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Víctimas de abusos del clero católico se unen en América Latina

“Cuando nombraron al papa Francisco sentimos que teníamos en el Vaticano a alguien de la casa, alguien que habla nuestro mismo idioma, que entiende nuestra cultura, fue un orgullo enorme. Sin embargo, a las primeras víctimas que recibió fueron de Estados Unidos, de Alemania y Gran Bretaña, pero a nosotros, jamás”: Juan Carlos Cruz.

Por Marianela Jarroud

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Los actores Luis Gnecco (izda) y Benjamín Vicuña, en una escena de la película “El Bosque de Karadima”, interpretando al párroco pedófilo chileno Fernando Karadima y una de sus víctimas, James Hamilton, su “favorito” y quien se atrevió a denunciarlo.

Tomado de IPS

Las víctimas latinoamericanas de abusos sexuales cometidos por religiosos de la Iglesia Católica dan los primeros pasos para agruparse y avanzar mejor en la búsqueda de la justicia, una lucha en la que encontraron un nuevo aliado: el cine.

“Más allá de ser un entretenimiento, el cine es un llamado a no olvidar, a memorizar lo que nos pasa como sociedad”, afirmó a IPS el cineasta chileno Matías Lira.

Añadió que, en el caso de los abusos sexuales cometidos dentro de la iglesia, “hay una tarea pendiente en términos mediáticos” y un deber como sociedad.

Con estas premisas como base Lira dirigió “El Bosque de Karadima”, un drama basado en hechos reales que se estrena en abril en Chile y que aborda la historia de uno de los sacerdotes más influyentes en el país, quien abusó sexual y psicológicamente de decenas de jóvenes, y que forjó un imperio, gracias a su enorme carisma y su apodo de “santo”.

La película de Lira es muy esperada en Chile, un país cuya sociedad es altamente  conservadora y donde 67,4 por ciento de los 16,7 millones de chilenos se declaran católicos.

Esa cinta se suma a “El Club”, de Pablo Larraín, ganadora del Oso de Plata en el Festival de Cine de Berlín en febrero y que también aborda, esta vez desde la ficción, el tema de los sacerdotes pederastas chilenos.

El caso de Fernando Karadima es emblemático. Como párroco de El Bosque, en el acomodado barrio capitalino de Providencia, el sacerdote forjó un imperio con el aval de altos mandos eclesiásticos, entre principios de los años 80 y su retiro del cargo en 2006.

Un tribunal canónico condenó al sacerdote en 2011 a “una vida de oración y penitencia” por pedofilia y efebofilia, tras abusar durane décadas de jóvenes que confiaban en él y amasar, además, una fortuna mediante el desvío de donativos de los feligreses, según una pesquisa del Centro de Investigación Periodística.

El periodista Juan Carlos Cruz fue uno de esos jóvenes. Conoció a Karadima a los 15 años, cuando acababa de morir su padre y se sentía triste y desvalido.

“Me recomendaron que fuera hablar con este sacerdote, que era considerado un santo, un hombre de una enorme bondad. Era un hombre muy influyente y fue impresionante  cuando se fijó en mi”, recordó a IPS.

“Me dijo que en adelante él sería mi padre, que debía confesarme solo con él y que desde entonces sería mi director espiritual”, añadió.

Cruz reconoce que con 15 años se encandiló con las influyentes amistades del párroco: desde el entonces dictador Augusto Pinochet (1973-1990) hasta el italiano Angelo Sodano, ex secretario de Estado del Vaticano (1991-2006) y antes nuncio en Chile durante el régimen militar (1978-1988), pasando por empresarios, militares y políticos.

Poco después Karadima, ahora de 84 años, comenzó a abusar sexual y psicológicamente de él.

“El abuso psicológico es a veces el más complicado: vivir bajo constantes amenazas, bajo su yugo, vivir aterrado y no podérselo perdonar aun cuando uno es grande”, recordó Cruz desde Estados Unidos, donde reside actualmente.

“Me considero un tipo inteligente, que ha llegado lejos. Soy vicepresidente de una multinacional y tengo a cargo 130 países. Sin embargo, no me puedo perdonar cómo dejé que este hombre por ocho años me torturara”, lamentó.

 Los horrores de Karadima se destaparon públicamente en mayo de 2010, cuando Cruz y otras de sus víctimas contaron su tormento en el programa Informe Semanal, de la Televisión Nacional (TVN).

James Hamilton, el “favorito” del sacerdote, había contactado a TVN después de ver en ese canal otro reportaje sobre las aberraciones cometidas largos años por el mexicano Marcial Maciel, fundador de la ultraconservadora congregación Legionarios de Cristo y con mucho poder en el Vaticano durante el papado de Juan Pablo II (1978-2005).

Maciel, el caso más famoso de delitos de pedofilia de sacerdotes en la región, incluso con hijos que tuvo pese al celibato, murió en 2008, dos años después de que el papa Benedicto XVI (2005-2013) lo apartase de la congregación por “gravísimos e inmorales” comportamientos y por una vida “sin escrúpulos y sin verdadero sentimiento religioso”.

Defensores de sus víctimas pidieron, sin éxito, que se frenara la beatificación de Juan Pablo II, como encubridor de los sistemáticos abusos sexuales del cura mexicano.

En Chile, actualmente las víctimas de Karadima luchan contra el nombramiento  como obispo de la ciudad de Osorno de Juan Barros, quien según la denuncia de Cruz y otras víctimas presenció y participó de los abusos pedófilos de Karadima.

Lejos de atender las denuncias, la Nunciatura (embajada vaticana) confirmó el apoyo para que Barros asuma el obispado el 21 de marzo.

“Este apoyo es soberbio y estúpido”, dijo Cruz.

Las víctimas de Karadima también acusan como encubridores al cardenal Francisco Javier Errázuriz, nombrado asesor del papa Francisco, el argentino sucesor de Benedicto XVI tras su renuncia. Varias investigaciones concluyeron que Errázuriz desoyó largo tiempo las denuncias de las víctimas cuando fue arzobispo de Santiago.

Su sucesor, Ricardo Ezzatti, también es acusado de encubridor por las víctimas del exparroco.

Este es uno de los contextos que llevaron a las víctimas de abusos cometidos por sacerdotes en diferentes países de América Latina a reunirse el 16 de febrero en Ciudad de México, para aunar fuerzas e intentar llamar la atención, principalmente del primer pontífice latinoamericano.

“Cuando nombraron al papa Francisco sentimos que teníamos en el Vaticano a alguien de la casa, alguien que habla nuestro mismo idioma, que entiende nuestra cultura, fue un orgullo enorme. Sin embargo, a las primeras víctimas que recibió fueron de Estados Unidos, de Alemania y Gran Bretaña, pero a nosotros, jamás”, afirmó Cruz.

“Solo quiero sentarme junto a él y contarle lo que hemos vivido”, continuó.

Y es que, pese a considerar a la Iglesia Católica latinoamericana encubridora de los abusos sexuales de sus sacerdotes, Cruz sigue siendo un ferviente católico.

“Voy todos los domingo a misa”, confesó. “Es que no les voy a permitir que, además, me roben esto tan preciado como la fe”, agregó.

El cineasta Lira también es católico, aunque reconoce que existe “una gran deuda de la curia” tanto chilena como latinoamericana.

“Deben entender que pedir perdón no basta, lo que importa es tomar acciones”, concluyó.

Unidos contra encubrimiento regional

Para afrontar la política de encubrimiento de la jerarquía católica latinoamericana con los abusos sexuales de sus integrantes, víctimas de estos casos en Argentina, Chile, México, Perú y República Dominicana crearon una red de colaboración llamada Unidos.

En su reunión fundadora, el 16 de febrero en Ciudad de México, llamaron al papa Francisco a tomar acciones efectivas y someter a la justicia civil a los responsables y encubridores de los crímenes.

En una carta al pontífice argentino le indican que solo con una reforma profunda a la iglesia y el juicio civil a los culpables, “comenzará el final de ese gran holocausto de miles de niñas y niños sacrificados para evitar el escándalo y salvaguardar la imagen y el prestigio de los representantes de la Iglesia Católica en el mundo”.

Un caso especialmente ilustrativo, según la incipiente red, es el de Józef Wesołowski, exnuncio en Santo Domingo (2008-2013), acusado de pedofilia y en arresto domiciliario en el Vaticano, hasta donde huyó de la justicia dominicana.

“Pese a que la justicia dominicana busca su extradición, ahí lo mantienen, protegido”, dijo Juan Carlos Cruz.

“En América Latina nos ponen un poquito el pie encima porque nuestros sistemas judiciales no son los de Estados Unidos o Europa. En Filadelfia, donde vivo, hay 34 curas presos, y al vicario general le dieron 21 años por encubrimiento”, añadió.

En febrero de 2014, la Organización de las Naciones Unidas acusó al Vaticano de violar la Convención de Derechos del Niño por los abusos sexuales cometidos por sus religiosos.

¿Un Concilio de toda la Cristiandad?

Por Leonardo Boff

Hemos celebrado los 50 años de la muerte del Papa Juan XXIII (1881-1963), seguramente el Papa más importante del siglo XX. A él se debe la renovación de la Iglesia católica que intentó definir su lugar dentro del mundo moderno. El 25 de enero de 1959, sin avisar a nadie, declaró ante los cardenales estupefactos reunidos en la abadía benedictina de San Pablo Extramuros que iba a convocar un concilio ecuménico. Había hecho por su cuenta un juicio crítico sobre la situación del mundo y de la Iglesia y había percibido que estábamos ante una nueva fase histórica: la del mundo moderno, con su ciencia, su técnica, sus libertades y derechos. La Iglesia tenía que ubicarse positivamente dentro de esta realidad que surgía. La actitud que había hasta entonces era de desconfianza y condena. El Papa entendía que este comportamiento llevaba a la Iglesia al aislamiento y a un estancamiento que le hacía daño y daño a su misión en el mundo.

Repitió el viejo dicho: vox temporis vox Dei (“la voz del tiempo es la voz de Dios”). Esto no significa, dijo, “que todo en el mundo tal como está sea la voz de Dios. Significa que todo porta un mensaje de Dios, bueno para que lo sigamos, malo para que lo cambiemos”.

En efecto, el Concilio Vaticano II se realizó en Roma (1962-1965), el Papa lo abrió, pero murió antes de su finalización (1963). Su espíritu, sin embargo, marcó todo el evento, con consecuencias hasta nuestros días.

Dos fueron sus lemas principales: aggiornamento y concilio pastoral. Aggiornamento es decir sí a lo nuevo, sí a la actualización de la Iglesia en su lenguaje, en su estructura y en su forma de presentarse al mundo. Concilio pastoral quería expresar una relación de apertura con la gente y con el mundo, de diálogo, de aceptación y de fraternidad. Así que nada de condena al modernismo y a la “nouvelle Theologie” como se había hecho furiosamente antes. En lugar de doctrinas, diálogo, aprendizaje mutuo e intercambio.

Tal vez esta afirmación de Juan XXIII resuma todo su espíritu: “La vida del cristiano no es una colección de antigüedades. No se trata de visitar un museo o una academia del pasado. Esto, sin duda puede ser útil —como lo es la visita a los monumentos antiguos— pero no es suficiente. Se vive para progresar, si bien sacando provecho de las prácticas y de las experiencias del pasado, para ir siempre más lejos en el camino que Nuestro Señor nos va mostrando”.

De hecho, el Concilio puso a la Iglesia en el mundo moderno, participando de sus avatares y sus logros. La Iglesia en América Latina pronto se dio cuenta de que no solo existía el mundo moderno, sino el submundo del cual poco se había hablado en el Concilio. En Medellín (1969) y en Puebla (1979) se vio que la misión de la Iglesia en este submundo hecho de pobreza y opresión debía ser de promoción de la justicia social y de liberación.

Han pasado ya 50 años desde el Concilio. El mundo y el submundo cambiaron mucho. Han surgido nuevos desafíos: la globalización económico-financiera y la consecuente conciencia planetaria, la disolución del imperio soviético, las nuevas formas de comunicación social (internet, redes sociales y otras) que han unificado el mundo, la erosión de la biodiversidad, la percepción de los límites de la Tierra y la posibilidad de exterminio de la especie humana y con ella del proyecto planetario humano.

Con las categorías del Concilio Vaticano II no podemos atender esta nueva realidad amenazante. Todo apunta a la necesidad de un nuevo Concilio ecuménico. Ahora no se trata de convocar solamente a los obispos de la Iglesia Católica. Ante los peligros que tenemos que enfrentar, todo el Cristianismo, con sus Iglesias, está siendo desafiado. Precisamos tomar en serio la alianza que el gran biólogo E. Wilson proponía entre las Iglesias y las religiones y la tecnociencia, si es que queremos salvar la vida del planeta. (cf. La creación, Salvemos la vida en la Tierra, 2006). ¿Cómo pueden contribuir estas fuerzas religiosas a que todavía tengamos futuro? La supervivencia de la vida en la Tierra es el supuesto de todo. Sin ella, se desvanecen todos los proyectos y todo pierde sentido. Los cristianos deberán olvidar sus diferencias y polémicas y unirse para esta misión salvadora.

El Papa Francisco tiene la capacidad de convocar a la totalidad de las expresiones cristianas, a los hombres y a las mujeres, asesorados por personas de reconocido saber, incluso no religiosas, para identificar el tipo de colaboración que podemos ofrecer en la línea de una nueva conciencia de respeto, de veneración, de cuidado de todos los ecosistemas, de compasión, de solidaridad, de sobriedad compartida y de responsabilidad sin restricciones, pues todos somos interdependientes.

Con su forma de ser y de pensar el Papa Francisco despierta en todos nosotros la razón cordial, sensible y espiritual. Unida a la razón intelectual, protegeremos y cuidaremos, cuidaremos y amaremos esta única Casa Común que el universo y Dios nos han legado. Sólo así garantiremos nuestra continuidad sobre la Tierra.

Tomado de Adital

La Teología de la Liberación y el nuevo pontífice El otro Papa, el otro Boff…

Por Sergio Ferrari

En torno a la visita del Papa Francisco a Brasil en los últimos días de julio, el teólogo brasileño de la liberación y de la ecología Leonardo Boff no escatimó sus elogios hacia el nuevo Obispo de Roma. A quien considera un hombre “libre de espíritu”; le emparenta en ciertas virtudes al mismo Francisco de Asís y lo reivindica por su “espléndido rescate de la razón cordial”. Para Boff, el jefe vaticano es “una figura fascinante que llega al corazón de los cristianos y de otras personas”.

El legado mayor durante su visita a Brasil, fue su (propia) figura, enfatizó Boff en una entrevista con este corresponsal apenas finalizado el periplo del Pontífice. “Representó el más noble de los líderes, el líder servidor que no hace referencia a sí mismo sino a los demás, con cariño y cuidado, evocando esperanza y confianza en el futuro…”.

En  el diálogo Boff, -quien había sido duramente condenado al “silencio y obediencia” por el Vaticano en 1985 por su conceptualización y compromiso con la Teología de la Liberación-, reivindicó lo que para él son los aspectos esenciales que dejó este primer contacto del Papa con Latinoamérica.

Presentó una “visión humanística en la política, en la economía, en la erradicación de la pobreza”.  Criticó duramente el sistema financiero…definió a la democracia como ‘humildad social’, reivindicó el derecho de los jóvenes a ser escuchados”, enumera Boff.

Subrayando el aporte del Pontífice en el campo de la ética, “fundada en la dignidad trascendente de la persona”, y expresada de esta forma en su “discurso recurrente”.

El teólogo brasilero y premio Nobel alternativo de la paz de 2001 consideró, sin embargo, que durante la estadía brasileña del Sumo Pontífice fue el “campo religioso el más fecundo y directo”. El discurso “más severo lo reservó para los obispos y cardenales latinoamericanas (CELAM). Reconoció que la Iglesia – y él se incluía- está atrasada en lo que se refiere a la reforma de sus estructuras…Criticó la ‘psicología principesca’ de algunos miembros de la jerarquía”.

Anticipando, además, los dos ejes principales de la pastoral según la visión del nuevo Papa: “la proximidad al pueblo…y el encuentro marcado de cariño y ternura…”. Habló incluso -enfatiza Boff -, “de la revolución de la ternura, cosa que él demostró vivir personalmente”.

Desde el mismo día de la elección del Cardenal Jorge Bergoglio al papado, Leonardo Boff, quien en 1992 asqueado por el mal trato vaticano había quitado el sacerdocio, reorientó bruscamente su respetada voz hacia la defensa del nuevo Pontífice. Nunca entró en el debate sobre el rol jugado por el Cardenal y la jerarquía católica argentina durante la última dictadura militar.

Apenas seis años atrás, en mayo del 2007, a las puertas de la 5ta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe que se realizaría días más tarde en Aparecida y donde Bergoglio jugó un rol muy importante, Boff  había catalogado a una buena parte de la jerarquía católica como de “burócratas de lo sagrado” en una entrevista anterior con este corresponsal. Exteriorizando así su lectura entonces escéptica hacia la situación general de la Iglesia; su incapacidad estructural  al cambio; y su rigidez para abrirse a los grandes temas desafiantes de la humanidad, en particular la ecología y la propia renovación institucional interna.

Los dos Papas anteriores, Juan Pablo II y Benedicto XVI fueron para Boff y numerosos teólogos, principalmente de América Latina, los principales responsables de tratar de deslegitimar la Teología de la Liberación, sus teóricos y promotores, así como sus propuestas organizativas, en particular las Comunidades Eclesiales de Base, tan ampliamente desarrolladas en todo el continente.

Había sido el Cardenal Ratzinger, entonces Prefecto para la Congregación de la Doctrina y de la Fe y posteriormente Papa Benedicto XVI, uno de los responsables directos de la sanción vaticana contra Boff.

Le elección del primer Papa latinoamericano en marzo pasado, sin embargo, se convirtió en un verdadero shock de esperanza y punto de partida de un cambio radical de percepción y valoración de parte del teólogo de la liberación. Quien no ha escondido su deseo explícito, antes o después, de ser recibido por Francisco I y a quien le ha hecho llegar como regalo, durante su estadía en Río de Janeiro, un ejemplar de su último y sugestivo libro: Francisco de Asís y Francisco de Roma: ¿una nueva primavera en la Iglesia?

Todas señales que indicarían la apertura de un proceso paulatino hacia la eventual “normalización” de relaciones entre Boff –en tanto cabeza visible de ese sector castigado de la iglesia popular-  y el poder jerárquico romano.

Aunque el desenlace del proceso de acercamiento queda abierto,  los signos indicativos, reforzados durante el viaje del Papa Francisco a Brasil, son relevantes.

En primer lugar, la voluntad explícita de Boff y Francisco de avanzar en el proceso de encuentro. La existencia de importantes canales que facilitan la comunicación casi directa entre ambos. Sin menospreciar, adicionalmente, las actualizadas reflexiones de Boff – y otros referentes del sector popular de la Iglesia- (ver recuadro) que en los últimos cuatro meses no ha dejado de reivindicar las virtudes del nuevo Papa.  A partir de quien, el teólogo brasilero, cree percibir la posibilidad del cambio interno de una Iglesia hasta ahora dirigida, casi exclusivamente, por los burócratas de lo sagrado.

Sergio Ferrari, colaboración de E-CHANGER, ONG suiza de cooperación solidaria presente en Brasil

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Los teólogos de la liberación y el Papa Francisco

Sergio Ferrari

Los gestos de simplicidad, de modestia y de cercanía a la gente de parte del Papa Francisco han sido hasta ahora, para teólogos como Leonardo Boff, la prueba más contundente de un cambio positivo dentro de la Iglesia desde marzo de este año.

Es posible que en el caso del premio Nobel alternativo 2001, pesen también factores subjetivos para enfatizar las señales de apertura. Llegando a los 75 años, Boff, que nunca renunció a su profunda fe, a su pertenencia a la Iglesia y a su adhesión a los valores cristianos, quiere terminar sus días en “paz” con la institución donde nació, creció y “militó”. La reconciliación de la Iglesia con Boff – luego de condenarlo al silencio total en 1985- sería, formalmente, el reconocimiento de un error o exceso institucional. No sólo hacia el teólogo brasilero sino sobre todo hacia la Teología de la Liberación, nacida en América Latina y enraizada sólidamente en ese continente.

La visión positiva hacia Francisco es compartida total o parcialmente por otros referentes de esa línea de pensamiento. Su compatriota y amigo, Frei Betto, en una carta pública que le envió al Papa días antes de su viaje a Brasil, enfatizaba: “Usted inyectó en todos nosotros renovadas esperanzas en la Iglesia Católica al adoptar actitudes más próximas al Evangelio de Jesús que las rúbricas monárquicas predominantes en el Vaticano…”. Y reivindica el gesto del Papa de criticar abiertamente, en la isla de Lampedusa, “la globalización de la indiferencia”.

Por su parte, el teólogo jesuita salvadoreño – de español- Jon Sobrino, otro referente del sector popular de la Iglesia, subrayaba en junio en un artículo publicado en la revista de la Universidad Centroamericana de su país, que “después de dos meses y medio de ser elegido, el Papa Francisco sigue su camino de un modo claro y coherente”. Insistiendo que se respiran aires de cambio, como los del Vaticano II (Concilio reformador en los años sesenta) y de Juan XXIII (el Papa bueno). Aunque enfatizaba que está por verse como se posicionará ante el capitalismo internacional y como emprenderá de verdad la reforma de la Curia…

El sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, uno de los padres fundadores de la Teología de la Liberación, manifestó en los últimos meses una particular esperanza en la dinámica actual de la Iglesia. Gutiérrez acaba de publicar en Italia el libro “De la parte de los pobres, Teología de la Liberación, Teología de la Iglesia” (Ediciones Messaggero, Padua, Emi). Antología de ensayos, impresa en Alemania en el 2004 y escrita a cuatro manos junto con el arzobispo alemán Gerhard Ludwig Müller, actual Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y amigo íntimo de Gutiérrez. Recientemente Müller declaró que «El movimiento eclesial teológico de América Latina, conocido como “teología de la liberación”, que después del Vaticano II encontró eco en todo el mundo, debe ser considerado, según mi parecer, entre las corrientes más significativas de la teología católica del siglo XX».

Si bien las señales de acercamiento entre Roma y la Teología de la Liberación transitan una primera etapa, nunca en los últimos treinta años habían sido tan significativas, bilaterales y consecuentes como en los últimos cinco meses.

Fuente alainet.org

Prioridades

Con el jugador de fútbol Javier Zanetti


En plena  Plaza San Pedro, dos minutos con la presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto

Por Horacio Verbitsky

El papa Francisco recibió al jugador de fútbol Javier Zanetti, quien le regaló una camiseta azul negra del club Inter de Milán, del que es capitán. Zanetti jugó durante muchos años en el combinado argentino y creó una fundación que ayuda a niños pobres. Según el Vaticano, dialogaron sobre la fe, las experiencias de vida en Italia y la Argentina. La audiencia privada duró una hora y Zanetti asistió con sus familiares. Zanetti dijo a la agencia noticiosa Ansa que quería reunirse con el Papa desde su elección. “Hoy finalmente pude hacerlo, eso es un privilegio”. Muy cierto: Francisco sólo tuvo dos minutos para saludar en la Plaza de San Pedro a las Abuelas de Plaza de Mayo Estela de Carlotto y Buscarita Roa. Sin perder un segundo le pidieron la apertura de archivos y el aporte de información para la búsqueda de centenares de niños detenidos-desaparecidos. Se presume que pudieron pasar por instituciones de la Iglesia Católica Apostólica Romana antes de ser entregados en falsas adopciones a familias de militares o policías, como Luis Antonio Falco, el apropiador de Juan Cabandié, que también se dio por saludado por el Papa. Las abuelas y el nieto recuperado debieron aguardar de pie mientras se realizaba la audiencia general en la plaza. Es el mismo método que el Episcopado utilizó con todos los familiares de víctimas de la dictadura militar: ni aún bajo un diluvio les permitieron pasar más allá del quincho de la residencia eclesiástica de San Miguel, donde tampoco les ofrecieron la silla que ahora en Roma no se le niega ni a un guardia suizo. Cuestión de prioridades.

Tomado de Página/12

Más papistas que el Papa

Por Mariano Molina, periodista y docente argentino

Cuando el miércoles 13 de marzo el Vaticano anunciaba que Jorge Bergoglio era el elegido por los cardenales para ser el nuevo papa, más allá de la obvia sorpresa generalizada, un agitado debate político se presentó rápidamente en nuestro país. Quizás habría que recordar, antes de empezar, que la Iglesia es una congregación de fe y también un actor político, para no obnubilarse con el oro vaticano. Una obviedad que parece perdida en estos días de fervor papal.

La oposición política, casi siempre encabezada por las corporaciones mediáticas, se apuró a gritar a los cuatro vientos que la elección implicaba un gran cambio para el país, que el kirchnerismo estaba acorralado y que la Argentina se transformaría de cuajo frente a este “cambio de época”, de modales y de humores. Un diagnóstico como éste muestra por un lado las limitaciones graves de una gran parte del sistema político y, por el otro, la utilización instantánea de cualquier hecho, con tal de que pueda “servir” para atacar al Gobierno.

Un amplio sector del kirchnerismo, por su parte, vivió en los primeros instantes una situación compleja, ya que un gran opositor a muchas de las políticas importantes de este proceso era elegido como primus inter pares de la religión mayoritaria de nuestro país y de América. Pero, con el paso de los minutos, las horas y los días (y quizá con la cabeza más fría) se fue intuyendo que el ahora Francisco tiene una inmensidad de tareas frente a sí. Y que, como bien dijo el periodista Luis Bruschtein, sólo una buena prensa y un gran lobby pueden ocultar uno de los hechos más dramáticos de la Iglesia en los últimos siglos: que el motivo que lleva a que Bergoglio sea actualmente Francisco es la renuncia anterior del papa Benedicto a ser el “vicario de Dios en la Tierra”, dados los problemas internos de la misma institución que hoy se estremece entre la esperanza, el olvido y la necesidad urgente de reforma. Frente a este panorama, pensar que a Bergoglio le sobra mucho tiempo para dedicarle a la vida política local es mirarse demasiado el ombligo.

Pero aun así el Papa importa en la mundana política argentina, que al fin y al cabo es lo que aquí interesa. El espacio kirchnerista ha demostrado frente a este tema un interesante grado de diversidad y debate. Si logra mantener esta amplitud en otros temas, sólo la burbuja mediática podrá insistir en que es monolítico, verticalista y hasta “soldadesco”. Pero hay cuestiones que preocupan, porque durante los últimos tiempos parecía –quizá erróneamente– que se había superado cierta sinergia entre la vida política y la religión. Porque una cosa es la chicana graciosa de una charla de bar o una asamblea y otra distinta es que se convierta en práctica política el echar mano a cierta simbología religiosa, como si su utilización fuera gratuita. He aquí una gran banalidad. La peronización o no del Papa, de un lado, y su entronización como el salvador de los problemas mundanos de la politiquería, del otro, es una actitud rechazable, porque no sólo instrumentaliza la fe, sino que simplifica el debate político, arropándolo de lenguajes que no son los suyos, pero sobre todo, obviando que entre la autoridad democrática y el modo de elección papal hay un abismo, por suerte, insalvable.

Y frente al actor político que es la Iglesia todavía quedan muchos reclamos, pero también motivos para estar en la vereda de enfrente. Porque no sólo tuvo complicidades en la dictadura militar, sino que tampoco tuvo el atrevimiento, después de casi 30 años, de hacerse responsable de sus acciones. Y también porque este actor nunca dejó de operar e influir (como buena organización política) en aquellas políticas que considera que hay que realizar en nuestro país, muchas de ellas opuestas al proceso de cambio en curso.

El fervor mediático con el Papa y su utilización política ahora intenta hacernos creer que en la ciudad de Buenos Aires teníamos a un arzobispo casi igualito a Jaime de Nevares y no nos habíamos dado cuenta; así como intenta ubicar ahora a Benedicto XVI como un intelectualoide recalcitrante y a Bergoglio como un militante popular que se embarra los pies, ocultando que se trata de las dos caras de una misma moneda en el entramado de la Iglesia: el dogma, inseparable del pastoreo.

Hay una parte de la Iglesia que tiene una reconocida militancia barrial, que llega a los rincones más pobres de la sociedad: eso se conoce de toda la vida. Pero esa militancia no la convierte automáticamente en un movimiento popular progresista o liberador. Sobran los ejemplos de sectores conservadores y derechistas con fuerte arraigo y militancia entre los más necesitados de la sociedad: la llegada a ciertos barrios, se sabe, no es exclusividad de movimientos populares ni muchas veces prioridad de alguna izquierda. El Jorge Bergoglio que conoció esta ciudad, a mi modesto entender, se acerca más a esta opción conservadora por las masas, lo que no implica desconocer ciertas posiciones con las que es imposible no acordar –como, por ejemplo, su lucha contra la trata—. Pensar que cualquier religión y mucho más, sus líderes, son una caja de herramientas de recursos políticos a la mano no sólo es peligroso: también es ingenuo.

Tomado de Página/12

Verbitsky: “Hay un fusilamiento mediático a periodistas que inquietan a los poderosos”

Horacio Verbitsky

El periodista Horacio Verbitsky se defendió hoy de las acusaciones que lo vinculan a algunos sectores militares de la dictadura y señaló que todo se trata de una estrategia “reciclada” de los sectores de poder que se vieron molestos luego de que diera a conocer el entramado que ligaba a Jorge Bergoglio, ahora Francisco, con el secuestro de dos curas durante el último golpe de Estado.

“Hay un fusilamiento mediático de periodistas que inquietan a los poderosos”, sostuvo.

En ese sentido, durante una entrevista radial que le hizo Víctor Hugo Morales, Verbitsky expresó: “Desde hace 20 años, cada vez que publico algo que molesta más de lo habitual a alguien con mucho poder es la misma historia”.

“Han inventado una presunta relación mía con la Fuerza Aérea de la dictadura y se recicla eso cada vez que publico alguna cosa que sale de lo común”, agregó el periodista.

A su vez, Verbitsky indicó: “Tanto (el director de la Biblioteca Nacional) Horacio González como yo hemos fijado posiciones muy claras respecto de la designación de Bergoglio como Papa. En mi caso con datos concretos sobre su desempeño durante la dictadura. En el caso de González con opiniones respecto de lo que se puede esperar de él como Papa en relación con el gobierno de Cristina Fernández”.

“Y tanto González como yo hemos sido objeto de una avalancha de diatribas, de insultos y de objeciones de todo tipo. Muy curiosas, porque la verdad es que en el caso de González son opiniones y en el mío son informaciones. Bastaba con decir: ‘No, yo pienso distinto'”, concluyó el periodista.

ESCUCHE EL AUDIO DE LA NOTA SIGUIENDO ESTE ENLACE:

http://www.infonews.com/2013/04/01/politica-68168-verbitsky-hay-un-fusilamiento-mediatico-a-periodistas-que-inquietan-a-los-poderosos.php

Tomado de Tiempo Argentino

¿DE QUE OPCION POR LOS POBRES HABLA EL PAPA?

Entre la caridad y el cambio estructural

Francisco desea “una Iglesia pobre y para los pobres”, pero faltan definiciones para saber si sus propósitos apuntan a una mirada reformista que demande ajustes al sistema o a recuperar la perspectiva liberadora del magisterio episcopal latinoamericano.

Por Washington Uranga

Jorge Bergoglio, en su nueva condición de papa Francisco, ha insistido en mandar señales que intentan instalar la imagen de pobreza y austeridad, tanto en lo personal como en lo institucional. Los gestos han sido acompañados de un discurso que subraya el deseo de “una Iglesia pobre y para los pobres”. Y en este mensaje muchos han querido ver la recuperación de la tradición histórica y teológica que la Iglesia Católica en América latina ha construido y cimentado después del Concilio Vaticano II (1962-65) y como relectura y aplicación a la región de ese acontecimiento de la Iglesia universal. Está claro que, a través del pensamiento que se le conoce en sus escritos, pero también por sus prácticas pastorales, Bergoglio no se sitúa en la radical elección planteada por la Teología de la Liberación latinoamericana, que ha sido la perspectiva teórica fundamental de esa opción. Es así porque los argentinos, en general, incluso sus teólogos populares y más importantes como el ya fallecido Lucio Gera, nunca se sintieron cómodos con un pensamiento teológico de la liberación que reconoció aportes del marxismo. Pero también porque el hoy papa Francisco estuvo siempre enrolado en las corrientes cuya preocupación por lo social se puso de manifiesto mediante la acción caritativa, por una parte, y a través de la mediación política solapada y discreta con el poder, por otra. No por el compromiso directo con la lucha de los movimientos populares.

Pese a lo dicho, la llegada de Francisco al pontificado despertó expectativas incluso en los más reconocidos teólogos latinoamericanos de la liberación, como Leonardo Boff, Gustavo Gutiérrez, Ivonne Guevara y Oscar Beozzo, para mencionar tan sólo algunos.

En estos círculos de la Iglesia Católica se advierte que para traducir en hechos y en orientaciones pastorales lo hasta ahora manifestado en sus discursos, el nuevo Papa debería retomar los grandes lineamientos emanados del Concilio Vaticano II –muchos de ellos desechados por Juan Pablo II y Benedicto XVI– y hacer suya la llamada “opción por los pobres” que los obispos latinoamericanos plantearon en Medellín (1968) y en Puebla (1979).

En un texto publicado por la Universidad Católica de Perú, el peruano Gustavo Gutiérrez acaba de señalar que para hacer carne lo que el Papa dijo, “una Iglesia pobre y para los pobres” se necesita “reconocer que el auténtico poder de la Iglesia consiste en servir a los pobres”.

La mirada latinoamericana

¿En qué consiste la originalidad del pensamiento católico latinoamericano de la liberación? Para el brasileño Clodovis Boff (también teólogo y hermano de Leonardo), “la Iglesia de América latina se caracteriza por ser una ‘Iglesia social’: es una iglesia profética, de los pobres y liberadora” (http://servicioskoinonia.org/relat/203.htm).

La conferencia de los obispos latinoamericanos en Medellín (1968) le dio visibilidad institucional a lo que desde tiempo antes de venía gestando en el trabajo eclesial de base. En el documento final, los obispos afirmaron que “estamos en el umbral de una nueva época histórica de nuestro continente, llena de un anhelo de emancipación total, de liberación de toda servidumbre… Percibimos aquí los preanuncios en la dolorosa gestación de una nueva civilización” (No. 4).

Podría decirse que el Vaticano II había impulsado una mirada “desarrollista” de la sociedad que pretendía reformas del orden capitalista para hacerlo más justo, más equitativo. Denunció las injusticias y pidió cambios. En uno de los documentos conciliares se puede leer: “Jamás el género humano tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico. Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria y son muchedumbre los que no saben leer ni escribir” (Gaudium et spes, No. 4).

Y lo anterior se completaba con el elogio de la caridad. “La acción caritativa puede y debe llegar hoy a todos los hombres y a todas las necesidades. Donde haya hombres que carecen de comida y bebida, de vestidos, de hogar, de medicinas, de trabajo, de instrucción, de los medios necesarios para llevar una vida verdaderamente humana, que se ven afligidos por las calamidades o por la falta de salud, que sufren en el destierro o en la cárcel, allí debe buscarlos y encontrarlos la caridad cristiana, consolarlos con cuidado diligente y ayudarlos con la prestación de auxilios. Esta obligación se impone, ante todo, a los hombres y a los pueblos que viven en la prosperidad” (Decreto conciliar Apostolicam actuositatem No. 8).

Esta fue, en líneas generales, la propuesta del Concilio. Los latinoamericanos fueron más allá.

En el primer documento de Medellín, los obispos denunciaron la “miseria que margina a grandes grupos humanos” y dijeron que “esa miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama al cielo” (No. 1). Luego anunciaron que Cristo que vino “a liberar a todos los hombres de todas las esclavitudes” (No. 3); que la “verdadera liberación” envuelve una “profunda conversión”; y afirmaron la “liberación integral” como acción de la “obra divina” (No. 4), asegurando que el amor es “la gran fuerza liberadora de la justicia y la opresión” (No. 5).

Y todavía más. En Medellín también, pero ya en el documento número II, sobre la paz, los obispos hablaron de “dependencia” y sostuvieron entonces que “el subdesarrollo latinoamericano es una injusta situación promotora de tensiones que conspiran contra la paz” (No. 1), equipararon “situación de pecado” con “situación de injusticia” y en otro momento directamente con “violencia institucionalizada” (No. 16). En el mismo texto se afirma que es misión de la Iglesia es favorecer “todos los esfuerzos del pueblo por crear y desarrollar sus propias organizaciones de base” (No. 27).

Cambios estructurales

No hay aquí un planteo reformista, sino claramente el respaldo a cambios estructurales. Allí mismo se piden “transformaciones profundas” (No. 17) y se critica como omisión el pretendido apoliticismo que elude el compromiso por la justicia y se reconoce la legitimidad de la “insurrección revolucionaria”, algo que ya había hecho el papa Pablo VI en su encíclica Populorum Progressio (1967), “en caso de tiranía evidente y prolongada, que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y damnificase peligrosamente el bien común del país” (PP No. 31). Sin embargo, en sintonía con el papa, los obispos latinoamericanos se inclinaron por la acción pacífica (No. 19). En medio del clima de represión política y de agitación revolucionaria que se vivía entonces en la región, la Iglesia afirmó que “el cristianismo es pacífico… No es simplemente pacifista, porque es capaz de combatir. Pero prefiere la paz a la guerra.” (No. 15).

En 1973, un libro publicado por el Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam), Liberación: Diálogos en el Celam, incluyó un artículo de Gustavo Gutiérrez, “Praxis de liberación, teología y evangelización”, en el cual el peruano sostiene que “los últimos años de América latina se caracterizan por el descubrimiento real y exigente del mundo del otro: el pobre, el marginado, la clase explotada. En un orden social hecho económica, política e ideológicamente por unos pocos y para beneficio de ellos mismos, el ‘otro’ de esta sociedad –las clases populares explotadas, las culturas oprimidas, las razas discriminadas– comienza a hacer oír su propia voz”.

Esa Iglesia latinoamericana acompañaba los aires de cambio de la región. Por ejemplo: es inevitable ver la influencia de Paulo Freire en el documento sobre educación, donde aparece siete veces de distintas maneras la idea de “liberación”. Y en el que se define la “educación liberadora” como aquella que “convierte al educando en sujeto de su propio desarrollo” y se la propone como “el medio clave para liberar a los pueblos de toda servidumbre” (No. 8).

Tampoco faltó entonces la autocrítica. “Llegan también hasta nosotros –afirmaron los obispos– las quejas de que la jerarquía, el clero, los religiosos, son ricos y aliados de los ricos. (…) Los grandes edificios, las casas de párrocos y de religiosos cuando son superiores a las del barrio en que viven; los vehículos propios, a veces lujosos; la manera de vestir heredada de otras épocas (han contribuido a crear esa imagen de una Iglesia jerárquica rica)” (No. 2).

Mientras todo esto sucedía en América latina, la Iglesia en la Argentina –salvo contadas excepciones como la de los Sacerdotes para el Tercer Mundo– se mantuvo ajena, lejana y hasta desconfiada mirando a las Iglesias del continente. No debería perderse de vista que esos fueron precisamente los años en los que Bergoglio se formó como sacerdote y como teólogo.

Opción por los pobres

A pesar de la reacción conservadora que desató en la Iglesia católica latinoamericana grandes enfrentamientos internos, y de los mártires que arrojó la postura liberacionista en medio del avance de los regímenes de seguridad nacional, en Puebla (1979), ya con Juan Pablo II como papa, los obispos ratificaron el compromiso de Medellín. “Los pobres merecen una atención preferencial, cualquiera que sea la situación moral o personal en que se encuentren. Hechos a imagen y semejanza de Dios, para ser sus hijos, esta imagen está ensombrecida y aun escarnecida. Por eso Dios toma su defensa y los ama. Es así como los pobres son los primeros destinatarios de la misión y su evangelización es por excelencia señal y prueba de la misión de Jesús”, reafirmaron entonces (Puebla No. 1142). Retomaron el decreto conciliar Apostolicam actuositatem para sostener que es necesario “cumplir antes que nada las exigencias de la justicia para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia; suprimir las causas y no sólo los efectos de los males y organizar los auxilios de tal forma que quienes los reciben se vayan liberando progresivamente de la dependencia externa y se vayan bastando por sí mismos” (AA 8, Puebla 1146). Reafirmaron la necesidad de “una convivencia humana digna y fraterna”, llamaron “a construir una sociedad justa y libre” (No. 1154) y a impulsar “el cambio necesario de las estructuras sociales, políticas y económicas injustas” (No. 1155) porque “la economía de mercado libre, en su expresión más rígida, aún vigente como sistema en nuestro continente y legitimada por ciertas ideologías liberales, ha acrecentado la distancia entre ricos y pobres por anteponer el capital al trabajo, lo económico a lo social” (No. 47).

Este posicionamiento de la Iglesia latinoamericana fue duramente contestado y reprimido desde el Vaticano durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Las siguientes asambleas de los obispos latinoamericanos (Santo Domingo, 1992 y Aparecida, 2007), sin negar expresamente todo el magisterio anterior, se dedicaron mucho más a pensar la Iglesia hacia adentro, los temas clásicos de la “evangelización”, de la pérdida de influencia en la sociedad y el retroceso frente a otras religiones. Los obispos argentinos, poco presentes en Medellín y Puebla, sí tuvieron mucha participación en Santo Domingo y Aparecida. Bergoglio fue el principal redactor del documento que surgió en Brasil en el 2007.

¿Cuál es la visión que rescata hoy Francisco cuando dice que sueña “una Iglesia pobre y para los pobres”? ¿Dónde se ubica? ¿En la mirada reformista del Concilio, reflejada en Santo Domingo y Aparecida –lo cual sería coherente con su historia personal– o más bien en la tradición social liberadora de la Iglesia latinoamericana de Medellín y Puebla? ¿Basta con la austeridad personal del Papa, con los signos y con los discursos? No hay todavía respuestas para estas preguntas, pero hay que seguir aportando elementos para la reflexión mientras los hechos comiencen a hablar por sí mismos.

Tomado de Página/12

El papa Francisco, las esperanzas y los gestos

Por Mempo Giardinelli

Mientras en el mundo todo era sorpresa, alegría y beneplácito, en contrapunto circulaban las conocidas denuncias sobre quien hasta hace dos semanas era el porteño cardenal Jorge Bergoglio y ahora es el papa Francisco.

En ese contexto algunos preferimos la prudencia del silencio momentáneo, entre otras razones para eludir no las cataratas de textos emotivos y sinceros, sino el exceso de lugares comunes y opiniones oportunistas con que también fue recibido en la Argentina el nuevo jefe supremo de la Iglesia Católica universal.

En este país, después de superado el inicial, pequeño fervor nacionalista, y acalladas las voces de ciertos actores políticos cuyos acomodamientos siempre producen vértigo, es tanto un derecho como un deber recordar ante todo que el marco imprescindible para evaluar al nuevo papa, por su origen argentino, es recordar que el 24 de marzo de 1976 se instaló aquí la más brutal y sanguinaria dictadura cívico-militar-religiosa-empresaria.

Y decirlo así no es faltar a la verdad, sino distinguir a dirigentes civiles democráticos como Raúl Alfonsín u Oscar Alende, religiosos abnegados y solidarios como Enrique Angelelli o Carlos Mugica, y empresarios como José Ber Gelbard, Carlos Heller y algunos más.

En ese marco, es un hecho que la lucha por los derechos humanos define el presente de este país, cuya historia reciente no ha sido ni es otra cosa que una lucha permanente por la Verdad, la Memoria y la Justicia. Cada uno en su actividad o profesión, y muchos y muchas en los organismos, así se construyó y construye nuestra democracia.

Esa lucha consecuente es también la tarjeta que habilita moralmente a intelectuales como Horacio Verbitsky, Horacio González y tantos más, cuyas trayectorias han sido coherentes y basadas en la investigación, el rigor académico y un coraje cívico ejemplares. Esas cualidades que caracterizan también a Estela de Carlotto, Hugo Cañón, Laura Conte y decenas de emblemáticos luchadores/as por los derechos humanos, los autorizan a esperar del flamante papa pronunciamientos hasta ahora aguardados en vano.

Y es que él como pastor y la Iglesia que condujo nunca se pronunciaron públicamente para señalar a los responsables de la tragedia argentina. Tampoco condenaron las desapariciones forzadas de personas ni las apropiaciones de niños y otras atrocidades, y nunca convocaron ni recibieron a los organismos de derechos humanos. No es otra cosa que esa ajenidad militante del otrora cardenal Bergoglio lo que se ha cuestionado en estos días. De ahí que resulte grotesco que algunos periodistas y grandes medios de este país cuestionen ahora a un investigador periodístico como Verbitsky, que ha hecho de su vida un puro ejercicio de memoria.

En este punto también es imperativo saber leer la actitud del gobierno nacional, que seguramente evaluó, y con razón, que era infantil embarcarse en un enfrentamiento absurdo. La Presidenta hizo entonces lo que era políticamente más aconsejable: entender a toda velocidad que Bergoglio dejaba de ser un duro opositor, para ser desde ahora Francisco, un jefe de Estado con presencia e influencia universal.

Es sabido que la jerarquía eclesiástica argentina y latinoamericana es conservadora, y en eso no hay fisuras. De hecho, cuando se las permiten, no es por tolerantes sino por pragmáticos. Son inflexibles en la condena a quienes cuestionan dogmas y en la satanización de los homosexuales; en la subvaloración de la mujer, la tolerancia a las desigualdades y la inclinación a ciertas inquisiciones. Por eso seguirán en contra del matrimonio igualitario, la anticoncepción de emergencia y el aborto seguro y no punible, mientras seguramente curas deplorables como Von Wernich y Grassi continuarán siendo protegidos. De igual modo es previsible que el nuevo alineamiento papal contra la pobreza consistirá en acciones piadosas frente a las consecuencias, pero no en luchar contra las causas y sus responsables. Y nada indica que el Vaticano se abrirá a otros grandes temas pendientes, como el celibato.

Pero aunque todo sea así, al menos en el caso argentino es esperable que el papa Francisco repudie de una vez, y públicamente, a la última dictadura argentina y a sus cómplices civiles, empresarios y religiosos. ¿Por qué no pensar, incluso, que los reparos a la cuestionable conducta de las jerarquías católicas argentinas de por lo menos los últimos 40 años, en esencia no han buscado otra cosa que inspirarlo para que produzca un suave pero decisivo viraje?

De hecho tuvo una oportunidad de oro cuando los genocidas celebraron la fumata colgándose escarapelas del Vaticano y a los gritos. Con sólo un gesto hubiera podido despegarse de semejantes aplaudidores, pero no lo hizo.

Y tampoco la Iglesia argentina se pronunció esta semana frente a los ataques a la Comisión Provincial de la Memoria en La Plata y en Bahía Blanca, la agresión a la estatua de Rodolfo Walsh en Neuquén o la brutal golpiza a un joven en San Isidro al grito de “ser homosexual es pecado”.

Seguramente Francisco no podrá hacerlo todo para reposicionar a su Iglesia, pero no hay que perder las esperanzas de que produzca algunos gestos concretos. Ojalá. Porque de lo contrario seguirán resonando los viejos clarines, es decir la estridencia de los mismos, viejos, cómplices silencios.

Tomado de Página/12

Francisco, la geopolítica y el Vatileaks

Un discreto personaje permanece a sol y sombra al lado del nuevo Papa, el padre Georg (arriba, sonriente y encantador, y en la foto de abajo, a la derecha del papa ), encargado de guiar a Bergoglio por los laberínticos secretos del Vaticano, que incluyen el lapidario dossier redactado como consecuencia de la filtración masiva de documentos reservados del Vaticano, un informe de 300 páginas, sobre corrupción y relaciones homosexuales en la cúpula de la Iglesia, yque precipitó la renuncia de Benedicto XVI.

Por Walter Goobar. Goobar es Editor Internacional del Diario Miradas al Sur y columnista del diario Tiempo Argentino. Anteriormente, fue redactor especial del semanario Veintitrés desde su fundación, en junio de 1998 donde cubría temas de política nacional e internacional. Ha trabajado también en la televisión nacional de Argentina.———————————————————————————————

Desde fines de la década del ’70, Washington y el Vaticano sellaron una alianza tan estrecha que antes de rezar la primera oración matinal los sucesivos pontífices leen con devoción el mismo informe de inteligencia diario que la CIA y otras agencias de espionaje confeccionan para el presidente de los EE UU.

Esa alianza gestada entre el director de la CIA, William Cassey, y monseñor Pío Laghi –que se desempeñó como Nuncio Apostólico durante la dictadura en Argentina–, fue decisiva para implementar y sostener el terrorismo de Estado y el militarismo en América Latina y provocar (con los buenos oficios del Papa polaco Karol Wojtyla) la implosión de la Unión Soviética y la expansión del neoliberalismo como infalible credo universal. En ese sentido, la elección del nuevo Pontífice, efectuada por los 114 cardenales –entre los que se encontraban varios con acusaciones de tolerar la pedofilia–, forma parte de una decisión geopolítica de intereses compartidos y del equilibrio de fuerzas en el mundo católico. “Si es en el sur que algo nuevo está pasando –señala el politólogo Julio Gambina–, nada mejor que un Papa del sur, un latinoamericano para enfrentar este nuevo momento político y preservar intactas las tradiciones de la familia y la propiedad.”

Mientras el Papa Francisco cultiva la imagen bondadosa y sin ostentación que seduce a los medios y encubre al hombre real con sus numerosas contradicciones, hay un discreto personaje que permanece a sol y sombra al lado del nuevo Papa. Se trata del padre Georg, encargado de guiar a Bergoglio por los laberínticos secretos del Vaticano, que incluyen nada menos que el lapidario dossier redactado como consecuencia de la filtración masiva de documentos reservados del Vaticano. Ese informe de 300 páginas, sobre corrupción y relaciones homosexuales en la cúpula de la Iglesia, precipitó la renuncia de Benedicto XVI.

Según la publicación especializada Vatican Insider, el papel del arzobispo Georg Gaenswein en este inicio de Pontificado va mucho más allá de su cargo como prefecto de la Casa Pontificia: el padre Georg –que fue el colaborador más estrecho de Joseph Ratzinger– ahora acompaña permanentemente al nuevo Pontífice en ceremonias y audiencias, y luego entre bastidores pone a su disposición su conocimiento de ocho años de pontificado de Ratzinger.
También es quien orienta a Bergoglio respecto de las cuestiones que quedaron pendientes y que forman parte de la agenda más urgente del nuevo Papa: el escándalo Vatileaks, la vuelta de los lefebvrianos en comunión con Roma, la reforma de la Curia, las sacrosantas finanzas del Instituto de Obras para la Religión (IOR). El banco de Dios, como suele ser llamado el IOR, cuenta con un patrimonio de 5000 millones de euros y 33 mil titulares de depósitos, en su mayoría italianos, polacos, franceses, españoles y alemanes. La justicia italiana abrió en 2010 una investigación por sospechar que el banco administraba, a través de cuentas anónimas, importantes sumas de dinero de oscura procedencia. Con eso deberán lidiar ahora el Papa Francisco y su ladero Georg.

Figura absolutamente inédita en la historia de la Iglesia, el Padre Georg es el punto de contacto entre el Papa reinante y el emérito. Conserva la función de secretario de Ratzinger y sigue viviendo con él en Castel Gandolfo, pero al mismo tiempo, actúa de correa de transmisión en la compleja fase de puesta en marcha del pontificado.”Está llevando a cabo una tarea delicadísima –explica un jefe de dicasterio–, el Padre Georg está con Francisco no tanto por sus actuales funciones en el Palacio Apostólico como por estar haciendo, por cuenta de Ratzinger, la entrega de consignas sobre los temas delicados.” En una palabra, la presencia (y el consejo) de monseñor Gaenswein es el modo en el cual Benedicto XVI ayuda a Bergoglio en los meandros de la Curia romana y lo protege en la resbaladiza fase de transición. “El Padre Georg es quien tiene el dossier Vatileaks que debe ser entregado a Francisco”, precisa el purpurado, haciendo referencia al informe de los tres cardenales investigadores, Julián Herranz, Josef Tomko y Salvatore De Giorgi sobre el robo de documentos del dormitorio papal.

Las primeras claves sobre la orientación que asumirá el Vaticano bajo el mando de Francisco será cuando nombre su equipo de gobierno, pero fiel a su estilo cauteloso, el nuevo Papa ya anunció que provisoriamente todo el mundo queda en sus puestos, inclusive el secretario de Estado, Tarcisio Bertone, considerado una especie de Satán por su responsabilidad en todos los escándalos financieros que sacuden al Vaticano. Bertone habría boicoteado todos los intentos de hacer limpieza en el IOR, el banco vaticano, para adecuarlo a la normativa internacional contra el lavado de dinero.El IOR es una enorme lavadora, el vientre oscuro de los intereses personales de figuras de todo calibre. Hasta Matteo Messina Denaro, el nuevo jefe de la Cosa Nostra, tenía su dinero en el IOR. La comisión puesta en marcha en 2011 para sanear los agujeros negros del IOR fue desmantelada a los seis meses de ser establecida por Bertone. Sin embargo, llegó la esperada confirmación para los jefes de los dicasterios de la curia romana, “suspendidos” desde el momento de la elección de Francisco. El Papa, por el momento, deja a cada uno en su cargo, porque, precisa el comunicado vaticano, “el santo padre desea reservarse un tiempo para la reflexión, la oración y el diálogo antes de cualquier designación o confirmación definitiva”.

Curiosamente, el comunicado menciona también a los secretarios, es decir, los vices de los dicasterios, que no caducan, como los jefes, en el momento en el que la sede apostólica queda vacante y que, por lo tanto, no deberían necesitar una reconfirmación. El haberlos citado tal vez signifique que, si bien todos deben continuar desempeñando sus roles, ninguno puede dar por sentado que conservará el lugar que ocupa actualmente. La nota vaticana no menciona explícitamente al secretario de Estado, Tarcisio Bertone, a quien hace dos días el Papa había saludado públicamente en la Sala Clementina recordando sólo su rol de camarlengo. Pero la secretaría de Estado es el primero de los dicasterios vaticanos y, por lo tanto, la confirmación momentánea también incluye al purpurado originario de Canavese, que desde 2006 preside la diplomacia vaticana y dirige la máquina curial. La revista Vatican Insider adelanta que el cambio del secretario de Estado, de casi 79 años, probablemente sea el más inmediato, mientras que los demás cambios tal vez se verifiquen en los próximos meses.

Lo único seguro es que el nuevo Pontífice cuenta con la bendición de Estados Unidos, como viene ocurriendo desde la época de la Guerra Fría. El 10% de los cardenales del Vaticano son estadounidenses y Benedicto XVI fortaleció la posición de ese lobby en la Santa Sede. La influencia de Washington y el Pentágono sobre la Iglesia se reveló a finales de los ’70. En un mundo dividido entre dos bloques ideológicos, hubo un Papa, Albino Luciani, que afirmó: “La Iglesia no debe tener poder ni poseer riquezas.” Duró poco. Tan sólo 33 días. Algunos sostienen que fue asesinado justamente porque esas ideas ponían en peligro la Santa Alianza con EE UU.

Diario Tiempo Argentino

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VEA este otro interesantísimo artículo del mismo autor:

La misión de Su Santidad

El carismático Papa argentino que fascina con su austeridad y sencillez puede jugar en América latina un papel similar al de su antecesor polaco, Juan Pablo II, que precipitó el derrumbe de la Unión Soviética y la penetración del neoliberalismo en casi todos los confines de la Tierra: Bergoglio llega para disputar consenso social y para obstruir el proceso de integración regional.

Walter Goobar

Los dos días de fumatas negras de la Capilla Sixtina, los vaticinios de los vaticanistas, las predicciones de Nostradamus y San Malaquías que auguraban la llegada de un papa negro, y los 600 millones de euros en apuestas que jugaron todas sus fichas a una pugna entre el italiano Angelo Scola y el brasileño Odilo Scherer. Para unos y otros, Jorge Mario Bergoglio no figuraba ni a placé, pero su proclamación no fue obra de un milagro del Espíritu Santo, sino más bien del pragmatismo de los dos sectores en pugna que debieron contentarse con un Papa de compromiso: en la feroz guerra que se libraba en el Cónclave, Bergoglio era un outsider, no estaba vinculado a las logias que dominan el aparato del poder del Vaticano y por eso surgió como una contrafigura perfecta de Ratzinger, un antídoto al papa saliente.

Bergoglio instaló su papado con un par de gestos simples y un nombre que convirtió su designación como Sumo Pontífice en un programa de gobierno de la Iglesia: Francisco. Quiso expresar así humildad, sencillez, cero aparato. Todo demasiado nuevo para juzgar tan rápido. De esta manera, el papa argentino, cuyo nombramiento puso fin a trece siglos de dominación europea en los papados, cautivó con sus primeros gestos a los vaticanistas más escépticos e incluso a representantes de la Teología de la Liberación como los brasileños Leonardo Boff y Frei Betto que fueron perseguidos por los dos últimos Pontífices. “Nunca hubo un papa con ese nombre, San Francisco de Asís. Es muy significativo por tres cosas: es símbolo de acción por los pobres; de ecología, por el amor a la naturaleza, y tercero, fue un santo que soñó que la Iglesia estaba derrumbándose y él debía reconstruirla”, dijo el escritor y fraile dominico Carlos Alberto Libanio Christo, más conocido como Frei Betto.
Sin embargo, Frei Betto admite que la elección de Bergoglio puede haber sido decidida en parte bajo la lógica de que la Iglesia Católica debe neutralizar el avance del “progresismo político” en América latina, donde la izquierda –y el secularismo– han ganado terreno en la década reciente. “Temo que el Papa pueda prestarse a eso, pero vamos a ver cómo se manifiesta”, afirmó el teólogo que es autor del libro Fidel y la religión.
Lo cierto es que el papa Francisco, considerado un estratega y operador político, asumió el mando de los 1.200 millones de miembros de la Iglesia Católica en un momento de luchas e intrigas, con el Vaticano sacudido por escándalos de abusos sexuales, acusaciones de luchas internas en el gobierno central y delitos financieros.

“Va a ser muy interesante observar la lucha por el poder entre el Opus Dei, que lleva más de 25 años en la posición de privilegio durante el reinado de Juan Pablo II, y los jesuitas. En juego está la influencia y, obviamente, el dinero”, afirma el periodista Daniel Estulin, especialista en develar los secretos de poderes trasnacionales, como el Grupo Bilderberg y el Vaticano. Para el analista ruso no es llamativo que Bergoglio sea jesuita porque –desde su formación– esa orden cuasi militar fue concebida como “el aparato de inteligencia de la Iglesia” y “ahora intenta crear un mundo sinárquico, basado en el debilitamiento general de los poderes soberanos de los Estados nacionales, que deberán ser sustituidos por agencias supranacionales de un mundo globalizado, como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Unesco, el Instituto de la ONU para la Formación y la Investigación y el Consejo Mundial de Iglesias”.

El politólogo Julio Gambina coincide con Frei Betto y con Daniel Estulin en que “el papa argentino, Francisco, viene a cumplir el proyecto del poder mundial para disputar el consenso de la sociedad, especialmente de los pueblos. No sólo se trata de sustentar posiciones contrarias al matrimonio igualitario, o contra el aborto, ampliamente difundidas por el obispo Bergoglio, sino de gestar una conciencia de disciplinamiento hacia el orden contemporáneo, reaccionario, de dominación transnacional”.

América latina es hoy una avanzada del cambio político. La Iglesia –como institución–, quiere intervenir en este proceso, y no para empujar esos cambios, sino para frenarlos. “La disputa –dice Gambina–, es por las conciencias. Es una batalla de ideas, por el cambio, o por el retroceso. Les preocupa el efecto Chávez en la región. Les preocupa la sucesión política en Venezuela y la capacidad de extender el rumbo socialista. Tanto el Vaticano como Washington necesitan disputar el consenso”.

Una prueba de que esta hipótesis es algo más que una especulación es el hecho de que los dos últimos destinos de Ratzinger fueron México y Cuba y los dos primeros de Bergoglio como Papa serán Brasil y Argentina. Es evidente que el carismático y futbolero Papa Francisco viene a disputar consenso social y a obstruir el proceso de integración regional.

En el artículo titulado “La geopolítica del Vaticano”, el colega Raúl Zibechi señala que el capital transnacional hizo su apuesta hace tiempo por la desestabilización de Argentina, objetivo compartido por la Casa Blanca. En este caso no se trata del petróleo, como sucede con Venezuela, sino de una lectura correcta por parte del poder estadounidense de los objetivos trazados por Brasil para la integración regional. El punto neurálgico es la alianza entre los dos principales países de la región, porque juntos tienen la capacidad de arrastrar al resto y de neutralizar las injerencias externas. “El nuevo papa –señala Zibechi– está en condiciones de darle a la derecha argentina la legitimidad popular e institucional que nunca tuvo, en un momento decisivo para la región, cuando la última apuesta de Washington para recuperar protagonismo, la Alianza del Pacífico, naufraga sin rumbo. Su pontificado no incidirá sólo en su país natal; aspira a influir en toda la región.”

Su perfil de populista conservador, su manera de relacionarse con los movimientos sociales, con los sindicalistas, es casi idéntico al de su antecesor Karol Wojtyla, el papa polaco que hizo exactamente lo mismo en los países del Este y cumplió un papel decisivo en el derrumbe de la Unión Soviética y en la expansión del neoliberalismo en casi todos los confines de la Tierra. “Si no nos confesamos con Jesucristo, nos convertiremos en una ONG piadosa”, dijo en su primera y breve homilía, vestido con paramentos dorados y mitra, y zapatos negros en vez de rojos, como son habituales en el atuendo papal. Con un lenguaje familiar y didáctico, Francisco cautiva a sus oyentes, pero a su austeridad y sencillez en todo lo concerniente a su vida personal y eclesiástica, se le opone una alta cuota de intolerancia y hasta de soberbia para enfrentar a quienes considera sus adversarios o enemigos. Esto tanto en el terreno eclesiástico como en el político.
“El que no le reza al Señor le reza al diablo. Cuando no proclamamos a Jesucristo, proclamamos el estilo mundano del diablo, el estilo mundano del demonio”, afirmó esta misma semana.
Esas frases inquisitoriales recuerdan la contundencia con que el purpurado critica el matrimonio gay e incluso la inseminación artificial. En 2010, Bergoglio convocó a”una guerra de Dios” contra el matrimonio igualitario con el mismo énfasis que en décadas anteriores, refiriéndose a la orden a la que pertenece, se había permitido decir que había que “limpiar esa Compañía de jesuitas zurdos”.
Sus metáforas bélicas no son azarosas: Bergoglio actúa como un estratega político que mide cada uno de sus movimientos.
Nunca actúa por impulso o por casualidad. Todo lo calcula y lo premedita. Seguramente trasladará también esa forma de actuar al Vaticano y a la Iglesia en general.
Bergoglio ha cultivado estrechas relaciones con los movimientos y sacerdotes villeros, con los veteranos de Malvinas, sindicalistas y cartoneros, ha salido en defensa de los movimientos campesinos y aborígenesy ha contenido a los familiares de las víctimas de Cromañón, Once y las Madres del Dolor, pero –durante y después de la dictadura y hasta el presente– ha mantenido una llamativa –cuasi culposa– distancia de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y las entidades de DDHH, y ha demonizado a los movimientos que luchan por la igualdad de gays y lesbianas. Si, tal como afirma en su autobiografía, durante la dictadura salvó muchas vidas, ¿por qué desde el retorno de la democracia adoptó una actitud tan esquiva y sospechosa frente a los organismos de DDHH y tan indulgente frente a los crímenes de la dictadura cometidos con la complicidad de la jerarquía de la Iglesia argentina? Es evidente que esa faceta siniestra de la vida de Bergoglio constituye algo más que un secreto de confesión.
Tomado de Miradas al Sur

Carta abierta al Papa de una Abuela de Plaza de Mayo

En la foto, Victoria Montenegro, una nieta recuperada, con la foto de su papá desaparecido

Por Sonia Herminia Torres. Abuelas de Plaza de Mayo-Filial Córdoba.

Mi muy respetado Francisco:

Mi nombre es Sonia Herminia Torres y soy una de las tantas Abuelas de Plaza de Mayo de la Argentina. Vivo en Córdoba y a esta carta la escribo en esta fecha porque este 26 de marzo, hace 37 años, cambió mi vida en forma intempestiva, abrupta, definitiva. Esa fecha partió mi vida en dos.

Un 26 de marzo, hace exactamente 37 años, los militares de la dictadura más atroz que sufrió nuestro país se llevaron para siempre a mi hija Silvina Mónica Parodi, embarazada de seis meses y medio, y a su esposo Daniel Francisco Orozco. Ella tenía sólo 20 años y él 23. Toda la familia esperaba con amor y alegría la llegada del bebé. Desde esa tarde del 26 de marzo de 1976, los estoy buscando.

Sé con certeza que Silvina tuvo su hijo en cautiverio entre los últimos días de junio y los primeros de julio de aquel año terrible. Supe también que fue varón y que lo separaron de su madre y de toda su familia con posterioridad a su nacimiento.

Como tantos otros hijos de madres cautivas, los militares dispusieron de él como un objeto, dándolo a otra familia y condenándolo a caminar a tientas por la vida, sin saber su origen biológico y sin saber que esta abuela y su familia lo aman y lo han buscado incansablemente. Que lo siguen buscando.

Créame, Excmo. Francisco, que la desa-parición forzada de esos seres tan amados se convirtió en un dolor indescriptible que me acompaña desde entonces.

Ya tengo 83 años, y cada día me levanto con la esperanza de encontrar a mi nieto. De que él llame a mi puerta y me diga: “Hola abuela, ¡aquí estoy!”.

No quisiera partir sin poder ver su cara. Sin poder recrear en sus gestos los de sus padres, mis hijos, que, desde esas fotos en blanco y negro que las Abuelas llevamos siempre en nuestras marchas, nos miran. Porque, suspendidas en el tiempo, sus miradas son un ruego, al igual que nuestro andar sin descanso.

Su llegada al Vaticano, Francisco, ha renovado las esperanzas sobre todo lo que puede el inmenso poder de Dios y de su Iglesia. Es por eso que me dirijo a Usted, como máximo representante de la Iglesia, para pedirle que actúe sobre aquellos que tienen un conocimiento directo de dónde están nuestros nietos y nos digan a quiénes se los entregaron y dónde enterraron a sus padres.

Estoy convencida de que Usted, en este momento histórico, irrepetible, puede interpelar sus conciencias para que reparen de alguna manera el daño que han infligido.

Después de años de tristeza y desazón que han dejado marcas profundas en mi alma y en mi espíritu, deposito mi esperanza en Usted, Santo Padre.

Ya no me queda mucho tiempo. Quisiera rogarle que antes de mi viaje final me ayude a reencontrarme con mi nieto para que juntos podamos ponerles una flor a sus padres, contarle su historia, la mía propia, y juntarnos en el abrazo eterno que sólo permite el amor. Enseñarle que el amor crea mundos o los vuelve a refundar hasta de sus ruinas.

Confío en su corazón y en su inteligencia y en el nuevo lugar que Dios ha elegido para su vida. Sé que para Dios no hay cosas imposibles y que de su mano se podría lograr lo que tanto ansiamos las Abuelas de Plaza de Mayo. Es esa certeza la que me ha impulsado a escribirle desde el humilde lugar de madre y abuela.

Con todo mi respeto y con una gran esperanza, le envío mis mejores deseos en su tan trascendente misión.

Tomado de Página/12