretos de la realidad esbozada, elementos de un tema que no puede tratarse a fondo en pocas líneas. Frutos del proceso de conquistas y colonizaciones desatado o fortalecido en la estela de 1492 —con derivaciones que no acaban—, ambos países son relativamente jóvenes en la heterogénea familia mundial, y la juventud tiene ímpetus y límites en el desarrollo de las cualidades. Con hechos como el exterminio o el apartheid de los pueblos aborígenes, y el saqueo territorial de más de la mitad de México, a partir de las Trece Colonias británicas de Norte América se formó una potencia pluriestadual conformada como una sola nación, que en la herencia de su metrópoli y madre putativa, Inglaterra, asumió como rasgo medular un “mesianismo” conquistador de signo puritano y conocidas consecuencias.

Esas características se conjugaron con el pragmatismo, que se da por nacido en la nación norteña, es el cuerpo ideológico propio del sistema capitalista, llega a nuestros días y continúa su marcha en secuelas y realidades como el llamado neoliberalismo. Y no se agota en el ámbito de su origen: el expansionismo capitalista, y los caminos de la colonización, han propiciado que penetre en otros territorios. Puede infiltrarse hasta en intentos de enfrentar aquel modo de producción y de pensamiento, que está en crisis pero guarda reservas para una larga supervivencia y un fuerte y nocivo influjo ideológico y cultural.

En la que José Martí llamó nuestra América mestiza —que, a pesar de esfuerzos unificadores como el representado por Simón Bolívar, se fraccionó en varios países— crecieron pueblos hostigados por potencias extranjeras, primero europeas, y luego, hasta hoy, la que se formó en el norte del propio continente americano. No por gusto el propio Martí la definió como América europea o Roma americana. Pero la independencia alcanzada por esa sección de América —una sección que ha pretendido y en gran manera logrado usurpar hasta el topónimo y los gentilicios continentales—, generó ilusiones y para muchos convirtió a esa nación en presunto paradigma, toda una fuente de espejismos.

La historia de Cuba, para centrarnos en este pedazo de nuestra América, ha evidenciado cómo hasta en sus luchas independentistas se colaron esos espejismos, un hecho visible incluso en la historia de nuestras banderas, no solo la de López, “saneada por la muerte”, como escribió Martí. Manos e ideas anexionistas, con una complejidad de intenciones cuya valoración requeriría espacio y matices que no caben en estas notas, intervinieron también en otros símbolos. En general, habría que ver hasta qué punto ese cuadro de juventud (o explicable inmadurez) y de ilusiones se vincula con un rasgo que algunos consideran fatalmente afincado entre nosotros: el embullo, que puede ser una fuerza motora fértil, pero también un estímulo para valoraciones y decisiones precipitadas.

Nada niega que la cultura de nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños, Cuba entre ellos, haya influido en la nación norteña. Citemos no más del discurso del presidente Barack Obama el 17 de diciembre pasado, parte de los argumentos con que, desde su perspectiva, sustentó la validez de restablecer las relaciones diplomáticas entre ambas naciones y revertir el abismo construido en más de cinco décadas: “año tras año, una barrera ideológica y económica se ha ido fortaleciendo entre nuestros dos países.  Entretanto, la comunidad de exiliados cubanos en los Estados Unidos hacía enormes aportes a nuestro país en la política, los negocios, la cultura y los deportes”.

Es lo que ocurre en un país que se ve o se presenta como la tierra prometida y que, a regañadientes o como sea, recibe multitudes de inmigrantes. Pero ese país se yergue como potencia dominadora, y no es seguro que conozca de veras, ni en lo elemental —más allá de citarlo a conveniencia parcialmente—, el legado de uno de los grandes revolucionarios “estadounidenses” del siglo XIX: el José Martí que vivió casi la totalidad de sus quince años finales en los Estados Unidos y elogió las que consideraba “las virtudes fundamentales del Norte, las virtudes del trabajo personal y del método”. Las estimaba aprovechables por nuestros pueblos si no se sofocaba en ellos “el amor reverente” reclamado por el país natal, en el que no podrían aplicarse “con éxito las virtudes si se le hubiese perdido a la tierra nativa el conocimiento y el amor”. Ese fue el Martí que criticó a fondo los males de la sociedad estadounidense, se identificó con los grandes disidentes de aquel sistema y se propuso levantar en Cuba una revolución que frenara las pretensiones expansionistas del poderoso vecino.

De lograrlas, como en gran parte ocurrió, ese vecino rompería crecientemente al servicio de sus intereses imperiales el equilibrio del mundo, y estaría en mejores condiciones no solo para agredir a otros países, a otros pueblos. También lo estaría —y así lo denunció Martí— para burlarse del suyo propio y usarlo como a una “mula mansa y bellaca”, manejable al servicio de las estratagemas políticas desplegadas por las fuerzas dominantes de la nación.

Con tal desequilibrio entre sus recursos más poderosos, los Estados Unidos han influido en el mundo, y mucho de lo que hoy circula y se impone en los medios de comunicación masiva lleva factura estadounidense, o le rinde tributo de sumisión a ese modelo. No creamos que semejante cosa ocurre únicamente lejos de nuestros lindes nacionales. Puede franquearlos de diversos modos, pues el imperialismo lo es precisamente porque se ha expandido no solo en política y en economía, sino también en modelos culturales. Así como, en siglos anteriores, al imperio romano lo sobrevivió el uso del latín como lingua franca, en la actualidad ese papel lo desempeña el inglés, y no precisamente como homenaje a pueblos “menores”, ni a creadores extraordinarios como William Shakespeare y Mark Twain.

Ello sucede como un logro del imperio que se expresa en esa lengua, y la impone, o se le acepta, como impone o se le acepta su moneda, el dólar, y como impone guerras homicidas en tantos “oscuros rincones del planeta”, incluso capitalizando el inmoral otorgamiento de un Premio Nobel de la Paz. Ni el nacionalismo revolucionario fortalecido en Cuba como respuesta a la agresividad imperial —expresada en acciones armadas y en un férreo bloqueo económico, comercial y financiero— ha impedido que, en medio de una Revolución antimperialista por definición y por necesidad vital, como la nuestra, hayan prosperado entre otras maravillas los photoservices y los snack bars, y el lenguaje monetario gire en torno al dólar. En nuestros aeropuertos y billetes aéreos, incluso para viajes domésticos, la capital del país se llama Havana, algo que nadie atribuirá a la grafía de ese topónimo en siglos pasados.

En nuestros medios de comunicación pululan el cine estadounidense, no precisamente el mejor, y productos audiovisuales marcados por lo que se promueve desde aquel país. Al imperio le convendría que, aunque un día se levantara completamente el bloqueo, Cuba se viera libre de pagar impuestos por el uso de sus mercaderías audiovisuales.  Las ganancias económicas que la potencia recibiría de ese pago no sería mayor que los beneficios ideológicos que le representa la circulación en Cuba de dichos productos. Percatarse de esa realidad, y señalarla claramente, no debe confundirse con desatar prohibiciones. Lo que se necesita es desarrollar un espíritu crítico iluminado y profundo, y desarrollar al máximo la creatividad propia.

  1. ¿Qué preocupaciones sobre la cultura cubana, a la luz del cambio en cuanto a las relaciones entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba, considera relevantes? ¿Cuál sería el peligro mayor?

De nuestra idiosincrasia parece hablar una frase que se atribuye a Máximo Gómez: o no llegamos o nos pasamos. En algunas mentes puede prosperar el olvido de lo que para nuestra patria, para nuestro pueblo, ha significado el imperio, y sigue significando. El propio presidente de los Estados Unidos se ha encargado de decir sin ambages que con respecto a Cuba esa potencia procurará lograr con la normalización de relaciones lo que no pudo conseguir a base de hostilidad y de imponerle un aislamiento que acabó actuando contra el imperio mismo.

Eso, repítase, lo dijo el presidente de los Estados Unidos, no el gobierno cubano. ¿Lo dijo para que sus partidarios se convenzan de lo conveniente del cambio de táctica? Eso no cambiaría el peso de realidad que hay en sus palabras, ni mermaría el hecho de que está dando voz a la política distintiva del imperio que él representa en la cima del poder político, un imperio que también acude a guerras cuando lo estima conveniente para sus intereses. No se habla con esto de una realidad pasada: sin hacer el juego a las fuerzas interesadas en fomentar el olvido de la historia, se habla de un presente que se perfila en marcha de permanencia hacia el futuro.

La cultura revolucionaria cubana es fuerte, y se ha fraguado en una larga y heroica resistencia. Pero no desconozcamos el efecto que el hostigamiento imperialista ha causado sobre gran parte de la población, un impacto que no sería menos peligroso porque “solamente” se manifestara en una especie de desmovilización política, de aceptación de símbolos de la nación donde el imperio tiene asentamiento central y estado mayor para sus operaciones. Quien conozca de veras nuestras calles sabrá que no es exagerado hablar de una Cuba inundada en gran parte por banderas de los Estados Unidos, que deben verse formando parte de la inundación de recursos y vías por donde se hace rendir culto el denominado American way of life.

Todo eso cabalga sobre los efectos del bloqueo, y sobre una dosis nada despreciable de pérdida de la memoria. Anécdotas hay muchas para calzar lo dicho, y aquí va una reciente. En un ómnibus, personas con la humildad material impresa en su apariencia, hasta en su manera de expresarse, vociferaban sobre lo bien que vivían antes de la Revolución, sobre la cantidad de comida que compraban para sus hogares, sobre el hartazgo constante en que vivían, porque con poco dinero se adquirían montones de cosas y, al parecer, el dinero no faltaba. Para quienes así hablaban, ¿habría analfabetos en Cuba cuando triunfó la Revolución, habría niños que morían por falta de atención médica elemental? Podrían hacerse más preguntas, pero esas dos tienen bastante peso.

Yo estaba lejos de aquellos entusiastas contertulios, pero me tocó descender del ómnibus, en la popular Esquina de Tejas, junto con un pasajero cuyo ostensible mestizaje permitía suponer la discriminación que había sufrido desde los primeros años de su vida, y en quien se apreciaba la impronta de un déficit de proteínas que debía venirle de la infancia. Por su edad, tal carencia debió fijársele por lo menos a lo largo de unos quince años antes de 1959. Y le pregunté: “Por favor, usted que ha vivido más que yo, y que recordará más cosas que las que yo recuerdo, ¿podría explicarme cómo es posible que en Cuba triunfara una Revolución proclamada en defensa de los pobres, si no había pobres?” El hombre pensó antes de responderme: “Sí, había pobres”, y tras una corta pausa añadió con mayor énfasis: “Pero no tanto como ahora”. Omito mi respuesta.

 ¿Qué papel juega el histórico antimperialismo de los cubanos en este proceso?

Es engañoso hacer generalizaciones metafísicas. Todo pueblo es heterogéneo, y lo componen fuerzas diversas. Es obvio que entre la vanguardia, la masa común y la retaguardia —para no hablar de otras parcelaciones posibles— existen diferencias relevantes. Pero Cuba ha sobrevivido como nación porque la vanguardia antimperialista de su pueblo tuvo el respaldo de una masa que, con mayor o menor grado de conciencia —de claridad teórica, digamos—, apoyó un pensamiento y una acción antimperialistas que se expresaron en la lucha librada para mantener la independencia y la soberanía de la patria. El parteaguas que representó el 1 de enero de 1959 no se habría afianzado sin un pueblo mayoritariamente identificado con la política de reivindicaciones nacionales que se plasmó en la nacionalización de grandes propiedades cubanas hasta entonces en poder de monopolios estadounidenses. Frente a cada una de esas expropiaciones revolucionarias se hizo célebre la respuesta del pueblo: “¡Se llamaba!”

Hoy vivimos en un mundo donde el anticomunismo que estaba en pie, dentro de Cuba, en 1959, ha dado paso a otras prédicas como la del antiterrorismo, que mal esconde la voluntad de satanizar todo cuanto huela a rebeldía de pueblos, a lucha por la defensa de los derechos nacionales, a rebelión de los oprimidos. Hay una guerra cultural tan fuerte como la más fría y como la más caliente. Dos ejemplos: las invasiones de Irak y de Libia por fuerzas de la OTAN, del imperio, pueden presentarse como actos democratizadores, mientras que el iraquí y el libio que se rebelen contra el opresor extranjero son tildados de criminales terroristas.

En el lenguaje del imperio, no terrorista puede equivaler a desmovilizado, tanto en política como en ideología, y en cultura. Lucha de león contra mono, y con el mono amarrado, o anestesiado. De ahí lo estimulante que resulta el replanteo geopolítico desatado en nuestra América, y que pudiera resumirse en realidades como el ALBA y la CELAC. Pero frente a ellas el imperio y sus servidores no cesan de actuar para revertirlas, como ostensiblemente se aprecia en operaciones contra la Venezuela bolivariana, el Ecuador de la Revolución Ciudadana y la Bolivia del Movimiento al Socialismo, para citar tres ejemplos contundentes.

En tal contexto se dan los pasos hacia la normalización de relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y Cuba. Si por razones protocolares y diplomáticas pudiera decirse que ambos países deben aprender a convivir civilizadamente, en el fondo ético de la visión de la realidad no debe haber dudas de a quién le toca suspender la agresividad y levantar el bloqueo. Hasta donde sabemos, Cuba no ha bloqueado a los Estados Unidos, ni ha lanzado una invasión armada contra esa potencia. Si se vio envuelta en la Crisis de Octubre, que desde otros lares llaman también de los Cohetes, o de los Misiles, fue por el acecho que le impuso el imperio.

 ¿El impacto cultural que conlleva el incremento de las relaciones entre ambos países debe dejarse a la espontaneidad? ¿Cuál debería ser el papel de las instituciones culturales cubanas en la conducción de ese proceso?

La primera de esas preguntas me sobrecoge. Quiero creer que a nadie se le ha ocurrido suponer que los Estados Unidos dejarán el asunto a la marcha espontánea de lo imprevisible. Para sus fines cuentan con grandes recursos mediáticos, poderío económico, fuerzas de penetración cultural, negocios de armamentos y guerras, equipos humanos y tecnológicos para investigaciones sociológicas, tanques pensantes bien pagados. Recordemos, una vez más, los pronunciamientos de su presidente con respecto a por qué a esa nación le conviene más cambiar de política hacia Cuba que mantener aquella con la cual durante más de medio siglo no ha conseguido sus propósitos.

Si no los ha conseguido se debe, en primer lugar, a la capacidad de resistencia de Cuba. Pero no perdamos de vista lo que en términos militares representa el ablandamiento artillero, y para qué se lleva a cabo. El bloqueo, abominables actos terroristas y acciones armadas —ante la invitación a olvidar la historia, ¿será necesario repetir aquello de Remember Girón?—, han constituido un ablandamiento artillero de más de cinco décadas. Claro que la abierta hostilidad suscita rechazo del agredido contra el agresor, hasta paranoia colectiva puede generar; pero hechos como el bloqueo tienen mediaciones más sutiles que las bombas.

Por otra parte, la justa insistencia cubana sobre los daños que el bloqueo le ha causado a este país, puede no solamente haber ocultado otras causas de nuestros problemas —dígase la burocracia, la ineficiencia y la corrupción internas—, sino que también pudiera suscitar la ilusión de que, una vez levantado el bloqueo, todos los problemas se resolverán milagrosamente. Habría, o hay ya, quienes vean como salvador de Cuba al mismo imperio que ha intentado asfixiarla. De hecho, esa visión agruparía en un mismo bando a ingenuos y a mercenarios.

La cultura de un pueblo es mucho más abarcadora que lo gremialmente llamado cultura. Pero aun ciñéndonos a las que formalmente clasifican como instituciones culturales, las cubanas deben fortalecer su trabajo, valga la redundancia, cultural, que también es una labor política en el sentido más profundo de la palabra, y requiere persuasión profunda, sabia, irreductible al facilismo de las prohibiciones y a la manipulación política torpe. Se requiere desarrollar un espíritu crítico activo y lúcido, de sólida base cultural, valga la insistencia. Que un artista cubano, en medio de un gran despliegue de exposiciones en Cuba, se permita poner las imágenes de los dos gobernantes, el de Cuba y el de los Estados Unidos, vinculados —repito: en Cuba— con esta frase en inglés, My new friend, pudiera por lo menos movilizar el pensamiento y suscitar que en la prensa apareciera un debate sobre el tema. El silencio puede ser un eficaz recurso crítico, pero no siempre vale dar la callada por respuesta, sobre todo cuando lo que se ha dicho tiene graves implicaciones.

Otro punto inquietante, y que mucho alegraría al imperio, sería que, en su sobrecogedora disciplina, y en nombre de la razón de Estado, la prensa cubana fuera impulsada a silenciar lo que deba decir o continuar diciendo sobre los Estados Unidos y sus gobernantes, aun en medio de la normalización de relaciones entre los dos países, y de relaciones diplomáticas ya normalizadas. Los medios de prensa cubanos que existen no pueden verse impedidos de dar cabida a lo que deba decirse de una potencia que sigue haciendo guerras en el mundo, y que sigue hostigando a países con los cuales tiene relaciones diplomáticas, como Rusia, y como la Venezuela bolivariana, para no ir más lejos.

Es de suponer y de desear que no ocurra; pero si los medios existentes se vieran impedidos de cumplir esa función, entonces el país tendría que apurarse en crear los requeridos para que, en manos y con mentes de riesgopropistas patriotas, den el espacio necesario para que la conciencia crítica se exprese con responsabilidad revolucionaria, sin cortapisas, sin el excesivo sentido de conveniencia y oportunidad que a veces ha menguado a nuestra prensa. Preciso, para mayor claridad: ha menguado a nuestra prensa, no solo ni fundamentalmente a periodistas llevados a seguir líneas informativas erráticas, contra cuya tenacidad han sido insuficientes los llamamientos y las resoluciones formales que la dirección revolucionaria del país ha adoptado para transformarlas. Sería muy bueno que estas preocupaciones se vieran anuladas por una realidad fértil, pero ni tantito así debemos andar desprevenidos en temas de tanta significación.

 El Consejo Nacional de la UNEAC aprobó la creación de un Grupo de trabajo que dará seguimiento a este tema. ¿Cuáles serán los objetivos y funciones del mismo?

El Grupo de trabajo creado por acuerdo del Consejo Nacional de la UNEAC no debe ser una polea suelta, un elemento aislado, un electrón saltarín. Y la UNEAC, por muy lúcida y combativa que siga siendo, no tiene en sus manos la mayor responsabilidad en este asunto, aunque la que tiene es enorme. El Grupo, y en general la UNEAC, sus integrantes revolucionarios y patriotas, deberán fomentar cuantas acciones se necesiten para estimular que el conjunto de nuestras instituciones culturales —que, por cierto, no todas, ni siquiera las más influyentes, están adscritas al Ministerio de Cultura ni son controlables por la UNEAC— cumplan su labor persuasiva en el cuidado de nuestros valores, de nuestras tradiciones, de nuestra alma nacional. No se habla de algo que podamos permitirnos confundir con expresiones de aldeanismo tonto; pero tampoco abandonarse ante los sueños de una globalización que mucho conviene al imperio, y que no es un camino para la solidaridad, sino para el sometimiento.

 ¿Desea agregar algo más sobre el tema?

El tema es tan abarcador, tan vital, que lo ya dicho en estos apuntes resulta poco, poquísimo. Mucho más sería lo que habría que añadir. Nada es banal en algo tan importante. Lo que pudiera estar en juego, es decir, en serio peligro, sería la supervivencia de una nación que existe porque se resistió a ser asimilada, tragada, por el mismo imperio que hoy le ofrece un tratamiento formal diferente. ¿Un mazo de zanahorias, como se ha dicho? Cuba no debe pretender para sí un aislamiento contrario a sus intereses y a su misma historia como nación que se formó en una rica, cuando no intrincada y compleja, relación con el mundo. Pero tampoco puede permitirse desconocer los desafíos que la asedian.

Es un deber de nuestro país —del pueblo, de su gobierno, de sus organizaciones e instituciones en general— buscar las ventajas que para bienestar del pueblo puedan venirle de relaciones diplomáticas normales, como con todo el mundo, con los Estados Unidos. Además, esas relaciones no serán plenamente normales mientras exista el bloqueo impuesto a Cuba por la potencia imperialista, y esta siga usurpando un pedazo del territorio del país bloqueado. Nuestro deber cardinal será no despreocuparnos ante el poderío de un vecino contra cuyas voraces pretensiones  imperiales —surgidas al calor mismo de su fragua como nación—, se forjó el pensamiento emancipador de nuestra vanguardia patriótica y revolucionaria, con José Martí en su centro irradiante. No sería por casualidad que el espionaje de aquella nación lo siguió.

Por menudo que parezca, no hay detalle que Cuba pueda permitirse descuidar en sus relaciones con el imperio, unas relaciones que se anuncian ya en marcha, tal vez irreversibles, pero no sin obstáculos, puesto que los intereses en pugna dentro de los propios Estados Unidos son enormes. También se sabe que, llegado el momento, esos intereses se subordinan a la táctica escogida para la conservación de su poderío imperial, y de la hegemonía que intenta mantener en el mundo, aunque haya que arrebatar el triunfo electoral a un candidato demócrata y poner en la Casa Blanca a un republicano, o promover la sustitución de un republicano por un demócrata. ¿No estuvo esa táctica en la base del We can! que en 2008, más que gastada ya la pésima imagen de su predecesor, le abrió al actual presidente las puertas de la residencia imperial?

Los rejuegos pueden ser muy variados, y después de todo, hasta etimológicamente —no digamos ya en la estructura de fuerzas de aquella potencia— entre demócrata y republicano hay más coincidencias que diferencias, ya sea que se trate de representar dignamente esos conceptos, o de usarlos en acto de engañosa demagogia. En cualquier caso, ya las relaciones diplomáticas entre los dos países parecen una realidad, y para ello se anuncia el próximo 20 de julio. Creo que, con razón, algunos temieron que se escogiera el 4 de este mes, efeméride en la cual los Estados Unidos celebran como nación el gran logro que disfruta para sí y ha dificultado, cuando no impedido, a otros pueblos: la independencia política.

Por razones tan contrastantes como obvias, es de suponer que —salvo que lo hiciera con el fin de cambiarle radicalmente el significado de la fecha— su gobierno no habría consentido en que para hito bautismal del reinicio de sus relaciones diplomáticas con Cuba se fijara el 26 del mismo mes, si alguien hubiera tenido la iniciativa de proponérsela. En nuestro interior, podemos ver con buenos ojos, con la voluntad de convertirlo en buen augurio, no con revanchismo, que el 20 esté más cerca del 26 que del 4. La consecuencia, mayoritaria, del pueblo cubano con la etapa de marcha revolucionaria iniciada el 26 de julio de 1953, es lo que ha hecho al gobierno de los Estados Unidos intentar un cambio de táctica con respecto a Cuba.

Sigue siendo mucho lo que resta por decir, pero los textos hay que terminarlos, o interrumpirlos, y no todo cabe en ellos. Tampoco vale la pena tratar de responder de antemano al avispero neoliberal que salta contra todo lo que huela a vigilia revolucionaria. Pudiera haber tal vez, además, un avispero de ¿incautos? para quienes resulte de mal gusto advertir peligros, y crean que solamente queda abierta la opción festiva, o festinada, de aceptar cuanto el imperio proponga, y de considerar que opinar lo contrario equivale a no querer que nada cambie. Un cambio por sí mismo puede no ser garantía de nada bueno. Muchos afanes socialistas parecen haber cambiado en el mundo para dar paso a la aceptación del capitalismo con toda su actualidad y todas sus reglas, como si estas fueran espontáneas, fatales, ineludibles. Menos mal que a lo largo de la historia ha habido también quienes no se han sometido a las resignaciones.

Luis Toledo Sande

Publicado en Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana:

http://www.cubarte.cult.cu/es/letraconfilo/cuba-y-los-estados-unidos-normalidad-posible/28139

¿QUÉ ES LA BUROCRACIA?

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Por Luis Toledo Sande

Tomado del blog del autor, un muy querido colega y amigo

 

En un texto de Gabriel García Márquez leí, llegado tal vez del sabio Pero Grullo o del genio colectivo, el agudo apotegma según el cual un burócrata es quien tiene un problema para cada solución. Ayudada por agentes patógenos locales, la burocracia brota como hipertrofia, o hiperplasia, de la necesaria organización de la sociedad, como del desarrollo celular nace el cáncer.

Nadie piense que aquella solamente opera en lugares específicos: se ha extendido por el mundo, como acompañante de eso que, a veces con demasiada confianza, llamamos el desarrollo. Los recursos tecnológicos y científicos, destacadamente los informáticos, pueden enmascarar la urdimbre burocrática, mientras que la ineficiencia la destaca, y la hace más difícil aún de soportar.

Influencia del inglés por medio, la diosa mayor de la informática se denomina internet, a veces con inicial mayúscula, como nombre propio. (En español perdimos la oportunidad de llamarla inter-red, y el vocablointranet designa una versión recortada de ella.) La diosa también se identifica como web, que en lengua inglesa significa telaraña, metáfora aplicable asimismo a lo que puede llegar a ser una cada vez más atrapadora “cultura de la burocracia”.

No hay que negar la importancia de las medidas organizativas y los correspondientes controles, sino impedir que unas y otros se tomen como fines y frenen la necesaria soltura creativa. La mayor complicación radica en que es más fácil condenar verbalmente la burocracia que descubrirla y enfrentarla de veras. Especialmente difícil es detectar el burócrata o la burócrata que llevamos dentro.

Respuestas como “eso no es lo establecido”, o “eso no está normado”, nos salen constantemente al paso, o las ponemos nosotros, contra iniciativas dirigidas a crear algo o a encontrarle solución a determinado problema. El verdadero valor, si lo tiene, de lo establecido y lo normado es contribuir al mejoramiento de la realidad, que nos incluye.

Lo establecido puede ser algo tan elemental como que el portero en un centro de trabajo impida que a este acceda un delincuente dispuesto a todo, matar si es preciso, para robar. Pero si, por su astucia, o por descuido o ineptitud del portero, el delincuente logra entrar, ¿deben los demás trabajadores permitir que circule libremente y cometa sus fechorías, en vez de agarrarlo y entregarlo a las autoridades?

Ese ejemplo puede parecer descomunal, o lo es. Pero ¿no cabría tomarlo como alegoría de males que nos rodean, y nos tienen a nosotros mismos de cómplices voluntarios o involuntarios? Algunos de esos males serían el desaprovechamiento de los bienes sociales, la inmoral sustracción de ellos –léase robo–, la mala terminación de un mueble en una carpintería, el maltrato a un paciente por parte de un médico u otro trabajador. Y muchos más.

Para no permanecer en la tendencia a ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, pensemos en otras realidades: digamos una página mal impresa por no aplicar en el camino soluciones con que resolver deficiencias no detectadas “a tiempo” –nadie es infalible–, o por no mejorar algo que, tal vez porque es fruto propio, no tocamos, aunque podría optimizarse sin sacrificar la fecha de impresión. Esta requiere respeto, y no debe confundirse con el burocratismo: lo menos que se le puede pedir a una publicación semanal es que salga cada siete días.

Los controles no deben reducirse a papeleos y mecanismos que son estériles cuando no los atienden bien los seres humanos y, como estos, pueden deformarse y atascarse en trastornos capaces de corroer a cualquier sistema, y mortíferos para el afán socialista. Las actitudes y las virtudes necesarias están en las personas, al igual que las faltas y los defectos frustrantes.

Tras vencer trabas burocráticas empecinadas en impedirle mejorar un texto propio, un colega parodió a Gustavo Adolfo Bécquer con versos que me ha autorizado a citar sin revelar su nombre, para cuidar su prestigio literario. Acepto esa condición, porque en este caso el anonimato no es un hecho inmoral.

He aquí los versos, que el autor de Rimas perdonará desde su tumba, porque nacieron del afán de defender, hasta risueñamente, la buena poesía de la vida:

¿Qué es burocracia?, dices, mientras clavas

en mi propuesta de solución

tu norma que la impide.

¡Qué es burocracia! ¿Y tú me lo preguntas?

¡Burocracia… eres tú!

Pero, ¡cuidado!, también puedo ser yo, y, sea quien sea, tiene argucias para condenarnos a más de cien años de improductividad.

José Martí: de La Playita a Dos Ríos

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Por Luis Toledo Sande

Tomado del blog del autor

…y a la vida futura con permanente utilidad de la virtud

El 25 de marzo de 1895, “en vísperas de un largo viaje”, como escribió desde Montecristi a la madre, José Martí se sabía “en el pórtico de un gran deber”. Lo expresó en otra de sus despedidas escritas ese día, la dirigida al dominicano Federico Henríquez y Carvajal, a quien le dijo: “Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar”. Hacía todo para ocupar su sitio en la contienda, que había estallado el 24 de febrero de acuerdo con el plan que él decisivamente contribuyó a trazar como fundador y guía, Delegado, del Partido Revolucionario Cubano.

En la misma carta alude a criterios —no necesariamente nacidos todos de iguales intenciones— sobre si debía incorporarse a la gesta o permanecer en el exterior; pero él no duda: “Para mí la patria, no será nunca triunfo, sino agonía y deber. Ya arde la sangre. Ahora hay que dar respeto y sentido humano y amable, al sacrificio”. Nada de vocación suicida, como algunos han conjeturado, ni concesión a quienes intentaran acusarlo de rehuir el peligro.

De lleno en el cumplimiento del deber, no tenía que responder a murmuraciones. Lo henchía un altísimo sentido de la responsabilidad y, por tanto, de los cuidados que sabía ineludibles para que la guerra fuera eficiente no solo en la táctica. Era vital que también lo fuese en los principios y las virtudes indispensables para que la república mereciera los sacrificios que costaría fundarla.

Poner la patria por encima de la vida propia no significaba renunciar inútilmente a vivir. Aunque, “hasta muertos, dan ciertos hombres luz de aurora” —como sostuvo a propósito de Sebastián Lerdo de Tejada—, se es especialmente útil estando vivo, y cuando era niño juró “lavar con su vida el crimen” de la esclavitud, no “con su muerte”, como a veces se ha citado erróneamente. Morir sería, en todo caso, una contingencia más de la lucha, y no la temía, ni la buscaba. Por más que hasta filosóficamente el final de la existencia física le fuera familiar, en 1879, en las honras fúnebres al poeta Alfredo Torroella, terminó exclamando: “¡Muerte, muerte generosa, muerte amiga! ¡ay! ¡nunca vengas!”

Pensar en la patria

Tampoco procuraba imponerse autoritariamente para hacer valer su voluntad, que por ese camino, aun siendo la mejor del mundo, encallaría en formas del egoísmo: “Quien piensa en sí, no ama a la patria; y está el mal de los pueblos, por más que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que el interés de sus representantes pone al curso natural de los sucesos”. Ejemplo de voluntad activa y sacrificio propio, no de voluntarismo autoritario, el 20 de octubre de 1884 le escribió a Máximo Gómez: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”.

Si la patria le imponía, contra su más firme deseo, alejarse de la lucha armada, él acataría la decisión. De su actitud dio muestras desde que fundó el mencionado Partido, organización política entre cuyos fines sobresalía impedir, desde los preparativos de la nueva gesta, la prosperidad del caudillismo que se entronizó en otras tierras de América y en la misma Cuba contribuyó al fracaso de la Guerra de los Diez Años. A Henríquez y Carvajal le dijo: “De mí espere la deposición absoluta y continua. Yo alzaré el mundo. Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir callado. Para mí, ya es hora”.

Como no apuesta a morir, le expresó al mismo amigo: “Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas”, y como la patria no es cuestión de títulos personales, por muy grandes virtudes que se tengan, en la citada carta a Gómez planteó: “La patria no es de nadie: y si es de alguien, será, y esto solo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia”.

Su aspiración de servicio no solo a Cuba, sino a nuestra América toda, y al mundo, debía encarar desafíos tremendos: de fuera, en primer lugar, las voraces ambiciones de la nación imperialista que crecía en el Norte; de dentro, obstáculos varios, entre ellos los intereses de los poderosos. Estos, que, salvo honrosas excepciones, preferían tener un amo extranjero, yanqui o español, que les premiara sus servicios lacayunos, negaban su apoyo a la independencia y procurarían someter a sus compatriotas pobres empleando recursos similares a los implantados por la metrópoli colonial.

Valoraba esos males cuando en las Bases del Partido escribió que el objetivo cardinal de la organización era “fundar un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud”.

Con motivo del aniversario 120 de su muerte, a esos peligros y a otros —vistos en relación con la actitud y las ideas de Martí para conjurarlos—, Bohemia ha venido publicando en lo que va de año textos sobre el tramo final de la vida del héroe. Este artículo se ciñe a su decisión de llegar a Cuba, y permanecer en ella, para contribuir a darle a la guerra una institucionalización que la hiciera fuerte y lo más breve posible. En esto lo guiaban su perspectiva humanitaria y el afán de no dar tiempo a que los Estados Unidos pusieran en práctica las maquinaciones orquestadas por sus gobernantes para apoderarse de Cuba.

Había protagonizado una ingente campaña unitaria para lograr una guerra emancipadora a la altura de los tiempos y de los peligros que urgía enfrentar, y sabía que debía estar en el campo de operaciones para cuidarla. Si a inicios de 1895 pudo ya salir de Nueva York e iniciar un intenso periplo rumbo a Cuba, no lo interrumpiría a mitad del camino para regresar al sitio donde las circunstancias lo habían obligado a permanecer.

Hacia la plenitud

“Todo me ata a New York, por lo menos durante algunos años de mi vida: todo me ata a esta copa de veneno”, le confesó a Manuel Mercado en carta del 22 de abril de 1886. Desde allí debía desplegar entonces la conspiración y la organización revolucionarias. En 1895, otros —como el propio Gómez, deseoso de cuidar la vida de quien había logrado lo que nadie en la unidad de las fuerzas patrióticas—, podían creer que él no debía participar en la guerra; pero no podrían impedírselo.

Para cumplir su propósito se valió incluso de una falsa información difundida en The New York Herald, y de la cual el 9 de marzo se hizo eco el periódico dominicano Listín Diario: Gómez y Martí se hallaban en Montecristi, pero esos diarios propalaron que ya estaban en Cuba. Martí —ha escrito el investigador Ibrahim Hidalgo Paz— valoró “la repercusión que tendría esta noticia”, y “con fuerza irrebatible” argumentó “que su presencia en el campo insurrecto” era “una necesidad política, razonamiento que sus futuros compañeros de expedición se vieron obligados a aceptar”.

Sus cartas del 25 se basaban, pues, en esa decisión, que en la noche del 11 de abril de 1895, después de una travesía llena de peligros, le permitió desembarcar junto a Gómez y otros compañeros expedicionarios —Paquito Borrero, Ángel Guerra, César Salas y Marcos del Rosario—, por “La Playita, al pie de Cajobabo”. Así lo anotó en su Diario de campaña, empleando el nombre con que hoy los pobladores de la zona siguen identificando aquel paraje; y en el mismo Diario testimonió el significado que para él tuvo el desembarco: “Dicha grande”.

Desde ese momento, y hasta su caída en Dos Ríos el 19 de mayo, vivió lo que tuvo por más venturoso de su existencia: “Es muy grande, Carmita, mi felicidad, sin ilusión alguna de mis sentidos, ni pensamiento excesivo en mí propio, ni alegría egoísta y pueril”, le escribió el 16 de abril a Carmen Miyares, para añadir: “Solo la luz es comparable a mi felicidad”.

Tal sentimiento de plenitud se explica en carta de entre el 15 y el mismo 16 de abril a Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra, sus colaboradores en la emigración: “Hasta hoy no me he sentido hombre. He vivido avergonzado, y arrastrando la cadena de mi patria, toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo. Este reposo y bienestar explican la constancia y el júbilo con que los hombres se ofrecen al sacrificio”.

El 18 de mayo, en su carta póstuma a Manuel Mercado, con términos que precisan aún más lo escrito a Henríquez y Carvajal, expresó que disfrutaba la satisfacción de estar “todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber […] de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

Trasmitía su felicidad a los combatientes que lo oían hablar y lo veían marchar por las montañas con una resistencia que asombró al curtido general Gómez. También conversaba con los niños de la zona. Algunos de ellos, ancianos ya, lo testimoniaron en un libro entrañable: Martí a flor de labios, de Froilán Escobar. Uno, ciego desde años antes de ser entrevistado, declaró que él quería a sus ojos, porque habían visto a Martí. Lo vieron en la plenitud de su personalidad, que le permitía disfrutar la hermosura del paisaje, como se aprecia en esa página de su Diario en la cual plasmó la impresión de su alma estética ante la naturaleza de la patria: “La noche bella no deja dormir”.

Todo le daba fuerzas para encarar los desafíos que la revolución debía vencer, entre ellos las trabas de las contradicciones militarismo-civilismo heredadas de la Guerra de los Diez Años y de la Asamblea de Guáimaro. Esta, en 1869, abonó una civilidad que era indispensable asumir y desarrollar, sin poner estorbos innecesarios a la eficacia de las armas. No es casual que para proclamar la creación del Partido, en 1892, Martí escogiera el 10 de abril, fecha que rendía homenaje y superación a la imperfecta pero fundadora Asamblea, cuna de la Cuba republicana.

Vórtice fundacional

La primera tarea que Martí se planteó en campaña fue precisamente lograr la asamblea que crease la nueva República en Armas, contra la cual operaban prejuicios que venían de aquellas contradicciones. El 5 de mayo tuvo una fuerte evidencia de esa realidad: la tesitura de Antonio Maceo en La Mejorana. Sobre esa entrevista se han hecho especulaciones de todo tipo, aunque lo fundamental está plasmado en los diarios de campaña de Gómez y del propio Martí, y en las cartas escritas por este último a raíz de los hechos.

En esas páginas están claramente expresadas la admiración de Martí por Maceo y la discrepancia del héroe de Baraguá con el plan concebido por aquel. La envergadura de la divergencia, y el peso de un héroe como Maceo, le confirmaron a Martí la importancia de cuidar hasta el último detalle la campaña que él —así lo expresó en carta del 13 de noviembre de 1884 a Mercado— había preparado “como una obra de arte”. Ya en el terreno de operaciones ratificó, firme, que solo la asamblea constituyente tendría autoridad para decidir si él debía estar dentro o fuera de Cuba.

Lo más probable era que, limpiamente orientada y ordenada con toda la seriedad que se requería, y con Martí presente, la asamblea no confiara la dirección de la República a otro que a él, a quien las tropas mambisas llamaban el presidente. Sabía, incluso por reacciones del propio Gómez, que ese título suscitaba prejuicios, y expresó que lo rechazaba, porque no estaría bien ni en él ni en nadie. Pero no rechazaba de antemano una misión, y era capaz de crear nuevos títulos para una revolución nueva. Lo había demostrado cuando, para el mayor cargo en el Partido, que se le confió a él, escogió un título humilde y democrático: Delegado.

Con admiración, en la semblanza que el 23 de agosto de 1893 le dedicó a Gómez en Patria, narró que para entregarle al general el cargo de jefe del ramo de la guerra en el Partido —merecido rango para el cual había sido electo por votación entre relevantes veteranos mambises: lo más democrático en los preparativos de una guerra—, había ido a verlo “junto a su arado”. Y recordó evidencias de la humildad del hogar de Gómez, de su familia, y de su identificación con los pobres: “Para estos trabajo yo”, sostuvo el viejo combatiente frente a un “gentío descalzo”, y él lo citó en la semblanza.

Martí representaba una guerra de carácter popular, y ese mismo carácter esperaba del ejército de patriotas que la librarían. No le era indiferente ningún detalle, como que un héroe —ni siquiera alguien a quien admiraba por ser tan extraordinario, corajudo y fiel a la patria como Antonio Maceo— tuviera en campaña una silla de montar adornada con estrellas de plata.

Quien echaba su suerte “con los pobres de la tierra”, concibió métodos organizativos en función de los cuales escribió páginas como la circular fechada el 26 de abril: “Los poderes creados por el Partido Revolucionario Cubano, al entrar este en las condiciones más vastas y distintas en que le pone la guerra en el país, deben acudir al país y demandarle, como lo hace, que dé al gobierno que lo ha de regir formas adecuadas a las nuevas condiciones”.

Para ello, añadió, el Partido acudía “a todo el pueblo cubano revolucionario visible, y con derecho a elección”, que en las circunstancias de la guerra era “el pueblo alzado en armas, y a cada comarca de él pide un representante, para que reunidos, sin pérdidas de tiempo, los de las comarcas todas acuerden la forma hábil y solemne de gobierno que en sus actuales condiciones debe darse la revolución”.

Buscaba una solución política superior: no lo que podría entenderse como un “gobierno civil”, ni concesiones al militarismo. Lo ratificó en La Mejorana: “Insisto en deponerme”, no ante ninguna voluntad o capricho individual, sino “ante los representantes que se reúnan a elegir gobierno”. Procuraba cerrar puertas al caudillismo; pero las sicologías individuales, trenzadas con el peso de las jerarquías, aun bien ganadas, suelen generar complicaciones.

En carta del 30 de abril escribió: en Gómez “ha ido cuajando el pensamiento natural, que es el de reunir representantes de todas las masas cubanas alzadas, para que ellos sin considerarse totales y definitivos, ni cerrar el paso a los que han de venir, den a la revolución formas breves y solemnes de república y viables, por no salirse de la realidad, y contener a un tiempo la actual y la venidera”. Pero, en La Mejorana, Maceo declaró no querer “que cada jefe de operaciones” mandara “el suyo, nacido de su fuerza: él mandará los cuatro de Oriente: ‘dentro de 15 días estarán con Vds.—y serán gentes que no me las pueda enredar allá el doctor Martí’”.

Raíz y permanencia

La discrepancia es clara, pero —fuera de ciertos textos— una revolución verdadera no se hace sin desavenencias; y Martí no transigía en lo que entendía vital: “Mantengo, rudo: el Ejército, libre,—y el país, como país y con toda su dignidad representado”, porque “la patria, pues, y todos los oficios de ella, que crea y anima al ejército”, no debían quedar “como secretaría del ejército”.

En esas miras debe situarse lo que el 18 de mayo le escribe a Mercado: “seguimos camino, al centro de la Isla, a deponer yo, ante la revolución que he hecho alzar, la autoridad que la emigración me dio, y se acató adentro, y debe renovar conforme a su estado nuevo, una asamblea de delegados del pueblo cubano visible, de los revolucionarios en armas”.

Además de echar abajo desde la raíz ciertas conjeturas, de entonces y posteriores, según las cuales se preparaba para salir del país, esa declaración se corresponde con lo fundamental: “La revolución desea plena libertad en el ejército, sin las trabas que antes le opuso una Cámara sin sanción real, o la suspicacia de una juventud celosa de su republicanismo, o los celos, y temores de excesiva prominencia futura, de un caudillo puntilloso o previsor; pero quiere la revolución a la vez sucinta y respetable representación republicana,—la misma alma de humanidad y decoro, llena del anhelo de la dignidad individual, en la representación de la república, que la que empuja y mantiene en la guerra a los revolucionarios”.

Antes que su propia autoridad, estaba para él la necesidad de que la patria contara con una estructura de poder válida para librarla de caudillismos y otras aberraciones. A Mercado le dice: “Por mí, entiendo que no se puede guiar a un pueblo contra el alma que lo mueve, o sin ella, y sé cómo se encienden los corazones, y cómo se aprovecha para el revuelo incesante y la acometida el estado fogoso y satisfecho de los corazones. Pero en cuanto a formas, caben muchas ideas, y las cosas de hombres, hombres son quienes las hacen. Me conoce. En mí, solo defenderé lo que tengo yo por garantía o servicio de la Revolución”.

Los años de la incansable y ejemplar faena que lo llevaron a dirigir a sus compatriotas, no lo hacían creerse con derechos especiales para imponer su voluntad, aunque supiera que en ella estaba el mejor camino para la patria. El 14 de mayo, afanado en lograr la celebración de la asamblea, escribió en suDiario: “Escribo, poco y mal, porque estoy pensando con zozobra y amargura. ¿Hasta qué punto será útil a mi país mi desistimiento? Y debo desistir, en cuanto llegase la hora propia, para tener libertad de aconsejar, y poder moral para resistir el peligro que de años atrás preveo”.

Táctica, ética y estrategia lo afirmaban en un juicio que había expresado en Patria el 3 de abril de 1892, en vísperas de la fundación del Partido Revolucionario Cubano: “Lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura, lo que un pueblo quiere”. No bastaba que las ideas valieran: era necesario que las abrazara el pueblo. Por eso no cejó ni en su prédica para abonar las ideas emancipadoras, ni en la búsqueda de estructuras y formas de dirección que las sustentaran.

Sabía que en ese camino estaban la fuerza de la revolución, y de su propio pensamiento. No actuaba por demagogia oportunista, y sometió a prueba tanto sus criterios como la consistencia del proyecto que tanto esfuerzo le había costado poner en marcha. Firme y optimista, escribió en su última carta a Mercado con respecto a su voluntad de deponer ante la asamblea, sin temer a los riesgos, la autoridad que había ganado: “Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad.—Y en cuanto tengamos forma, obraremos, cúmplame esto a mí, o a otros”.

Deponer la autoridad no significaba abandonar la lucha ni ceder irresponsablemente el terreno que él debía cubrir. Solo la muerte lo sacó de la lucha; y desde el mismo día de esa tragedia —tan costosa para la patria, pero de la cual emergió él lleno de luz— no ha cesado de cumplirse su profecía: su pensamiento, lejos de desaparecer, ha seguido ganando en el valor de su claridad, y de su ejemplo, refrendado con cada acto de su vida. Si Maquiavelo, interpretando la política al uso, afirmó que el príncipe tiene el corazón en los labios, Martí demostró vivir con los labios en el corazón.

Luis Toledo Sande: Las preocupaciones y esperanzas que me animan

luis toledo sande

Entrevista de Susana Méndez Muñoz

Publicada en Cubarte, el portal de la cultura cubana

Ya ha comenzado a aparecer en algunas librerías el volumen Detalles en el órgano. Cuerdas y claves en la Cuba de hoy, del doctor Luis Toledo Sande (Velasco, Holguín, 1950), que ha sido publicado por la Editorial Extramuros de La Habana.

Toledo Sande, periodista, ensayista y profesor, es uno de los colaboradores más notables del periódico digital Cubarte, espacio que valora profundamente sus trabajos, los que contribuyen en mucho a la conformación del pensamiento intelectual cubano más vigente.

Detalles en el órgano…, reúne veintidós textos de Toledo Sande que originalmente fueron publicados en la sección “Letra con Filo”, de Cubarte, entre junio de 2010 e igual mes del pasado año, a los que se suma el que da inicio al libroy que vio la luz el 21 de octubre de 2008.

Estos trabajos han recibido una buena recepción por parte de los lectores de esta publicacióny de diferentes sitios digitales de la Isla y de otros países que han tenido a bien reproducirlos, yahora llegan juntos a públicos diferentes que, conocedores de la obra del autor o interesados en los temas tratados unos, y otros por carencias tecnológicas o apego al libro “de verdad”, ponderarán seguramente su advenimiento.

Usted es un dedicado estudioso de la obra del Maestro, de José Martí. ¿Cómo considera que ha influido él, su pensamiento, en su apreciación crítica de la realidad?

Al menos teóricamente, con Cristo, con Buda o con Carlos Marx, por solo citar algunos ejemplos, cabe tener modos de relación que pueden oscilar, respectivamente, entre la cristología y el cristianismo, entre la budología y el budismo o entre la marxología y el marxismo. En cada caso, esos “extremos” y sus interconexiones pueden obedecer a perspectivas y actitudes diferentes, con mayor o menor grado de honradez y acierto, y de falseamiento involuntario o consciente. Actitudes similares pueden darse en el acercamiento a José Martí. Ni la desvergüenza hay que descartar, pues no han faltado intentos conscientes de tergiversarlo, e incluso de calumniarlo. Pero no vale la pena detenerse en ellos. Concentrémonos en lo preguntado.

La vida y la obra de Martí han tenido grandes, dignísimos estudiosos. Sin salirnos de Cuba, merecen ser recordados, entre otros, de antes y de después, y de hoy, dos relevantes autores que ya no viven pero cuyas contribuciones perdurarán: Juan Marinello y Cintio Vitier. Ahora bien, incluso ante ellos, viendo cuánto ahondaron, uno siente que el legado martiano no es coto para especialistas. Se resiste a la especialización, no solo por su vastedad y su riqueza colosales, que reclaman un abordaje multidisciplinario a esa altura, sino porque acercarse honradamente a él incluye una dimensión movilizadora, que brota de su profunda eticidad y de su condición de luchador a quien ninguna realidad humana, ni próxima ni remota, le fue indiferente. En el caso de Cuba esa condición tuvo el sello de la entrega total, y Cuba sigue reclamándonos pensamiento y voluntad de sacrificio. Desoír ese reclamo sería traicionar su ejemplo.

¿Cree que ese reclamo en su esencia es escuchado hoy por los cubanos más jóvenes?

Toda generalización corre el riesgo del extremo, ¿no?, porque, además, en este caso, uno puede hacerse ideas muy abstractas y prejuiciadas de cómo piensan los jóvenes. Tengo un amigo sabio que dice que no sabe por qué se cita tanto esa frase de Martí, “Los niños son la esperanza del mundo”, porque está lejos de ser la mayor revelación martiana: es una verdad de Perogrullo, y habría que añadir entonces que niños y niñas son la esperanza del mundo en todos los sentidos, y los jóvenes son los que siguen, y entre ellos está la vanguardia patriótica del futuro, pero está la vanguardia del antipatriotismo del futuro, están las personas honradas del futuro y los bandidos del futuro, están los revolucionarios del futuro y los contrarrevolucionarios del futuro…

Una sociedad como la cubana merece estar formando una juventud mayoritariamente identificada con el proyecto nacional, y creo incluso que en esencia eso se ve en manifestaciones diversas, pero hay realidades económicas, cambios políticos, o hay a veces torpezas que favorecen que los jóvenes no asuman el proyecto tan masivamente como uno quisiera… Pero, pensándolo bien, ni siquiera estoy seguro de que sería muy bueno que los jóvenes fueran tan unánime o mayoritariamente abrazadores —no digamos ya acríticos— del proyecto, porque eso supondría entonces que habría un cierto tipo de inercia en la evolución de la sociedad; y la negación de un proyecto es parte de su evolución. Cuando digo negación no estoy diciendo que los jóvenes se vuelvan contrarrevolucionarios, sino que exijan cambios, ajustes…

Para un joven pelotero cuando yo era muchacho, y hasta no hace mucho, plantearse ir a jugar a las Grandes Ligas de cualquier país, era un insulto nacional. Ahora —y no juzgo, solamente describo, sin menospreciar el peso ni las resignaciones que pueda haber en frases como “los tiempos cambian”— los jóvenes están pensando, y el país les propone y les viabiliza, hacerlo en Japón y otros países, y no en los Estados Unidos porque el gobierno de allí no lo acepta: si lo aceptara decentemente como en otros lugares, también lo harían allí sin que mediara el acto de la penosa deserción. Más allá de eso, que parece anecdótico, en la inconformidad de los jóvenes pueden estar algunos de los resortes para la transformación y el mejoramiento del país. No creo que todas las insatisfacciones juveniles sean iguales, porque no todo el mundo está insatisfecho por las mismas razones, como tampoco ocurre entre los adultos, y sabemos que no todos los cubanos adultos apoyan la Revolución y abrazan a Martí, no. Hay cubanos adultos que no saben quién era José Martí, que no les interesa, y tienen una imagen muy distorsionada, grosera e insuficiente de Martí, incluso irrespetuosa a veces. ¿Eso distingue a Cuba? No, esos son casos.

Por otra parte, si hablamos de Martí y de la juventud, él a los 16 años era tan joven como el que más, y tan maduro como el que más, pero era un caso excepcional; y a veces se hace un uso oficioso o equivocado, quizás oportunista, de algunos términos suyos. Cuando habló de “los pinos nuevos” se refirió a los que abrazaban un proyecto nuevo: “Cuando venía por la tierra calcinada por el fuego, entre los pinos quemados se alzaban gozosos algunos pinos nuevos, esos somos nosotros, pinos nuevos” —lo cito de memoria y seguramente aligerado—, y ese “nosotros” incluía a Máximo Gómez, mucho mayor que él; a José Francisco Lamadrid, mucho mayor que Gómez; a Antonio Maceo, mayor también que Martí, quien tenía entonces treinta y siete años, y a otras personas que eran mucho más jóvenes. Cuando oigo, dicho mecánicamente en términos generacionales estrechos, que hay que dar paso a los pinos nuevos, me digo: bueno, los pinos nuevos pueden ser honrados o bandidos. Escojámoslos bien.

De lo que se trata es de que la juventud se defina también ideológicamente; no quiere decir que para ser joven hay que ser comunista, sino que ojalá los jóvenes abracen una digna transformación hacia el porvenir, que no estén pensando en un pasado capitalista, ni en las banalidades y superficialidades que el capitalismo les vende y que a veces nuestros medios les venden también en los llamados productos audiovisuales, en los que a menudo la imagen que se da es que hay que tener cuatro automóviles y unas cuantas mujeres semidesnudas. No estoy en contra de las mujeres semidesnudas, o desnudas. Al contrario, pues son uno de los grandes espectáculos de la naturaleza y del arte. Me refiero a la banalidad de la vida fácil, y un clímax de esa deformación estuvo recientemente en el caso de un reguetonero de Guanabacoa, y digo reguetonero sin que parezca que estoy tratando de condenar el reguetón, ni considerarlo malvado, pero da la casualidad de que ese género prospera en una época en que están prosperando ciertos valores y desvalores que frecuentemente se aprecian en él.

Por otra parte, si la juventud formada por la Revolución no siguiera a la Revolución, habría que ver qué hay en ello de influencia externa, pero también qué hay de defectos internos y carencias, no solo materiales, porque cuando yo tenía veinte años, los jóvenes de mi generación teníamos un solo pantaloncito y un par de botas, y a veces al par de botas rústicas que nos daban para que cortáramos caña le pasábamos lija para que parecieran de gamuza y hacíamos unos zapatos que ahora darían mucha risa, pero en aquella época eran nuestros zapatos de vestir, y no nos sentíamos avergonzados por eso; también es verdad que había un grado mucho mayor de igualdad en Cuba. Salvo “los hijos de Papá”, como se les llama sabiamente a nivel de pueblo, y otros que más o menos recibían ropa por distintos caminos, en general todos estábamos igual.

Ahora los proyectos igualitarios son mal vistos, son de mal gusto, empezamos a apostar contra el igualitarismo, lo cual me aterra porque en esa lucha contra el igualitarismo puede estar el rechazo a la justicia social, a la equidad. No creo que sea justo que el bandido viva igual que el trabajador, y lo que es peor, a veces vive mejor que el trabajador. Pero tampoco debemos aspirar a que crezcan las desigualdades, ni verlas como lo más natural del mundo. Si crecen, que sea porque no quede más remedio, pero la aspiración, el ideal, debe estar más cerca siempre de la equidad que de la desigualdad, y cuando echamos por la borda el igualitarismo podemos tirar la palangana y el niño, y sería muy peligroso.

Se corre también el peligro de quedar atrapados en uno de los grandes “logros” de la llamada academia posmoderna, promovida desde los Estados Unidos, que es magnificar la importancia de los sectores a expensas de soslayar la importancia de las clases sociales, y de las luchas entre ellas.

Vuelvo al inicio: las generalizaciones son todas peligrosas, como las comparaciones, pero si hay sospechas en ese terreno, se debe acudir a los estudios sociológicos, no para que lo que haga una institución científica en Cuba sea engavetado, disimulado, o envuelto en una caja de lo peligroso que no se puede divulgar; las ciencias sociales no pueden seguir siendo las escuderas de las decisiones políticas, tienen que ser las exploradoras, no para que se erijan en palabra sagrada, porque no hay palabra sagrada en la sociedad, salvo para los creyentes. Pero se debe oír lo que las ciencias sociales tengan que decirnos, y pueden estar equivocadas; pero ¿por qué las equivocadas no pueden ser las decisiones políticas, que después de todo no son ajenas a las ciencias sociales? ¿Son sagradas e infalibles las decisiones políticas?

La Editorial Extramuros, de La Habana, le acaba de publicar un libro titulado Detalles en el órgano. Cuerdas y claves en la Cuba de hoy. ¿Por qué ese título?

Este no es un libro acerca de Martí, sino con él. No lo asume precisamente como tema, ni persigue erudición al citarlo. Tampoco lo hace en pos de su aval para lo que, como país, estemos haciendo, pues resulta preferible la desaprobación del propio Martí antes que fabricarse a partir de él un resguardo que nos complazca y nos sirva para soslayar nuestros errores. Si con respecto a nuestra América en general, y al mundo, Martí —como dijo él de Bolívar— tiene mucho que hacer todavía, en Cuba nos convoca un deber todavía mayor de buscar y hallar en él enseñanzas y reclamos fundamentales, y hasta recriminaciones. No con la pretensión de hacer al pie de la letra lo que él demandó, y menos aún para responsabilizarlo de lo que hagamos mal, sino porque el mundo —y de ahí su gran vigencia— no ha cambiado tanto desde que él vivió y luchó con la vista puesta, son sus palabras, en el “fin humano del bienestar en el decoro”.

Además, tuvo una gran capacidad para entender dialécticamente la realidad, aunque usaba el término dialéctica en su acepción original, vinculada con diálogo, de donde viene —salpicado por los debates, diálogos, de la Grecia fundadora— el actual entendimiento filosófico de la dialéctica. Él fue capaz de apreciar que “un pueblo es en una cosa como es en todo”, y que “un detalle en el órgano es a veces una revolución en el sistema”. Con ello, de lo que toma título el libro, no apuntaba precisamente al instrumento musical, sino al órgano como conjunto integrado de una realidad concreta o de la realidad en sus abarcamientos mayores. Tenía en mente, sobre todo, la sociedad. Y a ello remiten las cuerdas y las claves del subtítulo.

En eso se debe pensar seriamente cuando se emprenden cambios —actualizaciones, ajustes, modificaciones, reformas…, como se les quiera llamar— en un modelo social, en un país. Los detalles pueden revolucionar ese modelo para bien o para mal, incluso convertirlo en otro, y en esa brega el pensamiento resulta determinante, de acuerdo con su índole y con su aplicación. No cabe entregarse al pragmatismo, que es otra forma de voluntarismo, pero no afincada en la voluntad justiciera, sino en la voluntad mecánica de hechos asumidos como palabra divina, y entre los cuales pueden campear por sus desafueros las groserías del mercado. Frente a este se requiere poner en máxima tensión la voluntad justiciera, sin la cual no habrá sociedad que valga la pena. No confundamos voluntad con voluntarismo, ni igualitarismo con equidad. Sin voluntad y equidad, ¿qué valdría realmente la pena construir?

Detalles… está formado por veintidós textos suyos aparecidos originalmente en el periódico digital Cubarte. En las palabras introductorias usted plantea: “Este libro contiene briznas de preocupaciones y esperanzas que desvelan al autor”. ¿Cuáles son esas preocupaciones cardinales?

Que los detalles aplicados a nuestro órgano, a nuestra sociedad, le impriman la eficiencia económica necesaria y deseada, pero se pierda la brújula de la justicia social, lo que podría ser una fiesta para pragmáticos exitosos o ávidos de serlo, no para quienes, en el camino de la historia de nuestra patria y, en ella, de la Revolución en que Fidel Castro reconoció a Martí como autor intelectual, se mantengan fieles al ideario de justicia que esa continuidad histórica y moral ha fundamentado.

Que no seamos capaces de cumplir un mandato que Martí plasmó con respecto a lo que la independencia política lograda en esta zona del mundo debió haber representado y no fue capaz de conseguir: hacer causa común con los oprimidos para afianzar —cito aquí, o gloso, del ensayo “Nuestra América”, palabras de alguien que verdaderamente echó su suerte con los pobres de la tierra— un sistema opuesto no solo a los intereses de los opresores, sino también a sus hábitos de mando. Que las golosinas de la llamada modernidad, invención del imperialismo llamado neoliberal, nos saquen del camino de raigalidad y justicia en que Martí se afianzó para todos los tiempos.

Que el sentido de responsabilidad por el cual se deben regir nuestras instituciones y nuestros medios informativos pueda permanecer anclado en silencios y resignaciones cómplices de lo que debemos combatir y erradicar. Que las chapucerías de la época, combinadas con las que prosperan en nuestro entorno inmediato, nos dejen sin la fineza necesaria para la plenitud del alma.

Parece difícil que entre tantas preocupaciones profundas usted pueda tener briznas de esperanzas. ¿Éstas son racionales o viscerales?

Lo que en el pórtico del libro digo es que en él aparecen briznas tanto de preocupaciones como de esperanzas que desvelan al autor, o sea, no están en él —no cabrían— todas las preocupaciones ni todas las esperanzas en su plenitud. Tengo preocupaciones no por tenerlas, sino porque a nadie bien nacido podrán resultarle ajenos problemas tan serios como los que debemos resolver, y porque sin tenerlas se carecería de fuerza para defender las esperanzas, cuya ausencia resulta paralizante: que sin esperanza, cubano, ¿dónde va el amor?

Pero es muy difícil establecer lindes rígidos entre lo racional y lo visceral: quien piensa, y ha escrito esas páginas, no es una computadora, sino un ser humano, y un ser humano que se acerca a sus temas con la preocupación propia de quien reconoce la gravedad de los obstáculos que urge vencer, y con el deseo de contribuir al empeño de vencerlos, de participar en él, único que puede salvarnos las esperanzas.

¿Piensa usted que existe alguna manera, desde la cultura artística y literaria, de paliar los motivos de sus preocupaciones?

Desde la cultura artística y literaria se pueden hacer muchas cosas distintas: regulares, malas, horribles, buenas, excelentes, como en toda esfera humana, y se hacen. Se pueden abonar los más importantes valores humanos. También hay quienes han encontrado un filón rentable en regodearse magnificando cuanto huela a anticomunismo, a devaluación de las ideas socialistas. Con mayor o menor disimulo vienen a decirnos: desde la izquierda no se ha hecho nada bueno, y ese juicio, si para algo sirve, será para legitimar los horrores que se han hecho desde la derecha. Pero frente a esa actitud, si de veras se quiere luchar contra ella, no vale idealizar lo que defendemos y queremos que triunfe. De ahí el gran reto que el pensamiento revolucionario tiene por delante.

Vivimos una época en la cual, por distintas razones y sinrazones, un elogio a la obra revolucionaria, por muy justo y muy bien facturado que sea artísticamente, no tarda en catalogarse de teque, o incluso en ser ubicado dentro del realismo socialista, sintagma que ya parece insalvable, pues ha parado en dar nombre a un bola que acumula defectos, solo defectos, mientras que un teque contrarrevolucionario más o menos disfrazado, o ni siquiera tan disfrazado, puede ganar premios internacionales y entusiasta promoción. Pero cuidémonos de quien, echando mano a esos ejemplos, quiera convencernos de que lo prudente es renunciar a la crítica, tan necesaria si no se reduce a ser un fin en sí.

Ahora bien, no idealicemos la importancia del arte y la literatura, en ningún sentido, por muy relevantes que sean, y lo son. Están presentes, como tema, en el libro; pero la cultura es un tesoro mucho más vasto y abarcador. El camino para la salvación o el hundimiento de un país se hallará, o no se hallará, en un sentido más amplio y raigal de la cultura como obra de los seres humanos, y se hallará en la política, y si lo deseado no se logra ni con ella, debe quedar claro que no se logró porque los obstáculos fueron de veras insuperables, no porque la política aplicada fue torpe, o más. ¿Es que acaso en el mundo predominan como realidad victoriosa, en la práctica, los valores de la justicia y la decencia asociados a Cristo y a Buda? ¿Por qué habría de ser más fácil el triunfo para los ideales de Marx, o los de Martí, quienes, que sepamos, no encarnaron fuerzas divinas? Ahora bien, que las ideas de sus inspiradores no hayan triunfado, ¿autoriza a cristianos y budistas honrados a desertar de ellas?

¿No teme ser criticado por la defensa que hace en su libro del proyecto social de la Revolución? ¿No teme que lo supongan un teque en alguna medida?

Preferiría que me criticaran antes de que me ignorasen. Es más, creo que merezco la crítica y el rechazo de algunos a los que yo rechazo en ese libro (y fuera de él). Rechazo no solamente a contrarrevolucionarios, sino rechazo algunas actitudes que son contrarrevolucionarias, aunque las asuman personas que quieran ser revolucionarias, se crean revolucionarias y hasta honradamente quieran defender la Revolución.

Si esas personas me critican no tengo solo que aceptarlo, aparte de que todo autor que publique un texto tiene que estar abierto a la crítica, y aunque aspiro a que haya quienes disfruten el libro, habrá quienes se despachen contra él. Creo que el libro es respetable y que lo que dice ahí merece respeto —de lo contrario no lo hubiera escrito, ni lo habría publicado—, pero hay actitudes que, más que no respetar, rechazo.

Lo que sí me gustaría es que, criticado o aceptado, aprobado o desaprobado, el libro sirviera para estimular aunque fuera en 15, 20 o 30 lectoras y lectores —si fueran un poco más, sería mejor— preocupaciones, porque coinciden o porque discrepan, y porque a algunas personas lo que digo ahí les despierten preocupaciones que no habían tenido hasta ahora, o se las refuercen.

A raíz de la aparición de estos textos en soportes digitales, algunas amistades no cubanas me han comentado que es muy bueno que en sus países vean que en Cuba se pueden decir y publicar esas cosas, porque —y en eso confluyen muchos elementos, empezando por la propaganda tendenciosa lanzada contra nosotros, pero no es el único— algunos creen que solo se puede publicar las notas oficiales del Granma, que suelen ser muy aburridas. Me gustaría que tuvieran el encanto del Quijote, o de un poema de Rubén Darío, o de un cuento de Julio Cortázar, ¡o del periodismo martiano!; pero no es posible. Una nota de prensa es una nota de prensa, y los autores aludidos no se dan todos los días. Lo más importante es que el pensamiento se mueva, y eso se puede conseguir con recursos mucho más modestos. Lo que no puede faltar es la voluntad, ni debe abundar la inercia.

Yo me siento revolucionario, pero no quiero andar proclamándolo. Me gustaría que el saldo vectorial que salga de las páginas que escribo demuestren que las rige un pensamiento revolucionario, que hay alguien que si sufre, sufre porque quiere que su país sea mejor, y que si está angustiado es porque le preocupa que su país no sea mejor de lo que es, y le inquieta que su país pueda desbarrancarse.

Y en cuanto al teque, bueno, hace poco fui a ver una obra de teatro de un autor amigo, talentoso, al que le tengo aprecio; pero la obra —haya sido o no haya sido ese su propósito— acaba siendo un teque, solo que un teque de crítica a la Revolución, y ha sido premiada en el exterior. Si algo parecido a eso se hiciera en apoyo a la Revolución, algunos lo considerarían detestable, y tal vez hasta lo sería.

Debemos, sí, debemos criticar la Revolución para que sea mejor; pero también corremos el peligro de no recordar que por mucho de lo bueno que hemos hecho o estamos haciendo, debemos darle gracias a la Revolución, que ha hecho cosas maravillosas por este país y que puede dejar de hacerlas si no la mejoramos, porque puede desbarrancarse por el pragmatismo capitalista, pragmatismo que es malvado; cada vez que elogian a alguien llamándolo pragmático, me aterro, porque es un insulto, igual que incondicional. Debemos cultivar, practicar la lealtad reflexiva, no la incondicionalidad, que para el fascismo puede ser algo extraordinario, pero no para el pensamiento revolucionario emancipador.

Creo que también en eso Martí tiene mucho que enseñarnos; en medio de su discurso de 1893 en elogio a Simón Bolívar con ocasión del aniversario 110 de su nacimiento, señaló cuál es el Bolívar con quien debemos identificarnos, que no es el que careció de la fuerza moderadora del alma popular porque no le venía ni del hábito ni de la casta, y antes e inmediatamente después dijo por qué era grande, inmenso, el Bolívar cuya obra debíamos abrazar reflexivamente, y eso recuerda que ya en 1889, en La Edad de Oro, había dicho algo que suele interpretarse mal: aquello de que “los desagradecidos no hablan más que de las manchas”, mientras que “los agradecidos hablan de la luz”. No dice que no ven más que la luz. Para defender bien la luz hay que ver también las manchas; las causas patrióticas, las causas políticas tienen manchas, tienen defectos y debemos ser capaces de ver qué es lo que vamos a defender: defenderemos la luz, y para erradicar las manchas hay que conocerlas, no ignorarlas.

Esto tiene que ver con una preocupación presente en el libro y fuera del libro, y no solo mía, sino de muchos ciudadanos del país: la calidad que aún nuestra prensa no tiene y necesita alcanzar.

¿Por qué reunió en libro esos textos?

Por varios motivos. Un grupo de textos, juntos, adquiere connotaciones que no se perciben quizás cuando se leen dispersos. El papel impreso sigue dándole a la lectura un sentido del contacto físico, sensual incluso, que no se disfruta del mismo modo con el soporte digital, por lo menos para quienes nos formamos en el predominio del primero.

No todo el público cubano tiene el mismo nivel de acceso a sitios digitales, y está pasando entre nosotros algo que tal vez no sea tan casual: mucho de lo más interesante y sugerente ante nuestros problemas escrito y publicado hoy en Cuba —no digo que sea el caso de mis textos— queda marginado en meandros digitales, no pasa al controlado cauce central de los medios impresos, que tienen una especial responsabilidad con la información entendida como el patrimonio público que es, y en los cuales tantas carencias se sienten y se padecen. El secretismo parece estar extinguiéndose como tema en las agendas de las discusiones; pero ¿ha desaparecido como realidad? Esperemos que en el Décimo Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba no tengan que plantearse más o menos los mismos problemas que se debatieron en el Noveno.

Y un punto más: tal vez una de las maneras más efectivas de tener sin grandes demoras libros sobre la realidad que se vive sea publicar compilaciones o selecciones —de autor, o temáticas— de escritos aparecidos en publicaciones digitales o impresas. Puede suceder, aunque no es forzoso que así ocurra, que un libro más orgánico o extenso demore años en escribirse, otros años en revisarse y procesarse editorialmente y algunos más en imprimirse y circular. Cuando sale a la calle, tal vez ya sepa a viejo.

Vuelvo a los jóvenes. ¿Espera usted que su libro tenga buena acogida entre ellos?

No estoy seguro de que tenga alguna acogida. ¿Pasará inadvertido? Toda página publicada, todo libro es en gran medida una botella lanzada al mar, y ese mar es la sociedad, el público lector. Los textos de Detalles en el órgano han tenido lectores, en el soporte digital, y muchos se han reproducido en sitios cubanos y de otros países. Ahora el volumen impreso es una botella que se lanza al mar y me gustaría que fuera bien acogido por jóvenes y no jóvenes, por personas de todas las edades, porque en definitiva son personas de todas las edades las que tienen que ver con la sociedad cubana, las que vivimos en Cuba y las que tenemos que decidir cómo modificar —el perfeccionamiento sería también una modificación, y no la menos deseable— el rumbo de nuestras aguas.

Repito: no sé, pero me encantaría que el libro tuviera buena acogida. En eso no soy nada original, ¿verdad?

¿Qué otros desvelos suyos serán tema de futuros Detalles en el órgano?

Podría preparar una nueva edición, aumentada, o, ya estoy pensando en eso, una segunda serie, o tal vez más. Por apremios de espacio, aunque en eso Extramuros fue también generosa, dejé fuera numerosos textos que ya estaban escritos y podían haber formado parte del libro, y luego de cerrada la selección he escrito otros, y seguiré escribiendo. Una segunda serie —no toda probablemente con trabajos publicados en Cubarte— pudiera incluir textos de igual extensión sobre la llamada cuestión racial —“Seamos humanoascendentes”, “¿Y si no fuéramos genéticamente mestizos?” —, o acerca de lo más directamente vinculado con las imágenes culturales —“¿Museo Barbie en Cuba?”, publicado en Cubadebate—, o en torno a las relaciones históricas y actuales entre Cuba y los Estados Unidos.

En ese tema estarían “Cultura, historia, y un águila que sí caza moscas”, suscitado por una noticia —felizmente falsa, al parecer—, según la cual podía estar pensándose en restituir el águila imperial en el monumento habanero a las víctimas del Maine, y “Cuba y los Estados Unidos, otra etapa”, que también circuló ampliamente después de aparecer en Cubadebate, sitio que actúa con gran agilidad, y al cual lo envié por la índole y la urgencia del tema.

Lo escribí a raíz del anuncio de conversaciones entre los dos países, pues intuí algo que los hechos confirmaron: el peligro de que en algunos la importante noticia condujera a una cierta parálisis, por asombro, o por la peregrina idea, o reflejo condicionado, de que era necesario esperar instrucciones sobre qué debía pensarse y decirse a partir de entonces sobre una historia y un monstruo imperial que siguen siendo los mismos.

Para los confundidos la propia potencia imperialista se encarga de ratificar, groseramente, sus entrañas. Ahí están, entre otras evidencias rotundas, la actual escalada contra la Venezuela bolivariana, y el permanente apoyo al poderío genocida de Israel, que, después de todo, es una sucursal del gobierno de los Estados Unidos. Desde todo punto de vista se entiende que el Maestro siga presente al tratar “detalles” de tal envergadura, como en el artículo “Con José Martí, para que la victoria siga siendo victoria”.

En una de las respuestas se refirió a las mujeres, desnudas o semidesnudas, como uno de los grandes espectáculos del arte y de la naturaleza; a mí me parece un comentario halagador y sincero, pero quizás alguien pueda sentir algo de sexismo, ¿no le parece?

Me alegra la observación pues me permite afinar lo dicho. Me referí a la mujer no solo desde mi perspectiva de varón, sino por el hecho de que algunos trabajos audiovisuales siguen apostando a la explotación de la imagen de la mujer —explotada ella misma, para empezar, a lo largo de la historia— como objeto de atracción sexual. A eso me refería. Pero claro que hay belleza en los seres humanos, no se reduce a límites sexuales, y cada quien tiene el derecho de apreciarla donde mejor la encuentre para su gusto. Aunque no está de más la advertencia contra los excesos del sexismo: no nos libramos de ellos por decreto, y la cultura patriarcal lleva milenios imponiendo criterios, perspectivas… imponiéndose.

¿Algo más que añadir?

Expresar o reiterar mi gratitud a quienes la merecen: a Cubarte, por la acogida que ha dado casi siempre a mis textos; a Extramuros, por facilitar que varios de ellos encuentren más lectoras y lectores en una edición hermosa; al Instituto Cubano del Libro, por el apoyo dado a Extramuros; a quien ahora me hace, para el propio portal Cubarte, una entrevista que favorecerá la divulgación en torno al libro y ya me permite hacer más explícitas o enfatizar algunas de las preocupaciones y esperanzas que me animan. No son briznas de gratitud, sino agradecimiento en grande.

http://www.cubarte.cult.cu/es/entrevista/luis-toledo-sande-las-preocupaciones-y-esperanzas-que-me-animan-i/22209

En los setenta y cinco años de un amigo


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He aquí al homenajeado, el queridísimo Víctor Manuel, con esa sonrisa ancha y franca que todos sus amigos y colegas le conocemos. Desde aquí, amigo, americadespierta y esta amiga tuya te deseamos muchísima salud y que cumplas hasta el infinito

 

 

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La foto: De pie, desde la izquierda, Liset García Rodríguez, María Victoria Valdés Rodda y Francisco F. Blanco (Blanquito), en casa de los dos últimos. Con sombrero, y abrazado por Sofía Margarita Romeu Escobar, Víctor Manuel González Albear lee —mientras tomo la foto— el álbum que el grupo hizo para la celebración, y para el cual nació el texto recogido ahora en la artesa.

Por Luis Toledo Sande

Tomado del blog (artesa) del autor

Tal vez él pudiera decir de sí mismo, con José Martí, que la voluntad de conciliación anima todos los actos de su vida, y se le ve pasar gran parte del día frente a una computadora, atendiendo tareas cotidianas. Pero quien lo haya visto intervenir en una discusión, o andar con su paso de mozo atlético, sabe que tan lejos está de ser cedente como de ser sedentario.

Un correlato de su honradez, de su limpieza moral —mayor aún que su ostensible pulcritud física—, se halla en su resolución de ser discreto, no solo en la antigua acepción de ser inteligente, sino asimismo en la que predomina hoy: la capacidad para guardar secretos. Pero semejante disposición no supera la transparencia de su espíritu, y esta lo impulsa a tener una actitud confesional que parecería venir de la mística, si no fuera porque, hasta donde sabemos, sigue teniendo el gusto, mal visto en estos tiempos, de mantenerse ateo. A esa cualidad se suman en él otras igualmente arcaicas hoy, y poco estimadas: las de ateo y heterosexual.

También eso hasta donde sabemos, pero es muy probable que así sea en realidad, pues entre su pensamiento y su lengua operan resortes de incontenible correspondencia. El primero se desborda a cada paso, ajeno siempre a los asomos de mala intención, y siempre irrefrenable en la franqueza. Aun cuando intentara dar salida por lo bajo a lo que no pudiera guardar para sí, está dotado de un aparato fónico que, de oírlo, se lo envidiaría el “magnánimo Esténtor, quien tenía vozarrón de bronce y gritaba tanto como cincuenta hombres juntos”, según se lee en La ilíada. Ese es el origen del adjetivo estentóreo, que es pálido para calificar a nuestro amigo.

Para mayor singularidad, él es capaz de mantener en elongaciones sucesivas una misma nota, la más alta de la escala, a lo largo de una partitura que, tenga la extensión que tenga el original, dejada a sus posibilidades devendría infinita. Y todo ello con una sonoridad que vibra entre la tuba y el trombón, una y otro hechos en legítimos aceros alemanes por fabricantes caribeños.

Todo en él apunta a una base donde se adunan el conocimiento y la veneración. En el mundo se ha puesto de moda el título de filósofo, para el que hoy parece merecimiento bastante haber pasado por carreras de temas afines a esa disciplina en cualquier universidad. Pero si se trata de rendir verdadero culto a lo que en rigor debemos llamar filo-Sofía, él ha dado pruebas de una intensidad que pocos se han atrevido a personificar.

Aunque reitera que, al paso de los años, la narración de los hechos se ha enriquecido con elementos fictivos, ya es célebre, y nada la ha debilitado, la leyenda según la cual en cierto momento él tuvo que lanzarse por una ventana, se dice que a considerable altura, huyendo de un agente del orden que lo persiguió armado de astas y pistola. Nuestro héroe afrontó incluso el peligro de ser emasculado por perros callejeros, porque ante la furia del burlado tuvo que salir zanqueando como se vino al mundo.

Pero no solamente se libró de la embestida pistolera: también parece haber salido ileso del hambre de los perros. La señal o evidencia de lo primero está en que hoy sigue vivo y tronante; de lo segundo, en que la portadora del conocimiento, de su filo-Sofía, se le ha seguido dando con actitud devotamente fiel. No media en ello constancia probada de que lo haya hecho en espera de correspondencia, y mucho menos de que la haya logrado. Estamos, pues, ante lo que parece ser una prueba todavía más convincente de generosa y entusiasta fidelidad.

No le demos más vueltas a ese asunto, ni a otros. Aquí se habla de Víctor Manuel González Albear, amigo a quien queremos, y a quien, incluso cuando uno —de hallar motivo para ello— se propusiera dejar de quererlo, acabaría queriéndolo igual o más que antes, porque su terca ternura, / que algunos llaman demencia, / no se limita a la ciencia / ni la rige la cordura. / Lo suyo, en su tesitura, / que en lindes no se detiene, / no es pensar qué le conviene; / sino cómo ser mejor, / aunque no tenga un motor, / y ni bicicleta tiene.

Luis Toledo Sande

JOSÉ MARTÍ Y LA GUERRA NECESARIA: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”

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Les debía este texto del querido amigo Luis al Maestro y a los lectores de americadespierta, pero fallos de energía eléctrica me lo habían impedido desde ayer. Nunca es tarde para homenajear la grandeza del más grande de los cubanos, nuestro Martí.

Por LUIS TOLEDO SANDE

Cuando el 25 de marzo de 1895 José Martí le escribe al dominicanoFederico Henríquez y Carvajal: “Yo alzaré el mundo”, no incurre en un exabrupto de vanidad contrario a su ética y su conducta, sino que resume el sentido con que ha preparado la guerra iniciada el anterior 24 de febrero. En la misma carta refuerza ideas que ha venido expresando desde tiempo atrás, incluso en textos relacionados directamente con elPartido Revolucionario Cubano, cuya fundación se proclama en Nueva York el 10 de abril de 1892.

En las Bases de esa organización, llamadas a prudencia ante graves obstáculos que deben vencerse para preparar y hacer una contienda eficaz, apunta que se actuará “sin compromisos inmorales con pueblo u hombre alguno”, y sin “atraerse, con hecho o declaración alguna indiscreta durante su propaganda, la malevolencia o suspicacia de los pueblos con quienes la prudencia o el afecto aconseja o impone el mantenimiento de relaciones cordiales”.

Saber que el Partido se ha creado y tendrá base operativa entre compatriotas emigrados en los Estados Unidos -desde donde se extiende a otras tierras de América y trenza redes conspirativas en Cuba, centro de su programa- da luz sobre una cautela que no es indiferencia irresponsable o cómplice.

El reclamo, en las Bases citadas, de fundar “la nueva República indispensable al equilibrio americano”, remite a textos anteriores suyos, y lo explicitan, entre otros, aquel de Patria del 17 de abril de 1894 en el cual saluda la entrada del Partido en su tercer año de vida, y desde el subtítulo expone que la organización encarna “el alma de la Revolución, y el deber de Cuba en América”.

El primer artículo de las Bases precisa el fin de “lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”. Ello conduce al fondo de ideas pilares expuestas en El tercer año del Partido Revolucionario Cubano, como esta: “las Antillas esclavas acuden a ocupar su puesto de nación en el mundo americano, antes de que el desarrollo desproporcionado de la sección más poderosa de América convierta en teatro de la codicia universal las tierras que pueden ser aún el jardín de sus moradores, y como el fiel del mundo”.

El entorno

No habla desde las nubes. Ha residido por más de una década en los Estados Unidos, y el trienio 1889-1891 le ha mostrado la necesidad de acelerar los preparativos de la guerra. En los dos primeros de esos años sesiona el Congreso Internacional de Washington, como fruto del cual tiene lugar en el último de ellos la Comisión Monetaria Internacional, en la misma ciudad. Con ambos intenta el poder anfitrión romper en beneficio propio el equilibrio mundial. Martí combate al primero en la prensa, en la tribuna y en numerosas cartas, y contra la Conferencia actúa desde dentro, como representante de Uruguay.

El poderoso país procura lograr en todo el continente pactos comerciales que le resulten ventajosos, calzados con la circulación dominante del dólar. No impulsa un panamericanismo sano, sino el imperialista que ha llegado al siglo XXI y ha empleado tanto argucias económicas y políticas como violencia armada, a tono con su política internacional, contra la que resisten y luchan pueblos, y gobiernos dignos.

Para espigar, en lo dicho por Martí sobre aquellos foros, unos pocos de los desentrañamientos que alumbren su concepción de la guerra para liberar a Cuba, recordemos advertencias como esta, acerca del primero: “De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia”.

A los países de América ya independientes de España se les presenta un reto decisivo: “¿A qué ir de aliados, en lo mejor de la juventud, en la batalla que los Estados Unidos se preparan a librar con el resto del mundo? ¿Por qué han de pelear sobre las repúblicas de América sus batallas con Europa, y ensayar en pueblos libres su sistema de colonización?” No se trata de una forma de dominio accidental, sino de todo un sistema, que no tardará en llamarse neocolonialismo.

Pero Cuba y Puerto Rico, todavía colonias, no están representadas en el Congreso, ni lo estarán en la Comisión Monetaria. Lo que para ellas reservan los planes estadounidenses lo pronostica Martí en particular con respecto a su patria. Se aprecia en cartas a su colaborador Gonzalo de Quesada, quien, secretario de la delegación argentina en el Congreso Internacional mencionado, será secretario suyo en el Partido Revolucionario Cubano.

Es conocida la previsión que estampa en una de esas cartas: “Sobre nuestra tierra, Gonzalo, hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra, para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: Ni maldad más fría”. Los sucesos de 1898 certificarán la claridad de la visión martiana.

Un mundo

Para preparar la guerra y los cimientos de la república futura, funda Martí el Partido Revolucionario Cubano, y sabe que este sería nulo, “aunque entendiese los problemas internos” de Cuba y quisiera resolverlos, si ignorase “la misión, aún mayor, a que lo obliga la época en que nace y su posición en el crucero universal. Cuba y Puerto Rico entrarán a la libertad con composición muy diferente y en época muy distinta, y con responsabilidades mucho mayores que los demás pueblos hispanoamericanos”.

Para estos últimos, a inicios del siglo XIX, aunque el sembrador Simón Bolívar y otros intuyeran el peligro que se gestaba en los Estados Unidos, ese país no representaba la amenaza que en las postrimerías de la centuria significaba, con implicaciones más graves aún, para territorios dominados por el coloniaje español: “En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder,–mero fortín de la Roma americana;–y si libres–y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora–serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte”.

Por qué está en juego el honor de esa república lo expone Martí con una advertencia increpante y nutrida de realidad: “en el desarrollo de su territorio–por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles–hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo”. De semejante política -Martí lo advierte claramente de diversas maneras- se derivarán males hasta para el mismo pueblo de la voraz nación.

Frente a desafíos colosales, tarea colosal: “Se llegará a muy alto, por la nobleza del fin; o se caerá muy bajo, por no haber sabido comprenderlo. Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son solo dos islas las que vamos a libertar”. Declara que “la verdadera grandeza” radicará en “asegurar, con la dicha de los hombres laboriosos en la independencia de su pueblo, la amistad entre las secciones adversas de un continente, y evitar, en la vida libre de las Antillas prósperas, el conflicto innecesario entre un pueblo tiranizador de América y el mundo coaligado contra su ambición”. El calificativo innecesario es tenue ante los intereses en juego.

Encrucijada

Lo que se decide es vital: “Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos”. En la carta a Henríquez y Carvajal, donde ratifica su voluntad -de alcance planetario- de “servir a este único corazón de nuestras repúblicas”, dice en términos rotundos: “Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”. Con hechos como el saqueo a México, y los planes de dominar la economía y la política del continente, el honor de la potencia ya estaba lastimado. Con el aumento de sus prácticas expansivas, generadoras de desequilibrio mundial, se quebrantaría aún más.

El mismo día en que escribe aquella carta, fecha Martí el texto que se conoce con el título de Manifiesto de Montecristi, primer programa público de la gesta que ya arde en Cuba. No lo mueven ni prudencias mal entendidas ni entusiasmos infundados, sino el conocimiento de los conflictos medulares que el independentismo tiene ante sí: “En la guerra que se ha reanudado en Cuba no ve la revolución las causas del júbilo que pudiera embargar al heroísmo irreflexivo, sino las responsabilidades que deben preocupar a los fundadores de pueblos”.

La contienda tiene una enorme significación: “La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo”. Para salvar ese equilibrio se necesita crear “un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”, afirma.

A Henríquez y Carvajal le dice: “De Santo Domingo ¿por qué le he de hablar? ¿Es eso cosa distinta de Cuba? ¿Vd. no es cubano, y hay quien lo sea mejor que Vd? ¿Y [Máximo] Gómez, no es cubano? ¿Y yo, qué soy, y quién me fija suelo?” Líneas más adelante convoca: “Hagamos por sobre la mar, a sangre y a cariño, lo que por el fondo de la mar hace la cordillera de fuego andino”.

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La tragedia de Dos Ríos, imaginada en 1917 por el pintor Esteban Valderrama

Deber mayor

Otro texto epistolar refuerza el sentido con que el revolucionario cubano concibe la guerra. Ya en Cuba, entre las prisas y contingencias de la contienda, le escribe al mexicano Manuel Mercado, su confidente por excelencia, la carta fechada 18 de mayo de 1895. La muerte lo sorprende al siguiente día y tensa el carácter testamentario del texto, cumbre de lo que ha sostenido durante años.

A Mercado le resume conversaciones que ha tenido, en campaña, con Eugene Bryson, corresponsal en Cuba de The New York Herald, de las cuales nace el mensaje que el patriota dirige a ese diario estadounidense, donde se publica, en traducción mutilada y adulterada, el mismo día en que él muere. El texto se conoce en su plenitud gracias a que el original, en español, se salvó.

El mismo corresponsal le confiesa que el militar y político español Arsenio Martínez Campos, con quien se ha entrevistado, le ha dicho que el gobierno español se entenderá con el estadounidense antes que aceptar la victoria cubana. Eso le confirma a Martí sus previsiones sobre el tema. A Mercado empieza por decirle: “Ya puedo escribir, ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía, y orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber–puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo–de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

No es resolución de última hora, sino decisión pensada y madura: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”, afirma, y añade: “En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para logradas (OJO: ES LOGRADAS, NO LOGRARLAS: Toledo) han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”.

Lo que Martí, y no del todo, ha mantenido “en silencio y como indirectamente”, no es su pensamiento antimperialista, sino el hecho de que, en su proyecto, la lucha armada no se dirige ya en lo fundamental contra el poder de España, aunque todavía este no ha sido derrotado, sino contra los planes de los Estados Unidos. Proclamarlo habría sido una torpeza en quien, por sus mismas labores conspirativas, se ha visto obligado a vivir largamente en ese país.

A ello alude en la carta: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas:–y mi honda es la de David”, palabras ubicadas entre el relato de su plática con Bryson y estas otras sobre la gesta cubana y su contexto: “Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos–como ese de Vd. y mío,–más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los desprecia,–les habrían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato de ellos”.

Con la masa creadora

Martí advierte a Mercado hasta sobre la pretensión de la emergente potencia norteña de elevar a presidente de México a un político más fácil para ella de manejar que el caudillo Porfirio Díaz. La actitud entonces de este último explicará que Martí –quien abandona México a finales de 1876 ante el levantamiento anticonstitucional de ese político–, al parecer se entrevista con él en 1894 en pos de apoyo para la revolución cubana. Se sabe que lo intentó.

Urge allegar recursos para una contienda que debe vencer grandes valladares. El anexionismo y el autonomismo se agitan en la isla y sus cúpulas se apiñan entre los más opulentos. A las dos tendencias pudiera aplicar Martí la caracterización que en el texto destina a la segunda: “especie curial, sin cintura ni creación, que por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le pide sin fe la autonomía de Cuba, contenta solo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de oficios de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante,–la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,–la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.

Aunque “la actividad anexionista” le resulta igualmente repudiable, Martí aprecia que es “menos temible por la poca realidad de sus aspirantes”. En otras palabras: ansiarán que Cuba se convierta en un estado más de la federación norteña, pero no es lo que interesa a los gobernantes de esta, que se proponen someterla. En tales circunstancias el anexionismo, como el autonomismo, pero plegado más explícitamente que este a los designios de la nación del Norte, abona un ambiente favorable a los planes que la rigen desde el gobierno.

La revolución está en los inicios de su etapa armada, y se le oponen obstáculos enormes. No ignora Martí la posibilidad del fracaso; pero sabe que la guerra es necesaria para preservar el espíritu independentista y, en todo caso, dejar trazada la senda hacia futuros afanes liberadores.

La historia no es el simulacro o farsa en que quisieran tornarla ciertos representantes de una academia promovida desde el poderoso Norte, sino un conjunto de fuerzas actuantes, materiales y morales, que no se borran con maniobras deshonrosas para exterminar el pensamiento liberador y sustituirlo por la ideología del sometimiento.

Cultivando la vocación de dignidad y soberanía, el pueblo cubano se mantiene fiel a un legado que le reclama su constante mejoramiento en la utilidad de la virtud, y solidaridad con otros pueblos, empezando por los de nuestra América. Olvidarlo sería una mayúscula deslealtad a cuanto Martí hizo y, de no haber caído en combate, habría seguido haciendo. Como siguen haciéndolo su ejemplo y su ideario.