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Leonardo Boff: “El capitalismo prefiere ser suicida que cambiar”

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Leonardo Boff 

A sus 76 años, el teólogo brasileño Leonardo Boff sigue siendo una de las mentes más despiertas y comprometidas del intelectualismo latinoamericano. Procedente de la tradición franciscana, fue uno de los padres de la Teología de la Liberación, que él define como “un método para hacer teología desde la visión del oprimido, que nace del grito de desesperación del afroamericano, del indígena, de las mujeres, para ayudar a su liberación aprendiendo de ellos, como postula la pedagogía del oprimido de Paulo Freire”. Desde esa línea de pensamiento, a Boff no le gusta hablar de desigualdad y mucho menos de pobreza: prefiere la expresión “injusticia social” y denunciar con todas las letras que el capitalismo es perverso, genocida, etnocida, ecocida y, también, suicida. En el Foro por la Emancipación y la Igualdad que albergó Buenos Aires entre el 12 y el 14 de marzo, Boff dejó un mensaje de alerta, pero también de esperanza.

El teólogo habló del intento de “recolonización” de las derechas que, en Brasil, se ha expresado en las manifestaciones orquestadas por los medios de comunicación para pedir el impeachment de la presidenta Dilma Rousseff: “Las manifestaciones contra Dilma muestran que la derecha no acepta la democracia. No odian al PT (Partido de los Trabajadores); odian al pueblo. Al pueblo que piensa, que sale de la miseria y de la ignorancia. La derecha cada vez necesita más de la violencia, porque sabe que hay un cambio en marcha: los movimientos sociales están ensayando modos de producción alternativos al capitalismo”. Frente a estos, señaló, el proyecto imperialista de los Estados Unidos y el capital financiero internacional, que pretenden “imponer una división internacional del trabajo que relega a América Latina a la provisión de materias primas para los países centrales, y eso pasa por impedir nuestra autonomía tecnológicas y asumir el papel de aliados secundarios del gran proyecto de las empresas transnacionales, de la macroeconomía de la globalización”.

“En la fase actual, la Humanidad se descubre como especie habitando una casa común, sustenta la vida. Cada vez más personas se dan cuenta de que la especie está en peligro”, afirmó Boff. Lo sustenta con datos científicos que son por todos conocidos, y sin embargo, la cuestión ecológica sigue fuera de la agenda política, por más que lo que esté en juego sea la propia supervivencia de la especie humana y la vida en la Tierra como la hemos conocido. Por eso llama a “introducir la ecología como asunto político, que tiene que ver con cómo se relaciona el ser humano con la naturaleza, y qué futuro puede tener nuestro planeta”.

Para ello, la lucha de las mujeres es clave: “Dar más poder a las mujeres es necesario si queremos salvar la vida del planeta; ellas generan vida y saben más de la vida que nadie. Aunque la lucha feminista ha avanzado mucho, no basta: los medios de comunicación usan partes de las mujeres, las manipulan, y tristemente muchas de ellas lo permiten, venden su imagen, como si su imagen fuera escindible del todo. Terminan por ser el último refugio del patriarcalismo”. Como dicen por ahí, sin patriarcado no hay capitalismo.

Ecología de los pobres frente al dilema de los commodities

Colocar la preocupación ecológica en el centro de la política supone enfrentar el mayor dilema de los gobiernos progresistas latinoamericanos: han puesto freno a los excesos del neoliberalismo, redistribuyen la riqueza, pero no están construyendo alternativas al modelo exportador decommodities (materias primas). La minería a cielo abierto, los monocultivos sojeros o la extracción de hidrocarburos avanzan en los países con gobiernos progresistas tanto como en los países con gobiernos neoliberales, y con las mismas consecuencias: devastación ambiental y destrucción de culturas y formas de vida de las comunidades rurales e indígenas. En Ecuador, Argentina o Bolivia, las políticas de redistribución de la renta, esas que han sacado a millones de personas de la pobreza en los últimos quince años, dependen de los ingresos de los emprendimientos extractivos. Y al mismo tiempo, en un proceso complejo y contradictorio, Ecuador y Bolivia han dado un paso de gigante al incluir en sus constituciones los derechos de la naturaleza, reconociendo así, subraya Boff, que “los elementos naturales tienen un valor intrínseco, más allá de la utilidad que obtienen los seres humanos de su explotación”.

Ecología: grito de la Tierra, grito de los pobres, tituló Boff una de sus obras más recordadas. La crisis actual, explica el teólogo, no es apenas económica, política o social; es una crisis civilizatoria donde lo que se quiebra es una concepción del mundo, esa según la cual “todo debe girar alrededor de la idea de progreso”, que se basa en la infinitud de los recursos de la tierra. Pero los recursos tienen límites -el también teólogo Franz Hinkelammert lo llamó la “rebelión de los límites”-, así que ese modelo de sociedad basada en la ideología del sobreconsumo está en una crisis que no puede sino ser terminal, como en crisis está “el sentido de la vida que los seres humanos proyectaron en los últimos 400 años”, esto es, la organización de la vida en función de la acumulación de capital.

Y, sin embargo, “el capitalismo prefiere ser suicida que cambiar”, apunta Boff. Las soluciones no pueden venir del capitalismo, ni siquiera de la modernidad occidental. ¿Dónde está la esperanza entonces? “La sabiduría ancestral de los pueblos originarios de América Latina nos muestra otra manera de entender la relación con el Universo: el indio no se siente un extraño dentro de sí mismo; sabe escuchar atentamente los sonidos de la naturaleza; intuitivamente entiende cuál es la vocación del paso del ser humano por la Tierra: captar la majestuosidad del Universo, entender que todo existe para irradiar, y nosotros, para danzar la alegría de la vida”. Esa sabiduría “debe ser revisitada por nuestra cultura materialista, por nuestra voracidad de aparatos que puede llevarnos a un punto de no retorno”. Las cosmovisiones indígenas son “la fuente de inspiración en esta crisis civilizatoria: nos enseñan que podemos ser humanos de otra forma”, subraya.

La noción del Buen Vivir surge así como alternativa civilizatoria, como propuesta para recuperar el equilibrio entre los seres humanos y la naturaleza y sustituir el materialismo individualista por la satisfacción de necesidades legítimas -ya no deseos infinitos- para todos los seres humanos. “Se trata de construir un nuevo tipo de ciudadanía socio-cósmica”, señala Boff; y se trata también de recuperar la espiritualidad, lo sagrado, porque “sin lo sagrado, la afirmación de la dignidad de la Tierra y del límite que habrá que imponer a nuestro deseo de explotación se quedará en una retórica ineficaz”. No hay transformación verdadera sin revolución cultural.

El funesto imperio mundial de las corporaciones

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Por Leonardo Boff

 Los buenos deseos de un año feliz son rituales. No pasan de ser simples deseos, pues no consiguen cambiar el curso del mundo donde los superpoderosos siguen su estrategia de dominación global. Sobre esto necesitamos pensar y hasta rezar, pues las consecuencias económicas, sociales, culturales, espirituales y para el futuro de la especie y de la naturaleza pueden ser nefastas.

 Muchos como J. Stiglitz y P. Krugman esperaban que el legado de la crisis de 2008 sería un gran debate sobre qué tipo de sociedad queremos construir. Se equivocaron de medio a medio. La discusión no se dio. Al contrario, la lógica que provocó la crisis ha sido retomada con más furor. Richard Wilkinson, uno de los mayores especialistas sobre el tema desigualdad, estuvo más atento y dijo hace ya tiempo en una entrevista al periódico Die Zeit de Alemania: “la pregunta fundamental es ésta: ¿queremos o no queremos realmente vivir según el principio de que el más fuerte se apropia de casi todo y el más débil se queda atrás?

 Los super-ricos y super-poderosos decidieron que quieren vivir según el principio darwinista del más fuerte, y que los mas débiles se aguanten. Pero comenta Wilkinson: «creo que todos tenemos necesidad de mayor cooperación y reciprocidad, pues la personas desean una mayor igualdad social». Este deseo es negado intencionadamente por esos epulones.

 Por lo general, la lógica capitalista es feroz: una empresa se come a otra (eufemísticamente se dice que se fusionaron). Cuando se llega a un punto en que sólo quedan algunas grandes, cambian de lógica: en vez de guerrear, hacen entre sí una alianza de lobos y se comportan mutuamente como corderos. Así articuladas detentan más poder, acumulan con más seguridad para sí y para sus accionistas, sin tener en cuenta para nada el bien de la sociedad.

 La influencia política y económica que ejercen sobre los gobiernos, la mayoría de ellos mucho más débiles que ellas, es extremadamente coercitiva, interfiriendo en el precio de las commodities, en la reducción de las inversiones sociales, en la salud, educación, transporte y seguridad. Los miles de personas que ocupan las calles en el mundo y en Brasil intuyeron esa dominación de un nuevo tipo de imperio, cuyo lema es: «la avaricia es buena» (greed is good) y «devoremos lo que podamos devorar».

 Hay excelentes estudios sobre la dominación del mundo por parte de las grandes corporaciones multilaterales. Es conocido el de David Korten Cuando las corporaciones rigen el mundo (When the Corporations rule the World) . Pero hacía falta un estudio de síntesis, y éste ha sido realizado por la Escuela Politécnica Federal Suiza (ETH), en Zurich, en 2011, que se cuenta entre los más respetados centros de investigación, compitiendo con el MIT. El documento ha implicado a grandes nombres, es corto, no más de 10 páginas, y otras 26 sobre su metodología, para mostrar la total transparencia de los resultados. Ha sido resumido por el Prof. de economía de la PUC-SP Ladislau Dowbor en su página web (http://dowbor.org). Nos basamos en él.

 De entre los 30 millones de corporaciones existentes, el ETH seleccionó 43 mil para estudiar mejor su lógica de funcionamiento. El esquema simplificado se articula así: hay un pequeño núcleo financiero central que tiene dos lados: de un lado están las corporaciones que componen el núcleo y del otro, aquellas que son controladas por él. Tal articulación crea una red de control corporativo global. Ese pequeño núcleo (core) constituye una super-entidad (super entity). De él emanan los controles en red, lo que facilita la reducción de los costos, la protección de los riesgos, el aumento de la confianza y, lo que es principal, la definición de las líneas de la economía global que deben ser fortalecidas y dónde.

 Ese pequeño núcleo, fundamentalmente de grandes bancos, detenta la mayor parte de las participaciones en las otras corporaciones. La cúpula controla el 80 % de toda la red de corporaciones. Son apenas 737 actores, presentes en 147 grandes empresas. Ahí están el Deutsche Bank, el J.P. Morgan Chase, el UBS, el Santander, el Goldman Sachs, el BNP Paribas (entre otros muchos). Al final menos del 1 % de las empresas controla el 40 % de toda red.

 Este dato nos permite entender ahora la indignación de los Occupies y de otros que acusan al 1 % de las empresas de hacer lo que quieren con los recursos procedentes del sudor del 99 % de la población. Ellos no trabajan ni producen nada. Solamente hacen más dinero con el dinero lanzado en el mercado de la especulación.

 Fue esta absurda voracidad de acumular ilimitadamente la que gestó la crisis sistémica de 2008. Esta lógica profundiza cada vez más la desigualdad y hace más difícil la salida de la crisis. ¿Cuánto de inhumanidad aguanta el estómago de los pueblos? Todo tiene su límite y la economía no lo es todo. Pero ahora nos es dado ver las entrañas del monstruo. Como dice Dowbor: «La verdad es que hemos ignorado al elefante que está en el centro de la sala». Está rompiendo todo, los cristales, la vajilla y pisoteando a las personas. ¿Pero hasta cuándo? El sentido ético mundial nos asegura que una sociedad no puede subsistir por mucho tiempo asentada sobre la sobreexplotación, la mentira y la antivida.

 Tomado de Alainet

Los aviones no pilotados, la violación más cobarde de los derechos humanos

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Por Leonardo Boff

Vivimos en un mundo en el cual los derechos humanos son violados, prácticamente en todos los niveles, familiar, local, nacional y planetario. El Informe Anual de Amnistía Internacional de 2013 con referencia a 2012, que cubre 159 países, hace exactamente esta dolorosa constatación. En vez de avanzar en el respeto a la dignidad humana y a los derechos de las personas, de los pueblos y de los ecosistemas estamos retrocediendo a niveles de barbarie. Las violaciones no conocen fronteras y las formas de esta agresión se sofistican cada vez más.

La forma más cobarde es la acción de los “drones”, aviones no pilotados que desde una base de Texas, dirigidos por un joven militar ante una pantalla de televisión, como si estuviera jugando, consigue identificar a un grupo de afganos que están celebrando un matrimonio, en el cual presumiblemente debe de haber algún guerrillero de Al Quaeda. Basta esta suposición para, con un pequeño clic, lanzar una bomba que aniquila a todo el grupo, con muchas madres y niños inocentes.

Es la forma perversa de la guerra preventiva, inaugurada por Bush y llevada adelante criminalmente por el presidente Obama, que no ha cumplido las promesas de su campaña en lo referente a los derechos humanos, bien sea el cierre de Guantánamo o la supresión del “Acto Patriótico” (antipatriótico) por el cual cualquier persona en Estados Unidos puede ser detenida por terrorismo, sin necesidad de avisar a su familia. Esto significa secuestro ilegal que nosotros en América Latina conocemos de sobra. En términos económicos y también de derechos humanos se está produciendo una verdadera latinoamericanización de Estados Unidos en el estilo de nuestros peores momentos de la época de las dictaduras militares. Hoy, según dicho Informe de Amnistía Internacional, Estados Unidos es el país que más viola los derechos de las personas y de los pueblos.

Con la mayor indiferencia, como un emperador romano absoluto, Obama se niega a dar cualquier justificación sobre el espionaje mundial que lleva a cabo su gobierno con el pretexto de la seguridad nacional, cubriendo áreas que van desde el intercambio de emails amorosos entre dos enamorados hasta los negocios sigilosos y multimillonarios de Petrobras, violando el derecho a la privacidad de las personas y a la soberanía de todo un país. La seguridad anula la validez de los derechos irrenunciables.

El continente que más violaciones sufre es África. Es el continente olvidado y vandalizado. Las grandes corporaciones y China compran tierras (land grabbing) para producir en ellas alimentos para sus poblaciones. Es una neocolonización más perversa que la anterior.

Los miles y miles de refugiados e inmigrantes por causa del hambre y de la erosión de sus tierras son los más vulnerables. Conforman una subclase de personas, rechazadas por casi todos los países, “en una globalización de la insensibilidad” como la llamó el Papa Francisco. La situación de muchas mujeres, dice el Informe de Amnistía Internacional, es dramática. Son más de la mitad de la humanidad, muchas de ellas sujetas a violencias de todo tipo y en varias partes de África y de Asia todavía sometidas obligatoriamente a la mutilación genital.

La situación de nuestro país es preocupante dado el nivel de violencia que campea por todas partes. Diría que no es violencia, sino que estamos montados sobre estructuras de violencia sistémica que pesa sobre más de la mitad de la población afrodescendiente, sobre los indígenas que luchan por preservar sus tierras contra la voracidad impune del agronegocio, sobre los pobres en general y sobre los LGBT, discriminados y hasta asesinados. Porque nunca hicimos una reforma agraria, ni política, ni tributaria, vemos que nuestras ciudades se llenan de cientos y cientos de “comunidades pobres” (favelas) donde los derechos a la salud, a la educación, a la infraestructura y a la seguridad están deficientemente garantizados.

El fundamento último del cultivo de los derechos humanos reside en la dignidad de cada persona humana y en el respeto que le es debido. Dignidad significa que ella es portadora de espíritu y de libertad que le permiten moldear su propia vida. El respeto es el reconocimiento de que cada ser humano posee un valor intrínseco, es un fin en sí mismo y jamás un medio para ninguna otra cosa. Delante de cada ser humano, por anónimo que sea, todo poder encuentra su límite, también el Estado.

El hecho es que vivimos en un tipo de sociedad mundial que ha puesto a la economía como su eje estructurador. La razón es solo utilitarista y todo, hasta la persona humana, como lo denuncia el Papa Francisco, es convertido en “un bien de consumo que una vez usado se puede descartar”. En una sociedad así no hay lugar para derechos, sólo para intereses. Hasta el derecho sagrado a la comida y la bebida únicamente está garantizado para quien puede pagar. Si no puede, estará al pie de la mesa, junto a los perros, esperando alguna migaja que caiga de la mesa repleta de los epulones.

En este sistema económico, político y comercial se asientan las causas principales, no exclusivas, que llevan permanentemente a la violación de la dignidad humana. El sistema vigente no ama a las personas, solamente su capacidad de producir y de consumir. Del resto, son solamente resto, aceite gastado en la producción.

La tarea además de humanitaria y ética es principalmente política: cómo transformar este tipo de sociedad malvada en una sociedad donde los humanos puedan tratarse humanamente y gozar de derechos básicos. De lo contrario, la violencia es la norma.

Tomado de Adital

 

La extrema arrogancia del imperio: el espionaje universal

Por Leonardo Boff

El secuestro del Presidente de Bolivia Evo Morales, impidiendo que su avión sobrevolase el espacio europeo y la revelación del espionaje universal por parte de los órganos de información y control del gobierno estadounidense (NSA) nos llevan a reflexionar sobre un tema cultural de graves consecuencias: la arrogancia. Los hechos referidos muestran a qué nivel ha llegado la arrogancia de los europeos, forzados por los Estados Unidos. La arrogancia es un tema central de la reflexión griega de la cual venimos. Modernamente ha sido estudiada en profundidad por un pensador italiano con formación en economía, sociología y psicología analítica, Luigi Zoja, cuyo libro ha sido publicado en Brasil: História da Arrogância (Axis Mundi, São Paulo, 2000).

En este libro denso, se hace la historia de la arrogancia en las culturas mundiales, especialmente en la cultura occidental. Los pensadores griegos (filósofos y dramaturgos) notaron que la racionalidad que se liberaba del mito venía habitada por un demonio que la llevaría a conocer y a desear ilimitadamente, en un proceso sin fin. Esa energía tiende a romper todos los límites y a terminar en la arrogancia, el verdadero pecado que los dioses castigaban duramente. Se llamó hybris al exceso en cualquier campo y Némesis al principio divino que castiga la arrogancia.

El imperativo de la Grecia antigua era méden ágan: «nada en exceso». Tucídides hará decir a Pericles, el genial político de Atenas: «amamos lo bello pero con frugalidad; usamos la riqueza para emprendimientos activos, sin ostentaciones inútiles; para nadie la pobreza es vergonzosa, pero es vergonzoso no hacer lo posible para superarla». En todo buscaban la justa medida.

La ética oriental, budista e hindú, predicaba la imposición de límites al deseo. El Tao Te King ya sentenciaba: «no hay mayor desgracia que no saber contentarse» (cap.46); «habría sido mejor parar, antes que el vaso se desbordase» (cap.9).

La hybris-exceso-arrogancia es el mayor vicio del poder, sea personal, sea de un grupo o de un imperio. Hoy esa arrogancia toma cuerpo en el imperio norteamericano, que somete a todos, y en el ideal del crecimiento ilimitado que subyace a nuestra cultura y a la economía política.

Ese exceso-arrogancia ha llegado en los días actuales a su culmen en dos frentes: en la vigilancia ilimitada, que consiste en la capacidad de que un poder imperial controle, por sofisticada tecnología cibernética, a todas las personas, violando los derechos de soberanía de un país y el derecho inalienable a la privacidad personal. Es señal de debilidad y de miedo de un imperio que ya no consigue convencer con argumentos ni atraer por sus ideales. Entonces necesita usar la violencia directa, la mentira, irrespetar los derechos y los estatutos consagrados internacionalmente. Según los grandes historiadores de las culturas, Toynbee y Burckhard, estas son las señales inequívocas de la decadencia irrefrenable de los imperios. Pero al hundirse causan estragos inimaginables.

El segundo frente de la hybris-exceso reside en el sueño del crecimiento ilimitado mediante la explotación despiadada de los bienes y servicios naturales. Occidente creó y exportó a todo el mundo este tipo de crecimiento, medido por la cantidad de bienes materiales (PIB). Rompe con la lógica de la naturaleza que siempre se autorregula manteniendo la interdependencia de todos con todos. Así un árbol no crece ilimitadamente hasta el cielo; de la misma forma el ser humano conoce sus límites físicos y psíquicos. Pero este proyecto hace que el ser humano imponga a la naturaleza su regulación arrogante: así consume hasta enfermarse y al mismo tiempo busca la salud total y la inmortalidad biológica. Ahora que os límites de la Tierra se han hecho sentir, pues se trata de un planeta pequeño y enfermo, lo fuerza con nuevas tecnologías a producir más. La Tierra se defiende creando el calentamiento global con sus eventos extremos.

Con propiedad dice Soja: «el crecimiento sin fin no es nada más que una ingenua metáfora de la inmortalidad» (p.11). Samuel P. Huntington en su discutido libro El choque de civilizaciones (Paidós 1998) afirmaba que la arrogancia occidental constituye «la fuente más peligrosa de inestabilidad y de un posible conflicto global en un mundo multicivilizacional» (p.397). Este sobrepasar todos los límites está agravado por la ausencia de la razón sensible y cordial. Por ella leemos emotivamente los datos, escuchamos los mensajes de la naturaleza y percibimos lo humano de la historia humana, dramática y esperanzadora.

La aceptación de los límites nos hace humildes y conectados a todos los seres. El imperio norteamericano, por la lógica propia de la arrogancia dominadora, se distancia de todos, crea desconfianzas pero jamás amistad y admiración.

Termino con un cuento de León Tolstoi en el estilo de João Cabral de Mello Neto: ¿De cuánta tierra precisa un hombre? . Un hombre hizo un pacto con el diablo: recibiría toda la tierra que consiguiese recorrer a pie. Se puso a andar día y noche, sin parar, de valle en valle, de monte en monte. Hasta que extenuado cayó muerto. Comenta Tolstoi: si conociese su límite, sabría que apenas le bastaban unos metros; más que eso no necesitaría para ser sepultado.

Para ser admirados, los Estados Unidos no necesitarían más que su propio territorio y su propio pueblo. No precisarían desconfiar de todos ni fisgonear la vida de todo el mundo.

Tomado del blog del autor

¿Un Concilio de toda la Cristiandad?

Por Leonardo Boff

Hemos celebrado los 50 años de la muerte del Papa Juan XXIII (1881-1963), seguramente el Papa más importante del siglo XX. A él se debe la renovación de la Iglesia católica que intentó definir su lugar dentro del mundo moderno. El 25 de enero de 1959, sin avisar a nadie, declaró ante los cardenales estupefactos reunidos en la abadía benedictina de San Pablo Extramuros que iba a convocar un concilio ecuménico. Había hecho por su cuenta un juicio crítico sobre la situación del mundo y de la Iglesia y había percibido que estábamos ante una nueva fase histórica: la del mundo moderno, con su ciencia, su técnica, sus libertades y derechos. La Iglesia tenía que ubicarse positivamente dentro de esta realidad que surgía. La actitud que había hasta entonces era de desconfianza y condena. El Papa entendía que este comportamiento llevaba a la Iglesia al aislamiento y a un estancamiento que le hacía daño y daño a su misión en el mundo.

Repitió el viejo dicho: vox temporis vox Dei (“la voz del tiempo es la voz de Dios”). Esto no significa, dijo, “que todo en el mundo tal como está sea la voz de Dios. Significa que todo porta un mensaje de Dios, bueno para que lo sigamos, malo para que lo cambiemos”.

En efecto, el Concilio Vaticano II se realizó en Roma (1962-1965), el Papa lo abrió, pero murió antes de su finalización (1963). Su espíritu, sin embargo, marcó todo el evento, con consecuencias hasta nuestros días.

Dos fueron sus lemas principales: aggiornamento y concilio pastoral. Aggiornamento es decir sí a lo nuevo, sí a la actualización de la Iglesia en su lenguaje, en su estructura y en su forma de presentarse al mundo. Concilio pastoral quería expresar una relación de apertura con la gente y con el mundo, de diálogo, de aceptación y de fraternidad. Así que nada de condena al modernismo y a la “nouvelle Theologie” como se había hecho furiosamente antes. En lugar de doctrinas, diálogo, aprendizaje mutuo e intercambio.

Tal vez esta afirmación de Juan XXIII resuma todo su espíritu: “La vida del cristiano no es una colección de antigüedades. No se trata de visitar un museo o una academia del pasado. Esto, sin duda puede ser útil —como lo es la visita a los monumentos antiguos— pero no es suficiente. Se vive para progresar, si bien sacando provecho de las prácticas y de las experiencias del pasado, para ir siempre más lejos en el camino que Nuestro Señor nos va mostrando”.

De hecho, el Concilio puso a la Iglesia en el mundo moderno, participando de sus avatares y sus logros. La Iglesia en América Latina pronto se dio cuenta de que no solo existía el mundo moderno, sino el submundo del cual poco se había hablado en el Concilio. En Medellín (1969) y en Puebla (1979) se vio que la misión de la Iglesia en este submundo hecho de pobreza y opresión debía ser de promoción de la justicia social y de liberación.

Han pasado ya 50 años desde el Concilio. El mundo y el submundo cambiaron mucho. Han surgido nuevos desafíos: la globalización económico-financiera y la consecuente conciencia planetaria, la disolución del imperio soviético, las nuevas formas de comunicación social (internet, redes sociales y otras) que han unificado el mundo, la erosión de la biodiversidad, la percepción de los límites de la Tierra y la posibilidad de exterminio de la especie humana y con ella del proyecto planetario humano.

Con las categorías del Concilio Vaticano II no podemos atender esta nueva realidad amenazante. Todo apunta a la necesidad de un nuevo Concilio ecuménico. Ahora no se trata de convocar solamente a los obispos de la Iglesia Católica. Ante los peligros que tenemos que enfrentar, todo el Cristianismo, con sus Iglesias, está siendo desafiado. Precisamos tomar en serio la alianza que el gran biólogo E. Wilson proponía entre las Iglesias y las religiones y la tecnociencia, si es que queremos salvar la vida del planeta. (cf. La creación, Salvemos la vida en la Tierra, 2006). ¿Cómo pueden contribuir estas fuerzas religiosas a que todavía tengamos futuro? La supervivencia de la vida en la Tierra es el supuesto de todo. Sin ella, se desvanecen todos los proyectos y todo pierde sentido. Los cristianos deberán olvidar sus diferencias y polémicas y unirse para esta misión salvadora.

El Papa Francisco tiene la capacidad de convocar a la totalidad de las expresiones cristianas, a los hombres y a las mujeres, asesorados por personas de reconocido saber, incluso no religiosas, para identificar el tipo de colaboración que podemos ofrecer en la línea de una nueva conciencia de respeto, de veneración, de cuidado de todos los ecosistemas, de compasión, de solidaridad, de sobriedad compartida y de responsabilidad sin restricciones, pues todos somos interdependientes.

Con su forma de ser y de pensar el Papa Francisco despierta en todos nosotros la razón cordial, sensible y espiritual. Unida a la razón intelectual, protegeremos y cuidaremos, cuidaremos y amaremos esta única Casa Común que el universo y Dios nos han legado. Sólo así garantiremos nuestra continuidad sobre la Tierra.

Tomado de Adital

La Teología de la Liberación y el nuevo pontífice El otro Papa, el otro Boff…

Por Sergio Ferrari

En torno a la visita del Papa Francisco a Brasil en los últimos días de julio, el teólogo brasileño de la liberación y de la ecología Leonardo Boff no escatimó sus elogios hacia el nuevo Obispo de Roma. A quien considera un hombre “libre de espíritu”; le emparenta en ciertas virtudes al mismo Francisco de Asís y lo reivindica por su “espléndido rescate de la razón cordial”. Para Boff, el jefe vaticano es “una figura fascinante que llega al corazón de los cristianos y de otras personas”.

El legado mayor durante su visita a Brasil, fue su (propia) figura, enfatizó Boff en una entrevista con este corresponsal apenas finalizado el periplo del Pontífice. “Representó el más noble de los líderes, el líder servidor que no hace referencia a sí mismo sino a los demás, con cariño y cuidado, evocando esperanza y confianza en el futuro…”.

En  el diálogo Boff, -quien había sido duramente condenado al “silencio y obediencia” por el Vaticano en 1985 por su conceptualización y compromiso con la Teología de la Liberación-, reivindicó lo que para él son los aspectos esenciales que dejó este primer contacto del Papa con Latinoamérica.

Presentó una “visión humanística en la política, en la economía, en la erradicación de la pobreza”.  Criticó duramente el sistema financiero…definió a la democracia como ‘humildad social’, reivindicó el derecho de los jóvenes a ser escuchados”, enumera Boff.

Subrayando el aporte del Pontífice en el campo de la ética, “fundada en la dignidad trascendente de la persona”, y expresada de esta forma en su “discurso recurrente”.

El teólogo brasilero y premio Nobel alternativo de la paz de 2001 consideró, sin embargo, que durante la estadía brasileña del Sumo Pontífice fue el “campo religioso el más fecundo y directo”. El discurso “más severo lo reservó para los obispos y cardenales latinoamericanas (CELAM). Reconoció que la Iglesia – y él se incluía- está atrasada en lo que se refiere a la reforma de sus estructuras…Criticó la ‘psicología principesca’ de algunos miembros de la jerarquía”.

Anticipando, además, los dos ejes principales de la pastoral según la visión del nuevo Papa: “la proximidad al pueblo…y el encuentro marcado de cariño y ternura…”. Habló incluso -enfatiza Boff -, “de la revolución de la ternura, cosa que él demostró vivir personalmente”.

Desde el mismo día de la elección del Cardenal Jorge Bergoglio al papado, Leonardo Boff, quien en 1992 asqueado por el mal trato vaticano había quitado el sacerdocio, reorientó bruscamente su respetada voz hacia la defensa del nuevo Pontífice. Nunca entró en el debate sobre el rol jugado por el Cardenal y la jerarquía católica argentina durante la última dictadura militar.

Apenas seis años atrás, en mayo del 2007, a las puertas de la 5ta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe que se realizaría días más tarde en Aparecida y donde Bergoglio jugó un rol muy importante, Boff  había catalogado a una buena parte de la jerarquía católica como de “burócratas de lo sagrado” en una entrevista anterior con este corresponsal. Exteriorizando así su lectura entonces escéptica hacia la situación general de la Iglesia; su incapacidad estructural  al cambio; y su rigidez para abrirse a los grandes temas desafiantes de la humanidad, en particular la ecología y la propia renovación institucional interna.

Los dos Papas anteriores, Juan Pablo II y Benedicto XVI fueron para Boff y numerosos teólogos, principalmente de América Latina, los principales responsables de tratar de deslegitimar la Teología de la Liberación, sus teóricos y promotores, así como sus propuestas organizativas, en particular las Comunidades Eclesiales de Base, tan ampliamente desarrolladas en todo el continente.

Había sido el Cardenal Ratzinger, entonces Prefecto para la Congregación de la Doctrina y de la Fe y posteriormente Papa Benedicto XVI, uno de los responsables directos de la sanción vaticana contra Boff.

Le elección del primer Papa latinoamericano en marzo pasado, sin embargo, se convirtió en un verdadero shock de esperanza y punto de partida de un cambio radical de percepción y valoración de parte del teólogo de la liberación. Quien no ha escondido su deseo explícito, antes o después, de ser recibido por Francisco I y a quien le ha hecho llegar como regalo, durante su estadía en Río de Janeiro, un ejemplar de su último y sugestivo libro: Francisco de Asís y Francisco de Roma: ¿una nueva primavera en la Iglesia?

Todas señales que indicarían la apertura de un proceso paulatino hacia la eventual “normalización” de relaciones entre Boff –en tanto cabeza visible de ese sector castigado de la iglesia popular-  y el poder jerárquico romano.

Aunque el desenlace del proceso de acercamiento queda abierto,  los signos indicativos, reforzados durante el viaje del Papa Francisco a Brasil, son relevantes.

En primer lugar, la voluntad explícita de Boff y Francisco de avanzar en el proceso de encuentro. La existencia de importantes canales que facilitan la comunicación casi directa entre ambos. Sin menospreciar, adicionalmente, las actualizadas reflexiones de Boff – y otros referentes del sector popular de la Iglesia- (ver recuadro) que en los últimos cuatro meses no ha dejado de reivindicar las virtudes del nuevo Papa.  A partir de quien, el teólogo brasilero, cree percibir la posibilidad del cambio interno de una Iglesia hasta ahora dirigida, casi exclusivamente, por los burócratas de lo sagrado.

Sergio Ferrari, colaboración de E-CHANGER, ONG suiza de cooperación solidaria presente en Brasil

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Los teólogos de la liberación y el Papa Francisco

Sergio Ferrari

Los gestos de simplicidad, de modestia y de cercanía a la gente de parte del Papa Francisco han sido hasta ahora, para teólogos como Leonardo Boff, la prueba más contundente de un cambio positivo dentro de la Iglesia desde marzo de este año.

Es posible que en el caso del premio Nobel alternativo 2001, pesen también factores subjetivos para enfatizar las señales de apertura. Llegando a los 75 años, Boff, que nunca renunció a su profunda fe, a su pertenencia a la Iglesia y a su adhesión a los valores cristianos, quiere terminar sus días en “paz” con la institución donde nació, creció y “militó”. La reconciliación de la Iglesia con Boff – luego de condenarlo al silencio total en 1985- sería, formalmente, el reconocimiento de un error o exceso institucional. No sólo hacia el teólogo brasilero sino sobre todo hacia la Teología de la Liberación, nacida en América Latina y enraizada sólidamente en ese continente.

La visión positiva hacia Francisco es compartida total o parcialmente por otros referentes de esa línea de pensamiento. Su compatriota y amigo, Frei Betto, en una carta pública que le envió al Papa días antes de su viaje a Brasil, enfatizaba: “Usted inyectó en todos nosotros renovadas esperanzas en la Iglesia Católica al adoptar actitudes más próximas al Evangelio de Jesús que las rúbricas monárquicas predominantes en el Vaticano…”. Y reivindica el gesto del Papa de criticar abiertamente, en la isla de Lampedusa, “la globalización de la indiferencia”.

Por su parte, el teólogo jesuita salvadoreño – de español- Jon Sobrino, otro referente del sector popular de la Iglesia, subrayaba en junio en un artículo publicado en la revista de la Universidad Centroamericana de su país, que “después de dos meses y medio de ser elegido, el Papa Francisco sigue su camino de un modo claro y coherente”. Insistiendo que se respiran aires de cambio, como los del Vaticano II (Concilio reformador en los años sesenta) y de Juan XXIII (el Papa bueno). Aunque enfatizaba que está por verse como se posicionará ante el capitalismo internacional y como emprenderá de verdad la reforma de la Curia…

El sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, uno de los padres fundadores de la Teología de la Liberación, manifestó en los últimos meses una particular esperanza en la dinámica actual de la Iglesia. Gutiérrez acaba de publicar en Italia el libro “De la parte de los pobres, Teología de la Liberación, Teología de la Iglesia” (Ediciones Messaggero, Padua, Emi). Antología de ensayos, impresa en Alemania en el 2004 y escrita a cuatro manos junto con el arzobispo alemán Gerhard Ludwig Müller, actual Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y amigo íntimo de Gutiérrez. Recientemente Müller declaró que «El movimiento eclesial teológico de América Latina, conocido como “teología de la liberación”, que después del Vaticano II encontró eco en todo el mundo, debe ser considerado, según mi parecer, entre las corrientes más significativas de la teología católica del siglo XX».

Si bien las señales de acercamiento entre Roma y la Teología de la Liberación transitan una primera etapa, nunca en los últimos treinta años habían sido tan significativas, bilaterales y consecuentes como en los últimos cinco meses.

Fuente alainet.org

La refundación de Brasil: el anhelo que viene de las calles?

Por Leonardo Boff

La gente que estaba en la calle en el mes de junio, de forma consciente o inconsciente, ¿qué era lo que quería? Para responder voy a apoyarme en tres citas inspiradoras.

La primera es de Darcy Ribeiro en el prefacio de mi libro El caminar de la Iglesia con los oprimidos (1998): «Nosotros los brasileños surgimos de una empresa colonial brasileña que no tenía intención de fundar un pueblo. Quería solo generar beneficios empresariales exportables con pródigo desgaste de gentes».

La segunda es de Luiz Gonzaga de Souza Lima en la última y creativa interpretación de Brasil: La refundación de Brasil: hacia una sociedad biocentrada (São Carlos 2011): «Cuando se llega al final, ahí donde terminan las carreteras, es porque ha llegado la hora de inventar otros rumbos, es el momento para una nueva búsqueda, es el momento para que Brasil se refunde: la refundación es el camino nuevo, de todos los posibles, el que vale más la pena, ya que es propio del ser humano no economizar los sueños y esperanzas; Brasil fue fundado como una empresa. Es hora de refundarlo como sociedad» (contraportada).

La tercera es del escritor francés François-René de Chateaubriand (1768-1848): «Nada es más fuerte que una idea cuando ha llegado el momento de su realización».

Mi impresión es que las multitudinarias manifestaciones de la calle, que se hicieron sin siglas, sin carteles de movimientos y partidos conocidos y sin carro de sonido, que irrumpieron espontáneamente querían decir que estamos cansados del tipo de Brasil que tenemos y hemos heredado: corrupto, con una democracia de baja intensidad, que hace políticas ricas para los ricos y pobres para los pobres, en el que las mayorías no cuentan y pequeños grupos extremadamente opulentos controlan el poder social y político. Queremos otro Brasil, que esté a la altura de la conciencia que desarrollamos como ciudadanos y de nuestra importancia en el mundo, con la biodiversidad de nuestra naturaleza, con la creatividad de nuestra cultura y con el mayor patrimonio que tenemos, que es nuestro pueblo, mestizo, alegre, sincrético, tolerante y místico.

De hecho, hasta hoy en día Brasil fue y sigue siendo un apéndice del gran juego económico y político del mundo. Incluso políticamente liberados, todavía estamos recolonizados, pues las potencias centrales antes colonizadoras quieren mantenernos en aquello a lo que nos condenaron siempre: ser una gran compañía neocolonial exportadora de materias primas, granos, carne, minerales, como lo afirma en detalle Luiz Gonzaga de Souza Lima y lo reafirmó Darcy Ribeiro antes citado. De esta manera impiden que realicemos nuestro proyecto de nación independiente y abierta al mundo. Dice con fina sensibilidad social de Souza Lima: «Aunque nunca haya existido en la realidad, hay un Brasil en el imaginario y en los sueños del pueblo brasileño. El Brasil que vive dentro de cada uno es una producción cultural. La sociedad construyó un Brasil diferente del histórico real, el país del futuro, soberano, libre, justo, fuerte, pero sobre todo alegre y feliz» (p.235). En los movimientos de la calle estalló este sueño exuberante de Brasil.

Caio Prado Júnior en su Revolución brasileña (Brasiliense 1966) escribió proféticamente: «Brasil se encuentra en uno de esos momentos en que se imponen de pronto reformas y transformaciones rápidas capaces de reestructurar la vida del país de una manera compatible con sus necesidades más amplias y profundas y con las aspiraciones de la gran masa de la población que, en el estado actual, no son debidamente atendidas» (p. 2). Chateaubriand confirma que esta idea antes descrita ha madurado y ha llegado el momento de su realización. ¿No sería ese el sentido básico de las reclamaciones de tantos miles de personas en la calle? Quieren otro Brasil.

¿Sobre qué bases se hará la refundación de Brasil? Souza Lima dice que sobre lo más fecundo y original que tenemos: la cultura brasileña. «A través de nuestra cultura el pueblo brasileño verá sus infinitas posibilidades históricas. Es como si la cultura, impulsada por un flujo creativo de gran alcance, se hubiera constituido lo suficiente para escapar de las limitaciones estructurales de dependencia, de subordinación y de los límites estrechos de la estructura socio-económica y política de la empresa-Brasil y del Estado que ella creó para sí. La cultura brasileña escapa entonces de la mediocridad de la condición, se propone a sí misma en igualdad de dignidad en relación a todas las culturas, y presenta al mundo sus contenidos y sus valencias universales» (p.127).

No hay espacio aquí para detallar esta tesis original. Remito al lector/a a este libro que está en la línea de los grandes intérpretes de Brasil como Gilberto Freyre, Sérgio Buarque de Hollanda, Caio Prado Jr., Celso Furtado y otros. La mayoría de estos clásicos intérpretes miraron hacia atrás y trataron de mostrar cómo hemos construido Brasil. Souza Lima mira hacia adelante y trata de mostrar cómo se puede refundar Brasil en una nueva fase planetaria, ecozóica, rumbo a lo que él llama “una sociedad biocentrada”.

¿No serán estos miles de manifestantes los protagonistas anticipadores del ancestral y popular sueño brasileño? Que así lo quiera Dios y lo permita la historia.

Tomado de Adital

Los profetas leen el presente y anticipan el futuro

Leonardo Boff

Profeta en sentido bíblico no es en primer lugar aquel que prevé el futuro. Es aquel que analiza el presente, identifica tendencias, generalmente desviadas, hace advertencias y hasta amenazas. Anuncia el juicio de Dios sobre el curso presente de la historia y hace promesas de liberación de las calamidades.

A partir de la captación de las tendencias, hace previsiones para el futuro. En el fondo afirma: si continúa este tipo de comportamiento de los dirigentes y del pueblo sucederán fatales desgracias. Éstas son consecuencia de las violaciones de leyes sagradas. Y ahí proyectan escenarios dramáticos que tienen una función pedagógica: Hacer entrar a todos en razón y en la observancia de lo que es justo y recto delante de Dios y de la naturaleza.

Leyendo a algunos profetas del Antiguo Testamento y también advertencias de Jesús sobre la situación de los tiempos futuros, casi espontáneamente nos acordamos de nuestros dirigentes y de su comportamiento irresponsable ante los dramas que se están preparando para la Tierra, para la biosfera y para el eventual destino de nuestra civilización.

Hace días en algunas partes del mundo se ha roto la barrera considerada como la línea roja que debería ser respetada a toda costa: no permitir que la presencia de dióxido de carbono en la atmósfera llegase a 400 partes por millón. Y lamentablemente ha llegado. Alcanzado este nivel, difícilmente el clima calentado volverá atrás. Se estabilizará y podrá seguir subiendo. La Tierra quedará calentada unos dos grados centígrados o más. Muchos organismos vivos no conseguirán adaptarse, pues no tienen como minimizar los efectos negativos, y acabarán desapareciendo. La desertificación se acelerará; se perderán cosechas, miles de personas tendrán que abandonar sus lugares a causa del calor insoportable y la imposibilidad de garantizar su alimentación.

En un contexto así leo al profeta Isaías. Vivió en el siglo VIII a. C., uno de los periodos más conturbados de la historia. Israel se encontraba exprimido entre dos potencias, Egipto y Asiria, que se disputaban la hegemonía. Tan pronto era invadido por una de estas potencias como por la otra dejando un rastro de devastación y de muerte.

En este contexto dramático Isaías escribe un capítulo entero, el 24º, en una línea de devastación ecológica. Las descripciones se asemejan a lo que puede sucedernos a nosotros si las naciones del mundo no se organizan para parar el calentamiento global, especialmente el abrupto, ya avisado por notables científicos, que podría ocurrir antes de finales del presente siglo. Si efectivamente ocurriera, la especie humana correría gran riesgo de ser diezmada y de que se destruyera gran parte de la biosfera.

Debemos tomar en serio a los profetas. Ellos descifran tendencias en una perspectiva que va más allá del espacio y del tiempo. Por eso también nuestra generación podría estar incluida en sus amenazas. Transcribo partes del capítulo 24 como advertencia y material de meditación.

“Lo mismo sucederá al acreedor y al deudor. La Tierra será totalmente devastada. Ella ha sido profanada por sus habitantes porque trasgredieron las leyes, pasaron por encima de los preceptos, rompieron la alianza eterna. Por esta razón, la maldición ha devorado la Tierra, la culpa es de los que en ella habitan… La Tierra se rompe, tiembla violentamente, es fuertemente sacudida. La Tierra se tambalea como un borracho, se agita como una cabaña… La luna se sonrojará y el sol tendrá vergüenza”.

Jesús, el último y el mayor de todos los profetas advierte: “se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá hambre y peste y terremotos en diversos lugares” (Mateo 24, 7). “En la Tierra los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Las gentes desfallecerán de miedo ante la expectativa de lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán” (Lucas 22, 25-27).

¿No ocurren escenas semejantes en los tsunamis del sudeste de Asia, en Fukushima en Japón, en los grandes tornados y ciclones como el Katrina y el Sandy en Estados Unidos y en otros lugares del planeta? ¿Las personas no se llenan de pavor al presenciar tal devastación y ver el suelo cubierto de cadáveres? Estas catástrofes no suceden por casualidad, suceden porque hemos roto la alianza sagrada con la Tierra y sus ciclos. Son señales y analogías que nos llaman a la responsabilidad.

Curiosamente, a pesar de todos estos escenarios de destrucción, la palabra profética termina siempre con esperanza. Dice el profeta Isaías: “Dios quitará el velo de tristeza que cubre a todas las naciones. Enjugará las lágrimas de todos los rostros… Aquel día se dirá: este es nuestro Dios, en quien hemos esperado y Él nos salvará” (25,7.9). Y Jesús remata prometiendo: “cuando empiecen a suceder estas cosas, animaos y levantad la cabeza porque se acerca la liberación” (Lucas 21,28).

Después de estas palabras proféticas no cabe comentario; solo el silencio pesaroso y meditativo.

Tomado de Adital

Francisco de Asís y Francisco de Roma

Por Leonardo Boff

Desde que el obispo de Roma electo, y por eso Papa, asumió el nombre de Francisco, se hace inevitable la comparación entre los dos Franciscos, el de Asís y el de Roma. Además, el Francisco de Roma se remitió explícitamente a Francisco de Asís. Evidentemente no se trata de mimetismo, sino de constatar puntos de inspiración que nos indiquen el estilo que el Francisco de Roma quiere conferir a la dirección de la Iglesia universal.

Hay un punto común innegable: la crisis de la institución eclesiástica. El joven Francisco dice haber oído una voz venida del Crucifijo de San Damián que le decía: “Francisco repara mi Iglesia porque está en ruinas”. Giotto lo representó bien, mostrando a Francisco soportando sobre sus hombros el pesado edificio de la Iglesia.

Nosotros vivimos también una grave crisis por causa de los escándalos internos de la propia institución eclesiástica. Se ha oído el clamor universal («la voz del pueblo es la voz de Dios»): «reparen la Iglesia que se encuentra en ruinas en su moralidad y su credibilidad». Y se ha confiado a un cardenal de la periferia del mundo, a Bergoglio, de Buenos Aires, la misión de restaurar, como Papa, la Iglesia a la luz de Francisco de Asís.

En el tiempo de san Francisco de Asís triunfaba el Papa Inocencio III (1198-1216) que se presentaba como «el representante de Cristo». Con él se alcanzó el grado supremo de secularización de la institución eclesiástica con intereses explícitos de «dominium mundi», de dominación del mundo. Efectivamente, por un momento, prácticamente toda Europa hasta Rusia estaba sometida al Papa. Se vivía en la mayor pompa y gloria. En 1210, con muchas dudas, Inocencio III reconoció el camino de pobreza de Francisco de Asís

. La crisis era teológica, pues una Iglesia-imperio temporal y sacral contradecía todo lo que Jesús quería.

Francisco vivió la antítesis del proyecto imperial de Iglesia. Al evangelio del poder, presentó el poder del evangelio: en el despojamiento total, en la pobreza radical y en la extrema sencillez. No se situó en el marco clerical ni monacal, sino que como laico se orientó por el evangelio vivido al pie de la letra en las periferias de las ciudades, donde están los pobres y los leprosos, y en medio de la naturaleza, viviendo una hermandad cósmica con todos los seres. Desde la periferia habló al centro, pidiendo conversión. Sin hacer una crítica explícita, inició una gran reforma a partir de abajo pero sin romper con Roma. Nos encontramos ante un genio cristiano de seductora humanidad y de fascinante ternura y cuidado que puso al descubierto lo mejor de nuestra humanidad.

Estimo que esta estrategia debe haber impresionado a Francisco de Roma. Hay que reformar la Curia y los hábitos clericales de toda la Iglesia. Pero no hay que crear una ruptura que desgarraría el cuerpo de la cristiandad.

Otro punto que seguramente habrá inspirado a Francisco de Roma: la centralidad que Francisco de Asís otorgó a los pobres. No organizó ninguna obra para los pobres, sino que vivió con los pobres y como los pobres. Francisco de Roma, desde que lo conocemos, vive repitiendo que el problema de los pobres no se resuelve sin la participación de los pobres, no por la filantropía sino por la justicia social. Ésta disminuye las desigualdades que castigan a América Latina y, en general, al mundo entero.

El tercer punto de inspiración es de gran actualidad: cómo relacionarnos con la Madre Tierra y con los bienes y servicios escasos. En la alocución inaugural de su entronización, Francisco de Roma usó más de 8 veces la palabra cuidado. Es la ética del cuidado, como yo mismo he insistido fuertemente, la que va a salvar la vida humana y garantizar la vitalidad de los ecosistemas. Francisco de Asís, patrono de la ecología, será el paradigma de una relación respetuosa y fraterna hacia todos los seres, no encima sino al pie de la naturaleza.

Francisco de Asís mantuvo con Clara una relación de gran amistad y de verdadero amor. Exaltó a la mujer y a las virtudes considerándolas «damas». Ojalá inspire a Francisco de Roma una relación con las mujeres, que son la mayoría de la Iglesia, no sólo de respeto, sino también dándoles protagonismo en la toma de decisiones sobre los caminos de la fe y de la espiritualidad en el nuevo milenio.

Por último, Francisco de Asís es, según el filósofo Max Scheler, el prototipo occidental de la razón cordial y emocional. Ella nos hace sensibles a la pasión de los que sufren y a los gritos de la Tierra. Francisco de Roma, a diferencia de Benedicto XVI, expresión de la razón intelectual, es un claro ejemplo de la inteligencia cordial que ama al pueblo, abraza a las personas, besa a los niños y mira amorosamente a las multitudes. Si la razón moderna se amalgama con la sensibilidad del corazón, no será tan difícil cuidar la Casa Común y a los hijos e hijas desheredados, y alimentaremos la convicción muy franciscana de que abrazando cariñosamente al mundo, estamos abrazando a Dios.

Tomado del blog del autor

El Papa Francisco llamado a restaurar la Iglesia

Por Leonardo Boff

En las redes sociales había anunciado que el futuro Papa se llamaría Francisco. Y no me equivoqué. ¿Por qué Francisco? Porque San Francisco comenzó su conversión al oír al Crucifijo de la capilla de San Damián decirle: “Francisco, ve y restaura mi casa, mira que está en ruinas” (San Buenaventura, Leyenda Mayor II, 1).

Francisco tomó al pie de la letra estas palabras y reconstruyó la iglesita de la Porciúncula, en Asís, que aún existe en el interior de una inmensa catedral. Después se dio cuenta de que era algo espiritual restaurar la «Iglesia que Cristo rescató con su sangre» (ibid.). Fue entonces cuando comenzó su movimiento de renovación de la Iglesia, presidida por el Papa más poderoso de la historia, Inocencio III. Comenzó a vivir con los leprosos y del brazo de uno de ellos iba por los caminos predicando el evangelio en lengua popular y no en latín.

Es bueno saber que Francisco nunca fue sacerdote sino laico solamente. Sólo al final de su vida, cuando los Papas prohibieron a los laicos predicar, aceptó ser diácono a condición de no recibir ningún tipo de remuneración por el cargo.

¿Por qué el cardenal Jorge Mario Bergoglio ha elegido el nombre de Francisco? Creo que ha sido porque se dio cuenta de que la Iglesia está en ruinas por la desmoralización debida a los diversos escándalos que han afectado a lo más precioso que ella tenía: la moral y la credibilidad.

Francisco no es un nombre, es un proyecto de la Iglesia, pobre, sencilla, evangélica y desprovista de todo poder. Es una Iglesia que anda por los caminos junto con los últimos, que crea las primeras comunidades de hermanos que rezan el breviario bajo los árboles con los pajaritos. Es una Iglesia ecológica que llama a todos los seres con las dulces palabras de «hermanos y hermanas». Francisco fue obediente a la Iglesia y a los papas y al mismo tiempo siguió su propio camino con el evangelio de la pobreza en la mano. Entonces escribió el teólogo Joseph Ratzinger: «El no de Francisco a ese tipo imperial de Iglesia no podía ser más radical, es lo que podríamos llamar una protesta profética» (en Zeit Jesu, Herder 1970, 269). Francisco no habla, simplemente inaugura lo nuevo.

Creo que el Papa Francisco tiene en mente una iglesia fuera de los palacios y de los símbolos del poder. Lo mostró al aparecer en público. Normalmente los Papas y Ratzinger principalmente ponían sobre los hombros la muceta, esa capita corta bordada en oro que sólo los emperadores podían usar. El Papa Francisco llegó sólo vestido de blanco. En su discurso inaugural se destacan tres puntos, de gran significado simbólico.

El primero: dijo que quiere «presidir en la caridad», algo que se pedía desde la Reforma y los mejores teólogos del ecumenismo. El Papa no debe presidir como un monarca absoluto, revestido de poder sagrado, como prevé la ley canónica. Según Jesús, debe presidir en el amor y fortalecer la fe de los hermanos y hermanas.

El segundo: dio centralidad al Pueblo de Dios, como destaca el Concilio Vaticano II, pero dejado de lado por los dos papas anteriores en favor de la jerarquía. El Papa

Francisco pide humildemente al pueblo de Dios que rece por él y lo bendiga. Sólo después él bendecirá al pueblo de Dios. Esto significa que él está allí para servir y no para ser servido. Pide que le ayuden a construir un camino juntos y clama por fraternidad para toda la humanidad, donde los seres humanos no se reconocen como hermanos y hermanas sino atados a las fuerzas de la economía.

Por último, evitó todo espectáculo de la figura del Papa. No extendió ambos brazos para saludar a la gente. Se quedó inmóvil, serio y sobrio, yo diría, casi asustado. Solamente se veía una figura blanca que saludaba con cariño a la gente. Pero irradiaba paz y confianza. Mostró humor hablando sin la retórica oficialista, como un pastor habla a sus fieles.

Vale la pena mencionar que es un Papa que viene de Gran Sur, donde están los más pobres de la humanidad y donde vive el 60% de los católicos. Con su experiencia como pastor, con una nueva visión de las cosas, desde abajo, podrá reformar la Curia, descentralizar la administración y dar un rostro nuevo y creíble a la Iglesia.

Fuente: su sitio de columnas en Servicios Koinonía