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Lo que propone la derecha

emir-sader-professor-original Por Emir Sader. Profesor de la Universidade de São Paulo (USP) y de la Universidade do Estado do Río de Janeiro (Uerj), es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Uerj y autor, entre otros de “A vingança da História”. Es el actual director de CLACSO.

Sigue la derecha, con sus medios de comunicación, sus partidos, sus gobiernos, sus políticas económicas. Pero, ¿qué es lo que la derecha tiene para proponer al mundo hoy? ¿Qué balance hace de su desempeño? ¿Qué perspectiva ofrece hoy la derecha?

Sobre guerra y paz, ahí está la política de Estados Unidos que, desde que pasó a ser la única superpotencia, no hace otra cosa sino multiplicar las guerras por el mundo. Que no logra terminar con las dos guerras que ha iniciado hace ya más de una década, en Afganistán y en Irak, que están netamente en peor situación que antes de que fueran invadidos y destruidos como países.

Como conducción de la economía, la crisis en el centro mismo del capitalismo ya dura más de siete años, sin perspectivas de su superación. Su modelo de centralidad del mercado, de libre comercio, de Estado mínimo, hace que Europa destruya lo que de más generoso había producido: el Estado de Bienestar Social. Políticas económicas que han salvado a los bancos, han llevado a la quiebra de países y a la expropiación masiva de los derechos de los más vulnerables.

¿Qué se propone la derecha en América latina? El continente que tiene los únicos países del mundo que han disminuido la desigualdad, aun en medio de su brutal alza en el mundo, tiene una derecha que trata de inviabilizar la continuidad justamente de los gobiernos que logran esa proeza. Pero, ¿qué propuesta tiene la derecha en Argentina, en Venezuela, en Ecuador, en Brasil, entre otros países?

A falta de alternativas, propone el retorno a sus mismas políticas neoliberales, esas que han llevado a esos países a las peores crisis de su historia. Que han llevado a América latina a la quiebra de sus economías, a la alienación de sus bienes públicos, a la expropiación de los derechos de los trabajadores. Además de ya haber gobernado –en Argentina, en Brasil, en Uruguay, en Bolivia, en Venezuela, en Ecuador—, y de haber fracasado, sigue gobernando, con sus políticas, en otros países.

México fue el que quedó de los casos ejemplares que los organismos internacionales presentaban como exitosos. Fue el primer país en firmar un Tratado de Libre Comercio (Nafta) con Estados Unidos y con Canadá. El balance a 20 años de su entrada en vigencia no podía ser peor. La situación en México no permite otro análisis que no sea que el tratado ha sido bueno –como siempre– para la parte más fuerte, para EE.UU., y pésimo para México.

Pero otros países siguen el modelo neoliberal, como es el caso de Perú, que presenta, a lo largo de los últimos años, altos niveles de crecimiento de su PBI, pero sin que se alteren los pésimos índices sociales del país, haciendo que se sucedan presidentes que rápidamente pierden el apoyo popular y son derrotados al final de sus gobiernos.

¿Qué puede proponer la derecha para Argentina, por ejemplo? ¿Qué actitud puede tener frente a los gobiernos que han recuperado el país de la peor crisis de su historia? Van a cuestionar el modelo de crecimiento económico con distribución de renta? ¿Van a salirse de los procesos de integración regional? ¿Van a disminuir el tamaño del Estado, para volver a promover la centralidad del mercado? ¿Retomarán las políticas de paridad con el dólar? ¿Abolirán las políticas sociales, que han hecho que Argentina se recuperase de los terribles retrocesos impuestos a su pueblo por la dictadura militar y por el gobierno neoliberal?

¿No fue la derecha, con el gobierno de Cardoso, la que llevó Brasil a su más profunda y prolongada recesión, con un inmenso endeudamiento con el FMI, de los cuales Brasil sólo salió con el gobierno de Lula?

¿No fue la derecha la que prácticamente privatizó Pdvsa, la empresa estatal venezolana de petróleo, que intentó derrumbar el gobierno legítimamente elegido de Hugo Chávez con un golpe en 2002?

¿No fue la derecha la que intentó privatizar el agua en Bolivia, intento frustrado por la formidable movilización del pueblo boliviano, liderado por Evo Morales? ¿No fue esa misma derecha que intentó dividir al país, para buscar bloquear los extraordinarios avances del primer gobierno indígena de Bolivia?

¿No fue la derecha la que entregó las riquezas ecuatorianas en manos de Chevron, promoviendo una brutal contaminación de la Amazonia ecuatoriana? ¿No fue la derecha de ese país la que tuvo como candidato a la presidencia al más grande banquero de ese país?

¿No fue la derecha la responsable por los peores gobiernos que ha vivido el continente, las dictaduras militares y los gobiernos neoliberales? ¿No es la derecha la que quiere imponer un freno a los avances que los gobiernos progresistas han logrado y forzar un retroceso de gigantescas dimensiones en esos países?

Porque no puede decir qué haría, en caso de ganar, la derecha se limita a las críticas, a la difusión de un escenario pesimista sobre la economía y sobre el país, al denuncismo vacío. Porque sólo si al país le va mal, le puede ir bien a la derecha.

ARGENTINA Y BRASIL: DERECHAS GEMELAS

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Por Emir Sader, sociólogo y cientista político brasileño. Es coordinador del Laboratório de Políticas Públicas de la Universidade Estadual do Rio de Janeiro (Uerj).

 

Tomado de Alainet

 La derecha latinoamericana nunca estuvo tan débil. Pierde sucesivamente elecciones en países como Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador, Venezuela, El Salvador. Nunca estuvo tanto tiempo desalojada del gobierno en esos países como ha estado en este siglo.

Las trasformaciones sociales llevadas a cabo por los gobiernos de esos países, los avances en los procesos de integración independientes respecto a los Estados Unidos de América (EUA), la recuperación del rol activo del Estado, han llevado al aislamiento de la derecha en la región. El fracaso de los gobiernos neoliberales y su incapacidad de formular otra alternativa, hacen con que paguen el precio de los daños causados por ese modelo y voten en contra de los que lo representan.

Los EUA siempre han jugado con la división y la competencia entre gobiernos de la región para mantener su poder. Fue así, por ejemplo, a lo largo de todo el proceso de renegociación de las deudas de los países, que nunca han logrado hacerla colectivamente.

Golpe durísimo en ese jugo fue la sólida alianza establecida entre los gobiernos de Argentina y Brasil, con la elección de Lula y de Néstor Kirchner para presidir dos de los tres más grandes países de la región. Esa alianza, que nunca fue tan sólida entre Argentina y Brasil, es el eje a partir de la cual los procesos de integración regional se consolidan y se expanden, factor del más grande aislamiento de EUA en América Latina.

Las derechas argentina y brasileña tienen enormes similitudes, porque ambas se han reorganizado alrededor de los dos más importantes gobiernos populares que han tenido esos países en el siglo XX: los de Perón y de Getulio Vargas. Por ello son derechas elitistas, oligárquicas, racistas, antinacionales.

Es la derecha la que intentó tumbar a Vargas en 1954 y lo llevó al suicidio. Es la que tumbó a Perón en 1955 y llevó Argentina a iniciar el ciclo de las acciones militares gorilas en la región. Es la derecha la que dio finalmente el golpe en Brasil en 1964 e instauró la más larga dictadura militar en la región. Es la misma derecha que intentó hacer lo mismo en 1966 en Argentina, pero vio frustrado su golpe. Tuvo que volver a la carga en 1976, para cerrar el círculo de terror de las dictaduras en el Cono Sur.

Es la misma derecha que no se resigna a que sean gobiernos populares – que no por acaso se identifican con los gobiernos de Perón y de Vargas – los que rescaten a Argentina y Brasil de los desastres producidos por la derecha durante las dictaduras militares y los gobiernos neoliberales. De nuevo sienten que la promoción de los derechos de las grandes mayorías populares dan la base de sostén a esos gobiernos y profundizan su odio a esos gobiernos y a sus bases populares.

Los pretextos son similares: la situación económica seria caótica, como si la que han dejado como herencia a estos gobiernos no fuera catastrófica. La corrupción, como si no fueran sus gobiernos militares y neoliberales los que han protagonizado los casos de corrupción más grandes de la historia de esos países, especialmente en los procesos de privatización de los bienes públicos.

Amenazan con nuevos golpes, con impeachment –procesos en los que solo ellos creen -, porque no tienen confianza en obtener mayoría para triunfar en las elecciones, a pesar de contar con el monopolio de los medios de comunicación como su gran triunfo. Lo hacen como forma de intentar desgastar a los gobiernos de Cristina y de Dilma. No tienen formas democráticas, transparentes, de oponerse a los gobiernos de esas dos grande mujeres latinoamericanas, mujeres de trayectoria, de coraje, de compromiso con la defensa de los intereses populares, de sus países y de América Latina.

Ni tienen razones, ni apoyo para cualquier intento de derrumbar a esos gobiernos. De lo que tratan es de poner obstáculos a que los programas sociales de esos gobiernos sigan adelante, superando las terribles herencias que han recibido de la derecha y consolidando cada vez más el apoyo popular a sus gobiernos.

Los medios de comunicación internacionales suelen reflejar lo que la prensa de derecha de esos países publica diariamente, contribuyendo a difundir una versión falsa de lo que realmente pasa. Son estos poderosos grupos monopolistas de los medios internacionales – que tienen en el Wall Street Journal, Financial Times, The Economist, El País algunos de sus órganos más conocidos- los que se hacen eco de la guerra que las derechas latinoamericanas hacen diariamente, buscando crear imágenes internacionales negativas de esos gobiernos. Felizmente ya hay órganos alternativos, que permiten que la verdadera cara no solo de Argentina y de Brasil, sino también de Uruguay, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Cuba, puedan llegar a sectores cada vez más amplios de la opinión pública mundial.

De la resistencia a la hegemonía

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Por Emir Sader

Es profesor de la Universidade de São Paulo (USP) y de la Universidade do Estado do Río de Janeiro (Uerj), es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Uerj y autor, entre otros de “A vingança da História”. Es el actual director de CLACSO.

La Jornada, de Mexico

 El paso de los indignados y los ocupa a Syriza y a Podemos es el paso de la resistencia a la disputa de hegemonía. Son las formas concretas que asumen la resistencia al neoliberalismo y el paso a la lucha por la construcción de alternativas.

El modelo neoliberal ha promovido un masivo processo de mercantilización de nuestras sociedades y del mismo Estado. Ha tratado de transformar los derechos en temas del mercado. Busca que todo tenga precio, todo se pueda vender y comprar.

Ha atacado a la esfera pública, que es la de los derechos de los ciudadanos, buscando imponer la centralidad de la esfera mercantil, la esfera de los consumidores, de las mercancías. La centralidad del mercado ha significado hacer mercancías lo que eran derechos, debilitando el rol de ciudadanos en favor del consumidor. Se compra educación, salud, cultura, que dejan de ser derechos. El imperio del dinero es el responsable por la profundización de las desigualdades en el mundo contemporáneo.

En América Latina la lucha antineoliberal ha comenzado por la resistencia frente a la avalancha ideológica, económica, social y política. Habría que contener esa ofensiva defendiendo los derechos de la gente, el rol del Estado, la protección del mercado interno, el empleo, los salarios.

Así se ha hecho especialmente en los año 90, hasta que empezaron a surgir gobiernos que se proponían superar ese modelo, gobiernos posneoliberales. ¿Qué es lo que ha caracterizado a esos gobiernos, que han logrado hacer que en varios países de la región –la más desigual del mundo– haya disminuido la desigualdad, la pobreza y la miseria, aun en medio de la profunda y prolongada crisis que el neoliberalismo ha generado en escala mundial?

Países como Brasil, Argentina, Venezuela, Uruguay, Bolivia y Ecuador tienen en común, antes de todo, la centralidad de las políticas sociales. Aún cuando son necesarios ajustes de las cuentas públicas, para controlar la inflación, por ejemplo, esto no es el centro de las políticas de esos gobiernos, que implementan la centralidad, la prioridad de las políticas sociales. Han desarrollado modelos de desarrollo económico con distribución de renta, ensanchando el mercado interno de consumo popular. Son políticas de diversas características, pero ninguna ha distribuido tanta renta como la extensión de los empleos formales de trabajo. Pero como mucha gente está fuera de esa condición, políticas como las de Bolsa familia, en Brasil, se han extendido y jugado un rol complementario importante en el rescate social de gran parte de la población.

Asimismo, han rescatado el rol activo del Estado como inductor del crecimiento económico, garante de los derechos sociales recuperados y actor político internacional. Porque el tercer aspecto de los gobiernos posneoliberales ha sido la prioridad de los procesos de integración regional y los intercambios sur-sur en lugar de los tratados de libre comercio con Estados Unidos.

A partir de esos tres puntos las fuerzas antineoliberales han logrado pasar de la resistencia a la construcción de alternativas, de la oposición a la construcción de fuerzas hegemónicas de superación del modelo neoliberal.

El proceso que vive Europa, con la victoria electoral de Syriza en Grecia, con el fortalecimiento de Podemos en España, parece hacer, a su manera, un camino similar al de la resistencia a la construcción de alternativas concretas al neoliberalismo, disputando la hegemonía a escala nacional en cada país.

 

Estados Unidos fuera de Guantánamo

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Por Emir Sader. Es profesor de la Universidad de São Paulo y de la Universidad del Estado do Río de Janeiro (Uerj), coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Uerj y autor, entre otros de “A vingança da História”.

Tomado de Publico.es

El Gobierno de Estados Unidos dijo que tenía la intención de cerrar el centro de torturas instalado en Guantánamo, pero que no pretende devolver a Cuba este territorio, ocupado militarmente desde finales del siglo XIX. Las razones son insostenibles: dicen que la base militar en Guantánamo es importante para EEUU. Más allá de que la base no tiene ninguna importancia militar – salvo el centro de torturas -, ello no otorga a EEUU ningún derecho a mantener la ocupación de una parte del territorio cubano, como si las necesidades de EEUU se pudieran imponer por encima de la soberanía de Cuba.


Estados Unidos se comporta como si fuera el propietario natural de un territorio adquirido militarmente, sin necesidad de argumentar. Se comporta como si la ocupación militar diera derecho a la apropiación de un territorio que no le pertenece.

Fue una clara ocupación militar lo que llevó a cabo Estados Unidos cuando intervino en el momento en que Cuba estaba derrotando a la decadente potencia colonizadora española, a finales del siglo XIX, con el pretexto de la pacificación del conflicto, cuando lo que verdaderamente pretendía era bloquear la independencia de Cuba. La apropiación de Guantánamo, mediante un contrato impuesto, por un siglo, contribuyó a denunciar el carácter neocolonial de la intervención norteamericana, que además se complementaba con la tutela de los gobiernos cubanos a lo largo de toda la primera mitad del siglo XX, caracterizada como un periodo neocolonial. Cuba solo pudo realizar su anhelo nacional con la Revolución Cubana de 1959, para lo cual tuvo que derrotar y derrocar el régimen de Fulgencio Batista, representante de los intereses estadounidenses en la Isla.

La de Guantánamo fue una intervención paralela a la del Canal de Panamá. Después de inducir la separación del territorio de Panamá de Colombia, EEUU retomó inmediatamente el fracasado proyecto francés de construcción del canal. Lo completó, revelando cuál era el sentido de la separación de Panamá. E impuso un contrato de control del territorio del canal durante un siglo por parte de EEUU, además de introducir el dólar como moneda, para consolidar el carácter neocolonial de toda la operación.

Cuando se acercaba el vencimiento del siglo de ocupación del canal, el presidente nacionalista panameño Omar Torrijos, impidió que, por la vía de los hechos, EEUU prorrogara de forma indefinida la ocupación de la zona del canal. Se firmaron entonces convenios que implicaban la devolución del control del canal al Gobierno de Panamá, lo cual finalmente se acabó concretando a finales del siglo XX.

Cuba llegó, en un momento dado, a no plantear la devolución del territorio de Guantánamo como condición para el restablecimiento de relaciones entre los dos países, en un gesto de buena voluntad. Pero ahora, en la reunión de la CELAC, en San José de Costa Rica, el Presidente de Cuba, Raúl Castro, incluyó la devolución de Guantánamo como una de las condiciones para la efectiva normalización de las relaciones entre los gobiernos de Cuba y de Estados Unidos.

En el momento en que el Gobierno norteamericano hace su listado de condiciones que quiere imponer a Cuba, desconoce la más evidente de las cuestiones pendientes: la retirada definitiva y total del territorio de Guantánamo y su devolución al gobierno de Cuba. Los norteamericanos no tienen argumentos que puedan esgrimir públicamente para no devolver ese territorio. Sus supuestas necesidades militares como potencia imperial son suyas y no tienen por qué ser asumidas por otros países, menos todavía por Cuba, víctima de esa agresión y de tantas otras.

Con la derrota y el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, ahora se trata de que se termine de forma definitiva y completa el bloqueo y que Guantánamo sea devuelta a Cuba, de quien nunca debió haber sido arrebatada.

La Pax Americana

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Por Emir Sader

La revista The Economist anuncia que el próximo “Estado fallido” será Libia. ¿Próximo? Si ellos mismos confiesan que no hay Estado en el país, pues hay dos gobiernos, dos parlamentos, una disputa para ver quién dirige el banco central, la compañía de petróleo, no hay policía ni ejército nacional; varios grupos de milicias luchan por el control del territorio nacional, la infraestructura del país está en ruinas, los pozos de petróleo, disputados por distintas milicias, están siempre en riesgo de explotar; las torturas y las ejecuciones proliferan. Turquía, Qatar y Sudán apoyan a un bando, mientras Emiratos Arabes Unidos y Egipto apoyan al otro. Si esto no es un Estado fallido, ¿que más se necesita para que lo sea?

¿Quién es responsable por la destrucción de otro país en la región? ¿Ya no basta con lo que pasa en Afganistán, en Irak, en Siria, en Yemen?

Hay que recordar que los bombardeos que tuvieron como resultado la destrucción de Libia fueron autorizados por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, para “proteger a la población civil”, cuando ya se habían desatados combates generalizados por el poder en el país. Valiéndose de esa decisión e interpretándola a su manera, la OTAN bombardeó sistemáticamente el país, no con la intención de proteger a la población civil –quién puede estar protegido de los bombardeos de la OTAN–, sino para derrumbar el gobierno de Khadafi. Tanto es así que tan pronto como cayó el régimen y fue asesinado de forma vergonzosa el hasta entonces jefe de Estado, masacrado públicamente en manos de milicias, la OTAN dio por cumplida su misión de “protección de la población civil” de Libia, suspendió los bombardeos, al parecer Naciones Unidas pensó lo mismo, y Libia fue entregada a una brutal guerra civil entre grupos armados. A la vez que otros bandos se valían de los armamentos en manos de esas milicias para perpetrar atentados en otros países –como los realizados en Argelia y en Yemen– y organizar nuevos grupos fundamentalistas en toda la región. No sólo Libia no se ha estabilizado, sino que se ha vuelto un foco activo de desestabilización de varios países de la región. En el período de Guerra Fría había zonas de influencia de las dos superpotencias, aun cuando había conflictos graves –como la sangrienta guerra entre Irak e Irán–, el conflicto no se generalizaba al conjunto de la región, como sería hoy día. Terminada la Guerra Fría, con la victoria del campo occidental bajo el liderazgo de los Estados Unidos, se dieron las condiciones para que se impusiera la Pax Americana, ya sin límites. Pasábamos de un mundo bipolar a un mundo unipolar, bajo hegemonía imperial norteamericana.

Desde entonces pasaron a existir modalidades de invasión y destrucción de países, con Afganistán e Irak como casos iniciales, pero cuyo efecto destructor se ha diseminado por países como Libia, Siria, Yemen, con potencial de arrastrar a todos. Nunca el panorama fue tan desalentador y sin control en toda la región, con perspectivas de empeoramiento, conforme la acción militar y politica de Estados Unidos se intensifica, arrastrando a sus aliados –europeos, de América del Norte, de Oceanía– hacia nuevas aventuras militares.

Como consecuencia de las desastrosas y belicistas intervenciones lideradas por Washington, el talibán se ha fortalecido como nunca en Afganistán, Al QaIda retorna con fuerza, el Estado Islámico avanza en Irak y en Siria. Como respuesta, Estados Unidos lleva a sus aliados a comprometerse con una nueva ofensiva militar, que tiene como uno de sus efectos los atentados terroristas en Canadá, en Australia, ahora en Francia, haciendo que se extiendan como un reguero de pólvora los riesgos por todo el mundo.

Esa es la Pax Americana, el mundo prometido por EE.UU., victorioso en la Guerra Fría, a su imagen y semejanza. Un mundo que es víctima de sus tentáculos imperialistas y que nunca había estado tan en riesgo por la multiplicación de los epicentros de guerra.

 

LA SOLEDAD LATINOAMERICANA

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Por Emir Sader

 América Latina vivió la soledad de los años noventa, cuando sólo existía en los procesos de privatización y en las crisis financieras. Afuera de ahí, sólo noticias deportivas o una que otra elección que escogía nombres distintos para el mismo tipo de gobierno hablaban del continente fuera de sus fronteras.

Era una soledad con las promesas de que la vía escogida entonces sería la de la integración en la globalización. Uno que otro mandatario, como Fernando Henrique Cardoso, era invitado a alguna cumbre de la llamada “tercera vía”, para demostrar que todavía quedaba algo de vida inteligente en el sur del mundo.

Pero en general eran personajes despreciados –como Carlos Menem, Alberto Fujimori, Carlos Salinas de Gortari, Fernando Collor de Mello, Fernando de la Rúa.., justamente porque aceptaban, de forma subordinada, los dictámenes del FMI, del Banco Mundial, de la OMC, con la esperanza de que la globalización trajera a nuestros países más que capitales especulativos y sus respectivas crisis.

Hoy Latinoamérica vive de nuevo en soledad. Pero otro tipo de soledad. Varios de sus gobiernos despliegan políticas posneoliberales, a contramano de los vientos que vienen del centro del capitalismo, que siguen siendo vientos neoliberales. Así, esos gobiernos logran escapar de la recesión impuesta a los países del centro del sistema y que se reproducen en tantos otros de la periferia –varios en la misma América latina.

Aprendiendo de las mismas experiencias europeas, esos gobiernos reaccionaron frente a la larga y profunda crisis generada en los países del Norte, lanzando políticas anticíclicas que nos han permitido defendernos de la recesión. Mientras, paradójicamente, en Europa se intensifica la recesión con medidas de corte ortodoxo.

Con esas políticas, países latinoamericanos como Argentina, Venezuela, Brasil, Uruguay, Ecuador, Bolivia no sólo han resistido a la recesión, también han disminuido la desigualdad, la pobreza y la miseria, mientras ellas aumentan en Europa, en Estados Unidos y en Japón.

Por eso esos gobiernos, dedicados a procesos propios de intensificación de sus relaciones, están, sin embargo, aislados respecto a otras regiones del mundo. Hay un intenso mercado con China, es cierto, pero ello no ha significado, hasta ahora, la creación de una fuerza política que proponga alternativas al agotado neoliberalismo.

Existen, es cierto, los Brics, que han tomado importantes iniciativas, como por ejemplo la creación del banco de financiamiento propio y apoyo a esos países emergentes. Pero los Brics no han todavía definido una política y un marco de alianzas que pueda congregar a un conjunto del sur del mundo.

García Márquez decía, en su extraordinario discurso de recibimiento del Nobel de Literatura, que los otros aceptan la originalidad de la creación artística de nuestros países, pero se resisten a aceptar que nosotros desarrollemos esa misma creatividad para definir nuestros destinos. Ahora esos países han encontrado el camino para, de forma original y creativa, construir el destino latinoamericano. Encontramos un destino común, aunque todavía al precio de vivir una nueva soledad. Pero, por lo menos, la vivimos con sociedades más solidarias, menos desiguales, soberanas.

Tomado de Página/12

2013, lo que de hecho cambió en el mundo

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Por Emir Sader, en La Jornada

Como siempre, se acumulan una cantidad de hechos –entre elecciones, muertes, conflictos– que cada año se destacan periodísticamente, pero que dificultan la comprensión de los cambios en las relaciones de poder, las que efectivamente cuentan en la evolución de la situación internacional.

En la compleja trama de acontecimientos, lo más importante fue el cambio de clima en el escenario internacional. Desde que triunfó en la guerra fría, Estados Unidos ha adoptado la postura, frente a los conflictos internacionales, de imponer la militarización. Transferir el enfrentamiento al campo militar, donde su superioridad es manifiesta, ha sido la característica principal de la acción imperial. Así ocurrió en Afganistán, en Irak y en Libia por medio de fuerzas intermedias. Y todo llevaba a una repetición de este tipo de acciones en Siria e Irán.

Pero, de repente, tomando la palabra al secretario de Estado norteamericano, John Kerry, el gobierno ruso propuso un acuerdo para Siria que desconcertó al gobierno de Obama, el que finalmente no tuvo más que aceptar. Esto fue posible porque el gobierno de Estados Unidos no logró crear las condiciones políticas para una nueva ofensiva militar.

Primero, el Parlamento británico negó, por primera vez, el apoyo a Washington para un ataque a Siria. Después fue evidenciándose que ni la opinión pública, ni el Congreso, ni tampoco los militares de Estados Unidos estaban a favor de la ofensiva anunciada o de un tipo de ataque propuesto por el gobierno de Barack Obama.

El resultado es que Estados Unidos fue conducido a aceptar la propuesta rusa, lo que abrió las puertas a otras posibilidades, entre ellas, coincidiendo con las elecciones en Irán, hacia negociaciones políticas, confirmando el vínculo estrecho entre el conflicto sirio y el iraní.

Otro de los desenlaces ha sido que Israel, Arabia Saudita y Kuwait han quedado aislados en sus posiciones favorables a acciones militares directas contra Siria e Irán. Se fue instalando un clima de negociaciones pacíficas de los conflictos, convocándose una nueva conferencia de paz para la segunda quincena de enero, en Ginebra, para discutir un acuerdo de paz sobre Siria. Una conferencia que no plantea como condición la salida de Bashar Assad del gobierno, como se intentaba hacer anteriormente.

La oposición moderada en Siria tuvo que aceptar su participación, incluso en estas condiciones. Y aún más, tuvo la sorpresa de que Estados Unidos y Gran Bretaña suspendían su apoyo militar, dada la hegemonía en el frente opositor de los grupos fundamentalistas, apoyados por Arabia Saudita y Kuwait.

Como dos puntos determinan un plan, las pláticas sobre Siria abrieran espacio para una negociación, por primera vez desde 1979, entre Estados Unidos e Irán. Se ha dibujado así, en pocas semanas, un escenario totalmente diverso de aquel que había imperado a lo largo de los años anteriores.

Estados Unidos pasó de la ofensiva a la defensiva, en tanto Rusia pasó de actor marginal a central en las negociaciones de paz, al punto de que la revista Forbes, por primera vez, ha elegido a Vladimir Putin como el hombre más influyente del mundo, por encima de Barack Obama. Eso se debe no al poderío militar o económico de Rusia, sino a su capacidad de iniciativa política.

Así, junto a la capacidad de países del sur de resistir a la recesión en el centro del capitalismo, por sus intercambios mutuos y por la expansión de sus mercados internos hacia el consumo popular, expresando un tipo de multilateralismo económico en el mundo, la mayor novedad política internacional de 2013 ha sido un embrionario multilateralismo político que proyecta hacia 2014 las negociaciones políticas sobre Siria e Irán como los temas más importantes en la consolidación de ese nuevo clima en las relaciones internacionales.

 

TRES VISIONES SOBRE LA VISITA DEL PAPA MAÑANA A BRASIL

A qué viene el Papa

 

Por Emir Sader, Secretario general de Clacso

Estaba en el programa del papa anterior, que el nuevo papa viene justamente a cumplir, la visita a Brasil. Es claramente parte de un plan del Vaticano para intentar recuperar el terreno perdido en las últimas décadas en el que es considerado el continente más católico del mundo.

El papa Juan Pablo II había tomado una decisión estratégica al alinearse con los Estados Unidos y Gran Bretaña, para protagonizar, junto con Ronald Reagan y Margaret Thatcher, la ofensiva final contra la URSS, para provocar el desenlace favorable al bloque imperialista en la Guerra Fría. Formó parte de eso, a través de la represión y el debilitamiento de la Teología de la Liberación, que podría haber sido la versión popular del catolicismo.

La fuerte ofensiva del Vaticano contra la Teología de la Liberación mató a la gallina de los huevos de oro del catolicismo y abrió el campo para todas las variantes evangélicas, que ocuparon el espacio que podría haber sido ocupado por la versión popular del catolicismo. En lugar de fortalecerse, la Iglesia Católica entró en una profunda –y probablemente irreversible– decadencia.

La visita del Papa a Brasil –considerado el país con más católicos del mundo– tiene como objetivo recuperar el espacio perdido en las últimas décadas, a contramano de las tendencias de debilitamiento de adhesión a las religiones y de la expansión de varias corrientes evangélicas.

Pero el Papa no trae ningún discurso atractivo, especialmente para las nuevas generaciones, mayoritarias en Brasil y en América latina. Más allá de la participación de una cantidad relativa de jóvenes durante su visita, nada indica que el Papa pueda recuperar prestigio y adhesión en Brasil y en nuestro continente. Sobre los temas que preocupan a los jóvenes y al mundo contemporáneo, el Papa no tiene nada para decir. Su discurso se revela conservador en lo que refiere a los temas básicos que interesan a los jóvenes y que podrían renovar el discurso de la Iglesia: el papel de las mujeres, el aborto y el divorcio, entre otros.

Hay una campaña publicitaria que intenta proyectar una imagen simpática del nuevo papa para contrarrestar la antipatía y la falta de atractivo del papa anterior. Pero nada más allá de su imagen.

Se esperaba que, como el nuevo papa es argentino, ya no vendrían dos millones, sino dos millones y medio de personas, pero estas previsiones ilusorias rápidamente naufragaron, y se habla ahora de menos de la mitad de eso y seguramente más del 90 por ciento será procedente de Brasil.

La visita del Papa tendrá un efecto instantáneo, sólo porque es producto de una campaña publicitaria para proyectar a algún líder conservador en un mundo en que los estadistas del bloque occidental –Obama, Merkel, Hollande, Rajoy y Cameron entre otros– tienen una imagen muy deteriorada. Pero a falta de un discurso atractivo –más allá de las apelaciones demagógicas y vacías sobre la miseria, la paz, la revigorización de la espiritualidad, etc.–, nada más se puede esperar de la visita del Papa, que se irá como vino, sin ninguna capacidad para fortalecer una Iglesia Católica brasileña con autoridades oficiales conservadoras e inexpresivas. La derecha conseguirá esporádicamente proyectar la imagen simpática del papa actual, sin ninguna injerencia en la situación de Brasil y de América latina.

Magisterio gestual

Por Washington Uranga

La visita que el papa Francisco iniciará mañana lunes a Brasil –y que se extenderá hasta el próximo domingo– puede ser la oportunidad para que la máxima autoridad del catolicismo profundice en su magisterio gestual, utilizando con simbólica capacidad política cada una de las situaciones que se le presenten. De hecho, todos los detalles que trascendieron del viaje –que tiene por principal objetivo participar de la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro– han servido para ratificar la imagen de austeridad que el Papa ha construido desde el inicio de su pontificado hace poco más de cuatro meses. Rechazó una cabina especial en el avión que lo llevará hasta Río, ya avisó que no utilizará el llamado “papamóvil”, un vehículo blindado, porque quiere estar cerca de la gente y pidió que la seguridad se reduzca al máximo por el mismo motivo.

“El Papa no desea obstáculos en su comunicación con el pueblo. Esa es la realidad de este pontificado” aseguró el sacerdote Federico Lombardi, vocero del Vaticano, en una entrevista concedida esta semana al diario O Estado de São Paulo. Esa será la tónica de la visita. Lejos del carisma de masas de Juan Pablo II, pero también de la distancia formal de Benedicto XVI, Francisco seguirá en la línea de profundizar su imagen de un pontífice cercano a la gente.

Pero, más allá de lo que el Papa quiera o desee, Brasil tiene sus propios problemas y el gobierno de Dilma Rousseff no va a descuidar ningún detalle. Tampoco los de seguridad. Por eso habrá aproximadamente 14 mil efectivos dedicados a garantizar el orden en los actos, sobre todo teniendo en cuenta que la vidriera que aporta la visita papal puede ser una oportunidad ansiada por los mismos manifestantes que hace apenas unas semanas hicieron oír sus voces de protesta a raíz de la celebración de la Copa de Fútbol de las Confederaciones.

Nadie espera que el viaje a Brasil depare grandes sorpresas en cuanto a anuncios. La última novedad generada por Francisco tuvo lugar hace apenas unos días, el 18 de julio, cuando informó sobre la creación de una comisión pontificia de carácter técnico-jurídico que tendrá como misión elaborar “soluciones estratégicas de mejora, necesarias para evitar el dispendio de recursos económicos, para promover la transparencia en la adquisición de bienes y servicios, para perfeccionar la administración del patrimonio mueble e inmueble, para operar cada vez con mayor prudencia en el sector financiero, para garantizar la correcta aplicación de los criterios contables y garantizar asistencia sanitaria y social a todos los que tienen derecho”. Esa comisión, de ocho miembros, será nombrada directamente por el Papa, estará en directa relación con el grupo de cardenales a los que Francisco le confió la reforma de la estructura de la Iglesia y será dotada de todos los recursos necesarios para su acción. Bergoglio continúa en su línea de poner las cuentas en claro y recuperar la transparencia de las finanzas vaticanas.

Desde el punto de vista doctrinal no habría que esperar tampoco sorpresas o grandes anuncios en Brasil. Bergoglio utilizará su visita para hablarle al continente latinoamericano y para hablar al mundo desde la Iglesia de América latina de la que él mismo surgió. La mayoría de sus discursos repetirán las claves del documento colectivo de los obispos latinoamericanos en Aparecida (Brasil, 2007) del que el propio Bergoglio, entonces cardenal de Buenos Aires, fue uno de los principales redactores. Se sabe que Francisco tiene siempre a mano un ejemplar de ese documento para entregarlo con recomendación de lectura a los gobernantes y dirigentes políticos que lo visitan. Dos ejes pueden surgir de allí. En lo estrictamente eclesiástico la necesidad de recuperar la fuerza misionera de la Iglesia que pierde espacio en la sociedad y en la cultura. En lo social habrá un reiterado llamado en favor de los pobres, de la justicia y de la paz.

En lo político, Francisco también dirigirá su discurso al continente latinoamericano. Bergoglio acordó con la Presidenta de Brasil un encuentro al que fueron invitados todos los mandatarios de América latina. Allí estará también la presidenta Cristina Fernández. No debería sorprender que frente a los jefes de Estado haya un llamado a la responsabilidad de los gobernantes para combatir la pobreza, luchar por la justicia y la paz.

EL PAPA DIJO ESTAR CONTENTO POR IR A BRASIL

Francisco les habla a los jóvenes vía Twitter

Viajará en un avión de línea como un pasajero más para no romper con su estilo de simplicidad y austeridad. Pide a los jóvenes que se preparen espiritualmente.

Por Elena Llorente

Desde Roma

A su primer viaje internacional, del 22 al 28 de julio a Brasil en ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, el papa Francisco también le impuso su estilo austero. A diferencia de otros papas, especialmente de Juan Pablo II, que pasó muchas horas de su pontificado arriba de los aviones, Francisco no quiso viajar en el súper avión de Alitalia, en el que normalmente se preparaba una pequeña habitación para el pontífice y hasta una cama, sino que prefirió hacerlo en un normal avión de pasajeros. Y aunque al parecer algunos trataron de convencerlo de que el viaje era largo y él necesitaba descansar porque iban a ser siete días muy intensos, no quiso romper con el estilo de simplicidad que lo ha venido caracterizando y con el cual se ha conquistado la simpatía de mucha gente en estos primeros cuatro meses de pontificado.

Pese a que esta visita al país latinoamericano había sido organizada durante el papado de Benedicto XVI, muchos esperan que el sello del “estilo Francisco” –un papa que se aleja de todo aquello que significa riqueza, desde el departamento papal en el que nunca quiso vivir hasta los autos que usa para sus traslados y su ausencia en ciertos eventos realizados en el Vaticano y considerados mundanos– sea la carta ganadora en un país y en una región, donde la Iglesia católica está perdiendo fieles cada día. Según un estudio de Pew Research Center, un centro de investigaciones sociales y políticas de Estados Unidos, el número de católicos en Brasil ha bajado de 125 a 123 millones en un decenio, mientras las religiones protestantes, especialmente los Pentecostales, han pasado de 26 millones en 2000 a 42 millones en 2010. El avance de las religiones protestantes y de las sectas ya había sido presentado como un problema por los obispos de Centroamérica a Juan Pablo II, cuando éste visitó varios de aquellos países en la década del ’90. Y estos datos estarán en la mira de Francisco cuando se encuentre con el millón de jóvenes de 170 países que se esperan en Río. Desde allí, según el portavoz del Vaticano, padre Federico Lombardi, lanzará un mensaje a toda América latina.

No dejan de preocupar sin embargo los disturbios callejeros que desde hace varias semanas se vienen produciendo en varias ciudades brasileñas, los últimos hace dos o tres días en dos barrios de Río de Janeiro. Y aunque las protestas no son contra el Papa, sino principalmente contra los gastos decididos por el gobierno para la Copa Mundial de Futbol del año próximo y los costos que eso significa para la gente común, muchos temen encontronazos. “Tenemos total confianza en la capacidad de las autoridades locales para manejar la situación. Por lo cual vamos completamente serenos, sabiendo que las manifestaciones no tienen nada de específico contra el Papa o la Iglesia”, dijo padre Lombardi hablando con los periodistas. Según algunos diarios italianos y brasileños, la visita de Francisco a Brasil le costará al país sudamericano cerca de 45 millones de euros, sobre todo en materia de medidas de seguridad de la que participarán entre 10.000 y 14.000 hombres de las fuerzas armadas y de otras fuerzas.

Francisco parece entusiasmado de poder encontrar a tantos jóvenes. Desde sus primeros días de pontificado viene haciendo referencias a la Jornada Mundial de la Juventud, un evento creado durante el papado de Juan Pablo II. “Queridos amigos, yo también emprendo el camino con ustedes, por la senda dejada por el beato Juan Pablo II y Benedicto XVI –dijo Francisco a los jóvenes reunidos en la plaza de San Pedro el Domingo de Ramos–. Miro con alegría al próximo mes de julio en Río de Janeiro. Prepárense bien, sobre todo espiritualmente, para que el encuentro sea una signo de fe para el mundo entero”, añadió. Y ayer mandó un mensaje a los jóvenes por Twitter: “Queridos jóvenes, sé que muchos de ustedes están todavía en viaje hacia Río. Que el Señor los acompañe en el camino”. Según el Instituto de investigaciones Toniolo de Italia que prepara periódicamente el “Informe jóvenes”, con el que colaboran profesores de universidades católicas, más del 70 por ciento de los entrevistados de entre 18 y 29 años, piensa que el Papa es una persona en la que se puede confiar mientras el 85 por ciento pone en evidencia que está más cerca de la gente que de la jerarquía de la Iglesia.

Francisco es el tercer papa que visita Brasil, después de Juan Pablo II (que fue tres veces) y Benedicto XVI (una). El programa de esta Jornada Mundial de la Juventud fue readaptado, después de la elección de Francisco en marzo. El papa Francisco quiso agregar algunos elementos y etapas en el viaje, explicó Lombardi, como por ejemplo el peregrinaje al santuario de Aparecida, la visita a la favela de Varginha de Río y al hospital San Francisco de Asis, además del encuentro con el Celam, la Conferencia Episcopal latinoamericana. “La visita a Aparecida ha sido particularmente querida por el Papa y ocupa un día que de otra manera se habría dedicado al descanso”, dijo el portavoz al explicar a la prensa algunos detalles del viaje. En Aparecida se reunió en 2007 el episcopado latinoamericano y elaboró un documento que Francisco regala a todos los jefes de Estado y políticos latinoamericanos que recibe en el Vaticano. De la delegación oficial forman parte entre otros el secretario de Estado Tarcisio Bertone, virtual primer ministro de la Santa Sede, el cardenal canadiense Marc Ouellet, prefecto de la Congregación para los Obispos y de la Pontificia Comisión para América latina y el cardenal Braz de Aviz, prefecto de la Congregación para la Vida Consagrada y único purpurado brasileño que trabaja en el Vaticano.

El Papa se encontrará oficialmente con la presidenta de Brasil, Dilma Roussef, el día de su llegada a Río. En el programa oficial de la visita no están previstos otros encuentros con mandatarios o políticos de otros países latinoamericanos, aunque no se descartan que puedan existir, a nivel privado. En cuanto a la posibilidad de que el Papa pudiera visitar también Uruguay, fue completamente descartada por Lombardi, tal como sucedió algunos meses atrás cuando se habló de una eventual visita a la Argentina durante este año.

Tomados de Página/12

Llegaron los muchachos

Por Emir Sader

¿Las grandes movilizaciones de las dos últimas semanas en Brasil llegaron como rayos en un cielo azul? ¿O eran previsibles e incluso tardaron en llegar? ¿Cuál es su significado, o son sus significados? ¿Qué puede alterar en la vida política brasileña?

Los gobiernos de Lula y Dilma promueven, desde hace mas de una década, un inmenso proceso de democratización social en el país más desigual del continente, más desigual del mundo. Junto con las trasformaciones dirigidas por Getúlio Vargas (entre los años 1930 hasta 1954, con un interregno entre 1945 y 1950) son los procesos más importantes de la historia brasileña, con varios aspectos comunes.

Por eso Lula logró ser reelecto y elegir a su sucesora, que se presenta como favorita para seguir dirigiendo Brasil a lo largo de la segunda década de gobiernos posneoliberales en el país (Ver “10 anos de governos posneoliberais no Brasil – Lula y Dilma, org. Emir Sader: www.flacso.org, con acceso libre e integral, lo cual ha permitido que ya lleguen a 500 mil los downloads del libro).

De repente surgieron las manifestaciones, a partir de la resistencia al aumento de tarifas del transporte urbano, para extenderse por todo el país con una rapidez y una masividad impresionantes. Se constituyó un movimiento –llamado Movimiento del Pase Libre (MPL)– que coordinó las manifestaciones, hacia el que han convergido un gran número de otras reivindicaciones, un movimiento protagonizado básicamente por estudiantes, con simpatía generalizada de la mayoría de la población.

Esta expansión fue posible porque se insertó en dos espacios respecto de los cuales el gobierno presenta debilidades particularmente concertadas. Por una parte, la ausencia de políticas hacia la juventud, segmento que buscó, con las manifestaciones, más allá de sus reivindicaciones concretas, afirmar su existencia como segmento específico, con voz y con poder de movilización.

En segundo lugar, el monopolio privado de los medios de comunicación –en contraste con los procesos de democratización en tantas otras esferas de la sociedad brasileña– sigue siendo intocable, derrotado sistemáticamente por el voto popular, pero manteniendo su poder de influencia, especialmente las cadenas televisivas.

En principio, como ocurre con todas las manifestaciones populares, la prensa privada buscó descalificarlas por la violencia que, desde su comienzo, se hizo presente al final de las manifestaciones, con actos vandálicos que, a su vez, tuvieron respuestas aún más violentas de las Policías Militares –uno de los factores que favorecieron la rápida difusión y expansión de las movilizaciones–. Pero enseguida los monopolios mediáticos se dieron cuenta de que las movilizaciones podrían desgastar al gobierno y pasaron a actuar de forma concentrada para magnificar las manifestaciones, intentando, a la vez, influenciarlas, buscando imponer los lemas de la oposición sobre las manifestaciones.

La combinación de esos dos factores explican, en lo esencial –además de otros, como la dureza de las condiciones de vida urbana, que hicieron que, no por caso, el movimiento se haya iniciado en San Pablo, la ciudad más rica y con mayores desigualdades del país, que sólo hace pocos meses dejó de ser dirigida por la oposición, con la elección de un alcalde del PT–, la irrupción brusca y poderosa del movimiento.

Después de vacilaciones de los gobernantes municipales, el movimiento logró su primera gran victoria, con la cancelación del aumento de las tarifas urbanas. Que es acompañada del triunfo de poner en discusión nacional la precariedad de los transportes, así como el tema crucial de su financiamiento, el rol de los sectores público y privado –uno de los temas recogidos por la presidenta Dilma Rousseff para proponer un Plan Nacional del Transporte urbano, organizado conjuntamente por el gobierno federal, autoridades provinciales y municipales, así como por movimientos vinculados con las manifestaciones y otras fuerzas populares.

Asimismo, más allá de esos aspectos específicos, el movimiento representa el ingreso a la vida política de una nueva generación de jóvenes, con sus formas específicas de acción y sus reivindicaciones propias. Hasta aquí, a pesar del inmenso apoyo popular y del amplio proceso de respaldo de las fuerzas populares a los gobiernos de Lula y Dilma, la vida política brasileña no contaba con la participación de los sectores emergentes de la juventud. Se supone que, a partir de este momento, serán un factor nuevo y con capacidad de movilización con el que tendrán que contar el gobierno y la política brasileños.

Pero, a la vez, las movilizaciones han tenido, desde su comienzo, un aspecto ya mencionado, que ha significado un factor de debilidad –las acciones violentas al final de las manifestaciones, con enfrentamientos con la policía y la destrucción de edificios públicos y de tiendas del comercio, de forma generalizada–. Cuando el movimiento logró su primer triunfo, su propia dirección suspendió nuevas movilizaciones, por ese elemento externo de violencia que se insertó en las concentraciones, así como por los intentos de la derecha –especialmente a través de los medios– de imponer lemas conservadores al movimiento, especialmente la hostilidad hacia los partidos políticos y hacia los movimientos sociales, que ha desembocado en agresiones a sus militantes por hordas, algunas de ellas, explícitamente identificadas con lemas y formas de acción fascistas.

A partir de la reducción de las tarifas, el movimiento afirmó que seguirá luchando por la gratuidad del transporte público, pero suspende nuevas manifestaciones, por los intentos de influir de sectores externos al movimiento. Pero los que promueven la violencia han intentado dar continuidad a las movilizaciones, ahora ya sin la masividad de las convocadas anteriores por la dirección del MPL, donde ya priman las acciones violentas, sin las reivindicaciones originales y sin la simpatía de los otros sectores de la población.

La presidenta Dilma Rousseff, después de una intervención inicial, donde reconocía la legitimidad del movimiento y reconocía que el gobierno estaba atento a las demandas de las movilizaciones, intervino de forma más sistemática el día 21, por cadena nacional. A la par de alabar la capacidad de movilización y las demandas del Movimiento, Dilma mostró amplia receptividad hacia ellas y propuso medidas y encuentros concretos para su discusión e implementación.

Mucho ya se ha escrito sobre las movilizaciones, con apresurados intentos –sociológicos y otros– de captar sus significados, mal disfrazando sus intereses y deseos propios. Desde que se agotaron los gobiernos del PT, hasta que los partidos habían desaparecido, pasando por los intereses de fuentes europeas de que el Campeonato Mundial de Fútbol no se realizara en Brasil, los rencores en contra de Brasil y de su gobierno se acumularon, como si se tratara de un final apocalíptico de una quimera pasajera de avances –en realidad extraordinarios– de una década, que en Brasil –junto a la figura de Lula– se han proyectado como referentes mundiales.

La oposición interna, asociada a sus aliados externos dirigida siempre por las pocas familias que controlan los principales medios privados de comunicación, buscan, desesperadamente, impedir la victoria de Dilma Rousseff en la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Todo su terrorismo económico respecto de un supuesto y nunca concretado “caos energético”, así como sobre un supuesto “descontrol inflacionario” –que anda alrededor del cinco por ciento anual en condiciones, cuando la actual oposición convivió con índices de más del mil por ciento al año– están en función de las elecciones presidenciales, cuando la derecha puede cosechar su cuarta derrota consecutiva, sumada al fantasma de que Lula podría volver a candidatearse en 2018, prolongando para más de una segunda década el posneoliberalismo en Brasil.

Movilizaciones con la amplitud de éstas, de todas maneras, representan de-safíos para todos –antes de todo para el gobierno, para el PT, para los movimientos sociales y todo el campo político de la izquierda, así como del pensamiento social–. Visiones economicistas de la izquierda tradicional tienen dificultades para comprender la juventud como categoría específica y todos los temas vinculados con ella.

El gobierno brasileño no ha puesto en debate el tema del derecho al aborto, el de la descriminalización del consumo de drogas, tampoco avanza en la democratización de los medios de comunicación –para mencionar apenas algunos de los tantos temas que atañen más directamente a la juventud–. Arrastra así una gran fragilidad respecto de esos sectores, fenómeno para el cual fue obligado a despertar de forma brusca e inesperada y tiene una posibilidad de ponerlos en la agenda, en la disputa por la conquista de esos sectores entre la derecha y la izquierda.

Es todavía temprano para saber cómo esas movilizaciones afectarán el futuro político de Brasil –volcado, en lo esencial, hacia las presidenciales del 2014–. Los medios tratarán de manipular, como siempre, las consecuencias, con sus encuestas amañadas y su nunca disfrazado rol de partido político de una oposición debilitada. Con candidatos sin apoyo popular buscan desgastar al gobierno, sin esperanzas de que sus posibles candidatos puedan conquistar los sectores jóvenes. Algunos sectores de éstos podrán votar por Marina Silva y su discurso ecologista ya desgastado, pero los otros posibles candidatos de la oposición, empezando por el más importante, Aecio Neves, no tienen ninguna receptividad entre esa juventud.

El gobierno y la izquierda, habiendo demostrando gran fragilidad e incapacidad de reacción frente a las movilizaciones, podrán ser afectados negativamente o ser capaces de renovarse y no buscar únicamente soluciones a los problemas planteados por el movimiento, sino incorporar temas que interesan directamente a los jóvenes, así como la juventud como tal, como agente político sin el cual difícilmente se pueda proyectar el futuro del país.

Lo peor que podría pasar a Brasil –un país con un contingente inmenso de jóvenes en su población– sería contar con una juventud ausente, pasiva, volcada hacia otros temas que no sean los de la política, la sociedad y el Estado.

Esos jóvenes no han golpeado a la puerta de la política, sino que la han tumbado, con sus gritos y sus formas de ser. Han tomado de sorpresa a viejos políticos que todavía ocupan los espacios centrales de la política brasileña, en contraste con la juventud de su población. Es hora de renovar la política y sus cuadros, para que la irrupción de esos jóvenes no se reduzca a un fenómeno mediático y de aburridos estudios sociológicos, que hablan más de sí que de la realidad.

Brasil, que supo colocar el tema central en el continente de la desigualdad social como prioritario, tiene ahora el desafío de pasar de la democratización social a la democratización política –empezando por el financiamiento público de las campañas electorales– y por la democratización cultural –empezando por el fin de los monopolios mediáticos– y la discusión de los temas que ocupan más directamente a la juventud.

* Intelectual brasileño, autor de El Nuevo Topo, Los caminos de la Izquierda Latinoamericana (Siglo XXI), coordinador de Latinoamericana Enciclopedia Contemporánea de América Latina y el Caribe (Akal), así como de 10 años de posneoliberalismo no Brasil – Lula e Dilma (Boitempo).

Brasil: primeras reflexiones

Por Emir Sader

El movimiento iniciado en Brasil como resistencia al aumento de las
tarifas del transporte fue inédito y sorprendente. Quien diga en este
momento que alcanza a captar todas sus dimensiones y proyecciones
futuras, muy probablemente tendrá una visión reduccionista del
fenómeno, presionando la sardina para defender preconceptos, para
confirmar sus propios argumentos, sin darse cuenta del carácter
multifacético y sorprendente de las movilizaciones.

No vamos a intentar eso en este artículo, sino apenas allegar algunas
primeras conclusiones que nos parecen claras.

Fue una victoria del movimiento la anulación del aumento; muestra la
fuerza de las movilizaciones, aún más cuando se apoyan en una
reivindicación justa y posible: tan así que se pudo concretar.

Esa victoria, en primer lugar, refuerza concretamente el que las
movilizaciones populares valen la pena, sensibilizan a las personas,
hacen que se hable a toda la sociedad y sirven como fuerte factor de
presión sobre los gobiernos.

Además de lo anterior, el movimiento puso en discusión una cuestión
fundamental en la lucha contra el neoliberalismo –la polarización
entre intereses públicos y privados–, sobre quién debe financiar los
costos de un servicio público esencial que, como tal, no debería estar
subordinado a los intereses de las empresas privadas, movidas por el
lucro.

La conquista de la anulación del aumento se traduce en un beneficio
para los extractos más pobres de la población, que son los que
comúnmente utilizan el transporte público, demostrando que un
movimiento debe abarcar no sólo las reivindicaciones que corresponden
a cada sector de la sociedad en particular, sino tiene que atender
demandas más amplias, especialmente las procedentes de los sectores
más necesitados de la sociedad, de quienes tienen mayores dificultades
para trasladarse.

Tal vez el aspecto central de las movilizaciones haya sido el haber
incorporado a la vida política amplios sectores de la juventud, no
contemplados en las acciones gubernamentales que, hasta aquí, no
habían encontrado formas específicas de manifestarse políticamente.
Este poder ser es la consecuencia más permanente de las
movilizaciones.

Quedó claro, también, que los gobiernos de los más diferentes partidos
–unos más, los de derecha; otros menos, los de izquierda– tienen
dificultades para relacionarse con las movilizaciones populares. Toman
decisiones importantes sin consulta y cuando se enfrentan con
resistencias populares tienden a reafirmar tecnocráticamente sus
decisiones –no hay recursos, las cuentas no cierran, etcétera–, sin
darse cuenta de que se trata de una cuestión política, de una justa
reivindicación de la ciudadanía apoyada en un inmenso consenso social,
a la que deben darse soluciones políticas para la que los gobernantes
fueron elegidos. Sólo después de muchas movilizaciones y de desgaste
de la autoridad gubernamental, las decisiones correctas se asumieron.
Una cosa es afirmar que se dialoga con los movimientos y otra es
enfrentarse efectivamente con sus movilizaciones, más cuando contestan
y contradicen decisiones tomadas por la autoridad.

Con certeza, un problema que el movimiento enfrenta son las tentativas
de manipulación desde fuera. Una de ellas, representada por los
sectores más extremistas, que buscaron incorporar reivindicaciones
maximalistas, de levantamiento popular contra el Estado, buscaba
justificar sus acciones violentas caracterizadas como vandalismo. Son
sectores pequeños, externos al movimiento, con infiltración o no de la
policía. Alcanzan a ser destacados de inmediato por la cobertura que
los medios promueven, pero son rechazados por la casi totalidad de los
movimientos.

La otra tentativa fue de la derecha, claramente expresada por la
actitud de los viejos medios de comunicación. Inicialmente se
opusieron al movimiento, como acostumbran hacer ante toda
manifestación popular. Después, cuando se dieron cuenta de que podría
representar un desgaste para el gobierno, promovieron e intentaron
incidir artificialmente, con sus orientaciones dirigidas contra la
autoridad federal. Fueron igualmente rechazadas esas intenciones por
el conjunto de los movimientos, en el que siempre existe un componente
reaccionario que se hace presente, como el rencor típico del
extremismo derechista, magnificado por los envejecidos medios.

Hay que destacar la sorpresa de los gobiernos y su incapacidad para
entender la explosividad de las condiciones de vida urbana y, en
particular, la ausencia de políticas dirigidas a la juventud por parte
del gobierno federal. Las entidades estudiantiles tradicionales
también fueron sorprendidas y estuvieron ausentes de los movimientos.

Dos actitudes se distinguieron a lo largo de las movilizaciones: la
denuncia de las manipulaciones intentadas por la derecha –expuesta
claramente en la actividad de los medios tradicionales– y sus
intenciones de apoderarse del movimiento. La otra, la exaltación
acrítica del movimiento, como si él contuviese proyectos claros y de
futuro. Ambas son equivocadas. El movimiento surgió a partir de
reivindicaciones justas, compuesto por sectores de jóvenes, con sus
actuales estados de conciencia, con todas las contradicciones que un
movimiento de esas características contiene. La actitud correcta es la
de aprender del movimiento y actuar junto a él, para ayudarlo a tener
una conciencia más clara de sus objetivos, de sus limitaciones, de las
intenciones de ser usado por la derecha y de los problemas que orginó,
así como llevar adelante la discusión de sus significados y mejores
formas de enfrentar sus desbordes.

El significado completo del movimiento va a quedar más claro con el
tiempo. La derecha se interesará en sus estrechas preocupaciones
electorales, en sus esfuerzos desesperados para llegar a la segunda
vuelta de los comicios presidenciales. Los sectores extremistas
buscarán interpretaciones acerca de que estaban dadas las condiciones
de alternativas violentas, aunque esto desparecerá rápidamente.

La más importante son las lecciones que el propio movimiento y la
izquierda –partidos, organizaciones populares, gobiernos– saquen de
esta experiencia. Ninguna interpretación previa explica la complejidad
y el carácter inédito del movimiento. Es probable que la mayor
consecuencia sea la introducción del significado político de la
juventud y de sus condiciones concretas de vida y de expectativas en
el Brasil del siglo XXI.
Tomado de Carta Maior