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TRUMP PRESIDENTE: LAS PALABRAS Y LOS HECHOS

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Por Atilio A. Borón

Será preciso, más que nunca, estar alertas ante cualquier tropelía que pretenda hacer en Nuestra América

Este viernes Donald Trump se convertirá en el 45ª presidente de Estados Unidos. El consenso entre los analistas, salvo pocas excepciones, es que durante su gestión “veremos cosas terribles”, como asegura Immanuel Wallerstein refiriéndose al primer año de su gestión. También dice, y lo subraya con razón el especialista panameño en asuntos estadounidenses, Marco Gandásegui, que el magnate neoyorquino es un personaje “totalmente impredecible”. [1] 

 De ningún presidente estadounidense podemos esperar nada bueno. No porque sean malvados sino porque su condición de jefes del imperio les impone ciertas decisiones que en la soledad de su escritorio probablemente no tomarían. Jimmy Carter es un ejemplo de ello; un buen hombre, como tantas veces lo recordara Fidel. Y Raúl más de una vez se encargó de decir que el bloqueo contra Cuba y la invasión de Bahía Cochinos comenzaron cuando Obama ni había nacido, y apenas contaba un año cuando se produjo la crisis de los misiles en Octubre de 1962. 

¿Adónde voy con esta reflexión? A señalar que no sería para nada extraño que bien pronto la inflamada retórica de DT deje de tener un correlato concreto en el plano más proteico de los hechos políticos, económicos y militares. Trump es lo que en la jerga popular norteamericana se llama “un bocón”. Por eso habrá que ver qué es lo que logra concretar de sus flamígeras amenazas una vez que deje de vociferar desde el llano y se inserte en los gigantescos y complicadísimos engranajes administrativos del imperio.

No cabe la menor duda de que el personaje es un hábil demagogo, que agita con maestría un discurso reaccionario, racista, homófobo, belicista, transgresor y “políticamente incorrecto” por designio propio. Pero su irresistible ascenso no sólo es un efecto de su habilidad como publicista y la eficacia de su interpelación demagógica. Es síntoma de dos procesos de fondo que están socavando la primacía de Estados Unidos en el sistema internacional: uno, la ruptura en la unidad política-programática de la “burguesía imperial” norteamericana, dividida por primera vez en más de medio siglo en torno a cuál debería ser la estrategia más apropiada para salvaguardar la primacía norteamericana. Dos, los devastadores efectos de las políticas neoliberales con sus secuelas de exclusión social, explotación económica y analfabetismo político inducido por las elites dominantes y que arrojó a grandes sectores de la población en brazos de un outsider político como Trump que en épocas más felices para el imperio hubiera sido barrido de la escena pública en las primarias de New Hampshire.

Trump dijo, e hizo, antes de entrar a la Casa Blanca, cosas terribles: desde acusar a los mexicanos (y por extensión a todos los “latinos”) de ser violadores seriales, narcotraficantes y asesinos hasta declarar públicamente, para horror de los alemanes, que era “germanofóbico”. O de provocar al dragón chino llamando por teléfono a la presidenta de Taiwán, lo que motivó una inusualmente dura protesta de Beijing; decirles a los europeos que la OTAN es una organización obsoleta y que lo del Brexit fue una buena decisión. Pero como aseguran los más incisivos analistas de la vida política norteamericana, por debajo de la figura presidencial (o, según se lo mire, por encima de ella) está aquello que Peter Dale Scott denominó como “estado profundo”: el entramado de agencias federales, comisiones del Congreso, lobbies multimillonarios que por años y años han financiado a políticos, jueces y periodistas, el complejo militar-industrial-financiero, las dieciséis agencias que conforman la “comunidad de inteligencia” , tanques de pensamiento del establishment y las distintas ramas de las fuerzas armadas, todas las cuales son las que tendrán que llevar a la práctica –o “vender” política o diplomáticamente- las bravuconadas de Trump. Pero esos actores, a quienes nadie elige y que ante nadie deben rendir cuentas, tienen una agenda de largo plazo que sólo en parte coincide con la de los presidentes. Ocurrió con Kennedy, después con Carter y Obama, y seguramente volverá a pasar ahora. Dos ejemplos: el jefe del Pentágono James “Perro Rabioso” Mattis puede hacer honor a su apodo pero difícilmente sea un idiota y por buenas razones -desde el punto de vista de la seguridad del imperio- no quiere saber nada con debilitar a la OTAN. Y va a ser difícil que Stephen Mnuchin, el Secretario del Tesoro designado, un hombre surgido de las entrañas de Goldman Sachs, vaya a presidir una cruzada proteccionista y auspiciar el “populismo económico” contra el cual combatió sin resuello durante décadas desde Wall Street.

¿Significa esto que deben tenernos sin cuidado los exabruptos verbales de Trump? De ninguna manera. Será preciso, más que nunca, estar alertas ante cualquier tropelía que pretenda hacer en Nuestra América. Sin duda continuará con la agenda de Obama: desestabilizar a Venezuela, promover el “cambio de régimen” (vulgo: contrarrevolución) en Cuba, acabar con los gobiernos de Bolivia y Ecuador y encuadrar, una vez más, a los países del área como obedientes satélites de Washington. Para lograr este objetivo, ¿irá a escalar esta agresión, que Obama no quiso, o no pudo, detener? Es muy poco probable. Ronald Reagan, con quienes a veces torpemente se lo compara, intervino abiertamente en Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Granada y en la Guerra de las Malvinas. Pero era otro contexto internacional: había un fenomenal tridente reaccionario formado por el propio Reagan con Margaret Thatcher y Juan Pablo II empeñado en demoler los restos del Estado de Bienestar y los proyectos socialistas; el Muro de Berlín estaba agrietado y la URSS venía cayendo en picada, sepultando a Rusia; y China no era ni remotamente lo que es hoy. Estados Unidos estaba llegando al apogeo de su poderío internacional.

Hoy, en cambio, ya comenzó su irreversible declinación y el equilibrio geopolítico mundial es mucho menos favorable para Washington. Difícil, por no decir imposible, que el descarado intervencionismo reaganiano pueda ser replicado por DT en esta parte del mundo. Y si lo hiciera tropezaría con una generalizada repulsa popular que, como lo advirtiera Rafael Correa, movilizaría en contra de Washington a grandes masas en toda la región.

Conclusión: el personaje es voluble, caprichoso e impredecible, pero el “estado profundo” que administra los negocios del imperio a largo plazo lo es mucho menos. Y en estos pasados quince años los pueblos de Nuestra América aprendieron varias lecciones. 

Notas:

[1] Cf. “Donald Trump llega a la presidencia de EEUU”, en http://laestrella.com.pa/opinion/columnistas/donald-trump-llega-presidencia-eeuu/23981819


EMPIEZA LA ERA TRUMP…

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Unos días después del acuerdo entre Rusia y Turquía que permitió acabar con la interminable batalla de Alepo, leí en un célebre semanario francés el comentario siguiente: «La permanente crisis de Oriente Medio está lejos de resolverse. Unos piensan que la solución pasa obligatoriamente por Rusia, mientras otros creen que todo depende de Turquía. Aunque lo que queda claro ahora es que, de nuevo y definitivamente –por lo menos cabe desearlo-, Rusia tiene en sus manos los argumentos decisivos para poner punto final a esa crisis.» ¿Qué tiene de particular este comentario ? Pues que se publicó en la revista parisina L’Illustration… el 10 de septiembre de 1853.

O sea, hace ciento sesenta y tres años, la crisis de Oriente Medio ya era calificada de «permanente». Y es probable que lo siga siendo… Aunque un parámetro importante cambia a partir de este 20 de enero : llega un nuevo Presidente de Estados Unidos a la Casa Blanca : Donald Trump. ¿Puede esto modificar las cosas en esta turbulenta región ? Sin ninguna duda porque, desde final de los años 1950, Estados Unidos es la potencia exterior que mayor influencia ejerce en esta area y porque, desde entonces, todos los presidentes estadounidenses, sin excepción, han intervenido en ella. Recordemos que el caos actual en esta zona, es, en gran parte, la consecuencia de las intervenciones militares norteamericanas decididas, a partir de 1990, por los presidentes George H. Bush, Bill Clinton y George W. Bush, y por el (más reciente) azorado apoyo a las « primaveras árabes » estímuladas por Barack Obama (y su secretaria de estado Hillary Clinton).

Aunque globalmente la línea que defendió el candidato republicano durante su campaña electoral fue calificada de « aislacionista », Donald Trump ha declarado en repetidas ocasiones que la organización Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) es el « enemigo principal » de su país y que, por consiguiente, su primera preocupación será destruirlo militarmente. Para alcanzar ese objetivo, Trump está dispuesto a establecer una alianza táctica con Rusia, potencia militarmente presente en la región desde 2015 como aliada principal del gobierno de Bachar El Asad. Esta decisión de Donald Trump, si se confirma, representaría un cambio de alianzas espectacular que desconcierta a los propios aliados tradicionales de Washington. En particular a Francia, por ejemplo, cuyo gobierno socialista -por extrañas razones de amistad y negocios con Estados teocráticos ultrareaccionarios como Arabia Saudita y Qatar- ha hecho del derrocamiento de Bachar El Asad, y por consiguiente de la hostilidad hacia el presidente ruso Vladimir Putin, el alfa y el omega de su política exterior [i] .

Donald Trump tiene razón: las dos grandes batallas para derrotar definitivamente a los yihadistas del ISIS –la de Mosul en Irak, y la de Raqqa en Siria- aún están por ganar. Y van a ser feroces. Una alianza militar con Rusia es, sin duda, una buena opción. Pero Moscú tiene aliados importantes en esa guerra. El principal de ellos es Irán que participa directamente en el conflicto sirio con hombres y armamento. E indirectamente pertrechando a las milicias de voluntarios libaneses chiitas del Hezbollah.

El problema para Trump es que también repitió, durante su campaña electoral, que el pacto con Irán y seis potencias mundiales sobre el programa nuclear iraní, que entró en vigor el 15 de julio de 2015, y al que se habían opuesto duramente los republicanos en el Congreso, era “un desastre”, “el peor acuerdo que se ha negociado”. Y anunció que otra de sus prioridades al llegar a la Casa Banca sería desmantelar ese pacto que garantiza la puesta bajo control del programa nuclear iraní durante más de diez años a la vez que levanta la mayoría de las sanciones económicas impuestas por la ONU contra Teherán.

Romper ese pacto con Irán no será sencillo, pues se firmó con el resto de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (China, Francia, Reino Unido, Rusia) y Alemania, a los que Washington tendría que enfrentarse. Pero es que, además, como se ha dicho, el aporte de Irán en la batalla contra el ISIS, tanto en Irak como en Siria, resulta fundamental. No es el momento de enemistarse de nuevo con Teherán. Moscú, que ve con buenos ojos el acercamiento de Washington, no aceptará que esto se haga a costa de su alianza estratégica con Teherán.

Uno de los primeros dilemas del presidente Donald Trump consistirá pues en resolver esa contradicción. No le resultará facil. Entre otras cosas porque su propio equipo de halcones, que acaba de nombrar, parece poco flexible en lo que concierne las relaciones con Irán [ii] .

Por ejemplo el general Michael Flynn, su asesor de Seguridad Nacional (lo que Henry Kissinger fue para Ronald Reagan), está obsesionado con Irán. Sus detractores le definen como “islamófobo” porque ha publicado opiniones que  muchos consideran abiertamente racistas. Como cuando escribió en su cuenta de Twitter : “El temor a los musulmanes es perfectamente racional.” Flynn participó en las campañas para desmantelar las redes insurgentes en Afganistán e Irak. Asegura que la militancia islamista es una « amenaza existencial a escala global ». Igual que Trump, sostiene que la organización Estado Islámico es la « mayor amenaza » que enfrenta EE.UU. Cuando fue director de la Agencia de Inteligencia de la Defensa (AID), de 2012 a 2014, dirigió la investigación sobre el asalto al consulado estadounidense de Bengasí, en Libia, el 11 de septiembre de 2012, en el que murieron varios ‘marines’ y el embajador norteamericano Christopher Stevens. En aquella ocasión, Michael Flynn insistió en que el objetivo de su agencia, como el de la CIA, era « demostrar el rol de Irán en ese asalto » [iii] . Aunque jamás haya habido evidencia de que Teherán tuviera cualquier participación en ese ataque. Curiosamente, a pesar de su hostilidad a Irán, Michael Flynn está a favor de trabajar de manera más estrecha con Rusia. Incluso, en 2015, el general viajó a Moscú donde fue fotografiado sentado al lado de Vladimir Putin en una cena de gala para el canal estatal de televisión, Russia Today (RT), donde ha aparecido regularmente como analista. Posteriormente, Flynn admitió que se le pagó por hacer ese viaje y defendió al canal ruso diciendo que no veía « ninguna diferencia entre RT y el canal estadounidense CNN ».

Otro anti-iraní convencido es Mike Pompeo, el nuevo director de la CIA, un ex-militar graduado de la Academia de West Point y miembro del ultraconservador Tea Party. Tras su formación militar, fue destinado a un lugar de extrema tensión durante la Guerra Fría: patrulló el ‘Telón de Acero’ hasta la caída del Muro de Berlín en 1989. En su carrera como político, Mike Pompeo formó parte del Comité de Inteligencia del Congreso, y se destacó en una investigación que puso contra las cuerdas a la candidata demócrata Hillary Clinton por su pretendido papel durante el asalto de Bengasi. Ultraconservador, Pompeo es hostil al cierre de la base de Guantánamo (Cuba), y ha criticado a los líderes musulmanes de Estados Unidos. Es un partidario decidido de dar marcha atrás al tratado nuclear firmado con Irán, al que califica de « Estado promotor del terrorismo ».

Pero quizas el más rabioso enemigo de Irán, en el entorno de Donald Trump, es el general James Mattis, apodado ‘Perro Loco’, que estará a cargo del Pentágono [iv] , o sea ministro de la Defensa. Este general retirado de 66 años, demostró su liderazgo militar al mando de un batallón de asalto durante la primera guerra del Golfo en 1991 ; luego dirigió una fuerza especial en el sur de Afganistán en 2001 ; después comandó la Primera División de la Infantería de Marina que entró en Bagdad para derrocar a Sadam Husein en 2003 ; y, en 2004, lideró la toma de Faluya en Irak, bastión de la insurgencia suní. Hombre culto y lector de los clásicos griegos es también apodado el ‘ Monje Guerrero’ , alusión a que jamás se casó ni tuvo hijos. James Mattis ha repetido infinitas veces que Irán es la « principal amenaza » para la estabilidad de Oriente Medio , por encima de organizaciones terroristas como el ISIS o Al Qaeda : “Considero al ISIS como una excusa para Irán para continuar causando daño. Irán no es un enemigo del ISIS. Teherán tiene mucho que ganar con la agitación que crea el ISIS en la región.”

En materia de geopolítica, como se ve, Donald Trump va a tener que salir pronto de esa contradicción. En el teatro de operaciones de Oriente Próximo, Washington no puede estar –a la vez- a favor de Moscú y contra Teherán. Habrá que clarificar las cosas. Con la esperanza de que se consiga un acuerdo. De lo contrario, hay que temer la entrada en escena del nuevo amo del Pentágono, James Mattis ‘Perro Loco’, de quien no debemos olvidar su amenaza más famosa, pronunciada ante una asamblea de notables bagdadíes durante la invasión de Irak: “ Vengo en paz No traje artillería. Pero con lágrimas en los ojos, les digo esto: si me fastidian, ¡os mataré a todos!”

Notas:
[i] Aunque, como se sabe, hay eleciones en mayo próximo en Francia, a las cuales el actual presidente socialista François Hollande, muy impopular, ha decidido no representarse. El candidato conservador con mayores posibilidades de ganar, François Fillon, ha declarado por su parte que reorientará la política exterior francesa para normalizar de nuevo las relaciones con Moscú.

[ii] Léase, Paul Pillar, « Will the Trump Administration Start a War with Iran ? », The National Interest, 7 de diciembre de 2016. http://nationalinterest.org/blog/paul-pillar/will-the-trump-administration-start-war-iran-18652

[iii] Léase, The New York Times, 3 de diciembre de 2016. http://www.nytimes.com/2016/12/03/us/politics/in-national-security-adviser-michael-flynn-experience-meets-a-prickly-past.html?_r=0

[iv] James Mattis necesitará que el Cong

PARA LEER AL PATO DONALD TRUMP

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Por Carlos Almenara

Tomado de TeleSUR

De algún modo, Trump es el corolario necesario del gobierno hipócrita de Obama. Si un gobierno que concentra la riqueza, que expande la guerra, que se asocia a organizaciones terroristas, que espía más de lo que nadie nunca espió sobre la Tierra, que financiariza la economía, deja miles sin vivienda, que hace del Mediterráneo la fosa común más grande del mundo fruto de sus guerras, si ese gobierno pretende presentarse como un virtuoso catálogo de humanismo y civilidad

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A comienzos de la década de los ’70, en el Chile de Allende, Armand Mattelart y Ariel Dorfman publicaron “Para leer al Pato Donald”. La invitación, la tesis central del libro, fue totalmente pertinente entonces y lo es en cualquier época. Los cambios sociales profundos precisan para serlo decodificar los mensajes en las historietas, en los dibujitos, en los consumos culturales masivos. Los valores, la lógica imperial de dominación viene encriptada en ellos.

En esos inicios de los ’70, la revista, la caricatura era un consumo difundido. Cuánto más hoy la omnipresencia mediática afecta nuestra percepción del mundo y hasta define valores.

No se puede leer el fenómeno que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca sin una interpretación de procesos sociales, culturales y económicos de Estados Unidos (y del mundo todo) actual.

Y, efectivamente, se ha interpretado de muy distintas maneras este proceso político, se ha caracterizado profusamente a Trump, pero, me parece, faltan lecturas culturales, epocales y por qué no, cuestionamientos a las categorías mismas que utilizamos. Así como en los ’70 era necesario ver con otros ojos el Pato Donald, hoy deberíamos hacernos algunos replanteos semejantes.

Lo primero a decir es que el autor de estas líneas deplora el racismo, la xenofobia y su utopía (o su punto de partida según lo plantea Rancière) es la igualdad del género humano. Y Trump tuvo, sin lugar a dudas, afirmaciones y comportamientos racistas y xenófobos, entre otras discriminaciones execrables.

Dicho esto, pido, requiero, profundizar el análisis.

Esa categoría, la condena ética, tan de moda, debe ser puesta en la picota porque está en el corazón de la trampa imperial. Alegan que Sadam Hussein tiene armas de destrucción masiva, hay una condena “escandalizada” y se decide una invasión a Irak. Decenas de ejemplos podemos dar en que se describe un hecho de modo amañado, manipulado o inventado y a partir de allí se postulan consecuencias políticas, sociales o judiciales.

Prima el grito, el escándalo moral, el foco es un individuo malvado, pero hay una carencia absoluta de análisis de las estructuras que hacen posible el hecho.

De algún modo, Trump es el corolario necesario del gobierno hipócrita de Obama. Si un gobierno que concentra la riqueza, que expande la guerra, que se asocia a organizaciones terroristas, que espía más de lo que nadie nunca espió sobre la Tierra, que financiariza la economía, deja miles sin vivienda, que hace del Mediterráneo la fosa común más grande del mundo fruto de sus guerras, si ese gobierno pretende presentarse como un virtuoso catálogo de humanismo y civilidad… si eso pretende, bueno, Trump.

Hay una razón para ello: para implementar políticas salvajes más vale tener valores vinculados al desprecio y el atropello. No puede Obama (menos Clinton) presentarse como un gran humanista y aplicar políticas salvajes que pierden su disfraz a los cien metros sin que ello suponga una pérdida de credibilidad.

Pero hay algo aún más decisivo: la construcción de legitimidad. Años llevamos viendo cómo se concentran los medios, cómo se homogeneizan discursos uniformemente discriminadores y violentos. Obama, amagó enfrentarse con la Fox. Obama puede ser el Burrito Ortega de la política estadounidense, el rey del amague. Amagó salir de Afganistán, amagó cerrar Guantánamo, amagó una reforma migratoria, amagó y amagó y siempre hizo otra cosa.

No es anecdótico, no se puede confrontar el discurso xenófobo de un candidato en los medios que bajan un discurso xenófobo día tras día, sin confrontar también esos medios. No se puede confrontar un discurso xenófobo si se es responsable de la muerte diaria de miles de inmigrantes, producto de guerras intencionalmente impulsadas y con pleno conocimiento que ésas serían las consecuencias.

Lo individual tiene su peso pero no es la única manera de analizar un proceso. El mundo requiere que hagamos de este cuestionamiento epistémico una bandera para no caer en el anecdotario con que nos entretiene la televisión. Hay grupos, élites, corporaciones, intereses, naciones, clases sociales.

Por ejemplo, lo que en la teoría política suele verse como “paradigma dirigencial”, las élites, grupos, corporaciones en disputa, aportan un material importante al análisis del fenómeno Trump. El modelo de globalización financiarizada, con preeminencia de guaridas fiscales, los tratados de libre comercio, el gobierno mundial de las empresas, sufrió una derrota.

No es “un pasado injusto pero conocido”, no, lo que estamos viendo los últimos años es una aceleración que lleva a un mundo de (otrora) ciencia ficción con manipulación global de la información, destrucción de los Estados y saqueo imperial de los recursos naturales. El modelo es Libia, donde hasta simularon en un set de TV el triunfo rebelde. Libia, la guerra personal de Hillary Clinton.

 

Por supuesto, otro imprescindible a recuperar epistemológicamente es el punto desde donde mira el analista. Tienen buenas razones para preocuparse los estadounidenses. Pueden aprovechar para hacerse algunas preguntas. Sugiero una ¿si llevan años filmando “Rambos” en el cine por qué asombrarse que los presidentes le salgan con forma de Rambos?

Pero el punto de mira de los ciudadanos estadounidenses es distinto del de un sudamericano. Que además no pretende emigrar a Estados Unidos. Para los de acá, para los que queremos hacer de Suramérica nuestro lugar y hacerlo mejor y más autónomo día a día, es difícil lamentarse, en función de nuestro interés, del resultado electoral. No sabemos qué será Trump. Hillary hubiera sido un desastre difícil de superar.

Para las élites locales que necesitan la ayuda imperial para gobernar los países del Sur, es un grave problema. Tenían todo jugado a gallareta Hillary. Y salió Pato Donald Trump.

Siete datos para explicar las elecciones de EE UU

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A Trump le votaron republicanos corrientes, algunos con dudas y muchos buscando un cambio

Por Kiko Llaneras

El País

A continuación recopilo algunos datos clave sobre qué paso y quién voto por cada candidato.

  1. A Trump le votaron los republicanos corrientes. El 90% de las personas que se identifican con el partido republicano votó por su candidato. Trump también ganó entre los independientes por 6 puntos, más o menos igual que Romney en 2012. Se ha hablado mucho de los nuevos votantes de Trump. Pero el grueso de su electorado tiene el perfil clásico de los republicanos: más mayores, más blancos, más religiosos y menos urbanos que los demócratas.
  2. Ese éxito apunta una causa: la polarización. Un 27% de votantes de Trump dice que su candidato no es de fiar. Un porcentaje parecido cree que tampoco tiene el temperamento para ser presidente. ¿Por qué le han votado esas personas? Una explicación es que aun con esos defectos lo prefieren a Hillary Clinton o a los demócratas en general. El 72% de los votantes de Trump explica su voto con una razón: «puede traer el cambio necesario». Son síntomas de la polarización partidista que lleva años aumentando en Estados Unidos. Un dato: el 23% de liberales y el 30% de conservadores reconoce que se sentiría mal si un familiar se casase con alguien de ideología contraria.
  3. Trump si mejoró a su antecesor republicano en un grupo: los blancos no universitarios. En 2004 y 2008 los republicanos ganaron ese grupo por 20 puntos. Trump lo ha ganado casi por 40. En este tema del New York Timesse ve particularmente bien. Los blancos no universitarios son un grupo numeroso —un 34% de todos los norteamericanos—, y especialmente en estados decisivos: Iowa representan un 49% del censo (Cook Political Report), en Wisconsin un 45%, en Ohio un 42% y en Michigan un 37%.
  4. Trump ganó votantes pobres pero no fue el más votado entre ellos. Al revés: el candidato republicano ganó entre las rentas más altas de todas (superiores a los 200.000 dólares) y Clinton entre las más bajas. Pero sí es cierto que Trump ha reducido la distancia por renta entre demócratas y republicanos. No sólo respecto a Obama, también respecto a John Kerry en 2004. La relación entre renta, raza, estudios y medio urbano y rural es complejísima. Si Trump no gana entre las rentas más bajas es probablemente porque las minorías raciales votan demócrata —sobre todo los negros—. Pero Trump sí logró avances entre votantes blancos con pocos estudios y rentas más bajas.
  5. Seguramente hubo votantes de Obama que se pasaron a Trump en estado clave. Los demócratas “perdieron esta elección porque millones de votantes blancos de clase trabajadora votaron por Obama y después cambiaron a Trump”, decía Nate Cohnesta semana. De los 700 condados que Obama ganó en 2008 y 2012, en el 30% de ellos esta vez ha ganado Trump. Muchos de esos condados pertenecen a los estados del Medio Oeste industrial que acabaron siendo clave para que Trump ganase el colegio electoral. Son condados más blancos que la media, pero donde Obama fue muy competitivo. Como explicación. Cohn apunta una similitud entre Obama y Trump: “los dos se presentaron como agentes del cambio, contra el ‘establishment’ y los intereses corporativos”.
  6. Es mucho lo que (todavía) no sabemos sobre esta elección. Los datos de participación son todavía incompletos —en California siguen contando votos diez días después—. No es verdad que haya caído mucho y probablemente Clinton no ha perdido por no movilizar a las minorías, los jóvenes o las mujeres. Tampoco sabemos con claridad el peso que ha tenido el voto de los “rezagados” o los “perdedores de la globalización”, y si ese marco es realmente clave para entender estas elecciones. Esa es una de las preguntas de nuestro tiempo, la relación entre expectativas, nostalgia, globalización y crisis. Pero no es nada sencilla.
  7. Cuidado con los relatos exagerados. Decía Nate Silverque estos días se están sacando conclusiones muy rotundas de la victoria de Trump: «Hay un auge del mensaje reaccionario en EE UU», «vuelven los demonios del racismo y la misoginia», «crece la división entre las élite de ambas costas y el resto del país». Pero el resultado ha sido muy ajustado. Clinton de hecho logró más votos que Trump. Si el 1% de los votantes hubiese votado distinto, Clinton habría ganado y el relato sería muy distinto. Hablaríamos de la primera mujer presidenta o del castigo de los votantes a un candidato como Trump.

Entiendo este argumento de Silver, pero vuelvo a la cuestión primera: A Trump le votaron los republicanos corrientes. Esa es para mi la noticia de estas elecciones. No tanto que Trump lograse unos pocos votantes decisivos —blancos no universitarios en los estados del alto Medio Oeste–. Sino que representase la mejor opción para el grueso de republicanos siendo el candidato que es: abandonado por su partido, reaccionario más que conservador, irrespetuoso como mínimo con normas básicas de la política y la decencia.

GANÓ TRUMP, ¿Y AHORA?

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-Raúl_Zibechi

ENTREVISTA A RAÚL ZIBECHI

Es un escritor y pensador-activista uruguayo, dedicado al trabajo con movimientos sociales en América Latina.

 Entrevistado por lavaca, Raúl Zibechi analiza por qué ganó Donald Trump. Quiénes son sus votantes. La fractura de la clase dominante. La brecha entre ricos y pobres, blancos y latinos. La debacle de EE.UU como potencia. Las internas en el FBI. Los factores sorpresa. El reordenamiento geopólitico mundial. Cómo impacta en América Latina. Y la oportunidad que se abre: “Quizá nos demos cuenta así que no se llega  a una situación mejor votando cada 4 años: se llega poniendo el cuerpo. Y lo que nos dice esta elección es eso: vamos a tener que poner el cuerpo. Algo que para muchos estaba olvidado”.

¿Por qué ganó Donald Trump?

Trump es consecuencia de la crisis del 2008 y de dos décadas de globalización. Ambos hechos crearon un empobrecimiento de los trabajadores y de la mayoría de la población de los Estados Unidos. La globalización promovió que muchas fábricas cerraran y fueran a instalarse en China, o en México, o en otros países de Asia donde hay salarios más baratos. Y todo el cinturón industrial de Estados Unidos se vino abajo. Y la crisis de 2008 provocó que millones de personas se quedaran sin casa, sin infraestructura digna, con un fuerte deterioro de los servicios educativos y de salud; de las carreteras, de las calles. Y la brecha de ingresos entre los más pobres, las clases medias y los más ricos, creció. Bajo el gobierno de Obama, la brecha entre ricos y pobres creció; la brecha entre los latinos y los blancos creció. Y sólo se enriqueció el 1%. Ese es el fenómeno que representa Trump: la rabia contra el 1%. La nueva derecha machista y racista recoge la rabia de los millones perjudicados por el sistema.

¿Cómo mirar la elección en perspectiva de lo que pasó estos últimos años?

El telón de fondo de este proceso es el declive de los Estados Unidos como potencia hegemónica. En el 45, cuando termina la Segunda Guerra Mundial, el 50% de todo lo que se producía en el mundo venía de Estados Unidos: coches, heladeras, electrodomésticos, todo. Hoy es menos del 20%. Y básicamente la potencia económica de Estados Unidos, que es importante, se mantiene por el sector financiero y de servicios. Pero ha sido superado en todos los sectores productivos por otros países, como China. Incluso en las tecnologías de punta. Desde hace 5 o 6 años las supercomputadoras más veloces del mundo son chinas. En todos los sectores de vanguardia – trenes de alta velocidad, energía solar y eólica- Estados Unidos quedó desplazado. Y ese es un tema que está en el trasfondo del triunfo de Trump. 

Se habla mucho del factor sorpresa.

El verdadero factor sorpresa es que las elecciones Estados Unidos no sólo desnudan un fracking en la sociedad estadounidense, sino que además visualizan el brutal deterioro de los medios de comunicación que habían apostado –como representantes del 1%- a Hillary Clinton y se equivocaron. Aseguraron que iban a ganar, hicieron una guerra sucia contra Trump. Trump es un machista, racista, violento, grosero, es un tipo horrible: pero lo acusaron de cosas que no se sabe si son ciertas. Yo no tengo dudas, Trump es posible que haya hecho todo lo que dicen de él, pero de todos modos es una guerra sucia. El The New York Times y el Wall Street Journal llegaron a decir que Trump era el candidato de Putin. Un disparate. Ese es un elemento.

¿Y el otro?

El FBI. El FBI entró en crisis interna porque no le dejaron destapar los miles de mails de Hillary Clinton, tramposos, mostrando su connivencia con elites financieras de Arabia Saudita y otros sectores. Los obligaron a tapar el hecho, y hubo una rebelión dentro del FBI por este manejo sucio que hicieron los Clinton de todos sus correos. Hillary tenía, cuando fue ministra, un servidor propio que eludía los servidores oficiales de Estados Unidos y con ellos se conectaba con las élites de Israel, Arabia Saudita; pergeñaba políticas por fuera de la institucionalidad estadounidense. Y eso se lo querían cobrar, pero no lo permitieron. Esos son para mí los factores sorpresa, que no estaban previstos: el brutal descrédito de las instituciones de Estados Unidos; la bronca de las mayorías, que no solo se ve en el voto a Trump, sino que se vio en el apoyo a Bernie Sanders en la interna democrática, que logró casi la mitad de votos, y estuvo cerca de desplazar a Hillary. Ya se venía venir una profunda rabia de los estadounidenses contra el 1%, que es el sector financiero y Wall Street.

¿Cómo es el votante de Trump?

Es un votante nostálgico de los buenos tiempos de Estados Unidos. También hay gente que rechaza el sistema, quizá desde una posición conservadora, como pasó en Inglaterra con el Brexit, como va a pasar en Francia con los votantes de Le Penn: gente que está cansada de que le tomen el pelo. No todos son votantes como los presentaron los medios hegemónicos: blancos, machistas. Hay de esos, sin duda, pero hay gente común también que no quiere que Wall Street siga mandando en Estados Unidos. Que le preocupe más a las élites yanquis derribar al gobierno de Siria, que hacer mejores servicios de salud y educación. Hoy Estados Unidos, en el mundo, está en el lugar 38 en cuanto a  esperanza de vida. Ha sido superado por Costa Rica; por supuesto por todos los países del norte europeo. Estados Unidos es un país que hoy se parece más, desde el punto de vista social, a los países que están mejor de América Latina –Costa Rica, Chile, Uruguay- que a lo que fue la superpotencia de los años 50 y 60, en la que todo funcionaba perfecto. Hoy los aeropuertos y las carreteras están mal. ¿Por qué? Porque se gasta mucho en sostener las 850 bases militares estadounidenses que hay en el mundo; los 11 portaaviones; ese ejército brutal que interviene en todo el planeta. A los votantes no los irritó que fuera machista, misógino, racista: lo que les interesó es que Trump quiere hacer las paces con Rusia, quiere dedicar menos dinero a la intervención en el mundo y más dinero a resolver los problemas internos. Yo no sé si realmente va a hacer eso, o si lo van a dejar, ya que sin guerra el 1% puede venirse abajo. Pero esa es la razón de que ganó tantos votos. 

Tanto en las elecciones de Brasil como en las de ahora de EEUU se ve una baja participación electoral: menos gente va a votar. Parece que pocos eligieran por muchos. ¿Cómo fue en este caso?

En Estados Unidos históricamente vota la mitad de la población, o de los habilitados para votar. Aquí votaron poco más de 100 millones. La participación fue baja y mucho menor que la esperada en el caso de los latinos, que se supone que es el sector más castigado por Trump. Y previsiblemente, una parte de los que votaron a Sanders no votaron a Hillary. El otro día la actriz Susan Sarandon salió a decir: “yo no voto por la vagina, porque sea mujer no la voto a Hillary”. Hillary, además,  hizo un feminismo para élites. Pero hay mucho de eso en las votaciones. Yo creo que el porcentaje de abstención fue más o menos igual a las otras elecciones. 

¿Esta elección produce un reordenamiento geopolítico?

Ahonda la fractura existente en las clases dominantes del mundo, que hoy están divididas. Cuando digo clases dominantes no solo hablo de los conservadores: una parte de esa clase es progresista. Hoy esas clases dominantes están fracturadas. Y creo que el triunfo de Trump agudiza esa fractura. En algunas partes del mundo eso se va a notar mucho, como en Oriente Medio, en relación a Rusia y probablemente en América Latina. Lo que está surgiendo es una nueva derecha, más militante que la anterior. Pero la clase dominante no atina a resolver unificadamente los temas fundamentales. Para quienes son antiimperialistas, esta fractura que se produce en el imperio y en las clases dominantes es algo positivo, porque hace que la dominación se haga más inestable. Tenemos más posibilidades.

Dentro de esa clase dominante, ¿qué sector representa Trump?

No es claro. Probablemente representa a un sector que no sea ese 1% súper concentrado. Esas fracturas que hay en la clase dominante, sobre todo en el imperio, tienen que ver con cómo operar en el futuro. Si negociar con los países emergentes, con las clases populares, que era un poco lo que representaban Lula y Cristina: el progresismo. Negociar con Rusia, China, India, o enfrentarse y aniquilarlos. Entonces, esa fractura nos engatusó durante muchos años. Y ahora, cómo se dice vulgarmente, la cosa es: al pan, pan y al vino, vino. Ante ese viraje es importante asumir la realidad que tenemos y afrontarla: no es otra cosa que lo que hemos venido haciendo los sectores populares desde siempre. Lo que pasa es que desde los medios se vende un discurso, que no es más que un discurso. El discurso que plantea que Trump es horroroso y que Hillary favorece a los de abajo, que es amiga de las buenas causas. Pero son discursos. La situación, en resumen, es que la dominación atraviesa un momento de mayor inestabilidad.

¿Cómo impacta esto en América Latina?

La primera prueba para Trump va a ser Venezuela. Porque Venezuela es el lugar más crítico: a ver qué promueve. Hasta la administración del progresista Obama promovió un golpe de Estado en Honduras, uno en Paraguay, uno parlamentario en Brasil y la resurrección de la derecha venezolana. ¿Qué va a proponer Trump? No lo sabemos. Si me fijo por sus declaraciones, Trump va a hacer una política horrorosa. Pero, repito: no lo sabemos. No nos olvidemos que tanto Macri como Temer apostaban a Hillary y ahora veremos cómo se acomodan. Yo creo que hay que abrir un compás de espera sabiendo que los de abajo vamos a seguir sufriendo el ajuste, los femicidios, va a haber que seguir saliendo a la calle a poner el cuerpo. Eso es evidente, esté quien esté. Cómo va a ser la relación entre gobiernos, aún no lo sabemos. Sí sabemos que va  a haber mayor inestabilidad, que va a haber más palos en la rueda. Ese es el futuro inmediato que tenemos.

¿Cómo sería esa lectura optimista?

Evidentemente los femicidios y la violencia narco no se van a detener, pueden incluso incrementarse, porque va a haber menos paraguas institucionales de protección. Una parte de esa violencia puede impulsarla el que esté en el gobierno; pero otra parte es sistémica, esté quien esté en el gobierno. Entonces, hay que mirar las cosas en perspectiva: yo no creo que esto sea un problema ideológico, si es más machista o más racista. ¿Se puede decir que Hillary era menos machista? ¿O es el barniz progre que se puso para captar electores? En el fondo, Hillary se puso más armamentista que Trump. Entonces: bienvenida la fractura de la clase dominante porque nos da la oportunidad de derrotarlos. Eso quiere decir que en el corto plazo vamos a pasar lo peor los de abajo. Pero quizá nos demos cuenta así que no se llega  a una situación mejor votando cada 4 años o haciendo zapping frente a la tele. Se llega poniendo el cuerpo. Y lo que nos dice este mensaje es: vamos a tener que poner el cuerpo. Algo que para muchos estaba olvidado.

Fuente: http://www.lavaca.org/notas/gano-trump-y-ahora/