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“Los mapas del alma no tienen fronteras: Galeano al recibir el reconocimiento como primer ciudadano ilustre del Mercosur

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En 2008, Galeano recibió esa distinción del bloque regional, y brindó un inolvidable discurso, en el que dijo ser “patriota de varias patrias”.

“Sólo siendo juntos seremos capaces de descubrir lo que podemos ser, contra una tradición que nos ha amaestrado para el miedo y la resignación y la soledad y que cada día nos enseña a desquerernos”, expresó.

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Galeano abrazado a macarena Gelman, la nieta de Juan Gelman, nacida en cautiverio y apropiada por militares, tras recibir el reconocimiento del Mercado Común del Sur, Mercosur.

 

 

Por Eduardo Galeano

Nuestra región es el reino de las paradojas.

Brasil, pongamos por caso: paradójicamente, el Aleijadinho, el hombre más feo del Brasil, creó las más altas hermosuras del arte de la época colonial; paradójicamente, Garrincha, arruinado desde la infancia por la miseria y la poliomelitis, nacido para la desdicha, fue el jugador que más alegría ofreció en toda la historia del fútbol y, paradójicamente, ya ha cumplido cien años de edad Oscar Niemeyer, que es el más nuevo de los arquitectos y el más joven de los brasileños.

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O pongamos por caso, Bolivia: en 1978, cinco mujeres voltearon una dictadura militar. Paradójicamente, toda Bolivia se burló de ellas cuando iniciaron su huelga de hambre. Paradójicamente, toda Bolivia terminó ayunando con ellas, hasta que la dictadura cayó.

Yo había conocido a una de esas cinco porfiadas, Domitila Barrios, en el pueblo minero de Llallagua. En una asamblea de obreros de las minas, todos hombres, ella se había alzado y había hecho callar a todos.

–Quiero decirles estito –había dicho–. Nuestro enemigo principal no es el imperialismo, ni la burguesía ni la burocracia. Nuestro enemigo principal es el miedo, y lo llevamos adentro.

Y años después, reencontré a Domitila en Estocolmo. La habían echado de Bolivia, y ella había marchado al exilio, con sus siete hijos. Domitila estaba muy agradecida de la solidaridad de los suecos, y les admiraba la libertad, pero ellos le daban pena, tan solitos que estaban, bebiendo solos, comiendo solos, hablando solos. Y les daba consejos:

–No sean bobos –les decía–. Júntense. Nosotros, allá en Bolivia, nos juntamos. Aunque sea para pelearnos, nos juntamos.

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Y cuánta razón tenía.

Porque, digo yo: ¿existen los dientes, si no se juntan en la boca? ¿Existen los dedos, si no se juntan en la mano?

Juntarnos: y no sólo para defender el precio de nuestros productos, sino también, y sobre todo, para defender el valor de nuestros derechos. Bien juntos están, aunque de vez en cuando simulen riñas y disputas, los pocos países ricos que ejercen la arrogancia sobre todos los demás. Su riqueza come pobreza y su arrogancia come miedo. Hace bien poquito, pongamos por caso, Europa aprobó la ley que convierte a los inmigrantes en criminales. Paradoja de paradojas: Europa, que durante siglos ha invadido el mundo, cierra la puerta en las narices de los invadidos, cuando le retribuyen la visita. Y esa ley se ha promulgado con una asombrosa impunidad, que resultaría inexplicable si no estuviéramos acostumbrados a ser comidos y a vivir con miedo.

Miedo de vivir, miedo de decir, miedo de ser. Esta región nuestra forma parte de una América latina organizada para el divorcio de sus partes, para el odio mutuo y la mutua ignorancia. Pero sólo siendo juntos seremos capaces de descubrir lo que podemos ser, contra una tradición que nos ha amaestrado para el miedo y la resignación y la soledad y que cada día nos enseña a desquerernos, a escupir al espejo, a copiar en lugar de crear.

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Todo a lo largo de la primera mitad del siglo diecinueve, un venezolano llamado Simón Rodríguez anduvo por los caminos de nuestra América, a lomo de mula, desafiando a los nuevos dueños del poder:

–Ustedes –clamaba don Simón–, ustedes que tanto imitan a los europeos, ¿por qué no les imitan lo más importante, que es la originalidad?

Paradójicamente, era escuchado por nadie este hombre que tanto merecía ser escuchado. Paradójicamente, lo llamaban loco, porque cometía la cordura de creer que debemos pensar con nuestra propia cabeza, porque cometía la cordura de proponer una educación para todos y una América de todos, y decía que al que no sabe, cualquiera lo engaña y al que no tiene, cualquiera lo compra, y porque cometía la cordura de dudar de la independencia de nuestros países recién nacidos:

–No somos dueños de nosotros mismos –decía–. Somos independientes, pero no somos libres.

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Quince años después de la muerte del loco Rodríguez, Paraguay fue exterminado. El único país hispanoamericano de veras libre fue paradójicamente asesinado en nombre de la libertad. Paraguay no estaba preso en la jaula de la deuda externa, porque no debía un centavo a nadie, y no practicaba la mentirosa libertad de comercio, que nos imponía y nos impone una economía de importación y una cultura de impostación.

Paradójicamente, al cabo de cinco años de guerra feroz, entre tanta muerte sobrevivió el origen. Según la más antigua de sus tradiciones, los paraguayos habían nacido de la lengua que los nombró, y entre las ruinas humeantes sobrevivió esa lengua sagrada, la lengua primera, la lengua guaraní. Y en guaraní hablan todavía los paraguayos a la hora de la verdad, que es la hora del amor y del humor.

En guaraní, ñeñé significa palabra y también significa alma. Quien miente la palabra traiciona el alma.

Si te doy mi palabra, me doy.

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Un siglo después de la guerra del Paraguay, un presidente de Chile dio su palabra, y se dio.

Los aviones escupían bombas sobre el palacio de gobierno, también ametrallado por las tropas de tierra. El había dicho:

–Yo de aquí no salgo vivo.

En la historia latinoamericana, es una frase frecuente. La han pronunciado unos cuantos presidentes que después han salido vivos, para seguir pronunciándola. Pero esa bala no mintió. La bala de Salvador Allende no mintió.

Paradójicamente, una de las principales avenidas de Santiago de Chile se llama, todavía, Once de Setiembre. Y no se llama así por las víctimas de las Torres Gemelas de Nueva York. No. Se llama así en homenaje a los verdugos de la democracia en Chile. Con todo respeto por ese país que amo, me atrevo a preguntar, por puro sentido común: ¿No sería hora de cambiarle el nombre? ¿No sería hora de llamarla Avenida Salvador Allende, en homenaje a la dignidad de la democracia y a la dignidad de la palabra?

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Y saltando la cordillera, me pregunto: ¿por qué será que el Che Guevara, el argentino más famoso de todos los tiempos, el más universal de los latinoamericanos, tiene la costumbre de seguir naciendo? Paradójicamente, cuanto más lo manipulan, cuanto más lo traicionan, más nace. El es el más nacedor de todos.

Y me pregunto: ¿No será porque él decía lo que pensaba, y hacía lo que decía? ¿No será que por eso sigue siendo tan extraordinario, en este mundo donde las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran, y cuando se encuentran no se saludan, porque no se reconocen?

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Los mapas del alma no tienen fronteras, y yo soy patriota de varias patrias. Pero quiero culminar este viajecito por las tierras de la región, evocando a un hombre nacido, como yo, por aquí cerquita.

Paradójicamente, él murió hace un siglo y medio, pero sigue siendo mi compatriota más peligroso. Tan peligroso es que la dictadura militar del Uruguay no pudo encontrar ni una sola frase suya que no fuera subversiva y tuvo que decorar con fechas y nombres de batallas el mausoleo que erigió para ofender su memoria.

A él, que se negó a aceptar que nuestra patria grande se rompiera en pedazos; a él, que se negó a aceptar que la independencia de América fuera una emboscada contra sus hijos más pobres, a él, que fue el verdadero primer ciudadano ilustre de la región, dedico esta distinción, que recibo en su nombre.

Y termino con palabras que le escribí hace algún tiempo:

1820, Paso del Boquerón. Sin volver la cabeza, usted se hunde en el exilio. Lo veo, lo estoy viendo: se desliza el Paraná con perezas de lagarto y allá se aleja flameando su poncho rotoso, al trote del caballo, y se pierde en la fronda.

Usted no dice adiós a su tierra. Ella no se lo creería. O quizás usted no sabe, todavía, que se va para siempre.

Se agrisa el paisaje. Usted se va, vencido, y su tierra se queda sin aliento.

¿Le devolverán la respiración los hijos que le nazcan, los amantes que le lleguen? Quienes de esa tierra broten, quienes en ella entren, ¿se harán dignos de tristeza tan honda?

Su tierra. Nuestra tierra del sur. Usted le será muy necesario, don José. Cada vez que los codiciosos la lastimen y la humillen, cada vez que los tontos la crean muda o estéril, usted le hará falta. Porque usted, don José Artigas, general de los sencillos, es la mejor palabra que ella ha dicho.

EL RECUERDO DE JUAN GELMAN, A UN AÑO DE SU FALLECIMIENTO

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“La humildad de Juan era tan conmovedora como su genio”

Rodolfo Alonso, Alberto Szpunberg y Daniel Freidemberg recuerdan anécdotas, momentos y lecturas compartidos con el más grande de los poetas argentinos, además del hallazgo de un poema que permanece inédito en libro, “Explicaçâo”.

Por Silvina Friera

El “cantito” entrañable de Juan Gelman, con esa cadencia grave y profunda, irónica y juguetona, es un sonido familiar, un fraseo inolvidable que perdura en los labios de la memoria de miles de lectores en el mundo. “La idea se escapa, no quiere/ la grasa de las palabras, ni/ un espejo vano. Se parece a/ tu cuerpo entre los árboles de la calle Atlixco/ un lado al otro del viento. Viene y suspende/ la pérdida, corta los desabrigos, saca/ día de mi rincón, no repite rostros, nombra en silencio los animales del azar”, se lee en uno de los poemas de Amaramara. Hace un año moría el más grande de los poetas argentinos en la ciudad de México, a los 83 años. En este primer aniversario sin Gelman –Premio Cervantes en 2007 y autor de más de una treintena de títulos entre los que se podría mencionar Violín y otras cuestiones, Cólera buey, Relaciones, Carta a mi madre, Valer la pena y Hoy, el último poemario que publicó– los poetas Rodolfo Alonso, Alberto Szpunberg y Daniel Freidemberg cuentan a Página/12 momentos y lecturas compartidos, frases que vienen a la mente, una anécdota antológica, el día que nadie encontraba a Juan en Barcelona, y el hallazgo de un poema que permanece inédito en libro, “Explicaçâo”, dedicado a Szpunberg, que sólo salió en el número 61 de la revista Vuelo en 1964 (ver aparte).

¿Molesta si fumo?

“Mi primer encuentro con Juan lo tengo claro –cuenta Alonso–. Vino a traerme su primer libro, Violín y otras cuestiones, y al dedicármelo puso la fecha: enero 3 de 1958. Me llevaba cuatro años pero yo había empezado antes, desde los 17. Ya entonces no me sorprendió que, viniendo él digamos del realismo, se me acercara siendo yo el más joven de una revista de vanguardia, Poesía Buenos Aires. No me asombró tampoco lo que siempre sentí: su profunda entrega, su fidelidad de fondo a la poesía. Pero sí me emociona cada vez más comprobar que, a lo largo de los años, las palabras que me va dedicando son las mismas desde aquel comienzo que cuando nos reencontramos en Medellín, en 1994, y me firmó a escondidas su único ejemplar del reciente dibaxu, o cuando me dedicó su Poesía reunida en 2012, en Xalapa, adonde me habían invitado a presentársela.”

El poeta y crítico Daniel Freidemberg recuerda dos frases de Gelman: “te leo” y “¿molesta si fumo?”. “La primera me la dijo cuando nos conocimos –y mi ego alzó vuelo hasta la estratosfera– y la otra cuando entró a mi casa; eran tiempos en que a nadie se le ocurría preguntar algo así. Algo que llamaba mucho la atención en Juan era su amabilidad. Una amabilidad sobria, reticente a entregarse mucho, a veces irónica, pero además era amable de una manera muy particular: ese talento para encontrar la frase exacta, y el tono y el gesto adecuados, como si extendiera a ese terreno las capacidades que uno le conoce en la escritura. Era un tipo con estilo, para todo, y manejaba ese estilo de una manera admirable. Y también era un tipo difícil, complejo, con recovecos poco accesibles, capaz de enojos incomprensibles –eso me lo contaron, a mí no me pasó– y también de inesperadas muestras de afecto que calaban hondo, o de silencios que desconcertaban, pero las dificultades que podía haber en la relación eran poca cosa al lado del placer que daba tratarlo –subraya Freidemberg–. Me refiero a la potencia que irradiaba, o gracia, como quieran llamarle, que no es exactamente la misma que está en sus poemas, pero se le parece.”

Esa tardecita en la que Juan se hizo humo

Hubo un lunes, el 27 de septiembre de 2010, en el que, para de-sesperación de un puñado de amigos, Juan desapareció. “Se sabía empírica, científica, dialécticamente, que la tardecita de ese lunes Juan había arribado sí o sí a Barcelona desde México. Las pruebas eran más que evidentes, como que me emociona contarlo, ahora que ese atorrante desapareció de nuevo, más en serio –evoca Szpunberg–. No sólo quienes estaban encargados de recibirlo, sino también algunos argentinos que estaban en el aeropuerto lo habían visto a Juan con sus propios ojos, lo habían saludado, se le habían acercado y palmoteado al verlo salir por la amplia puerta de ‘Llegadas’. Un Juan sonriente, contento, se diría que feliz.” Szpunberg agrega que era esperado ansiosamente porque al día siguiente, el 28 de septiembre de 2010, con Rodolfo Mederos al bandoneón y bajo la dirección de Cristina Banegas, debía dar un recital titulado Del amor en el auditorio de Barcelona. Y todavía faltaba hacer un ensayo. “Como todos sabemos de viejas fuentes que ‘la única verdad es la realidad’, cundía el estupor, etapa superior del asombro y la inquietud. Antoni Travería, director de la Casa América de Cataluña, entidad organizadora del recital, fue hasta el puesto de la Guardia Civil y al rato volvió haciendo que no con la cabeza.” A los pocos minutos, por todos los parlantes del aeropuerto comenzó a oírse:

–Mister Joan Gelman… Mister Joan Gelman… Le rogamos se ponga en contacto con cualquier miembro del personal del aeropuerto…

El autor de Poemas de la mano mayor, El Che amor y Luces que a lo lejos, entre otros títulos, cuenta que Travería decidió tomar las riendas del asunto: “‘’Vamos a Casa América… Gelman tiene la dirección y, por cualquier cosa, desde ahí es más fácil establecer contacto’. Ya se alargaban demasiado las horas: con el corazón en un puño, diciendo que ‘hay que comunicarse con la embajada argentina’, algunos ya murmuraban el estremecedor participio: desaparecido”, repasa Szpunberg.

–Para mí, si me permiten, quien seguramente sabe dónde está Juan es Mara… Mara La Madrid… –dijo Cristina Banegas.

“Siguió la espera, que se volvía interminable, y la Banegas, dulce pero tenaz la chica, volvió con lo suyo: ‘Mara, soy Cristina, desde Barcelona… lo perdimos a Juan… no sabemos dónde está’… La cara de Cristina se iluminó de golpe, pegó un salto, nos sonrió a todos, se le llenaron los ojos de amor, anotó un teléfono y lanzó un grito de alegría: ‘¡Está, está…!’ –reconstruye Szpunberg el momento en que descubrieron qué había pasado–. En el aeropuerto, en vez de seguir los carritos de su troupe, donde iban sus cosas, Juan había seguido a otro carrito, que lo llevó a la perdición, y nunca mejor dicho. De los parlantes Juan ni se enteró, aunque tuvo tiempo para entrar a un Duty Free Shop y comprarse una botella de ‘Juancito Caminador’… ¿Qué otro whisky, si no? Después se subió a un taxi, y como todas sus cosas habían quedado en el carrito que debió seguir y no siguió, simplemente le dijo al chófer: ‘Lléveme a un hotel más o menos bien…’ Y el chófer lo llevó a un hotel más o menos bien”. Instalado en una habitación, ya con un Johnny y un vaso y cubitos a su arbitrio, la llamó a Mara y le dijo:

–-Me quedé colgado, Mara… Todos los demás no sé dónde se metieron… Si te llaman, avisales…

A la mañana siguiente, Gelman y Szpunberg charlaron horas y horas en la terraza del hotel, muertos de risa por la extraña aventura vivida. “En un momento, Mister Joan Gelman alzó el brazo y llamó a la camarera: ‘dos whiskies dobles con cubitos’.” Juan, que advirtió la estrechez financiera para tan magna inversión, se rió:

–No te preocupes, Alberto, no-sotros no pagamos… Paga la burguesía, como corresponde…

La palabra en movimiento

El principal legado de Gelman está en sus libros, donde Freidemberg encuentra “un estado de apertura de la palabra, un movimiento perpetuo de la palabra, que no puede cerrarse ni coagularse en algún tipo de ‘mensaje’ completo, que no deje lugar a dudas y se estanque en un solo sentido”. “Lo que no equivale a hacer lo que a uno se le dé la gana en la lectura –aclara Freidemberg–, porque hay ahí, en esas palabras y entre esas palabras, o en su origen, algo así como una fuerza o un misterio –no encuentro otro modo de decirlo– que, aunque no se lo vea, ‘salta a la vista’ y no se puede ignorar, si lo que a uno le interesa es aceptar el desafío, y el gran premio que entonces uno obtiene es precisamente eso: la tarea que uno, el lector, empieza a llevar a cabo, ese ir y venir de la inteligencia, la sensibilidad, la imaginación, las preguntas que uno se hace a sí mismo y le hace al mundo. Encuentro ahí una manera de estar en el mundo, una ética, contraria a toda indiferencia y a todo conformismo y extremadamente atenta a la maravilla o el horror de lo que existe, comprometida con lo que existe, antes que nada con la pasión humana, el amor y el dolor especialmente, sin esperanzas ingenuas, pero con la potente esperanza que viene de la obstinación en no ceder. Todo eso lo veo más en los libros de los últimos treinta o cuarenta años, pero de algún modo asomaba en la escritura más fácilmente accesible y más encantadora del Gelman de los años ’60 y principios de los ’70. Tal vez sea uno de los motivos por los que, desde un principio, tuvo un lugar protagónico en la poesía argentina.”

Alonso –autor de Salud o nada, Hablar claro y El arte de callar, entre otros títulos– dice que el legado de Gelman es “tan inmenso como intenso”. “Su sentido más hondo se evidencia, para mí, en aquellas pocas palabras con que me contestó cuando lo felicité por un nuevo galardón. Me dijo: ‘Los premios no escriben por uno’. Es decir: no me la creo, no hay nada de magistral ni por supuesto mucho menos de majestuoso en esto. Uno está siempre desnudo y a solas frente a la Poesía. A ‘La Señora’, como él solía llamarla, que se aparece cuando quiere pero también se niega cuando quiere. ‘Hoy La Señora no andaba con ganas’, susurraba entre íntimos, y al hacerlo enmascaraba con un levemente risueño aspecto serio su honestidad de raíz ante el poema.” “De nuevo huésped en su casa de la calle Atlixco, en septiembre de 2008, me llevó a un costado y muy serio me alargó un fajo de páginas –recuerda Alonso–. Cabizbajo, y muy bajito, dijo: ‘Es algo nuevo, como en prosa y, no sé, me gustaría saber qué opinás’. ¿Qué iba a decirle? Era nada menos que De atrásalante en su porfía, y asintió brevemente, casi en silencio, como si le quitaran algún peso de encima, cuando le dije que era algo más que original y muy logrado. Su humildad era tan conmovedora como su genio y su amistad.”

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El cuento de “Amaramara”

 Por José Angel Leyva. Poeta y ensayista mexicano.

Como muchas otras veces, Juan me llamó, según sus palabras, para diezmar las carnes que acaban con el pasto. Nos vimos ante unos buenos cortes y apuramos vinos, argentinos, por supuesto. Me preguntó de pronto “¿sabés dónde puedo publicar un librito de poemas con pinturas, un librito, sí, de poesía, pero de arte a la vez, no un libro lujoso, pero de buen gusto?”. No entendí le pregunta o no quise entender la propuesta, y le dije que si alguien tenía claridad sobre dónde publicarlo era justamente él, que tenía las puertas abiertas de cualquier editorial mexicana, argentina o española. Enseguida me preguntó mi opinión sobre la pintura de Arturo Rivera. El ya sabía mi respuesta, es un pintor extraordinario, con una estética inquietante, perturbadora. “Como ciertos poemas tuyos”, le dije a Juan. Me miró con esos ojos que regalaba a los amigos y una sonrisita cómplice que dibujaba a la vez un acertijo: aprobaba o se burlaba. Para mí… estaba claro.

Un par de veces Juan volvió con el tema del librito medio de arte y de su título: Amaramara. Me contó que había hablado sobre el proyecto con Arturo Rivera. El fotógrafo Pascual Borzelli, una especie de sombra de poetas y artistas, me dio testimonio del plan, pues él también había sido enterado de éste. Una de las veces que nos dimos cita para “abatir a las dadoras de leche y sus cornudos compañeros” (estoy citando a Gelman), salimos del restaurante acalorados por el tinto y me invitó a ver los dibujos que Rivera le había entregado para Amaramara. “¿Qué opinás, te gustan?” “¿Y a ti, Juan, te gustan?”, respondí con habilidad. Juan me miró con esos ojos y una sonrisita cómplice. Para mí… estaba claro. “Tiene que perder el miedo, no se trata de ilustrar sino de un diálogo”, me dijo.

Antes de viajar a la Argentina para presentar Hoy, Gelman ya no me preguntó si podía sugerirle una editorial para Amaramara, sólo me dijo perentorio “¿Lo vas a hacer… o no?”. Sonreí con esa sonrisita cómplice y nerviosa y respondí “espero hacerlo bien”. Supe entonces que iba por última vez a su Buenos Aires amado; había decidido terminar sus días al lado de Sor Juana, la genio de Nepantla. Un amor platónico, por cierto, que se consagró con las cenizas de Juan esparcidas en las faldas, literalmente, de los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl. Juan y Juana en la memoria. Juan dejó el libro revisado, con sus correcciones de puño y letra. Estuvo de acuerdo con el diseño, el formato y mi prólogo, y cambió la contraportada por una imagen conmovedora en la que él y Mara parecen danzar en una atmósfera otoñal, luminosa, aérea. Una y otra vez contemplo esa fotografía y me persuado de que sintetiza la gestualidad del poema que la acompaña: “Baile”.

La poesía de Gelman es, en esencia, una poesía amorosa. No en el sentido convencional, edulcorado del término, sino en el sentido de la pasión, de la piedad, de la capacidad de conmoverse ante el otro, los otros. En Juan no hay un yo sin los otros, sin el nosotros. Este libro también es un diálogo con sus seres queridos, con el individuo, con el ser humano. Mara, su mujer, su compañera, su familia, su México y su Argentina, su pasado, pero sobre todo su vida madura, es aquí la memoria, el hallazgo y la resolución, el día a día del ajuste de cuentas, de la ira, del Atrasalante en su porfía, de la justicia y el vacío. Pasión sin concesiones; mirada de amante dolido por la vida, por la cercanía de la muerte, por los que se quedan donde inicia el olvido. Es amor pleno de cólera y devoción a la vez, de lucidez y ceguera, de dolor y entrega. Amor que celebra y se despide a la vez. A un año de su ausencia, vemos la verdadera dimensión de su obra, una de las más ricas y complejas, monumentales de la lengua española.

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Guiños poéticos de otros tiempos

 Por Alberto Szpunberg

Poco antes de que Juan muriera, entre un montón de papeles salvados de la dictadura, me reencontré por pura casualidad con dos poemas: uno mío, “Stanleyville”, y otro de Gelman, “Explicaçâo”. Ambos poemas, ocultos vaya a saber en qué alcantarilla secreta, habían sobrevivido milagrosamente desde 1964. Ni Juan ni yo nos acordábamos de su existencia. Nunca, hasta ahora, habían sido vueltos a publicar. Como “la casualidad no es ausencia de causalidad, sino de causalidad inmediata” (¡gracias, Hegel!), hoy permanecen, de hecho, inéditos, pero permanecen. Mi poema “Stanleyville” había salido en Literatura y sociedad, una revista que, en 1964, fogoneábamos Ricardo Piglia, el legendario tano Sergi Camarda y yo, con la intención de nuclear a los intelectuales y artistas de la izquierda guevarista. El poema “Explicaçâo”, de Gelman, que él me dedicó, apareció también en 1964, en el número 61 de la revista Vuelo, de Gente de Arte de Avellaneda. En esos tiempos, estos poemas constituyeron un claro guiño de complicidad política y también poética: todo entonces iba muy junto y entremezclado. Juan y yo habíamos sido expulsados del PC por comulgar, según Ellos, con el “guerrillerismo” guevarista. Como sostenía el Che en El socialismo y el hombre en Cuba, “aun a riesgo de parecer ridículo, un revolucionario actúa movido por grandes sentimientos de amor”. En nuestros poemas, esta “licencia literaria” del Che se expresaba casi religiosamente. Y es interesante: ambos poemas remitían a Africa. No por casualidad, en ese 1964, en el que Juan y yo nos intercambiamos estos guiños, el EGP de Masetti ya merodeaba con su trágica deriva en Salta, pero el Che estaba a punto de iniciar su campaña en el Congo.

Mi “Stanleyville” estaba inspirado en una noticia leída en Crónica. Un cable daba cuenta de que, en Africa, precisamente en el Congo de Patrice Lumumba, Paul Carlsons, un pastor protestante, había sido devorado por una tribu antropófaga. Mi poema, irreverente, salpicado de humor negro pese a estar ante un hecho terrible, llegaba a “hablar en infinitivo” como Tarzán –“ustedes tocar aullar que yo hacer”–, una manera de recordar lo que el cable de Crónica, por supuesto, no mencionaba: la sistemática y masiva antropofagia practicada en Africa por el colonialismo “cristiano y occidental” desde los tiempos de la esclavitud. Y, como ya se respiraba en el aire de esos tiempos, “la violencia de los de abajo no es violencia; es justicia”. El poema de Gelman transmitía los mismos sentimientos y también se “ambientaba” en Africa. Y decía y sigue diciendo así:

Explicaçâo

a Alberto Szpunbergarthur rimbaud dijo que hay que cambiar la vida y dejó de escribir es decir dejó de alucinar la vida y fue al áfrica en cambio y amó a una negra inmensa como un hospital y fue amado por ella con gran rubor de los crepúsculos y entre tantos ingleses franceses portugueses y demás aves de rapiña rimbaud contrabandeó su amor tan increíble y para continuar el espectáculo ante los hombres santos como incrédulos arthur contrabandeó oro y diamantes en representación de sus abrazos y cuando fue por ello castigado su culpa verdadera nunca fue mencionada esas bestias cobardes prefieren no menearlo condenan ciertamente las formas de querer intervenir

Stanleyville

Al caer de la noche de pie contra el
/incendio de los cielos
le dije a mis compañeros ustedes tocar
/aullar que yo hacer
y tomé por las guedejas la rubicunda
/cabeza de Paul Carlsons
a tan buena carne de coleccionista
/cazador pastor de almas
la amé a zarpazos le di con los colmillos
/uno a uno
no podrás con mi aliento mi pedazo
/de hombre todo prójimo
y su blancura ascendía a los cielos
/entraba ahí su cosa pálida
mientras mis dioses mis hermanos
/Patrice y yo
rey de los animales de este mundo
rugíamos de amor contra la muerte.

Violín y otras cuestiones, Cólera buey, Relaciones, Carta a mi madre, Valer la pena y Hoy son algunos de los poemarios de Gelman.

 Un Juan que apostaba a la vida

 Por Jorge Boccanera. Poeta y periodista.

Un vacío y a la vez una forma de acompañar de otro modo. De “compañerear”, como escribió alguna vez, dándole a ese vínculo un lugar especial. Nunca un anecdotario. Siempre una manera viva de hacerse uno con el otro porque, lo dijo en un poema de su primer libro, Violín y otras cuestiones, la vida del verdadero poeta será “un río innumerable que se llamará pedro, juan, ana, maría, pájaro, plumón, el aire, mi camisa, violín, crepúsculo, piedra, pañuelo…”. Ese es el Juan que siento hoy a un año de su muerte. Nos conocimos en 1975. Conocí su metejón con la poesía, su inventiva, su coherencia política, su alegría, su nostalgia, su lucidez, su humor, su generosidad y esos dolores a los que lograba encontrarles sus anversos para anotar allí sus “pintadas” que frente al horror gritaban desde los paredones de la oscuridad: “En el revés del mundo crece el cosmos”.

Escribió que bajo las ruinas de lo marchito están los compañeros trabajando. Al “vacío incesante” le contrapone una fuerza que empuja y es humus, turba, manto orgánico, magma de lo que vendrá, porque, dice: “se oye el ruido de los muertos de mi país peleando contra la vejez del mundo”. En su obra, los compañeros arden, brillan, vuelan, crepitan. Y Juan, con ellos, está volando, ardiendo, luchando como siempre. No alcanzaría este espacio para decir hoy en qué cosas nos acompaña Juan, empezando por ese espíritu de lucha que lo llevó a escribir una frase tan rotunda como ésta: “te voy a matar/ derrota”. Suena a propósito de vida y desafío: el de darle sentido al tema de las pérdidas. Esa fuerza que lo llevó más que sobrevivir el “mientras tanto”, a respirar plenamente el aire del amor con Mara, a disfrutar con sus amigos, a jugar con sus nietos. Nunca abandonó la búsqueda de su familia secuestrada, que dio sus frutos en el 2000 cuando halló a su nieta Macarena Gelman, hoy diputada por el Uruguay por el Frente Amplio.

Juan sigue ahí, cerquita, con su sentido del juego que, más allá de libertad de movimiento y ribetes lúdicos, revela una entrega; un “jugarse” tanto por las convicciones sociales como por las audaces búsquedas expresivas. Está su imaginación desbocada sobre un entramado de ideas, asumiendo lenguajes de riesgo. Está su modo de interpelarlo todo con lazos de certezas y perplejidad; yendo tras sus obsesiones como el explorador que se interna en la espesura de aquello que aspira, intuye, ama, con el empecinamiento del porfiado, el emperrado, términos incrustados en los títulos de sus últimos libros. Esa perseverancia del poeta que frente a la desventura: “se sienta a la mesa y escribe”. Está su humor, deslizando con tono de sorna: “somos los tipos que más nos vemos menos”; una forma de decir que los momentos compartidos le resultaban escasos. Nos seguimos juntando en esa esquina de barrio donde se habla con guiños, silencios, jerga, muecas, sobreentendidos. A veces permanece callado largas horas, o suelta una frase tipo: “En el buche secreto de un jilguero vive lo que vendrá”, mientras ve cruzar una marea de vecinos por la vereda. En ese cruce de vida, seguimos chamuyando.

Juan Gelman, militante

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Por Elena Poniatowska

 El 15 de agosto de 1994, invitados por el subcomandante Marcos, acudimos a la Primera Convención Nacional Zapatista en La Realidad, cerca de San Cristóbal, en las montañas del sureste mexicano, para la cual los zapatistas habían construido, en medio del bosque con troncos de árbol y lonas de gran tamaño, una nave como la de Fitzcarraldo, el personaje de Werner Herzog, absolutamente extraordinaria. De pronto, después de que saludaran desde un presidio improvisado los invitados de honor, Carlos Payán, Alberto Gironella (quien donó una magnífica pintura de Zapata que desapareció con la tempestad), Pablo González Casanova, Luis Villoro, doña Rosario Ibarra de Piedra, Eraclio Zepeda, Antonio García de León, Manuel Tello, el fotógrafo Heriberto Rodríguez y otros, cayó una tempestad que tiró a tierra las velas, es decir, el techo de la enorme tienda de campaña donde se celebraría el primer congreso zapatista. Ya el Sup nos había dicho antes de que cayera el primer aguacero que fue arreciando: No le hagan caso a la televisión, a la radio; no se pasmen, no se vendan, no se rindan, no se dejen, no tengan miedo, no se callen, no se sienten a descansar. Todos nos mojamos, nos enlodamos y absolutamente empapados fuimos a refugiarnos a otra tienda más o menos improvisada en la que mal que bien nos acomodamos para pasar la noche, alineados sobre la tierra mojada como sardinas. Éramos más de 70. Otros no corrieron con la suerte de un techo y pasaron la noche bajo el agua entre Durito, el escarabajo y el viejo Antonio que repetía Ocosingo, Oventic, Altamirano, Las Margaritas, La Independencia, Trinitaria. No te puedes dormir así, te vas a enfermar –me dijo Eugenia León, quien me prestó un pantalón que de tan largo me impedía caminar. Mariana Yampolsky, a quien le quitaron su cámara, la pasó muy mal. No puedo vivir sin mi cámara. Graciela Iturbide tomaba fotos con una pequeña que escondió en su bolsillo. Monsiváis decretó que se había torcido un tobillo y fue a pasar la noche en el único sitio en el que había un catre: la enfermería. Fui a visitarlo: Te pasas de listo. Jesusa Rodríguez encontró una hamaca y ofreció: El que sabe dormir en hamaca, que venga. Margarita González de León se preocupaba por la fosa séptica y el papel del excusado. Alguien dijo que el subcomandante Marcos, su pipa en la boca, se había asomado por una abertura a ver cómo íbamos y eso nos animó a todos. Al físico Manuel Fernández Guasti se le ocurrió sacar una pequeña guitarra y entonar con su jarana una y otra pieza recordándonos a Veracruz. Otros, agotados como Enrique González Rojo, pidieron que se callara y los dejara dormir. La mayoría nos lamentábamos y llorábamos nuestra desventura, cuando de pronto oímos a Juan Gelman que nunca levantaba la voz: Dejen ya de quejarse. Es una vergüenza escucharlos. De pie, enojado, una cobija sobre los hombros, siguió: Si venimos aquí es para ayudar, no para complicar más las cosas. No recuerdo si dijo algo más, pero sí el tono de su voz y la autoridad que emanaba de su figura alta a media tienda de campaña. Todos nos callamos avergonzados. Jesusa me recordó: La dictadura militar de Argentina eliminó a 30 mil, y él es un luchador. A la mañana siguiente fui a abrazarlo y todavía me dijo con la bondad que siempre vi en sus ojos: Córrele, a ver si alcanzas café caliente. Allá, debajo del árbol, lo está repartiendo Moisés.

No sé si los zapatistas tenían una clara conciencia de quién era su ilustre visitante, a lo mejor el poeta que escribió Ahí está la poesía de pie contra la muerte era sólo uno más de quienes admiramos al zapatismo. Lo que sí recuerdo es su entereza y su lealtad que lo hizo ir hasta Chiapas a acompañar a los más pequeños para darles –lo supieran o no – el abrigo de su obra clásica, cálida, sencilla y, por tanto, indestructible.

 Tomado de La Jornada

Juan Gelman y Octavio Paz

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Por Atilio Borón

 Dos poetas, dos posturas diametralmente opuestas: Gelman fue un poeta exquisito a la vez que un notable y comprometido estudioso de la realidad contemporánea. El más grande de la Argentina y uno de los mayores de la literatura hispano-americana. Pero a lo anterior añadió una virtud que no tuvo Octavio Paz, el otro de los grandes poetas de nuestra lengua : el mexicano cambió de bando y en lo más fragoroso del combate desertó y saltó al otro lado de la barricada. Gelman, en cambio, fiel a sus principios siempre estuvo donde tenía que estar. Paz, que había sido un ardiente revolucionario en su juventud, terminó sus años convertido en un repugnante apologista del imperialismo y del neoliberalismo.

Con el derrumbe de la Unión Soviética Paz dio rienda suelta a un visceral anticomunismo y su figura sirvió como polo de aglutinación a cuanto reaccionario anduviera suelto por el mundo. Con el generoso (y caudaloso) apoyo del gobierno de Salinas de Gortari y la Casa Blanca organizó un gran evento dizque académico en México -¡transmitido en simultáneo por Televisa y la cadena Cablevisión de Estados Unidos!- para celebrar la buena nueva y, de paso, promover la organización internacional de los intelectuales de todo el mundo para colaborar en la innoble tarea de crear el nuevo sentido común que requería un neoliberalismo que se abría paso a fuerza de ajustes, corrupción y represión.

En las antípodas de esta decadente trayectoria se yergue la figura de Gelman, que permaneció firme en su puesto mientras arreciaba el tsunami neoliberal. Contrariamente a lo ocurrido con Paz, las zozobras de la época jamás lo llevaron a exaltar lo que había repudiado a lo largo de toda su vida. Por eso fue un enemigo implacable del imperialismo, mientras Paz se convertía en su bien recompensado publicista. A la exquisitez de su poesía Gelman añadió una coherencia ejemplar que se manifestaba, semanalmente, en la solidez de sus artículos periodísticos publicados en Página/12, donde exponía con minuciosidad los crímenes, las maquinaciones y los mecanismos económicos, políticos y culturales de la dominación imperialista. Sus notas fueron a lo largo de muchos años una fuente obligada de consulta para quienes querían combatir de verdad -no con gestos y palabras vacías- al monstruo que pone en cuestión la sobrevivencia de la humanidad.

Por eso podemos decir que ha partido uno de los “imprescindibles”, como decía Brecht. Extrañaremos sus incisivas columnas semanales, pero aún así la obra de Gelman seguirá siendo fuente de inspiración para todos los que creen que debemos, y podemos, construir un mundo mejor. Sembró palabras e ideas que ya están germinando con fuerza en los corazones de millones de militantes antiimperialistas de Nuestra América.

Tomado del blog del autor

 

 

‘Sobre la poesía’

geman lee poemas suyos barcelona mayor de 2011

Uno de los poemas más populares de Juan Gelman es Sobre la Poesía, perteneciente a su libro ‘Hacia el sur’, de 1982. En la foto, durante un recital que tuvo lugar en Barcelona en 2011

“Habría un par de cosas que decir/
que nadie la lee mucho/
que esos nadie son pocos/
que todo el mundo está con el asunto de la crisis mundial/ y

con el asunto de comer cada día/ se trata
de un asunto importante/ recuerdo
cuando murió de hambre el tío juan/
decía que ni se acordaba de comer y que no había problema/

pero el problema fue después/
no había plata para el cajón/
y cuando finalmente pasó el camión municipal a llevárselo
el tío juan parecía un pajarito/

los de la municipalidad lo miraron con desprecio o desdén/murmuraban
que siempre los están molestando/
que ellos eran hombres y enterraban hombres/y no
pajaritos como el tío juan/especialmente

porque el tío estuvo cantando pío-pío todo el viaje hasta el crematorio municipal/
y a ellos les pareció un irrespeto y estaban muy ofendidos/
y cuando le daban un palmetazo para que se callara la boca/
el pío-pío volaba por la cabina del camión y ellos sentían que les hacía pío-pío en la cabeza/el

tío juan era así/le gustaba cantar/
y no veía por qué la muerte era motivo para no cantar/
entró al horno cantando pío-pío/ salieron sus cenizas y piaron un rato/
y los compañeros municipales se miraron los zapatos grises de vergüenza/pero

volviendo a la poesía/
los poetas ahora la pasan bastante mal/
nadie los lee mucho/ esos nadie son pocos/
el oficio perdió prestigio/ para un poeta es cada día más difícil

conseguir el amor de una muchacha/
ser candidato a presidente/ que algún almacenero le fíe/
que un guerrero haga hazañas para que él las cante/
que un rey le pague cada verso con tres monedas de oro/

y nadie sabe si eso ocurre porque se terminaron las muchachas/ los almaceneros/ los guerreros/ los reyes/
o simplemente los poetas/
o pasaron las dos cosas y es inútil
romperse la cabeza pensando en la cuestión/

lo lindo es saber que uno puede cantar pío-pío
en las más raras circunstancias/
tío juan después de muerto/ yo ahora
para que me quieras.”

 

Juan Poeta

juan gelman 1

Por Osvaldo Bayer

Desde Bonn, Alemania

Un poeta llamado Juan, con nombre de albañil de brocha gorda, de peón de campo, de plantador de nogales. Juan, nada más que Juan. Ni Juan Domingo ni Juan Pablo. Juan. Pero el noble de la poesía. Eso sí, la poesía más profunda, con el lenguaje sencillo, con la palabra de la calle. Y la filosofía profunda de barrio que la hizo cátedra.

Podría escribir un libro sobre nuestro encuentro, pero prefiero abrir uno de tus libros porque allí está todo, todo lo que decías en nuestras extensas conversaciones: la injusticia social, lo que es poner el cuerpo para que no haya más niños con hambre, para guiñar el ojo a una mujer que nos gusta, para hablar de la filosofía de las calles y pintarla en una acuarela con todos sus colores.

Juan, el sabio. Juan, el mano abierta. Juan. El esencialmente poeta en todo. Juan, el ciudadano que pone la cara. Completo. Todo dicho en sus sabios versos. Un cantor de los barrios pobres que nos enseña qué deber debe ser la dignidad contra la futileza del arribismo. Sí, la idiotez egoísta del arribismo.

Juan Gelman, nuestro poeta de máxima sabiduría. Pero poeta. Nada más que eso. Que es todo.

Los hermosos recuerdos. Nos conocimos en la redacción de Noticias Gráficas, allá por la década del cincuenta, en el edificio de la Avenida de Mayo. Allí nos juntábamos los que hacíamos Gaceta Literaria, que dirigían Roberto Hosne y Pedro Orgambide, junto a otros escritores y poetas que recién comenzaban a escribir. Y después, en la redacción de Clarín –cuando estaba aún Roberto Noble– que trataba de imitar a Natalio Botana, el director de Crítica, con una redacción, la mitad de derecha y la mitad de izquierda. Allí, sentado, con la imaginación caminando por otro lado, estaba Raúl González Tuñón, el grande, hoy tan olvidado. Raúl González Tuñón, qué poeta, que fue tu verdadero maestro y vos reconociste eso con gran orgullo. Raúl, el poeta de los barrios, el poeta de la gente humilde, de los conventillos y del tango. Poeta de poetas. Me acuerdo de él, caminando perdido por la redacción, mirando al infinito, pensando en sueños, tratándose de explicar todo en versos.

Vos, Juan Poeta, eras un comunista a carta cabal. Soñabas con el fin del capitalismo. Cuántas veces discutimos hasta la madrugada en aquel café de Uruguay y Corrientes, que hoy, lástima, no existe más. Vos por la dictadura del proletariado; yo por la Igualdad en Libertad. Pero, por encima de las discusiones, nuestra amistad, muy fraternal, por cierto. Juan Gelman, el apellido inventado por tu padre ruso para poder entrar a la Argentina, y Juan, el nombre del pueblo. Justo para un poeta, el mayor poeta del pueblo.

Luego vendrá la época del fuego. Las dictaduras. Que culminará con el más cobarde de los sistemas de represión: la desaparición de personas. Y vos, firme en tu pensamiento: sólo con la lucha violenta contra la violencia se podrá triunfar. En vez de la vida cómoda del poeta que se encierra solo en el altillo para escribir versos, el luchador que pone el rostro en la vanguardia. ¡Si lo habremos discutido!

Hasta que llegó la época de López Rega. El miserable. Y ya nos podíamos ver muy poco. La última vez, antes del exilio, a la noche, en una mesa del café de Tribunales, ahí, bien atrás, contra la pared. La tristeza por la muerte de tantos compañeros, amigos del alma. Y fue una especie de despedida de dos que querían arreglar el país, pero con distintos métodos. Te repetí lo que yo pensaba sobre la lucha política y vos sonreístes y me dijiste: “el triunfo final será nuestro”. Y pasamos a hablar de poesía.

En el exilio nos vimos muchas veces. Estuviste en mi “Tugurio” de Berlín, en el barrio reo de Kreutzberg. Los encuentros cargados de tristezas, con el recuerdo de los que se fueron.

Una vez le dijiste a uno de mis hijos: “Admiro a tu padre que fue capaz de salvar a todos sus hijos”. La próxima vez que nos vimos te respondí: “Sí, pero vos sos un héroe del pueblo, un Hijo del Pueblo, título que los obreros de antes le daban a quienes ponían el cuerpo”.

Nuestra mejor cita era, todos los años, la Feria del Libro de Francfort. Allí nos sentíamos bien. Planes, siempre planes para el futuro. Tu rostro triste e irónico y tus palabras donde se escapaba siempre la poesía. Tu ternura cuando hablabas de los queridos amigos que ya no estaban más: Rodolfo Walsh, el Paco Urondo, Haroldo Conti… el dolor metido tan adentro que nunca se iría, que nunca se explicaría…

Mi gran alegría fue cuando dijiste “Sí” a mi proyecto de hacer un libro conjunto sobre el exilio y que se llamara así, justo: “Exilio”. Tu poesía y mi prosa dándose un abrazo. Allí, tu poesía describe tal cual lo injusto, la nostalgia, los amigos que cayeron, el dolor que queda ahí, bien adentro, para siempre.

Tu definición de exilio la escribiste, al pasar, en la primera página: “Guardamos la ropita en el ropero, pero no hemos deshecho las valijas del alma”.

Y vos no abriste nunca a esas valijas. Hubiera sido como encontrar a tus queridos muertos por los dictadores. Las cerraste para siempre y las llevaste cerradas al México del final.

Me imagino que ahora sí, las vas a abrir para encontrar lo que perdiste.

Y escribir, escribir, tu magia, tu varita de mago. Cuando puedas, pasame por debajo de la puerta tus nuevas poesías eternas.

Nos encontraremos, sin dudas, ya lo predicás vos en nuestro “Exilio”:

“Somos pedazos del viaje universal, diferentes, contrarios, las mismas olas nos arrastran. Iremos a parar a cualquier playa. Vamos a hacer un fueguito contra el frío y el hambre.

Vamos a arder bajo la misma noche.

Vamos a vernos, ver.”

Para Juan Poeta, la vida fue sólo poesía y compromiso con el ser humano. Soñador. “Poeta esencial. Pura poesía.” Tu epitafio debe decir sólo eso.

Has pasado a llamarte de Juan Gelman a Juan Poeta.

File photo of Argentine poet Juan Gelman attending a news conference in Monterrey

Duelo

Por Luis Bruschtein

La presidenta Cristina Kirchner decretó tres días de duelo nacional por la muerte de Juan Gelman, un poeta que hasta fines de los ’80 estuvo proscripto y no podía regresar al país. Esa muerte y ese duelo no quedan acotados al plano puro del arte o la literatura. Hubiera sido también en su momento, y merecidamente, por Borges, pero a nadie le habría llamado la atención, ni siquiera a los peronistas. La decisión política de declarar el duelo nacional por la muerte del poeta Juan Gelman es una forma de repatriarlo, de recuperarlo, de hacerlo propio, a él y a esa parte de la historia que representó, castigada, escarnecida y expulsada. Tres días de duelo por el poeta y por su sombra dolida y silenciosa y por su vida de lucha y alegría junto a “Pedro el albañil” y “María, la sirvienta”. Duelo por un poeta que se apropió de odios y amores argentinos y vivió sus propios versos cuando decía:

“Si me dieran a elegir, yo elegiría / este amor con que odio, / esta esperanza que come panes desesperados. / Aquí pasa, señores, / que me juego la muerte”. Y también es el poeta que logró recuperar a su nieta Macarena, que había sido apropiada por los militares durante la dictadura, y el hombre que había recibido todos los reconocimientos internacionales que puede tener un poeta, el Premio Cervantes, el Reina Sofía o el Juan Rulfo, el escritor considerado hasta el momento de su muerte como el mayor poeta vivo de habla hispana.

Hay vasos comunicantes entre poesía y política. Hay historias donde los poetas se convierten en íconos de su momento histórico, como Miguel Hernández con la República Española, Pablo Neruda con el Chile de Allende, Nicolás Guillén con la Revolución Cubana o el mismo José Hernández, el intelectual de la montonera más vilipendiada por la historia oficial, que terminó convirtiéndose en el poeta nacional, expresión de una identidad, a pesar de haberse levantado en armas tres veces junto al general López Jordán contra Mitre y Sarmiento. Son los poetas que están del lado de la justicia y los débiles, de los que pierden batallas pero ganan guerras en otras dimensiones. Aciertan y se equivocan como cualquier mortal pero tienen una relación indescifrable, involuntaria y privilegiada con la historia.

Sin proponérselo, habiendo querido ser sólo poeta, Juan Gelman se inscribe en esa tradición para los argentinos desde fines de los ’50, cuando publicó su primer libro. En esos años, los intelectuales de la izquierda no comunista se habían expresado en la revista Contornos, que dirigían los hermanos Ismael y David Viñas. En el otro carril de la izquierda, en el abundante universo cultural de los comunistas de aquellos años brillaban las estrellas de tres jóvenes promesas que ya habían pasado los 20 años. Un intelectual teórico que apuntaba a reemplazar a los Ghioldi, el sociólogo Juan Carlos Portantiero, un escritor que se había revelado con una serie de cuentos poderosos, Andrés Rivera, y el poeta Juan Gelman, dos años más chico que Rivera.

Influenciados por las revoluciones china y cubana, a principios de los años ‘60 los tres se fueron del Partido Comunista con una fracción que se llamó Vanguardia Revolucionaria, que se extinguió rápidamente. Juan Gelman era el corresponsal argentino de la agencia china Xin-Hua, pero a mediados de los ’60 estaba más próximo a la Revolución Cubana y dejó la agencia china, donde lo reemplazó Andrés Rivera, quien siguió escribiendo allí hasta muchos años después.

Desde aquella época hasta su reaparición en los ’80 con novelas deslumbrantes, como La revolución es un sueño eterno y El amigo de Baudelaire, Rivera publicó poco, en cambio fue el período más productivo de Portantiero y Gelman. El primero incursionó en un Gramsci hasta ese momento muy relegado por la ortodoxia marxista, editó con Pancho Aricó los Cuadernos de Pasado y Presente, rozó las experiencias guerrilleras peronistas, en el exilio se enroló en el eurocomunismo y la crítica al socialismo real y finalmente integró el Grupo Esmeralda, que respaldó a Raúl Alfonsín.

Todos ellos eran leídos igualmente por peronistas y no peronistas. El campo de la cultura nacional y popular tenía algunos puntos de contacto desde los apuntes teóricos de John William Cooke, el revisionismo histórico de Fermín Chávez, Pepe Rosa o el colorado Abelardo Ramos, poetas de una potencia inusitada como Leónidas Lamborghini con su “Eva Perón en la hoguera” y las cátedras nacionales de Roberto Carri, Alcira Argumedo y Horacio González.

Marcados por el prejuicio, en general los no peronistas conocían poco o nada del universo cultural que generaba el peronismo. La complejidad de Hernández Arregui o las miradas críticas de Rodolfo Puiggrós o Abelardo Ramos sobre el papel de la izquierda antiperonista ponían un rechazo de antemano. Para la izquierda no peronista no había nada en el peronismo. En cambio, la militancia peronista leía de todos lados.

En ese paisaje fue apareciendo la poesía de Juan Gelman con versos como “un hombre deseaba violentamente a una mujer, / a unas cuantas personas no les parecía bien, / un hombre deseaba locamente volar, / a unas cuantas personas les parecía mal, / un hombre deseaba ardientemente la Revolución / y contra la opinión de la Gendarmería / trepó sobre los muros secos de lo debido, / abrió el pecho y sacándose / los alrededores de su corazón, / agitaba violentamente a una mujer, / volaba locamente por el techo del mundo / y los pueblos ardían, las banderas”. Estaba en Gotán, que se publicó en 1962 junto con otras poesías como “María, la sirvienta” y “Pedro, el albañil”.

Entre “Cuba Sí” y “Fidel”, al mismo tiempo se va abriendo al peronismo. Se incorpora a las FAR y luego a Montoneros. No se concebía como un poeta que militaba, sino como un militante que escribía poesía. Nunca reclamó ningún privilegio para su condición de poeta y nunca dejó de serlo, nunca paró de escribir. Su amor por Vladimir Maiakovski, el poeta de la Revolución Rusa, una historia que lo conmueve, que lo desconcierta y lo indigna y le producía también un fuerte rechazo del estalinismo. En el exterior se separó de Montoneros con críticas al militarismo y al sectarismo de la conducción de esa organización y se quedó en el exilio donde comenzó una dolorosa búsqueda en los pliegues de la derrota, en su hijo desaparecido, en sus amigos muertos y desaparecidos, le escribe a Rodolfo Walsh y a Paco Urondo, recuerda a Haroldo Conti. “Te pisaré loco de furia. / Te mataré los pedacitos. / Te mataré una con Paco. / Otra lo mato con Rodolfo. / Con Haroldo te mato un pedacito más. / Te mataré con mi hijo en la mano. / Y con el hijo de mi hijo muertito. / Voy a venir con Diana y te mataré. / Voy a venir con José y te mataré. / Te voy a matar derrota”.

Se supone que las derrotas no se matan, pero derrotó varios pedacitos de ella cuando encontró a la hija de su hijo. “Te mataré con mi hijo en la mano –le dijo– y con el hijo de mi hijo muertito.” Volvió a la Argentina, dirigió el suplemento cultural de Página/12 y volvió a enamorarse ya de Mara, su última esposa. Desde México respaldó los avances populares en América latina y en sus contratapas de los domingos cuestionaba en forma implacable la prepotencia militar de Estados Unidos como potencia hegemónica. Murió a los 83 años, después de haber escrito amaramara, un libro de amor. Son batallas, son derrotas, son cicatrices y algunas victorias que dejó en sus poemas, donde el mundo reconoce señas de identidad, rasgos y fragmentos de un espíritu. También algo de humanidad de los seres humanos y de los argentinos. El duelo es por el poeta y un homenaje a esa humanidad.

TOMADOS DE PÁGINA/12

Este Snowden, qué molestia

Por Juan Gelman

Se ha convertido en un elemento que irrita las relaciones EE.UU./ Rusia. Washington sigue reclamando a Moscú la captura y entrega inmediata de Edward Snowden, todavía habitante del aeropuerto moscovita Sheremetyevo, quien ha solicitado formalmente asilo temporal a Rusia. No es apenas una demanda a las calladas que Obama ha formulado discretamente a Putin por teléfono: el subsecretario de prensa de la Casa Blanca, Jay Carney, vocero de los estados de ánimo presidenciales, advirtió que el hecho podría crear “problemas a largo plazo” con el Kremlin.

El miércoles pasado, Carney sugirió con deliberada vaguedad que Obama podría cancelar su entrevista cara a cara con Putin, solicitada por éste, y hasta, suspender su viaje a San Petersburgo donde a principios de septiembre tendrá lugar una reunión del G-20. Lo primero sería una bofetada personal y pública al mandatario ruso; lo último, un acto político de magnitud. Putin insiste en que el mandatario estadounidense pase por alto esta situación y ha reiterado que la cuestión del asilo temporal atañe a las autoridades de Migración. Pero el martes declaró a Snowden “un obsequio no bienvenido” de EE.UU. y subrayó que el whistleblower en inglés o soplón en castellano, lengua en la que suena despectivamente, no estaría anclado en Rusia si Washington no hubiera cancelado su pasaporte e impidiera que los países de la Unión Europea abrieran su espacio aéreo para un probable viaje a América latina (www.denverpost.com, 16-7-13).

Hay otras propuestas de acción. El senador republicano Lindsey Graham declaró que EE.UU. debería boicotear los Juegos Olímpicos de Invierno del año próximo que se realizarán en la ciudad rusa de Sochi: “Si le dan asilo a una persona que, a mi juicio, traicionó a EE.UU., el tema pasa a otro nivel” (//nbcpolitics.nbcnews.com, 15-7-13). Y eso que el senador “ama las Olimpíadas”.

Snowden se comprometió a no filtrar más documentos si el asilo ruso llega. En un e-mail que envió a uno de sus más prominentes defensores, el ex senador republicano Gordon J. Humphrey, Snowden señala que no ha hecho pública “ninguna información que dañaría a nuestro pueblo y no tengo la intención de hacerlo”. Y agrega: “Por otra parte, ningún servicio de inteligencia –ni siquiera uno nuestro– tiene la capacidad de vulnerar los secretos que sigo protegiendo. Aunque no se ha difundido en los medios, una de mis especialidades fue enseñar a nuestra gente del DIA (el organismo de inteligencia de Defensa) cómo impedir que esa información fuera vulnerable incluso para los ámbitos de contrainteligencia más peligrosos (por ejemplo, China). No se preocupe, no pueden obligarme a revelar esa información ni bajo tortura” (www.guardian.co.uk, 16-7-13).

El ex senador republicano, que ocupó su banca doce años y fue miembro del Comité de Relaciones Exteriores, el Comité de Servicios Armados y el Comité Jurídico de ese cuerpo legislativo, considera a Snowden “un whistleblower valiente por exponer lo que consideró una violación masiva de la Constitución de Estados Unidos”.

El tema Snowden es espinoso para los dos países. Putin desea el encuentro con Obama, es una oportunidad de fortalecer el comercio con EE.UU. y de afirmar su potestad ante las continuas manifestaciones en su contra de quienes exigen la liberación de los detenidos el año pasado por oponerse a su elección. El líder ruso dejó en claro que “las relaciones bilaterales, en mi opinión, son mucho más importantes que las reyertas por las actividades de los servicios secretos” (Reuters, 17-7-13).

Sería embarazoso para Putin que Obama suspendiera la reunión entre ambos, pero también sería para Obama un paso arriesgado, pues depende de la cooperación de Rusia en los problemas Siria, Irán y Corea del Norte. Obama también espera convencer a Putin de que reduzca 500 armas de su arsenal nuclear como parte de una iniciativa que propuso en Berlín (www.huffingtonpost.19-6-13).

Los expertos en temas internacionales se dividen en dos: los que aseguran que Putin entregará a Snowden y los que se muestran escépticos ante esa posibilidad. Para Moscú, hacerlo a cambio de algún favorcito estadounidense sería perder la cara y reconocer implícitamente que se doblega ante la superpotencia mundial. Por ese camino van los dichos de Putin. Andrew Weiss, ex experto en Rusia de la Casa Blanca con Clinton, opina que “la idea de que podemos negociar con las autoridades rusas una posible salida (de Snowden) de su territorio parece improbable. Aunque el gobierno ruso comprueba que tiene una papa caliente en las manos, preocupa a Putin –un ex agente de inteligencia– el precedente que sentará entregándolo a EE.UU.”.

En tanto, el profesor sueco Stefan Swallfors propuso a Snowden como candidato al Premio Nobel de la Paz 2013 por su “esfuerzo heroico de gran costo personal”. Esto, agregó, podría salvar al Premio “de la apresurada e indecorosa decisión de otorgárselo a Barack Obama en 2009”. ¿Sería así?

América latina está enojada y Europa un poquito

Grabado «Las brujas en sus escobas», de Francisco de Goya

Por Juan Gelman

Cunde la indignación en los países de América latina por el atropello propinado al mandatario boliviano Evo Morales al permitir y luego prohibir al avión presidencial el espacio aéreo de España, Francia, Italia y Portugal para su regreso a La Paz. El pretexto, manifestado con todas las palabras por el embajador de EE.UU. en Viena, fue que transportaba a Edward Snowden, el ex técnico de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés) que denunció la existencia de un mundo donde cada quien es espiado. Washington también afirmó en su momento que Irak estaba atiborrado de armas de destrucción masiva. No se encontró una ni por equivocación.

Esa actitud de los cuatro países europeos no sólo tiene el aire del patrón maltratando a un inferior, también denota un cariz de desdeñoso racismo. Porque para esta gente, ¿qué es Bolivia? Un país pequeño, de poco peso internacional y encima gobernado por un indígena. Cabe dudar mucho, pero muchísimo, de que se intente alguna vez aplicar semejante violación a las convenciones internacionales de Chicago y de Viena a la aeronave de México, Argentina o Brasil que transportara a sus presidentes. Las disculpas por este escándalo –Portugal adujo “razones técnicas”, el galo socialista Hollande lamentó “el contratiempo”– son tan flacas que dejan ver los huesos de la mentira. Con la soberbia ibérica que lo caracteriza, Rajoy manifestó que España no tenía por qué pedir disculpa alguna.

La irritación latinoamericana toca niveles más altos cuando Snowden da a conocer, por ejemplo, documentos que muestran a Brasil convertido en base de operaciones de la NSA. A solicitud de Bolivia, Nicaragua, Venezuela y Ecuador, se llevó a cabo el martes una sesión extraordinaria de la Organización de Estados Americanos, que condenó a los cuatro países europeos y les exigió explicaciones de lo actuado.

Mientras EE.UU. amenaza con considerar enemigo al país que brinde asilo a Snowden y exige su inmediata captura a Rusia y a Venezuela, Bolivia y Nicaragua que le ofrecieron cobijo, la irritación también se expresa en algunos países europeos que ahora saben, gracias al ex de la NSA, que también son espiados, en especial Alemania. La Merkel se le quejó a Obama: una acción de esa naturaleza, le dijo, es inaceptable entre “socios y amigos”. El tema es qué le resulta inaceptable a la canciller: que su país sea espiado o que los servicios alemanes, que trabajan de consuno con la CIA, conocieran el programa de espionaje, pero no recibieran ninguna información.

El importante semanario germano Der Spiegel señaló que esa clase de espionaje nada tiene que ver con la seguridad nacional y que no sólo es una mera intrusión en la privacidad de la gente, sino también en la correspondencia diplomática y las estrategias negociadoras en materia de comercio (www.spiegel.de, 7-7-13). Y no sólo: el espionaje de las grandes empresas permite a EE.UU.aprovechar avances tecnológicos que aún no posee. Alemania es el blanco número uno en la materia. La ministra de Justicia, Sabine Leutheusser-Schnarrenbeger, señaló que esos métodos eran propios de la Guerra Fría. Sólo que ahora entre “socios y amigos”, no agregó.

El gesto alemán parece haber dado a Hollande más energía condenatoria que en el caso Snowden: “Pedimos que esto se acabe de inmediato… Tenemos la evidencia suficiente para pedir una explicación”, se envalentonó (www.alterney.org, 6-7-13). Es que, como señalara The New York Times: “Una lectura atenta de los documentos de Snowden muestra hasta qué punto la agencia furtiva (la NSA) desempeña ahora dos nuevos papeles: es una masticadora de datos, con un apetito (capaz) de recolectar, y almacenar durante años, una asombrosa variedad de información. Y es una fuerza armada de inteligencia con ciberarmas destinadas no sólo a monitorear computadoras extranjeras sino también, si fuera necesario, a atacarlas” (www.nytimes.com, 7-7-13).

Mientras la Casa Blanca exige la cabeza de Snowden a toda costa, la Sam Adams Associated for Integrity in Intelligence acaba de concederle su premio anual por “su decisión de revelar la vastedad de la vigilancia electrónica que el gobierno de EE.UU. ejerce sobre los habitantes del país y de todo el mundo” (www.middle-est-online.com, 9-7-13). Se trata de una organización curiosa: la mayoría de sus integrantes son ex agentes de alto rango de los servicios de inteligencia estadounidense que, desde luego, conocen y acatan la necesidad legítima de mantener en secreto determinados documentos. Piensan, a la vez, que cuando se guardan secretos para ocultar actividades inconstitucionales es su deber apoyar a quienes tienen el valor de filtrar la verdad. Así, proclamaron a Snowden ganador del Premio Sam Adams 2013. Bregan por un espionaje con ética.

Tomado de Página/12

“La presencia ausente de lo amado”

Entrevista a Juan Gelman

Por Silvia Arana

La presentadora de la Rueda de prensa con Juan Gelman en la Casa de la Cultura, Quito, 10 de junio de 2013, recordó que el poeta argentino se encuentra en Ecuador para recibir el Premio Honorífico “Poeta de dos hemisferios”, otorgado por el Encuentro de Poesía Paralelo Cero. Y que además recibiría otras distinciones como la condecoración Benjamín Carrión de la Casa de la Cultura Ecuatoriana,”Huésped Ilustre” del Municipio de Quito, condecoraciones de la Universidad Central y de la Universidad de Otavalo. Hizo un recorrido por la obra y los premios recibidos por Gelman, entre los que se destaca el Premio Cervantes 2007. Mencionó el compromiso político del escritor, periodista y militante perseguido por la Dictadura Militar Argentina (1976-1983), la que fue además responsable de la desaparición y asesinato de su hijo y de su nuera, al igual que del secuestro de su nieta.

Luego, Raúl Pérez Torres, presidente de la Casa de la Cultura, recordó su primer encuentro con Gelman, en los años ochenta. Dijo que pensaba encontrar al poeta más triste de la Tierra, y se sorprendió con el sentido de humor y la ironía, por su ética y una forma de luchar impregnada de esperanza.

A continuación, la trascripción de la charla con los periodistas*.

La primera pregunta va dirigida al poeta: ¿Cómo ha influido el exilio en su obra literaria, continúa hoy el exilio para usted?

J. G.: La segundo es muy claro: No, no me siento en exilio; elegí vivir en México, donde no estuve exiliado.

En cuanto a lo anterior, sí, el exilio influyó en mí, sobretodo porque ahí volví a los místicos españoles, San Juan de la Cruz, Santa Teresa. Y encontré un sentimiento muy semejante en ellos, porque tanto ellos como yo necesitaban y vivían la presencia ausente de lo amado: para ellos, Dios; para mí, el país, los familiares que perdieron la vida, los compañeros que perdieron la vida, amigos asesinados por la dictadura militar y también la pérdida de un proyecto que fracasó…

La segunda pregunta va dirigida al periodista Juan Gelman, que ha escrito sobre la persecución de los denunciantes de conciencia, como Bradley Manning, cuyo juicio se lleva a cabo en este momento en EE.UU. ¿Cuál piensa que es la razón fundamental del gobierno de EE.UU. para perseguir a los denunciantes de conciencia, como Manning?

J. G.: Entiendo que en el caso de Manning es muy claro lo que hizo: ayudó a destapar secretos diplomáticos que han shoqueado a muchos gobiernos, incluidos muchos gobiernos latinoamericanos, como cuando la Secretaria de Estado le pregunta el embajador estadounidense en Buenos Aires si los síntomas psicológicos de la presidenta, mostraban alguna tendencia hacia la locura. Pero creo que el propósito principal con respecto al soldado Manning está en la persona de Assange, para llevarlo a EE.UU. donde enfrentaría la pena de muerte. Y, en general, la moraleja (lección) a todos aquellos que se sienten indignados, que tienen un problema de conciencia y que se sientan impulsados a denunciar las atrocidades del imperio.

Poeta, mi pregunta tiene que ver con usted que vivió la época de dictadura, que vivió procesos de mucha violencia, que los sufrió en carne propia, ¿cómo analiza usted ahora que los gobiernos progresistas de América Latina, en caso específico el del presidente Correa, podrían cambiar el trabajo del poeta?

J. G.: Mire, no es que la poesía no registre esos cambios tan favorables, que se traducen en favor de nuestro pueblo, pero la poesía obedece a otras leyes, nadie sabe si Shakespeare era comunista o era derechista; ahí está su obra. Yo creo que el tema político-ideológico, ocupa un lugar en la subjetividad creadora pero no la ocupa toda.

También ocurren cosas curiosas, como el caso de Ezra Pound, que hizo propaganda en favor de Mussolini y escribió un poema contra la usura que ningún marxista, maoísta, leninista escribiera jamás.

Celine (autor de Viaje al fin de la noche) quien denunció la pobreza en Francia, perteneció al partido comunista y sin embargo terminó escribiendo los folletos más antisemitas y racistas que se hayan escrito jamás.

La relación ideología, política y literaria depende de cada quien y no es nada clara.

Por ejemplo, tenemos el caso de Borges, quien asistió a esa famosa comida en mayo del 76, y salió diciendo que los militares eran unos caballeros, aceptó un premio de Pinochet, dijo que España estaba mejor con el franquismo. Pero ocurrió que se enteró de las desapariciones de las personas, tema del que no sabía nada (estaba ciego, se juntaba con personas que jamás le iban a hablar de las barbaridades de la dictadura) y sin embargo, al hablar con esta amiga que tenía una amiga a la que le desaparecieron la hija, y al saber de qué se trataba firmó el primer manifiesto público contra las desapariciones que se hizo en Argentina. Un agente de los servicios que era locutor de radio lo llama por teléfono para decirle que había aparecido una firma de Borges, que no entendía de qué se trataba… que no entendía por qué. Borges, quien no tenía la memoria muy sólida, le dice “¿Cuál manifiesto?”. El locutor se apuró y dijo: “Ya sabíamos que no era su firma, que eran esas locas de Plaza de Mayo, que exigen la aparición de sus hijos que están en la clandestinidad o paseándose…”, Borges lo interrumpió y le dijo: “Yo firmé ese manifiesto.” Y se cortó la comunicación.

Hay un documental de la BBC de Londres, en el que se le hace esa pregunta, y Borges, con los ojos empozados, dice: “Ignorancia, Sra., pura ignorancia.”

A Borges en Argentina se lo discutía desde que yo era joven pero el tema de la escritura sigue vigente y finalmente, lo que importa en un autor es la obra.

Raúl Pérez Torres: Y Solzhenitsyn?

Está el caso de Primo Levi que estuvo un año en un campo de concentración… Ahí nace, desde el punto de vista de la escritura, ahí sucede a mi juicio, que aquellos que no han sufrido en carne propia, pero que tienen la sensibilidad, la imaginación, el conocimiento de la vida y descubren el horror, el mal. Como la Brontë que escribió entre otras cosas, una novela en la que describió como nadie el mal del amor, una mujer a la que no se le conoció pasión alguna, y sin embargo, escribió ese libro. En cambio, en un Primo Levi, en un Solzhenitsyn hay vacíos que no se pueden vencer.

Yo lo sé por experiencia personal; no sé trata solamente del dolor sufrido, se trata de vencer el dolor que intenta aniquilarnos el espíritu y convertirnos en tierra fértil de cualquier autoritarismo.

En estos tiempos que se lee menos, que las generaciones jóvenes leen poco. Ud., ¿cree que la poesía está herida o que goza de buena salud?

J. G.: Creo que los que están heridos son los editores, por no hablar de los críticos… [Risas] La poesía existe desde el fondo de los siglos, y ningún desastre ha podido destruir su continuidad. Un filósofo chino del siglo II A. de C. (por favor, no me pidan nombre) dijo:

“Todo el mundo habla de la utilidad de lo útil, nadie habla de la utilidad de lo inútil”.

La poesía va a existir hasta que el mundo se acabe. Hay poetas en todo el mundo, en occidente, en oriente, que crean una especie de orquesta sinfónica.

Creo que la poesía es necesaria porque quien la lee suele descubrir territorios interiores que no sabía que tenían, y por eso mismo, no tenían.

¿Cómo enamorar precisamente a la gente común y corriente de este caudal de sensaciones? Y con respecto a la cultura cómo tal, ¿cuál sería la aproximación hacia ella en el momento actual?

J. G.: Una pregunta compleja, yo creo… Ayer anduve por el centro histórico, por la ciudad antigua de Quito, y me emocioné mucho al ver que proyectos como “Quito de a pie” atraían a mucha gente, a la familia con sus hijos, y luego vimos espectáculos extraordinarios. Hicieron llorar a mi mujer, ¡yo no lloré porque soy macho! [Risas].

De manera se nota qué hay detrás de toda esa belleza, infraestructuras de gobierno para la difusión de la cultura.

Hay un aspecto fundamental, en mi juicio, ¿cómo puede usted pensar que un obrero -estoy pensando en la ciudad de México con 22 millones de habitantes- cómo quiere usted que un obrero que viaja 2 o 3 horas de ida al trabajo y otras tantas de regreso a su casa, ¿cómo pedirle que lea? Hay una cantidad de cuestiones socio-económicas que tienen un peso determinante.

Quería preguntarle sobre su apreciación de un concepto de cultura que vaya unificando América Latina.

J. G.: Yo creo que ese trabajo de difusión de la cultura no implica necesariamente un intercambio, creo que ayuda a una difusión de la “otra” cultura porque en América Latina hay una diversidad cultural impresionante, Solo en México hay cientos de etnias, algunas de cuyas lenguas están proceso de extinción. En ese sentido el cuidado de la lengua original, es parte de la comprensión del otro, ayuda a entender que el otro existe. Ayuda a extender los campos de fraternidad entre los pueblos y ayuda a crear un piso, en el que con el tiempo se podrá cumplir en toda América Latina el sueño de Bolívar.

He visto una biografía suya en formato electrónico, ¿le gustaría o tiene un problema con que su obra se difunda en formato electrónico?

J. G.: Sí, tengo un problema. Yo tengo 83 años. Para mí, tonterías como internet, wifi, me he olvidado que existen. Yo tengo una resistencia para leer novelas o ensayos en internet. Además tiene sus peligros, yo cometí la tontería de guardar en una computadora como 20 poemas, el aparato se enojó, se echó a perder y perdí los poemas. Para mí (no digo que sea para todos) es difícil leer en internet. Tampoco creo que vaya a desaparecer el libro.

Raúl Pérez Torres: Creo que lo que le pregunta es si permitiría que su libro sea difundido en internet?

J. G.: ¿Alguien puede responder a eso?

Maestro, usted tiene una capacidad hipnótica para leer sus poemas. ¿Cómo desarrolló esa capacidad?

J. G.: Mire, no me consta. Todo lo que uno escribió ayer, a uno le parece insatisfactorio porque la poesía es una señora muy difícil de agarrar. Y luego está el lector que no conoce todas esas desgracias, dificultades, infortunios. A veces me llegan testimonios en el sentido de que más de uno uso un poema de amor para ligar, y me causa mucha satisfacción [Risas]

Si un poema mío sirve para enamorar, estoy más que satisfecho.

Tengo algunas anécdotas, como cuando una vez que Benedetti se encontraba en Buenos Aires y una radio nos hizo una entrevista en conjunto.

Benedetti leyó su poema. Luego, yo leí un poema de amor. Al salir de la estación, una empleada se me acerca y me dice:

-¿Ud. escribió ese poema?

Le digo: -Sí.

Y ella dice: -¡Hijo de puta!.

-Mire Srta., yo entiendo que el poema no le satisfaga pero yo soy una persona decente.

-No, hijo de puta un novio que tuve que me dijo que él era el autor de su poema. [Risas]

Pero la insatisfacción es permanente, creo que reside -en algo que yo estoy absolutamente de acuerdo- en la definición de la belleza de Sor Juana Inés, que describe la belleza como una espiral. Termina el libro, muere la obsesión que lo motivó y usted está en otro punto, más adelante en ese espiral.

Ud. que ha vivido tiempos dramáticos en América Latina permítame parafrasear uno de sus poemas. ¿Ud. cree que ha terminado la época de la “crisis de la ternura” en América Latina?

Los militares argentinos quemaron muchos libros, entre ellos El Principito, único caso en que les di la razón porque la ternura atenta contra las dictaduras.

Yo creo que hay una crisis del individualismo, más que de la ternura… es una opinión personal, como cuando uno dice quién va a ganar el partido del martes… [Risas.]

[N. de la A.: Referencia al partido de fútbol Ecuador vs. Argentina, eliminatorias al mundial.]

Ud. como poeta, como ser humano con una experiencia de 83 años cómo ve la poesía política en este momento de crisis en la vieja Europa, con el movimiento de indignados, con lo que sucede en Turquía, ¿qué opinión tiene respecto al intento de la juventud de reclamar a la clase política?

J. G.: Yo estoy totalmente de acuerdo con que la gente, los indignados protesten. Pero, Ud. se refirió a la poesía política. Poesía política se viene escribiendo desde hace siglos, desde los griegos hasta Shakespeare, Ricardo III es un gran poema político, de una belleza extraordinaria que describe la política del poder.

El Dante también tiene su costado político.

Lo que yo creo es que el único tema de la poesía es la poesía, y por eso mismo en un poema lo esencial es que sea poesía, cualquiera sea el asunto que trate. Por eso la mención del tema del poema político… eso no afecta su valor poético.

Su poesía también ha sido también de preguntas, es decir, nos ha ido planteando interrogantes a través de su poesía. ¿Cuáles son los interrogantes de Juan Gelman hoy en día?

J. G.: ¡Vaya pregunta! Yo creo que cualquier artista, de toda disciplina, escribe o crea alrededor de muy pocas cosas porque hay muchas cuestiones absolutamente impenetrables.

Vuelvo a la imagen de Sor Juana, el desarrollo en espiral permite ver distintos puntos desde distintos umbrales.

Esa pregunta sobre las obsesiones… las obsesiones son múltiples, interminables.

Había un pintor japonés que a los 90 años dijo: “Ojalá llegue a los 100 para seguir perfeccionando mi técnica. Ojalá llegue a los 110 para entender cabalmente los misterios de la naturaleza. Y ojalá llegue a los 120 para poder pintar.” Es una expresión de las dificultades que todo arte entraña.

Ud. es un experto en poesía y además un lector que ha leído poesía latinoamericana, los poetas relevantes del Ecuador ya murieron. ¿Ud. ve nuevos poetas de Ecuador que vayan a tener relevancia en los próximos años?

J. G.: En el estado de balcanización que vivimos en América Latina no es fácil hallar libros de autores de otros países.

Hace muchísimos años me invitaron a un festival de poesía en Venezuela, y me encontré por primera vez -yo tenía 60 años- con un poeta excepcional, Juan Sánchez Peláez. No había un solo libro de él ni en Argentina ni en ningún otro país. Festivales, como este, ayudan a que se vayan conociendo, y descorriendo el velo para que poetas de diferentes países se vayan conociendo entre sí. Mi respuesta sería insuficiente porque no conozco bien la poesía ecuatoriana. Pa’ qué mentir, dice el tango.

Recuerdo que Heidegger decía que solo se podía escribir poesía en griego o en alemán, ¿cuál dirías vos que es la especificidad del español, lo que otra lengua no tenga, para hacer poesía?

J. G.: Yo no conozco todas las lenguas del mundo, pero sí sé que gente que habla otras lenguas reconoce la musicalidad del castellano -yo prefiero llamarlo así, castellano. Hace años, durante mi exilio, estábamos en un recital de poesía en París, yo leí unos poemas y los poetas franceses, que no hablaban castellano, preguntaban de dónde salía eso, porque lo único que oían era la música de las palabras. Igual sucedía en Italia.

Del alemán sé que hay palabras de 14.224,24 sílabas… En cambio en castellano, creo que la palabra más larga es otorrinolaringólogo, y solo se usa cuando uno necesita consultar a ese especialista. El castellano es una lengua en estado de nacimiento, la lucha indígena de negarse durante 400 años a hablar castellano, ahora irrumpen y enriquecen nuestra lengua. Tuve una polémica con escritores que consideraban que esos vocablos “lastiman” la lengua. No es así. Ya Cervantes tuvo todo un discurso sobre la necesidad de ampliar el castellano…

La conversación finalizó con las carcajadas de los presentes ante la respuesta de Gelman al joven que le interrogó sobre el contenido de la “Carta a los jóvenes poetas” del futuro, cuyo contenido solo será conocido el 3 de mayo de 2050 -día en que Gelman cumpliría 120 años. Gelman le preguntó cuántos años tenía, el joven dijo “26”. Gelman acotó: “Entonces, puede esperar hasta el 2050.”

*Las primeras dos preguntas fueron formuladas por la autora, y el resto por periodistas de diferentes medios, que no fueron identificados, por el carácter informal de la charla.

Tomado de Rebelión

Manning ¿qué es? ¿Un traidor, un héroe moral?

Por Juan Gelman

Es el debate abierto desde que el lunes pasado comenzaron las sesiones de la corte marcial que juzga a Bradley Manning, el soldado experto en inteligencia que pasó a Wikileaks centenares de miles de cables secretos o clasificados del gobierno estadounidense que grandes medios como The New York Times, Le Monde, The Guardian y La Repubblica dieron a conocer a todo el mundo. Luego de tres años de prisión en solitario, donde fue objeto de torturas varias como permanecer, a veces desnudo, 23 horas de pie al día durante semanas, Manning es procesado en Fort Meade, complejo militar ubicado en Maryland. Curiosamente, el procedimiento está a cargo de un solo juez, la coronela Denis Lind, no de un tribunal.

Pesan sobre el soldado 21 cargos y Manning ha aceptado su culpabilidad en diez que ya le suman 20 años de prisión. Pero el delito principal del que se lo acusa es “haber ayudado al enemigo” violando el artículo 104 del Código Uniforme de Justicia Militar. Esto podría condenarlo a muerte o a prisión perpetua. El fiscal, capitán Joe Morrow, señaló que “se trata de un caso sobre un soldado que sistemáticamente recolectó centenares de miles de documentos clasificados y los subió a Internet, en manos del enemigo, un material que él sabía, dado su entrenamiento, que pondría en peligro la vida de sus compañeros soldados en peligro” (www.democracynow.org, 4/6/13). Agregó: “Esto sucede cuando la arrogancia tiene acceso a la información”.

Manning está acusado de difundir vía Wikileaks un video de 39 minutos titulado Crimen colateral: muestra cómo desde dos helicópteros Apache se dispara contra un grupo de unos doce iraquíes, entre ellos dos corresponsales de la agencia Reuters, matando a ocho e hiriendo a los demás. Dos civiles se acercan a Saeed Chmagh, uno de los periodistas, para ayudarlo a subir a una van, los helicópteros vuelven, ametrallan y mueren Chmagh, otro civil, dos niños que estaban en el vehículo y su padre. La difusión del video provocó una indignación general. Daniel Ellsberg, quien filtró los llamados “papeles del Pentágono”, sobre la guerra de Vietnam, que desnudaban las mentiras del entonces presidente Lyndon Johnson, calificó a Manning de “héroe”. Habría actuado así movido por su conciencia moral, por el deseo de mostrar al mundo las realidades de la guerra en Irak.

“Ayudar al enemigo” constituye un delito absolutamente grave y el fiscal argumentó que hubo una suerte de “pre-asociación” criminal entre Manning y Julian Assange –un tiro por elevación contra el director de Wikileaks, otro objetivo subyacente del proceso– para difundir los documentos. Laurence Tribe, profesor de Harvard considerado una autoridad en derecho constitucional, que enseñó la materia al presidente Obama, señaló que acusar a Manning de tal delito “sobre la base de nada aparte del hecho de que el individuo subió información filtrada a la web y de ese modo ‘dio conscientemente información de inteligencia’ a la que cualquiera podía tener acceso, abre sin duda un nuevo espacio peligroso” (www.guardian.co.uk, 3/6/13). Dicho de otra manera, sería un atentado contra la libertad de prensa y de expresión.

La jueza Lind indicó que para condenar a Manning por “ayudar al enemigo”, la fiscalía debe probar más allá de toda duda razonable que éste había proporcionado conscientemente información útil a Al Qaida y que él sabía que estaba tratando con un enemigo de EE.UU. Mark Johnson, especialista electrónico del ejército, declaró el martes que no había encontrado en la laptop de Manning el menor indicio de odio a EE.UU., ni materiales relacionados con el terrorismo (Reuters, 4/6/13).

El proceso a Manning, de una duración prevista de tres meses, tiene lugar en el contexto –muy criticado– de las seis acusaciones del gobierno contra funcionarios en virtud de la Ley de Espionaje, que duplican el número de las formuladas por todos los presidentes estadounidenses anteriores juntos; de los seis, sólo Manning enfrenta un tribunal (www.guardian.co.uk, 4/6/13). Por otra parte, el Departamento de Justicia mismo está bajo fuego graneado por haber intervenido ilegalmente los teléfonos de las oficinas y de los periodistas de la agencia de noticias AP, así como el de un periodista de Fox News que investigaba las pruebas nucleares de Corea del Norte.

La jueza Lind afirmó ya que la conexión Manning/Al Qaida pudo ser indirecta, vía Wikileaks, aunque el acusado tendría que saber “que estaba tratando con un enemigo de EE.UU.” y rechazó el pedido de la defensa de que se declarase inadmisible toda referencia a Al Qaida. No parece oscura la posición de la coronela. Para algunos observadores, declarar a Manning culpable de ese delito abriría las puertas al pedido de extradición de Assange, refugiado en la embajada de Ecuador en Londres. Sobre todo lo cual planea una ironía que subrayó la abogada Jesselyn Radack, del Proyecto de Responsabilidad Gubernamental: “Si Osama bin Laden o cualquier otro sospechoso de terrorista ha leído por Internet un artículo del New York Times (sobre el tema), el gobierno puede ahora acusar al periódico de ‘ayudar al enemigo’. Este es un gran problema”.

Tomado de Página 12