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Sobre el terror en Paris

Charlie-Hebdo

Un ejemplar de Charlie Hebdo. Foto  de nbcnews.com

Por Ignacio Ramonet

Catedrático y periodista español residente en Francia, donde dirigió la revista Le Monde Diplomatique. Es el autor del libro “Cien horas con Fidel”.

(…) como también se ha subrayado estos días en Francia, puede resultar a la vez ingenuo y presuntuoso, por parte de algunos caricaturistas occidentales, querer hacer aceptar sin más ni más, así de repente, a los musulmanes la blasfemia anti-islam en nombre de una idealizada “libertad de expresión”.

….Un mes después de los odiosos atentados yihadistas en París cometidos por tres terroristas que causaron 17 muertos (entre ellos casi todo el equipo de redacción del semanario satírico Charlie Hebdo) ¿qué lecciones se pueden sacar de esa brutal agresión?

Como siempre, la irrupción del terrorismo y su violencia arrolladora obligan a una sociedad a interrogarse sobre sí misma. Igual que Estados Unidos después de los ataques del 11 de septiembre de 2001 (o España después de las explosiones de Atocha, en Madrid, el 11 de marzo del 2004; o el Reino Unido después de las bombas en el metro de Londres, el 7 de julio de 2005; o Noruega después de los atentados de Oslo y Utoya el 22 de julio de 2011), Francia se sintió en “estado de shock”.

Y mil interrogantes han surgido de repente. En torno, por ejemplo, a la cohesión nacional. ¿Qué ocurrió para que tres jóvenes nacidos en Francia y educados en las escuelas de la República, hayan sido seducidos por ideas oscurantistas y medievales, y se hayan tornado en verdugos de sus propios conciudadanos? ¿En qué medida la crisis económica y las medidas de restricción del gasto público han acentuado la marginalización de las periferias urbanas y la segregación de sus habitantes, esencialmente inmigrantes, de donde surgieron los tres terroristas? ¿Cómo ha podido la República, que únicamente reconoce a ciudadanos iguales, permitir que se constituyan en su seno comunidades por afinidades religiosas, y que cada vez más se hable de “comunidad musulmana” o “comunidad judía” o “comunidad cristiana”?

Obviamente, en los minutos que siguieron a los atentados, en torno a François Hollande (hasta entonces el presidente más impopular de la V República) se constituyó una suerte de “unión sagrada” de todos los partidos del abanico parlamentario (con la excepción del Front National, extremista de derechas). Y, de inmediato, casi cinco millones de ciudadanos se lanzaron a las calles por todo el país para expresar –en la manifestación más multitudinaria jamás vista– su repugnancia contra la barbarie.

De hecho, las autoridades barruntaban que una acción yihadista estaba en preparación en territorio francés. Desde la víspera de las festividades de fin de año, el nivel de alerta antiatentados había sido alzado a casi el máximo nivel. Se temían represalias. Porque Francia está interviniendo militarmente contra el islamismo radical en por lo menos tres frentes: Malí (“operación Serval”, iniciada el 11 de enero de 2013), República Centroafricana (“operación Sangaris”, lanzada el 5 de diciembre de 2013), e Irak (“operación Chammal”, comenzada el 19 de septiembre de 2014, contra las fuerzas de la organización Estado Islámico, en el marco de una coalición internacional de unos cuarenta países liderada por Estados Unidos). Además, la red yihadista Al Qaeda, y en particular su rama yemenita Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) (1) lanza desde 2009 llamamientos para “castigar a los franceses por combatir a Alá, su mensaje y sus creyentes”. Algo iba pues a ocurrir.

El semanario Charlie Hebdo llevaba años amenazado. En particular desde que, el 8 de febrero de 2006, reprodujo las caricaturas de Mahoma publicadas el 30 de septiembre de 2005 por el diario danés Jyllands-Posten (una de ellas representaba al profeta del islam con un turbante en forma de bomba con una mecha encendida) y que habían desencadenado en todo el mundo musulmán decenas de manifestaciones de repudio, algunas de ellas muy violentas, y amenazas de muerte contra el diario danés y los dibujantes de las caricaturas. Charlie Hebdo no sólo reprodujo las ilustraciones danesas sino que, para mayor inri, añadió sus propias imágenes irreverentes realizadas por su equipo de dibujantes.

El objetivo del semanario –que acabó costándole la vida a buena parte de la redacción– era reafirmar la libertad de expresión y la libertad de creación. Obviamente un objetivo muy noble, y que se ha comentado mucho, en Francia y en el mundo, en los innumerables debates de después de los atentados. Como lo han subrayado varios participantes, si bien es cierto que, en las democracias occidentales, la libertad de expresión es una conquista irrenunciable y un derecho fundamental, también es cierto que esa libertad, en esas mismas democracias, no es ilimitada ni infinita, está acotada, circunscrita y restringida por la ley o las costumbres (2).

En cuanto a la blasfemia (ofensa contra la majestad divina), hay que recordar que ha sido la piedra de toque central en el enfrentamiento entre razón y religión en Occidente desde finales del siglo XVIII. En esa época, los autores racionalistas de la Ilustración, y muy particularmente Voltaire, osaron denunciar ese pretendido delito y, arriesgando su vida, combatir la religión como una mera superstición. En los países occidentales, la lucha –esencialmente contra el cristianismo y sus poderosas instituciones– ha sido larga y dolorosa, jalonada de disputas, de juicios, de enfrentamientos, de violencias… téngase en cuenta que, en España, el delito de blasfemia no fue abolido hasta 1988…

Dos siglos han tenido que pasar, en Occidente y entre personas que comparten la cultura (si no la religión) cristiana, para alcanzar el frágil consenso actual (3) en torno a la cuestión de la blasfemia. Por eso, como también se ha subrayado estos días en Francia, puede resultar a la vez ingenuo y presuntuoso, por parte de algunos caricaturistas occidentales, querer hacer aceptar sin más ni más, así de repente, a los musulmanes la blasfemia anti-islam en nombre de una idealizada “libertad de expresión”. En cierta medida y salvando las distancias, es el dilema de las “guerras napoleónicas”. A principios del siglo XIX, Napoleón se propuso exportar las generosas y avanzadas ideas de la Revolución Francesa. Pero lo hizo a base de cruentas guerras y violencias, arrasando las estructuras jerárquicas (feudalismo, caudillismo) y espirituales (cristianismo) de las sociedades invadidas que no podían entender que semejantes destrucciones fuesen un “progreso”. Resultado: en las más retrógradas de esas sociedades (España, Rusia), los potenciales beneficiarios del nuevo orden napoleónico (campesinos y siervos) se aferraron a sus opresores ancestrales (aristocracia, latifundistas, Iglesias católica y ortodoxa) para defender (con éxito en ambos casos) lo que consideraban ser sus “tradiciones”. Tanto España como Rusia quedaron traumatizadas por esa violenta penetración del progreso en el marco de una invasión extranjera. En ambos casos, la consecuencia fue que las fuerzas más reaccionarias se afianzaron largo tiempo en el poder.

Los colonialismos del siglo XIX resultaron otra suerte de “guerras napoleónicas”, se justificaban pretendiendo “llevar el progreso a sociedades arcaicas”. Fracasaron. Y más cerca de nosotros, los conflictos de George W. Bush en Afganistán y en Irak también fueron, a su manera, “guerras napoleónicas” que pretendían imponer, a base de despiadados bombardeos, “las luces de la democracia a sociedades oscurantistas”. Naufragaron.

Las mentalidades cambian, no cabe duda. Pero cambian más lentamente de lo que se cree. Y el ritmo del cambio no se decreta. Querer acelerarlo a base de provocaciones es, en algunas circunstancias, el mejor modo de ralentizarlo. Lo que llamamos islamismo, o sea el integrismo islámico (y más aún el islamismo radical o yihadismo), no es sino una reacción agónica de defensa frente a la marcha ineluctable de la modernidad. Muy violenta a veces porque sabe que tiene los días contados. Los adelantos de la ciencia y de la técnica van a seguir provocando mutaciones que también afectarán a las religiones, incluido el islam. Ni siquiera unos atentados, por criminales y abyectos que sean, podrán detener duraderamente esa evolución.

Tomado de Le Monde Diplomatique

 

Costumbre

Pax_americana

David Brooks

American Curios, La Jornada 

Albert Einstein: el mundo es un lugar peligroso en que vivir,

no por la gente que hace el mal,

sino por la gente que no hace algo al respecto.

Los políticos elevaron las alertas aquí y en Europa ante amenazas de más atentados terroristas después de lo de París, anunciaron nuevas iniciativas para lo que llaman las ciberguerras (como si las guerras físicas no fueran suficiente, ahora hay virtuales) y advirtieron de posibles enfrentamientos militares contra Rusia, Irán, Corea del Norte, entre otros países, y todo esto se acepta como normal. Ya acostumbraron a todos a vivir con el temor constante de enemigos que están dedicados a destruir todo lo bueno: la democracia, la libertad y los valores.

A la vez, estos mismos políticos continúan ordenando bombardeos a aldeas en Afganistán, Irak y Siria, mientras drones siguen generando pavor cotidiano en Pakistán, Yemen y algunos países africanos al cruzar los cielos desde donde de repente hacen llover la muerte. Nadie pregunta cuántos caricaturistas y periodistas perecieron ahí, ni qué implica esto para la liberté, fraternité et egalité. Ya acostumbraron a todos a vivir con esas guerras.

Ya acostumbraron a todos a entender que sus gobiernos están dispuestos a resolver las cosas con la barbaridad más primitiva del mundo. Mientras tanto, estos mismos gobernantes exigen que opositores a todo esto, víctimas de la violencia oficial aquí y allá, no usen la violencia. Vale recordar que uno de los grandes proponentes de la no violencia, el reverendo Martin Luther King, Jr., denunció en medio de otra guerra, hace medio siglo, que él ya no podía pedir a jóvenes aquí no recurrir a la violencia sin primero condenar al mayor provedor de violencia en el mundo: mi propio gobierno.

Aun con continuas revelaciones de que el gobierno torturó, o que espió masivamente a su pueblo, o que violó libertades civiles y derechos humanos, o sea, todo lo que dice que está defendiendo, y a pesar de expresiones de protesta e ira contra esta violencia oficial dentro y fuera del país, el repudio a esta normalidad aún no es suficientemente masivo.

La amnesia es ingrediente esencial para este tipo de anestesia.

Por ejemplo, se acaba de proclamar un cambio en la política hacia Cuba, afirmando que las medidas impuestas durante más de medio siglo no han brindado resultados, pero ningún funcionario u otros integrantes de la cúpula –incluso los grandes medios– ofreció detalles de lo que fue desde 1960 una serie de atentados terroristas, complots de asesinato, estrangulamiento económico e invasiones.

Y así con Medio Oriente, donde cada noticia sobre las ofensivas, ataques y crisis casi nunca es acompañada del contexto histórico (por eso uno agradece tanto a un periodista como Robert Fisk). Muy pocos recuerdan cuántas invasiones previas, complots de la CIA, asesinatos y derrocamientos fueron impulsados por éste y otros gobiernos. Ni cuántas atrocidades se cometieron a lo largo de las invasiones recientes.

Y vamos para atrás. Vietnam, con el millón de vietnamitas que fueron muertos, junto con 58 mil estadounidenses, y mucho menos las rebeliones contra esa guerra, no sólo en casa, sino entre los soldados. Barbara Dudley, quien fue abogada defensora de soldados estadounidenses que se amotinaron o desertaron, cuenta que la guerra se terminó en parte por la desmoralización y hartazgo entre las tropas, con un creciente número de incidentes donde los soldados empezaron a voltear y matar a sus propios oficiales, pero eso está ausente de toda versión oficial de esa historia.

Y aún más atrás. El 6 de agosto de 1945, Washington dio una orden y 100 mil civiles perecieron de inmediato mientras otros 100 mil morirían en los días y meses siguientes al estallar una bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima. El gobierno afirmaría que era un objetivo militar, pero 95 por ciento de las bajas fueron civiles. La bomba estalló sobre un hospital en el centro de la ciudad. Es hasta hoy día el único acto de uso de armas de destrucción masiva en la historia. Después se confesó que todos sabían que Japón estaba por rendirse sin ese ataque.

Hasta los orígenes del país están bañados de sangre y engaño. Tal como cuenta Hermann Bellinghausen en su reseña de un nuevo libro sobre una historia de Estados Unidos desde la perspectiva indígena en Ojarasca/La Jornada, la historia insoportable y negada de dos siglos de aniquilación de esos pueblos sobre los cuales fue fundado este país es hoy día un pasado inconfesable que es relegado, a propósito, al olvido en la memoria nacional.

Este es un país donde pocos desean recordar, y donde casi nadie cuenta a nuevas generaciones las dimensiones de actos tan atroces que aún hoy día es difícil comprenderlos y mucho menos asumirlos. No es que el pueblo fue consultado, ni fue su decisión hacer todo esto; de hecho, casi siempre la opinión pública se opone, al inicio, a las guerras y por lo tanto la cúpula tiene que buscar, a través de técnicas de relaciones públicas y propaganda, establecer las condiciones para hacer todo esto. Para acostumbrar a todos a esto.

Por ejemplo, hoy la amenaza de un atentado terrorista se promueve como el peligro más inminente, a pesar de que un estadounidense corre 9 veces más el riesgo de ser ultimado por un policía que por un terrorista, y 2 mil 59 veces más por su propia mano con una arma de fuego, reportó TomDispatch. Hay más de 300 millones de armas de fuego en manos privadas en este país, las cuales se emplean cada día para matar, en promedio, a 32 estadounidenses y herir a otros 140 reporta el Brady Campaign to Prevent Gun Violence. Pero aparentemente eso no es asunto de seguridad nacional.

Todo esto está a la vista si es que alguien desea verlo. Pero tal vez la ceguera es voluntaria, y tal vez uno simplemente no puede aguantar saber de tanto horror. Para que lo inaguantable no sea tolerable, para que no se reduzca al así es, lo más urgente es desacostumbrarse a todo esto.

Perfil: Las cuatro vidas de Charlie Hebdo

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El papa Francisco señaló que si bien la libertad de expresión es un “derecho humano fundamental”, ésta tiene un límite, que es el de no ofender. No se pude provocar, no se puede insultar la fe de los demás”, insistió.

Fuente: mileniocom

JOSÉ ABDÓN FLORES/

París

En francés hay un término referido a toda actitud incisiva, burlona e insolente: gouaille. La gouaille es la esencia de la sátira que en Francia ha nutrido la vena de la caricatura desde hace al menos dos siglos. Esta propensión a la burla directa ha tenido innumerables víctimas. En 1831, Honoré Daumier, el caricaturista francés más ilustre, fue enviado a prisión por realizar un dibujo del rey Luís Felipe I comiendo en un excusado el alimento de los pobres y excretando riqueza para los acaudalados. En 1835 apareció una ley para acotar la embestida de la caricatura satírica estableciendo que “mientras un panfleto no es más que una violación de opinión, una caricatura puede simbolizar un acto de violencia”.

Con el paso de los años Francia se convirtió, no obstante, en el país de la libertad de expresión por excelencia. Así vio nacer publicaciones como la hoy célebre, aunque poco seguida fuera de Francia, Charlie Hebdo.

La historia de Charlie Hebdo semeja una serie de líneas quebradas, las mismas que en su momento representaron revistas similares que cerraron por una u otra razón. El antecedente más remoto es la revista mensual de 1960 Hara Kiripublicación tonta y pérfida, fundada por Georges Bernier (Professeur Choron) y François Cavanna, quienes conformaron un equipo de caricaturistas entre los que se encontraban Topor, Fred, Wolinski y Cabu. Debido a su mordacidad, fue prohibida temporalmente, primero en 1961 y luego en 1966. Para 1969, los editores y el periodista Delfeil de Ton decidieron lanzar en Francia una fórmula que estaba dando buenos resultados en Italia: la revista mensual Linus cuyo nombre es un homenaje a la serie Charlie Brown y que estaba dedicada exclusivamente a los cómics estadunidenses. Siguiendo la misma estrategia italiana eligieron un nombre para su revista: Charlie. Ese mismo año, Hara Kiri adquiere una periodicidad semanal (hebdomadario) y su nombre cambia por el de Hara Kiri Hebdo.

En 1970 sobreviene en el pueblo de Colombey-les-Deux-Églises la muerte de Charles de Gaulle, personaje insigne, casi intocable en Francia. La ironía frente al poder no se deja esperar por parte del semanario. Aunque sin caricatura en la primera plana, la ironía de la frase de la portada —“Baile trágico en Colombey–Un muerto”— es suficiente para ganarse el veto del ministro del Interior. Fénix recurrente, renace en noviembre de ese año con su nombre actual —Charlie Hebdo—, y el lema “periódico irresponsable” que define cabalmente su línea. En 1981, luego de 580 números, deja de circular debido a la falta de lectores y suscriptores, pues no incluía publicidad.

La segunda era del semanario empieza en 1992, cuando el polifacético Philippe Val y los caricaturistas Cabu, Gébé y Renaud se asocian económicamente para relanzarlo. Irreverentes hasta en los negocios, llaman a su sociedad Les Editions Kalachnikov. Además de las plumas reconocidas y ácidas de la primera época los acompañan caricaturistas más jóvenes: Charb, Luz y Tignous.

Este nuevo Charlie, a diferencia del anterior, reafirma su posición contestataria y asume una tendencia de izquierda. Bajo la dirección de Philippe Val sucederán dos cosas. La primera es una libertad inédita en cuanto a formas y temas a tratar, algo que años más tarde llevará a los propios caricaturistas a declarar que Francia es el paraíso de la libertad de expresión. Y la segunda: varias dimisiones por desacuerdos personales debidos a esa total libertad de expresión que llevaba a confrontaciones irresolubles.

Tras 17 años al mando, Philippe Val deja la publicación en 2009, no sin antes generar controversias que provocarán despidos y renuncias. La tercera época de Charlie Hebdo comienza cuando el caricaturista Charb es nombrado director. Serán los años más complicados no solo por la creciente animadversión por sus caricaturas contra el Islam sino porque, de nueva cuenta, el semanario sufre problemas económicos. Sin publicidad, sin ayudas estatales y en medio de la crisis financiera que aumentó el precio del papel, la dirección decide elevar el precio un 25 por ciento. En esta nueva era hay también más caricatura que texto y el mensaje se vuelve más audaz. Consecuencia de ello será el ataque a sus oficinas con bombas molotov en 2011, por el número sobre la primavera árabe en Túnez. A partir de entonces, las amenazas de muerte y los procesos judiciales relacionados no solo con caricaturas contra el Islam sino contra otros credos serán habituales, a tal grado que Charb debe andar con guardaespaldas.

Hoy se puede decir que la tercera época de Charlie Hebdo concluyó con el atentado del 7 de enero, y que la cuarta era se planea ya desde la nueva casa de la redacción que será cobijada por el diario Liberation.

HUMOR SIN BARRERAS

En numerosas ocasiones la esencia de Charlie Hebdo se ha visto paradójicamente opacada por las caricaturas que para muchos han resultado ofensivas sin advertir su mensaje, que no es otro que la crítica al poder. Es necesario señalar que la mayoría de los fundadores y colaboradores simpatizó con los movimientos de 1968 y que es de esta tradición de donde nace el semanario: una crítica al poder y a la intolerancia, y una defensa de la libertad de expresión.

La radiografía de un número de Charlie Hebdo revela más que una portada escandalosa que expone algún aspecto religioso. En el resto de las páginas, caricaturistas y articulistas tratan los temas álgidos que acostumbran: política, sociedad, cultura, ciencia y un tópico que con los años se volvió esencial, los derechos de los animales. Es verdad que la religión ocupó siempre un primer plano y que, en palabras del propio Charb, era el único tema en el que todos estaban siempre de acuerdo en incluir, fueran cuales fueran las consecuencias.

El poder de la religión ha sido blanco repetido de las plumas del semanario, un poder que, soslayado por la fe, suele pasar desapercibido. Debido a las varias amenazas de grupos extremistas islámicos, uno podría pensar que el semanario se especializaba en criticar al Islam. Sin embargo, de acuerdo con Cabu, la mayoría de las portadas y caricaturas de índole religiosa señalan hacia el catolicismo. Con el tiempo, la historia de los conflictos del semanario por la publicación de caricaturas religiosas alentó una relación inversamente proporcional: quienes más críticas recibieron fueron los que menos recriminaron, y quienes menos fueron los que al final intentaron suprimir al semanario con el fuego de las armas.

Publicación a la antigua —y a contracorriente en cierto sentido—, ha sido fiel al formato impreso. Signo de esta reticencia al cambio es también su tardía incursión en internet y las redes sociales, que ocurrió hasta 2010. De igual modo, se trata de una publicación que nunca ha recurrido al apoyo de la publicidad o a las ayudas oficiales, con lo que ha conservado su independencia. En este sentido, no es la única. La rica tradición de la caricatura en Francia (bande dessinée o BD) ha creado revistas entre las que cabe destacar FakirLe plan BPsikopat,Fluide glacial y, la más exitosa de todas, Le Canar enchaîné. En todos los casos su existencia depende de los lectores directamente.

“Sexo en Somalia”, “La izquierda y el dinero”, “La homofobia en Camerún”, “Ebola y deforestación”, “Biología de síntesis o el jardín de Frankenstein” son algunos de los temas que han sido ilustrados y tratados en las 16 páginas que conforman Charlie Hebdo, que tiraba 40 mil ejemplares hasta el atentado, y donde, se dice, pueden encontrarse asuntos que nadie más trata. Es claro que la variedad de entregas álgidas hizo de este semanario un faro de la lucha por la libertad de expresión que, desde sus oficinas itinerantes, ha sido llevada a sus últimas consecuencias.

SECUELAS DEL ATAQUE

Tras el ataque terrorista que dejara más de una docena de muertos en la redacción de la revista Charlie Hebdo y en un supermercado de comida kosher de París, se expresó la solidaridad internacional y el repudio a la agresión en muchos países de Occidente. El domingo 11 se realizaron marchas en una decena de ciudades europeas y americanas y mientras en París la manifestación por la paz y el rechazo a la violencia alcanzó a reunir a cientos de miles de personas encabezados por 40 gobernantes de diversos países, en el resto de Francia cerca de tres millones de personas se manifestaron también en diversas ciudades.

Para el martes 13, la nueva edición del semanario Charlie alcanzó un tiraje de tres millones de ejemplares traducido a diversos idiomas (incluso al árabe y al turco) y la edición se puede consultar en línea desde entonces. La imagen de la portada muestra a Mahoma con el semblante triste bajo la frase “Todo está perdonado”, mientras las páginas interiores expresan en múltiples formas ácidas, dolidas y burlescas el rechazo al terrorismo islámico. El diario francés Liberationanunció que dio cabida en sus instalaciones a los integrantes de la revista para que continuaran trabajando. “Nunca vamos a ceder. Si no, nada de esto tendría sentido”, señaló a la emisora France Info el abogado y colaborador del semanario Richard Malka.

No obstante el apoyo, la portada de la revista fue prohibida en Turquía y ha provocado algunas condenas en los países islámicos, incluso el papa Francisco señaló que si bien la libertad de expresión es un “derecho humano fundamental”, ésta tiene un límite, que es el de no ofender. No se pude provocar, no se puede insultar la fe de los demás”, insistió.

También se han manifestado grupos radicales de la derecha europea, como el Frente Nacional, cuya dirigente, la eurodiputada francesa Marine Le Pen, reclamó la suspensión inmediata de la Europa sin fronteras articulada en el acuerdo de Schengen, firmado en Luxemburgo y vigente desde 1995.

El pasado miércoles 14, al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) se atribuyó el atentado contra el semanario satírico francés en un vídeo colgado en YouTube. “Nos responsabilizamos de esta operación para vengar al mensajero de Dios”, manifiesta un portavoz de ese grupo radicado en Yemen.

Se prevé que las secuelas del ataque continuarán por largo tiempo y llevarán a replanteamientos políticos importantes en la Unión Europea, pues en le centro de la discusión está también la necesidad de diferenciar el Islam y las enseñanzas del Corán del terrorismo de grupo radicales que no representan a la nación islámica.

Charlie Hebdo: una reflexión difícil

Boaventura-Sousa-Santos

Artículo de Boaventura de Sousa Santos que publicara el Capítulo Cubano de la Red en Defensa de la Humanidad. Atilio Borón lo presenta en su blog personal como un aporte trascendente para meditar sobre una serie de hechos gravísimos que deberían conmover la conciencia universal, sin exclusiones de ningún tipo. Recordar el consejo de Baruch Spinoza: “no reir, no llorar: comprender.” 

La repugnancia total e incondicional que los europeos sienten ante estas muertes debe hacernos pensar por qué razón no sienten la misma repulsa ante un número igual o mucho mayor de muertes inocentes como resultado de conflictos que, en el fondo, ¿tal vez tengan algo que ver con la tragedia de Charlie Hebdo? En el mismo día, 37 jóvenes fueron muertos en Yemen en un atentado con bomba. El verano pasado, la invasión israelita causó la muerte de dos mil palestinos, de los cuales cerca de 1.500 eran civiles y 500 niños. En México, desde el año 2000 fueron asesinados 102 periodistas por defender la libertad de expresión y, en noviembre de 2014, 43 jóvenes fueron asesinados en Ayotzinapa.

El repugnante crimen cometido contra los periodistas y dibujantes del semanario Charlie Hebdo hace muy difícil un análisis sereno de lo que está implicado en este acto bárbaro, de su contexto y precedentes, así como de su impacto y repercusiones futuras. Sin embargo, este análisis es urgente, bajo pena de continuar avivando un fuego que mañana puede alcanzar a las escuelas de nuestros hijos, nuestras casas, nuestras instituciones y nuestras conciencias. Ahí están algunas pistas para tal análisis.

La lucha contra el terrorismo, la tortura y la democracia

No se pueden establecer nexos directos entre la tragedia de Charlie Hebdo y la lucha contra el terrorismo que los EUA y sus aliados están ejecutando desde el 11 de septiembre de 2001. Pero es sabido que la extrema agresividad de Occidente ha causado la muerte de muchos millares de civiles inocentes (casi todos musulmanes) y ha sometido a niveles de tortura de una violencia increíble a jóvenes musulmanes contra los cuales las sospechas son meramente especulativas, como consta en el reciente informe presentado al Congreso norteamericano. Y también es sabido que muchos jóvenes islámicos radicales declaran que su radicalización nació de la revuelta contra tanta violencia impune. Ante esto debemos meditar si el camino para frenar la espiral de violencia es continuar con las mismas políticas que la han alimentado como ahora es demasiado patente.

La respuesta francesa al ataque muestra que la normalidad constitucional democrática está suspendida y que un estado de sitio no declarado está en vigor, que los criminales de este tipo, en lugar de ser apresados y juzgados, deben ser abatidos, que este hecho no representa aparentemente ninguna contradicción con los valores occidentales. Entramos en un clima de guerra civil de baja intensidad. ¿Quién gana con ella en Europa? Ciertamente no los partidos de izquierda como Podemos en España o Syriza en Grecia.

La libertad de expresión

Es un bien precioso pero tiene límites, y la verdad es que la abrumadora mayoría de ellos son impuestos por aquellos que defienden la libertad sin límites siempre y cuando sea “su” libertad. Ejemplos de límites son inmensos: si en Inglaterra un manifestante dice que David Cameron tiene sangre en las manos, puede ir preso; en Francia, las mujeres islámicas no pueden usar el hiyab; el 2008, el dibujante Maurice Siné fue despedido de Charlie Hebdo por haber escrito una crónica supuestamente antisemita. Esto significa que los límites existen, pero son diferentes para diferentes grupos de interés. Por ejemplo, en América Latina, los grandes medios, controlados por familias oligárquicas y por el gran capital, son los que más claman por la libertad de expresión sin límites para insultar a los gobiernos progresistas y ocultar todo lo bueno que estos gobiernos han hecho por el bienestar de los más pobres.

Aparentemente, Charlie Hebdo no reconocía límites para insultar a los musulmanes, incluso cuando muchos de sus dibujos fueran propaganda racista y alimentasen la onda islamofóbica y antiinmigrante que avasalla a Francia y a Europa en general. Además de muchos dibujos con el Profeta en poses pornográficas, uno de ellos, bien aprovechado por la extrema derecha, mostraba un conjunto de mujeres musulmanas embarazadas, presentadas como esclavas sexuales de Boko Haram que, apuntando a sus barrigas, pedían que no les fuese retirado el apoyo social a la gravidez. De un golpe se estigmatizaba el Islam, a las mujeres y al Estado de bienestar social. Obviamente que, a lo largo de los años, la mayor comunidad islámica de Europa se fue sintiendo ofendida por esta línea editorial, pero fue igualmente inmediato su repudio por este crimen bárbaro. Debemos, pues, reflexionar sobre las contradicciones y asimetrías en la vida vivida de los valores que creemos son universales.

La tolerancia y los “valores occidentales”

El contexto en que ocurrió el crimen es dominado por dos corrientes de opinión, ninguna de ellas favorable a la construcción de una Europa inclusiva e intercultural. Las más radical es frontalmente islamofóbica y antiinmigrante. Es la línea dura de la extrema derecha en toda Europa y de la derecha cuando se ve amenazada por elecciones próximas (el caso de Antonis Samarás en Grecia). Para esta corriente, los enemigos de la civilización europea están entre “nosotros”, nos odian, tienen nuestros pasaportes; y esta situación solo se resuelve liberándonos de ellos. La pulsión antiinmigrante es evidente.

La otra corriente es la de la tolerancia. Estas poblaciones son muy distintas de nosotros, son una carga, pero tenemos que “aguantarlas”, hasta porque son útiles; empero, solo debemos hacerlo si ellas son moderadas y asimilan nuestros valores. ¿Pero qué son los “valores occidentales”? Luego de muchos siglos de atrocidades cometidas en nombre de estos valores dentro y fuera de Europa –de la violencia colonial a las dos guerras mundiales–, se exige algún cuidado y mucha reflexión sobre lo que son esos valores y por qué razón, según los contextos, ora se afirman unos ora se afirman otros.

Por ejemplo, nadie pone hoy en duda el valor de la libertad, pero lo mismo no puede decirse de los valores de la igualdad y de la fraternidad. Fueron estos dos valores los que fundaron el Estado social de bienestar que dominó la Europa democrática después de la segunda guerra mundial. Sin embargo, en los últimos años, la protección social, que garantizaba niveles más altos de integración social, comenzó a ser puesta en causa por los políticos conservadores y hoy es concebida como un lujo inaccesible para los partidos del llamado “arco de gobernabilidad”. La crisis social causada por la erosión de la protección social y por el aumento del desempleo entre jóvenes, ¿no será leña en el fuego del radicalismo por parte de los jóvenes que, más allá del desempleo, sufren la discriminación étnico-religiosa?

El choque de fanatismos, no de civilizaciones.

No estamos ante un choque de civilizaciones, incluso porque la cristiana tiene las mismas raíces que la islámica. Estamos ante un choque de fanatismos, aunque algunos de ellos no aparezcan como tales por sernos próximos. La historia muestra cómo muchos de los fanatismos y sus choques estuvieron relacionados con intereses económicos y políticos que, en realidad, nunca beneficiaron a los que más sufrieron con tales fanatismos. En Europa y sus áreas de influencia es el caso de las cruzadas, de la Inquisición, de la evangelización de las poblaciones colonizadas, de las guerras religiosas y de Irlanda del Norte. Fuera de Europa, una religión tan pacífica como el budismo legitimó la masacre de muchos millares de miembros de la minoría tamil de Sri Lanka; del mismo modo, los fundamentalistas hindús masacraron a las poblaciones musulmanas de Guyarat en 2003 y el eventual mayor acceso al poder que han conquistado recientemente con la victoria del Presidente Modi hace prever lo peor.

Es también en nombre de la religión que Israel continúa imponiendo la limpieza étnica de Palestina y que el llamado Emirato Islámico masacra poblaciones musulmanas en Siria y en Irak. ¿La defensa de la laicidad sin límites en una Europa intercultural, donde muchas poblaciones no se reconocen como tales, será después de todo una forma de extremismo? ¿Los diferentes extremismos se oponen o se articulan? ¿Cuáles son las relaciones entre los yihadistas y los servicios secretos occidentales? ¿Por qué los yihadistas del Emirato Islámico, que ahora son terroristas, eran “combatientes de la libertad” cuando luchaban contra Kadhafi y contra Assad? ¿Cómo se explica que el Emirato Islámico sea financiado por Arabia Saudita, Catar, Kuwait y Turquía, todos aliados de Occidente? Una cosa es cierta, por lo menos en la última década: la gran mayoría de las víctimas de todos los fanatismos (incluyendo el islámico) son poblaciones musulmanas no fanáticas. 

El valor de la vida

La repugnancia total e incondicional que los europeos sienten ante estas muertes debe hacernos pensar por qué razón no sienten la misma repulsa ante un número igual o mucho mayor de muertes inocentes como resultado de conflictos que, en el fondo, ¿tal vez tengan algo que ver con la tragedia de Charlie Hebdo? En el mismo día, 37 jóvenes fueron muertos en Yemen en un atentado con bomba. El verano pasado, la invasión israelita causó la muerte de dos mil palestinos, de los cuales cerca de 1.500 eran civiles y 500 niños. En México, desde el año 2000 fueron asesinados 102 periodistas por defender la libertad de expresión y, en noviembre de 2014, 43 jóvenes fueron asesinados en Ayotzinapa.

Ciertamente que la diferencia en la reacción no puede estar basada en la idea de que la vida de europeos blancos, de cultura cristiana, vale más que la vida de europeos de otros colores o de no europeos de culturas basadas en otras religiones o regiones. ¿Será entonces porque estos últimos están más lejos de los europeos y estos los conocen menos? ¿Acaso el mandato cristiano de amar al prójimo permite tales distinciones? ¿Será porque los grandes medios y los líderes políticos de Occidente trivializan el sufrimiento causado a esos otros, cuando no los demonizan al punto de hacernos pensar que ellos no merecen otra cosa?

Fuente:    http://cubaendefensadelahumanidad.blogspot.com.ar/2015/01/charlie-hebdo-una-reflexion-dificil-por.html

Todos somos Charlie

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Por Noam Chomsky

Avram Noam Chomsky es un lingüista, filósofo y activista estadounidense. Es profesor emérito de Lingüística en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y una de las figuras más destacadas de la lingüística del siglo XX, gracias a sus trabajos en teoría lingüística y ciencia cognitiva. Es, asimismo, reconocido por su activismo político, caracterizado por una fuerte crítica delcapitalismo contemporáneo y de la política exterior de los Estados Unidos. .

zcomm.org

Tomado de Rebelion

El mundo quedó horrorizado después del brutal ataque que sufrió la revista satírica francesa Charlie Hebdo. En las columnas del New York Times, el corresponsal Steven Erlanger, presente desde hace mucho tiempo en Europa, describió de forma sobrecogedora las repercusiones inmediatas de lo que muchos describen como el “11 septiembre” francés. Fue “una jornada durante la cual se sucedieron sirenas ruidosas con los ires y venires de los helicópteros. Una jornada de frenesí mediático, de cordones policiacos, de muchedumbres en pánico y de niños alejados de las escuelas por cuestiones de seguridad. Una jornada, como las dos que le siguieron, de sangre y de horror en París y sus suburbios”. El inmenso repudio mundial provocado por el atentado fue acompañado por una reflexión sobre las raíces profundas de esta barbaridad. “Muchos son los que ven en estos hechos un choque de civilizaciones”, anunciaba un título del New York Times.

Las reacciones de horror y de indignación respecto a estos crímenes son justificadas, al igual que la búsqueda de sus causas profundas, siempre y cuando guardemos en mente firmemente algunos principios. La reacción debería ser completamente independiente de la opinión que se puede tener de ese periódico y del material que produce. Los eslóganes omnipresentes de tipo “Yo soy Charlie”, no deberían indicar, ni siquiera insinuar, ninguna asociación con el periódico, al menos en el contexto de la defensa de la libertad de expresión. Deberían más bien expresar una defensa de al libertad de expresión a pesar de lo que se puede opinar acerca del contenido, y aunque éste sea calificado de hiriente o depravado.

Y esos eslóganes también deberían expresar la condena de la violencia y del terror. El dirigente del Partido de los Trabajadores de Israel y principal contrincante para las próximas elecciones, Isaac Herzog, tiene toda la razón cuando dice que “El terrorismo es terrorismo. No existen dos formas diferentes de considerarlo.” También acierta cuando dice “Todas la naciones que desean la paz y la libertad enfrentan un inmenso reto” respecto al mortífero terrorismo – si dejamos de lado su interpretación selectiva acerca de este reto.

Erlanger describe muy bien la horrible escena. Cita uno de los periodistas sobrevivientes: “Todo se desplomó. No había ninguna escapatoria. Había humo por todos lados. Fue terrible. La gente gritaba. Una verdadera pesadilla.” Otro periodista superviviente describió “una inmensa deflagración antes de ser sumergidos en la absoluta oscuridad.” La escena, según Erlanger, “no era más que un montón de vidrio roto, paredes caídas, maderas retorcidas, pinturas desgarradas y devastación emocional.” Por lo menos 10 personas habrían muerto a raíz de la explosión, 20 otras habían desaparecido, “probablemente enterradas bajo los escombros”.

Esas citaciones, como nos lo recuerda el incansable David Peterson, no son de enero del 2015. En realidad son extraídas de una nota de Erlander del 24 de abril de 1999, que solo alcanzó la sexta página del New York Times, es muy lejos de alcanzar la relevancia del ataque de Charlie Hebdo. Erlanger en realidad describía el resultado de “un ataque con misil sobre la sede de la televisión de estado de Serbia” por parte de la OTAN (es decir los EE.UU.) que “dejó fuera del aire Radio Television Serbia.”

Hubo una justificación oficial. “La OTAN y los representantes estadounidenses defendieron el ataque”, reportó Erlanger, “como parte del esfuerzo para debilitar el régimen del Presidente de Yugoslavia Slobodan Milosevic.” El portavoz del Pentágono, Kenneth Bacon declaró durante una conferencia de prensa en Washington que “la televisión serbia formaba parte integrante de la máquina de terror de Milosevic, al mismo nivel que sus fuerzas armadas”, lo que la convertía por lo tanto en un blanco legítimo.

El gobierno de Yugoslavia declaró: “La nación entera apoya a nuestro presidente, Slobodan Milosevic”, según reporta Erlanger, quien añade que “no queda claro cómo el Gobierno sabe esto con tal precisión.”

Ningún comentario sardónico de ese tipo sería el bienvenido ahora que se puede leer en la prensa que Francia está en duelo y que el mundo está indignado ante los abominables acontecimientos. Tampoco resulta necesario interrogarse acerca de las causas profundas, ni de preguntarse quien representa a la civilización y quien a la barbarie.

Pero Isaac Herzog se equivoca cuando dice “El terrorismo es terrorismo. No existen dos formas diferentes de considerarlo.” Definitivamente sí existen dos formas de considerarlo: el terrorismo no es terrorismo cuando se trata de un ataque mucho más violento pero perpetrado por los que son Justos en virtud su poder. De la misma forma, la libertad de expresión no corre peligro cuando los Justos destruyen un canal de televisión que apoya a un gobierno que están atacando.

Asimismo, se entiende fácilmente el comentario del abogado de derechos cívicos Floyd Abrams, reconocido por su defensa apasionada de la libertad de expresión, publicado en el New York Times y en el que señala que el ataque contra Charlie Hebdo “es la agresión más grave en contra del periodismo de la que se tenga memoria.” Tiene razón de precisar “de la que se tenga memoria”, lo que divide cuidadosamente a los ataques contra el periodismo y los actos de terrorismo en dos categorías: los Suyos, que son horribles; y los Nuestros, que son virtuosos y fácilmente eliminados de nuestra memoria.

Vale la pena subrayar que esto solamente es uno de los numerosos ejemplos de ataques contra la libertad de expresión realizado por los Justos. Para mencionar únicamente otro ejemplo que fue fácilmente borrado de “nuestra memoria”, el ataque llevado a cabo por las fuerzas de los EE.UU en Falluja en noviembre del 2004, uno de los peores crímenes realizados durante la invasión a Irak, que inició con la ocupación militar del Hospital General de esa ciudad. La ocupación militar de un hospital representa en sí, por supuesto, un grave crimen de guerra, independientemente de la forma en la que fue llevada a cabo. Los hechos fueron trivialmente descritos en un artículo publicado en primera plana del New York Times, junto con una fotografía ilustrando el crimen. El texto señalaba que “soldados armados sacaron de las habitaciones a los pacientes y empleados del hospital, y les ordenaron sentarse o tirarse al piso mientras que las tropas los maniataban por detrás.” Esos crímenes fueron descritos como si fuesen altamente meritorios y justificados: “La ofensiva permitió clausurar lo que oficiales describían como una herramienta de propaganda para los militantes: el Hospital General de Falluja, con su flujo de informes sobre el número de víctimas civiles.”

Evidentemente, no se le podía permitir a una agencia de propaganda de este tipo que siguiera escupiendo sus vulgares obscenidades.

Traducción: Luis Alberto Reygada

Fuente: https://zcomm.org/znetarticle/we-are-all-fill-in-the-blank/

El terror en París: raíces profundas y lejanas

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Por Atilio Boron

Atilio Alberto Borón es un politólogo y sociólogo argentino, doctorado en Ciencia Política por la Universidad de Harvard.

Tomado de Rebelion.org

El atentado terrorista perpetrado en las oficinas de Charlie Hebdo debe ser condenado sin atenuantes. Es un acto brutal, criminal, que no tiene justificación alguna. Es la expresión contemporánea de un fanatismo religioso que -desde tiempos inmemoriales y en casi todas las religiones conocidas- ha plagado a la humanidad con muertes y sufrimientos indecibles. La barbarie perpetrada en París concitó el repudio universal. Pero parafraseando a un enorme intelectual judío del siglo XVII, Baruch Spinoza, ante tragedias como esta no basta con llorar, es preciso comprender. ¿Cómo dar cuenta de lo sucedido?

La respuesta no puede ser simple porque son múltiples los factores que se amalgamaron para producir tan infame masacre. Descartemos de antemano la hipótesis de que fue la obra de un comando de fanáticos que, en un inexplicable rapto de locura religiosa, decidió aplicar un escarmiento ejemplar a un semanario que se permitía criticar ciertas manifestaciones del Islam y también de otras confesiones religiosas. Que son fanáticos no cabe ninguna duda. Creyentes ultraortodoxos abundan en muchas partes, sobre todo en Estados Unidos e Israel. Pero, ¿cómo llegaron los de París al extremo de cometer un acto tan execrable y cobarde como el que estamos comentando? Se impone distinguir los elementos que actuaron como precipitantes o desencadenantes –por ejemplo, las caricaturas publicadas por el Charlie Hebdo, blasfemas para la fe del Islam- de las causas estructurales o de larga duración que se encuentran en la base de una conducta tan aberrante. En otras palabras, es preciso ir más allá del acontecimiento, por doloroso que sea, y bucear en sus determinantes más profundos.

A partir de esta premisa metodológica hay un factor que merece especial consideración. Nuestra hipótesis es que lo sucedido es un lúgubre síntoma de lo que ha sido la política de Estados Unidos y sus aliados en Medio Oriente desde fines de la Segunda Guerra Mundial. Es el resultado paradojal –pero previsible, para quienes están atentos al movimiento dialéctico de la historia- del apoyo que la Casa Blanca le brindó al radicalismo islámico desde el momento en que, producida la invasión soviética a Afganistán en Diciembre de 1979, la CIA determinó que la mejor manera de repelerla era combinar la guerra de guerrillas librada por los mujaidines con la estigmatización de la Unión Soviética por su ateísmo, convirtiéndola así en una sacrílega excrecencia que debía ser eliminada de la faz de la tierra. En términos concretos esto se tradujo en un apoyo militar, político y económico a los supuestos “combatientes por la libertad” y en la exaltación del fundamentalismo islamista del talibán que, entre otras cosas, veía la incorporación de las niñas a las escuelas afganas dispuesta por el gobierno prosoviético de Kabul como una intolerable apostasía. Al Qaeda y Osama bin Laden son hijos de esta política. En esos aciagos años de Reagan, Thatcher y Juan Pablo II, la CIA era dirigida por William Casey, un católico ultramontano, caballero de la Orden de Malta cuyo celo religioso y su visceral anticomunismo le hicieron creer que, aparte de las armas, el fomento de la religiosidad popular en Afganistán sería lo que acabaría con el sacrílego “imperio del mal” que desde Moscú extendía sus tentáculos sobre el Asia Central. Y la política seguida por Washington fue esa: potenciar el fervor islamista, sin medir sus predecibles consecuencias a mediano plazo.

Horrorizado por la monstruosidad del genio que se le escapó de la botella y produjo los confusos atentados del 11 de Septiembre (confusos porque las dudas acerca de la autoría del hecho son muchas más que las certidumbres) Washington proclamó una nueva doctrina de seguridad nacional: la “guerra infinita” o la “guerra contra el terrorismo”, que convirtió a las tres cuartas partes de la humanidad en una tenebrosa conspiración de terroristas (o cómplices de ellos) enloquecidos por su afán de destruir a Estados Unidos y el “modo americano de vida” y estimuló el surgimiento de una corriente mundial de la “islamofobia”. Tan vaga y laxa ha sido la definición oficial del terrorismo que en la práctica este y el Islam pasaron a ser sinónimos, y el sayo le cabe a quienquiera que sea un crítico del imperialismo norteamericano. Para calmar a la opinión pública, aterrorizada ante los atentados, los asesores de la Casa Blanca recurrieron al viejo método de buscar un chivo expiatorio, alguien a quien culpar, como a Lee Oswald, el inverosímil asesino de John F. Kennedy. George W. Bush lo encontró en la figura de un antiguo aliado, Saddam Hussein, que había sido encumbrado a la jefatura del estado en Irak para guerrear contra Irán luego del triunfo de la Revolución Islámica en 1979, privando a la Casa Blanca de uno de sus más valiosos peones regionales. Hussein, como Gadaffi años después, pensó que habiendo prestado sus servicios al imperio tendría las manos libres para actuar a voluntad en su entorno geográfico inmediato. Se equivocó al creer que Washington lo recompensaría tolerando la anexión de Kuwait a Irak, ignorando que tal cosa era inaceptable en función de los proyectos estadounidenses en la región. El castigo fue brutal: la primera Guerra del Golfo (Agosto 1990-Febrero 1991), un bloqueo de más de diez años que aniquiló a más de un millón de personas (la mayoría niños) y un país destrozado. Contando con la complicidad de la dirigencia política y la prensa “libre, objetiva e independiente” dentro y fuera de Estados Unidos la Casa Blanca montó una patraña ridícula e increíble por la cual se acusaba a Hussein de poseer armas de destrucción masiva y de haber forjado una alianza con su archienemigo, Osama bin Laden, para atacar a los Estados Unidos. Ni tenía esas armas, cosa que era archisabida; ni podía aliarse con un fanático sunita como el jefe de Al Qaeda, siendo él un ecléctico en cuestiones religiosas y jefe de un estado laico.

Impertérrito ante estas realidades, en Marzo del 2003 George W. Bush dio inicio a la campaña militar para escarmentar a Hussein: invade el país, destruye sus fabulosos tesoros culturales y lo poco que quedaba en pie luego de años de bloqueo, depone a sus autoridades, monta un simulacro de juicio donde a Hussein lo sentencian a la pena capital y muere en la horca. Pero la ocupación norteamericana, que dura ocho años, no logra estabilizar económica y políticamente al país, acosada por la tenaz resistencia de los patriotas iraquíes. Cuando las tropas de Estados Unidos se retiran se comprueba su humillante derrota: el gobierno queda en manos de los chiítas, aliados del enemigo público número uno de Washington en la región, Irán, e irreconciliablemente enfrentados con la otra principal rama del Islam, los sunitas. A los efectos de disimular el fracaso de la guerra y debilitar a una Bagdad si no enemiga por lo menos inamistosa -y, de paso, controlar el avispero iraquí- la Casa Blanca no tuvo mejor idea que replicar la política seguida en Afganistán en los años ochentas: fomentar el fundamentalismo sunita y atizar la hoguera de los clivajes religiosos y las guerras sectarias dentro del turbulento mundo del Islam. Para ello contó con la activa colaboración de las reaccionarias monarquías del Golfo, y muy especialmente de la troglodita teocracia de Arabia Saudita, enemiga mortal de los chiítas y, por lo tanto, de Irán, Siria y de los gobernantes chiítas de Irak.

Claro está que el objetivo global de la política estadounidense y, por extensión, de sus clientes europeos, no se limita tan sólo a Irak o Siria. Es de más largo aliento pues procura concretar el rediseño del mapa de Medio Oriente mediante la desmembración de los países artificialmente creados por las potencias triunfantes luego de las dos guerras mundiales. La balcanización de la región dejaría un archipiélago de sectas, milicias, tribus y clanes que, por su desunión y rivalidades mutuas no podrían ofrecer resistencia alguna al principal designio de “humanitario” Occidente: apoderarse de las riquezas petroleras de la región. El caso de Libia luego de la destrucción del régimen de Gadaffi lo prueba con elocuencia y anticipó la fragmentación territorial en curso en Siria e Irak, para nombrar los casos más importantes. Ese es el verdadero, casi único, objetivo: desmembrar a los países y quedarse con el petróleo de Medio Oriente. ¿Promoción de la democracia, los derechos humanos, la libertad, la tolerancia? Esos son cuentos de niños, o para consumo de los espíritus neocolonizados y de la prensa títere del imperio para disimular lo inconfesable: el saqueo petrolero.

El resto es historia conocida: reclutados, armados y apoyados diplomática y financieramente por Estados Unidos y sus aliados, a poco andar los fundamentalistas sunitas exaltados como “combatientes por la libertad” y utilizados como fuerzas mercenarias para desestabilizar a Siria hicieron lo que en su tiempo Maquiavelo profetizó que harían todos los mercenarios: independizarse de sus mandantes, como antes lo hicieran Al Qaeda y bin Laden, y dar vida a un proyecto propio: el Estado Islámico. Llevados a Siria para montar desde afuera una infame “guerra civil” urdida desde Washington para producir el anhelado “cambio de régimen” en ese país, los fanáticos terminaron ocupando parte del territorio sirio, se apropiaron de un sector de Irak, pusieron en funcionamiento los campos petroleros de esa zona y en connivencia con las multinacionales del sector y los bancos occidentales se dedican a vender el petróleo robado a precio vil y convertirse en la guerrilla más adinerada del planeta, con ingresos estimados de 2.000 millones de dólares anuales para financiar sus crímenes en cualquier país del mundo. Para dar muestras de su fervor religioso las milicias jihadistas degüellan, decapitan y asesinan infieles a diestra y siniestra, no importa si musulmanes de otra secta, cristianos, judíos o agnósticos, árabes o no, todo en abierta profanación de los valores del Islam. Al haber avivado las llamas del sectarismo religioso era cuestión de tiempo que la violencia desatada por esa estúpida y criminal política de Occidente tocara las puertas de Europa o Estados Unidos. Ahora fue en París, pero ya antes Madrid y Londres habían cosechado de manos de los ardientes islamistas lo que sus propios gobernantes habían sembrado inescrupulosamente.

De lo anterior se desprende con claridad cuál es la génesis oculta de la tragedia del Charlie Hebdo. Quienes fogonearon el radicalismo sectario mal podrían ahora sorprenderse y mucho menos proclamar su falta de responsabilidad por lo ocurrido, como si el asesinato de los periodistas parisinos no tuviera relación alguna con sus políticas. Sus pupilos de antaño responden con las armas y los argumentos que les fueron inescrupulosamente cedidos desde los años de Reagan hasta hoy. Más tarde, los horrores perpetrados durante la ocupación norteamericana en Irak los endurecieron e inflamaron su celo religioso. Otro tanto ocurrió con las diversas formas de “terrorismo de estado” que las democracias capitalistas practicaron, o condonaron, en el mundo árabe: las torturas, vejaciones y humillaciones cometidas en Abu Ghraib, Guantánamo y las cárceles secretas de la CIA; las matanzas consumadas en Libia y en Egipto; el indiscriminado asesinato que a diario cometen los drones estadounidenses en Pakistán y Afganistán, en donde sólo dos de cada cien víctimas alcanzadas por sus misiles son terroristas; el “ejemplarizador” linchamiento de Gadaffi (cuya noticia provocó la repugnante carcajada de Hillary Clinton); el interminable genocidio al que son periódicamente sometidos los palestinos por Israel, con la anuencia y la protección de Estados Unidos y los gobiernos europeos, crímenes, todos estos, de lesa humanidad que sin embargo no conmueven la supuesta conciencia democrática y humanista de Occidente. Repetimos: nada, absolutamente nada, justifica el crimen cometido contra el semanario parisino. Pero como recomendaba Spinoza hay que comprender las causas que hicieron que los jihadistas decidieran pagarle a Occidente con su misma sangrienta moneda. Nos provoca náuseas tener que narrar tanta inmoralidad e hipocresía de parte de los portavoces de gobiernos supuestamente democráticos que no son otra cosa que sórdidas plutocracias. Hubo quienes, en Estados Unidos y Europa, condenaron lo ocurrido con los colegas de Charlie Hebdo por ser, además, un atentado a la libertad de expresión. Efectivamente, una masacre como esa lo es, y en grado sumo. Pero carecen de autoridad moral quienes condenan lo ocurrido en París y nada dicen acerca de la absoluta falta de libertad de expresión en Arabia Saudita, en donde la prensa, la radio, la televisión, la Internet y cualquier medio de comunicación está sometido a una durísima censura. Hipocresía descarada también de quienes ahora se rasgan las vestiduras pero no hicieron absolutamente nada para detener el genocidio perpetrado por Israel hace pocos meses en Gaza. Claro, Israel es uno de los nuestros dirán entre sí y, además, dos mil palestinos, varios centenares de ellos niños, no valen lo mismo que la vida de doce franceses. La cara oculta de la hipocresía es el más desenfrenado racismo.

 Una versión muy resumida de esta nota, escrita “en caliente” ni bien enterado de los hechos, fue publicada en el día de hoy, 8 de Enero de 2015, por Página/12.Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes

El regreso del fascismo: A propósito de Charlie Hebdo

Amigos, este y los dos comentarios que colgué poco antes aportan valiosos elementos, yo diría casi sin dudas probatorios, de lo que en verdad se esconde tras el atentado al semanario francés Charlie Ebdo. Al menos yo coincido plenamente con quienes no somos Charlie. `?Y usted que piensa?  

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Por Jorge Beinstein (especial para ARGENPRESS.info) 

Como era de prever el ataque contra Charlie Hebdó desató una ola mediática global de condena al “terrorismo islámico”, un cierto tufillo a “11 de septiembre a la francesa” se hace sentir. Como también era de prever la derecha occidental capitaliza esa ola buscando orientarla hacia una combinación de islamofobia y autoritarismo, de justificación de la cruzada colonial contra la periferia musulmana y al mismo tiempo de impulso en Occidente a la discriminación interna contra las minorías de inmigrantes árabes, turcos y otros. Y como también era de prever no han faltado los cortesanos progresistas del sistema que luego de abrir el paraguas señalando en muy primerísimo lugar que el “ataque terrorista”… “debe ser condenado sin atenuantes” atribuyéndolo al “fanatismo religioso” (obviamente islámico) pasan sesudamente a enumerar algunas culpas occidentales sin darse tiempo para un mínimo de prudencia y decoro ante un asunto que huele a podrido.

Lo menos que se puede decir es que el affaire Charlie Hebdo ingresó velozmente en el pantano de la confusión, los dos presuntos atacantes fueron liquidados dos días después del ataque, aun no se sabe bien como es que fueron tan fácilmente identificados en unas pocas horas, salvo que aceptemos la increíble versión policial de que uno de ellos olvidó su documento de identidad en el automóvil utilizado en el atentado. Paul Craig Roberts, ex Subsecretario del Tesoro de los Estados Unidos señala que “la Policía encontró el carnet de identidad de Said Kouachi en la escena del tiroteo (cerca de la sede de ‘Charlie Hebdo’). ¿Les suena familiar? Recuerden que las autoridades (estadounidenses) afirmaron haber encontrado el pasaporte intacto de uno de los presuntos secuestradores del 11 de Septiembre entre las ruinas de las torres gemelas. Una vez que las autoridades descubren que los pueblos occidentales estúpidos van a creer cualquier mentira transparente, van a recurrir a la mentira una y otra vez”.

No habrá juicio, los hermanos Kouachi ni desmentirán ni confesarán nada. Por otra parte en distintos medios periodísticos aparece la información de que estos hermanos franceses hijos de inmigrantes argelinos habrían sido reclutados hace algún tiempo por el aparato de inteligencia francés que los encaminó hacia el yihadismo en su lucha contra el gobierno sirio. Incluso aparece el nombre del agente reclutador, un tal David Drugeon señalado desde hace tiempo como un personaje de alto nivel del aparato de inteligencia francés que por supuesto desmintió en su momento dicha información reiterada antes y después del desmentido por medios de prensa estadounidenses y europeos .

Y como si esto fuera poco un día después del “atentado” de manera muy marginal se dio a conocer el extraño suicidio de Helric Fredou, comisario subdirector de la Policía judicial de Limoges que trabajaba en el caso Charlie Hebdo .

Guerras y bufones 

Philippe Grasset señala con razón que el ataque contra Charlie Hebdo no es un “atentado terrorista” sino un “acto de guerra” perfectamente orientado hacia un objetivo concreto realizado por medio de una operación de tipo comando.

¿Pero de qué guerra se trata?.

Una primera constatación es que Francia despliega actualmente de manera formal alrededor de 8 mil solados en distintas intervenciones militares en la periferia, más de 5 mil en África e importantes contingentes en Asia Central y Medio Oriente, la más reciente de ellas ha sido en Irak con el argumento de combatir al “Estado Islámico” . La intervención en Afganistán subordinada al mando militar de los Estados Unidos desplegaba unos 4 mil soldados hacia 2009.

Aunque la operación más ruidosa fue la realizada contra Libia, los bombardeos franceses, factor decisivo en la intervención de la OTAN, causaron miles de muertes entre la población civil, importantes centros urbanos fueron destruidos, el estado libio fue liquidado. Según distintas evaluaciones luego del derrocamiento de Gadafi cerca de dos millones de libios, un tercio de la población total, han dejado el país sumergido en el caos, disputado por bandas rivales. También Francia interviene activamente en la operación de la OTAN contra Siria introduciendo mercenarios y armas.

Dicho de otra manera el estado francés es hoy una componente decisiva del dispositivo operacional de la OTAN embarcado en una estrategia de intervención global destinada a la recolonización occidental del planeta. El mando supremo corresponde por supuesto a los Estados Unidos y la operatoria de dicha agresión no se limita a un conjunto de acciones militares de tipo clásico sino a un complejo abanico de dispositivos destinado a la desestructuración, a la caotización de distintas áreas del “resto del mundo”, a su transformación en una masa informe fácil presa de la depredación. Así lo demuestra la larga serie de intervenciones occidentales recientes en Asia, África y América Latina, en algunos casos a través de invasiones militares como en Afganistán e Irak, en otros combinando bombardeos e/o introducción de mercenarios como en Libia y Siria o bien instalando bases militares e inflando ejércitos locales y bandas paramilitares como en Colombia pero en todos los casos incentivando formas caóticas y ultra violentas que desarticulan el tejido social de los que las realidades actuales de México, Libia o Irak son un buen ejemplo.

Estas acciones son combinadas con un vasto despliegue comunicacional destinado a controlar, regimentar a las sociedades occidentales y a degradar, desarticular, someter al resto del mundo. Es reafirmado el viejo mito de Occidente como civilización verdadera, única con legitimidad universal relegando a los demás a la categoría de “bárbaros” o “semicivilizados” según las circunstancias. Mito imperial que atravesó toda la historia de la modernidad hasta llegar a su mutación en delirio criminal en el siglo XX como fascismo o nazismo. De ese modo el liberalismo imperialista civilizador, el cristianismo colonial redentor y el nazismo que florecieron en tres momentos diferentes terminan ahora en plena decadencia sistémica convergiendo en una mezcolanza grotesca expresión de sociedades privilegiadas en repliegue cultural. Así es como el Frente Nacional abiertamente neonazi convertido en el primer partido político de Francia, enlaza en la práctica con comunicadores o intelectuales de moda como Éric Zemmour que reivindica a la colaboración con la ocupación alemana durante la segunda Guerra Mundial y la segregación de las minorías musulmanas y otras todo ello en nombre de los “valores cristianos” de Francia u otros como Bernard-Henri Levy instigador del genocidio de la OTAN en Libia. Desde lo alto el presidente socialista François Hollande explica la intervención en Siria e Irak y el apoyo al régimen neonazi de Ucrania como parte de su lucha por la defensa de los intereses de Francia.

Santiago Alba Rico elogia a los asesinados de Charlie Hebdo ubicándolos en la categoría de bufones y nos explica que “está también el horror de que sus víctimas se dedicaran a escribir y a dibujar… tareas que una larga tradición histórica compartida sitúa en el extremo opuesto de la violencia… En términos humanos, siempre es más grave matar a un bufón que a un rey porque el bufón dice lo que todos queremos oír aunque sea improcedente o incluso hiperbólico… El que mata a un bufón, al que hemos encomendado el decir libre y general, mata a la humanidad misma. También por eso los asesinos de París son fascistas. Sólo los fascistas matan bufones Sólo los fascistas creen que hay objetos no hilarantes o no ridiculizables. Sólo los fascistas matan para imponer seriedad” .

No creo que Hitler ejerciendo el arte de escribir, por ejemplo “Mein Kampf”, estaría realizando una actividad opuesta a la violencia sino todo lo contrario, legitimándola. Por otra parte es necesario destacar que grandes masacres han ido acompañadas por la ridiculización de las víctimas. En ese sentido el arte de ridiculizar aparece como un complemento necesario de la matanza, cubriéndola con un manto de humor oculta la tragedia, deculpabiliza a los asesinos.

Tengo ante mí tres fotografías referidas al “Batallón policial 101”, unidad operativa alemana famosa por su extrema crueldad durante la Segunda Guerra Mundial en los territorios ocupados de Europa del Este. En una de ellas se ve a un grupo de soldados-policías alemanes muertos de risa rodeando a un viejo judío barbudo, los nazis muy divertidos están a punto de cortarle la barba. En las otras dos aparecen custodiando a un grupo de judíos en la localidad de Lukov a punto de ser enviados al campo de exterminio de Treblinka, en una de ellas un soldado nazi se divierte en grande obligando a un viejo judío harapiento a realizar gestos bufonescos

Los reyes solían incluir bufones en su corte que desparramaban humor burlándose a veces astutamente del Rey y de algunos cortesanos pero sobre todo de los enemigos del reino y de los vasallos más pobres, campesinos o humildes artesanos ridiculizando sus gestos, su manera de hablar y vestir, es decir sus culturas. Un bufón de la corte no es un bufón en general, no está allí porque si, no es la expresión de algo bueno sino más bien el encargado de banalizar la tragedia, de hacerla entretenida.

Hacer bufonerías en la corte, es decir en Occidente, ridiculizando las creencias y costumbres de musulmanes bombardeados, invadidos, colonizados, forma parte de la banalización del mal, integra la maquinaria ideológica legitimadora de la tentativa occidental de colonización de la periferia. El supuesto “humor libertario” de Charlie Hebdo nos enseña que todo puede formar parte de la fiesta, los fascistas realmente existentes no matan a bufones en general, sino a ciertos bufones molestos y en numerosos casos incorporan bufones a su corte, la ridiculización de la víctima es un aspecto significativo del humor fascista, forma parte de la humillación del martirizado.

Finalmente, no todo es ridiculizable, no creo que sea un fascista quien considere que es inadmisible tomar en broma el asesinato masivo de niños en Palestina ejecutado por la aviación israealí o las masacres de población civil en Libia realizadas por la aviación de la OTAN o los asesinatos de campesinos en Colombia practicados por los paramilitares. Quien considere que si es posible convertir a esos hechos en objetos de risa puede o no ser ideológicamente fascista pero seguramente se trata de un canalla.

Bárbaros y civilizados

Más allá de si el ataque contra Charlie Hebdo fue una operación montada por el aparato de inteligencia francés, solo o en cooperación con la CIA u otra estructura, o bien una acción de un grupo islámico manipulada por el aparato francés o incluso independiente y hostil a Occidente, lo cierto es que unos u otros lo consideraron un objetivo concreto de la guerra globalizada en curso.

Siguiendo la “hipótesis 11 de Septiembre” (autoatentado) se trataría de movilizar en la cruzada imperial a una Europa abrumada por la recesión. Podríamos hacer coincidir el acontecimiento con el anuncio de que la Unión Europea va entrando en una etapa de deflación que amenaza ser prolongada completamente sometida a la estrategia global de los Estados Unidos. Eso significa que las elites dominantes necesitan crear rápidamente factores de cohesión social funcionales a sus aventuras militares y financieras. El demonio islámico bien puede justificar, hacer aceptar u obligar a aceptar guerras externas combinadas con represiones y empobrecimientos internos.

La cuota de barbarie introducida con el golpe de estado en Ucrania y la posterior tentativa de depuración étnica en el sudeste de ese país empalmaría con el ascenso generalizado del fascismo en Europa, desde Ucrania y lo países bálticos, hasta llegar al Frente Nacional en Francia y al movimiento Pegida en Alemania pasando por Amanecer Dorado de Grecia. Prefigurando la conformación de un fascismo muy extendido en el espacio europeo coincidente con el previsible ascenso del partido republicano en los Estados Unidos. En este escenario la intensificación de actos de barbarie imperial en la periferia estaría convergiendo con la internalización de formas significativas de barbarie en el centro imperial.

Siguiendo la hipótesis opuesta estaríamos en presencia del inicio de la caotización del centro imperial del mundo, el desarrollo de su “Guerra de Cuarta Generación” contra la periferia empezaría a tener un efecto boomerang sobre el protagonista occidental. El caotizador occidental comienza a ser a su vez caotizado por un despliegue que comienza a escapar a su control y que genera dislocaciones en su retaguardia. La crisis económica, sus derivaciones financieras, ecológicas, sociales y militares irían sumergiendo al espacio euro-norteamericano en un espiral descendente irreversible.

En ambos casos la imponente civilización occidental, sus pretendidos “valores universales” se estarían evaporando dejando al descubierto su barbarie profunda.

¿Seremos todos Charlie? Choque de civilizaciones: No nos sigan agarrando de estúpidos, por favor!

 

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Por Marcelo Colussi

Tomado de ARGENPRESS.info

Cuando en el año 1883 la erupción del volcán Krakatoa, en Indonesia –a la sazón colonia holandesa– produjo un maremoto con tremendas olas de 40 metros de altura que provocaron la muerte de 40.000 habitantes, un diario en Ámsterdam tituló la noticia: “Desastre en lejanas tierras. Mueren ocho holandeses y algunos lugareños”. ¡Qué racismo!, podríamos decir hoy escandalizados. Lo cierto es que la historia no ha cambiado mucho 130 años después.

 Ya estamos tan habituados a Hollywood y montajes hollywoodenses, que vemos el mundo en términos de “buenos” y “malos”, de “muchachitos” justicieros (siempre blancos, defensores de la “democracia y el estilo de vida occidental y cristiano”, “triunfadores” por antonomasia) que castigan a “bandidos” (los cuales, casualmente, son siempre indios, negros, y desde hace un tiempo musulmanes). Tanto se nos metieron estos esquemas en la cabeza –¡nos los han metido!, habría que aclarar– que interpretamos todo lo que pasa a nuestro alrededor según esa clave. Para el caso, remedando aquel racismo de la tragedia del volcán Krakatoa, los recientes hechos de París nos lo dejan ver de un modo vergonzoso.

 De ningún modo se puede aplaudir la muerte violenta de nadie, la de los caricaturistas, la del policía rematado en el piso, la de tanta gente que muere a diario por causas prevenibles. Pero levantar estas repulsas universales tan ¿hollywoodenses? por los muertos franceses –tan respetables como cualquiera, por supuesto– como mínimo abre ciertas sospechas.

 Ya se escribió hasta la saciedad sobre el ataque al semanario francés Charlie Hebdo. Un texto más sobre el asunto seguramente no aporta nada nuevo (por el contrario: más bien puede contribuir a aumentar ese hartazgo). Pero casi como un acto de militancia me pareció necesario –aunque sea tardío– decir ¡basta! a tanta manipulación mediática.

 Este manipulado proceder, que ya se nos hizo tan habitual, de dividir maniqueamente el mundo entre buenos y malos, impide entender la complejidad de los procesos en juego, obnubila la mirada crítica sobre la realidad. En otros términos: estupidiza.

Hollywood y toda la parafernalia comunicacional que sigue esa línea (que es muy buena parte de lo que consumimos a diario como “información”) nos ha anestesiado, convirtiéndonos de máquinas tragadoras de imágenes prediseñadas. Desde hace aproximadamente más de dos décadas toda esa industria mediática ha venido haciendo del mundo musulmán un enemigo público de la “racionalidad” occidental. El asunto no es azaroso. Unos años después de iniciada esa campaña de preparación, un catedrático estadounidense –Samuel Huntington–, no sin cierto aire pomposo nos alertó del “choque de civilizaciones” que se está viviendo.

 Ahora bien: lo curioso es que ese “monstruoso” enemigo que acecha a Occidente, ese impreciso y siempre mal definido “fundamentalismo islámico” que pareciera ser una nueva plaga bíblica, siempre listos para devorarnos, debe ser abordado antes que nos ataque. De ahí que nace la estrategia de guerras preventivas. Dicho de otro modo: “le hacemos la guerra nosotros (los buenos) antes que ellos (los malos) nos la hagan”. El esquema es simple, demasiado simple. Más aún: atrozmente simple, puesto que se repite el modelo de las películas hollywoodenses: soldados occidentales “buenos” castigando a los musulmanes “malos”.

 Pero lo más curioso –¡y atroz!– es que justamente los países de donde proviene esa supuesta amenaza… tienen sus subsuelos cargados de petróleo. Curiosa coincidencia, ¿verdad?

 Como los medios audiovisuales cada vez más deciden nuestras vidas, nuestra forma de pensar, las ideas que nos hacemos del mundo, el bombardeo de estos días nos mostró a tres “fundamentalistas musulmanes” (los hermanos Kouachi y Mohammed Mehra) cometiendo “actos atroces” (tan atroces como comete cualquier soldado occidental, blanco y educado, cuando masacra musulmanes, negros o indios en algún “remoto rincón del mundo”, según dijera en alguna oportunidad del presidente de Estados Unidos que empezó con lo de las guerras preventivas).

Pero ya que estamos hablando de curiosidades, valga decir, citando al diario estadounidense “McClatchy” que esos “asesinos” fueron reclutados en su momento por el francés David Drugeon, miembro de los servicios de inteligencia del país galo, y ligado al grupo Al Qaeda. ¿Otra curiosidad? Por supuesto, el gobierno francés lo negó. ¿Algo así como Osama bin Laden, el peor “malo” de la película inventado por la CIA?

No pretendemos con este breve texto desarrollar una exhaustiva investigación sobre al asunto. Mucho menos, denunciar abiertamente que ahí hubo un execrable montaje, en relación al cual podríamos aportar pruebas convincentes. Quizá alguien ya se encargará de hacer, así como se hizo con las Torres Gemelas de New York. Pero como de manipulación de sentimientos se trata (¿guerra de cuarta generación la llamaron?), ese odio que se ha intentado crear contra el Islam… ¡no me lo como! 

Si es cierto que todos somos Charlie (como el hebdomadario), también todos somos los miles y miles de niños muertos por las bombas asesinas de la OTAN y las potencias occidentales, con Washington a la cabeza, en los más de 20 frentes de guerra abiertos en el mundo ¿para defender la democracia? Y también todos somos los diez mil niños muertos diariamente por hambre, y todos somos los miles de damnificados por las inmorales deudas externas de los países que pagan a los acreedores del Consenso de Washington, y todos somos los que viven en favelas, y todos somos los que mueren de diarrea por no tener acceso a agua potable. Ninguna de esas víctimas se merecía morir, como seguramente tampoco lo merecían los 12 asesinados de la revista parisina. ¿O acaso alguien se lo merece? ¿Tal vez esos “malos de la película” retenidos en Abu Ghraib, o en Guantánamo? ¿Tal vez sí lo merecían los 108.000 desaparecidos de las guerras sucias en América Latina?

Como dijo Thierry Meyssan: “No es en El Cairo, en Riad ni en Kabul donde se predica el «choque de civilizaciones» sino en Washington y en Tel Aviv”. El petróleo robado por las compañías occidentales lo deja ver. Y si no se ve clarito, es porque este oro es demasiado… negro.

Charlie Hebdo y el Choque de las Civilizaciones

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Por Vicky Peláez

SPUTNIK NOVOSTI

Lo que no se vale es la hipocresía y la doble moral de quienes condenan una forma de terrorismo y al mismo tiempo tratan de justificar el terror de los estados

–                                       Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz

Los lamentables y repudiables acontecimientos relacionados en el atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo el pasado 7 de enero, y que tantas interrogantes han sembrado en el mundo, no podrían ser entendidos sin una breve revisión de la historia reciente pues desde hace un tiempo los científicos sociales vienen advirtiendo sobre la confrontación o el choque de las civilizaciones que llevarán al planeta entero al caos.

En realidad la tragedia de Charlie Hebdo habría comenzado a gestarse a partir el sangriento atentado contra las Torres Gemelas el 11 de setiembre de 2001 cuando el mundo occidental se había sumergido en una época de “guerras preventivas”, terror y caos “programados” como parte del proceso anunciado por George W. Bush para “liberar el mundo de malhechores” (evildoers).

Aquel año se convirtió en el momento clave en la historia moderna de los Estados Unidos pues todo lo que quedaba todavía de democracia se había convertido en la aliada incondicional del Estado y sus intereses nacionales determinados por un compacto grupo de belicosos “halcones iluminados”.

En su afán de crear un Orden Mundial controlado exclusivamente por Norteamérica, estos globalizadores apelaron a la tesis del estudioso de Harvard Samuel Huntington formulada oficialmente en 1993 pero ya discutida al final de los 1980. En el artículo “The Clash of Civilizations” publicado en Foreign Affairs, Huntington advirtió la necesidad de reconfigurar el existente orden mundial debido a un inminente “choque de civilizaciones”.

 

Fue el mismo Huntington que en su libro “Political Order In Changing Society” (1968) anunció que “las diferencias entre la democracia y la dictadura son menores en comparación con las diferencias entre los países cuyas políticas están basadas en el consenso, legitimidad, estabilidad, organización y las naciones a cuyas políticas les faltan estas cualidades”. Es decir, ya en los años 1960 Huntington no excluía la posibilidad de transición del mundo occidental hacia una dictadura.

Respecto al choque de civilizaciones, Huntington consideraba que “estamos asistiendo el final de una era de proceso determinado por las ideologías occidentales y estamos entrando en una era en la que las civilizaciones múltiples y diversas interaccionarán, competirán y se acomodarán unas a otras”. En este reacomodo vio al Islamismo “como la única civilización que había puesto en peligro la supervivencia del Occidente”

En su percepción la civilización islámica se considera “superior al Occidente” en términos de los valores morales y a la vez por “vía demográfica” en el 2025 el 25 por ciento de la población mundial será musulmana. En estas condiciones, según este profesor de Harvard será inevitable el choque de la civilización occidental con la musulmana y posteriormente con la asiática debido a su creciente potencial económico.

Los estrategas norteamericanos decidieron adelantar este “choque de civilizaciones” en agosto de 1990 atacando a Irak durante siete meses con el consentimiento de las Naciones Unidas (ONU). Posteriormente durante el gobierno de Bill Clinton (1993-2001) varios países del Medio Oriente fueron bombardeados a “discreción”, mientras los servicios de inteligencia y en especial la CIA y la DIA (Defense Intelligence Agency) creaban condiciones para una pronta intervención de los Estados Unidos en el Medio Oriente. Por supuesto que a Washington, no sólo le interesaba el establecimiento del control absoluto en la región usando su política de “divide y reina” sino sus abundantes recursos energéticos y los acuíferos (Libia).

Después de unos 10 años de preparación, finalmente “se presentó el pretexto” adecuado — el atentado contra las Torres Gemelas para desatar la “guerra preventiva” contra el Medio Oriente, iniciándose la masacre de Afganistán e Irak, siguiendo después Libia y ahora Siria. Actualmente todo el Medio Oriente está involucrado en un tumulto de la guerra “contra el terrorismo” que fue transformada por la prensa globalizada al servicio incondicional de Washington en un “choque de civilizaciones” para prevenir supuestamente acontecimientos anunciados en 1993 por Samuel Huntington. Hace unos 10 años uno de los más lúcidos historiadores y pensadores norteamericanos, Howard Zinn formuló la pregunta: “¿cómo se puede hacer una guerra contra el terrorismo si la propia guerra es terrorismo?”

Por supuesto, casi nadie tomó en cuenta su pregunta porque, en términos de Zinn, el “mayor problema de Estados Unidos es la obediencia civil”. Los medios de comunicación globalizados desataron lo que podemos llamar un terrorismo mediático sicológico contra el pueblo norteamericano y de paso proyectándose cada día más hacia la Unión Europea para atemorizar a sus pobladores y hacerlos más desinformados, dóciles e inseguros. Los periodistas que se atrevían a desafiar la guerra mediática de desinformación sufrían sus consecuencias. Es un ejemplo lo que le pasó al ganador de dos Premios Pulitzer, Gary Webb. Este reveló los quehaceres de la CIA en el mundo de la droga en sus artículos y el Libro “Dark Alliance” como resultado todos los medios de comunicación le dieron espalda y el autor terminó “suicidándose” con dos balas en la parte posterior de la cabeza. El carro del periodista de Rolling Stone, Michael Hastings sufrió una explosión que cegó la vida del escritor después de publicar su artículo: “Why Democrats Love to Spy on Americans”.

Ambos fueron víctimas de la guerra contra el terrorismo porque el uso de este método por el estado implica inmediatamente la militarización y domesticación de la democracia. La Ley Patriota no tiene mucha diferencia de las leyes de seguridad de estado promulgados por Pinochet, Videla, Stroessner y tantos otros dictadores que ha visto el mundo moderno. Norteamérica ya tomó el curso hacia la instalación paulatina de una dictadura. Lo que le faltaba era arrastrar lentamente hacia el mismo modelo a la vieja Europa, pues la nueva Europa ex socialista aprendió rápidamente la consigna de George W. Bush: “el que no está con nosotros, está contra nosotros”, convirtiéndose Polonia, repúblicas bálticas y ahora Ucrania en satélites incondicionales, belicosos y vociferantes del Gran Patrón

La vieja Europa resistía al comienzo a las presiones de Washington, después empezó a disimular que se oponía, finalmente cedió y se enganchó al mismo carro de la guerra contra el terrorismo. Decía el poeta uruguayo, Juan Gelman: “No olés a viejo Europa. Olés a doble humanidad, la que asesina, la que es asesinada”. Francia, la ex cuna de la libertad, la fraternidad, la igualdad junto con Alemania se pusieron de rodillas ante el Gran Patrón olvidándose de su propia dignidad y lo siguieron obedientemente en su cruzada contra el Islam, sin tomar en cuenta que más del 6 por ciento (1,8 millones) de la población francesa son musulmanes, especialmente argelinos. Mientras más caían los países europeos en las garras de Estados Unidos más estaba creciendo la xenofobia a los musulmanes en la Unión Europea.

La izquierda y la derecha se confundieron prácticamente en un abrazo xenofóbico frente a la indiferencia de la población que cada vez se volvía más alineada con la guerra contra el terrorismo, especialmente en esta época de crisis económica. Los gobernantes llegaron a tal nivel de sometimiento que hasta sacrificaron los intereses nacionales de sus países, adoptando por ejemplo, las sanciones contra Rusia, que ocasionaron a la Unión Europea una pérdida de más de un billón de euros (millón de millones). Cada vez, cuando alguno de los líderes europeos se atrevía a sugerir terminar las sanciones contra Moscú, recibía amonestaciones del Gran Patrón.

Muchos analistas consideran sospechoso que el atentado terrorista contra la revista Charlie Ebdo se haya producido dos día después de la declaración del presidente de Francia Francois Hollande en la Radio France Inter (5 de enero) donde decía que habría que terminar las sanciones contra Moscú porque están afectando los intereses de Europa. También terminado el estupor que produjo la masacre de Paris empezaron a aparecer vestigios que comienzan a despertar sospechas sobre los autores del atentado. Sus ejecutores mostraron un nivel de profesionalismo de comandos militares, actuando fríamente, siguiendo un esquema trazado con el conocimiento del lugar y posiblemente disponiendo de la información del interior del recinto, la hora de la reunión de la redacción y la ubicación de sus miembros.

Es dudoso que teniendo este nivel de preparación alguien del equipo hubiera dejado en el asiento del chofer sus documentos de identidad que llevaron a la muerte a los hermanos Chérif y Said Kouachi. Resulta que los dos estaban en la lista de los servicios de inteligencia francesa como colaboradores y también eran conocidos por la CIA.

Los videos que se difundieron a nivel mundial donde el carro en que se escaparon los terroristas tenía dos espejos laterales del color blanco, mientras los del carro capturado mostrado por la policía eran negros. También se ve que el policía que cayó y contra el cual disparó uno de los comandos no presentó ni una mancha de sangre en su cabeza o cuerpo. Finalmente, el comisario de la policía, Helric Fredou, un profesional de alto nivel que estaba a cargo de la investigación del atentado, inesperadamente murió suicidándose mientras escribía el informe final. Sus colegas rechazan las versiones de estress o enfermedad. Lo curioso que este incidente no fue cubierto por DPA, AFP, AP, Reuters etc.

El semanario satírico Charlie Ebdo, cuya idea inicial en sus primeros años en los 1990 era luchar contra el fascismo y como declaró alguna vez uno de sus fallecidos dibujantes, Charb: “ninguno de nosotros se atrevía a defender la derecha, a la que combatimos a fondo”. Sin embargo, el ambiente xenofóbico creado por la guerra globalizada mediática poco a poco influyó en las caricaturas que creaban Charb, Cabu, Wolinski y Tignous. A pesar de sus declaraciones que no querían ofender a los musulmanes y simplemente trataban que “el Islamismo sea tan banal como el Catolicismo”. La realidad era algo diferente, pues mostrar al Profeta Mahoma en forma de un chancho volador disparando una Kalashnikov o presentando a Dios sodomizando a Jesús es realmente de mal gusto, ofensivo y ligado a la xenofobia y homofobia.

Sin embargo, el atentado contra esta publicación con raíces izquierdistas hizo unificar en Francia y el resto de Europa a toda la derecha recalcitrante cercana al fascismo con el pretexto de hacer frente unido contra al Islamismo en actual choque de civilizaciones. El caricaturista de la revista Bernard Holtrop, con el seudónimo Willem, declaró hace dos días que “los nuevos amigos de Charlie Hebdo me hacen vomitar. Nos hacen vomitar todas estas personas que de repente dicen que son nuestros amigos y encabezan la manifestación en Paris”.

Uno de los más poderosos “nuevos” amigos”, enviado de EEUU que asistió a la manifestación, el secretario de Justicia, Erik Holder, ya anunció una cumbre internacional de seguridad para el próximo 18 de febrero para unificar los servicios de inteligencia y no sería extraño para lanzar la idea de la necesidad de crear una Ley Patriota para la Unión Europea.

Dijo alguna vez el escritor uruguayo Eduardo Galeano que “para justificarse, el terrorismo de Estado fabrica terroristas, siembra odio y cosecha coartadas”.

 

Yo no soy Charlie

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Amigos, he aquí otros dardos contra Charlie Ebdo. La polémica sube. Los argumentos de quienes no son Charlie, son contundentes. 

Por Carlo Frabetti 

En la Alemania nazi y en la Italia fascista, millones de judíos perseguidos y desamparados buscaron refugio en su religión. ¿Habría sido muy progresista, en aquel momento, escarnecer o tan siquiera ridiculizar el judaísmo? Pues bien, tras las masacres perpetradas en el mundo islámico por el neofascismo occidental, tras los holocaustos de Palestina y el Sáhara, de Iraq y Afganistán, de Libia y Siria, que han llevado a millones de musulmanes desesperados a buscar refugio en el Corán, para burlarse de sus creencias desde los privilegios del autodenominado primer mundo hay que ser un idiota moral o un idiota a secas. Y para convertir en bandera de la libertad de expresión a quienes escarnecen en su desesperada fe a los oprimidos y los masacrados, hay que ser tan canalla como los políticos occidentales y los medios de comunicación a su servicio.

Si un comando de rabinos ultraortodoxos se hubiera dedicado a poner bombas en el Berlín de Hitler, hoy serían recordados como héroes (aunque hubieran matado a algún humorista alemán poco respetuoso con el judaísmo), y seguramente tendrían un monumento en Tel Aviv y Spielberg les habría dedicado una emotiva superproducción.

No nos extrañemos de que los nuevos perseguidos consideren héroes o mártires a quienes se inmolan luchando contra los nuevos perseguidores, por cruentas o absurdas que sean sus acciones. Extrañémonos más bien de que gentes y organizaciones supuestamente de izquierdas llamen “terrorismo” a la desesperación de los pobres y “guerra humanitaria” al terrorismo de los ricos. Ni Al Qaeda ni Estado Islámico: la única multinacional del terrorismo digna de ese nombre es la Organización Terrorista del Atlántico Norte, y los únicos estados terroristas son los que la integran.

Lamento profundamente la absurda muerte del genial Wolinsky y sus compañeros, y defiendo sin reservas el derecho de Charlie Hebdo a reírse de cualquier dios y de sus profetas; pero yo no soy Charlie, como rezan las estúpidas pancartas esgrimidas por los estúpidos manifestantes franceses y su séquito de políticos corruptos (responsables últimos del supuesto “terrorismo islámico”). Yo no soy Charlie, porque me indignan quienes cifran la libertad de expresión en el escarnecimiento de los desesperados, de su ingenua fe en un más allá que les devuelva lo que nosotros, los cultos y acomodados seudodemócratas occidentales, les hemos arrebatado.

Tomado de Insurgente