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UN AÑO SIN GABO

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Gabriel García Márquez sigue vivo en sus letras

Tomado de TeleSurTV

http://www.telesurtv.net/telesuragenda/Un-ano-sin-Gabo-20150415-0048.html

El oriundo de Aracataca recibió ayer miles de homenajes en todo el mundo. Exposiciones, documentales, lecturas colectivas y conferencias en las que abundan las mariposas amarillas rinden tributo a uno de los grandes de la literatura latinoamericana.

Este viernes 17 de abril se cumplió el primer año de la partida física del escritor colombiano Gabriel García Márquez. Merecedor del premio Nobel de Literatura 1982, “Gabo” como era apodado por cariño, para muchos seguirá siendo un inmortal gracias a sus letras.

Entre la nostalgia y recuerdos

Las partidas físicas se conmemoran pero las vidas se celebran. Tras sus 84 años de vida, García Márquez dejó un legado de más de 20 obras que no solo siguen vigentes sino que son utilizadas como referencia cuando se habla de la buena literatura latinoamericana. Como escritor, novelista, cuentista, guionista y periodista, este insigne colombiano dejó una huella que para muchos es imborrable en el mundo.

Su herencia es tan grande que traspasa la letras, y el reconocimiento es tal que tras su partida el Congreso de Colombia creó una ley con la cual un billete tendrá su imagen. También se creará un centro internacional para el legado del escritor en Cartagena de Indias.

El Dato: El legado literario de García Márquez es inmenso e incomparable. Si se cuentan los discursos y guiones de cine, fueron más de tres decenas de escritos los que hicieron que se convirtiera en el máximo exponente del movimiento literario llamado Realismo mágico.

Sus propios colegas como Alberto Salcedo Ramos, cronista y columnista oriundo también de la costa Caribe colombiana, aseguran que “Gabo es un clásico, es decir, uno de esos raros autores que no necesitan llevar su obra a remolque, porque esa obra se defiende sola”

LAS POLÉMICAS DEL GABO

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Este viernes 6 de marzo se cumplen 88 años del nacimiento del premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez. TeleSUR rinde homenaje al insigne literato recordando las historias más polémicas, esas que él superó con su gracia personal y que muchos desconocen.

Gabriel García Márquez, también conocido como “Gabo”, nació el 6 de marzo de 1927 en Aracataca, Colombia. Es mundialmente reconocido como el mayor exponente del Realismo Mágico y su obra, Cien Años de Soledad, publicada en 1967, lo hizo merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1982.

El 17 de abril de 2014 Gabo falleció a los 87 años de edad, pero son muchos los que piensan que su obra lo hizo inmortal.

A continuación te ofrecemos las historias más polémicas de su carrera literaria:

El puñetazo en la cara:

  1. 1 punetazoEs sin duda una de las historias más polémicas en la literatura latinoamericana. Sobre todo porque el autor del puñetazo que dejó un ojo morado al Nobel de Aracataca fue el otro Nobel peruano: Mario Vargas Llosa.

Los novelistas, que se conocieron en Venezuela en 1967, protagonizaron una de las rivalidades más famosas en el mundo literario desde que en 1976 Vargas Llosa propinó en México, ante testigos, un puñetazo al que hasta ese entonces era considerado su amigo.

El motivo de la disputa nunca fue del todo explícito porque los escritores mantuvieron un histórico pacto de silencio entre caballeros. Sin embargo, el biógrafo Gerald Martin narró que antes de golpear, Vargas Llosa le expresó a Gabo: “esto es por lo que le dijiste a Patricia” o “esto es por lo que le hiciste a Patricia”.

Al parecer, habían rumores de que el colombiano había tenido un romance o había intentado seducir a la entonces esposa de Vargas Llosa, Patricia Llosa. Sin embargo, cuando la esposa de Gabo, Mercedes Barcha, fue consultada sobre el hecho, ella se limitó a responder “Mario es un celoso estúpido”.

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Rodrigo Moya, amigo de Gabo, publicó en 2007 un artículo y fotos del incidente el mismo día en el que el autor de Cien años de soledad cumplía 80 años. Según él, el mismo Gabo se mandó a tomar las fotos porque quería tener “una constancia” de aquella agresión.

Su relación con Fidel

gabo fidelEn muchas ocasiones Gabo confesó su aprecio hacia Fidel Castro y su apoyo a la Revolución. Esta fue una de las relaciones más polémicas en la vida del literato, quien fue objeto de muchos cuestionamientos.

El Nobel le dijo una vez a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza: “Quiero que el mundo sea socialista y creo que tarde o temprano lo será, entendiendo como socialismo un sistema de progreso, libertad e igualdad relativa, donde saber es además de un derecho, una izquierda”.

El biógrafo Gerald Martin ha señalado en varias entrevistas que muchos consideran como “excesiva” su proximidad a Fidel, pero Martin también recuerda que a Gabo se le ha relacionado con Felipe González (expresidente español) o con Bill Clinton (de Estados Unidos).

García Márquez y su esposa solían pasar largas temporadas en la isla, donde tenían una residencia (casa de protocolo) asignada, Esa presencia constante en Cuba le llevó una vez a desmentir que viviera en la isla, sino que en cambio viajaba allá con mucha frecuencia.

El mismo Fidel ha mencionado que disfrutaba de su compañía. En 2006, mientras estaba convaleciente de una operación intestinal, describió un encuentro con el autor colombiano y su esposa como algunas de “las horas más agradables” que había pasado.

“Soy amigo de Fidel y no soy enemigo de la revolución. Eso es todo”, dijo en una oportunidad García Márquez, según relata el libro Gabo y Fidel.

El Dato: uno de los momentos más mediáticos de la relación de Gabo con Cuba, fue cuando en 1997, Gabo llevó a Bill Clinton -quien le había contado que Cien años de soledad era su novela favorita- un mensaje de Fidel Castro en el que proponía a Estados Unidos cooperación en la lucha contra el terrorismo.

En 2014, tras la pérdida física de Gabo, el líder cubano envió una carta a Mercedes Barcha en la que expresó: “El mundo, y en particular los pueblos de Nuestra América, hemos perdido físicamente a un intelectual y escritor paradigmático. Los cubanos, a un gran amigo, entrañable y solidario”

  • Sus “514 mujeres”
  • gabo-frase.jpg_908772825En 2004 Gabo publicó la novela “Memoria de mis putas tristes”. La obra narra la historia de un longevo periodista que, al cumplir 90 años, decide celebrar su aniversario con una niña virgen. Durante sus primeros 50 años el periodista llevó un conteo de 514 mujeres que habían estado con él.

En la novela fueron muchas las similitudes encontradas entre el personaje central y la personalidad de Gabo, por ende, el punto de las “514 mujeres” siempre causó suspicacia. Sin embargo, aunque él jamás habló al respecto, muchos biógrafos y conocidos defendieron que no era más que “otra faceta de su realismo mágico”.

De hecho el llevar un “contador de encuentros y de mujeres” era algo que ya había desarrollado Gabo en otro de sus personajes: Florentino Ariza (El amor en los tiempos del Cólera). En ese tiempo, Florentino suma más de 600 relaciones fugaces, de las que lleva una fiel contabilidad, pero jamás paga el amor.

Su supuesto Alzheimer

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En los últimos años de vida fueron muchas las veces en las que medios internacionales publicaron que Gabo padecía Alzheimer. En 2009 fue su esposa, Mercedes, la que desmintió tal hecho, sin embargo, en julio de 2012, Jaime García Márquez, hermanos del escrito, confirmó que el Nobel tenía demencia senil.

Según personas que estuvieron en sus últimas apariciones públicas, Gabo no daba señales de padecer el malestar mental, incluso hay muchos que sostienen que mantenía su personalidad de ser jovial y muy echador de broma, pese a timidez.

La madre y un hermano de Gabo murieron de Alzheimer. La noticia de que él lo tenía y de supuestamente no podía reconocer ni siquiera a sus amigos cercanos dio la vuelta al mundo y muchos de sus fanáticos expresaron su pesar pese a que el hecho no fue confirmado.   

 Lucha contra la ortografía “complicada”

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El hecho de ser escritor y un férreo defensor del texto escrito  estaba implícito en la figura literaria de García Márquez, sin embargo, en 1997, un discurso pronunciado ante el Congreso de la Lengua en España, el célebre Nobel instó a “jubilar la ortografía” y a simplificar las reglas del español, esto con el fin de hacerla más fácil de entender y aprender.

“La lengua española tiene que prepararse para un ciclo grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de diecinueve millones de kilómetros cuadrados y cuatrocientos millones de hablantes al terminar este siglo”.

Otras Anécdotas inolvidables

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*La figura del abuelo materno de Gabo es una de las que más influencia todas sus su historias. Según el mismo ha dicho, El coronel no tiene quien le escriba y la escena principal de 100 años de soledad tienen que ver mucho con él.

*Siempre manifestó su miedo a los aviones. En una entrevista una vez dijo que “probó con tomar Martini seco” pero que no le resultó, por eso, probó después con la música, formando listas de canciones para volar según las rutas y la duración del viaje, incluso según la clase en la que vuela.

*Cuando se le preguntó si tenía miedo a la vejez, él respondió tajante: “El secreto contra la vejez es no pensar en ella”.

*No le gustaban las cosas gratis, de hecho, no aceptaba viajes pagados y cuando era crítico de cine, compraba sus propios boletos.

*Una vez criticó al expresidente de Colombia, Julio César Turbay Ayala, quien no respondió una carta enviada por el novelista. Gabo expresó que “una persona que no contesta las cartas no merece siquiera que se le escriba”.

*Dejó un cuento sin escribir, siempre quiso escribir un cuento de título “El ahogado que nos traía caracoles”. Llegó a comentárselo a su amigo Álvaro Cepeda Samudio, quien le dijo que “ese título es tan bueno que ya ni siquiera hay que escribir el cuento”.

Conversación en La Habana: García Márquez, el último encuentro .

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Por Ignacio Ramonet

Tomado de Le Monde Diplomatic en español, agosto de 2014

Me habían dicho que estaba residiendo en La Habana pero que, como estaba enfermo, no quería ver a nadie. Yo sabía dónde solía alojarse: en una magnífica casa de campo, lejos del centro. Llamé por teléfono y Mercedes, su esposa, disipó mis escrúpulos. Con calidez me dijo: “En absoluto, es para alejar a los pesados. Ven, ‘Gabo’ se alegrará de verte”.

A la mañana siguiente, bajo un calor húmedo, remonté una alameda de palmeras y me presenté ante la puerta de la quinta tropical. No ignoraba que sufría de un cáncer linfático y que se sometía a una agotadora quimioterapia. Decían que su estado era delicado. Incluso le atribuían una desgarradora ‘carta de adiós’ a sus amigos y a la vida… Temía encontrarme con un moribundo. Mercedes vino a abrirme y, para mi sorpresa, me dijo con una sonrisa: “Pasa. Gabo ya viene… Está terminando su partido de tenis”.

Poco después, bajo la tibia luz del salón, sentado en un sofá blanco, lo vi acercarse, en plena forma efectivamente, con el pelo rizado todavía húmedo de la ducha y el bigote desgreñado. Vestía una guayabera amarilla, un pantalón blanco muy ancho y zapatos de lona. Un verdadero personaje de Visconti. Mientras bebía un café helado, me explicó que se sentía “como un ave silvestre que se escapó de la jaula. En todo caso, mucho más joven de lo que aparento”. Y agregó, “con la edad, compruebo que el cuerpo no está hecho para durar tantos años como nos gustaría vivir”. Acto seguido, me propuso “hacer como los ingleses, que nunca hablan de problemas de salud. Es de mala educación”.

La brisa levantaba muy alto las cortinas de las inmensas ventanas y la sala empezó a parecerse a un barco volador. Le comenté cuánto me gustó el primer tomo de su autobiografía, Vivir para contarla (1): “Es tu mejor novela”. Sonrió y se ajustó las gafas de gruesa montura: “Sin un poco de imaginación es imposible reconstruir la increíble historia de amor de mis padres. O mis recuerdos de bebé… No olvides que sólo la imaginación es clarividente. A veces es más verdadera que la verdad. Basta con pensar en Kafka o Faulkner, o simplemente en Cervantes”, afirmó. Cual trasfondo sonoro, las notas de la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Antonin Dvorak, inundaban el salón con una atmósfera a la vez alegre y dramática.

Había conocido a García Márquez unos cuarenta años atrás, hacia 1979, en París, con mi amigo Ramón Chao. Gabo había sido invitado por la Unesco y, junto con Hubert Beuve-Méry, el fundador de Le Monde diplomatique, formaba parte de una comisión, presidida por el Premio Nobel Sean McBride, encargada de elaborar un informe sobre el desequilibrio Norte-Sur en materia de comunicación de masas. En aquella época, había dejado de escribir novelas, por una prohibición autoimpuesta que debía durar mientras Augusto Pinochet estuviera en el poder en Chile. Todavía no había recibido el Premio Nobel de literatura, pero ya era inmensa su celebridad. El éxito de Cien años de soledad (1967) lo había convertido en el escritor de lengua española más universal desde Cervantes. Recuerdo haber quedado sorprendido por su baja estatura e impresionado por su gravedad y seriedad. Vivía como un anacoreta y sólo abandonaba su habitación, transformada en celda de trabajo, para dirigirse a la Unesco.

En cuanto al periodismo, su otra gran pasión, acababa de publicar una crónica donde describía el asalto de un comando sandinista al Palacio Nacional de Managua, en Nicaragua, que había precipitado la caída del dictador Anastasio Somoza (2). Aportaba detalles prodigiosos, dando la impresión de haber participado él mismo en el hecho. Quise saber cómo lo había logrado. Me contó: “Estaba en Bogotá en el momento del asalto. Llamé al general Omar Torrijos, presidente de Panamá. El comando acababa de encontrar refugio en su país y todavía no había hablado con los medios de comunicación. Le pedí que avisara a los muchachos que desconfiaran de la prensa, porque podían deformar sus palabras. Me respondió: ‘Ven. Sólo hablarán contigo’. Fui y junto con los jefes del comando, Edén Pastora, Dora María y Hugo Torres, nos encerramos en un cuartel. Reconstruimos el acontecimiento minuto a minuto, desde su preparación hasta el desenlace. Pasamos la noche allí. Agotados, Pastora y Torres se quedaron dormidos. Yo seguí con Dora María hasta el amanecer. Volví al hotel para escribir el reportaje. Luego, regresé para leérselo. Corrigieron algunos términos técnicos, el nombre de las armas, la estructura de los grupos, etc. El reportaje se publicó menos de una semana después del asalto. Dio a conocer la causa sandinista en el mundo entero”.

Volví a ver a Gabo muchas veces, en París, La Habana o México. Teníamos un desacuerdo permanente acerca de Hugo Chávez. Él no creía en el comandante venezolano. Yo, en cambio, consideraba que era el hombre que iba a hacer entrar América Latina en un nuevo ciclo histórico. Aparte de eso, nuestras conversaciones siempre eran muy (¿demasiado?) serias: el destino del mundo, el futuro de América Latina, Cuba…

Sin embargo, recuerdo que una vez me reí hasta las lágrimas. Yo volvía de Cartagena de Indias, suntuosa ciudad colonial colombiana; había divisado su casona tras las murallas y había hablado con él al respecto. Me preguntó: “¿Sabes cómo adquirí esa casa?”. Ni idea. “Desde muy joven quise vivir en Cartagena –me contó–. Y cuando tuve el dinero, me puse a buscar una casa allí. Pero siempre era demasiado caro. Un amigo abogado me explicó: ‘Creen que eres millonario y te aumentan el precio. Déjame buscar por ti’. Unas semanas después, encuentra la casa, que en ese entonces era una vieja imprenta casi en ruinas. Habla con el propietario, un ciego, y entre ambos acuerdan un precio. Pero el anciano pone una exigencia: quiere conocer al comprador. Viene mi amigo y me dice: ‘Tenemos que ir a verlo, pero no debes hablar. Si no, en cuanto reconozca tu voz, triplicará el precio… Él es ciego, tu serás mudo’. Llega el día del encuentro. El ciego empieza a hacerme preguntas. Le respondo con una pronunciación indescifrable… Pero, en un momento, cometo la imprudencia de responder con un sonoro: ‘Sí’. ‘¡Ah! –salta el anciano–, conozco esa voz. ¡Usted es Gabriel García Márquez!’. Me había desenmascarado… Enseguida agrega: ‘Vamos a tener que revisar el precio. Ahora, la cosa es diferente’. Mi amigo intenta negociar. Pero el ciego repite: ‘No. No puede ser el mismo precio. De ninguna manera’. ‘Bueno, ¿cuánto, entonces?’ –le preguntamos, resignados–. El anciano reflexiona un instante y dice: ‘La mitad’. No entendíamos nada… Entonces, nos explica: ‘Ustedes saben que tengo una imprenta. ¿De qué creen que viví hasta ahora? ¡Imprimiendo ediciones piratas de las novelas de García Márquez!’”.

Aquel ataque de risa todavía resonaba en mi memoria cuando, en la casa de La Habana, proseguía mi conversación con un Gabo envejecido, aunque intelectualmente tan vivo como siempre. Me hablaba de mi libro de entrevistas con Fidel Castro (3). “Estoy muy celoso –me decía, riendo–, tuviste la suerte de pasar más de cien horas con él.”. “Soy yo el que está impaciente por leer la segunda parte de tus memorias –le respondí–. Por fin vas a hablar de tus encuentros con Fidel, a quien conoces desde hace mucho más tiempo. Tú y él sois como dos gigantes del mundo hispano. Si se compara con Francia, sería algo así como si Victor Hugo hubiera conocido a Napoleón..”. Lanzó una carcajada, al tiempo que alisaba sus espesas cejas. “Tienes demasiada imaginación… Pero te voy a decepcionar: no habrá segunda parte… Sé que mucha gente, amigos y adversarios, de alguna manera esperan mi ‘veredicto histórico’ sobre Fidel. Es absurdo. Ya escribí lo que tenía que escribir sobre él (4). Fidel es mi amigo y lo será siempre. Hasta la tumba”.

El cielo se había oscurecido y la sala, en pleno mediodía, estaba ahora sumida en la penumbra. La conversación se había vuelto más lenta, más apagada. Gabo meditaba con la mirada perdida y yo me preguntaba: “¿Es posible que no deje ningún testimonio escrito de tantas confidencias compartidas en amistosa complicidad con Fidel? ¿Lo habrá dejado para una publicación póstuma cuando ya ninguno de los dos esté en este mundo?”.

Afuera, una lluvia torrencial se precipitaba desde el cielo con la fuerza de las borrascas tropicales. La música había enmudecido. Un fuerte perfume a orquídeas invadía el salón. Miré para Gabo. Tenía el aspecto agotado de un viejo gatopardo colombiano. Permanecía allí, silencioso y meditativo, mirando fijamente la lluvia inagotable, compañera permanente de todas sus soledades. Me escabullí en silencio. Sin saber que lo veía por última vez.

(1) Gabriel García Márquez, Vivir para contarla, Barcelona, Mondadori, 2003.
(2) Gabriel García Márquez, “Asalto al Palacio”, Alternativa, Bogotá, 1978.
(3) Ignacio Ramonet, Fidel Castro. Biografía a dos voces, Madrid, Debate, 2006.
(4) Gabriel García Márquez, “El Fidel que creo conocer”, prefacio al libro de Gianni Minà,Habla Fidel, México, Edivisión, 1988, y “El Fidel que yo conozco”, Cubadebate, La Habana, 13 de agosto de 2009.

 

El Gabo y el Che, de Emir Sader, y otras notas tomadas del argentino Página 12

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El Gabo y el Che

Por Emir Sader

A Gabo siempre le gustaba reiterar que, como periodista –profesión que él siempre reivindicó–, su más grande frustración era que no podría dar la noticia más importante de su vida. Pero la verdad es que la más importante de su vida no ha sido la dolorosa noticia de 2014, ni tampoco el glorioso Nobel de Literatura de 1982, sino el lanzamiento de Cien años de soledad, en 1967.

En el siglo XX, América latina tuvo un gran protagonismo a escala mundial. Iniciado, políticamente, con la masacre de los mineros chilenos en la Escuela Santa María de Iquique, en 1907 y, tres años más tarde, con la Revolución Mexicana, se anunciaba que sería un siglo de revoluciones y contrarrevoluciones. El marco definitivo de esa trayectoria vendría con la Revolución Cubana de 1959.

Pero 1967 fue un año simbólicamente determinante para la historia del continente y para su proyección mundial. Es el año de la publicación de la obra más importante de nuestra literatura –Cien años de soledad–, pero también porque es el año de la muerte del Che. Una, la más grande opera prima de la literatura latinoamericana, otro, el personaje cuya gesta llevó a que su imagen se transformara en la más reproducida en el mundo.

No hay nadie que haya leído Cien años de soledad y que no se acuerde de las circunstancias –dónde, cuándo, con quién, en qué edición– en las que leyó por primera vez el libro. Como no hay nadie que haya vivido en aquel no tan lejano 1967 que no se acuerde de cuándo, dónde, con quién supo de la noticia dolorosamente verdadera de la muerte del Che.

El discurso del Gabo al recibir el Nobel de Literatura es la más notable reivindicación de América latina. Allí él afirmó que, al igual que se reconoce a nuestro continente su genial creatividad, originalidad y genialidad en las artes, se debe dejar de intentar imponer desde fuera proyectos políticos hacia nosotros, dejándonos que ejerzamos, de la misma manera en los caminos de nuestra historia, la genialidad, la creatividad y la originalidad que se nos reconoce en el arte.

 El irresistible influjo de Don Gabriel

Por Mempo Giardinelli

Bueno, era previsible y se esperaba este desenlace. Murió Don Gabo, faro literario de mi generación, pisciano y supersticioso, seguramente el más extraordinario narrador de la lengua castellana del siglo XX junto con Jorge Luis Borges, aunque en diferente registro.

En un año aciago para la poesía latinoamericana –en enero se nos fue Juan Gelman; en febrero el mexicano José Emilio Pacheco– ahora le tocó al más grande fabulador de Colombia y sus alrededores, o sea el mundo entero.

Su trayectoria es, también, la historia de mi vida y la de muchos, miles de autores que en nuestra América, más conscientemente o menos, fuimos paridos a la literatura bajo su irresistible influjo. García Márquez fue como esas mareas de los grandes ríos que, imperceptibles pero definitivas, van formando islas y deltas. Todos los que escribimos en este continente, y la verdad es que también en otros, somos deudores y tributarios de esa fuerza impactante que tiene cada uno de sus párrafos.

Lo leí por primera vez en mi adolescencia, a fines de los ’60, y creo que un poco casualmente. Yo tenía apenas veinte años, estaba por cumplir la condena del servicio militar y en algún lugar leí que la editorial Sudamericana, de Buenos Aires, y enseguida la revista Primera Plana, definían a Cien años de soledad como la novela magistral, revolucionaria, que en efecto era.

Cuando en el Chaco y una noche de tremendo calor, leí el primer párrafo de esa novela, sentí un impacto único, jamás repetido. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea…” Ahí fue que supe, y para siempre, dos cosas definitivas: que yo era escritor y en eso no había remedio, y que me pasaría la vida queriendo y respetando a García Márquez pero tomando distancia de su imaginación y su prosa, como debe hacerse con los padres.

Cuando terminé la novela la releí de inmediato, y entonces supe lo que todo el mundo: que Don Gabo era de Aracataca pero ya vivía en México, como tantos colombianos, y que la historia de la familia Buendía era tan representativa de América latina como el Obelisco lo es de Buenos Aires o el Cristo Redentor de Río de Janeiro.

Por entonces yo redactaba mi primera novelita, que fue, hoy lo sé, a la vez gesto de amor y despedida de García Márquez y de todo el llamado “boom” de la literatura latinoamericana. Ahora me doy cuenta, también, de que fue entonces que tomé la decisión de plantar algún día ese guayabo que hoy tengo y miro cada mañana en mi casa de Resistencia y que se llama, precisamente, Don Gabo, y en el que todos los veranos vienen a comer sus frutos los pájaros más tenaces y cabrones del Chaco.

Después leí esa joya narrativa que es Relato de un náufrago, y yo también fui Luis Velasco en el medio del mar, y después de compartir su angustia empecé a buscar y a seguir la narrativa maravillosa de este escritor impar al que sin embargo –no lo sabía entonces– jamás estrecharía la mano ni tendría oportunidad de coincidir en persona, aunque muchas otras coincidencias, literarias e ideológicas, lo pondrían en mi camino y enhorabuena.

Mientras el mundo se asombraba porque cada nuevo libro de Don Gabo era una obra maestra, yo los leía como se debe leer a García Márquez: con pasión, con la boca seca, sintiendo como sus personajes y saltando en la silla ante sus imágenes y sus adjetivos abrumadores. El ganaba todos los premios, uno por uno, y yo sentía que en cada caso estaba a su lado: en Francia (1969), en Caracas el Rómulo Gallegos (1972) y diez años después el Nobel. Celebré en silencio y a distancia cada uno de sus merecimientos como se celebran las buenas acciones y las buenas palabras de un padre, y gocé cada noticia de él y su fundación y sus viajes mientras era traducido a todos los idiomas del mundo y sus libros prodigiosos alcanzaban los 30, los 40 o 50 millones de ejemplares.

Fui leyendo todo de él y lo que todo el mundo leía, y fui sucesivamente el entrañable dictador de El otoño del patriarca (mi novela preferida en tanto clase magistral de dominio de la prosa castellana), y fui Eréndira y el Coronel y la Mamá Grande, como fui a la par Florentino Ariza y Fermina Daza, y en cada caso sentí que la literatura era lo mejor que había en la vida porque era lo único que me hacía pasar de la emoción al brinco, de la puteada admirativa al llanto conmovido, de la necesidad de compartir frases al silencio profundo de la meditación solitaria.

Pero nunca nos vimos, y quizás estuvo bien que así fuese. Por eso apenas corresponde evocar ahora una minúscula anécdota: alguna vez escribí un artículo duro, acaso impertinente, acerca de la misoginia en El amor en los tiempos de cólera, que él leyó con indulgencia porque después y ante amigos comunes se refirió a mí con generosidad. En el ’82, durante la guerra de Malvinas, le mandé una notita personal agradeciéndole sus palabras certeras: “Se trata de una guerra justa en manos bastardas”.

No he sabido evitar algunas cuestiones personales en este obituario, pero no hubiera podido expresar de otro modo mi tristeza de lector en estas horas. Aun sabiendo que estaba enfermo y grave, y no tenía más horizonte que la muerte, la noticia de este último viaje de Don Gabo me conmueve ahora, como a millones de sus lectores, en esta tarde gris de otoño en Buenos Aires. Mañana vuelvo al Chaco y seguramente regaré con alguna lágrima el guayabo de mi casa.

 Mi Gabo particular

Por Eric Nepomuceno

Fue en uno de los tres últimos días de julio, o de los tres primeros de agosto de 1978, y fue en La Habana. Yo había llegado en la madrugada del 27 y me quedaría en la isla por unos dos meses para trabajar en un libro sobre la revolución. García Márquez era uno de los huéspedes más luminosos del Riviera, que en la época era el mejor de Cuba, y decidí ir verlo sin previo aviso. Quería conversar sobre la isla. A mis 30 años recién estrenados yo todavía era capaz de esa clase de osadía. Y así nos conocimos. Un año después de aquellos encuentros fugaces en La Habana me mudé de Madrid a la Ciudad de México. Volvimos a encontrarnos y desde entonces fue para siempre. Fueron décadas de desasosiego y de esperanza, de temporales y bonanzas, hasta que cambió el mundo y nosotros dos, no. No en la esencia. No en la memoria y en el afecto.

Recuerdo bien cómo fue la escritura de El amor en los tiempos del cólera, de cómo apuntes sueltos y borradores veloces se transformaron en los Doce cuentos peregrinos, de la cuidadosa arquitectura de El general en su laberinto, de la alegría irrefrenable de cuando terminó Noticia de un secuestro. Recuerdo eso y mucho más: la sensación de alivio y soledad que lo acometía cuando terminaba de escribir, y muy en especial de cuando escribió “El rastro de tu sangre en la nieve”, que sigo creyendo el más bello de los Doce cuentos peregrinos.

Pocas veces he visto a alguien tan desolado. Cuando salía del caserón blanco, de esa dirección improbable –esquina de Fuego con Agua–, le pregunté qué le pasaba. Y Gabo contestó: “Es que he escrito un cuento de un amor muy, muy bello, y muy triste, y me siento vacío de todo”.

En Cartagena de Indias, en el invierno tropical de 1984, Gabo me condujo por los escenarios de El amor en los tiempos del cólera. Me enseñó la ventana donde Fermina Daza, espléndidamente juvenil, hacía que Florentino Ariza se derritiera por sus amores imposibles. Y también el caserón con un enorme árbol de mango en el patio donde se instaló el loro del doctor Juvenal Urbino, que a propósito murió al intentar alcanzar el pájaro travieso en las ramas más altas. Hablaba de ellos como si hablara de los amigos con quienes habíamos cenado la noche anterior.

Llevo por la vida un enorme y formidable baúl de recuerdos. Y cuando pienso en el Gabo, confirmo la certeza de una generosidad sin límites, una solidaridad silenciosa y absoluta, una lealtad sin fronteras. De alguien que en ningún instante de su vida se dejó mover por otra fuerza que la de la amistad y el afecto. Hasta el final mantuvo la misma sonrisa cálida con que me recibió aquella lejana tarde del verano de La Habana y que más tarde me di cuenta de que ocultaba una melancolía de puesta de sol, una insuperable nostalgia de la infancia.

Los últimos años fueron pasados en la casona de San Angel, quieto en su rincón, navegando las mansas aguas de la memoria callada.

Cierto fin de tarde de abril de 2009 oí de él una frase apenas susurrada: “Ya no cuido de nada, no me inquieto por nada, no me preocupo con nada”. Y luego de un silencio fugaz, fulminó: “Y eso es lo que me preocupa”. Y rió aquella risa que distribuía luz pero no opacaba el relámpago de suave melancolía que jamás abandonó sus ojos. Como siempre, sabía con qué preocuparse. Eso fue lo que me dijo. Sabía.

Todos sus libros son libros de la soledad y la nostalgia, y también de la búsqueda angustiada por aquella segunda oportunidad sobre esta tierra, que él reivindicaba para todos los Buendía que sobrevivieron a cien años de soledad. Para todos nosotros. Todo lo que Gabo escribió es revelador de la infinita capacidad de poesía contenida en la vida humana. Supo, como nadie, demostrar que en América latina la realidad es más delirante que la más delirante imaginación.

El eje de lo que escribió es siempre el mismo, alrededor del cual giramos todos: la soledad, la inmensa soledad y la búsqueda desesperada, la esperanza perenne de encontrar algún antídoto contra esa condena.

Recuerdo, en fin, que hace tiempos y tiempos Gabo estaba en Zurich, en la tormentosa calma suiza, cuando lo atrapó una súbita tempestad de nieve. Para protegerse, entró en un bar de fin de tarde. Y alguna vez contó a uno de sus hermanos: “Todo estaba en penumbra. Un hombre tocaba el piano para unas pocas parejas de enamorados. Y entonces entendí lo que quería ser: quise ser aquel hombre que tocaba el piano sin que nadie le viera la cara. Tocaba solo para que los enamorados se amaran más”.

Así Gabo vivió la vida que le fue dada vivir: buscando protegerse en la penumbra mientras ayudaba a la gente para que la gente se quisiese más.

Así pasó sus últimos tiempos: anclado en la memoria de una vida pródiga y prodigiosa, luminosa. Viviendo en la esquina de Agua y Fuego.

Llevaré conmigo para siempre la imagen de su caminar de bailarín caribeño, su sonrisa de fulgores, su entrega a la vida. Su soledad rota apenas por el afecto de los amigos, por un sol llamado Mercedes. Y el Gabo queriendo ser aquel pianista de fondo de bar, el mundo como un

inmenso piano que él tocó de manera incesante, para que los enamorados se amaran más.

Ese es el vacío que llevaré para siempre. Un vacío infinito, del tamaño de mi dolor.

 Un habilitador de las letras

Por José Pablo Feinmann

Un acontecimiento poderoso para Sudamérica y el interés que despertó en Europa dieron surgimiento a la carrera de Gabriel García Márquez. Se trata de la llamada Revolución Cubana, que fue un gran disparador para las letras. Surgió de ahí, según se sabe, el llamado boom de la literatura de este continente. Si la Revolución existía y existía en ese lejano continente, ¿cuáles eran sus frutos literarios? El que mejor recogió ese llamado (que jamás se volvió a formular: jamás Sudamérica volvió a interesar literariamente a nadie) fue García Márquez. Porque les entregaba a los europeos eso que los europeos buscaban de la inteligencia sudamericana. Que no era la inteligencia sino la fábula, lo fantástico, lo diferente de la razón, la tierra, el calor, el fuego, y hasta lo irracional. En una palabra, la magia. De aquí el surgimiento vigoroso del realismo mágico.

En ese entonces (como siempre había sido, como ahora ha iniciado una larga etapa de decadencia), la cultura europea, siguiendo un viejo concepto de Adam Smith en economía, pensaba que no era conveniente fabricar en casa lo que se podía conseguir mejor y más barato afuera. Además, siempre los conceptos de civilización y barbarie han regido las relaciones de los europeos con los sudamericanos en las cuestiones relativas al pensar. No han tenido en esto matices: la razón les pertenece. Se piensa en Europa. Europa está naturalmente ligada al Mediterráneo. En los territorios adyacentes o subalternos puede haber, a lo sumo, poesía. De aquí que un libro como Cien años de soledad se adaptara tan bien a este inconmovible sistema de pensamiento. Nosotros poseemos el logos. Como dice Heidegger en su Discurso del Rectorado: “El pasado pasa por encima de nosotros. El futuro aún es”. Algo que significa: lo helénico vive en nosotros y tenemos el deber de seguirlo, porque aún nos señala el camino a seguir. Alemania se siente en el centro del logos. Pero Sudamérica está en la ajenidad del logos. El realismo mágico viene a cerrar el círculo perfecto que Europa quiere de Sudamérica. Una revolución con barbudos apasionados y pintorescos y un gran escritor que –al son de ese pathos de la historia– escribe novelas mágicas, en que todo pasa, pero proviene de zonas oscuras a la razón, de zonas ajenas al pensar, de lo esotérico, de las sabidurías ancestrales, con esos brujos que siempre seducen porque tienen mucho de impenetrables y de mamarrachos, esas zonas arrasadas por el calor, el calor que es hermano de la pobreza y enemigo del frío y de la razón que surge a su amparo. ¿O no escribió Descartes el Discurso del Método en Holanda y al calor de una estufa? ¿Podría haberlo escrito en Colombia con calor, mosquitos y animales raros que vuelan por ahí? Nada puede crear la razón en los ámbitos de la barbarie.

Así, el realismo mágico es fruto de esa creación de la filosofía europea y hasta de sus agencias literarias. La de García Márquez habrá de ser la que lo llevará de la mano al éxito y a la gloria, Carmen Balcells. Entre tanto, Gabo escribe o ha escrito –antes del Nobel– textos de enorme valor como El coronel no tiene quien le escriba, donde la palabra “Mierda” adquiere un valor estético, literario, que nunca ha tenido ni tendrá.

El coronel necesitó setenta y cinco años –los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto– para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

–Mierda.

Responde, así, a la pregunta de su esposa; esa pregunta es: qué comeremos durante los próximos cuarenta y cinco días hasta la riña de gallos.

Hay algo más, y es esencial en la conducta de todo hombre y de un escritor especialmente, que como lo querían Sartre y Walsh, y ya nos podemos ir sumando algunos veteranos de por aquí nomás, debe dar testimonio de los momentos difíciles que atraviesa el territorio en que nació y escribió. Gabo nunca se traicionó, nunca se hizo otro. Nunca dejó de ser Gabo. Si alguien lo dejó en algún lugar en 1960, ahí lo va a encontrar en su muerte. Y no porque la vida sea una estaca inmodificable sino porque se puede cambiar, pero dentro de una permanencia. Pocos como Gabo para mantenerla. Aquí, entre nosotros, durante nuestra tiranía, Borges cruzó a Chile a darle la mano a Pinochet. Y le dijo: “Agradezco a Chile haberle enseñado a mi país cómo se lucha contra el comunismo”. Y luego, en un macabro elogio de la represión, afirmó: “Prefiero la blanca espada a la furtiva dinamita”. Frase que le hizo perder su anhelado Nobel por completo, pues resulta que el señor Nobel es el que inventó la dinamita.

Contrariamente, García Márquez, desde la orilla de los derechos humanos, se interesó (o más que eso) por la suerte de los perseguidos y martirizados de toda suerte en la Argentina. Acaso sobre todo Haroldo Conti. Siempre le llegaban noticias sobre él. Y cada noticia era mala, peor que la anterior, pero aún dejaba una esperanza. El título que le puso a la de su muerte es uno de los más grandes de la historia del periodismo: La última mala noticia sobre Haroldo Conti. Hay que ser un gran escritor para escribir un texto semejante.

 EL ESCRITOR, EL CINE Y LAS ADAPTACIONES DE SU OBRA

Historia de amores difíciles

García Márquez fue un cinéfilo de toda la vida, guionista original bajo seudónimo y crítico. Pero el destino de sus personajes en la pantalla fue por lo menos desparejo.

Por Emanuel Respighi

Ni su poética narrativa ni sus alegorías soñadas impidieron que buena parte de las obras de Gabo fueran trasladadas al cine e, incluso, a la televisión. La experiencia alrededor del traspaso de su literatura al mundo audiovisual no fue, hay que decirlo, satisfactoria. Mucho menos enriquecedora. En el caso de las obras de Gabriel García Márquez se hace carne aquella idea instalada en el mundo audiovisual acerca de que las grandes obras literarias son muy complejas de traspasar, que siempre es preferible ponerle sonido e imagen a relatos de calidad y popularidad menores. En la comparación, casi siempre sale ganando el plus imaginario que la obra literaria estimula en los lectores. Ni Crónica de una muerte anunciada (1987) ni El amor en los tiempos del cólera (2006) ni Del amor y otros demonios (2009) ni Memoria de mis putas tristes (2012) están, ni por asomo, a la altura de sus textos. Tampoco lo está El coronel no tiene quien le escriba (1999), aun cuando en la evaluación general el film de Arturo Ripstein quedó marcada en la retina de muchos con una impresión más benévola.

La primera obra de García Márquez que se llevó al cine fue Crónica de una muerte anunciada, dirigida en 1987 por Francesco Rossi y con las actuaciones de Rupert Everett, Ornella Muti, Irene Papas y Lucía Bosé. En 1999 se estrenó la adaptación cinematográfica de El coronel no tiene quien le escriba, en la que Ripstein dirigió a un elenco que contó con el protagónico de Marisa Paredes, Salma Hayek y Rafael Inclán. Siete años más tarde, otra de sus novelas, El amor en tiempos del cólera, fue llevada al cine. Pese a que se había negado en reiteradas oportunidades, finalmente Gabo cedió y le otorgó los derechos al británico Mike Newell. Rodada en Cartagena de Indias, El amor… fue protagonizada por Javier Bardem, Giovanna Mezzogiorno y John Leguizamon. La bella fotografía no pudo, sin embargo, “salvar” a la adaptación de la crítica. Nunca le fue fácil al cine contar la enorme cantidad de coloridos personajes que forman parte de la mayoría de las novelas del Premio Nobel.

En 2010, en el marco del Festival de Cine de Cartagena de Indias, se estrenó Del amor y otros demonios, una coproducción colombiana-costarricense dirigida por Hilda Hildalgo. Hace un par de años, y tras una serie de postergaciones, finalmente una versión mexicana y filmada en la clandestinidad de Memoria de mis putas tristes fue adaptada al cine, aunque ni siquiera contó con un estreno comercial. La pantalla chica también se le animó a la literatura de Gabo, con la producción en 1977 de parte de R.T.I. Televisión de Colombia de una serie televisiva basada en La mala hora.

La relación de García Márquez con el cine trasciende el interés de otros por llevar a la pantalla grande su obra literaria. Desde temprana edad el colombiano tuvo inquietud por el cine, al punto que a los 30 años ya había rodado La langosta azul (1954), un cortometraje surrealista en el que participó junto a una serie de artistas. Interesado en el séptimo arte, el joven García Márquez estudió cine en el Centro Spermientale Di Cinematografia de Roma, donde compartió clases con Fernando Birri y el cubano Julio García Espinosa, que posteriormente sentaran las bases de la llamada Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano. De aquellos años el colombiano siempre rescató las horas de trabajo e intercambio con el guionista Césare Zavattini, uno de los máximos representantes del neorrealismo italiano, autor de memorables films del movimiento como Ladrón de bicicleta o Milagro en Milán.

Su interés por la pantalla grande llevó a Gabo a desarrollar una intensa carrera como guionista cinematográfico, durante las décadas del ’60 y el ’70. Como otros intelectuales de la época, fue vox populi que el ya consagrado autor de Cien años de soledad escribió varias películas mexicanas amparándose en distintos seudónimos. Recién fue en El gallo de oro (1964), el film dirigido por Roberto Gavaldón, donde García Márquez tomó fuerzas para poner nombre real, como adaptador junto al mexicano Carlos Fuentes del cuento homónimo de Juan Rulfo. Dos años más tarde, el mexicano Arturo Ripstein llevó a la pantalla grande Tiempo de morir (1966), un western cuyo guión fue escrito íntegramente por el colombiano. Entre novela y novela, Gabo participó directamente en los guiones de En este pueblo no hay ladrones (1965); Juego peligroso (1966), de Luis Alcoriza y Arturo Ripstein; Patsy, mi amor (1968), de Manuel Michel; Presagio (1974), de Luis Alcoriza; La viuda de Montiel (1979), de Miguel Littín; María de mi corazón (1979), de Jaime Humberto Hermosillo, y Eréndira (1983), de Ruy Guerra, entre otras películas.

Si bien paulatinamente se alejó de la escritura de guiones, para dedicarse de lleno a la literatura y las crónicas, García Márquez siguió ligado al cine, aunque más no sea desde el rol de aficionado y de gestor. Su amor por las películas y por Cuba, donde entabló una estrecha relación con Fidel Castro que continuó hasta su muerte, lo llevó a que en 1986 fundara –junto a Birri y García Espinosa– la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba. Al apoyo financiero y técnico a jóvenes provenientes de América latina, el Caribe, Asia y Africa, Gabo le sumó el dictado en primera persona y durante años del taller Cómo se cuenta un cuento, desde donde brindó herramientas metodológicas para el armado de un guión cinematográfico.

 García Márquez, Barral, Porrúa y Goytisolo

Por Pacho O’Donnell

A pesar de las elegantes desmentidas de sus protagonistas, puede darse por confirmado que Carlos Barral rechazó el manuscrito de Cien años de soledad que García Márquez enviase en primera instancia a la editorial Seix Barral. En realidad, lo que habría sucedido era el verano europeo y Barral, con costumbre de jet-set, no se dio tiempo a ocuparse del envío y se fue de largas vacaciones. Al no recibir respuesta el colombiano consideró que se trataba de un rechazo y el texto mecanografiado fue a parar a la entonces argentina Editorial Sudamericana, cuyo director Francisco Porrúa decidió su inmediata publicación con sólo haber leído la primera línea, según declaró. El asunto no terminó ahí porque en 1968 se produjo el rechazo por parte de Barral para el Premio Biblioteca Breve de la novela de Juan Goytisolo Reivindicación del Conde don Julián, según el enojado escritor catalán por temor a malquistarse con la censura franquista. También denunció, en una polémica que duró años, el rechazo de otras consagradas obras literarias como De donde son los cantantes, de Severo Sarduy, y La traición de Rita Hayworth, de nuestro Manuel Puig.

CONMOCION Y EMOTIVIDAD POR LA MUERTE DEL ESCRITOR GABRIEL GARCIA MARQUEZ

El escritor en su laberinto

Por pedido de la familia, sólo habrá una ceremonia el lunes en el Palacio de las Artes de Ciudad de México. Su cuerpo ya fue cremado y Aracataca, su pueblo natal en Colombia, pidió que descansaran en su casa-museo

Por Silvina Friera

El largo adiós ha comenzado; es el momento del duelo. La muerte de Gabo, el narrador y periodista que cautivó a varias generaciones con su prosa de ritmo hipnótico hilvanada para preservar la oralidad, es el fin de un mundo. Quizá sea el epílogo del “boom latinoamericano”, del escritor que supo conquistar millones de lectores y una popularidad en el territorio de la literatura, que cuesta imaginar que se podrá alcanzar en un futuro no tan lejano. Tenía que suceder lo que está sucediendo: América latina y el mundo se despiden del autor de Cien años de soledad, evocando fragmentos de sus obras, leyendo a viva voz en la puerta de su casa mexicana o en la funeraria donde han trasladado sus restos, que fueron cremados ayer en una ceremonia privada. Cada quien, a su manera, elige cómo agradecer y despedirse. Gabriel García Márquez murió el Jueves Santo, en México, a los 87 años. No habrá honras fúnebres por pedido de su familia. El próximo lunes se realizará un homenaje en el Palacio de Bellas Artes, en el Distrito Federal, para recordar su legado. Las autoridades de Aracataca, su pueblo natal en Colombia, pidieron que las cenizas del Premio Nobel de Literatura sean llevadas al museo levantado en la casa de sus abuelos maternos, donde pasó los primeros años de su vida.

“El mundo y en particular los pueblos de Nuestra América hemos perdido físicamente a un intelectual y escritor paradigmático. Los cubanos, a un gran amigo, entrañable y solidario”, escribió el presidente cubano Raúl Castro a Mercedes Barcha, la viuda de Gabo. En la escueta misiva, el hermano del líder de la Revolución Cubana destacó que “la obra de hombres como García Márquez es inmortal”. Los medios cubanos publicaron sendos artículos que el escritor y Fidel Castro se dedicaron mutuamente en 2008 y 2009. “Nuestra amistad fue fruto de una relación cultivada durante muchos años en que el número de conversaciones, siempre para mí amenas, sumaron centenares”, comentó Fidel Castro en 2008. Por su parte, el narrador colombiano ensalzó a Castro al afirmar que el líder revolucionario cubano es un hombre “incapaz de concebir ninguna idea que no sea descomunal”. Casa de las Américas, institución cultural dirigida por el poeta cubano Roberto Fernández Retamar, se despidió del autor de La hojarasca a través de un comunicado: “Cuando a finales de 1936 falleció Miguel de Unamuno, Jorge Luis Borges dijo que el primer escritor de nuestro idioma acababa de morir. Hoy, ante la desaparición de Gabriel García Márquez, debe repetirse la sentencia. Sólo que García Márquez era, además (y es), uno de los mayores escritores en la historia de la literatura”, se lee en el primer párrafo. “Los cubanos admiramos en Gabo, junto a su genio literario, su constante defensa de la Revolución Cubana y su amistad fraternal con Fidel. En el ejercicio de aquella defensa, Gabo prestó grandes servicios, dando muestras de valor y desinterés. En general se identificó con causas nobles a lo largo de su vida. Esa vida acaba de ser interrumpida, pero de él puede decirse lo que Auden escribió a la muerte del gran poeta Yeats: ‘Se convirtió en sus admiradores’. Los numerosísimos y crecientes admiradores de Gabriel García Márquez no lo dejarán morir”, concluye el comunicado de Casa de las Américas.

El presidente francés François Hollande lamentó la muerte de García Márquez, del que dijo que es “un gigante de la escritura que dio brillo mundial al imaginario de todo un continente”. “Maestro del realismo mágico, recreó en sus novelas barrocas y poéticas una América latina soñada y dio a la literatura hispánica una de sus mayores obras maestras, Cien años de soledad”, señaló Hollande. El presidente francés planteó que el genio de Gabo alcanzó un “impacto universal” gracias al Nobel de Literatura que obtuvo en 1982. “Sus artículos de periodista comprometido y su infatigable combate contra el imperialismo le convirtieron en uno de los intelectuales sudamericanos más influyentes de nuestro tiempo”, agregó el mandatario francés. Aurélie Filippetti, ministra de Cultura de Francia, expresó su “viva emoción” por la muerte de un “inmenso escritor” al que consideró “patrimonio de la humanidad entera”. Las novelas del narrador colombiano, “tan brillantes como melancólicas, contienen una dimensión universal, una poesía incomparable y una gran lección de humanismo”, celebró Filippetti en un comunicado en el que destacó que el autor de Relato de un náufrago “es considerado como el escritor en español más importante desde Cervantes”, y que su obra “fue leída y traducida en el mundo entero”.

Aún no se sabe el destino final de los restos de Gabo. Primero decretó cinco días de duelo por la pérdida del “ilustre hijo” de Aracataca, pueblo ubicado en el departamento de Magdalena, en el norte del país, donde el escritor colombiano nació un 6 de marzo de 1927. Tufith Hatum, alcalde de Aracataca, manifestó su deseo de que las cenizas del autor de El coronel no tiene quien le escriba reposen en la Casa Museo –donde nació y vivió hasta los ocho años–, que abrió sus puertas en marzo de 2010. “Le hacemos esta petición con todo respeto a los familiares de Gabriel García Márquez y al gobierno nacional para ver si esas cenizas pueden reposar acá, en la Casa Museo”, precisó el alcalde cataquero (gentilicio de los nacidos en Aracataca). Además anunció que el próximo lunes los cataqueros realizarán un sepelio simbólico a la misma hora del que se llevará a cabo en México. En un mural de ese pueblo del Caribe colombiano hay una frase del escritor: “Me siento latinoamericano de cualquier país, pero sin renunciar nunca a la nostalgia de mi tierra: Aracataca, a la cual regresé un día y descubrí que entre la realidad y la nostalgia estaba la materia prima de mi obra”.

Gabo visitó por última vez Aracataca el 30 de mayo de 2007, luego de 24 años de ausencia. El escritor llegó en un tren que partió de la ciudad de Santa Marta para inaugurar lo que las autoridades locales denominaron la “Ruta de Macondo”. Cuando la singular locomotora –que fue pintada con llamativas mariposas amarillas, uno de los elementos literarios que García Márquez usó en su obra cumbre– llegó a la tradicional estación de Aracataca, una multitud recibió al autor de Crónica de una muerte anunciada y sus acompañantes con gritos de alegría y con una pancarta en la que se leía: “Bienvenido al mundo mágico de Macondo”. Sin embargo, a pesar del pedido del alcalde, los cataqueros se mostraron un tanto indiferentes ante la muerte del célebre escritor. En diálogo telefónico con la agencia AP, Plinio Apuleyo Mendoza, amigo de Gabo, recordó que el escritor visitó muy poco el pueblo. “Realmente no estuvo vinculado después a Aracataca, entonces la gente se siente un poco distante de él”, aseguró Mendoza.

La escritora mexicana Angeles Mastretta auguró que dentro de mil años “habrá quienes estén leyendo” a García Márquez. “Yo ahora estoy penando al Gabo, a su sonrisa en vilo, a sus brazos, a sus dedos largos. Me cuesta trabajo penar al escritor, entre otras cosas porque se da el gran lugar común de todos estos días: el escritor se queda en sus libros”, advirtió la ganadora del Premio Rómulo Gallegos en 1997, premio que el escritor colombiano obtuvo en 1972. A pesar del cliché, Mastretta reconoció que “se queda en sus libros y se va a quedar no ahora, no para nosotros, porque dentro de 500 años y dentro de mil, si existimos, habrá quienes estén leyendo al Gabo”. “No sé quién gobernaba el mundo cuando Cervantes escribió el Quijote, y nadie se va a acordar de quién gobernaba América cuando el Gabo escribió estas cosas clarísimas y convirtió este continente nuestro en la cosa esencial que es en sus libros, pero la gente sí va a saber quién era el escritor y qué cosas dijo.” Sobre lo que significó para su propio trabajo la obra de García Márquez, la autora de Mal de amores explicó que “hay que escribir leyendo al Gabo para no copiarle”. La escritora mexicana añadió: “Como él se hizo de una voz en la que nos cuenta tan bien, hay tantas cosas que nos pasan que él dijo tan bien dichas, que hay que leerlo para no repetirlo. O para repetirlo de distinto modo”. Además de su legado literario, Mastretta subrayó que uno de los recuerdos más entrañables que ella tiene es que nunca lo escuchó hablar mal de nadie. “Sí lo oí una vez regañarnos porque estábamos criticando, como uno suele hacer, no sé ni a quién. Y de repente dijo: ‘Basta, tanta gente tan bonita a la que le va tan bien hablando mal de otros. No lo puedo soportar’. ¡Qué ejemplo!”, sentenció.

Frases célebres del Gabo

portada_69Literatura:

  • “Los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía, donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.” (Discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, Estocolmo, 1982).
  • “Yo comencé a ser escritor de la misma forma en que me subí a este estrado: a la fuerza”. (“Yo no vengo a decir un discurso”, 2010).
  • “Escribo para que quieran más. Creo que es una de las aspiraciones fundamentales del escritor” (Revista “Siesta”, España, 1977).
  • “La música me ha gustado más que la literatura”. (“Juventud rebelde”, La Habana, 1988).
  • “Una vez que hago en mis novelas la última lectura ya no me interesan, el libro es como un león muerto”. (Diario 16, Madrid, 1989).
  • “Si uno no crea, es cuando le llega la muerte”. “Cuando no escribo, me muero; y cuando lo hago, también”. (Entrevista con Efe, Sevilla, 1994).
  • “El gran reto de la novela es que te la creas línea por línea, pero lo que descubre uno es que ya en América Latina, la literatura, la ficción, la novela, es más fácil de hacer creer que la realidad” (La vida según…”, TVE, 1995).
  • “La primera condición del realismo mágico, como su nombre lo indica, es que sea un hecho rigurosamente cierto que, sin embargo, parece fantástico”. (“Reforma”, México, 2000).
  • “Como escritor me interesa el poder, porque resume toda la grandeza y miseria del ser humano” (Magazine-La Vanguardia, Barcelona, 2006).

Ortografía:

  • “Hay que jubilar la ortografía, terror del ser humano desde la cuna”. Discurso de inauguración del I Congreso Internacional de la Lengua Española, Zacatecas (México), 1997).

Premios:

  • “Todos los premios son muy interesantes pero si ya tuve el premio que se considera máximo en Literatura, es mejor dejar los otros galardones para los que vienen detrás o delante”. (Declaraciones realizadas en Oviedo en 1994 por la polémica generada tras decir que no quería recibir el premio Cervantes, al que fue candidato).

Medios de comunicación:

  • “Si los intelectuales no despreciaran tanto la televisión, ésta no sería tan mala”. (“Juventud Rebelde”, La Habana, 1988).
  • El periodismo es el oficio que le interesa “más en el mundo” y lo considera “como un género literario”. (“El espectador”, Colombia, 1991)
  • “La crónica es la novela de la realidad”. (“El espectador”, Colombia, 1991)
  • “La calidad de la noticia se ha perdido por culpa de la competencia, la rapidez y la magnificación de la primicia”.”A veces se olvida que la mejor noticia no es la que se da primero, sino la que se da mejor”. (Semanario “Radar”, Argentina, 1997)
  • “En periodismo no se permiten los términos vagos o simples intentos. Hay que saber las palabras y los conceptos precisos”. (“El Colombiano”, Colombia, 1995)

Cine:

  • “Mis relaciones con el cine son las de un matrimonio mal avenido, que no pueden vivir juntos ni separados”. (El País, Madrid, 1987)
  • “No cabe ninguna duda acerca de que ya existe un cine latinoamericano, pero nosotros mismos no le hacemos caso. Hacemos las películas, pero no tenemos ni la distribución ni la exhibición, que son los dos elementos más importantes”. (“El Tiempo”, Colombia, 1991)

Fidel Castro:

  • “Es el hombre más tierno que he conocido. Y es también el crítico más duro de la revolución y un autocrítico implacable” (Diario Pueblo, España, 1977)
  • “Todos saben de mi amistad personal con Fidel Castro y que yo apoyo a la revolución cubana”. (Entrevista de radio. Hungría, 1992)

Política:

  • “Ningún dirigente político, ningún jefe de Estado oye absolutamente a nadie. De manera que tener influencia en un jefe de Estado es lo más difícil que hay en este mundo, y finalmente ellos terminan teniendo mucha influencia sobre uno”. (“Juventud Rebelde”, Cuba, 1988)
  • “El siglo XX se ha perdido por dos dogmas contrapuestos e igualmente extremos: el socialismo y el capitalismo. El dogma de la propiedad estatal contra el de la libre empresa”. (“La Repubblica”, Italia, 1992)

Colombia y América Latina:

  • “El problema del narcotráfico es el problema de las drogas y que este problema se le está escapando, no solo a Colombia. Se le está escapando al mundo de las manos”. (Declaraciones tras mantener una reunión con el entonces presidente de EE.UU., Bll Clinton, en la Casa Blanca en 1997)
  • “Para mí, lo fundamental es el ideal de Bolívar: la unidad de América Latina. Es la única causa por la que estaría dispuesto a morir”. (Semanario ”Newsweek”, EEUU, 1996)
  • “Llevo conspirando por la paz en Colombia casi desde que nací” (“El País”, La Habana, 2005)
  • “¡Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes?”. (“Yo no vengo a decir un discurso”, 2010)

Familia:

  • Sobre su esposa afirmó: “Yo pude escribir todas mis obras gracias a que Mercedes se hizo cargo de los asuntos de la vida diaria como mantener la casa y pagar las cuentas cuando no teníamos con qué hacerlo, y también cuando tuvimos mucho. Cuando me meto a algunos de esos asuntos ella me dice: ”No fastidies; lo único que tú sabes y debes hacer es escribir.” (Diario ”Haaretz”, Israel, 1996)

Personal:

  • “Mi percepción de la mujer es mágica”. (Diario “Haaretz”, Israel, 1996).
  • “La paz es como la felicidad. Se dispone solamente a plazos y se sabe lo que se tenía después de que se ha perdido”. (Diario “Die Welt”, Alemania, 1988).
  • “La fama estuvo a punto de desbaratarme la vida, porque perturba tanto el sentido de la realidad como el poder” (Magazine La Vanguardia, Barcelona, 2006).

Obras

Vea la cronología completa de las obras que escribió:

1955.- “La hojarasca”
1961.- “El coronel no tiene quien le escriba”
1962.- “La mala hora”
1962.- “Los funerales de la Mamá Grande”
1967.- “Cien años de soledad”
1968.- “Isabel viendo llover en Macondo”
1968.- “La novela en América Latina: Diálogo” (junto a M. Vargas Llosa)
1970.- “Relato de un náufrago”
1972.- “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada”
1972.- “Ojos de perro azul”
1972.- “El negro que hizo esperar a los ángeles”
1973.- “Cuando era feliz e indocumentado”
1974.- “Chile, el golpe y los gringos”
1975.- “El otoño del patriarca”
1975.- “Todos los cuentos de Gabriel García Márquez: 1947-1972”
1976.- “Crónicas y reportajes”
1977.- “Operación Carlota”
1978.- “Periodismo militante”
1978.- “De viaje por los países socialistas”
1978.- “La tigra”
1981.- “Crónica de una muerte anunciada”
1981.- “Obra periodística”
1981.- “El verano feliz de la señora Forbes”
1981.- “El rastro de tu sangre en la nieve”
1982.- “El secuestro: Guión cinematográfico”
1982.- “Viva Sandino”
1985.- “El amor en los tiempos del cólera”
1986.- “La aventura de Miguel Littín, clandestino en Chile”
1987.- “Diatriba de amor contra un hombre sentado: monólogo en un acto”
1989.- “El general en su laberinto”
1990.- “Notas de prensa, 1961-1984”
1992.- “Doce cuentos peregrinos”
1994.- “Del amor y otros demonios”
1995.- “Cómo se cuenta un cuento”
1995.- “Me alquilo para soñar”
1996.- “Noticia de un secuestro”
1996.- “Por un país al alcance de los niños”
1998.- “La bendita manía de contar”
1999.- “Por la libre: obra periodística (1974-1995)”
2002.- “Vivir para contarla”
2004.- “Memoria de mis putas tristes”
2010.- “Yo no vengo a decir un discurso”

 

García Márquez, el genio del país de la guerra sin fin

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 La primera vez que leí a Gabriel García Márquez (1927-2014) fue frente a las pruebas de galera de “Relato de un náufrago” que Editorial Sudamericana se aprestaba a reeditar en Argentina.

Estaba en los talleres de Sudamericana, en el barrio porteño de San Telmo, donde tanto me tocaba corregir una novelita gótica como un clásico de la literatura o una obra de la poeta Alejandra Pizarnik, así de variado era el menú.

Yo tenía 17 años y quedé fascinada por ese relato breve, un reportaje periodístico que García Márquez había publicado en varias entregas en El Espectador de Bogotá, en 1955, y que en 1970 fue llevado al libro.

El nombre completo era “Relato de un náufrago que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre”.

Detrás de la peripecia personal del sobreviviente, en primera persona, García Márquez denunciaba que el naufragio del marino y de otros siete compañeros que murieron, se debió al excesivo contrabando que llevaba el buque destructor “Caldas”, de la armada colombiana.

El país estaba por entonces bajo una dictadura militar, así que la denuncia terminó con la clausura del periódico y el primero de los varios exilios del periodista. El último fue en 1997. García Márquez nunca volvió a vivir en Colombia.

De allí, por supuesto, salté a “Cien años de soledad”, la obra maestra que la misma Editorial Sudamericana le publicó en 1967 y que iba a revolucionar la literatura en español y a influir en la imagen y la configuración cultural que el resto del mundo tendría de América Latina.

Los latinoamericanos caímos rendidos de amor, y de espanto, por la Colombia que García Márquez describió en esa y otras grandes ficciones.

La crueldad de sus guerras, la soledad de sus héroes, las patéticas volteretas de sus políticos y militares, la eternidad de sus dictadores, la ominosa presencia extranjera, el abandono de sus pueblitos rurales, todo tenía el realismo de lo sentido en carne propia y, siendo único, se parecía también a lo que pasaba en tantos rincones de la región.

Pero en la voz de García Márquez adquiría otra dimensión, onírica, exuberante y humorística, que nos transportaba como lectores y nos permitía reflexionar sobre nuestros males hasta con cierta alegría.

Como otros grandes escritores, García Márquez construyó un universo propio, hecho de lugares reales e inventados, de personajes inverosímiles, y de linajes y genealogías.

Sus nombres, como Macondo o Aureliano Buendía, ya forman parte de la memoria colectiva de América Latina, tal como pasó siglos antes con El Quijote.

Devoré todos sus cuentos y novelas, desde “La Hojarasca” (1955), hasta la epigonal “Memoria de mis putas tristes” (2004), pasando por las formidables y muy distintas “El otoño del patriarca” (1975) y “El amor en los tiempos del cólera” (1985).

Cuando corregía las pruebas de “Relato de un náufrago” yo todavía no sabía que iba a ser periodista.

Muchos años después, en 2007, viajé a Colombia como tal y tuve oportunidad de conocer la tierra que había vislumbrado a través de los libros de García Márquez, que en 1982 recibió el premio Nobel de Literatura.

Pude ver que la guerra continuaba, impertérrita, cambiando de protagonistas y de centros neurálgicos, pero con igual reguero de sangre y la misma constante del despojo y del abandono.

Desde 2012, las autoridades de Colombia y la principal guerrilla izquierdista de ese país están discutiendo en La Habana cómo poner fin al último medio siglo de guerra.

García Márquez, muerto de cáncer este jueves 17 en México, no llegó a ver a su país en paz. Ojalá los colombianos no tengan que esperar otros 50 años.

Adiós a Gabo, el hechicero del cuento / Cinco horas con Gabo / Las palabras de Gabriel García Márquez / Cinco libros para (re)descubrir a García Márquez

gabriel-garcia-marquez-6Gabriel García Márquez ha fallecido a los 87 años en su domicilio de México DF

Tomados de El Diario, de España

El periodista y Premio Nobel de Literatura es el máximo representante del realismo mágico con obras como Cien años de Soledad y El amor en los tiempos del cólera

Por Mónica Zas González

Gabo era periodista por vocación y cuentista por pasión pues, como él decía, no tenía inclinación hacia el éxito literario de la forma que lo tenía para el mejor oficio del mundo. Y como amigo y maestro de profesionales se despide, 87 años después de que su Aracataca natal lo formase como el escritor más famoso de las letras en castellano. Sin embargo, definía el periodismo como un género literario y con esos dos elementos concomitantes se desenvolvió durante toda su vida. 

Sus dos perfiles fueron reflejados en dos antologías que quedarán para la historia. Gabo periodista, como adalid de la justicia a través de su pluma, y Gabo. Cartas y recuerdos, una radiografía que narra las aventuras que inspiraron su realismo mágico. Desde la publicación de su primera novela en 1955, La Hojarasca, Gabriel García Márquez recorrió dos caminos paralelos: el de la lucha que alimentaba sus reportajes y el de las hieles de la fama. 

Él escribía para atrapar a sus lectores, porque “la literatura es un acto hipnótico”, pero tanto fue así que terminó convirtiéndose en un martirio. Tal y como refleja su hermano Eligio en Tras las claves del Melquíades, solo quería dedicarse a las canciones de los Rolling Stones, a la revolución cubana y a sus cuatro amigos de siempre. “Lo peor que me pudo suceder en un continente que no está acostumbrado a tener escritores de éxito, es publicar una novela que se venda como salchichas”, decía Gabo sobre su obra maestra Cien años de soledad. Y esa soledad fue la que le llevó a refugiarse en un México que hoy llora su pérdida. 

Columnas por la ruta de Faulkner

Muchos le describían como el alquimista de las palabras, técnica heredada de dos grandes maestros de la literatura estadounidense, Hemingway y Faulkner.  Su inherente estilo hacía referencia a su tierra, a la nostalgia y a la frustración que le sugería; pero también expresaba esa coherencia intelectual que le caracterizaba. Y no encontró mejor cantera de inspiración que su familia y el pueblecito colombiano en el que se crió junto a sus abuelos maternos. Aunque también bebía de sus experiencias como reportero en El espectador, El Universal o El Heraldo de Barranquilla.

Cualquier elemento era susceptible de ser el germen de una columna periodística, desde el  acordeón y el helicóptero, hasta la astrología y los loros. Y esa fe ciega que depositaron los lectores en sus labores de plumilla, le costó conseguirla un poco más por parte de los editores. Pero gracias al valor que siempre le dio a la amistad y a la lealtad, logró hacerse un hueco entre las personalidades más influyentes del sector. En el Grupo de Barranquilla se codeó con literatos de la talla de Álvaro Cepeda y Ramón Vinges, pero lo realmente determinante fueron sus idas y venidas por la geografía mundial.

Relato de un naufrago es el fruto de una historia de vida o muerte en alta mar que conmocionó al público. Las geniales  El coronel no tiene a quien le escriba y La mala hora, se gestaron en una sugerente bohardilla del Barrio Latino de París. En el sur de los Estados Unidos, que William Faulkner retrató en sus dramas, dio rienda suelta a los guiones. Los dramas dictatoriales que después se reflejarían en novelas como El Otoño del patriarca, surgieron a raíz de su paso por Barcelona y su fuerte oposición al régimen franquista. Rincones del globo que alimentaban su imaginación al tiempo que reclutaban adeptos internacionales. Reconocimiento que, sin embargo, le causaba más rechazo que complacencia porque lo consideraba “una mentira”.

De la amistad y otros demonios

Pese a su repudio por los galardones, a los 54 años se convirtió en el escritor laureado más joven desde Albert Camus. Las entregas de premios con su nombre se sucedían, como también lo hacían sus rechazos. El que sí recogió fue el Nobel de Literatura en 1982, donde pronunció un discurso que ha servido de biblioteca a lo largo de las décadas. “La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos”, dijo llevando a la lírica y a América Latina sobre el atril de la Academia Sueca.

Todos los aspectos de su vida parecían recién salidos de un guión de cine y precisamente ese género fue la espina clavada en su trayectoria. Pese a que en Bogotá logró convertirse en el primer columnista de cine colombiano, no lograría ver un guión suyo sobre la gran pantalla hasta 1996 – Noticia de un secuestro-.  Por su faceta de trotamundos, se vio implicado en varios conflictos políticos. Destaca su apoyo a los revolucionarios sandinistas en Nicaragua y al reintegro del Canal de Panamá.

Pero, sin duda, la relación más controvertida fue la que mantuvo con el ex presidente de Cuba, Fidel Castro. Su amistad surgió en la llamada ‘Operación Verdad’, cuando el líder de la revolución cubana convocó a varios estandartes de la prensa internacional para limpiar su imagen. Allí estaba Gabo, quien respetó hasta sus últimos días una fidelidad que le llevó al exilio.

Biografías británicas

En los últimos años de su vida, sus proyectos editoriales se han publicado a cuentagotas. El amor en los tiempos del cólera, Doce cuentos peregrinos, Diatriba de amor contra un hombre sentado y Del amor y otros demonios. Tras atravesar un cáncer en el sistema linfático cerraba esta extensa etapa en 2004, con ecos de Kabawata, en su última  Memoria de mis putas tristes

Y como un escritor no muere cuando fallece sino cuando deja de escribir, las letras llevaban una década huérfanas. Pero los repasos a su vida desde entonces se han sucedido. Desde el homenaje que rindió su hermano a la creación de Cien años de soledad, hasta su autobiografía Vivir para contarlo, existen interminables volúmenes que recogen las hazañas del escritor colombiano. Pero la que merece un pedacito en sus panegíricos es Una vida, que escribió su amigo inglés Gerald Martin. “No te preocupes, yo seré lo que tú digas que soy”, le concedió Gabo porque, como él siempre decía, “todos deberíamos tener un biógrafo británico”.

Cinco horas con Gabo

Dice Harold Bloom que los clásicos son aquellos que te cambian la vida. Gabriel García Márquez cambió el mundo de al menos cinco maneras diferentes.

Por Marta Peirano

1. Sus 28 palabras

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo.

A diferencia de otros comienzos perfectos como los de Anna Karenina, Lolita, La Metaforfosis o El Quijote, las 28 primeras palabras de Cien años de soledad tienen el poder contagioso, oscuro y cautivador de los conjuros herméticos. Por eso han sido memorizadas, recitadas, repetidas y homenajeadas sin descanso por escritores de todas las edades, nacionalidades y géneros. El último fue Michael Chabon en el comienzo de Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay. Resulta imposible no ver brillar la misma estructura ósea bajo la superficie:

Muchos años más tarde, cuando hablaba con un entrevistador o con un público compuesto por fans maduros en una conversación de cómics, a Sam Clay le gustaría explicar, a propósito de la creación más importante de la que era autor junto con Joe Kavalier, que cuando era un chaval encerrado y atado de pies y manos en aquel tanque hermético que era Brooklyn, Nueva York, a menudo soñaba con Harry Houdini

2. Sus mentiras

Joan Didion dice que todos nos contamos historias para poder vivir, pero ella hablaba de cómo creamos hilos argumentales y secuencias de causa-efecto para que nuestra existencia tenga sentido. García Márquez dijo que “lo mágico puede transformarse en lo real con la misma facilidad que lo real en lo mágico” y que “no hay un lugar que sea mas real, o mágico que otro, porque todo puede intercambiarse y todo es parte de la misma realidad total.” Así pasó que, como le preguntaban siempre cómo había nacido su gran obra, la historia que contó fue esta:

“… desde hacía tiempo me atormentaba la idea de una novela desmesurada, no sólo distinta de cuanto había escrito hasta entonces, sino de cuanto había leído. Era una especie de terror sin origen. De pronto, a principios de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma, tan intenso y arrasador, que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera. Rodrigo dio un grito de felicidad:

—Yo también cuando sea grande voy a matar vacas en la carretera.

No tuve un minuto de sosiego en la playa. El martes, cuando regresamos a México, me senté a la máquina para escribir una frase inicial que no podía soportar dentro de mí: Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Desde entonces no me interrumpí un solo día en una especie de sueño demoledor, hasta la línea final en que a Macondo se lo llevó el carajo.”

3. Sus debilidades

Gabo sentía una inclinación especial por los autores de la Generación Perdida y se puso muy nervioso cuando vió a Ernest Hemingway “paseando con su esposa, Mary Welsh, por el bulevar de Saint Michel, en París, un día de la lluviosa primavera de 1957”. No sabía si pedirle un autógrafo o hacerle una entrevista. Al final, paralizado por su inglés limitado (tenía 28 años) y su admiración por el americano, al que le quedaban cuatro años de vida y “no daba la impresión de fortaleza brutal que sin duda él hubiera deseado”, acabó gritándole “maestro” con las manos de bocina y él le respondió “Adiós, amigo” y nunca lo volvió a ver.

Gabo dijo muchas veces -incluyendo Mi Hemingway particular, donde cuenta esta anécdota- que El Gato bajo la lluvia era su cuento favorito y en otra ocasión, que era el mejor cuento de la historia de la literatura. Su amor por ese cuento ha intrigado a muchos escritores como a Enrique Vila-Matas, y probablemente les ha hecho mejores escritores.

4. Sus lecciones

Gabo amaba el periodismo. En la escuela para niños superdotados a la que le enviaron cuando era pequeño descubrió que sus dos grandes pasiones eran la literatura y la política. “Cuando salí de allí tenía claro que iba a ser periodista”, pero se fue a estudiar derecho para complacer a su progenitor. Después de una larga larga temporada escribiendo sus mujeros novelas, se compró la revista Cambio con el dinero del Nobel y muchos recuerdan los cursos de periodismo que dió aquí en España, como hoy Álex Grijelmo y hace 20 años Jan Martínez Ahrens:

“Un vaso de veneno no mata a nadie. O por lo menos eso ocurre en la escritura de Gabriel García Márquez, donde, como él mismo recuerda, se muere con mucho mayor detalle, por ejemplo, con un vaso de cianuro con olor a almendras amargas: ‘El reportaje necesita un narrador esclavizado a la realidad. Y ahí entra la ética. En el oficio de reportero se puede decir lo que se quiera con dos condiciones: que se haga de forma creíble y que el periodista sepa en su conciencia que lo que escribe es verdad. Quien cede a la tentación y miente, aunque sea sobre el color de los ojos, pierde”.

Su reportaje favorito, por cierto, fue Hiroshima, donde John Hersey cuenta la historia de seis supervivientes del bombardeo.

5. Su voz

Porque hay dos tipos de escritores infecciosos: los que liberan a sus lectores y los que los paralizan. La prosa magnética y elíptica de Marguerite Duras ha contagiado a escritores de todo el planeta, siempre con efectos devastadores, igual que la de Jorge Luis Borges, cuya mezcla de agudeza intelectual y habilidad con los géneros ha incapacitado a varias generaciones de escritores latinoamericanos sin traspasarse del todo a ninguno. La de García Márquez, como la de Italo Calvino o la de Kafka, es una influencia liberadora que tiende a producir en otros el mismo efecto que produjo en él La Metamorfosis cuando la leyó por primera vez.

“La primera línea por poco me tira de la cama. Me quedé pasmado. La primera línea dice: ‘Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto’…  Cuando leí esa línea pensé que yo no sabía que estuviera permitido escribir cosas así. Si lo hubiese sabido, habría empezado a escribir mucho antes. Así fue como empecé a escribir cuentos”.

La literatura, dijo en la misma entrevista, no es más que carpintería, que es como decir que el amor no es más que oxitocina. Pero la periodista había puesto en marcha una grabadora, artefacto que el detestaba. A su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, sin embargo, le dijo que “la única responsabilidad del escritor -su deber revolucionario, si quieres- es escribir bien”. “Y ¡santo cielo! -decía Thomas Pynchon cuando reseñó Amor en tiempos de cólera para el Times– si escribe bien”. 

Las palabras de Gabriel García Márquez

Gabo siempre fue alérgico a las entrevistas. Decía que si concedía todas las que le pedían, no haría otra cosa. Pero en varias de ellas dejó claras algunas de sus ideas sobre la escritura y su obra

En la primavera de 1967, dos amigos que luego dejaron de serlo mantuvieron una entrevista que también era una conversación. Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez hablaron lógicamente de literatura. Y de la escritura: “Ahora, no sé si desgraciada o afortunadamente, creo que es una función subversiva ¿verdad?, en el sentido de que no conozco ninguna buena literatura que sirva para exaltar valores establecidos”.

Vargas Llosa le pregunta por el realismo en la literatura y esa combinación entre la realidad y lo mágico que todos identificamos con García Márquez, y sobre todo con Cien años de soledad. Él discrepa:

“No. No. Yo creo que particularmente en Cien años de soledad, soy un escritor realista, porque creo que en América Latina todo es posible, todo es real. Creo que tenemos que trabajar en la investigación del lenguaje y de formas técnicas del relato, a fin de que toda fantástica realidad latinoamericana forme parte de nuestros libros… Asumir nuestra realidad, que es una forma de realidad, puede dar algo nuevo a la literatura universal…”.

El escritor peruano le dice que ha tratado con maestría la realidad de la explotación colonial de América Latina. Gabo le da un ejemplo:

“La historia de Macondo y las bananeras es totalmente real. Lo que pasa es que hay un raro destino en la realidad latinoamericana, inclusive en casos como el de las bananeras que son dolorosos, tan duros, que tienden, de todas maneras, a convertirse en fantasmas. Con la compañía bananera empezó a llegar a ese pueblo gente de todo el mundo y era muy extraño porque en este pueblito de la costa atlántica de Colombia, hubo un momento en el que se hablaba todos los idiomas. La gente no se entendía entre sí; y había tal prosperidad, es decir, lo que entendían por prosperidad, que se quemaban billetes bailando la cumbia… Los trabajadores que reclamaron pagos en dinero y no en bonos y lo que pasó fue que el Ejército rodeó a los trabajadores en la estación y les dieron cinco minutos para retirarse. No se retiró nadie y los masacraron…”

Las costumbres del escritor

Con el escritor Rodolfo Braceli, habló de las obligaciones que asumió a la hora de ponerse a escribir. Ya no podía escribir con el estilo de vida de un periodista:

“En una famosa entrevista a Hemingway, él da la fórmula para resolver, para siempre, el problema de la página en blanco… éste fue el escritor que más reveló sobre el oficio, sobre la carpintería de la escritura. Durante una época, me levantaba en las mañanas y cuando entraba en el estudio a escribir echaba el desayuno, vomitaba, de la náusea que me daba. Yo escribía cuando podía y como podía, pero a partir de Cien años de soledad se me crearon las condiciones de escritor profesional. Momento de gravísima responsabilidad. Uno ya sabe que es como si fuera el empleado de un banco, y además, es el gerente más feroz y más exigente de uno mismo… Entonces, primero yo siempre fui periodista y escribía de noche y dormía de día. Eso ya no tenía sentido: si era empleado, tenía que trabajar en horas de oficina. Tuve que aprender a escribir de día. Más adelante tuve que aprender a escribir sin fumar, porque me di cuenta de que el cigarrillo me estaba matando.”

La soledad

Rita Guibert le dice que un tema clave es la soledad. García Márquez asiente:

“Es sobre el único tema que he escrito, desde el primer libro hasta el que estoy escribiendo, que es ya una apoteosis del del tema de la soledad; el del poder absoluto, que es lo yo considero debe ser la soledad total. Es un proceso que vengo tratando desde el principio. El del coronel Aureliano Buendía —el de sus guerras y el de su marcha hacia el poder— es verda­deramente una marcha hacia la soledad. Todos los miembros de la familia no sólo están solos -lo he dicho muchas veces en el libro, tal vez más de lo que hubiera debido- sino que es la anti­solidaridad, inclusive, de los que duermen en la misma cama Pienso que los críticos que más han acertado son los que han llegado a la conclusión de que todo el desastre de Macondo —que es también un desastre telúrico— viene de esa falta de solidari­dad, la soledad de cada uno tirando por su cuenta. Eso ya es entonces un concepto político, y que lo sea me interesa. Dar a la soledad un contenido político como yo creo que debe ser el contenido político.”

La entrevista

Sobre cómo hacer una entrevista, ha dicho:

“En realidad, el género de la entrevista abandonó hace mucho tiempo los predios rigurosos del periodismo para internarse con patente de corso en los manglares de la ficción. Lo malo es que la mayoría de los entrevistados lo ignoran, y muchos entrevistados cándidos todavía no lo saben. Unos y otros, por otra parte, no han aprendido aún que las entrevistas son como el amor: se necesitan por lo menos dos personas para hacerlas, y sólo salen bien si esas dos personas se quieren. De lo contrario, el resultado será un sartal de preguntas y respuestas de las cuales puede salir un hijo en el peor de los casos, pero jamás saldrá un buen recuerdo.”

Una entrevista en TVE

Siguiendo el acceso siguiente:

http://www.eldiario.es/cultura/palabras-Gabriel-Garcia-Marquez_0_250575309.html

Cinco libros para (re)descubrir a García Márquez

La obra del escritor colombiano, entre el realismo mágico y el periodismo, está marcada por las dinastías familiares y las metáforas desgarradoras

La muerte de Gabriel García Márquez deja a la literatura huérfana del escritor que supo plasmar en páginas las tribulaciones de parte de la sociedad latinoamericana. Esa misma que le vio crecer en su Aracataca natal (Colombia), donde se inició el camino de un periodista y novelista que lidera la corriente que él mismo forjó: el realismo mágico.

Gabo fue el escritor que dio a conocer el hielo de la literatura a través de la angustia existencial de sus personajes, en situaciones que él mismo creaba y dotaba de veracidad por medio de recursos que nadie había usado hasta entonces, al menos no como él. Una facilidad que le permitía dejar un vestigio en todos sus lectores a través de términos muy comunes pero a los que dotaba de un sentido impactante e indeleble.

Un estilo que trasladó a sus crónicas periodísticas, con las cuales experimentó para dejar novelas que desgarraban por medio de las metáforas, y en las que era complicado convencerse de que eso que relataba nunca ocurrió. La siguiente es una selección de las cinco novelas que permiten saber cómo era García Márquez cuando machacaba el papel a ideas y sentencias, además de para redescubrirle, aunque sea en ocasión tan negra. 

Crónica de una muerte anunciada

El relato del asesinato de Santiago Nasar por los hermanos Vicario fue la que encumbró el estilo periodísicto del colombiano, con ápices del llamado realismo mágico con el que vivió toda su vida. La brevedad y el estilo explícito de esta novela publicada en 1981 provocaron que fuese una de las habituales en los colegios de España y Latinoamérica. Y aún nadie sabe quién y cuándo provocó la muerte a Nasar y la desdicha de Ángela Vicario. Y lo que es más importante: aún mucha gente se lo pregunta.

El coronel no tiene quien le escriba

La vida de un viejo militar retirado que espera todos los días a que le llegue su pensión es probablemente una de las novelas cortas más conocidas que se han escrito. La pobreza y la crítica a los sistemas que dejaban de lado a los ancianos son los dos aspectos que más destacan en una obra con un final inmortal y de una sola palabra: “Mierda”.

Relato de un náufrago

Los militares y la guerra civil colombiana de la década de 1960 han ido de la mano en las líneas de García Márquez. Ésta fue una de sus obras más polémicas, en la que contaba la supervivencia de Luis Alejandro Velasco, un tripulante de un buque militar que cayó al mar y que logró escapar a la muerte que le traían las olas durante 10 días a la deriva.

Noticia de un secuestro

Publicada en 1996, fue una de sus últimas grandes novelas. En ella volvió a asumir la última tragedia que vivía su Colombia natal: el narcoterrorismo. Está basada en los secuestros de varias personalidades de su país por ‘Los extraditables’, un grupo terrorista que abogaba por derogar los tratados de extradición con Estados Unidos.

Cien años de soledad

Si algo logró García Márquez con su escritura fue que sus descripciones, así como los episodios que viven sus personajes, pasasen al acervo de su masa de lectores. La historia de la dinastía Buendía, de la que hacía falta elaborar un árbol genealógico al que acudir conforme pasaban los capítulos para saber de quién se hablaba en cada momento, reventó las listas de ventas en Latinoamérica y todo el mundo. Apareció en 1967 y, desde entonces, es imposible no recordar el día en el que el coronel Aureliano Buendía conoció el hielo.

A LOS 87 AÑOS, MURIO GABRIEL GARCIA MARQUEZ / La respuesta del coronel / El mejor de los mejores / Consenso político / Otras voces

mexTomados de Página/12

El hombre que logró que todo Macondo esté de duelo

El escritor y periodista colombiano, Premio Nobel en 1982, deja una obra que resiste el paso del tiempo. Cien años de soledad se convirtió en una contraseña mundial, pero es sólo una de las facetas del fundador de lo que se conoce como el boom latinoamericano.

Por Silvina Friera

Los lectores del mundo andan con una tristeza infinita. Gabriel García Márquez, el patriarca de la literatura latinoamericana y maestro de generaciones de periodistas, murió ayer a los 87 años en su casa de México. Quizá cayó una llovizna imaginaria de minúsculas flores amarillas, las mismas que cayeron cuando murió José Arcadio Buendía en Cien años de soledad, su obra maestra y mítica. Una muerte esperada –anunciada de un tiempo a esta parte por la “fragilidad” de su salud– no conjura el dolor de esta pérdida. Un conglomerado de textos pide pista en la memoria. Uno se impone, un artículo que publicó en 1948 en el diario colombiano El Universal. “No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento. Perdone usted, señor lector, este principio de greguería. No me era posible comenzar en otra forma una nota que podría llevar el manoseado título de ‘Vida y pasión de un instrumento musical’. Yo personalmente le haría levantar una estatua a ese fuelle nostálgico, amargamente humano, que tiene tanto de animal triste.” La muerte de Gabo arruga el corazón. Queda la chispa de su lenguaje, la creación de un mundo que sobrevivirá, con toda su riqueza y complejidad, a su demiurgo mortal.

La vivacidad del lenguaje

Eran las nueve de la mañana en Aracataca. Llovía el 6 de marzo de 1927 cuando nació el primogénito de Luisa Santiaga Márquez Iguarán y el telegrafista Gabriel Eligio García. La tía Francisca, abriéndose paso por el corredor de begonias, propagaba la buena nueva: “¡Varón! ¡Varón! ¡Ron, que se ahoga!”. Gabo, el mayor de siete varones y cuatro mujeres, pasó los primeros años de su infancia con sus abuelos maternos, el coronel Nicolás Márquez Mejía –su ídolo de toda la vida– y Tranquilina Iguarán Cotes, quienes le contaban relatos, fábulas e historias. A la muerte de su abuelo fue enviado a estudiar a Barranquilla y en 1940 viajó a Zipaquirá, donde fue becado para estudiar el bachillerato. Los recuerdos de su familia y de su infancia –el abuelo como prototipo del patriarca familiar, la vivacidad del lenguaje campesino y la natural convivencia con lo mágico– emergerán años más tarde, transfigurados por la ficción, en obras como La hojarasca (1955), su primera novela escrita entre julio de 1950 y agosto de 1951, donde asimila la influencia de William Faulkner. La historia se despliega a través de tres monólogos –abuelo, madre y niño– que recrean las vidas alrededor del cadáver de un médico francés que se ha ahorcado en la madrugada. El pueblo en el que transcurren estas vidas se llama Macondo. No fue su abuela Tranquilina la que le permitió imaginar que podría ser escritor. “Fue Kafka que, en alemán, contaba las cosas de la misma manera que mi abuela. Cuando yo leí a los 17 años La metamorfosis, descubrí que iba a ser escritor. Al ver que Gregorio Samsa podía despertarse una mañana convertido en un gigantesco escarabajo, me dije: ‘Yo no sabía que esto era posible hacerlo. Pero si es así, escribir me interesa’”, afirmó el escritor colombiano a su viejo amigo Plinio Apuleyo Mendoza en el libro de conversaciones El olor de la guayaba.

Aunque estudió Derecho, dejó la carrera para dedicarse al periodismo y a la literatura. Un tímido muchacho de 20 años se quedó petrificado frente a unas letras de molde con su nombre y apellido, en el diario colombiano El Espectador, de Bogotá. El 13 de septiembre de 1947 las palabras de su primer cuento, “La tercera resignación”, flameaban en su campo visual: “Allí estaba otra vez ese ruido. Aquel ruido frío, cortante, vertical, que ya tanto conocía, pero que ahora se le presentaba agudo y doloroso, como si de un día para otro se hubiera desacostumbrado a él”. Allí estaba el principio de su galaxia literaria. Quizá Gabo permaneció callado durante unos segundos, inescrutable, pero seguro de sí mismo y del porvenir. Pero hace casi 60 años, la primera reacción de ese joven fue “la certidumbre arrasadora de que no tenía los cinco centavos para comprar el periódico”. En 1948 se trasladó a Cartagena, donde inició su carrera periodística en El Universal en el marco histórico del Bogotazo, la reacción popular por el asesinato del líder liberal y populista Jorge Eliécer Gaitán. Posteriormente continuó en El Heraldo de Barranquilla, donde publicó las columnas de “La jirafa” con el nombre Septimus –su doble periodístico– desde 1950. Como otros escritores fogueados por el periodismo –Ernest Hemingway, por ejemplo–, aprovechaba ese territorio para despuntar la experimentación estilística. El periodismo nunca obturó las cualidades del escritor. Sin duda sería el gran laboratorio que fue potenciando y acompañando el campo de la ficción. Las semillas de lo que se ha llamado “realismo mágico”, las concepciones laberínticas del tiempo en sus novelas, se encuentran ya en muchas de sus crónicas. En el prólogo al primer volumen de los Textos costeños –su obra periodística inicial de 1948 a 1952, editada en dos tomos–, Jacques Gilard observa que en los primeros cuentos y notas periodísticas hay un motivo que se repite con alguna insistencia: “Es el muerto sobre el que crece un árbol cuya savia, sacada del cadáver, sube hasta las frutas que servirán de alimento a los vivos”. Para Gilard, “que a la muerte haya de sucederle una renovación no es ningún consuelo para quien sabe que tiene una sola vida: sólo importa la conciencia de que el tiempo pasa y, al pasar, mata”.

Mientras trabajaba en El Espectador, de Bogotá, escribió Relato de un náufrago (publicado en formato libro en 1970), en el que narró la aventura de un marinero colombiano que sobrevivió varios días en el mar, luego de que su barco naufragara. Las revelaciones del marinero le provocaron problemas con el gobierno del presidente Gustavo Rojas Pinilla, por lo que el periodista fue enviado como corresponsal a París de 1955 a 1957. En el exterior, el escritor se replanteó el enfoque de sus crónicas hacia detalles marginales o secundarios. Muchas veces optó por narrar lo que le sucedía a él, es decir la historia de la historia, como lo hizo en sus crónicas sobre Viena, las noches de Budapest o la Unión Soviética en 1957: “22.400.000 kilómetros cuadrados sin un aviso de Coca-Cola”. Después se casaría con su novia de juventud, Mercedes Barcha, en 1958; trabajaría en Prensa Latina, la agencia cubana de noticias creada tras el triunfo de la Revolución Cubana; y en 1961 se establecería en México, donde nacieron sus dos hijos: Rodrigo y Gonzalo. Además de su primera novela, entonces había publicado dos novelas más: El coronel no tiene quien le escriba (1957) y La mala hora (1961).

El periodismo, “el mejor oficio del mundo”, perdió a su maestro más notable. Gabo nunca quiso separar ni escindir la experiencia del novelista y el periodista. Detestaba los grabadores, “un invento luciferino” que eclipsa la atención del cronista al creer que ese aparato lo oye todo. “No oye los latidos del corazón, que es lo que más vale en una entrevista”, decía el escritor que en 1994 creó la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) con el apoyo de La Jornada en México, El País en España y Página/12 en Argentina, para mejorar la formación y prácticas de los periodistas iberoamericanos. “El reportaje necesita un narrador esclavizado a la realidad. Y ahí entra la ética. En el oficio de reportero se puede decir lo que se quiera con dos condiciones: que se haga de forma creíble y que el periodista sepa en su conciencia que lo que escribe es verdad. Quien cede a la tentación y miente, aunque sea sobre el color de los ojos, pierde.”

La fundación de la Utopía

Macondo y los Buendía –ese rosario de historias de la humanidad narradas desde el umbral del sueño y la vigilia– llegaron al universo digital hace poco más de dos años cuando Cien años de soledad se empezó a vender por primera vez en formato electrónico, con la portada original de la primera edición impresa: el emblemático galeón en la selva colombiana. La liberación de los espacios de lo real a través de la imaginación es el hecho central que subrayaba Carlos Fuentes. “¿Quién no ha reencontrado, en la genealogía de Macondo, a su abuelita, a su novia, a su hermano, a su nana?”, se preguntaba el escritor mexicano. “La fundación de Macondo es la fundación de la Utopía. José Arcadio Buendía y su familia han peregrinado en la selva, dando vueltas en redondo, hasta encontrar, precisamente, el lugar donde fundar la nueva Arcadia, la tierra prometida del origen: ‘Los hombres de la expedición se sintieron abrumados por sus recuerdos más antiguos en aquel paraíso de humedad y silencio, anterior al pecado original’.” Francisco “Paco” Porrúa, ex director de Sudamericana, no necesitó leer toda la novela del entonces desconocido periodista y escritor colombiano. Las primeras líneas alcanzaron. En aquellos años, a mediados de los ’60, estaba a la caza de novelas latinoamericanas “originales”. El 30 de mayo de 1967 se publicó en Argentina la primera edición, una tirada de 8000 ejemplares que se agotó como pan caliente. El escritor y periodista Tomás Eloy Martínez, primero en publicar la crítica a esta novela en Primera Plana, sintetizó con precisión el camino del anonimato a la consagración que transitó el colombiano. “Llegó a Ezeiza en un avión demorado, a las tres de la madrugada, y sólo dos personas lo estábamos esperando: su editor y yo. Al marcharse, diez días más tarde, la multitud que lo acompañaba era tan caudalosa que Porrúa y yo lo perdimos de vista.” Su obra maestra es un long seller de largo aliento, traducido a 35 idiomas, desde el ruso hasta el esperanto, pasando por el húngaro y el chino, y se calcula que las ventas han superado ampliamente los 30 millones de ejemplares en todo el mundo. “Lo peor que le puede suceder a un hombre que no tiene vocación para el éxito literario, o en un continente que no está acostumbrado a tener escritores de éxito, es publicar una novela que se venda como salchichas”, confesó García Márquez. Más allá de la molestia por el impacto, lo cierto es que la novela hispanoamericana no salió al mundo, no estuvo en el foco de los lectores de otras lenguas, hasta el triunfo de Cien años de soledad.

A pesar de que se conocieron en 1959, la amistad comenzó a mediados de la década del ’70. “Fidel Castro es un lector voraz, amante y conocedor muy serio de la buena literatura de todos los tiempos y, aun en las circunstancias más difíciles, tiene un libro interesante a mano para llenar cualquier vacío”, dijo Gabo en 1976, después de un encuentro con el líder cubano, quien ha tenido el privilegio de leer los borradores de varios libros de García Márquez. Ni las primeras críticas de los intelectuales al régimen cubano por la censura y el tratamiento que recibían los artistas considerados opositores –como sucedió con el famoso “caso Padilla”, a principios de los ’70– ni la encarcelación de 78 disidentes en 2003 –que fueron condenados a penas entre doce y veintisiete años– pudieron debilitar las convicciones y la fidelidad de Gabo a la Revolución Cubana. Esta certeza –dicen– fue una de las razones de la enemistad con Mario Vargas Llosa. Después de una pelea que terminó a las trompadas en el estreno de una película en México, en 1976, el peruano calificó a su par colombiano de “lacayo” de Castro.

Gabo siempre se ha defendido de quienes lo acusaban de “amar el poder”, alegando que su amistad está por encima de otras cuestiones y que su posición le ha permitido salvar en silencio a varios disidentes cubanos. Como muchos de los autores de su generación, el narrador colombiano siempre ha tenido una posición política pública y cuenta con “la novela sobre el dictador”, El otoño del patriarca (1975). Y sin embargo, nunca aceptó cargos públicos. En diciembre de 1986 fundó en San Antonio de los Baños una academia de cine: la Fundación para el Nuevo Cine Latinoamericano. La nueva institución –presidida por García Márquez– es importante para Cuba porque en Latinoamérica la cultura es una fuente decisiva de legitimidad. “Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”, se lee en la página web de esta Fundación por la que han pasado, entre otros, Robert Redford, Steven Spielberg y Francis Ford Coppola. Gabo, que también fue amigo del ex presidente norteamericano Bill Clinton –quien confesó ser un gran lector de sus libros y lo calificó como su “escritor favorito”–, se definía como socialista. En una entrevista en 1983 aseguró que no era comunista. “No lo soy ni lo he sido nunca, ni tampoco he formado parte de ningún partido político”, advirtió. Y aclaró que el modelo de gobierno que prefería era el socialismo: “Quiero que el mundo sea socialista y creo que tarde o temprano lo será”.

La soledad de América latina

García Márquez fue el primer escritor colombiano en obtener el Premio Nobel de Literatura en 1982. Durante el memorable discurso de aceptación, el 10 de diciembre de ese año, el escritor colombiano recordó que los desaparecidos latinoamericanos por motivos de la represión eran casi 120 mil en 1982, “que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala”. “Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares (…) Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad”, explicó el Premio Nobel. “Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: ‘Me niego a admitir el fin del hombre’. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica”, alertó García Márquez en otro tramo de su discurso en Suecia. “Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la Tierra.”

¿Por qué comienza por el final? Eso se podrán preguntar los lectores de Crónica de una muerte anunciada (1981). Se sabe el nombre de la víctima, Santiago Nasar. Que los asesinos son los gemelos Pedro y Pablo Vicario. Que el móvil del crimen fue vengar el honor de su hermana ultrajada. Y sin embargo, la eficacia de la novela reside en su rigurosa arquitectura coral. El cronista reconstruye y “acerca” –a través de las voces de los protagonistas y testigos, de cartas, informes y el sumario judicial– los recuerdos de aquel lunes ingrato, las omisiones y las ambigüedades de una tragedia moderna tan anunciada. No eran “vainas de borrachos”; se sabía que lo iban a matar, y los mensajeros no llegaron a tiempo ni pudieron impedir el crimen. Y los lectores, que desean que alguien lo salve, o que la puerta de su casa se abra y pueda escapar, se derrumban de bruces en la cocina, junto a Santiago. Gabo disloca el tiempo –el orden cronológico de los hechos y el de la narración–, y disuelve las fronteras de la crónica y de la literatura. Quizás este modo de descomponer los bordes sea una de las características más persistentes de su obra. Para recomponer las astillas dispersas del espejo roto de la memoria, en un pueblo olvidado de la costa caribeña, había que empezar por el final.

Jubilar la ortografía

Qué polémica descomunal estalló cuando sugirió simplificar la gramática “antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros” en el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española que se realizó en Zacatecas (México), en 1997. Era previsible que los gramáticos, lingüistas y académicos reaccionaran, con el malentendido de que donde el escritor dispuso el verbo “simplificar” algunos medios de comunicación utilizaron “suprimir”. “Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los ques endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos”, comparó el autor de El amor en los tiempos de cólera (1985), Del amor y otros demonios (1994) y Noticia de un secuestro (1996). “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”

Entre los ejemplos que entonces propuso señaló que la palabra “condoliente” no existe. Que sí existen el verbo condoler y el sustantivo doliente, que es el que recibe las condolencias. Pero los que la dan no tienen nombre. Gabo resolvió inventar condolientes en El general en su laberinto (1989) y comentó que le habían reprochado que en tres libros aparezca la palabra átimo, que es italiana derivada del latín, pero que no pasó al castellano. En sus últimos seis libros de entonces no incluyó un sólo adverbio de modo terminado en “mente” porque “me parecen feos, largos y fáciles, y casi siempre que se eluden se encuentran formas bellas y originales”. Estas cuestiones eran para él “pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo”. La contribución que pueden hacer los escritores respecto de la lengua “no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo veintiuno como Pedro por su casa”. El tópico ameritaría más reflexiones. No conviene desestimar asuntos que fueron, son y serán peliagudos. En este tema, más que el afán de provocar, Gabo se animó a expresar justamente lo que muchos no querían oír. “El deber de los escritores no es conservar el lenguaje, sino abrirle camino en la historia”, planteó el escritor. “Los gramáticos revientan de ira con nuestros desatinos, pero los del siglo siguiente los recogen como genialidades de la lengua. De modo que tranquilos todos: no hay pleito. Nos vemos en el tercer milenio.”

El goce visual

La sexualidad en la vejez está cubierta por un velo de pudor que la consagra al silencio. De eso no se habla. Pero Gabo se atrevió a descorrer ese velo pudoroso, glorificando la senectud y burlándose, a su manera, de los riesgos de estar vivo. Quizá tenga razón el nonagenario protagonista de Memoria de mis putas tristes, la última novela que publicó en 2004, luego del primer y único volumen de sus memorias Vivir para contarla (2002): “El primer síntoma de la vejez es que uno empieza a parecerse a su padre”. Consciente de que a su edad cada hora es un año, el anciano solterón, que durante 40 años trabajó como “inflador de cables” en El diario de La Paz y como profesor de gramática, decide celebrar sus noventa con una adolescente virgen. Nada más que una noche libertina. Acaso el último placer carnal frente a la inminencia de la muerte. Mientras espera que la dueña de un burdel le consiga “una novedad disponible” –una chica analfabeta–, el anciano, que trata de apaciguar su ansiedad escuchando a Bach, Wagner o Debussy, efectúa una suerte de ajuste de cuentas con su pasado. “No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido.” En este epígrafe de la última novela de García Márquez hay un homenaje al autor de La casa de las bellas durmientes (1961), Yasunari Kawabata, primer Premio Nobel de Literatura de origen japonés. Eguchi, el viejo japonés de 67 años que acude a una posada en las afueras de Tokio, frecuentada por ancianos que buscan pasar la noche con jóvenes narcotizadas, se parece al personaje del escritor colombiano. Los dos viejos descubren el placer de contemplar el cuerpo desnudo de una mujer dormida, sin ir más allá del goce visual. Ese nonagenario que se asume como “feo, tímido y anacrónico”, que nunca se preocupó por su edad sexual (“porque mis poderes no dependían tanto de mí como de ellas”), después de su fallida noche de amor, descubre el placer inverosímil de contemplar el cuerpo de una joven morena, a quien llama Delgadina, “sin los apremios del deseo y los estorbos del pudor”. Aunque ese “fracaso” le hiere su orgullo masculino –la dueña del prostíbulo, Rosa Cabarcas, una sagaz celestina moderna, le reprocha: “Una mujer no perdona jamás que un hombre le desprecie el estreno”–, lo que asoma como la historia de una derrota irreversible o el epílogo sexual de un hombre, pronto se transforma en la crónica de un anciano enamorado. Y el amor modifica las rutinas de este viejo solitario que empieza a descifrar el lenguaje del cuerpo de su bella durmiente, y que percibe los estados de ánimo de Delgadina por el modo de dormir o por su manera de respirar. Este goce ante la contemplación nocturna es una obsesión literaria del colombiano. En el cuento “Muerte constante más allá del amor” del libro La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada (1972), el senador Onésimo Sánchez duerme abrazado a Laura Farina, la joven más bella del mundo, sin amenazar la virginidad de la chica.

Hace muchos años Gabo tuvo una revelación. Fue en Zurich, cuando una tormenta de nieve lo empujó a refugiarse en un bar. “Todo estaba en penumbra, un hombre tocaba el piano en la sombra, y los pocos clientes que había eran parejas de enamorados. Esa tarde supe que si no fuera escritor, hubiera querido ser el hombre que tocaba el piano sin que nadie le viera la cara, sólo para que los enamorados se quisieran más.”

La respuesta del coronel

Por Juan Sasturain

García Márquez fue un notable fabulador, un escritor riguroso y –además o sobre todo– un extraordinario titulero. Quiero decir y me animo: sus libros no serían tan buenos con otros títulos. En los diarios y en los cables de hoy –paga dos pesos– proliferarán los juegos de palabras con varios de los suyos: Cien años de soledad, El otoño del patriarca (dos octosílabos perfectos), Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera (dos endecasílabos inolvidables). Pero sobre todo será difícil no incurrir en la paráfrasis, la alusión a esa marca subrayada en la memoria de la lengua, el otro endecasílabo increíble: El coronel no tiene quien le escriba. Va a ser todo un de-safío tratar de salir de ahí. Es que son años de fidelidad, más o menos hasta los alrededores del Nobel. Las primeras invenciones de García Márquez que leímos a mediados de los sesenta, con veinte años y en ediciones uruguayas –Arca, sobre todo: La hojarasca, La mala hora– eran buenas pero no un refucilo ni rumor que anunciara el próximo y máximo tronar de lo que se venía: la inesperada explosión de Cien años de soledad –que no supo escuchar el pobre Goytisolo, dice la leyenda catalana– fue el resultado de soltarle la rienda a una manera distinta de contar el mismo mundo pero con una vuelta de tuerca alucinada, darle el mando, todo el poder a Melquíades. Un salto de registro, salida de madre. Arcadios, Aurelianos, Ursulas y Amarantas fueron una memorable raza de titanes, semidioses pobres, épica tropical de polvareda que dejaría, tras la secuela brillante y saturada de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira & Co, ya en otras manos, larga cría no siempre a la altura.

Pero fue así: como los cuentos de Los funerales de la Mamá Grande y la historia del olvidado coronel –escritos antes de la inconcebible y centenaria saga– llegaron editorialmente después, los leímos ya vacunados y un con cierto respiro más cómodo tras el paso del torrente multicolor de pura invención. Y los disfrutamos más, si cabe. Por eso –contra ese fondo de gloria y reconocimiento universales– se recorta todavía hoy la perfección de aquellas piezas contenidas, hechas de reticencia y sabia alusión: “La siesta del martes”, “Un día de éstos”, “En este pueblo no hay ladrones”, la discreta hilera encolumnada que desemboca en el desborde de “Los funerales”. Ahí, antes del viraje, ya estaba el gran narrador que daría el salto sin red y caería parado entre ovaciones.

No trataremos de ser originales. Seamos un poco obvios, una forma de la cortesía ante lo que nos queda grande. Por eso, frente a la noticia de la muerte anunciada sólo cabe –un cadáver es también una pregunta– la respuesta final de su invicto coronel. Un exabrupto de dos sílabas, una definición del mundo o del estado de cosas del mundo que sigue vigente: Mierda.

El mejor de los mejores

Por Osvaldo Bayer

El mejor de los mejores. No es un calificativo muy original. Pero es la verdad. El escritor que descubrió Latinoamérica. Tal cual. Con sus originalidades, tradiciones, muecas, fantasías, predicciones. La naturaleza los hizo así. Eran y son así. Los libros de él penetran. Tienen la originalidad que lleva a la sabiduría. Esa sabiduría popular que puede avergonzar a cualquier filosofía europea. Quien descubrió Latinoamérica no fue Colón sino García Márquez. Su paisaje principal son sus personajes, esos sencillos habitantes que derraman saber chupado de las flores y los cardos. El descubre los colores, los sabores, el saber y el esconder, el abrirse y el usar y el aderezar la picardía. Todo mágico, pero, sí, trágico. Sabio pero llano. No se separa del idioma de las calles, de los valles. Auténtico. García Márquez, toda tu herencia nos queda. Nos has enriquecido para siempre. Mereces toda esta palabra emocionada: gracias por tu vida.

Consenso político

Por Emanuel Respighi

El fallecimiento de García Márquez no pasó inadvertido para el mundo de la política. Diferentes presidentes latinoamericanos y del resto del mundo lamentaron la muerte del Premio Nobel, en su mayoría a través de sus cuentas oficiales en Twitter. El presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, calificó al colombiano como “uno de los más grandes escritores de nuestros tiempos”. “Con su obra, García Márquez hizo universal el realismo mágico latinoamericano, marcando la cultura de nuestro tiempo”, escribió en Twitter el presidente del país en el que Gabo residió en las últimas décadas. A través de la misma red, el mandatario colombiano, Juan Manuel Santos, subrayó que “los gigantes nunca mueren”, al resaltar el gran legado que deja el autor de Cien años de soledad. “Mil años de soledad y tristeza por la muerte del más grande colombiano de todos los tiempos! Solidaridad y condolencias a la Gaba y familia”, escribió el mandatario. También el ex presidente de Estados Unidos Bill Clinton, y el actual, Barack Obama, expresaron públicamente sus condolencias ante la pérdida del escritor y periodista colombiano.

La presidenta de Brasil, Dilma Rou-sseff, reconoció haber sentido una enorme “tristeza” cuando se enteró del deceso. Según la mandataria, el Premio Nobel de Literatura 1982 era “dueño de un texto encantador”, a través del cual “conducía al lector por sus ‘Macondos’ imaginarios como quien presenta un mundo nuevo a un niño”. Su antecesor, Luiz Inácio Lula da Silva, se expresó mediante un comunicado firmado junto a su esposa. “Gabo –dice el texto difundido– fue un extraordinario escritor, un excelente periodista, un gran militante de las causas democráticas populares y un símbolo para todos nosotros de América latina y del mundo.” El presidente de Perú, Ollanta Humala, también lamentó la partida del autor de Crónica de una muerte anunciada. “Latinoamérica y el mundo entero sentirán la partida de este soñador. Descansa en paz Gabriel García Márquez, allá en Macondo”, escribió Humala en su cuenta de Twitter. “Se nos fue el Gabo, tendremos años de soledad, pero nos quedan sus obras y amor por la Patria Grande. ¡Hasta la victoria siempre Gabo querido!”, manifestó el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, también en Twitter.

Otro de los líderes latinoamericanos que expresó su pesar por el fallecimiento de García Márquez fue Nicolás Maduro, el presidente de Venezuela, quien remarcó que el escritor fue un amigo sincero y leal de los revolucionarios latinoamericanos. “Perteneció a la generación fundadora del periodismo creador y comprometido con el derecho del pueblo a su felicidad. Dejó grabada su huella espiritual en la nueva era de nuestra América, cien años de Amor por su espíritu eterno. El Gabo fue amigo sincero y leal de los líderes revolucionarios que levantaron la dignidad de la América, de (Simón) Bolívar y (José) Martí”, remarcó Maduro. El presidente de Uruguay, José Mujica, recordó que cuando estuvo preso soñaba con las mariposas creadas por García Márquez en Cien años de soledad. “Lo descubrí casi por casualidad, en algunos años en la cárcel, y caminé mucho con él. Después lo soñé. Estuve 7 años sin poder consultar un libro y mi imaginación buscaba mariposas como las de él”, dijo. Mujica reflexionó que en sus soledades acudió a García Márquez y a otros escritores, porque “cuando uno está muy solo, trata de conversar con el hombre que lleva adentro, que está munido de los recuerdos de lo mejor que ha podido recoger en la vida. Y algunas cosas eran imágenes de García Márquez”, subrayó.

Las repercusiones en la política ante la muerte de Gabo no se redujeron al ámbito latinoamericano. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, también se sumó a los mensajes de condolencias, señalando que con el fallecimiento de García Márquez “el mundo ha perdido a uno de los más grandes y visionarios escritores” y uno de sus favoritos desde que era joven. El ex presidente de Estados Unidos Bill Clinton, con quien el colombiano tuvo una relación fluida durante su mandato, aseguró sentirse “honrado” de llamarlo amigo, lo que le permitió compartir su “gran corazón y mente brillante durante más de veinte años”.

Otras voces

– Guillermo Saccomanno (escritor): “Todos los libros que escribió fueron buenos, están magníficamente escritos. Todo tuvo brillo, sello personal. En todas sus novelas, la primera frase ya es hipnótica. Hace un tiempo volví a curiosear su obra periodística completa. No la leí toda, claro; pero allí donde entraba, quedaba pegado. Es un mérito que no todos los escritores logran: fue un modelo de rigor, con el uso de la palabra, con la profesión de periodista, con la escritura. Un grande. Va a quedar como el más importante de Latinoamérica en mucho tiempo. Es nuestro Cervantes”.

– Elsa Drucaroff (escritora y crítica): “Cien años de soledad y el universo de Macondo tienen y seguirán teniendo una vigencia descomunal. Sin embargo, en los últimos diez, quince años, se puso de moda en Filosofía y Letras hablar con menosprecio de García Márquez. El García Márquez que me fascina es el de Macondo, el de esos cuentos, el de Cien años… Me fascina porque creo que hay una comprensión tremenda de la situación de inviabilidad de América latina. Hay una mirada negra, pesimista, terrible. Me parece lamentable que lo que García Márquez inventó haya sido leído en su momento como exotismo latinoamericano. Leído desde no-sotros no es eso, es otra cosa. No me gustó demasiado lo que vino después de Doce cuentos peregrinos, pero un gran escritor no tiene por qué serlo al ciento por ciento. Fue un gran escritor latinoamericano. Se lo menospreciaba porque cuando algo se lee muchísimo la institución crítica tiende a menospreciar. Como artista tuvo la fortuna de llegar a millones: es una fortuna que desearía para mí”.

– Leila Guerriero (periodista): “Siempre me llamó mucho la atención un dato que pasa un poco inadvertido: cuando García Márquez fundó la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, en 1994, ya había ganado el premio Nobel y había escrito sus grandes libros. Siempre me llamó la atención que un premio Nobel de Literatura pusiera su nombre y su dinero al servicio de una fundación que propiciara la escritura del periodismo, y no de una residencia para jóvenes escritores de novelas o de un premio de poesía. Eso siempre me pareció muy interesante. Fue muy moderno en la forma, en Textos costeños o en Relato de un náufrago, por ejemplo. Hay mucho trabajo detrás de esa prosa que fluye de modo tan fácil. También se destaca el uso del humor y la ironía, en sus crónicas de los ’50. Pero, más allá de todo esto, lo que me parece interesante de García Márquez es que siempre hablaba mucho del periodismo: decía que bien hecho, un texto periodístico podía ser una forma tan maravillosa de literatura como una buena novela o un buen cuento. Puso al texto periodístico a la par de la ficción. Sostuvo que el periodismo no es lo que hacemos para ganarnos el pan mientras somos escritores de grandes novelas y buscamos la consagración”.

– Mario Vargas Llosa (escritor): “Ha muerto un gran escritor cuyas obras dieron gran difusión y prestigio a la literatura de nuestra lengua. Sus novelas le sobrevivirán y seguirán ganando lectores por doquier”.

– Shakira (música): “Tu vida, querido Gabo, la recordaremos como un regalo único e irrepetible y como el más original de los relatos. Es difícil despedirse de ti, pues nos has dado tanto. Te quedarás para siempre conmigo y con todos los que te quisimos. Latinoamérica y el mundo sentirán la partida de este soñador. Que descanses en paz, Gabriel García Márquez”.

– Isabel Allende (escritora): “El único consuelo es que su obra es inmortal. Muy pocas obras literarias sobreviven el implacable paso del tiempo, muy pocos autores son recordados, pero García Márquez está en el panteón de los clásicos, junto a los grandes de la literatura universal. Es el más importante de los escritores latinoamericanos de todos los tiempos, el gran exponente del realismo mágico, el pilar del boom de nuestra literatura, la voz que le contó al mundo quiénes somos y nos mostró a los latinoamericanos nuestra propia imagen en el espejo de sus páginas. Todos somos de Macondo. Yo le debo el impulso y la libertad para lanzarme a la escritura, porque en sus libros encontré a mi propia familia, mi país, los personajes que me son familiares, el color, el ritmo y la abundancia de mi continente. Mi maestro ha muerto y para no llorarlo seguiré leyéndolo una y otra vez”.

– Jaime Abello Banfi (amigo personal y presidente de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano): “Se ha ido físicamente, pero permanecerá vivo a través de sus ideas, sus textos y su memoria en millones de personas que lo amamos en todo el mundo, y el legado representado en el trabajo de sus fundaciones y escuelas de periodismo y cine”.

– Jorge Coscia (secretario de Cultura de la Nación): “La verdad es que me pasan tantas cosas con esta noticia, no tengo palabras, se trata sin duda de un grande de la literatura universal, creador de ese magnífico movimiento identitario que es el realismo mágico. Fue un escritor comprometido con su tiempo. Periodista, escritor, autor de una obra inmensa. Creo que el tesoro más trascendente es su obra. Es un autor que se define con una sola palabra: genial”.

– Vicente Battista (escritor): “Tuve la suerte de conocerlo y tratarlo. Hablamos un par de veces en Barcelona. Pero sobre todo tuve el privilegio –el mismo que tuvieron millones de personas– de leerlo de cabo a rabo, de encontrarme con uno de los grandes escritores del siglo. Creo que fue Neruda el que dijo que Cien años de soledad se podía comparar con el Quijote, por la popularidad que había tenido, por la cantidad de lectores de todas las ramas sociales que había cosechado, que la habían entendido y gozado. Uno goza de este tipo de literatura. Neruda no estaba tan equivocado: Cien años de soledad cumple el mismo periplo que cumplió y sigue cumpliendo el Quijote. Se convirtió en objeto de estudio pero además lo leía la llamada gente del común, que a lo mejor ni siquiera se acercaba cotidianamente a la literatura. A esto habría que agregar que mantuvo a lo largo de su vida una actitud política, una posición. Fue un hombre de izquierda que mantuvo una fidelidad para con la Revolución Cubana desde que los guerrilleros entraron en La Habana hasta el día de hoy. Y luego con todos los otros gobiernos progresistas que se fueron multiplicando en América latina: él dijo, en algún momento, que imaginaba un socialismo general en toda América latina y lentamente está empezando a pasar”.

– René “Residente” (músico): “El mundo está de luto. La muerte nunca nos venció porque todo lo que muere es porque alguna vez nació…”.

– Alberto Laiseca (escritor): “Estoy triste por su muerte. Me gusta mucho su obra, nos hizo felices y nos hizo crecer. Fue un gran humano, como persona y como literato. Los escritores siempre dependemos de la mirada ajena, a él se lo miró, se lo entendió, y por eso el ‘realismo mágico’ está puesto ahí arriba. Su obra es muy grande”.

– Juanes (músico): “Se va el más grande de todos pero se queda su inmortal leyenda…”

– Ismael Serrano (cantautor): “Y porque es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites, sigues vivo”.

– Rubén Blades (músico): “Ojos de perro azul para Gabo”.

La mirada infinita de Gabo / La leyenda que García Márquez dibujó se cierne sobre Aracataca, su lugar de nacimiento

gabo55Por Juan Cruz

Noches. Donde estuvo la cuna de Gabriel García Márquez, en Aracataca,
ya no hay nada, ni un hueco; si vas solo pasarías por ese sitio como
si el erial hubiera sido un trozo de piedra improductiva desde el
principio de los tiempos. De pronto un dedo lo señala:

—Ahí nació Gabito, ahí estaba la cuna.

Entonces el hueco alcanza sus fronteras, se hace concreto, un sitio
que no existe pero que consigue hacerse un lugar, como si lo
estuvieras leyendo en una novela. La leyenda que él mismo dibujó se
cierne sobre este espacio y ya entonces la imaginación convoca al
telegrafista, a la madre de Gabito, a los abuelos y a los libros, y la
casa, que hasta entonces era una nube inscrita en el mapa legendario
de la casa del telegrafista donde nació el autor de Cien años de
soledad, empieza a tener el aire de sus novelas. La imaginación y la
carne, la realidad y lo contado.

Y todo porque has mirado el hueco y el dedo moreno de la chica que
cuida la casa ha aclarado de pronto el pasado de ese sitio seco, cerca
de los árboles enormes que forman parte del patio y que siguen igual
de fantasmales que cuando vivía aquí la familia de Gabo y él era un
mocoso.

De pronto, en esa geografía adusta en la que no había nada, una mujer
de pelo largo y gris, casi un fantasma, surge desde lo más hondo de
esta casa desértica. Si hubiera habido tormenta ella la hubiera
detenido con los ojos, su mirada era infinita e indiferente, como las
de las mujeres que retrató Gabriel García Márquez; cuando pasó a
nuestro lado dejó la sensación de haber sido parte de un huracán
íntimo cuyo nombre solo podía haber sido inventado por Gabo.

En Aracataca todo se dice en presente, como en Cien años de soledad.
El hielo existe, Gabo estuvo anoche, Soledad vive caminando como si
estuviera pisando las páginas en las que vuelan los personajes reales
de esta historia de ficción que nació (y que vive) en Aracataca

Entonces preguntamos por ella, por su nombre. Y la muchacha del dedo
miró hacia la espalda arrogante de la mujer que se iba y dijo, tan
solo:

—Soledad Noches, se llama Soledad Noches.

Era, avanzando, como la noche que se va a ninguna parte; de hecho, no
vi que traspasara puerta alguna, era como si se hubiera quedado
flotando entre nosotros. Y cuando salimos a la calle polvorienta,
camino de la orilla del charco donde una vez hubo (y aún están) las
piedras prehistóricas que aparecen en la novela más famosa de García
Márquez, vimos a un hombre que se mecía en una silla de madera fina;
se fumaba un puro largo, caribeño, y vestía una camisilla blanca y
unos pantalones negros como el carbón. La muchacha del dedo dijo:

—Es Nelson Noches, hermano de Soledad. Fue alcalde de Aracataca. Era
amigo de Gabo, Gabito para él y para el pueblo. Hacía años que este
hijo novelesco del telegrafista de Aracataca no regresaba a su pueblo,
pero eso no fue obstáculo para que Nelson dijera, mirando al infinito,
aspirando su puro, meciéndose en la silla, bajo el calor y el polvo de
la calle de tierra:

—¿Gabito? Anoche estuvo aquí, jugando a las cartas.

Luego fuimos a ver el hielo, la fábrica a la que el abuelo de García
Márquez llevó al nieto para dejar en su memoria una de las metáforas
que de manera más determinante marcó su obra. Allí estaba el hueco del
hielo. La chica del dedo volvió a señalar:

—Y ahí está el hielo.

En Aracataca todo se dice en presente, como en Cien años de soledad.
El hielo existe, Gabo estuvo anoche, Soledad vive caminando como si
estuviera pisando las páginas en las que vuelan los personajes reales
de esta historia de ficción que nació (y que vive) en Aracataca.

Días. Hay una fotografía en la que Gabriel García Márquez está vestido
con el mono azul que durante años fue su atuendo de trabajo. Para la
calle, chaqueta de espiguilla, botines; para trabajar, el mono, el
hombre descalzo ante la máquina de escribir.

En esta ocasión su contertulio es Juan Carlos Onetti, que sostiene un
cigarrillo demediado. Están pensativos ambos, a García Márquez se le
ve como es, como quedará en la memoria de los que lo tuvieron cerca:
un hombre que atiende y pregunta, y su mirada es la de un hombre
melancólico que escucha como si estuviera en otro mundo y hubiera sido
despertado para ser de este mundo.

En Estocolmo, cuando aquel alboroto del Nobel, lo rodeaban cientos de
colombianos que celebraron con él, y con flores amarillas enviadas
desde Colombia y desde Barcelona, y él parecía feliz con la rumba.
Pero había siempre algo en esta mirada que convocaba la melancolía, y
esta es la que se ve en este retrato en el que comparte espacio con
Onetti.

Como si se le nublara el día o tuviera en su mente una cuestión
pendiente, una pesadumbre, García Márquez siempre tenía ese aire.
Está, por ejemplo, en el retrato más famoso de los que se le hicieron
cuando era un joven periodista y hablaba por teléfono quizá desde
Barranquilla. Gabo no era una caja de risas, era una caja de
preguntas; alrededor reían, él miraba, su mirada siempre fue infinita.

Quien se fije en su mirada, incluso cuando saca la lengua (en un
célebre retrato de Indira Restrepo) o cuando aparece en las
fotografías aplaudiendo a sus amigos (Álvaro Mutis, Carlos Fuentes…)
encontrará en esa mirada de Gabo un aire de pesar que la vida le fue
acentuando, hasta que al final, cuando su memoria ya fue más que nada
un extravío, recuperó al muchacho que llevaba dentro y comenzó a
comportarse como si no tuviera asuntos pendientes, ni un argumento, ni
un artículo, ni una novela, nada, ni siquiera un horizonte
incomprensible. Como si la edad (y el tiempo, y lo que este se llevó
consigo) se hubieran detenido para que no hiciera falta nombrarlos.

Entonces se hizo solícito y disponible, iba y venía en la casa
ofreciendo sus servicios, sonriendo. Parecía el niño del que habla en
sus memorias de la infancia, y ejercía de conmovedor anfitrión hasta
de aquellos que convivían con él. Por un teléfono de grandes números
se aprestaba a pedir hielo para los invitados, atendía a las
conversaciones y, cuando ya creía haber hilado del todo el asunto que
las convocaba, decía lo más apropiado, lo que él consideraba que era
eficaz en el momento al que habían llegado los otros conversando.

Quien se fije en su mirada encontrará un aire de pesar que la vida le
fue acentuando, hasta que al final, cuando su memoria ya fue más que
nada un extravío, recuperó al muchacho que llevaba dentro y comenzó a
comportarse como si no tuviera asuntos pendientes

Salía a la calle, a despedirnos, y hablaba, otra vez, con los que
vigilaban el tránsito de los garajes. Durante un tiempo la
conversación empezaba así: “Ven acá…”. Ya entonces Gabo decía eso con
una sonrisa, como si esperara que alrededor los demás le dieran pie
para saber de qué iba la vaina, pero ya sus preguntas no eran sobre la
política, o España, o los amigos comunes. Se quedó sin respuestas,
repitió las preguntas, pero se animó su cara, como si regresara a la
tierra, acaso al lugar donde cada día lo esperaba Nelson.

Noches en Aracataca. Una de esas noches Mercedes, su mujer, nos llevó
con él a un bar de ritmos caribeños; atendía como si no hubiera otra
cosa que mirar en el mundo. Sus manos, que ya tenían las manchas de la
edad, seguían el ritmo con los dedos y a veces se echaba hacia atrás,
como en las fotografías en las que se ve cómo espera que le pregunten.
Con respecto a aquella foto con Onetti, y a tantas que le hicieron, lo
que era evidente era que ahora sonreía como si bailara en los días
polvorientos de Aracataca. Risa. Era un tímido de los mil demonios.
Una vez, avanzado el tiempo, nos llamó por teléfono, en Bogotá. Un
amigo suyo muy querido pretendió hacerlo hablar en un acto público: la
presentación de un libro. Lo colocó incluso entre los convocados, su
nombre impreso.

García Márquez no podía estar más furioso. Él no hablaba en público,
no sabría qué decir. Una vez leyó un cuento en Madrid, eso fue todo. Y
en las conversaciones dejaba que los otros dijeran, él introducía
(como decía Borges sobre sí mismo) “unos sabios silencios”. Su timidez
no era impostada, era verdad, una enfermedad probablemente congénita.

Para romper el hielo, en su primera casa de Barcelona, en la calle
Caponata, había dispuesto una carcajada pregrabada que se activaba
cuando el visitante traspasaba la puerta. Hecha la carcajada, ya había
por donde empezar, así que la conversación comenzaba como si él y
quien había irrumpido llevaran horas hablando.

Cuando lo atacó el cáncer hizo un viaje a Madrid; atribulado por la
química, dormía cada vez que podía, dormitaba. Una de esas veces lo
acompañamos a la sierra de Madrid; iba en el coche, durmiendo, hasta
que llegó al lugar, lo esperaban estudiantes de Periodismo, él iba a
hablarles de Noticia de un secuestro, su reportaje. Como si hubiera
roto con el dolor del tiempo, y con la pesadumbre, e incluso con la
melancolía que produce ser el mayor de todos, siendo aún el mejor de
los periodistas, Gabo se sentó entre los muchachos y comenzó a hablar.
Hubiera estado cien años hablando de periodismo, como si el periodismo
fuera lo contrario de la soledad.

Una vez, ante una de las ventanas de su agente Carmen Balcells, en
Barcelona, lo vi hacer figuras con el pan, pacientemente, sus manos
livianas y ya llenas de las manchas de la edad. Esa mirada era también
la que se ve en las fotos. Por decirle algo le dije que quería
entrevistarlo otra vez alguna vez, “no me quiero morir sin hacerte una
entrevista”. Veloz como era dijo: “Pues no te mueras”. A él no le
gustaban las entrevistas porque le gustaba hacer las preguntas.

La Paris Review envió en 1981 a Peter H. Stone a entrevistarlo, cuando
ya había escrito un libro legendario; Stone le preguntó qué estaba
haciendo. Le respondió: “Estoy absolutamente convencido de que
escribiré todavía el mejor libro de mi vida, pero no sé cuál será ni
cuándo lo escribiré. Cuando siento algo así —y hace un tiempo que lo
siento— me quedo muy quieto para poder atraparlo si llega a pasar
junto a mí”.

Para romper el hielo, en su primera casa de Barcelona había dispuesto
una carcajada pregrabada que se activaba cuando el visitante
traspasaba la puerta

Es probable que esa larga mirada infinita estuviera siempre quieta
como él, pendiente de ese latido, al menos debió ser así desde que
escribió su novela más abrumadora.

 

El legado universal de García Márquez y el amor de los lectores

1392214729_538255_1392220310_noticia_normalGabriel García Márquez en Barcelona hacia 1972 / Rodrigo García

No sabemos aún qué dirá el porvenir, pero gracias a las características de esta época, García Márquez ha demostrado su capacidad de cautivar a gentes de muchas culturas

 Por William Ospina, escritor colombiano. Premio Rómulo Gallegos por su obra El país de la canela.

 Era medianoche cuando se abrió la puerta del apartamento bogotano donde celebrábamos la première de la obra Diatriba de amor contra un hombre sentado, y García Márquez apareció con una noticia en los labios: “¡Acaban de matar a Luis Donaldo Colosio!”. Luz Marina Rodas, la gerente del teatro, me había invitado esa tarde al estreno añadiendo con incertidumbre que a lo mejor tendríamos la presencia del autor.
El autor no se había dejado ver en el teatro, aunque alguien después contó que, apagadas las luces, su silueta se había instalado en la última fila. Los invitados salimos después para la casa de la fiesta, con Laura García, la protagonista del monólogo, el director, Ricardo Camacho, y otros amigos. Ya nos habíamos hecho a la idea de no verlo, cuando García Márquez llegó con la noticia. Venía tarde porque había estado hablando por teléfono con Carlos Fuentes y otros amigos de México.

Yo lo había leído desde mis quince años, pero no lo contaba entre los humanos a los que fuera posible conocer, sino entre los clásicos de la literatura; para mí pertenecía más a la leyenda que al mundo físico. Cien años de soledad había conmocionado nuestras letras y había iniciado en la literatura a varias generaciones. Salvo Jorge Isaacs, Vargas Vila, José Asunción Silva y José Eustasio Rivera, los escritores colombianos eran hasta entonces glorias locales; pero Gabo había triunfado en el mundo entero: no solo lo leían en inglés y en francés, lo leían en húngaro, en mandarín, en lituano, en tamil, en japonés, en árabe. Y cuando en 1982 le llegó el premio Nobel, hacía mucho ya que era uno de los novelistas más afamados del mundo.

Yo incluso sentía que la fama presente de Gabo era mayor que la de todos sus congéneres. En vida, Shakespeare solo fue conocido por los londinenses que frecuentaban el teatro; Voltaire y Goethe tuvieron en su tiempo una fama escasamente europea; Cervantes tardó siglos en llegar a Alemania o a Rusia, aunque acabaría por fascinar a Heine y a Tolstoi, a Thomas Mann, a Dostoievski y a Kafka.

Aquella noche tuve el privilegio de conocer a la mayor leyenda de nuestra literatura, pero lo que más me sorprendió fueron su sencillez y su cercanía. Cuando nos sentamos frente a frente a la mesa, le conté que por casualidad había releído Cien años de soledad unos días atrás y que un episodio me había impresionado especialmente. Quiso saber cuál, y le hablé del momento en que el coronel Aureliano Buendía vuelve derrotado a Macondo y, enfermo, en una celda, recibe la visita de su madre.

Me conmovió que ella permaneciera un rato visitándolo en completo silencio, mientras él yacía en su catre, con los brazos extendidos hacia atrás por el dolor de las axilas inflamadas. Ese silencio entre dos seres que tenían tanto que decirse, y que tanto se asemejaban en su voluntad obstinada y en su capacidad de poner a los demás a girar a su alrededor, me parecía muy elocuente.

En ese episodio, cuando Úrsula va a retirarse, le dice bruscamente: “Te traje un revólver”. “No me va a servir de nada —responde el coronel— pero déjelo, porque la van a requisar a la salida”. Gabo iba repitiendo los diálogos a medida que yo los recordaba, y pasé a la escena siguiente, cuando los soldados sacan a Aureliano de su celda para conducirlo al paredón, por el camino del cementerio. De repente se abre la ventana de la casa donde vive su hermano con Rebeca Buendía, José Arcadio sale con un rifle, encañona a los hombres del pelotón de fusilamiento, que en realidad sienten alivio porque no quieren matar al coronel, y salva a su hermano en el último instante.

Gabo me hizo entonces una revelación: “Fíjate que en mis planes el coronel iba a morir fusilado, y era allí donde lo ejecutaban. Por eso la novela comienza con el momento en que el coronel, frente al pelotón de fusilamiento, recuerda aquel episodio de su infancia en que su padre los llevó a conocer el hielo. Pero cuando estaba contando cómo lo llevaban los soldados hacia el cementerio, recordé que en esa calle vivía José Arcadio, y ocurrió algo que yo no tenía previsto: el hermano tomó el fusil, salió de la casa, y salvó al coronel”.

Aquella confidencia literaria marcó el comienzo de mi amistad con García Márquez, pero al mismo tiempo empezó a modificar la idea que yo tenía de su literatura. Para mí, Gabo era un autor diestro y fascinante, con un dominio extraordinario del arte de contar, y un control absoluto de sus argumentos: allí comprendí que su aventura creadora seguía otro curso, que el escritor estaba siempre dispuesto a dejarse sorprender por sus personajes y no sabía previamente cómo terminaría su relato.

En Panamá, Jorge Ritter se encontró un día con García Márquez y le preguntó por la novela en la que estaba trabajando. “Ya está lista”, le contestó Gabo, “solo falta escribirla”. Parece una frase traviesa pero está llena de sentido. Dasso Saldívar y Gerald Martin han contado cómo trabajó García Márquez por años en borradores de Cien años de soledad, esa novela que originalmente iba a llamarse La Casa. Sería fascinante encontrar esos borradores donde Gabo definió sin duda los personajes, los episodios, la atmósfera del pueblo, el plano de la casa, las historias de la compañía bananera, el recuerdo de los gitanos, las damas francesas, las lluvias eternas y los aparatos de música de un muchacho italiano, pero yo sé que la principal sorpresa sería que en esos borradores no está Cien años de soledad.

Gabo podía conocer la historia que iba a contar, el mundo donde esa historia ocurría, los personajes y los episodios, pero todavía no tenía lo principal: la entonación, el ritmo del relato, el modo como el hilo saldría de la madeja para convertir esa abigarrada realidad que había en su memoria, ese universo caribeño de personajes disparatados, acontecimientos insólitos y climas delirantes, en el árbol de las razas y en la locura de relojes que hicieron de Macondo una de las comarcas más memorables de la imaginación literaria.
Es esa entonación, esa magia del lenguaje, lo que le dio a García Márquez su perfil inconfundible entre los autores de nuestra época. Los biógrafos siempre vuelven a contarnos que fue al emprender con su mujer y con sus hijos aquel viaje a Cuernavaca, cuando Gabo, que conducía el automóvil, sintió llegar la frase que desenredó la madeja y le mostró, como una epifanía, cuál era el tono, el ritmo que le iba a permitir contarlo todo, ir del comienzo al fin de su biblia pagana del Caribe. Dio media vuelta, volvió a la casa, y se encerró por meses a escribir su novela.

Amos Oz nos ha recordado que las primeras palabras de una obra literaria son mucho más que un comienzo: son una clave, un conjuro: son el hallazgo más importante, el de la entonación, la decisión de quién cuenta la historia. Marcan la pauta del ritmo de la narración, y definen la atmósfera, la perspectiva del relato, la fuerza de su impulso. Así que García Márquez sabe como nadie que aquella frase: “Ya está lista: solo falta escribirla”, significa “tengo todo en mí, pero aún no sé convertirlo en relato, tengo ya la pasión, pero falta la música, tengo el magma primitivo que conformará la obra, pero todavía falta la creación”.

Tiempo después de aquel primer encuentro, le pregunté a Gabo cómo habían sido los días en que se encerró a crear Cien años de soledad. Me atreví a decirle: “En otros libros tuyos se siente el trabajo genial de un escritor, su labor de investigación, su esfuerzo de creación, pero en Cien años de soledad no se siente trabajo alguno, el narrador es un surtidor inagotable y parece que los prodigios fluyeran sin esfuerzo”. “Se me ocurrían sin cesar tantas cosas”, me respondió, “que si hubiera tenido más dinero la novela habría durado otras doscientas páginas”. Siento que en ese trance creador está uno de los secretos de la magia de García Márquez.

Nunca está lejos de los hechos, nunca se pierde en divagaciones teóricas, en rastreos psicológicos o en largas explicaciones. Por lo general son los hechos los que tienen que explicarse a sí mismos

Dicen que un clásico es aquel autor que logra tener vigencia y sentido para lectores de muchas culturas y de muchas edades distintas. Por eso tarda en saberse cuando alguien es un clásico, pues no solo tiene que cautivar a gentes de muchas tradiciones culturales, sino de muchos siglos.

No sabemos aún qué dirá el porvenir, pero gracias a las características de esta época, García Márquez ha demostrado su capacidad de cautivar a gentes de muchas culturas. No se trata solamente de que lo aprecien chinos y rusos, iraníes y norteamericanos, franceses y sudafricanos, japoneses y húngaros. Se trata de algo más curioso: del modo como los chinos sienten que revela rasgos poderosos de su cultura, del modo como su traductora al húngaro ha revelado que García Márquez retrata bien la vida de las aldeas de Hungría y el carácter de sus habitantes. Alguien afirmó que la literatura árabe ha cambiado bajo su influencia, y ello se puede decir de muy pocos autores modernos en español.

Me gusta recordar que la primera vez que lo vi, Gabo apareció con una noticia en los labios, porque creo que ese carácter de periodista ha influido positivamente en su literatura. Hay siempre en ella un costado noticioso: su estilo siempre nos está informando algo. Sus párrafos tienen la claridad, la concisión, y a menudo el impacto de las noticias. Su voz no parece corresponder a los meandros de una conciencia o a los laberintos del estilo literario, sino a los relatos populares y a los rumores de una comunidad. Tiene más en común con la Biblia y con las Mil y una noches, que con las obsesivas aventuras verbales de Joyce o de Marcel Proust.

Nunca está lejos de los hechos, nunca se pierde en divagaciones teóricas, en rastreos psicológicos o en largas explicaciones. Por lo general son los hechos los que tienen que explicarse a sí mismos. Es el lector quien debe averiguar, si le interesa, por qué el coronel Aureliano Buendía, hastiado de guerras, se dedica a fabricar pescaditos de oro; por qué Rebeca termina encerrada lejos del mundo. García Márquez cree más en los hechos que en las explicaciones, y siempre fue escéptico con las interpretaciones de los críticos y con las teorías de los académicos, porque sabe que la fuente de las obras es misteriosa, que lo que escribimos es menos un fruto del esfuerzo que un don de lo desconocido.

Eso hace que sus personajes sean seres de carne y hueso y no prototipos o esquemas. Eso permite que al alcalde del pueblo le duela una muela, que una anciana que ha sido orientadora de la historia y dueña de los destinos termine convertida en el desvalido juguete de sus nietos; que un ángel decrépito tenga ruidos en los riñones; que una mujer indescifrable pase sus últimos años tejiendo su propia mortaja; que finalmente cada personaje esté solo, viviendo su aventura impredecible y casi siempre inexplicable.

Ese carácter sorprendente de sus situaciones y de sus personajes podría ser una de las claves de la vitalidad de su prosa. Quiero decir que las invenciones demasiado gobernadas por el pensamiento y por la voluntad terminan siendo predecibles: la razón vive de inventos y de esquemas, crea cosas para que sirvan a determinados fines. Los inventos de la intuición son más misteriosos: van apareciendo como flores de duende, no obedecen a una finalidad evidente, se bastan con su propio milagro y suelen ignorar el desenlace.
Se dice que uno de los secretos de la Biblia es su extraña capacidad de aliar la sencillez con la sublimidad, de decir lo más profundo de la manera más sencilla. García Márquez es uno de esos autores que satisface por igual al crítico más exigente, y a lectores que nunca han leído otro libro. Tiene el don de lo que es a la vez claro, ameno y misterioso.

Él mismo ha dicho que lo que encontró aquel día, por la ruta de Cuernavaca fue el tono de la voz de su abuela, la capacidad de decir las cosas más inverosímiles con la cara de palo de quien las cree de verdad. Sus obras parecen derivar de la tradición oral. Como los poemas, quieren ser dichas en voz alta, porque tienen mucho de la virtud sonora del lenguaje. Y también la huella del periodismo está presente allí: la necesidad de un lenguaje que no se aleje del habla común, que esté en diálogo con la actualidad y con el habla cotidiana.

García Márquez no es solo un autor leído sino un autor amado. Quiero recordar finalmente una anécdota que él mismo ignora. Lo acompañé una vez a la librería Gandhi, en Ciudad de México. Gabo había estado enfermo y las gentes lo sabían. Mientras recorríamos los estantes se fue formando silenciosamente, como siempre, una fila de personas que lo esperaban para que firmara sus libros. Me pidió que le avisara cuando hubiera transcurrido cierto tiempo. De pronto vi algo conmovedor. Mientras allá, al fondo, García Márquez firmaba los libros, un par de señoras, a sus espaldas, y sin que él se diera cuenta, lo bendecían.