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Ucrania, Palestina, Siria: John Kerry no tiene una política, sólo tácticas

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Por Thierry Meyssan

Intelectual francés, presidente-fundador de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Sus análisis sobre política exterior se publican en la prensa árabe, latinoamericana y rusa. Última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación (Monte Ávila Editores, 2008).

Tomado de Red Voltaire

En el mundo globalizado, cada conflicto está vinculado a los demás. Lo que hoy sucede en Ucrania se refleja, por lo tanto, en otras regiones. Para Thierry Meyssan, las bravatas de Washington no tienen como objetivo hacerle la guerra a Moscú sino empujar a los europeos a meterse en dificultades, en beneficio de Estados Unidos. Al mismo tiempo, el abandono del proceso de Ginebra puede ser una manera de dejar de lado los intereses de Arabia Saudita y concentrarse en el arreglo de la cuestión palestina.

 Damasco | 17 de marzo de 2014

 El secretario de Estado John Kerry –aquí durante su escala en Italia– no tiene una política predefinida. Toma la iniciativa sobre todos los temas pero no para lograr victorias decisivas sino tratando de buscar la manera de posicionar sus peones. Después de respaldar el golpe de Estado de la CIA en Ucrania, su actual preocupación no es el futuro de Crimea sino cómo sacar partido en el plano económico global de su derrota política local.

Tres acontecimientos han venido a modificar repentinamente la escena internacional: la crisis entre los occidentales y Rusia sobre la cuestión ucraniana, la guerra secreta que los Estados del Golfo están librando entre sí y, para terminar, la adopción por el Consejo del Pueblo de Siria [parlamento] de una ley electoral que de hecho excluye la candidatura de ciudadanos que hayan huido del país durante la guerra.

Estados Unidos tenía previsto como cuarto acontecimiento una «revolución de color» orquestada en Venezuela, pero la oposición no logró el apoyo de las capas populares de la población. Así que tendrá que guardar esa carta para tratar de utilizarla más adelante.

Washington quiere convertir su derrota en Ucrania en una victoria para su economía

La crisis ucraniana fue orquestada y desencadenada por los occidentales en forma de golpe de Estado con un telón de fondo de violencia callejera televisada. Rusia respondió muy hábilmente, siguiendo la estrategia de Sun Tzu, tomando Crimea sin disparar un tiro y dejando a sus adversarios con los problemas económicos y políticos de Ucrania. A pesar de las bravatas de Bruselas y Washington, los occidentales no se arriesgarán a una nueva jugada así que no adoptarán contra Moscú ninguna sanción económica significativa: la Unión Europea exporta un 7% de su producción (123 000 millones de euros en maquinas herramientas, automóviles, productos químicos, etc.) hacia Rusia, de donde importa un 12% de sus bienes (215 000 millones de euros, principalmente en hidrocarburos). El Reino Unido, Alemania, Italia, los Países Bajos, Polonia y Francia se verían particularmente afectados. Hoy en día la City se financia ampliamente con haberes rusos que están evaporándose, como demuestra una nota interna de Downing Street fotografiada al vuelo por la prensa británica. Transnacionales como BP, Shell, Eni, Volkswagen, Continental, Siemens, Deutsche Telecom, Reiffsen, Unicrédit –y ciertamente muchas más– simplemente se hundirían. Para Estados Unidos la situación es mejor, aunque varias transnacionales, como Exxon –la segunda empresa más importante de ese país–, tienen haberes considerables en Rusia.

En todo caso, Washington está desplegando un discurso muy vigoroso, que lo obligará a implementar algún tipo de reacción. Parece como si el golpe de Estado de Kiev hubiese sido preparado por los radicales del régimen estadounidense –Victoria Nuland, John McCain, etc.–, creando así una situación inicialmente incómoda para el presidente Obama pero ofreciéndole al mismo tiempo una oportunidad inesperada de resolver la crisis económica de Estados Unidos, en detrimento de sus aliados europeos.

Explicación: si los problemas ya existentes en Ucrania se extienden a la Unión Europea llegando a afectarla económica y políticamente, los capitales actualmente basados en el Viejo Continente acabarán huyendo hacia Wall Street. Se concretaría así la aplicación de la doctrina Wolfowitz de 1992 (impedir que la Unión Europea se convierta en un posible competidor para Estados Unidos) y la de la teoría enunciada en 2009 por Christina Romer (salvar la economía estadounidense absorbiendo los capitales europeos, como al final de la crisis de 1929). Es de esperar entonces que se produzca una congelación, al menos aparente, de las relaciones diplomáticas entre Washington y Moscú y una fuerte recesión en Europa en 2014.

En tales condiciones, es difícil imaginar cómo podría implementarse el acuerdo de paz para el Medio Oriente en general, cuando las diferentes piezas parecían estar encontrando su lugar. De entrada, el proyecto de Ginebra 3 para Siria está interrumpido sine die. El proyecto de «paz» entre israelíes y palestinos, que ya había comenzado con el regreso de Mohamed Dahlan a la escena, acaba de ser torpedeado por la Liga Árabe, que se opone –al menos momentáneamente– al reconocimiento de Israel como «Estado judío».

Los Estados del Golfo se disputan entre sí por causa de la Hermandad Musulmana

Otro elemento nuevo es la guerra secreta que se ha desatado entre los Estados del Golfo. Qatar respaldó un intento golpista de la Hermandad Musulmana en los Emiratos Árabes Unidos. Los Emiratos, Arabia Saudita y Bahréin acaban de suspender sus relaciones diplomáticas con Qatar y los sauditas organizaron y concretaron un atentado en Doha. Qatar no parece dispuesto a abandonar a la Hermandad Musulmana, cofradía que Washington esperaba llevar a la victoria mediante la organización de las «primaveras árabes» pero a la que ahora ha decidido desechar.

La política de los Estados del Golfo se ha convertido en un increíble desbarajuste en la medida en que sus reyezuelos constantemente mezclan los intereses de Estado con sus propias ambiciones personales y afinidades mundanas. Atrás han quedado las injurias y anatemas entre el Servidor de las Dos Sagradas Mezquitas y el Guía de la Revolución iraní, quienes ahora negocian una reconciliación. La riña del momento se desarrolla alrededor de la Hermandad Musulmana, considerada no como una corriente ideológica sino como una simple carta en el juego.

Siria ya no desea negociar la paz con los sauditas

El tercer elemento nuevo es la deliberación, transmitida (en vivo y en directo) por la televisión siria, del Consejo del Pueblo (parlamento) sobre la próxima ley electoral siria. Los diputados acabaron adoptando una clausula que estipula que los candidatos a la elección presidencial tienen que haber vivido durante los 10 últimos años en el país, disposición que excluye a toda persona que haya huido de Siria durante la guerra.

El enviado especial de la Liga Árabe y de la ONU, Lakhdar Brahimi, declaró de inmediato que esa opción puede poner fin al proceso negociador para la solución del conflicto. Francia presentó en el Consejo de Seguridad un proyecto de declaración tendiente a reactivar el proceso de Ginebra. Aunque ese documento no menciona la nueva ley electoral siria, es el último intento occidental de seguir considerando la guerra en Siria como una «revolución» y ver la paz como un acuerdo entre Damasco y una oposición ficticia totalmente controlada por Arabia Saudita. La ex vocera del Consejo Nacional Sirio Basma Kodmani, educada en una embajada saudita, aseguraba que «el régimen de Damasco» no lograría organizar la elección presidencial y proponía considerar ese fracaso en plena guerra como prueba de que es una dictadura. Eso abriría la puerta a un regreso de la OTAN al escenario para acabar con Bachar al-Assad, según el plan trazado desde 2003 y a pesar de todas las oportunidades perdidas de utilizar como pretextos las «masacres» de 2011 y el «ataque químico» de 2013. El hecho es que, después de haberse reconciliado con Riad organizando Ginebra 2 conforme a los deseos del reino de los Saud, Washington abandona nuevamente a los colaboradores sirios de los sauditas.

Si no hay un Ginebra 3, las opciones que quedarían a Occidente serían atacar Siria –lo cual resulta tan imposible como tomar Crimea, como ya se vio en el verano de 2013–, dejar que la situación siga agravándose durante toda una década o fingir que la «revolución» ha caído en manos de los yihadistas y admitir que la guerra en Siria se ha convertido en un problema de antiterrorismo de interés global.

Hombre de negocios antes que diplomático, John Kerry no tiene una política preestablecida sino una táctica. Como de costumbre, Washington no escogerá una solución por encima de otra sino que hará todo lo posible por favorecer el desenlace que más convenga a sus propios intereses, pero trabajando a la vez sobre las demás opciones… por si acaso.

Al no poder negociar con Rusia, lo hará con el otro aliado militar de Siria: Irán. El Departamento de Estado ha venido conversando con la República Islámica desde hace un año. Al principio lo hizo secretamente en Omán y luego oficialmente con el nuevo presidente Rohani. Pero hay problemas con los khomeinystas, quienes estiman que con los imperialistas no se negocia sino que se les combate hasta la muerte. Las contradicciones internas iraníes, se han traducido para Washington en una serie de progresos y retrocesos que no le han permitido avanzar tan rápidamente como tenía previsto.

Si bien el arreglo de la cuestión siria no es urgente para Estados Unidos, sí le resulta en cambio vital garantizar la perpetuación de la colonia judía en Palestina. Y en ese frente, Irán acaba de recordarle al Departamento de Estado la influencia que es capaz de ejercer. Siguiendo sus órdenes, la Yihad Islámica bombardeó repentinamente la frontera israelí. Teherán, excluido a última hora de Ginebra 2, se invita así a una mesa mucho más importante: la negociación regional.

En medio de este panorama, el Senado de Estados Unidos organiza en una decena de días una audiencia sobre «Siria después de Ginebra». La formulación parece sugerir que se ha renunciado a la continuación de esa «conferencia de paz». Contrariamente a lo acostumbrado cuando abordan los temas del Medio Oriente, los senadores no oirán a los expertos de los tanques pensantes israelíes de Washington sino a la responsable de ese tema en el Departamento de Estado, a su mejor estratega en materia de guerrilla y a uno de los dos principales expertos en el tema iraní.

En definitiva, la «paz» regional, si finalmente apareciera, sólo podría concretarse como se la imagina John Kerry: sacrificando al pueblo palestino y no a la colonia judía. Hassan Nasrallah ya lanzó una advertencia contra esa injusticia. Pero, ¿quién va a oponerse cuando ya los principales líderes palestinos han traicionado al pueblo que representan?

Fuente
Al-Watan (Siria)

JOHN KERRY EL GRAN MAQUILLISTA DEL “IMPERIO BENÉVOLO”

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Por Basem Tajeldine

Las palabras del Secretario de Estado de EE.UU., John Kerry, ante la OEA cuando dijo que “La era de la Doctrina Monroe ha terminado” quedarán registradas para la historia como la mayor mentira cometida de todas las administraciones estadounidenses. El actual inquilino de la Casa Blanca, Barack Obama, merece otro premio Nobel o Guinness por la farsa. Hoy, los estrategas del Pentágono pretenden hacer creer a los gobiernos y pueblos del mundo, que el imperio estadounidense ha cambiado y se ha vuelto “benévolo” y “respetuoso” de las soberanías de los pueblos del mundo, y particularmente de la región que históricamente pretendió dominar.

¿A quienes pretenden engañar EE.UU. cuando miente públicamente sobre sus intenciones de “renovada” diplomacia para América Latina? Un animal carroñero no puede cambiar su dieta compuesta de carne putrefacta porque moriría; esa es su naturaleza. Así como es la del imperialismo de mentir, robar y destruir para dominar.
Meses atrás, el mismo Kerry en un discurso ante el Congreso de EE.UU. se había referido a América Latina como “nuestro patio trasero”. Hoy intenta recoger y maquillar bien sus palabras durante su más reciente discurso ante la Organización de los Estados Americanos (OEA) en Washington cuando dijo “La era de la Doctrina Monroe ha terminado”, y agregó más adelante “La relación que buscamos, y para cuyo impulso que hemos trabajado duro, no se trata de una declaración de Estados Unidos acerca de cómo y cuándo va a intervenir en los asuntos de otros estados americanos. Se trata de que los países se perciban unos a otros como iguales, de compartir responsabilidades, de cooperar en cuestiones de seguridad y de adherirse no a la Doctrina, sino a las decisiones que tomamos como socios para promover los valores y los intereses que compartimos”.
Quienes conocen bien al imperialismo estadounidense están vacunados contra sus mentiras y la demagogia común de todos los inquilinos que han pasado por la Casa Blanca.
La administración Obama sólo se ha diferenciado de las anteriores, por su empeño en rescatar la falsa “diplomacia imperial” que antes había sido rota y tirada a la basura por la arrogancia de los halcones imperiales y en especial por la administración de George W. Bush.
Hoy los halcones imperiales han comprendido que EE.UU. no puede seguir actuando, por sí solo, como gendarme del sistema-mundo. La crisis financiera-económica-social-política que presenta EE.UU. ha puesto límites a la prepotencia supremacista que desde siempre ha inspirado a los ideólogos imperiales. Por otro lado, los gobiernos de la Unión Europea, Rusia y China no estaban ya dispuestos a seguir soportando la prepotencia de Bush. Así que los estrategas imperiales buscaron un nuevo rostro que simulara un cambio, y lo lograron momentáneamente con la figura de Barack Hussein Obama: un hombre negro, con capacidad de organizar un “buen” discurso diplomático y demagógico para contentar a los aliados europeos. Obama logró negociar con Europa la repartición del botón libio, fundamentalmente con Francia, y alcanzó a comprometer a Europa en los gastos militares de las nuevas campañas bélicas emprendidas en África y a mantener las fuerzas aliadas dentro del insoportable pantano que se ha vuelto la invasión Afganistán.
En el fondo, la nueva diplomacia maquillada por Kerry en la OEA manifiesta la aceptación, a disgusto, de la realidad que sumerge a EE.UU. El discurso, además de reconocer la crisis estructural del capitalismo en EE.UU., también es de resignación ante la realidad mundial que distingue los nuevos bloques políticos y económicos mundiales que imponen límites y exigen respeto. Los países que conforman al Consejo de Cooperación de Shanghái, Eurasia, los BRICS y el MERCOSUR son la real pesadilla para EE.UU.
La nefasta Doctrina Monroe, que fue elaborada por John Quincy Adams, y más tarde atribuida a James Monroe en 1823, promovía los viejos sueños coloniales de los estrategas imperiales de dominio completo del nuevo continente bajo el lema “América para los americanos (del norte)”. Era un intento de anexionarse, paulatinamente, todos los territorios que habían obtenido su independencia de los antiguos imperios europeos (fundamentalmente de España y Portugal), además, esta vieja doctrina se enarbolaba con el propósito de distanciar, aún más, a Europa de sus pretensiones sobre América Latina.
Pero esta doctrina nunca alcanzó sus objetivos planteados en aquellos primeros años. En el siglo XX, la revolución cubana marcó su declive. Si bien, la mayoría de los países de América Latina pasaron a ser neo-colonias de EE.UU. (países mono productores y muy dependientes económicamente de los capitales del norte), los Estados Nacionales creados luego de los procesos independentistas se mantuvieron intactos, con cierto grado de soberanías, lo que permitió a muchos de estos países maniobrar en la cuerda floja sobre el barranco de la entrega completa. La era del neoliberalismo apenas alcanzó a dar algunos pasos en sus propósitos, pero su proyecto del Área de Libre Comercio para Las Américas (ALCA) fue enterrado por la nueva oleada de mandatarios revolucionarios y progresistas en 2005, Mar de Plata, Argentina.
China como la gran amenaza
El discurso de Kerry puede interpretarse, también, como un discurso de desesperación. Estados Unidos ve cada día perder su “patio trasero” frente a su mayor rival económico: China.
Interesantes estudios hechos por la CEPAL y por numerosos expertos indican que gradualmente América Latina pierde interés en EE.UU. y se acerca a China.
Un interesante análisis realizado por el comentarista político Vladislav Gulévich y publicado por el sitio fondsk.ru revela lo que realmente preocupa a los estrategas imperiales. Dice Gulévich:
“En general, la cooperación económica con los países latinoamericanos fortalece la seguridad alimenticia y energética de China, ofrece grandes mercados para los productos chinos, y en el futuro puede reconfigurar el espacio geopolítico en el “patio trasero” de EE.UU. a su favor”. Más adelante agrega: “En Washington, al parecer, bajo estas condiciones, sin correr el riesgo de contrarrestar duramente la penetración de China en América Latina, están tratando de hacer todo lo posible para limitar el impacto de China y para restringirlo solo a la esfera de la economía, sin permitir que se extienda a la esfera política. Sin embargo, es poco probable que a largo plazo China se limite estrictamente a las relaciones comerciales con América Latina”, explica el experto, citando como ejemplo un acuerdo de concesión de préstamos entre Bolivia y China de 2011 en virtud del cual, además de 300 millones de dólares, el gigante asiático suministra varios vehículos para el Ejército boliviano y cooperación técnico-militar. Según Gulévich, Pekín va a continuar con esta política”.
Los estrategas imperiales observan impávidos, pero furiosos, a su “patio trasero” escapar de sus manos sin poder hacer mucho para evitarlo. América Latina busca en el gigante asiático lo que EE.UU. y Europa nunca han ofrecido, ni podrán ofrecer. China invierte en capital productivo, sede tecnología y no interviene en los asuntos internos de los países donde circulan sus capitales. Esto demanda a EE.UU. en bajar un poco el tono a su desafiante discurso. Los voceros estadounidenses se han topado con los límites que hoy le impone la realidad de la región, pero no se quedarán de brazos cruzados.
Así lo hizo entender John Kerry en su discurso ante la OEA. Kerry no dejó pasar la oportunidad para mostrar el puñal de la amenaza. Pese a insistir en el “fin” de la política intervencionista en América Latina, el vocero imperial dejó claro que ello no implica dejar de seguir manifestando “inquietudes” en casos de desviaciones de las vías democráticas. Dijo: “reciente debilitamiento de las instituciones democráticas” en Venezuela o la necesidad de reformas políticas “más amplias” en la todavía “autoritaria” Cuba”.
Una semana más tarde volvió, esta vez, la vocera del Departamento de Estado estadounidense, Jen Psaki, a retomar las riendas del discurso agresivo contra Venezuela cuando dijo, en referencia a la Ley Habilitante aprobada en Venezuela, que “el Gobierno estadounidense ve importante, para las instituciones democráticas servir a sus roles designados y apropiados. Y creemos que la separación de poderes es elemento esencial de la democracia”. ¿No es, acaso, un doble discurso?
América Latina está escapando de las manos de EE.UU. Esta realidad comienza a ser digerida, a duras penas, por los voceros imperiales. El ex consejero de Seguridad Nacional de EE.UU. Zbigniew Brzezinski culpa al “activismo populista” que amenaza con desviar la transición hacia un nuevo orden mundial, dice: “el aumento en el activismo populista en todo el mundo está demostrando ser perjudicial para la dominación externa como la que prevalecía en la época del colonialismo y el imperialismo”.
Muchos creyeron que el siglo XXI también sería de la hegemonía de EE.UU. como lo fue el siglo pasado. Nada será igual que antes. El estratega Brzezinski admite que esta es ya una “ilusión”, la dominación estadounidense ya no es posible debido a un acelerado cambio social provocado por las comunicaciones de masas como la radio, la televisión e Internet, que han estimulado “un despertar universal de la conciencia política masiva”, pero Brzezinski olvidó admitir que la crisis estructural del capitalismo ha creado en todo el mundo condiciones objetivas y subjetivas que, más temprano que tarde, terminarán por provocar una revolución a escala mundial.
Basem Tajeldine es Analista Político Internacional e Investigador del Centro de Saberes Africanos.. Conductor del Programa Radial “Voces Contra El Imperio”, por la Radio del Sur, y Radio Nacional de Venezuela.

Tomado de Rebelión

¿El patio trasero?

John Kerry: “América Latina es nuestro patio trasero…

Por Guillermo Rodríguez Rivera

I

Hace mucho, pero mucho tiempo que los Estados Unidos no tienen una política coherente para América Latina. La política que emplearon muchísimos años era la que se usa para tratar a una pandilla de salvajes, indios, negros y mestizos para los que no se precisa más que un instrumento elemental que los haga buenos servidores de los blancos, porque es para eso para lo que sirven. La burguesía imperialista norteamericana es hija y émula de la gran burguesía colonialista y racista europea.

Con esa coherencia marchaba nada menos que Roosevelt (no Teddy, el hombre del “big stick”), sino el demócrata Franklin Delano, el artífice del “New Deal”.

Roosevelt apoyaba al general Anastasio Somoza, el asesino nicaragüense que se estrenó masacrando a Sandino y a sus compañeros, cuando salían de palacio, después de cenar con el presidente de la república. Alguien le dijo a Roosevelt que Somoza era un hijo de puta. El presidente, sin inmutarse, respondió: “Yes, he’s a son of a bitch, but he’s ours”.

Durante décadas esa fue la única política: valerse de quien fuera, con tal de dominar, que era tener en las manos de las diversas empresas estadounidenses, el caudal de los recursos de nuestras naciones.

Sobre las que Martí llamaba “nuestras tierras de América” habían caído desde que estas emergieron a la independencia. Cuando Martí quería evitar que se apoderaran de las Antillas y sumaran esa fuerza a la carga que ya emprendían contra América Latina, sabía que esa iba a ser la lucha de nuestras naciones para conseguir la que llamó “su segunda independencia”.

Promovieron y aceptaron en nuestras naciones a esos “hijos” de la especie de Somoza que solo compensaban dejándonos muertos, las riquezas que entregaban a los señores del norte y de la que sacaban sus tajadas de sirvientes.

No hubo en esta región, a lo largo de todo el siglo XX,  una sola tiranía militar que no fuera promovida, aupada, aceptada,  tolerada y elogiada por los democráticos Estados Unidos, porque de este lado del mundo jamás tuvieron ética, sino solo intereses. Juan Vicente Gómez, Rafael Leónidas Trujillo, Maximiliano Hernández Martínez, François Duvalier, Marcos Pérez Jiménez, Alfredo Stroessner, Castelo Branco, Garrastazu Médici, Jorge Ubico, Fulgencio Batista,  Anastasio Somoza y sus hijos Luis y Tachito, Tiburcio Carías,  Rafael Videla, Augusto Pinochet, Carlos Castillo Armas, Miguel Ydígoras, Arana Osorio, Peralta Azurdia, Miguel Ovando, René Barrientos, hasta los muy recientes Micheletti y Federico Franco, pasando por el fugaz Pedro Carmona, todos ellos (en verdad son muchos más, pero la lista es demasiado extensa para registrarla en su totalidad) han sido los instrumentos que han usado los grandes intereses norteamericanos para protegerse y crecer, al precio de ensangrentar y desaparecer la democracia de nuestras naciones.

Toda esa partida de bandoleros trasmutados en presidentes, fueron convirtiendo América Latina en una tierra sembrada de pobreza, donde la revolución se volvía una necesidad inevitable. Entre los políticos norteamericanos del siglo XX, creo que quien mejor lo vio fue Robert Kennedy. Tuvo fama de ser el ideólogo de la administración de su hermano John, cuando se desempeñó como Procurador General. A Robert Kennedy se le conoce una afirmación: “la revolución en América Latina es inevitable: hagámosla nosotros”.

La única revolución que los Estados Unidos pudieron haber hecho o ayudado a hacer en América Latina, es la creación de un capitalismo desarrollado: es lo que aparentemente perseguía la Alianza para el Progreso, que patrocina la administración Kennedy en 1961. Pero, para llevar a cabo ese proyecto, eran indispensables las reformas agraria y fiscal que una zona de los grandes intereses norteamericanos no estaban dispuestos a aceptar.

En 1954, el régimen reformista de Árbenz, en Guatemala, fue derrocado por hacer una reforma agraria que afectó los intereses del mayor señor feudal de Centroamérica, la United Fruit Company. John Foster Dulles, el secretario de estado norteamericano que lideró la campaña de descrédito del régimen guatemalteco, era a la vez el abogado de la bananera. Su hermano Allen (todo en familia) hizo que la CIA, que dirigía, organizara el “Ejército Libertador” guatemalteco que invadió el país desde Honduras, para devolverle las tierras a la United.

Siete años después el propio John F, Kennedy  secundó un plan semejante que le organizó Richard Nixon, y que condujo al estrepitoso fracaso norteamericano de Bahía de Cochinos.

Median semanas entre la victoria cubana de Playa Girón y el momento en que los Kennedy ponen en la mesa de la OEA, reunida en Punta del Este en agosto de 1961, el proyecto de la Alianza para el Progreso. Pero además de las previas reformas agraria y fiscal y la inversión de 20. 000 millones de dólares, la Alianza hubiera necesitado una conciencia del problema que, entre los políticos de los Estados Unidos, solo tenían los Kennedy. El presidente es asesinado en Dallas, en 1963 y, casi cuando tenía en sus manos la nominación como candidato demócrata a la presidencia, su hermano Robert es baleado en un hotel de Los Angeles, en 1968. A balazos fue sepultada la Alianza para el Progreso. La revolución latinoamericana vendría por otros caminos.

Desde entonces, los Estados Unidos han carecido de una política para acercarse a las naciones latinoamericanas.

II

La Revolución Cubana, que proclama su carácter socialista en 1961, soportó la agresión millitar derrotada en Playa Girón, el bloqueo comercial y financiero de los Estados Unidos, los numerosos actos terroristas promovidos desde territorio norteamericano, la expulsión de la OEA y la ruptura de relaciones de todos los gobiernos latinoamericanos, a excepción del de México.

La inquebrantable resistencia cubana parecía que tendría que ceder cuando entre los últimos años de la década de los ochenta y los primeros de la de los noventa, se derrumban la Unión Soviética y los gobiernos del socialismo europeo.

Cuba reordena su economía para promover el turismo internacional y empieza, difícilmente, a hallar maneras de subsistir. Desde los años ochenta, la pareja derechista que constituyen Ronald Reagan y Margaret Thatcher, adoptan los postulados neoliberales del economista Milton Friedman, que promueve un regreso al capitalismo puro y duro. Comienza un sistemático bombardeo del llamado “estado de bienestar” que comienza a afectar a Europa, especialmente a las naciones del económicamente menos favorecido sur. Si a Europa la ha sumido en una crisis cuyo final no se vislumbra, la adopción del modelo neoliberal en Latinoamérica fue simplemente devastador.

Carlos Andrés Pérez, en Venezuela; Carlos Saúl Menem, en Argentina; Carlos Salinas de Gortari, en México (cuántos Carlos), fueron apóstoles del desastre neoliberal. Los presidentes duran apenas horas en países económicamente desarbolados. En 1992, una frustrada insurrección militar en Venezuela no apunta en la tradicional dirección del golpe de estado derechista y represor, sino hacia los anhelos de una juventud militar que propone un regreso a los ideales del fundador: el libertador Simón Bolívar.

Sucesivamente van apareciendo nuevos líderes de orientación izquierdista y revolucionaria: Hugo Chávez gana las elecciones venezolanas de 1998 y casi hace desaparecer a los dos partidos tradicionales del ordenamiento burgués en el país. El dirigente sindical cocalero Evo Morales, un indígena, arrasa en las elecciones bolivianas; el obrero metalúrgico Luis Inacio Lula da Silva, gana las presidenciales del gigante Brasil; la pareja de antiguos rebeldes Néstor y Cristina Kirchner, se suceden en una presidencia argentina orientada a la izquierda. Poco después, el joven economista de izquierda Rafael Correa, asciende a la presidencia de Ecuador. Este grupo de dirigentes latinoamericanos destierra el proyecto de una Alianza de Libre Comercio de los Estados Unidos con América Latina, promovida por el presidente George W. Bush, con el apoyo de Vicente Fox y Álvaro Uribe.

Es en este contexto que John Kerry, secretario de estado de los Estados Unidos, acaba de aparecer ante el congreso de su país, reclamando un mayor acercamiento de los Estados Unidos a las naciones latinoamericanas, porque ellas son “el patio trasero de los Estados Unidos”.

Resulta alucinante que el jefe del State Department, una de las cancillerías más importantes del mundo, que puede incidir en bagatelas como la paz mundial, no tenga un asesor político o cultural, o simplemente un colaborador informado que le haga saber las connotaciones que tiene ese frase en el contexto latinoamericano.

Acaso Kerry haya pensado nada más en la posición geográfica de América Latina, al sur de los Estados Unidos de América. Por ese camino, pudo decir también que era la planta baja de su país, o el sótano. Pero esa localización tiene, además de su capacidad para situar en el espacio, la de situar en la valoración, en la jerarquía.

En nuestros países, donde el patio trasero de veras existe, este es lo que se llama el “traspatio”, generalmente una mínima extensión de tierra –porque no tiene piso– donde se pone todo lo que no encuentra lugar en el resto de la casa. Allí se colocan las herramientas e instrumentos que, cuando no se usan, no hacen otra cosa que estorbar, obstruir. Si uno tiene un cerdo, allí estará, como puede situarse allí un corral de gallinas. Ese, en la casa que lo tiene, es también el sitio de la basura.

América Latina ha sido, por demasiado tiempo, el patio trasero de los Estados Unidos. Pero eso ha cambiado. Ahora apuesta por el pleno despliegue de su independencia y su soberanía. Aspira a su propio desarrollo. Ese que no pudo darle la Alianza para el Progreso, pero que ella aspira a conseguir, como aspira a conseguir también su unidad.

El gobierno guatemalteco de Jacobo Árbenz y la Revolución Cubana fueron condenados por la OEA a reclamo del Departamento de Estado norteamericano. Hoy, Estados Unidos no han encontrado un solo país que los acompañe en su desconocimiento a la legitimidad de la presidencia de Nicolás Maduro en Venezuela. Ni la OEA ni los conservadores gobiernos de Chile, Colombia y México, se han decidido a secundarlo.

El poderoso State Department debía tener exigencias más serias a la hora de elegir a su jefe. O, si no se tienen, habría que enseñarle, una vez escogido, ciertas normas elementales que rigen las relaciones internacionales. O, si tampoco las puede aprender, al menos enseñarle a callarse.

Tomado de Segunda Cita