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LA VERDAD SOBRE LOS ESTADOS UNIDOS

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Por José Martí

Marzo 23 de 1894,

Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos. Ni se debe exagerar sus faltas de propósito, por el prurito de negarles toda virtud, ni se ha de esconder sus faltas, o pregonarlas como virtudes. No hay razas: no hay más que modificaciones diversas del hombre, en los detalles de hábito y forma que no les cambian lo idéntico y esencial, según las condiciones de clima e historia en que viva. Es de hombres de prólogo y superficie –que no hayan hundido los brazos en las entrañas humanas, que no vean desde la altura imparcial hervir en igual horno las naciones, que en el huevo y tejido de todas ellas no hallen el mismo permanente duelo del desinterés constructor y el odio inicuo, –el entretenimiento de hallar variedad sustancial entre el egoísta sajón y el egoísta latino, el sajón generoso o el latino generoso, el latino burómano o el burómano sajón: de virtudes y defectos son capaces por igual latinos y sajones. Lo que varía es la consecuencia peculiar de la distinta agrupación histórica: en un pueblo de ingleses y holandeses y alemanes afines, cualesquiera que sean los disturbios, mortales tal vez, que le acarree el divorcio original del señorío, y la llaneza que a un tiempo lo fundaron, y la hostilidad inevitable, y en la especie humana indígena, de la codicia y vanidad que crean las aristocracias contra el derecho y la abnegación que se les revelan, no puede producirse la confusión de hábitos políticos, y la revuelta hornalla, de los pueblos en que la necesidad del conquistador dejó viva la población natural, espantada y diversa, a quien aún cierra el paso con parricida ceguedad la casta privilegiada que engendró en ella el europeo. Una nación de mocetones del Norte, hechos de siglos atrás al mar y a la nieve, y a la hombría favorecida por la perenne defensa de las libertades locales, no puede ser como una isla del trópico, fácil y sonriente, donde trabajan por su ajuste, bajo un gobierno que es como piratería política, la excrecencia famélica de un pueblo europeo, soldadesco y retrasado, los descendientes de esta tribu áspera e inculta, divididos por el odio de la docilidad acomodaticia a la virtud rebelde, y los africanos pujantes y sencillos, o envilecidos y rencorosos, que de una espantable esclavitud y una sublime guerra han entrado a la conciudadanía con los que los compraron y los vendieron, y, gracias a los muertos de la guerra sublime, saludan hoy como a igual al que hacían ayer bailar a latigazos. En lo que se ha de ver si sajones y latinos son distintos, y en lo que únicamente se les puede comparar, es en aquello en que se les hayan rodeado condiciones comunes: y es un hecho que en los Estados del Sur de la Unión Americana, donde hubo esclavos negros, el carácter dominante es tan soberbio, tan perezoso, tan inclemente, tan desvalido, como pudiera ser, en consecuencia de la esclavitud, el de los hijos de Cuba. Es de supina ignorancia, y de ligereza infantil y punible, hablar de los Estados Unidos, y de las conquistas reales o aparentes de una comarca suya o grupo de ellas, como de una nación total e igual, de libertad unánime y de conquistas definitivas: semejantes Estados Unidos son una ilusión, o una superchería. De las covachas de Dakota, y la nación que por allá va alzándose, bárbara y viril, hay todo un mundo a las ciudades del Este, arrellanadas, privilegiadas, encastadas, sensuales, injustas. Hay un mundo, con sus casas de cantería y libertad señorial, del Norte de Schenectady a la estación zancuda y lúgubre del Sur de Petersburg, del pueblo limpio e interesado del Norte, a la tienda de holgazanes, sentados en el coro de barriles, de los pueblos coléricos, paupérrimos, descascarados, agrios, grises, del Sur. Lo que ha de observar el hombre honrado es precisamente que no sólo no han podido fundirse, en tres siglos de vida común, o uno de ocupación política, los elementos de origen y tendencia diversos con que se crearon los Estados Unidos, sino que la comunidad forzosa exacerba y acentúa sus diferencias primarias, y convierte la federación innatural en un estado, áspero, de violenta conquista. Es de gente menor, y de la envidia incapaz y roedora, el picar puntos a la grandeza patente, y negarla en redondo, por uno u otro lunar, o empinársele de agorero, como quien quita una mota al sol. Pero no augura, sino certifica, el que observa cómo en los Estados Unidos, en vez de apretarse las causas de unión, se aflojan; en vez de resolverse los problemas de la humanidad, se reproducen; en vez de amalgamarse en la política nacional las localidades, la dividen y la enconan; en vez de robustecerse la democracia, y salvarse del odio y miseria de las monarquías, se corrompe y aminora la democracia, y renacen, amenazantes, el odio y la miseria. Y no cumple con su deber quien lo calla, sino quien lo dice. Ni con el deber de hombre cumple, de conocer la verdad y esparcirla; ni con el deber de buen americano, que sólo ve seguras la gloria y la paz del continente en el desarrollo franco y libre de sus distintas entidades naturales; ni con su deber de hijo de nuestra América, para que por ignorancia, o deslumbramiento, o impaciencia, no caigan los pueblos de casta española, al consejo de la toga remilgada y el interés asustadizo, en la servidumbre inmoral y enervante de una civilización dañada y ajena. Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos.

Lo malo se ha de aborrecer, aunque sea nuestro; y aun cuando no lo sea. Lo bueno no se ha de desamar, sólo porque no sea nuestro. Pero es aspiración irracional y nula, cobarde aspiración de gente segundona e ineficaz, la de llegar a la firmeza de un pueblo extraño por vías distintas de las que llevaron a la seguridad y al orden al pueblo envidiado:–por el esfuerzo propio, y por la adaptación de la libertad humana a las formas requeridas por la constitución peculiar del país. En unos es el excesivo amor al Norte la expresión, explicable e imprudente, de un deseo de progreso tan vivaz y fogoso que no ve que las ideas, como los árboles, han de venir de larga raíz, y ser de suelo afín, para que prendan y prosperen, y que al recién nacido no se le da la sazón de la madurez porque se le cuelguen al rostro blando los bigotes y patillas de la edad mayor: monstruos se crean así, y no pueblos: hay que vivir de sí, y sudar la calentura. En otros, la yanquimanía es inocente fruto de uno u otro saltito de placer, como quien juzga de las entrañas de una casa, y de las almas que en ella ruegan o fallecen, por la sonrisa y lujo del salón de recibir, o por la champaña y el clavel de la mesa del convite:–padézcase; carézcase; trabájese; ámese, y, en vano; estúdiese, con el valor y libertad de sí; vélese, con los pobres; llórese, con los miserables; ódiese, la brutalidad de la riqueza; vívase, en el palacio y en la ciudadela, en el salón de la escuela y en los zaguanes, en el palco del teatro, de jaspes y oro, y en los bastidores, fríos y desnudos: y así se podrá opinar, con asomos de razón, sobre la república autoritaria y codiciosa, y la sensualidad creciente, de los Estados Unidos. En otros, póstumos enclenques del dandismo literario del Segundo Imperio, o escépticos postizos bajo cuya máscara de indiferencia suele latir un corazón de oro, la moda es el desdén, y más, de lo nativo; y no les parece que haya elegancia mayor que la de beberle al extranjero los pantalones y las ideas, e ir por el mundo erguidos, como el faldero acariciado el pompón de la cola. En otros es como sutil aristocracia, con la que, amando en público lo rubio como propio y natural, intentan encubrir el origen que tienen por mestizo y humilde, sin ver que fue siempre entre hombres señal de bastardía el andar tildando de ella a los demás, y no hay denuncia más segura del pecado de una mujer que el alardear de desprecio a las pecadoras. Sea la causa cualquiera, –impaciencia de la libertad o miedo de ella, pereza moral o aristocracia risible, idealismo político o ingenuidad recién llegada, –es cierto que conviene, y aun urge, poner delante de nuestra América la verdad toda americana, de lo sajón como de lo latino, a fin de que la fe excesiva de la virtud ajena no nos debilite, en nuestra época de fundación, con la desconfianza inmotivada y funesta de lo propio. En una sola guerra, en la de Secesión, que fue más para disputarse entre Norte y Sur el predominio en la república que para abolir la esclavitud, perdieron los Estados Unidos, hijos de la práctica republicana de tres siglos en un país de elementos menos hostiles que otro alguno, más hombres que los que en tiempo igual, y con igual número de habitantes, han perdido juntas todas las repúblicas españolas de América, en la obra naturalmente lenta, y de México a Chile vencedora, de poner a flor del mundo nuevo, sin más empuje que el apostolado retórico de una gloriosa minoría y el instinto popular, los pueblos remotos, de núcleos distantes y de razas adversas, donde dejó el mando de España toda la rabia e hipocresía de la teocracia, y la desidia y el recelo de una prolongada servidumbre. Y es de justicia, y de legítima ciencia social, reconocer que, en relación con las facilidades del uno y los obstáculos del otro, el carácter norteamericano ha descendido desde la independencia, y es hoy menos humano y viril, mientras que el hispanoamericano, a todas luces, es superior hoy, a pesar de sus confusiones y fatigas, a lo que era cuando empezó a surgir de la masa revuelta de clérigos logreros, imperitos ideólogos, e ignorantes o silvestres indios. Y para ayudar al conocimiento de la realidad política de América, y acompañar o corregir, con la fuerza serena del hecho, el encomio inconsulto, –y, en lo excesivo, pernicioso–de la vida política y el carácter norteamericanos, Patria inaugura, en el número de hoy, una sección permanente de «Apuntes sobre los Estados Unidos», donde, estrictamente traducidos de los primeros diarios del país, y sin comentario ni mudanza de la redacción, se publiquen aquellos sucesos por donde se revelen, no el crimen o la falta accidental–y en todos los pueblos posibles–en que sólo el espíritu mezquino halla cebo y contento, sino aquellas calidades de constitución que, por su constancia y autoridad, demuestran las dos verdades útiles a nuestra América:–el carácter crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos–y la existencia, en ellos continua, de todas las violencias, discordias, inmoralidades y desórdenes de que se culpa a los pueblos hispanoamericanos.

Relación de notas.
José Martí “La verdad sobre los Estados Unidos.” En Patria, Nueva York, 23 de marzo de 1894. Obras

POLÍTICA Y ELECCIONES EN LOS ESTADOS UNIDOS VISTAS POR JOSÉ MARTÍ

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images (1)Por Luis Toledo Sande

En su esencia, y hasta en detalles, los textos de José Martí sobre los Estados Unidos parecen de hoy. Escrutó esa nación con la inteligencia y la honradez que lo caracterizaron, y no incurrió en el deslumbramiento que han empañado no pocas miradas. En el que sus Obras completas se da como primero de sus cuadernos de apuntes —ubicado en 1871, cuando contaba dieciocho años—, la impugnó por consideraciones emocionales y de idiosincrasia, y asimismo en lo económico y social: “Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!”. Más que alabar el bienestar material, a lo largo de su vida valoraría la bondad y la cultura.

En “México y los Estados Unidos”, artículo publicado en el periódico mexicano Revista Universal el 27 de abril de 1876 y rescatado para el segundo tomo de la primera edición crítica —en realización por el Centro de Estudios Martianos— de sus Obras completas, escribirá: “La cuestión de México como la cuestión de Cuba, dependen en gran parte en los Estados Unidos de la imponente y tenaz voluntad de un número no pequeño ni despreciable de afortunados agiotistas, que son los dueños naturales de un país en que todo se sacrifica al logro de una riqueza material”. Semejante generalización habla por sí sola.

El 26 de octubre de 1881 apareció en La Opinión Nacional, de Caracas, una crónica en que repudió los partidos hegemónicos de los Estados Unidos, con ejemplos de su entorno neoyorquino, pero representativos del país: “En uno y otro partido se habían creado corporaciones tenaces y absorbentes, encaminadas, antes que al triunfo de los ideales políticos, al logro y goce de los empleos públicos. Nueva York es un Estado dudoso, en el que a las veces triunfan los republicanos, y a las veces los demócratas”.

Abundó entonces en los mecanismos de esas corporaciones: cada una “obedece a un jefe; y del nombre de ‘boss’ que se da a estos caudillos, hasta hoy omnipotentes e irresponsables, viene el nombre de ‘bossismo’, que pudiera traducirse por el nuestro de cacicazgo, aunque las organizaciones que lo producen, y las esferas de su actividad, le dan carácter y acepción propios. El boss no consulta, ordena; el boss se irrita, riñe, concede, niega, expulsa; el boss ofrece empleos, adquiere concesiones a cambio de ellos, dispone de los votos y los dirige: tiene en su mano el éxito de la campaña para la elección del Presidente”.

Su clara visión sobre los Estados Unidos no tardó en acarrearle contradicciones con el diario caraqueño, que lo llevaron a interrumpir su trabajo para esa publicación, y pronto las tuvo también con La Nación, de Buenos Aires. Su director, Bartolomé Mitre Vedia, en carta del 26 de septiembre de 1882 le informó que su primer despacho para ese rotativo había sido censurado “en lo relativo a ciertos puntos y detalles de la organización política y social y la marcha de ese país”. El empresario temía que, de publicarse el texto como lo escribió el autor, pudiera pensarse que el periódico “abría una campaña de denunciation contra los Estados Unidos como cuerpo político, como entidad social”. Nada menos.

El cariz de lo podado se infiere por lo que el corresponsal, quien tanto prestigio dio al rotativo bonaerense, logrará que circule en sus páginas. En crónica publicada el 18 de marzo de 1883 se refiere a “los republicanos de ‘media raza’, como les apodan; los buenos burgueses, que no desdeñan bastante a la prensa vocinglera, a las capas humildes, a la masa deslumbrable, arrastrable y pagadora”, y los contrapone a la facción dominante en dicho partido: “Los otros, los imperialistas, los ‘mejores’,—y sus apodos son esos,—los augures del gorro frigio, que, como los que llevaron en otro tiempo corona de laurel y túnica blanca, se ríen a la callada de la fe que en público profesan; los que creen que el sufragio popular, y el pueblo que sufraga, no son corcel de raza buena, que echa abajo de un bote del dorso al jinete imprudente que le oprime, sino gran mula mansa y bellaca que no está bien sino cuando muy cargada y gorda y que deja que el arriero cabalgue a más sobre la carga”.

Tampoco los políticos llamados “de ‘media raza’” se guiaban por la ética: “tenían el oído puesto al pueblo, que es viento arrollador, del que importa saber dónde va y viene. Y los ‘mejores’ eran, y aún son, los caballeros de la espalda vuelta: por donde les tomó el pueblo colérico, que alzó esta vez el látigo, y les dejó la espalda verde y negra”. Unos y otros coincidían en intereses y conducta, como el partido demócrata, envuelto con el republicano en una pugna que dio al traste con quienes podían estimarse democráticos.

En la misma crónica expresa: “¿A qué decir que el partido democrático sacudió a todo brazo cien fustas de fuego sobre los bandos rivales, y los alzaba desnudos en diaria y empinadísima picota, y les hincaba el diente en la más honda entraña? Pero ¿qué es hoy el partido democrático? En la política práctica, es acaso el partido triunfador; en la política de principios, que no son a veces, y muy comúnmente, más que armaduras que se toman o se dejan, según sean de efecto bueno, o de uso inútil en la batalla popular, el partido democrático es, en todo momento, todo lo contrario de lo que sea el partido republicano. Por donde los republicanos yerran, por ahí se están entrando los demócratas; del catálogo de vicios de los republicanos, que son,—excepto la tendencia ultraunificadora de estos,—los mismos que dieron en tierra, veinte años ha, con el partido democrático, hacen los demócratas ahora acta de acusación formidable”.

El 26 de octubre de 1884 circuló en La Nación una crónica martiana que va al fondo de los hechos, en términos que hoy sería acertado recordarle al imperio. Este, en su táctica hacia a Cuba, tras más de medio siglo de un bloqueo férreo, y fracasado en sus fines mayores, para influir en ella cifra esperanzas en los propietarios privados, a quienes ensalza como únicos emprendedores. En la crónica se lee: “El monopolio está sentado, como un gigante implacable, a la puerta de todos los pobres. Todo aquello en que se puede emprender está en manos de corporaciones invencibles, formadas por la asociación de capitales desocupados a cuyo influjo y resistencia no puede esperar sobreponerse el humilde industrial que empeña la batalla con su energía inútil y unos cuantos millares de pesos”.

Al describir una representación gráfica del monopolio blandida en una manifestación por trabajadores, apunta a la dinámica política y social determinada por la concentración de las riquezas en pocas manos: “Este país industrial tiene un tirano industrial. Este problema, apuntado aquí de pasada, es uno de aquellos graves y sombríos que acaso en paz no puedan decidirse, y ha de ser decidido aquí donde se plantea, antes tal vez de que termine el siglo”.

La solución requería un propósito aún hoy no logrado: el equilibrio del mundo frente a la expansión imperialista de los Estados Unidos, país que en lo externo saquea y oprime, y en lo interno edulcora la opresión con el botín del saqueo, y arma reyertas presentadas como expresión de la democracia: “Es recia, y nauseabunda, una campaña presidencial en los Estados Unidos […] Los políticos de oficio, puestos a echar los sucesos por donde más les aprovechen, no buscan para candidato a la Presidencia aquel hombre ilustre cuya virtud sea de premiar, o de cuyos talentos pueda haber bien el país, sino el que por su maña o fortuna o condiciones especiales pueda, aunque esté maculado, asegurar más votos al partido, y más influjo en la administración a los que contribuyen a nombrarlo y sacarle victorioso”.

Lo denuncia en crónica publicada el 9 de mayo de 1885 en La Nación, y en la cual añade: “Una vez nombrados en las Convenciones los candidatos, el cieno sube hasta los arzones de las sillas. Las barbas blancas de los diarios olvidan el pudor de la vejez. Se vuelcan cubas de lodo sobre las cabezas. Se miente y exagera a sabiendas. Se dan tajos en el vientre y por la espalda. Se creen legítimas todas las infamias. Todo golpe es bueno, con tal que aturda al enemigo. El que inventa una villanía eficaz, se pavonea orgulloso. Se juzgan dispensados, aun los hombres eminentes, de los deberes más triviales del honor”.

Eventualmente podían surgir esperanzas de saneamiento, pero la realidad era funesta en ambos partidos, y Martí lo expresó en el diario bonaerense el 26 de enero de 1887: “El partido republicano, desacreditado con justicia por su abuso del Gobierno, su intolerancia arrogante, su sistema de contribuciones excesivas, su mal reparto del sobrante del tesoro y de las tierras públicas, su falsificación sistemática del voto, su complicidad con las empresas poderosas, su desdén de los intereses de la mayoría, hubiera quedado sin duda por mucho tiempo fuera de capacidad para restablecerse en el poder, si el partido demócrata que le sucede no hubiera demostrado su confusión en los asuntos de resolución urgente, su imprevisión e indiferencia en las cuestiones esenciales que inquietan a la nación, y su afán predominante de apoderarse, a semejanza de los republicanos, de los empleos públicos”.

La crónica martiana difundida en aquel periódico el 17 de mayo de 1888 pudiera leerse como una respuesta más —en su momento le dio la que no da este artículo espacio bastante para glosar cumplidamente— al Mitre que lo censuró en 1882: “Se ve ahora de cerca lo que La Nación ha visto, desde hace años, que la república popular se va trocando en una república de clases”.

Entonces añadió juicios de este carácter: “no bastan las instituciones pomposas, los sistemas refinados, las estadísticas deslumbrantes, las leyes benévolas, las escuelas vastas, la parafernalia exterior, para contrastar el empuje de una nación que pasa con desdén por junto a ellas, arrebatada por un concepto premioso y egoísta de la vida. Se ve que ese defecto público que en México empieza a llamarse ‘dinerismo’, el afán desmedido por las riquezas materiales, el desprecio de quien no las posee, el culto indigno a los que la logran, sea a costa de la honra, sea con el crimen, ¡brutaliza y corrompe a las repúblicas!”.

El 22 de noviembre de 1889 apareció en el rotativo argentino el despacho en que se lee: “Los votos, como que estos Estados nacen en hombros de corporaciones poderosas, estaban de compra y venta, según los intereses de las corporaciones rivales, y el influjo de las que tienen por la garganta a los votantes, con lo que les han adelantado sobre sus empresas y tierras”. En semejante cuadro, lo que gana su simpatía, y él considera “real en el voto”, es un propósito que, por contraste, habla de malas raíces: “el empeño de la mujer en que se levante el Estado sobre el hogar, y no sobre la taberna”.

Ese es el país ante el cual hay quienes se deslumbran, y no faltará quien crea que hasta se le debe tener como un mérito el haber incluido en su nombre el de todo el continente, como si esa táctica no encarnase, en el idioma, la geofagia planetaria que sigue caracterizando a sus fuerzas dominantes. Tal es el país que Martí conoció en sus entrañas y denunció sin descanso. Otros lo verían y aún hoy lo verán con la pupila encandilada por un esplendor fomentado a base de saquear a otros pueblos, y de proponerse —utilicemos palabras ya citadas— manejar al suyo propio como a una mula mansa y bellaca.

Martí se veía obligado a permanecer en los Estados Unidos mientras preparaba la contienda para la liberación de su patria, lo que no podía hacer en ella debido a la vigilancia española. Pero sabía que la guerra debía ser ordenada, rápida y eficaz, de modo que los imperialistas no hallaran en ella pretexto alguno para intervenir y —así le escribió el 14 de diciembre de 1889 a su colaborador Gonzalo de Quesada Aróstegui— “con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse” con Cuba, como ocurrió, ya muerto él, en 1898.

De su angustia por permanecer en los Estados Unidos —aunque fuese para desplegar cuanto desde allí hizo como revolucionario—, le habló a su amigo mexicano Manuel Mercado en carta del 22 de abril de 1886: “Todo me ata a New York, por lo menos durante algunos años de mi vida: todo me ata a esta copa de veneno:—Vd. no lo sabe bien, porque no ha batallado aquí como yo he batallado; pero la verdad es que todos los días, al llegar la tarde, me siento como comido en lo interior de un tósigo que me echa a andar, me pone el alma en vuelcos, y me invita a salir de mí. Todo yo estallo”. Hoy estallaría ante el burdo espectáculo electorero en curso, y, sobre todo, ante la permanente voracidad internacional que ya en su tiempo él condenó y quiso frenar con la independencia de Cuba y de Puerto Rico, necesaria además para asegurar la segunda independencia de nuestra América.

Ya en Cuba, en plena guerra de liberación, en la víspera de su caída en combate le confesará  al mismo amigo mexicano que todo cuanto había hecho, y haría, era para impedir que se consumaran los planes de los Estados Unidos de apoderarse de las Antillas y de toda nuestra América, en el afán que los guiaba de dominar el mundo.

Luis Toledo Sande

Publicado en Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana:

 

José Martí: de La Playita a Dos Ríos

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Por Luis Toledo Sande

Tomado del blog del autor

…y a la vida futura con permanente utilidad de la virtud

El 25 de marzo de 1895, “en vísperas de un largo viaje”, como escribió desde Montecristi a la madre, José Martí se sabía “en el pórtico de un gran deber”. Lo expresó en otra de sus despedidas escritas ese día, la dirigida al dominicano Federico Henríquez y Carvajal, a quien le dijo: “Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar”. Hacía todo para ocupar su sitio en la contienda, que había estallado el 24 de febrero de acuerdo con el plan que él decisivamente contribuyó a trazar como fundador y guía, Delegado, del Partido Revolucionario Cubano.

En la misma carta alude a criterios —no necesariamente nacidos todos de iguales intenciones— sobre si debía incorporarse a la gesta o permanecer en el exterior; pero él no duda: “Para mí la patria, no será nunca triunfo, sino agonía y deber. Ya arde la sangre. Ahora hay que dar respeto y sentido humano y amable, al sacrificio”. Nada de vocación suicida, como algunos han conjeturado, ni concesión a quienes intentaran acusarlo de rehuir el peligro.

De lleno en el cumplimiento del deber, no tenía que responder a murmuraciones. Lo henchía un altísimo sentido de la responsabilidad y, por tanto, de los cuidados que sabía ineludibles para que la guerra fuera eficiente no solo en la táctica. Era vital que también lo fuese en los principios y las virtudes indispensables para que la república mereciera los sacrificios que costaría fundarla.

Poner la patria por encima de la vida propia no significaba renunciar inútilmente a vivir. Aunque, “hasta muertos, dan ciertos hombres luz de aurora” —como sostuvo a propósito de Sebastián Lerdo de Tejada—, se es especialmente útil estando vivo, y cuando era niño juró “lavar con su vida el crimen” de la esclavitud, no “con su muerte”, como a veces se ha citado erróneamente. Morir sería, en todo caso, una contingencia más de la lucha, y no la temía, ni la buscaba. Por más que hasta filosóficamente el final de la existencia física le fuera familiar, en 1879, en las honras fúnebres al poeta Alfredo Torroella, terminó exclamando: “¡Muerte, muerte generosa, muerte amiga! ¡ay! ¡nunca vengas!”

Pensar en la patria

Tampoco procuraba imponerse autoritariamente para hacer valer su voluntad, que por ese camino, aun siendo la mejor del mundo, encallaría en formas del egoísmo: “Quien piensa en sí, no ama a la patria; y está el mal de los pueblos, por más que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que el interés de sus representantes pone al curso natural de los sucesos”. Ejemplo de voluntad activa y sacrificio propio, no de voluntarismo autoritario, el 20 de octubre de 1884 le escribió a Máximo Gómez: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”.

Si la patria le imponía, contra su más firme deseo, alejarse de la lucha armada, él acataría la decisión. De su actitud dio muestras desde que fundó el mencionado Partido, organización política entre cuyos fines sobresalía impedir, desde los preparativos de la nueva gesta, la prosperidad del caudillismo que se entronizó en otras tierras de América y en la misma Cuba contribuyó al fracaso de la Guerra de los Diez Años. A Henríquez y Carvajal le dijo: “De mí espere la deposición absoluta y continua. Yo alzaré el mundo. Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir callado. Para mí, ya es hora”.

Como no apuesta a morir, le expresó al mismo amigo: “Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas”, y como la patria no es cuestión de títulos personales, por muy grandes virtudes que se tengan, en la citada carta a Gómez planteó: “La patria no es de nadie: y si es de alguien, será, y esto solo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia”.

Su aspiración de servicio no solo a Cuba, sino a nuestra América toda, y al mundo, debía encarar desafíos tremendos: de fuera, en primer lugar, las voraces ambiciones de la nación imperialista que crecía en el Norte; de dentro, obstáculos varios, entre ellos los intereses de los poderosos. Estos, que, salvo honrosas excepciones, preferían tener un amo extranjero, yanqui o español, que les premiara sus servicios lacayunos, negaban su apoyo a la independencia y procurarían someter a sus compatriotas pobres empleando recursos similares a los implantados por la metrópoli colonial.

Valoraba esos males cuando en las Bases del Partido escribió que el objetivo cardinal de la organización era “fundar un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud”.

Con motivo del aniversario 120 de su muerte, a esos peligros y a otros —vistos en relación con la actitud y las ideas de Martí para conjurarlos—, Bohemia ha venido publicando en lo que va de año textos sobre el tramo final de la vida del héroe. Este artículo se ciñe a su decisión de llegar a Cuba, y permanecer en ella, para contribuir a darle a la guerra una institucionalización que la hiciera fuerte y lo más breve posible. En esto lo guiaban su perspectiva humanitaria y el afán de no dar tiempo a que los Estados Unidos pusieran en práctica las maquinaciones orquestadas por sus gobernantes para apoderarse de Cuba.

Había protagonizado una ingente campaña unitaria para lograr una guerra emancipadora a la altura de los tiempos y de los peligros que urgía enfrentar, y sabía que debía estar en el campo de operaciones para cuidarla. Si a inicios de 1895 pudo ya salir de Nueva York e iniciar un intenso periplo rumbo a Cuba, no lo interrumpiría a mitad del camino para regresar al sitio donde las circunstancias lo habían obligado a permanecer.

Hacia la plenitud

“Todo me ata a New York, por lo menos durante algunos años de mi vida: todo me ata a esta copa de veneno”, le confesó a Manuel Mercado en carta del 22 de abril de 1886. Desde allí debía desplegar entonces la conspiración y la organización revolucionarias. En 1895, otros —como el propio Gómez, deseoso de cuidar la vida de quien había logrado lo que nadie en la unidad de las fuerzas patrióticas—, podían creer que él no debía participar en la guerra; pero no podrían impedírselo.

Para cumplir su propósito se valió incluso de una falsa información difundida en The New York Herald, y de la cual el 9 de marzo se hizo eco el periódico dominicano Listín Diario: Gómez y Martí se hallaban en Montecristi, pero esos diarios propalaron que ya estaban en Cuba. Martí —ha escrito el investigador Ibrahim Hidalgo Paz— valoró “la repercusión que tendría esta noticia”, y “con fuerza irrebatible” argumentó “que su presencia en el campo insurrecto” era “una necesidad política, razonamiento que sus futuros compañeros de expedición se vieron obligados a aceptar”.

Sus cartas del 25 se basaban, pues, en esa decisión, que en la noche del 11 de abril de 1895, después de una travesía llena de peligros, le permitió desembarcar junto a Gómez y otros compañeros expedicionarios —Paquito Borrero, Ángel Guerra, César Salas y Marcos del Rosario—, por “La Playita, al pie de Cajobabo”. Así lo anotó en su Diario de campaña, empleando el nombre con que hoy los pobladores de la zona siguen identificando aquel paraje; y en el mismo Diario testimonió el significado que para él tuvo el desembarco: “Dicha grande”.

Desde ese momento, y hasta su caída en Dos Ríos el 19 de mayo, vivió lo que tuvo por más venturoso de su existencia: “Es muy grande, Carmita, mi felicidad, sin ilusión alguna de mis sentidos, ni pensamiento excesivo en mí propio, ni alegría egoísta y pueril”, le escribió el 16 de abril a Carmen Miyares, para añadir: “Solo la luz es comparable a mi felicidad”.

Tal sentimiento de plenitud se explica en carta de entre el 15 y el mismo 16 de abril a Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra, sus colaboradores en la emigración: “Hasta hoy no me he sentido hombre. He vivido avergonzado, y arrastrando la cadena de mi patria, toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo. Este reposo y bienestar explican la constancia y el júbilo con que los hombres se ofrecen al sacrificio”.

El 18 de mayo, en su carta póstuma a Manuel Mercado, con términos que precisan aún más lo escrito a Henríquez y Carvajal, expresó que disfrutaba la satisfacción de estar “todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber […] de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

Trasmitía su felicidad a los combatientes que lo oían hablar y lo veían marchar por las montañas con una resistencia que asombró al curtido general Gómez. También conversaba con los niños de la zona. Algunos de ellos, ancianos ya, lo testimoniaron en un libro entrañable: Martí a flor de labios, de Froilán Escobar. Uno, ciego desde años antes de ser entrevistado, declaró que él quería a sus ojos, porque habían visto a Martí. Lo vieron en la plenitud de su personalidad, que le permitía disfrutar la hermosura del paisaje, como se aprecia en esa página de su Diario en la cual plasmó la impresión de su alma estética ante la naturaleza de la patria: “La noche bella no deja dormir”.

Todo le daba fuerzas para encarar los desafíos que la revolución debía vencer, entre ellos las trabas de las contradicciones militarismo-civilismo heredadas de la Guerra de los Diez Años y de la Asamblea de Guáimaro. Esta, en 1869, abonó una civilidad que era indispensable asumir y desarrollar, sin poner estorbos innecesarios a la eficacia de las armas. No es casual que para proclamar la creación del Partido, en 1892, Martí escogiera el 10 de abril, fecha que rendía homenaje y superación a la imperfecta pero fundadora Asamblea, cuna de la Cuba republicana.

Vórtice fundacional

La primera tarea que Martí se planteó en campaña fue precisamente lograr la asamblea que crease la nueva República en Armas, contra la cual operaban prejuicios que venían de aquellas contradicciones. El 5 de mayo tuvo una fuerte evidencia de esa realidad: la tesitura de Antonio Maceo en La Mejorana. Sobre esa entrevista se han hecho especulaciones de todo tipo, aunque lo fundamental está plasmado en los diarios de campaña de Gómez y del propio Martí, y en las cartas escritas por este último a raíz de los hechos.

En esas páginas están claramente expresadas la admiración de Martí por Maceo y la discrepancia del héroe de Baraguá con el plan concebido por aquel. La envergadura de la divergencia, y el peso de un héroe como Maceo, le confirmaron a Martí la importancia de cuidar hasta el último detalle la campaña que él —así lo expresó en carta del 13 de noviembre de 1884 a Mercado— había preparado “como una obra de arte”. Ya en el terreno de operaciones ratificó, firme, que solo la asamblea constituyente tendría autoridad para decidir si él debía estar dentro o fuera de Cuba.

Lo más probable era que, limpiamente orientada y ordenada con toda la seriedad que se requería, y con Martí presente, la asamblea no confiara la dirección de la República a otro que a él, a quien las tropas mambisas llamaban el presidente. Sabía, incluso por reacciones del propio Gómez, que ese título suscitaba prejuicios, y expresó que lo rechazaba, porque no estaría bien ni en él ni en nadie. Pero no rechazaba de antemano una misión, y era capaz de crear nuevos títulos para una revolución nueva. Lo había demostrado cuando, para el mayor cargo en el Partido, que se le confió a él, escogió un título humilde y democrático: Delegado.

Con admiración, en la semblanza que el 23 de agosto de 1893 le dedicó a Gómez en Patria, narró que para entregarle al general el cargo de jefe del ramo de la guerra en el Partido —merecido rango para el cual había sido electo por votación entre relevantes veteranos mambises: lo más democrático en los preparativos de una guerra—, había ido a verlo “junto a su arado”. Y recordó evidencias de la humildad del hogar de Gómez, de su familia, y de su identificación con los pobres: “Para estos trabajo yo”, sostuvo el viejo combatiente frente a un “gentío descalzo”, y él lo citó en la semblanza.

Martí representaba una guerra de carácter popular, y ese mismo carácter esperaba del ejército de patriotas que la librarían. No le era indiferente ningún detalle, como que un héroe —ni siquiera alguien a quien admiraba por ser tan extraordinario, corajudo y fiel a la patria como Antonio Maceo— tuviera en campaña una silla de montar adornada con estrellas de plata.

Quien echaba su suerte “con los pobres de la tierra”, concibió métodos organizativos en función de los cuales escribió páginas como la circular fechada el 26 de abril: “Los poderes creados por el Partido Revolucionario Cubano, al entrar este en las condiciones más vastas y distintas en que le pone la guerra en el país, deben acudir al país y demandarle, como lo hace, que dé al gobierno que lo ha de regir formas adecuadas a las nuevas condiciones”.

Para ello, añadió, el Partido acudía “a todo el pueblo cubano revolucionario visible, y con derecho a elección”, que en las circunstancias de la guerra era “el pueblo alzado en armas, y a cada comarca de él pide un representante, para que reunidos, sin pérdidas de tiempo, los de las comarcas todas acuerden la forma hábil y solemne de gobierno que en sus actuales condiciones debe darse la revolución”.

Buscaba una solución política superior: no lo que podría entenderse como un “gobierno civil”, ni concesiones al militarismo. Lo ratificó en La Mejorana: “Insisto en deponerme”, no ante ninguna voluntad o capricho individual, sino “ante los representantes que se reúnan a elegir gobierno”. Procuraba cerrar puertas al caudillismo; pero las sicologías individuales, trenzadas con el peso de las jerarquías, aun bien ganadas, suelen generar complicaciones.

En carta del 30 de abril escribió: en Gómez “ha ido cuajando el pensamiento natural, que es el de reunir representantes de todas las masas cubanas alzadas, para que ellos sin considerarse totales y definitivos, ni cerrar el paso a los que han de venir, den a la revolución formas breves y solemnes de república y viables, por no salirse de la realidad, y contener a un tiempo la actual y la venidera”. Pero, en La Mejorana, Maceo declaró no querer “que cada jefe de operaciones” mandara “el suyo, nacido de su fuerza: él mandará los cuatro de Oriente: ‘dentro de 15 días estarán con Vds.—y serán gentes que no me las pueda enredar allá el doctor Martí’”.

Raíz y permanencia

La discrepancia es clara, pero —fuera de ciertos textos— una revolución verdadera no se hace sin desavenencias; y Martí no transigía en lo que entendía vital: “Mantengo, rudo: el Ejército, libre,—y el país, como país y con toda su dignidad representado”, porque “la patria, pues, y todos los oficios de ella, que crea y anima al ejército”, no debían quedar “como secretaría del ejército”.

En esas miras debe situarse lo que el 18 de mayo le escribe a Mercado: “seguimos camino, al centro de la Isla, a deponer yo, ante la revolución que he hecho alzar, la autoridad que la emigración me dio, y se acató adentro, y debe renovar conforme a su estado nuevo, una asamblea de delegados del pueblo cubano visible, de los revolucionarios en armas”.

Además de echar abajo desde la raíz ciertas conjeturas, de entonces y posteriores, según las cuales se preparaba para salir del país, esa declaración se corresponde con lo fundamental: “La revolución desea plena libertad en el ejército, sin las trabas que antes le opuso una Cámara sin sanción real, o la suspicacia de una juventud celosa de su republicanismo, o los celos, y temores de excesiva prominencia futura, de un caudillo puntilloso o previsor; pero quiere la revolución a la vez sucinta y respetable representación republicana,—la misma alma de humanidad y decoro, llena del anhelo de la dignidad individual, en la representación de la república, que la que empuja y mantiene en la guerra a los revolucionarios”.

Antes que su propia autoridad, estaba para él la necesidad de que la patria contara con una estructura de poder válida para librarla de caudillismos y otras aberraciones. A Mercado le dice: “Por mí, entiendo que no se puede guiar a un pueblo contra el alma que lo mueve, o sin ella, y sé cómo se encienden los corazones, y cómo se aprovecha para el revuelo incesante y la acometida el estado fogoso y satisfecho de los corazones. Pero en cuanto a formas, caben muchas ideas, y las cosas de hombres, hombres son quienes las hacen. Me conoce. En mí, solo defenderé lo que tengo yo por garantía o servicio de la Revolución”.

Los años de la incansable y ejemplar faena que lo llevaron a dirigir a sus compatriotas, no lo hacían creerse con derechos especiales para imponer su voluntad, aunque supiera que en ella estaba el mejor camino para la patria. El 14 de mayo, afanado en lograr la celebración de la asamblea, escribió en suDiario: “Escribo, poco y mal, porque estoy pensando con zozobra y amargura. ¿Hasta qué punto será útil a mi país mi desistimiento? Y debo desistir, en cuanto llegase la hora propia, para tener libertad de aconsejar, y poder moral para resistir el peligro que de años atrás preveo”.

Táctica, ética y estrategia lo afirmaban en un juicio que había expresado en Patria el 3 de abril de 1892, en vísperas de la fundación del Partido Revolucionario Cubano: “Lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura, lo que un pueblo quiere”. No bastaba que las ideas valieran: era necesario que las abrazara el pueblo. Por eso no cejó ni en su prédica para abonar las ideas emancipadoras, ni en la búsqueda de estructuras y formas de dirección que las sustentaran.

Sabía que en ese camino estaban la fuerza de la revolución, y de su propio pensamiento. No actuaba por demagogia oportunista, y sometió a prueba tanto sus criterios como la consistencia del proyecto que tanto esfuerzo le había costado poner en marcha. Firme y optimista, escribió en su última carta a Mercado con respecto a su voluntad de deponer ante la asamblea, sin temer a los riesgos, la autoridad que había ganado: “Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad.—Y en cuanto tengamos forma, obraremos, cúmplame esto a mí, o a otros”.

Deponer la autoridad no significaba abandonar la lucha ni ceder irresponsablemente el terreno que él debía cubrir. Solo la muerte lo sacó de la lucha; y desde el mismo día de esa tragedia —tan costosa para la patria, pero de la cual emergió él lleno de luz— no ha cesado de cumplirse su profecía: su pensamiento, lejos de desaparecer, ha seguido ganando en el valor de su claridad, y de su ejemplo, refrendado con cada acto de su vida. Si Maquiavelo, interpretando la política al uso, afirmó que el príncipe tiene el corazón en los labios, Martí demostró vivir con los labios en el corazón.

EL PENSAMIENTO A CABALLO

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Por Luis Hernández Serrano

Tomado de Juventud Rebelde

En realidad poco se ha hablado del jinete José Martí. En su Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos, anotó: «De La Esperanza, a marcha y galope, con pocos descansos, llegamos a Santiago de Los Caballeros, en cinco horas». Y añadió: «Vuelvo riendas, sobre la tienda azul, a que el potro repose unos minutos».

Con solo cuatro años, en 1857, en Valencia, España, lo imaginamos por los campos, de aprendiz de jinete, de la mano cuidadosa de su padre don Mariano. Después en Santa Cruz de Tenerife, tierra de doña Leonor Pérez, lo evocamos en su sagaz aprendizaje de alegre y precoz jinete —también de manos de su progenitor—, cuando estuvo por un tiempo el matrimonio español en Islas Canarias para que la familia materna conociera a su primer hijo.

En abril de 1862 don Mariano es nombrado capitán juez pedáneo de Caimito de Hanábana, jurisdicción de Nueva Bermeja, en la Alcaldía Mayor de Colón, al sudeste de Matanzas. Allí el niño, de su puño y letra, con rasgos increíblemente bellos para su corta edad, se declaró jinete.

Con solo nueve años, perfeccionó por sí mismo sus anteriores pininos sobre el lomo de una bestia, regalo de un entrañable amigo de la familia. Y a solas pudo entonces hacer de las suyas el inteligente muchacho, que se vio feliz con el corcel.

En su primera y reveladora carta conocida, escribió: «A mi señora madre Dña. Leonor Pérez… Hanábana… Octubre 23 de 1862: (…) ya todo mi cuidado se pone en cuidar mucho mi caballo y engordarlo como un puerco cebón, ahora lo estoy enseñando a caminar enfrenado para que marche bonito, todas las tardes lo monto y paseo con él, cada día cría más brío…».

A caballo por Santo Domingo

Adulto ya, Martí anduvo a caballo por Santo Domingo en 1892, 1893 y 1895. Quizá recordara los tiempos de aprendiz sobre su cabalgadura. Pero lo cierto es que fue esa la última tierra que cabalgó antes de viajar a Cuba en son de la guerra que llamó «necesaria», ataviado del noble propósito de construir una república «con todos y para el bien de todos».

El 31 de agosto de 1892, con 39 años, partió hacia ese país por primera vez, desde Nueva York, con escalas en Gonaives y Cabo Haitiano —en Haití— y en Dajabón y en Montecristi, República Dominicana.

De Montecristi a La Reforma (finca de Máximo Gómez), 20 leguas de caminos desconocidos los recorrió Martí sobre su corcel, el 11 de septiembre de 1892. Se detuvo en la casa del cubano Santiago I. Massenet.

En la finca La Reforma habló con el general Gómez. Los dos cabalgaron hacia Santiago de Los Caballeros y llegaron el 13 de septiembre. Y el 19 fue a visitar Martí sobre su noble bruto la vivienda del Ministro de Relaciones Exteriores de Santo Domingo, quien le comentó: «Señor Martí, ¡usted se mata! Tenga más cuidado con su persona». Le hablaba a un jinete con tanta ansiedad como el sudoroso animal que llenaba su bocado de blanca espuma. El Apóstol afirmó: «Esto es solo (…) un ensayo, pues estoy obligado a viajar por meses y años de esta y de peor manera».

El día 24, tras una larga cabalgata, el Maestro arribó a Puerto Príncipe, capital haitiana, donde estuvo diez días y luego partió hacia Jamaica.

El 30 de enero de 1895 volvió a República Dominicana. Del primero al 5 de marzo hizo un recorrido por Dajabón, en Santo Domingo. Después por Ounaminthe, Fort Liberté, Cabo Haitiano; y retornó a Montecristi: ¡todo el trayecto a caballo!

Uno de sus amigos de Santo Domingo, Augusto Franco Bidó, lo vio de esta manera: «Hace tres años se presentó en mi humilde residencia un hombre joven, de regular estatura, de tez blanca y ojos, pelo y bigote negros, altivo, diligente y cariñoso (…) Venía de jinete».

En Barahona y en distintos sitios de Santo Domingo —según escribió Carlos Motta— anduvo primero Martí sobre un arisco mulo, y en un vigoroso caballo después, con unas espuelas finas de plata que el propio Motta le prestó.

La tarde del 19 de febrero de 1895 llegó a la casa de Nicolás Ramírez, montado en una joven yegua alazana de casi siete cuartas de alzada, luego de transitar un buen tramo, hasta Santiago de Los Caballeros. Solo de Montecristi a esa ciudad lo separaba un largo tramo de irregular camino. Buen ensayo: ¡36 leguas a caballo!

El primero de marzo de 1895, por la mañana bien temprano, salió Martí también a caballo, rumbo a Cabo Haitiano, acompañado por Panchito Gómez Toro, el hijo del Generalísimo. Y luego, sobre un asustadizo potro moro azul, atravesó la frontera durante tres días de azarosa marcha.

Antes de llegar, arregló su pasaporte en la localidad de Ounaminthe. El día 2, en Dajabón, le dijo a Panchito que regresara y continuó él solo su peregrinaje, hasta que arribó a su destino, el día 3 a las cinco de la tarde, ya «graduado» de jinete que llevaba un evidente apuro…

Sobre Baconao en son de guerra

El 12 de mayo de 1895 llegaron Martí y sus compañeros a La Bija, en los campos de Dos Ríos, donde establecieron improvisado campamento. Allí pronunció el Apóstol un elocuente discurso. Contaron quienes lo oyeron ese día que de pie, sobre los estribos de su caballo, arengó a las tropas.

Al otro día, el 13 de mayo, el Maestro —según lo cuenta en su Diario— con el coronel Francisco Blanco, «Bellito», en buenos caballos, dio un breve recorrido por las cercanías y anotó: «Voy aquietando: a Bellito, a Pacheco, y a la vez impidiendo que me muestren demasiado cariño. Recorremos de vuelta los potreros de ayer…».

Martí luego montó sobre «el caballo bayo claro, casi blanco, de crines rubias, de seis y media cuartas de alzada, gallardo y muy brioso, regalo del general José Maceo», según refirió el comandante Rafael Gutiérrez en su trabajo La Heroica Acción de Dos Ríos.

Él mismo dijo que después de la muerte del Maestro, el corcel que montaba se quedó en la finca Sabanilla, con la prohibición absoluta de Gómez de que nadie lo montara, en recuerdo prácticamente sagrado del prócer caído.

Las versiones posteriores han pretendido distorsionar los hechos, al señalar que aquella bestia obsequiada al Apóstol por el hermano del Titán de Bronce, fue escogida especialmente porque el Maestro no era un avezado jinete. Y hasta se ha sugerido lo contrario: que murió porque su bestia era tan rebelde y briosa, de tanta «clase», que por su inexperiencia a caballo, no pudo dominarla y lo llevó, sin control, a la fuerza y en contra de su voluntad, ante el enemigo, aquel 19 de mayo de 1895.

¡Nada más alejado de la realidad! José Maceo le obsequió su bestia en Arroyo Hondo. Es cierto. Pero un animal excepcionalmente inquieto e hipersensible a las espuelas como aquel, se entrega solo a un diestro jinete cuya maestría la propia bestia detecta enseguida en su vigoroso lomo, sobre todo la que está acostumbrada a una destreza y un coraje como los de José, el de temperamento más bravo de los hermanos del Titán.

Eugenio Deschamps, un dominicano respetuoso e ilustre, dejó escrito que Martí en su estancia en Santo Domingo, en 1895, le recordó: «Cuando entré a caballo a la capital de usted, no hace dos años, en un peñón de las Antillas, donde nos juntó por unas horas la suerte, me saludó Manuel de Jesús Galván, su compatriota, con esta extraña exclamación: “¡He aquí lo que le faltó a la América, hasta ahora, el pensamiento a caballo!”».

Y al caer abatido en Dos Ríos, el recién ascendido Mayor General José Martí montaba con destreza innegable y muy seguro de sí mismo —la rienda en la mano izquierda y el revólver en la derecha— en el potente, brioso y guerrero caballo Baconao.

 

FUENTES: Diario de Montecristi a Cabo Haitiano, José Martí; La ruta de Martí. De Playitas a Dos Ríos, Rafael Lubián Arias, Mined, 1953; Martí en Santo Domingo, Emilio Rodríguez Demorizi, 1949; José Martí, Jorge Mañach, Tomo II, Editorial Mundo Nuevo, 1960; Semblanza biográfica y Cronología mínima, Roberto Fernández Retamar e Ibrahim Hidalgo Paz, Centro de Estudios Martianos, Editorial Pueblo y Educación, 1990; Caballos famosos por sus jinetes, Bohemia, 13 de julio 1990; Epistolario, Luis García Pascual, Tomo I, Editorial de Ciencias Sociales, 1993 y Granma, 18 de marzo 2007.

“Cuanto hice hasta hoy y haré…”: En el aniversario 120 de la carta inconclusa a Manuel Mercado

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Por Ibrahim Hidalgo

Investigador del Centro de Estudios Martianos. Miembro de Número de la Academia de la Historia de Cuba.

Habían transcurrido 37 días desde el desembarco por Playita, cuando José Martí comenzó a redactar la última carta dirigida a su amigo Manuel Mercado. Solo en las líneas finales se refiere a lo personal, y se disculpa por no haberle escrito desde su visita a México, en julio-agosto de 1894.

El resto de la misiva constituye una declaración de principios antimperialistas basados en el análisis de las circunstancias de aquellos momentos, la importancia de la guerra desatada el 24 de febrero de 1895 en el conjunto del enfrentamiento a las amenazas expansionistas estadounidenses, así como de la necesaria fundación de la república democrática en Cuba independiente, condición indispensable para afianzar cuanto se lograra en la contienda. Estas ideas hacen de la misiva inconclusa, el testamento político martiano.

El estudio de su contenido no debe realizarse al margen de otros textos fundamentales del Maestro, en particular, los redactados con posterioridad al inicio de la contienda, aunque los orígenes de sus concepciones contra el anexionismo y el expansionismo datan de los primeros escritos conocidos donde se refiere a los Estados Unidos, y se amplían y profundizan durante los casi 15 años de residencia en Nueva York, desde donde remitía a diferentes periódicos de Nuestra América las crónicas conocidas como “Escenas norteamericanas”, las cuales ofrecen una panorámica de los más diversos ámbitos de la sociedad estadounidense, la economía, la política, la educación, la cultura en su más amplia significación, lo que confirma su vasto conocimiento de aquel país y su oligarquía dominante.

Esto permite afirmar que para un lector avezado, no todo había sido “en silencio […] y como indirectamente”. Pero en la carta inconclusa a Mercado se encuentra sintetizada de modo magistral, diáfanamente, en unas pocas páginas, la que podemos denominar su estrategia continental revolucionaria, que incluye como parte fundamental la función de Cuba independiente en la misma, pues una vez liberada impediría a los Es­tados Unidos dominar las Antillas y, fortalecido con estos dominios, caer “sobre nuestras tierras de América”.

Pudiera parecer a algunos que Martí confería una importancia desmesurada a su patria en el enfrentamiento al desborde imperial; no obstante, esta duda desaparece cuando se considera la posición estratégica de nuestro país, “enclavado a las bocas del universo rico e industrial”, como quedó ex­puesto en el Manifiesto de Montecristi, en el cual se avizora “la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”. Quedaba implícita la referencia al Canal de Panamá, cuya futura apertura aumentaría la importancia de Las Antillas para el comercio mundial; y, por otra parte, su control influiría en el equilibrio de las fuerzas militares del universo, pues el país que dominara la región podría imponerse sobre las otras naciones. A esto aspiraban los magnates yanquis.

Nuestro territorio insular, pequeño en extensión, podría constituirse en una nación fuerte y unida si, como confiaba Martí, tras su independencia se constituyera un gobierno democrático, absolutamente independiente y, en consecuencia, apoyado por un pueblo dispuesto a defender la soberanía nacional, contribuir a la liberación de Puerto Rico e integrar, junto con esta isla hermana y Re­pública Dominicana —que incidiría sobre Haití—, un valladar al avance de la fuerza ex­pansionista norteña.

Como político experimentado, en sus consideraciones tenía en cuenta la presencia de elementos contrarios a la realización de sus propósitos. Al respecto, relata a Mercado que en la conversación sostenida recientemente con el corresponsal del periódico estadounidense The New York Herald, Eugenio Bryson, este le había hablado sobre la actividad anexionista de quienes tenían su mirada puesta en el norte y, a la vez, pedían a España la autonomía, pues se contentaban con que hubiera “un amo, yankee o español, que les mantenga, o les cree, en premio de su oficio de celestinos, la posición de prohombre, desdeñosos de la masa pujante” del país.

Con objetivos similares, un “Sindicato yankee” pretendía obtener “garantías de las Aduanas” para “emprender o apoyar la idea [de anexión o compra de la isla] como obra de gobierno”. Algunos altos funcionarios de la Corona en la Isla debían hallarse involucrados en aquella tendencia y en su puesta en práctica, como se deduce de lo expuesto por el periodista Bryson al Delegado acerca de una conversación con el general Arsenio Martínez Campos, de nuevo en Cuba, enviado por sus superiores con la esperanza fallida de pacificarla, como había hecho en 1878. El militar había expresado que, “sin duda, llegada la hora, España preferiría en­tenderse con los Estados Unidos, a rendir la Isla a los cubanos”. La veracidad de la entrevista aludida fue corroborada por la actitud asumida en 1898 por el gobierno europeo, que procedió tal como se describe en el texto martiano.

La misiva contiene un llamado de alerta al “hermano queridísimo”, como su autor califica a Mercado, quien en aquellos momentos ocupaba el cargo de subsecretario de Go­bernación de México. Le comunicó que el colaborador de The New York Herald le ha­bía informado acerca de las atenciones cuidadosas que se prodigaban en el Norte a un conocido personaje, “como candidato de los Estados Unidos, pa cdo. el actual presidente desaparezca, a la presidencia de México”. Era una muestra más de las aspiraciones yanquis de dominar los países al sur de sus fronteras, ya fuera mediante la fuerza de las armas, o la utilización de apátridas a su servicio.

Otro asunto relacionado con la carta inconclusa merece algunas líneas: el supuesto suicidio de Martí en Dos Ríos. Son numerosos los bien fundamentados análisis historiográficos que destruyen tal criterio, por lo que dejo constancia de adhesión a los mismos, y solo me referiré al desmentido a tal elucubración, presente en la misiva a Mercado.

La madurez política de quien había convocado y organizado la guerra le permitía comprender la importancia de hallarse en el campo insurrecto en aquellos momentos iniciales, cuando se discutirían y se instrumentarían las estructuras que harían posible, o entorpecerían, el desarrollo de la guerra y el establecimiento de las bases de la futura república independiente, en lo que no todos los patriotas coincidían con las ideas martianas. Estos y otros pudieron ser los temas tratados en la reunión de La Mejorana, del 5 de mayo, donde hubo una discusión fuerte y enconada; pero desconoce el carácter, el temperamento y las concepciones del Maestro quien considere este hecho como causa del supuesto suicidio.

No era el Maestro, ni la mayoría de aquellos patriotas, gente desacostumbrada al enfrentamiento de ideas, a la divergencia de criterios sobre temas diversos. La unidad de principios no ha sobrentendido nunca la unanimidad, ni la incondicionalidad, la cual implica en sí mis­ma la ausencia de crítica. Las divergencias de Martí y Gómez con Maceo acarrearon disgusto momentáneo, disipado al siguiente día, cuando el general santiaguero recibió en su campamento a los dos patriotas.

El objetivo inmediato de la más alta dirigencia revolucionaria era dirigirse a Cama­güey, donde se reuniría la que Martí llamaba “Asamblea de Delegados del pueblo revolucionario”, la cual elegiría al gobierno. Ante los convocados depondría la autoridad conferida por la emigración y acatada en la Isla, “y debe renovar, conforme a su estado nuevo”, la revolución. Con tales objetivos se encaminaban hacia las tierras agramontinas.

Esta es una prueba más de las proyecciones de futuro del Maestro, quien no temía al infortunio en el campo de batalla: “ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber”, que no terminaría con la conclusión de la guerra, pues su di­mensión sobrepasaba toda inmediatez: “im­pedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los desprecia”. Líneas antes había dicho: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. La expresión “y haré” perfila al hombre que se había forjado a sí mismo para una lucha inacabable, sustentado en sus principios patrióticos y éticos, para quien, con la llegada a Cuba insurrecta, ha­bía comenzado una nueva existencia, y una renovada etapa de su incansable batalla por la emancipación humana, sin perder nunca “este cariño mío a la pena del hombre y a la justicia de remediarla”.

El enfrentamiento a la potencia del Norte era previsible, y mucho debía hacer todavía quien había convocado la guerra. Como dijo a Mercado: “seguimos camino”. Solo la muerte pudo detenerlo; pero no desaparecer su pensamiento, que aún nos guía.

Tomado de Granma

 

JOSÉ MARTÍ Y LA GUERRA NECESARIA: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”

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Les debía este texto del querido amigo Luis al Maestro y a los lectores de americadespierta, pero fallos de energía eléctrica me lo habían impedido desde ayer. Nunca es tarde para homenajear la grandeza del más grande de los cubanos, nuestro Martí.

Por LUIS TOLEDO SANDE

Cuando el 25 de marzo de 1895 José Martí le escribe al dominicanoFederico Henríquez y Carvajal: “Yo alzaré el mundo”, no incurre en un exabrupto de vanidad contrario a su ética y su conducta, sino que resume el sentido con que ha preparado la guerra iniciada el anterior 24 de febrero. En la misma carta refuerza ideas que ha venido expresando desde tiempo atrás, incluso en textos relacionados directamente con elPartido Revolucionario Cubano, cuya fundación se proclama en Nueva York el 10 de abril de 1892.

En las Bases de esa organización, llamadas a prudencia ante graves obstáculos que deben vencerse para preparar y hacer una contienda eficaz, apunta que se actuará “sin compromisos inmorales con pueblo u hombre alguno”, y sin “atraerse, con hecho o declaración alguna indiscreta durante su propaganda, la malevolencia o suspicacia de los pueblos con quienes la prudencia o el afecto aconseja o impone el mantenimiento de relaciones cordiales”.

Saber que el Partido se ha creado y tendrá base operativa entre compatriotas emigrados en los Estados Unidos -desde donde se extiende a otras tierras de América y trenza redes conspirativas en Cuba, centro de su programa- da luz sobre una cautela que no es indiferencia irresponsable o cómplice.

El reclamo, en las Bases citadas, de fundar “la nueva República indispensable al equilibrio americano”, remite a textos anteriores suyos, y lo explicitan, entre otros, aquel de Patria del 17 de abril de 1894 en el cual saluda la entrada del Partido en su tercer año de vida, y desde el subtítulo expone que la organización encarna “el alma de la Revolución, y el deber de Cuba en América”.

El primer artículo de las Bases precisa el fin de “lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”. Ello conduce al fondo de ideas pilares expuestas en El tercer año del Partido Revolucionario Cubano, como esta: “las Antillas esclavas acuden a ocupar su puesto de nación en el mundo americano, antes de que el desarrollo desproporcionado de la sección más poderosa de América convierta en teatro de la codicia universal las tierras que pueden ser aún el jardín de sus moradores, y como el fiel del mundo”.

El entorno

No habla desde las nubes. Ha residido por más de una década en los Estados Unidos, y el trienio 1889-1891 le ha mostrado la necesidad de acelerar los preparativos de la guerra. En los dos primeros de esos años sesiona el Congreso Internacional de Washington, como fruto del cual tiene lugar en el último de ellos la Comisión Monetaria Internacional, en la misma ciudad. Con ambos intenta el poder anfitrión romper en beneficio propio el equilibrio mundial. Martí combate al primero en la prensa, en la tribuna y en numerosas cartas, y contra la Conferencia actúa desde dentro, como representante de Uruguay.

El poderoso país procura lograr en todo el continente pactos comerciales que le resulten ventajosos, calzados con la circulación dominante del dólar. No impulsa un panamericanismo sano, sino el imperialista que ha llegado al siglo XXI y ha empleado tanto argucias económicas y políticas como violencia armada, a tono con su política internacional, contra la que resisten y luchan pueblos, y gobiernos dignos.

Para espigar, en lo dicho por Martí sobre aquellos foros, unos pocos de los desentrañamientos que alumbren su concepción de la guerra para liberar a Cuba, recordemos advertencias como esta, acerca del primero: “De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia”.

A los países de América ya independientes de España se les presenta un reto decisivo: “¿A qué ir de aliados, en lo mejor de la juventud, en la batalla que los Estados Unidos se preparan a librar con el resto del mundo? ¿Por qué han de pelear sobre las repúblicas de América sus batallas con Europa, y ensayar en pueblos libres su sistema de colonización?” No se trata de una forma de dominio accidental, sino de todo un sistema, que no tardará en llamarse neocolonialismo.

Pero Cuba y Puerto Rico, todavía colonias, no están representadas en el Congreso, ni lo estarán en la Comisión Monetaria. Lo que para ellas reservan los planes estadounidenses lo pronostica Martí en particular con respecto a su patria. Se aprecia en cartas a su colaborador Gonzalo de Quesada, quien, secretario de la delegación argentina en el Congreso Internacional mencionado, será secretario suyo en el Partido Revolucionario Cubano.

Es conocida la previsión que estampa en una de esas cartas: “Sobre nuestra tierra, Gonzalo, hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra, para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: Ni maldad más fría”. Los sucesos de 1898 certificarán la claridad de la visión martiana.

Un mundo

Para preparar la guerra y los cimientos de la república futura, funda Martí el Partido Revolucionario Cubano, y sabe que este sería nulo, “aunque entendiese los problemas internos” de Cuba y quisiera resolverlos, si ignorase “la misión, aún mayor, a que lo obliga la época en que nace y su posición en el crucero universal. Cuba y Puerto Rico entrarán a la libertad con composición muy diferente y en época muy distinta, y con responsabilidades mucho mayores que los demás pueblos hispanoamericanos”.

Para estos últimos, a inicios del siglo XIX, aunque el sembrador Simón Bolívar y otros intuyeran el peligro que se gestaba en los Estados Unidos, ese país no representaba la amenaza que en las postrimerías de la centuria significaba, con implicaciones más graves aún, para territorios dominados por el coloniaje español: “En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder,–mero fortín de la Roma americana;–y si libres–y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora–serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte”.

Por qué está en juego el honor de esa república lo expone Martí con una advertencia increpante y nutrida de realidad: “en el desarrollo de su territorio–por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles–hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo”. De semejante política -Martí lo advierte claramente de diversas maneras- se derivarán males hasta para el mismo pueblo de la voraz nación.

Frente a desafíos colosales, tarea colosal: “Se llegará a muy alto, por la nobleza del fin; o se caerá muy bajo, por no haber sabido comprenderlo. Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son solo dos islas las que vamos a libertar”. Declara que “la verdadera grandeza” radicará en “asegurar, con la dicha de los hombres laboriosos en la independencia de su pueblo, la amistad entre las secciones adversas de un continente, y evitar, en la vida libre de las Antillas prósperas, el conflicto innecesario entre un pueblo tiranizador de América y el mundo coaligado contra su ambición”. El calificativo innecesario es tenue ante los intereses en juego.

Encrucijada

Lo que se decide es vital: “Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos”. En la carta a Henríquez y Carvajal, donde ratifica su voluntad -de alcance planetario- de “servir a este único corazón de nuestras repúblicas”, dice en términos rotundos: “Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”. Con hechos como el saqueo a México, y los planes de dominar la economía y la política del continente, el honor de la potencia ya estaba lastimado. Con el aumento de sus prácticas expansivas, generadoras de desequilibrio mundial, se quebrantaría aún más.

El mismo día en que escribe aquella carta, fecha Martí el texto que se conoce con el título de Manifiesto de Montecristi, primer programa público de la gesta que ya arde en Cuba. No lo mueven ni prudencias mal entendidas ni entusiasmos infundados, sino el conocimiento de los conflictos medulares que el independentismo tiene ante sí: “En la guerra que se ha reanudado en Cuba no ve la revolución las causas del júbilo que pudiera embargar al heroísmo irreflexivo, sino las responsabilidades que deben preocupar a los fundadores de pueblos”.

La contienda tiene una enorme significación: “La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo”. Para salvar ese equilibrio se necesita crear “un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”, afirma.

A Henríquez y Carvajal le dice: “De Santo Domingo ¿por qué le he de hablar? ¿Es eso cosa distinta de Cuba? ¿Vd. no es cubano, y hay quien lo sea mejor que Vd? ¿Y [Máximo] Gómez, no es cubano? ¿Y yo, qué soy, y quién me fija suelo?” Líneas más adelante convoca: “Hagamos por sobre la mar, a sangre y a cariño, lo que por el fondo de la mar hace la cordillera de fuego andino”.

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La tragedia de Dos Ríos, imaginada en 1917 por el pintor Esteban Valderrama

Deber mayor

Otro texto epistolar refuerza el sentido con que el revolucionario cubano concibe la guerra. Ya en Cuba, entre las prisas y contingencias de la contienda, le escribe al mexicano Manuel Mercado, su confidente por excelencia, la carta fechada 18 de mayo de 1895. La muerte lo sorprende al siguiente día y tensa el carácter testamentario del texto, cumbre de lo que ha sostenido durante años.

A Mercado le resume conversaciones que ha tenido, en campaña, con Eugene Bryson, corresponsal en Cuba de The New York Herald, de las cuales nace el mensaje que el patriota dirige a ese diario estadounidense, donde se publica, en traducción mutilada y adulterada, el mismo día en que él muere. El texto se conoce en su plenitud gracias a que el original, en español, se salvó.

El mismo corresponsal le confiesa que el militar y político español Arsenio Martínez Campos, con quien se ha entrevistado, le ha dicho que el gobierno español se entenderá con el estadounidense antes que aceptar la victoria cubana. Eso le confirma a Martí sus previsiones sobre el tema. A Mercado empieza por decirle: “Ya puedo escribir, ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía, y orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber–puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo–de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

No es resolución de última hora, sino decisión pensada y madura: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”, afirma, y añade: “En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para logradas (OJO: ES LOGRADAS, NO LOGRARLAS: Toledo) han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”.

Lo que Martí, y no del todo, ha mantenido “en silencio y como indirectamente”, no es su pensamiento antimperialista, sino el hecho de que, en su proyecto, la lucha armada no se dirige ya en lo fundamental contra el poder de España, aunque todavía este no ha sido derrotado, sino contra los planes de los Estados Unidos. Proclamarlo habría sido una torpeza en quien, por sus mismas labores conspirativas, se ha visto obligado a vivir largamente en ese país.

A ello alude en la carta: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas:–y mi honda es la de David”, palabras ubicadas entre el relato de su plática con Bryson y estas otras sobre la gesta cubana y su contexto: “Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos–como ese de Vd. y mío,–más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los desprecia,–les habrían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato de ellos”.

Con la masa creadora

Martí advierte a Mercado hasta sobre la pretensión de la emergente potencia norteña de elevar a presidente de México a un político más fácil para ella de manejar que el caudillo Porfirio Díaz. La actitud entonces de este último explicará que Martí –quien abandona México a finales de 1876 ante el levantamiento anticonstitucional de ese político–, al parecer se entrevista con él en 1894 en pos de apoyo para la revolución cubana. Se sabe que lo intentó.

Urge allegar recursos para una contienda que debe vencer grandes valladares. El anexionismo y el autonomismo se agitan en la isla y sus cúpulas se apiñan entre los más opulentos. A las dos tendencias pudiera aplicar Martí la caracterización que en el texto destina a la segunda: “especie curial, sin cintura ni creación, que por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le pide sin fe la autonomía de Cuba, contenta solo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de oficios de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante,–la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,–la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.

Aunque “la actividad anexionista” le resulta igualmente repudiable, Martí aprecia que es “menos temible por la poca realidad de sus aspirantes”. En otras palabras: ansiarán que Cuba se convierta en un estado más de la federación norteña, pero no es lo que interesa a los gobernantes de esta, que se proponen someterla. En tales circunstancias el anexionismo, como el autonomismo, pero plegado más explícitamente que este a los designios de la nación del Norte, abona un ambiente favorable a los planes que la rigen desde el gobierno.

La revolución está en los inicios de su etapa armada, y se le oponen obstáculos enormes. No ignora Martí la posibilidad del fracaso; pero sabe que la guerra es necesaria para preservar el espíritu independentista y, en todo caso, dejar trazada la senda hacia futuros afanes liberadores.

La historia no es el simulacro o farsa en que quisieran tornarla ciertos representantes de una academia promovida desde el poderoso Norte, sino un conjunto de fuerzas actuantes, materiales y morales, que no se borran con maniobras deshonrosas para exterminar el pensamiento liberador y sustituirlo por la ideología del sometimiento.

Cultivando la vocación de dignidad y soberanía, el pueblo cubano se mantiene fiel a un legado que le reclama su constante mejoramiento en la utilidad de la virtud, y solidaridad con otros pueblos, empezando por los de nuestra América. Olvidarlo sería una mayúscula deslealtad a cuanto Martí hizo y, de no haber caído en combate, habría seguido haciendo. Como siguen haciéndolo su ejemplo y su ideario.

 

Con José Martí: para que la victoria siga siendo victoria

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Por Luis Toledo Sande

Tomado del blog del autor

Este articulo da continuidad a “Con José Martí: raíces y luces”, ya publicado en este blog

En el entorno contemporáneo esbozado en “Con José Martí: raíces y luz” parece que empieza a abrirse paso en los Estados Unidos la línea que, aunque procuró mantenerla en secreto, no pocos consideran —y no se ha probado lo contrario— que le costó la vida al mismo presidente que luego de autorizar la invasión de Playa Girón y ver su fracaso y sus consecuencias, se percató de un hecho, o al menos lo intuyó: la hostilidad agresiva y desembozada no le daría a la potencia los resultados que esta apetecía. Salvando distancias y diferencias, tal vez pudiera decirse que John F. Kennedy fue en las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos de su tiempo lo que, en el conflicto entre aquella y España en el siglo XIX, fue el militar y político español Juan Prim y Prats (o Joan Prim i Prats, atendiendo a su origen catalán), muerto por un atentado en el Madrid de 1870, cuando era jefe de gobierno y había expresado la posibilidad de que se reconociera la independencia de Cuba, y rechazado la idea de venderla a los Estados Unidos. (Esto último, añádase, fue lo que de hecho consumó una humillada Corona española en el Tratado de París, en 1898, opción a la cual Martí se refirió previsoramente en su carta póstuma a Manuel Mercado.)

La línea de Kennedy la retomó, en lo visible, otro presidente, James Carter, quien después de salir de la Casa Blanca visitó La Habana en busca de una influencia que no logró en su país ni, huelga decirlo, en Cuba. El actual presidente es también del Partido Demócrata, como aquellos dos, un dato de interés pero que no se debe magnificar, pues allí los dos partidos hegemónicos tienen más afinidades esenciales que diferencias y, sea cual sea en cada caso su funcionamiento como organización, representan a los poderosos. Pero, sin duda, Barack Obama ha dado un paso importante en el que ya es el tramo final de su segundo y último período como titular de la Casa Blanca. No hay que suponer que sea un gesto individual, al margen de tendencias que ganan terreno en las fuerzas dominantes de su país. Eso mismo habla de lo que significa, y de sus posibles alcances o limitaciones.

En el reconocimiento público por Obama del fracaso de la empecinada táctica aplicada por los gobernantes de su país contra la Cuba revolucionaria se ha visto un acto de coraje. Y no faltan razones para que se haya valorado así, aunque también debe decirse que ha contado con señales de aprobación que no tuvieron ni Prim ni Kennedy, y ni siquiera Carter. Sea como sea, no se debe menospreciar que, además de reconocer el fracaso de la línea utilizada hasta ahora, haya asumido la responsabilidad de proponer sustituirla por otra que —para sus propósitos, que siguen siendo los mismos del imperio que representa, y para su comprensión de los hechos, que puede ser renovadora, o replanteadora— no esté de antemano condenada al fracaso.

Al discurso del presidente, la Casa Blanca añadió declaraciones que, para quienes no se quieran engañar, no dejan lugar a duda sobre los fines del imperio en su cambio táctico hacia Cuba, a la que el poderío de aquel ha procurado sacar de su proyecto nacional, revolucionario, socialista, internacionalista. Ninguna línea se abrirá paso triunfal entre las otras posibles en un país, si no convence a la mayoría de sus fuerzas rectoras de que será aplicada para bien de los intereses determinantes en él. Los Estados Unidos no son una excepción.

Mientras aquella potencia sea la que es, y como es, la brújula que allí puede triunfar no estará, si de orientación sistémica se trata, en la solidaridad con proyecto socialista alguno, si es verdadero. Otra cosa puede ser la voluntad de una parte mayor o menor del pueblo estadounidense, aunque ya en su tiempo Martí rechazó la realidad de una nación dominada por corporaciones, y donde campeaban quienes “creen que el sufragio popular, y el pueblo que sufraga, no son corcel de raza buena, que echa abajo de un bote del dorso al jinete imprudente que le oprime, sino gran mula mansa y bellaca que no está bien sino cuando muy cargada y gorda y que deja que el arriero cabalgue a más sobre la carga”.

Ante la Comisión Monetaria de 1891, con la que los Estados Unidos mostraron su deseo de imponer el dólar en nuestra América —un recurso para dominarla por la vía del mercado—, Martí sentenció: “A lo que se ha de estar no es a la forma de las cosas, sino a su espíritu. Lo real es lo que importa, no lo aparente. En la política, lo real es lo que no se ve”. Más de un siglo después, resulta difícil ocultar lo fundamental de la política. Si acaso, podrán pasar sin ser vistos algunos de los procedimientos empleados para lograr o intentar su aplicación.

También en determinadas circunstancias los máximos jefes del imperio necesitarán actuar en silencio, y como indirectamente, para que no les frustren sus planes las tendencias opuestas a la suya dentro del mismo poder imperial. Pero tanto el discurso del presidente como las declaraciones de la Casa Blanca dejan a las claras qué buscan con respecto a Cuba. Directamente y sin rodeos se están expresando asimismo empresarios imperiales que buscan para sus intereses el filón de la nueva táctica anunciada. Y clarísimamente expresada está la posición de este país en el discurso que en la misma fecha y a la misma hora pronunció el presidente de sus Consejos de Estado y de Gobierno.

Para Cuba están claras la justicia y la necesidad de que se levante el bloqueo que se le ha impuesto por más de medio siglo. Tan claras están como el hecho de que debe impedir que ese logro sirva a los planes de las fuerzas empeñadas en torcerle el camino y someterla a los designios del imperio. Con respecto a la Comisión Monetaria, y cabe decir que empleando en parte el vocablo pueblo como sinónimo de nación, Martí advirtió: “A todo convite entre pueblos hay que buscarle las razones ocultas. Ningún pueblo hace nada contra su interés; de lo que se deduce que lo que un pueblo hace es lo que está en su interés. Si dos naciones no tienen intereses comunes, no pueden juntarse. Si se juntan, chocan. Los pueblos menores, que están aún en los vuelcos de la gestación, no pueden unirse sin peligro con los que buscan un remedio al exceso de productos de una población compacta y agresiva, y un desagüe a sus turbas inquietas, en la unión con los pueblos menores”.

La realidad hoy no es la misma, pero no ha cambiado lo bastante como para vaciar de sentido real lo advertido por Martí. La potencia propone a Cuba relaciones diplomáticas y comerciales que le den a ella, a la potencia, los resultados que no le han venido de su política de hostilidad. Para las fuerzas dominantes en los Estados Unidos sería una victoria que a Cuba entraran, pagados por ella, recursos troyanos para la sedición, como los que costaron prisión a un agente suyo que intentó introducirlos de modo clandestino, y no inocentemente ni por propia iniciativa.

Por eso está bien que a la representación de aquel país en el inicio de las conversaciones con Cuba en esta nueva etapa voces cubanas le hagan cuantas sugerencias crean necesarias para que no se repita el afán injerencista encarnado en agentes como el aludido, ni se permita que triunfe la línea que preferiría mantener el bloqueo y la hostilidad que han acabado aislando a los propios Estados Unidos y le han causado severos daños a Cuba. Pero lo más sensato sería pensar que la mencionada representación tiene sus planes trazados y no actúa sin las correspondientes instrucciones de su gobierno, por mucho que sea el margen atribuible a las iniciativas personales, un margen que no debe suponerse desmedido cuando se discuten asuntos de naturaleza y envergadura tan grandes como los que están sobre la mesa.

A Cuba le toca impedir que la victoria alcanzada con más de cincuenta años de resistencia se dañe o se revierta por desprevenciones o excesos de confianza impertinentes. Que vengan a Cuba millones de turistas y consuman lo que nuestro país produce y ofrece, puede y debe ser ventajoso para el erario de una nación urgida de asegurarle a su pueblo un bienestar material digno; pero ella también necesita poner en tensión todo el cuidado que se requiera para que no se repitan realidades como las que Nicolás Guillén repudió en Cantos para soldados y sones para turistas.

No basta que la máxima dirección del país tenga claro lo que a este conviene y en él debe hacerse. Es un deber del pueblo —es decir, de quienes en él abrazan leal y lúcidamente los caminos de la soberanía y la dignidad de la nación— estar ideológicamente preparado para defender, en cada palmo, las conquistas revolucionarias, empezando por la dignidad nacional, y la de cada ciudadano o ciudadana. Es vital impedir que el imperio, ayudado por corruptos y apátridas, o por apátridas corruptos, capaces de enmascararse, logre con su nueva táctica lo que no pudo alcanzar con la fracasada.

El dilema “O Yara o Madrid”, que desde 1898 pudo replantearse como “O Yara o Washington”, se debe asumir hoy en las circunstancias de estos tiempos, cuando la propaganda imperial con los valores y desvalores convenientes a ella circula no solamente en los medios del propio imperio y hasta empaquetada de manera artesanal. Llega por la vida, por el pensamiento que las fuerzas dominantes propalan, y no escapan a ella ni nuestros propios medios, que a veces se tiene la impresión de que son manejados con desprevención que asusta, incluso en una Cuba acosada por el bloqueo.

Eso se dice de pasada en estos apuntes y —debe quedar claro— sin abogar por interdicciones empobrecedoras y contraproducentes, ni proponer autoaislamientos asfixiantes. Se trata de una profunda lucha cultural a la que sería suicida dar la espalda, y por la cual pasa todo, aunque fuéramos tan incautos como tendríamos que ser para no darnos cuenta de la realidad. En esas tensiones, detectadas o no detectadas, se ubican desde un videoclip de dos minutos hasta un largometraje de ficción, pasando por la música, por los artículos que se comercializan en nuestras tiendas, por el deporte. Se ubica todo, dígase de una vez.

El pueblo debe ser el mayor garante de que la nación mantenga su camino, incluso cuando no esté la dirección revolucionaria histórica, esa que, encabezada por la vanguardia del centenario martiano, desde entonces ha marcado el rumbo de la patria. El hecho de que, al parecer, el inicio del levantamiento del bloqueo y la normalización de las relaciones entre los dos países se dé o se intente, lo que no se suponía posible, mientras aún está presente esa dirección histórica, debe servir a la seguridad de los intereses nacionales cubanos. El imperio disfrutaría si consiguiera que a Cuba le tuerza el camino un proceso iniciado en vida de dicha dirección, pues de ese modo se demolería un símbolo, y semejante regalo no se lo podemos hacer al imperio, que no dejará de existir porque normalice en términos diplomáticos sus relaciones con Cuba, normalización que, nadie lo duda, sería en sí misma un hecho positivo.

A Cuba le corresponde perfeccionarse en todos los campos en que le sea posible. La creciente cultura de participación ciudadana —que debió y debe profundizarse haya o no haya bloqueo, haya o no haya relaciones diplomáticas entre ambas naciones— ha de servir, entre otras cosas, para que el pueblo esté en mejores condiciones de impedir que quienes vengan luego —un luego que no debe verse, ni por decreto ni por ingenuidad, como etapa lejana o imposible— traicionen el camino que su historia y sus tradiciones liberadoras le señalan a Cuba. Y haya o no haya bloqueo —aunque previsiblemente le será menos arduo si este se levanta de veras—, el país necesita alcanzar la eficiencia económica indispensable, no como un fin en sí, sino como base para asegurar de modo sostenible el creciente bienestar del pueblo, y mantener los grandes logros justicieros cosechados gracias al afán socialista.

Dicha eficiencia debe obtenerla Cuba con esfuerzos propios, y resulta necesaria cualesquiera que sean las circunstancias, y aún más para que a nadie se le ocurra imaginar que, cuando se logre, será un fruto de la generosidad imperial, en caso de que el bloqueo se levante de veras. Sin ignorar las especificidades de una y de otra, pero tampoco sus interconexiones, lo que se dice sobre economía cabe decirlo también sobre la necesidad de ampliar el acceso a los medios de información. Esto incluye multiplicar el acceso a internet, propósito que ya ha hecho explícito el país, y que urge alcanzarse con precios potables para la población.

“Un pueblo es en una cosa como es en todo”, escribió Martí, y lo dicho en las líneas anteriores se relaciona directamente con el cambio de mentalidad reclamado en el país. En el cambio, necesario, y que —haya o no haya bloqueo— exige sus propias medidas, se incluye la prensa. En el fortalecimiento que se espera que ella alcance, tiene y tendrá un sitio cardinal la erradicación del secretismo, y el fomento de un sentido de las circunstancias que nadie confunda con que es conveniente silenciar qué significan el imperialismo y sus personeros, ni adónde pueden llevarnos nuestros propios errores y las deformaciones internas.

La claridad informativa se debe cuidar, según cada caso, en todos los temas. No debe confundirse con irresponsabilidad en el tratamiento de la información, ni la necesaria responsabilidad debe dar margen para ocultamientos indeseables. El regreso de los tres luchadores antimperialistas nuestros que permanecían en cárceles de los Estados Unidos constituye otro símbolo de la resistencia revolucionaria, y de la capacidad de esta para alcanzar victorias. La liberación de esos tres compatriotas completó el regreso de Los Cinco a casa y ocurrió el mismo 17 de diciembre en que se dieron en ambos países los anuncios que se han considerado la gran noticia de 2014, y cuyas consecuencias apenas empiezan. El pueblo cubano merecía ver en vivo y en directo la llegada de los héroes a la patria.

Sí, sería un merecido logro para Cuba, y un mérito para los Estados Unidos, que el bloqueo aplicado a la primera se levantara totalmente y se normalizaran de veras las relaciones diplomáticas entre ambos países. El gobierno estadounidense las rompió en represalia contra las medidas revolucionarias cubanas dirigidas a recuperar los bienes de la nación, que al terminar 1958 estaban en gran parte dominados por propietarios estadounidenses y por una burguesía vernácula sometida a los intereses de aquella potencia.

Tampoco se desentenderá Cuba de realidades como, entre otras, su calumniosa inclusión en una lista de países acusados de promover el terrorismo, o como la base estadounidense que aún ocupa un pedazo del territorio cubano. Por añadidura, ese pedazo de suelo ha venido usándolo el imperio para actos criminales monstruosos —incluida la utilización “legalizada” de la tortura—, contra los cuales no ha podido cumplir el actual presidente de los Estados Unidos promesas que hizo durante su primera campaña electoral.

El nombre del espacio Dialogar, dialogar no es solamente atractivo: expresa una cultura que debemos cuidar y fomentar. Pero hay personas para quienes el diálogo vale únicamente si sirve para devaluar todo cuanto huela a revolución y a pensamiento antimperialista, y muestran apasionada vigilia en la defensa de sus propósitos. Los revolucionarios y patriotas no deben descuidar lo que les corresponda defender. También para eso se necesitan recursos tecnológicos e informativos.

Viniendo como vienen por lo general de circunstancias en que se han visto acosadas por fuerzas poderosas, las izquierdas —verdaderas o así llamadas— han acudido a prácticas autoritarias, incluso para defender intereses del pueblo, base de la verdadera democracia. Pero el capitalismo es esencialmente antidemocrático: no lo guía la voluntad de servir al pueblo, sino el afán de lucro, y sus voceros suelen caracterizarse por despreciar a quienes impugnan un sistema basado en la explotación de la mayoría.

Este articulo da continuidad a “Con José Martí: raíces y luces”. Ambos provienen de las cuartillas que el autor preparó para cumplimentar, con un resumen de ellas, la invitación a participar el pasado 21 de enero en Dialogar, dialogar, espacio que auspicia la Asociación Hermanos Saíz y sesiona en el habanero Pabellón Cuba. El encuentro de esa fecha se dedicó al tema José Martí en la actualidad cubana.

José Martí: una carta programa

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En Nueva York en 1885. Imagen, pues, cercana a la que tendría cuando escribió la carta comentada en el texto.

Amigos les recomiendo encarecidamente la lectura de este texto, fundamental para conocer a Martí realmente, mas allá de la retórica y de las fórmulas lamentablemente tan al uso para homenajear a los héroes, y que en verdad nos ocultan a esos seres maravillosos, en sus carnes y huesos y almas.

Por Luis Toledo Sande

La célebre, polémica y fundamental carta que José Martí le escribió a Máximo Gómez el 20 de octubre de 1884, debe leerse a la luz del lugar que ocupa en la trayectoria del autor, y en su relación con el heroico dominicano. Una y otra desbordan los fines del presente artículo, pero es inexcusable bordear algunos puntos.

Lo primero que debe recordarse lo señaló Cintio Vitier en “Imagen de José Martí”, ensayo de 1971: el autor de aquella carta era ya, “entre los quince y los dieciséis años”, en La Habana, “un combatiente de la guerra iniciada por Céspedes” el 10 de octubre de 1868 en el ingenio Demajagua. A esa condición fue fiel a lo largo de su vida. Lo ratificó en el destierro al cual se le envió todavía adolescente, y con severas secuelas físicas del presidio.

Durante su escala guatemalteca ocurre el Pacto del Zanjón, que, si no lo sorprende, será porque se mantiene al tanto de la marcha de la contienda, que ya somete a estudio, con miras a sacar de ella lecciones necesarias para el porvenir. En el camino de su indagación sobre el tema figura —ubicable entre finales de 1877 y los inicios de 1878—, lo que fundadamente se tiene como borrador de una carta a Máximo Gómez, aunque no se sabe si llegó a cursarla.

El estudio se centra, según su carta a Manuel Mercado del 6 de julio de 1878, en los primeros años de la revolución, que alcanzó sus mejores logros antes de la muerte de Ignacio Agramonte, en 1873, y, en 1874, de Carlos Manuel de Céspedes, ultimado en circunstancias expresivas de las calamidades que la contienda afrontó desde la arrancada. Lamentablemente, hasta hoy debe darse por perdido el libro que Martí le dice a Mercado haber escrito sobre el tema.

Todavía no estarán dadas las condiciones necesarias para alcanzar la independencia de Cuba, cuando en agosto de 1879 estalla la llamada Guerra Chiquita, en la que el joven revolucionario, quien ha conspirado en La Habana, desempeña una posición relevante en su nueva deportación. Encabezará el Comité Revolucionario que desde Nueva York, adonde arriba en enero de 1880 procedente de España, orienta a los combatientes que operan en Cuba.

Pero algo salta claramente a la vista en su Lectura en Steck Hall del 24 de enero de ese año ante compatriotas emigrados, y que pronto publicará en folleto con el título Asuntos cubanos: más que hablar de la acción que está en pie, apunta hacia la que se requeriría librar en el futuro. En otra carta a Mercado, fechada en Nueva York el 6 de mayo, obviamente del mismo año 1880, expresa: “Aquí estoy ahora, empujado por los sucesos, dirigiendo en esta afligida emigración nuestro nuevo movimiento revolucionario”, “entro en esta campaña sin más gozo que el árido de cumplir la tarea más útil, elevada y difícil que se ha ofrecido a mis ojos”.

Experiencia y futuro

La Guerra Chiquita se estanca pronto en un atolladero, y el 13 de octubre le corresponde al propio Martí instruir al general Emilio Núñez, aún en los campos de operaciones, deponer las armas, no “ante España, sino ante la fortuna. No se rinde Vd. al gobierno enemigo, sino a la suerte enemiga”. Lo guía su permanente sentido ético, y añade: “Un puñado de hombres, empujado por un pueblo, logra lo que logró Bolívar; lo que con España, y el azar mediante, lograremos nosotros. Pero, abandonados por un pueblo, un puñado de héroes puede llegar a parecer, a los ojos de los indiferentes y de los infames, un puñado de bandidos”.

Terminada aquella etapa de lucha, se sentirá libre para intentar el plan de organización y de ideas que sabe necesario. A Máximo Gómez le escribe el 20 de julio de 1882 una carta en la cual se le presenta —cabe suponer que si el borrador antes aludido tomó el camino del correo, no tuvo respuesta— y lo invita a participar en pasos de avance hacia un nuevo plan. El mismo día se dirige también a Antonio Maceo, y de esa manera comienza a fijarse la vinculación que los tres tendrán en la historia de Cuba.

A partir de entonces, por encima de los desencuentros, lo fundamental entre ellos fue la coincidencia en la decisión de luchar por la liberación y el saneamiento de la patria. Las cartas que Martí escribe en aquella fecha a los dos generales están llenas de claridad, franqueza y cuidados que muestran conciencia de la complejidad del tema, y de las personalidades con las cuales debe y desea contar. No acude a los subterfugios ni a la “dramaturgia” de quienes ambicionan poder y protagonismo para su brillo personal.

A Gómez le expresa: “La honradez de V., General, me parece igual a su discreción y a su bravura. Esto explica esta carta”; y a Maceo se dirige en términos similares: “Estimo sus extraordinarias condiciones, y adivino en V. un hombre capaz de conquistar una gloria verdaderamente durable, grandiosa y sólida”. Mucho han hecho Gómez y Maceo hasta entonces, pero él confía en que harán más.

De sus propios vínculos con la Guerra Chiquita le confiesa a Gómez: “desde entonces me he ocupado en rechazar toda tentativa de alardes inoficiosos y pueriles, y toda demostración ridícula de un poder y entusiasmo ficticios, aguardando en calma aparente los sucesos que no habían de tardar en presentarse, y que eran necesarios para producir al cabo en Cuba, con elementos nuevos, y en acuerdo con los problemas nuevos, una revolución seria, compacta e imponente, digna de que pongan mano en ella los hombres honrados”.

Lo andado, y lo por andar

Se dirige a dos héroes prominentes de la gesta “pasada”, ambos de mayor edad que él. Cuando reclama “elementos nuevos”, no busca una escisión generacional: bracea en pos de nuevos conceptos estratégicos y organizativos. Conoce el costo de los divisionismos en la causa cubana, asociados en parte a caudillos, y ha visto resultados del caudillismo en otros pueblos de América.

A Gómez le dice: “Por mi parte, General, he rechazado toda excitación a renovar aquellas perniciosas camarillas de grupo de las guerras pasadas, ni aquellas jefaturas espontáneas, tan ocasionadas a rivalidades y rencores: solo aspiro a que formando un cuerpo visible y apretado aparezcan unidos por un mismo deseo grave y juicioso de dar a Cuba libertad verdadera y durable, todos aquellos hombres abnegados y fuertes, capaces de reprimir su impaciencia en tanto que no tengan modo de remediar en Cuba con una victoria probable los males de una guerra rápida, unánime y grandiosa,—y de cambiar en la hora precisa la palabra por la espada”.

En el reformismo autonomista, pariente del anexionismo, han carenado ya incluso combatientes del 68 desconcertados por el Pacto del Zanjón, o que no ven otro camino para sus ideas. Previsoramente, Martí no piensa tanto en lo que ha sido hasta entonces el anexionismo como en lo que aún podría representar. Sabe necesario tener “en pie, elocuente y erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus proyectos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país” e impedir que este, “en el instante definitivo”, se vuelva “a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces”.

En respuesta a aquellas cartas, en octubre y noviembre, respectivamente, Gómez y Maceo le expresan su disposición de continuar luchando por la independencia de Cuba. Pero eso no significa que los experimentados guerreros —quienes han sufrido ya, en el campo de operaciones, las consecuencias del fracaso del 68, asociable, entre otros obstáculos, a tendencias civilistas— adviertan ya a fondo las implicaciones de lo sustentado por Martí, ni que vean entonces en él, más joven que ellos, el dirigente a quien seguir.

Gómez, además, estima prematuro comenzar un nuevo movimiento, aunque Martí le comunica que no le ha escrito antes en espera de “tener ya juntos y de la mano algunos elementos de esta nueva empresa”, y que la carta enviada es parte de los trabajos hasta entonces hechos: específicamente con “hombres juiciosos” de La Habana y de Camagüey. En aquella ciudad, le dice, tiene hasta un “discreto comisionado”.

Gómez y Maceo se hallan en Centroamérica, y cabe suponer que ya idean su propio intento insurreccional, que se conocerá como Plan Gómez, por ser este su jefe principal; o Gómez-Maceo, por la participación del héroe de Baraguá; o de San Pedro Sula, por la localidad hondureña donde en gran parte lo ha concebido Gómez. En el camino de ese proyecto se ubica la carta del 20 de octubre de 1880, centro de este artículo.

Está echada la suerte

La trascendencia de las relaciones entre Martí y los dos fogueados generales se aprecia en el hecho de que, motivado probablemente por las pruebas de verticalidad que ha dado Martí, y también por aquellas cartas de julio de 1882, Gómez entiende aconsejable contar con él para llevar a cabo su proyecto. El 1 de octubre de 1884 llegan Gómez y Maceo a Nueva York buscando aglutinar fuerzas, y al siguiente día se reúnen con Martí.

Gómez recordará que en un momento de las reuniones iniciadas entonces, necesita dejar solos a sus contertulios, y, en cuanto él regresa, Martí se despide, como disgustado con Maceo. El asunto es mucho más abarcador y, según testimonio del propio Gómez, Maceo parece haberlo intuido. Será Martí quien se lo aclare por escrito al dominicano, aunque no se debe descartar lo que en las conversaciones habría intentado hacer saber a los generales.

Es por ello que el 20 de octubre le escribe a Gómez, quien, por su parte, comentará: “Durante mi momentánea ausencia, no sé lo que dicho Gral. [Maceo] habló con Martí, pero se deduce por el sentido de la carta”, y añade: “Cuando yo regresé, aún encontré al señor Martí en mi cuarto; a poco se despidió de mí de un modo afable y cortés. Solos yo y el Gral. Maceo, me dijo este, ‘este hombre, Gral., va disgustado con nosotros’. Tal vez, le contesté yo, y no hablamos más una palabra”; pero “a los tres días recibo esta carta, que no contesté, pues no se da contestación a los insultos”.

Hecho al despliegue militar en su conjunto, quizás Gómez no repara en lo que estima “detalles”, ni parece percatarse del fondo conceptual de la discrepancia. Maceo puede haber expresado criterios particularmente inaceptables para Martí, pero si este se retira del Plan no será en respuesta a posibles intemperancias pasajeras, ni de Maceo, ni de Gómez.

En el comentario citado Gómez se refiere a su idea de encomendarle a Maceo una comisión de trabajo en México, y agrega: “dispuse yo que [Martí lo] acompañase”. Confiesa, además, que en el hecho de que en aquellos “días de fatigosa espera” Martí siguiera visitándolos y “hablando siempre del mismo modo y con igual calor de nuestro plan revolucionario”, él, Gómez, apreciaba manifestaciones de intromisión en las prerrogativas del mando.

Tal como entiende las cosas, Gómez testimonia: “mas yo con blandura lo contenía en los límites [a] que he creído que él puede llegar, para no perjudicarnos dejando el mando de la nave a muchos capitanes hasta que haciendo caso omiso del Gral. A. Maceo, que era el jefe designado para la comisión, me dijo: ‘que (sus palabras textuales) al llegar a México y según el resultado de la comisión’ —yo no le dejé concluir, con tono áspero— (mis palabras textuales) ‘Vea, Martí, limítese Vd. a lo que digan las instrucciones, y lo demás el Gral. Maceo hará lo que debe hacerse’, nada más dije, y me contestó tratando de satisfacer mi indicación”.

La ley del decoro

No se trata de un simple u ocasional “choque de personalidades”. Martí no ignora la autoridad de héroes a quienes admira de verdad, y menos aún querrá “insultar” a un hombre a quien venera. Precisamente las grandes condiciones que aprecia en él, le hacen temer aún más la posibilidad de que la República se base, desde la guerra, en métodos de autoridad que puedan generar un caudillismo todavía más incontrolable: “hay algo”, le dice a Gómez, “que está por encima de toda la simpatía personal que Vd. pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad aparente”.

Fiel a criterios que le ha expresado en 1882, le reitera su “determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, embellecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo”.

Desde el inicio le ha expuesto a Gómez que no debe leer la carta como el fruto de un arranque irreflexivo, pues ha “querido dejarla reposar dos días”, para que sea “obra de meditación madura”. Es, en realidad, un capítulo de la reflexión en que lleva años, y en la cual basa estos juicios: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”, y “La patria no es de nadie: y si es de alguien, será, y esto solo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia”.

Al primero de esos criterios pudo haber añadido una idea que subyace en su pensamiento: un pueblo tampoco se manda como un campamento. Y, aunque respeta de veras a Gómez —como a Maceo—, no se detiene ante autoridades personales, ni teme a la dureza del juicio, si está por delante la patria: “¿Qué somos, General?, ¿los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después de él? ¿La fama que ganaron Vds. en una empresa, la fama de valor, lealtad y prudencia, van a perderla en otra?”

Se entiende que al honradísimo Gómez —y a Maceo— le duela tal franqueza, pero Martí sabe que hay muchas personalidades en juego, y muchos peligros, y ha visto en qué han parado grandes caudillos de nuestra América. Al plan insurreccional con el que rompe reflexivamente, no ha llegado como un simple espectador. En el mismo octubre se le ha designado presidente de la Asociación Cubana de Socorro, cobertura legal para buscarle fondos a la insurrección. Resuelto a consagrarse a la conspiración que debe hacerla posible, el 10 de aquel mes pronuncia un discurso en la velada con que se recuerda el inicio de la Guerra del 68, y depone su cargo como cónsul general de Uruguay en Nueva York, para no dañar las relaciones de ese país con España.

Persona, historia, patria

Ante Gómez y Maceo ratifica su ética: ni palabra ni acto suyo serán obstáculos para el quehacer de aquellos generales, en cuyas buenas intenciones confía. No se libra de acusaciones por parte de algunos equivocados, o deseosos de zaherirlo. Alguien adicto a intrigas intenta difamarlo indirectamente en un acto público. Un testimonio de entonces narra que, para marcarlo, el intrigante dice desde la tribuna: “Los que se oponen a la revolución por temor debían llevar faldas y enaguas”.

Martí no demora en responder enérgicamente: “A quien usted ha hecho alusión no le cabe la vergüenza en los calzones, y esto se lo puedo demostrar aquí mismo o afuera si lo tiene a bien”. Para impedir que le responda también con los puños intervienen Flor Crombet, quien ha sido ya enlace entre Martí y Gómez, y Maceo, para quien aquello habrá sido otra prueba de la entereza que caracteriza a quien ha discrepado de él y de Gómez.

Al separarse del Plan de aquellos generales patriotas, Martí pone a prueba sus concepciones políticas. Si, a pesar de todo, el Plan triunfa, él quedará políticamente aniquilado. El 13 de julio de 1885 lo sustituyen en su cargo de presidente de la Asociación Cubana de Socorro, como parte de una campaña de descrédito.

El 24 siguiente dirige A los cubanos de Nueva York una circular en que los invita a reunirse al otro día en el Clarendon Hall, para enfrentar los reproches que quieran hacerle. Expone allí sus criterios, su lealtad a la aspiración independentista, y no ofende ni a Gómez ni a Maceo. Nadie osa impugnar al patriota que todo lo deja claro, por convicción, y porque la patria y el honor están por delante.

En 1884 se halla lejos del liderazgo que no empieza a conquistar hasta finales de 1887, fracasado ya el intento de Gómez y Maceo, un revés en el cual Gómez reconocerá que ha influido la retirada de Martí. Pero de hecho se debe a las circunstancias en que se ha intentado, hostiles para su preparación y su marcha.

La actitud plasmada por Martí en la más compleja de sus cartas a Gómez resulta fundamental para la unidad alcanzada en los preparativos de la guerra, con auxilio del Partido Revolucionario Cubano, constituido el 10 de abril de 1892, en homenaje a la Asamblea de Guáimaro, reunida 23 años antes. Ella pecó de errores, como el afán civilista impertinente para la lucha armada; pero también abonó una civilidad que Martí quiere cultivar desde la nueva gesta como un elemento fundamental en la cultura política de la nación.

El líder revolucionario que conoce las causas de los reveses sufridos por el afán independentista en su patria, ha sido testigo de las manquedades del liberalismo en España con respecto al problema colonial. También conoce —y ha sufrido en carne propia— males engendrados en nuestra América por hipertrofias caudillistas, y ya en 1884, días antes de discrepar con Gómez, ha denunciado las injusticias entronizadas en una emergente potencia imperialista donde “el monopolio está sentado, como un gigante implacable, a la puerta de todos los pobres”, y “la tiranía, acorralada en lo político, reaparece en lo comercial. Este país industrial tiene un tirano industrial”.

Por la dignidad de la nación

No es fortuito que en las Bases del Partido Revolucionario Cubano explicite Martí que esa organización y, por tanto, la contienda a la cual ella sirve y servirá, tienen entre sus fines fundamentales la creación de “un pueblo nuevo y de sincera democracia”. Se propone lograr nada menos que un estadio de la libertad no alcanzado entonces aún por ningún pueblo del planeta.

Esa aspiración la cultiva, incluso en plena guerra, atendiendo a las necesidades de la acción armada y a la personalidad de la república por fundar. Es significativo que, al narrar su visita a Gómez para ofrecerle —tras la elección democrática entre militares del 68 en virtud de la cual se le asigna el cargo— la dirección del ramo militar de la revolución, diga que ha ido a verlo “junto a su arado”, y plasme su profunda admiración por el bravo dominicano. Enaltece la solidaridad de este con los humildes, y declara que su hogar en pleno es un ejemplo de esa solidaridad.

El fundador del Partido Revolucionario Cubano no falta a la ética ni por presuntas conveniencias políticas. La entrevista, en campaña, de La Mejorana, no puede aquí más que rozarse; pero es preciso recordar que, al margen de contradicciones inevitables en toda obra humana, la imagen mayor que de ella brota es que él, Gómez y Maceo están juntos a la hora de decidir el destino de Cuba. Tampoco hay duda de que en aquel complicado encuentro, narrado en su Diario de campaña, Martí lega para la historia su rechazo a que “la patria […], y todos los oficios de ella, que crea y anima al ejército” paren en “Secretaría del Ejército”. Frente a semejante peligro, testimonia: “Mantengo, rudo: el Ejército, libre,—y el país, como país y con toda su dignidad representado”.

No es solo cuestión de medidas circunstanciales. Cada paso, cada idea, deben sembrar una cultura de funcionamiento político y social a la altura de una democracia nueva y sincera, y —redundancia solo aparente— de sentido verdaderamente popular. Por ello, aunque aleatorio, adquiere valor simbólico el hecho de que —por razones conocidas no asociadas intencionalmente con la carta glosada— el 20 de octubre haya devenido Día de la Cultura Cubana. Inagotables razones fundamentan que Martí sea, y necesitamos que continúe siéndolo, el autor intelectual de la obra revolucionaria desarrollada en el país.

Publicado en Bohemia Digital:

http://www.bohemia.cu/2014/10/21/historia/marti.html

Sencillamente Martí

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Político, pensador, periodista, filósofo, ensayista y poeta, a no dudarlo, nuestro José Martí es una figura señera de la historia cubana. Nacido el 28 de enero de 1853 en La Habana, por lo que hoy se cumple su natalicio 162, fue y vale recordarlo en este día, creador del Partido Revolucionario Cubano, y una de las personalidades más destacadas de la independencia de Cuba, en especial de la Guerra de 1895.Hombre tan extraordinario fue, que legó una obra monumental y sin parangón hasta nuestros días,

Aquí comparto con ustedes unos poemas que traslucen su compromiso literario y político. 

Dos patrias 

Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche. 

¿O son una las dos? No bien retira 

su majestad el sol, con largos velos 

y un clavel en la mano, silenciosa 

Cuba cual viuda triste me aparece. 

¡Yo sé cuál es ese clavel sangriento 

que en la mano le tiembla! Está vacío 

mi pecho, destrozado está y vacío 

en donde estaba el corazón. Ya es hora 

de empezar a morir. La noche es buena 

para decir adiós. La luz estorba 

y la palabra humana. El universo 

habla mejor que el hombre. 

Cual bandera que invita a batallar, la llama roja 

de la vela flamea. Las ventanas 

abro, ya estrecho en mí. Muda, rompiendo 

las hojas del clavel, como una nube 

que enturbia el cielo, Cuba, viuda, pasa…  

 

Qué importa que tu puñal

¿Qué importa que tu puñal

Se me clave en el riñón?

¡Tengo mis versos, que son

Más fuertes que tu puñal! 

¿Qué importa que este dolor

Seque el mar y nuble el cielo?

El verso, dulce consuelo,

Nace al lado del dolor.  

 

Canto de otoño

Bien: ya lo sé! La Muerte está sentada

A mis umbrales: cautelosa viene,

Porque sus llantos y su amor no apronten

En mi defensa, cuando lejos viven

Padres e hijo. Al retornar ceñudo

De mi estéril labor, triste y oscura,

Con que a mi casa de invierno abrigo,

De pie sobre las hojas amarillas,

En la mano fatal la flor del sueño,

La negra toca en alas rematada,

Ávido el rostro, trémulo la miro

Cada tarde aguardándome a mi puerta.

En mi hijo pienso, y de la dama oscura

Huyo sin fuerzas, devorado el pecho

De un frenético amor! Mujer más bella

No hay que la Muerte! Por un beso suyo

Bosques espesos de laureles varios,

Y las adelfas del amor, y el gozo

De remembrarme mis niñeces diera!

…Pienso en aquel a quien mi amor culpable

Trajo a vivir, y, sollozando, esquivo

De mi amada los brazos; mas ya gozo

De la aurora perenne el bien seguro.

Oh, vida, adiós! Quien va a morir, va muerto

 

Sed de belleza

Solo, estoy solo: viene el verso amigo,

Como el esposo diligente acude

De la erizada tórtola al reclamo.

Cual de los altos montes en deshielo

Por breñas y por valles en copiosos

Hilos las nieves desatadas bajan

Así por mis entrañas oprimidas

Un balsámico amor y una avaricia

Celeste, de hermosura se derraman.

Tal desde el vasto azul, sobre la tierra,

Cual si de alma de virgen la sombría

Humanidad sangrienta perfumasen,

Su luz benigna las estrellas vierten

Esposas del silencio- y de las flores

Tal el aroma vago se levanta

Dadme lo sumo y lo perfecto: dadme

Un dibujo de Ángelo: una espada

Con puño de Cellini, más hermosa

Que las techumbres de marfil calado

Que se place en labrar Naturaleza.

El cráneo augusto dadme donde ardieron

El universo Hamlet y la furia

Tempestuosa del moro: la manceba

India que a orillas del ameno río

Que del viejo Chichén los muros baña

A la sombra de un plátano pomposo

Y sus propios cabellos, el esbelto

Cuerpo bruñido y nítido enjugaba.

Dadme mi cielo azul… dadme la pura,

La inefable, la plácida, la eterna

Alma de mármol que al soberbio Louvre

Dio, cual su espuma y flor, Milo famosa.  

 

Poeta

Como nacen las palmas en la arena

Y la rosa en la orilla al mar salobre,

Así de mi dolor mis versos surgen

Convulsos, encendidos, perfumados.

Tal en los mares sobre el agua verde,

La vela hendida, el mástil trunco, abierto

A las ávidas olas el costado,

Después de la batalla fragorosa

Con los vientos, el buque sigue andando. 

¡Horror, horror! ¡En tierra y mar no había

Más que crujidos, furia, niebla y lágrimas!

Los montes, desgajados sobre el llano

Rodaban; las llanuras, mares turbios,

En desbordados ríos convertidas,

Vaciaban en los mares; un gran pueblo

Del mar cabido hubiera en cada arruga;

Estaban en el cielo las estrellas

Apagadas; los vientos en jirones

Revueltos en la sombra, huían, se abrían,

Al chocar entre sí, y se despeñaban;

En los montes del aire resonaban

Rodando con estrépito; ¡en las nubes

Los astros locos se arrojaban llamas!  

Río luego el Sol; en tierra y mar lucía

Una tranquila claridad de boda.

¡Fecunda y purifica la tormenta!

Del aire azul colgaban ya, prendidos

Cual gigantescos tules, los rasgados

Mantos de los crespudos vientos, rotos

En el fragor sublime. ¡Siempre quedan

Por un buen tiempo luego de la cura

Los bordes de la herida sonrosados!

Y el barco, como un niño, con las olas

Jugaba, se mecía, traveseaba.

Martí en Hugo Chávez

“Desde sus primeras palabras Chávez tomó el pensamiento martiano, lo parafraseó, y lo convirtió en piedra angular del suyo propio, encaminado a sostener la certidumbre y la necesidad de la colaboración entre Cuba y Venezuela, y entre todos los pueblos de la América Latina, del ALBA frente al engendro imperial del ALCA”

Por Pedro Pablo Rodríguez

El presidente venezolano Hugo Chávez Frías ha acostumbrado a sus auditorios a escucharle múltiples referencias a la personalidad de José Martí, en clara demostración, desde hace mucho de su filiación martiana junto a su imprescindible postura bolivariana.

Recuerdo sus menciones al Maestro durante su primera visita a Cuba a mediados de 1994. Entonces los cubanos sabíamos de él por aquel movimiento que liderara dos años antes para tomar infructuosamente el Palacio de Miraflores y la residencia presidencial. Su vital presencia en aquel memorable encuentro con Fidel en el Aula Magna de la Universidad de La Habana no sólo nos permitió ir calando en sus capacidades de liderazgo sino que, además nos sorprendió favorablemente al oírle verter conceptos y juicios de expresa raíz martiana. Sin duda alguna, aquel teniente coronel que acababa de salir de la cárcel había leído al menos algunos de los textos esenciales de Martí, y, por sus palabras, parecía haberlas asimilado con el mismo ímpetu revolucionario y justiciero con que más de una generación de cubanos lo había hecho también.

Pero quizás, podía pensarse entonces, fueran aquellas menciones a Martí dictadas por el entusiasmo y por el deseo de acercarse al pueblo cubano y a su Revolución. Sin embargo, tras su toma de posesión como gobernante en 1999, y de manera creciente durante estos años, Chávez ha sostenido la presencia martiana en su pensamiento y hasta puede decirse que la ha ido perfilando en sus discursos, a todas luces como parte del propio proceso de su desarrollo como dirigente y personalidad política.

El reciente discurso del presidente, en la reunión de la Comisión Mixta para la colaboración entre Cuba y Venezuela demuestra fehacientemente la asunción plena por el líder venezolano del espíritu martiano. No se trata en su caso de la cita erudita o del fragmento memorizado sino de la conceptualización desde la lógica del Maestro, como se debe hacer siempre.

Desde sus primeras palabras Chávez tomó el pensamiento martiano, lo parafraseó, y lo convirtió en piedra angular del suyo propio, encaminado a sostener la certidumbre y la necesidad de la colaboración entre Cuba y Venezuela, y entre todos los pueblos de la América Latina, del ALBA frente al engendro imperial del ALCA.

La clave metodológica de su análisis y de su postura fue planteada por Chávez desde el inicio de su discurso al recordar cómo su propia abuela le hablaba de asuntos con la misma perspectiva de Martí. Y afirmaba: “Yo creo que mi abuela no leyó a José Martí; pero José Martí si leyó a mi abuela.” Es decir, como él mismo aclaraba inmediatamente después, la palabra y el ideario martianos salían de su diálogo verdadero y esencial con la gente de pueblo, de su filiación consciente y sostenida con las clases populares. Era, para decirlo con los mismos términos de Martí, su escucha permanente de los sonidos venidos del subsuelo de la sociedad, de las entrañas del pueblo profundo.

Por eso no falta razón al mandatario venezolano cuando señala que Martí leyó a su abuela, una mujer de los Llanos, de la Venezuela profunda y mestiza, de aquella región que dio los centauros atrevidos a las campañas de Bolívar durante la emancipación y a Ezequiel Zamora durante la portentosa Guerra Federal que sólo pudo ser detenida mediante un pacto de las oligarquías para evitar el triunfo popular.

Claro que Martí “leyó” a esa gente como la abuela de Chávez: lo hizo en Cuba, en México, en Guatemala, en Venezuela y hasta en Nueva York. Por eso, como una especie de síntesis de su estancia venezolana en 1881, escribió poco después de su partida un texto en francés titulado “Un viaje a Venezuela” en el que disecciona los males del país sudamericano, que halla se repetían a escala continental, y que parten del distanciamiento entre la oligarquía ilustrada, empeñada en ver a sus países y a sus pueblos con espejuelos europeos o estadounidenses, y esos amplios sectores populares, desechados del gobierno y olvidadas sus aspiraciones tras los procesos de independencia.

Razón tiene Hugo Chávez cuando recordaba en aquel discurso las palabras de Martí en su ensayo “Nuestra América”, en el que llama a detener el avance del gigante que calza botas de siete leguas, ese mismo gigante de tamaños pasos del que le hablaba su abuela, quien recogía sin saberlo una imagen de una vieja tradición de los cuentos infantiles venidos de Europa a América y llevados a la literatura como en el “Pulgarcito” de Perrault. Razón tiene Chávez, pues al insistir en que la gran lección martiana es su llamado en “Nuestra America” a la unidad continental frente a ese gigante, andar “en cuadro apretado”.

Y qué bien que el gobernante sudamericano se acoja a aquel brillante e inigualado análisis de los problemas continentales esenciales de su tiempo y del futuro escritos por Martí en ese ensayo cenital. No sólo se trata para el venezolano de sostener en el revolucionario cubano su práctica actual impulsora decidida de la integración continental; no es sólo su afiliación ideológica con un indiscutible antecesor de tal practica, sino que es además el tributo emocionado del presidente a Martí, a su brillantez y su capacidad —al igual que Bolívar— como guía del presente donde Chávez se destaca justamente por el intento de plasmar esos proyectos unitarios martianos.

Por eso el presidente coincidía en la necesidad señalada por Martí de levantar trincheras de ideas para aquella batalla que, previsoramente, el cubano veía aproximarse y que hoy es parte de nuestra cotidianidad y camino para un futuro e imprescindible mundo mejor. Las ideas, la importancia de estas, del pensamiento contra la hegemonía y la dominación, eran recalcadas por Chávez, quien también se asemejaba a Martí en su compromiso moral y político para el presente cuando afirmaba: “Abrimos y abriremos —Cuba y Venezuela— el sendero de un mundo nuevo, aunque nos cueste la vida.”

¿Optimismo panglosiano el del gobernante venezolano? ¿Optimismo absurdo sin asidero con la realidad? ¿O es el mismo optimismo de Martí, que le hizo escribir en un momento dado “Los locos somos cuerdos”? Se trata del optimismo martiano, el asentado en el conocimiento verdadero del subsuelo, de las fuerzas sociales, de las posibilidades históricas y de la voluntad encauzada para lograr los cambios deseados.

Es el optimismo de Chávez el mismo de Martí cuando llamaba en ese discurso —no de pasada sino como idea central repetida por él en muchas ocasiones— de que los procesos revolucionarios de Cuba y Venezuela deben andar por sus propios caminos, apoyándose y uniéndose para avanzar, pero sin copias, sin desconocer sus historias y condiciones particulares. Es el mismo principio de originalidad al que Martí fuera fiel toda su vida, hasta en su propia obra literaria, y que le hiciera exclamar en “Nuestra América”: “El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país.”

No sé con exactitud qué textos martianos ha leído Hugo Chávez, fuera de que en el discurso que comento es evidente su manejo de “Nuestra América”. Tampoco sé en qué momento de su vida ese apasionado de Bolívar que es el presidente venezolano, comenzó a conocer la obra del Maestro. Lo que no me queda es que existe ese conocimiento en Chávez, que lo ha asumido e incorporado a su propio pensar y a su acción política, y que las ideas del cubano sin duda alguna han completado y madurado las suyas propias.

En un primer momento —no puedo ocultarlo— cierto orgullo me embargó al comprender cuánto significaba el Apóstol de nuestra independencia para el líder venezolano. Después, según escuchaba su elocuente y entusiasta oratoria, su palabra fácil y clara, su apropiación de la de Martí y su explicación de ella para su pueblo, comprendí quizás mejor lo que a veces he escrito; que a Martí, como él dijo de Bolívar, aún le queda mucho por hacer en nuestra América, que su conocimiento es parte necesaria de la lucha por la emancipación continental y mundial, y que quien se siente martiano tiene que ir a la raíz, como va Hugo Chávez. Y esa es, desde luego, la verdadera manera de ser martianos en nuestros tiempos.

Tomado de Cubarte