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La sociedad de los lobos

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 Por José Pablo Feinmann

     Tomado de Pagina/12

El capitalismo de las últimas décadas se ha manejado en el modo del vértigo. El capital desterritorializado, la revolución comunicacional, la conquista cultural planetaria de los norteamericanos, el aplanamiento mediático de las subjetividades y la “sociedad transparente” se hizo añicos. El mundo se globalizó en versión estadounidense. Luego, las Torres. Luego, la guerra de Irak. Y todo claro: la “guerra preventiva”, el “ellos o nosotros” de la administración Bush planteó la realidad tal como es: el Imperio es el Imperio y no habla dialectos, no respeta la autonomía de los “polos”, arrasa con las identidades nacionales, los Estados nacionales, la NATO, el orgullo europeo y las vidas iraquíes o las vidas de quienes se le opongan.

No hay política multipolar. El capitalismo es un sistema totalizador. Lo fue desde 1492, cuando nace, y lo es hoy, más que nunca, por medio de la gran revolución de este tiempo, que no es la del proletariado marxista, sino, otra vez, la del burgués conquistador: la comunicacional.

No hace mucho se vio en los diarios una foto (digámoslo suavemente) desagradable: siete ministros de potencias europeas reunidos para, entre otras cosas, representar ante la Argentina los intereses de los acreedores. Eran, sin más, empleados del capital financiero, virtual, desterritorializado, que gobierna el mundo. ¿Ese “polo” no es un “polo”? ¿Esos siete ministros eran lo multipolar o estaban “polarizados” por los intereses de la banca acreedora? Seamos claros: eran un enorme polo acreedor acorralando a un empobrecido, en tanto pequeño polo solitario y deudor.

El capitalismo debiera ser respetuoso con América latina. Nos “descubrieron” (es cierto: nos “descubrieron” para el capitalismo que fue, así, desde sus orígenes, globalizador, sistema-mundo) y el genocidio americano (que permitió incorporar a “esta” periferia al “progreso capitalista”) llegó a sumar decenas de millones de muertos. Y no tuvo (como tuvo Auschwitz) un Adorno para pensarlo, ninguna Escuela de Frankfurt lo señala como una “ruptura civilizatoria”, ningún Kafka lo prefiguró, no tuvo un Primo Levi, un Jean Améry, un Paul Celan, ninguna niña le escribió un “Diario”, describió la cotidianidad de su horror, porque hasta Ana Frank le faltó y, acaso, sobre todo Ana Frank. No le faltó el último filósofo urbano, no académico y, por lo tanto, prolijamente olvidado por la filosofía del Occidente de los papers, de las cátedras ilustres, del lenguaje y sus juegos infinitos, el Occidente académico donde la filosofía se ha refugiado, y donde agoniza. No le faltó Sartre. (“Sartre es uno de los últimos casos en los que la filosofía no estuvo en la Universidad, sino que estuvo presente en la ciudad. Alguien que está en las encrucijadas de la ciudad; de la vida política, de los periódicos. Es uno de los pocos casos y tal vez el último en la historia de la filosofía”, Jorge Alemán, Derivas del discurso capitalista, p. 11, 2003.) En un prólogo “maldito” al libro de un escritor “maldito”, en el prólogo al libro de Fanon, Sartre, A los europeos, ya que a ellos se dirige, les escribe: “Ustedes saben bien que somos explotadores. Saben que nos apoderamos del oro y los metales y el petróleo de los ‘continentes nuevos’ para traerlos a las viejas metrópolis (…) Puesto que el europeo no ha podido hacerse hombre sino fabricando esclavos y monstruos”. Un pensamiento latinoamericano (tarea otra vez posible, insoslayable, que recupere para hoy a Alberdi, Mariátegui, Manuel Ugarte o Vasconcelos) hará de ese texto de Sartre un elemento de su corpus. No de otros: Sartre, en 1961, podía creer en una violencia humanizadora, liberadora. Nosotros no. Tanto conocemos a los asesinos, de tan cerca nos llegó su pestilencia, que el proyecto de nuestra autonomía, nuestro humanismo ontológico, nuestro ser-posibles, abomina de la violencia. Rebeldes, pero no asesinos. Si América latina tiene todavía que hacerse no se hará como se hizo Europa, “fabricando esclavos y monstruos”. Lo que hacemos con nuestras víctimas es lo que hacemos con nosotros, con nuestra condición moral, humana. “Nuestras víctimas (escribe Sartre) nos conocen por sus heridas y por sus cadenas (…) Basta que nos muestren lo que hemos hecho de ellas para que reconozcamos lo que hemos hecho de nosotros mismos.”

En cuanto a la cuestión interna de los países periféricos, lo que más reclaman los sectores de derecha es la “seguridad”. Sobre esto creemos que el Estado debe “poner orden” y garantizarlo pero sin demonizar al delincuente. Sin inhumanizar la represión del delito. Sin soltar los lobos, irresponsablemente. Una sociedad que entrega su destino a la policía termina siendo una sociedad policíaca. Insegura para todos, en la que todos somos delincuentes. Voy, sin embargo, a insistir. Todos queremos seguridad y un orden estable en el cual construir un país. Pero queremos “derechos humanos”, no mano dura, ni “tolerancia cero”. (¿Qué significa “tolerancia cero”? Se supone que si un orden instituido ataca el delito es porque ha decidido no tolerarlo. ¿Qué significa ese “cero”? ¿Hay tolerancia dos, uno y por fin cero? ¿Qué sería “tolerancia dos”? ¿Combatir al delito dos puntos menos? Si hemos decidido “no tolerar” la delincuencia, ¿por qué añadirle un “cero” a esa ya explícita intolerancia? Porque el cero es el número que más se identifica con la nada. Y la nada se identifica con la ausencia total de “algo”. Y si “algo” es el delincuente transformarlo en “nada” es borrarlo de la realidad. Matarlo. “Tolerancia cero” es un eufemismo. Significa “estamos dispuestos a matar”. “Hay orden de matar”. “Matar” es algo incluido como un elemento sustancial y definitorio de este esquema de represión. “No tolerar el delito”, dice una cosa. “Tolerancia cero”, otra. No tolerar el delito es la búsqueda de la recuperación social y humana del delincuente, la creación de establecimientos carcelarios dignos y el concepto éticamente fundante que postula la recuperabilidad de todo ser. Por “monstruoso” que haya sido lo que hizo. No hay, además, sociedad inocente de los “monstruos” que produce. (Sé, de todos modos, que es inútil este camino. Sólo convence a los ya convencidos.) “Tolerancia cero” es no sólo no tolerar el delito sino llevar a un plano subalterno la recuperabilidad del delincuente. El delincuente es un monstruo congénito y no merece tolerancia. Donde se lo encuentre se lo eliminará.

Sin embargo, éste –insisto– no es el camino. Es perder el tiempo. La sociedad argentina de hoy (como tantas otras veces) identifica la seguridad y el orden con la muerte. Convoca, pues, a los profesionales de ese oficio y les pide que actúen. Theodor Adorno –en un texto de 1967– decía que lo mejor para evitar la repetibilidad de Auschwitz era despertar el egoísmo de la gente. Escuche: cuando la persecución se desata no se detiene. Es insaciable. “Sencillamente, cualquier hombre que no pertenezca al grupo perseguidor puede ser una víctima” (Consignas. p. 94). Cuando a los lobos se les arrojan los lobos, ¿sólo matarán a los lobos? Y cuando los maten, ¿quién los detendrá? ¿Quién evitará que sigan matando, que los lobos se transformen en los nuevos lobos? ¿Habrá que buscar “otros” lobos y así interminablemente?

 

¿Puede la civilización sobrevivir al capitalismo?

Por Noam Chomsky

Hay capitalismo y luego el verdadero capitalismo existente. El término capitalismo se usa comúnmente para referirse al sistema económico de Estados Unidos con intervención sustancial del Estado, que va de subsidios para innovación creativa a la póliza de seguro gubernamental para bancos demasiado-grande-para-fracasar.

El sistema está altamente monopolizado, limitando la dependencia en el mercado cada vez más: En los últimos 20 años el reparto de utilidades de las 200 empresas más grandes se ha elevado enormemente, reporta el académico Robert W. McChesney en su nuevo libro Digital disconnect. Capitalismo es un término usado ahora comúnmente para describir sistemas en los que no hay capitalistas; por ejemplo, el conglomerado-cooperativa Mondragón en la región vasca de España o las empresas cooperativas que se expanden en el norte de Ohio, a menudo con apoyo conservador –ambas son discutidas en un importante trabajo del académico Gar Alperovitz. Algunos hasta pueden usar el término capitalismo para referirse a la democracia industrial apoyada por John Dewey, filósofo social líder de Estados Unidos, a finales del siglo XIX y principios del XX. Dewey instó a los trabajadores a ser los dueños de su destino industrial y a todas las instituciones a someterse a control público, incluyendo los medios de producción, intercambio, publicidad, transporte y comunicación. A falta de esto, alegaba Dewey, la política seguirá siendo la sombra que los grandes negocios proyectan sobre la sociedad. La democracia truncada que Dewey condenaba ha quedado hecha andrajos en los últimos años. Ahora el control del gobierno se ha concentrado estrechamente en el máximo del índice de ingresos, mientras la gran mayoría de los de abajo han sido virtualmente privados de sus derechos.

El sistema político-económico actual es una forma de plutocracia que diverge fuertemente de la democracia, si por ese concepto nos referimos a los arreglos políticos en los que la norma está influenciada de manera significativa por la voluntad pública. Ha habido serios debates a través de los años sobre si el capitalismo es compatible con la democracia. Si seguimos que la democracia capitalista realmente existe (DCRE, para abreviar), la pregunta es respondida acertadamente: Son radicalmente incompatibles. A mí me parece poco probable que la civilización pueda sobrevivir a la DCRE y la democracia altamente atenuada que conlleva. Pero, ¿podría una democracia que funcione marcar la diferencia? Sigamos el problema inmediato más crítico que enfrenta la civilización: una catástrofe ambiental. Las políticas y actitudes públicas divergen marcadamente, como sucede a menudo bajo la DCRE. La naturaleza de la brecha se examina en varios artículos de la edición actual del Deadalus, periódico de la Academia Americana de Artes y Ciencias.

El investigador Kelly Sims Gallagher descubre que 109 países han promulgado alguna forma de política relacionada con la energía renovable, y 118 países han establecido objetivos para la energía renovable. En contraste, Estados Unidos no ha adoptado ninguna política consistente y estable a escala nacional para apoyar el uso de la energía renovable. No es la opinión pública lo que motiva a la política estadunidense a mantenerse fuera del espectro internacional. Todo lo contrario. La opinión está mucho más cerca de la norma global que lo que reflejan las políticas del gobierno de Estados Unidos, y apoya mucho más las acciones necesarias para confrontar el probable desastre ambiental pronosticado por un abrumador consenso científico –y uno que no está muy lejano; afectando las vidas de nuestros nietos, muy probablemente. Como reportan Jon A. Krosnik y Bo MacInnis en Daedalus: Inmensas mayorías han favorecido los pasos del gobierno federal para reducir la cantidad de emisiones de gas de efecto invernadero generadas por las compañías productoras de electricidad. En 2006, 86 por ciento de los encuestados favorecieron solicitar a estas compañías o apoyarlas con exención de impuestos para reducir la cantidad de ese gas que emiten… También en ese año, 87 por ciento favoreció la exención de impuestos a las compañías que producen más electricidad a partir de agua, viento o energía solar. Estas mayorías se mantuvieron entre 2006 y 2010, y de alguna manera después se redujeron. El hecho de que el público esté influenciado por la ciencia es profundamente preocupante para aquellos que dominan la economía y la política de Estado. Una ilustración actual de su preocupación es la enseñanza sobre la ley de mejora ambiental, propuesta a los legisladores de Estado por el Consejo de Intercambio Legislativo Estadunidense (CILE), grupo de cabildeo de fondos corporativos que designa la legislación para cubrir las necesidades del sector corporativo y de riqueza extrema. La Ley CILE manda enseñanza equilibrada de la ciencia del clima en salones de clase K-12. La enseñanza equilibrada es una frase en código que se refiere a enseñar la negación del cambio climático, a equilibrar la corriente de la ciencia del clima. Es análoga a la enseñanza equilibrada apoyada por creacionistas para hacer posible la enseñanza de ciencia de creación en escuelas públicas. La legislación basada en modelos CILE ya ha sido introducida en varios estados.

Desde luego, todo esto se ha revestido en retórica sobre la enseñanza del pensamiento crítico –una gran idea, sin duda, pero es más fácil pensar en buenos ejemplos que en un tema que amenaza nuestra supervivencia y ha sido seleccionado por su importancia en términos de ganancias corporativas. Los reportes de los medios comúnmente presentan controversia entre dos lados sobre el cambio climático. Un lado consiste en la abrumadora mayoría de científicos, las academias científicas nacionales a escala mundial, las revistas científicas profesionales y el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (PICC). Están de acuerdo en que el calentamiento global está sucediendo, que hay un sustancial componente humano, que la situación es seria y tal vez fatal, y que muy pronto, tal vez en décadas, el mundo pueda alcanzar un punto de inflexión donde el proceso escale rápidamente y sea irreversible, con severos efectos sociales y económicos. Es raro encontrar tal consenso en cuestiones científicas complejas. El otro lado consiste en los escépticos, incluyendo unos cuantos científicos respetados –que advierten que es mucho lo que aún se ignora–, lo cual significa que las cosas podrían no estar tan mal como se pensó, o podrían estar peor. Fuera del debate artificial hay un grupo mucho mayor de escépticos: científicos del clima altamente reconocidos que ven los reportes regulares del PICC como demasiado conservadores. Y, desafortunadamente, estos cientí- ficos han demostrado estar en lo correcto repetidamente. Aparentemente, la campaña de propaganda ha tenido algún efecto en la opinión pública de Estados Unidos, la cual es más escéptica que la norma global. Pero el efecto no es suficientemente significativo como para satisfacer a los señores.

Presumiblemente esa es la razón por la que los sectores del mundo corporativo han lanzado su ataque sobre el sistema educativo, en un esfuerzo por contrarrestar la peligrosa tendencia pública a prestar atención a las conclusiones de la investigación científica. En la Reunión Invernal del Comité Nacional Republicano (RICNR), hace unas semanas, el gobernador por Luisiana, Bobby Jindal, advirtió a la dirigencia que tenemos que dejar de ser el partido estúpido. Tenemos que dejar de insultar la inteligencia de los votantes. Dentro del sistema DCRE es de extrema importancia que nos convirtamos en la nación estúpida, no engañados por la ciencia y la racionalidad, en los intereses de las ganancias a corto plazo de los señores de la economía y del sistema político, y al diablo con las consecuencias. Estos compromisos están profundamente arraigados en las doctrinas de mercado fundamentalistas que se predican dentro del DCRE, aunque se siguen de manera altamente selectiva, para sustentar un Estado poderoso que sirve a la riqueza y al poder.

Las doctrinas oficiales sufren de un número de conocidas ineficiencias de mercado, entre ellas el no tomar en cuenta los efectos en otros en transacciones de mercado. Las consecuencias de estas exterioridades pueden ser sustanciales. La actual crisis financiera es una ilustración. En parte es rastreable a los grandes bancos y firmas de inversión al ignorar el riesgo sistémico –la posibilidad de que todo el sistema pueda colapsar– cuando llevaron a cabo transacciones riesgosas. La catástrofe ambiental es mucho más seria: La externalidad que se está ignorando es el futuro de las especies. Y no hay hacia dónde correr, gorra en mano, para un rescate. En el futuro los historiadores (si queda alguno) mirarán hacia atrás este curioso espectáculo que tomó forma a principios del siglo XXI. Por primera vez en la historia de la humanidad los humanos están enfrentando el importante prospecto de una severa calamidad como resultado de sus acciones –acciones que están golpeando nuestro prospecto de una supervivencia decente. Esos historiadores observarán que el país más rico y poderoso de la historia, que disfruta de ventajas incomparables, está guiando el esfuerzo para intensificar la probabilidad del desastre. Llevar el esfuerzo para preservar las condiciones en las que nuestros descendientes inmediatos puedan tener una vida decente son las llamadas sociedades primitivas: Primeras naciones, tribus, indígenas, aborígenes. Los países con poblaciones indígenas grandes y de influencia están bien encaminados para preservar el planeta. Los países que han llevado a la población indígena a la extinción o extrema marginación se precipitan hacia la destrucción. Por eso Ecuador, con su gran población indígena, está buscando ayuda de los países ricos para que le permitan conservar sus cuantiosas reservas de petróleo bajo tierra, que es donde deben estar. Mientras tanto, Estados Unidos y Canadá están buscando quemar combustibles fósiles, incluyendo las peligrosas arenas bituminosas canadienses, y hacerlo lo más rápido y completo posible, mientras alaban las maravillas de un siglo de (totalmente sin sentido) independencia energética sin mirar de reojo lo que sería el mundo después de este compromiso de autodestrucción. Esta observación generaliza: Alrededor del mundo las sociedades indígenas están luchando para proteger lo que ellos a veces llaman los derechos de la naturaleza, mientras los civilizados y sofisticados se burlan de esta tontería. Esto es exactamente lo opuesto a lo que la racionalidad presagiaría –a menos que sea la forma sesgada de la razón que pasa a través del filtro de DCRE.

(El nuevo libro de Noam Chomsky es Power Systems: Conversations on Global Democratic Uprisings and the New Challenges to U.S. Empire. Conversations with David Barsamian)

Tomado de TeleSUR

Producción de sentido

Por Frei Betto

Muchos padres se quejan del desinterés de sus hijos hacia las causas altruistas, solidarias, sustentables. Tienen la impresión de que una parte considerable de la juventud sólo busca riqueza, belleza y poder. Y que ya no se mira en líderes volcados hacia las causas sociales, al ideal de un mundo mejor, como Gandhi, Luther King, Che Guevara y Mandela.

¿Qué le hace falta a la nueva generación? Le faltan instituciones productoras de sentido. Hay que imprimirle sentido a la vida. Mi generación, la que cumplió los veinte años en la década de 1960, tenía como productores de sentido a las iglesias, a los movimientos sociales y a las organizaciones políticas.

La Iglesia Católica, renovada por el concilio Vaticano 2°, suscitaba militantes imbuidos de fe e idealismo, por medio de la Acción Católica y de la pastoral de la Juventud. Queríamos ser hombres y mujeres nuevos. Y crear una nueva sociedad, fundada en la ética personal y en la justicia social.

Los movimientos sociales, como la alfabetización por el método Paulo Freire, nos desacomodaban, nos lanzaban al encuentro de los estratos más pobres de la población, educaban nuestra sensibilidad hacia el dolor ajeno causado por estructuras injustas.

Las organizaciones políticas, casi todas clandestinas en tiempo de la dictadura, nos inyectaban conciencia crítica y un cierto espíritu heroico que nos fortalecía ante los riesgos del combate al régimen militar y a la injerencia del imperialismo usamericano en América Latina.

¿Cuáles son hoy las instituciones productoras de sentido? ¿Dónde se puede adquirir una visión del mundo que desentone de la multividencia neoliberal centrada en el monoteísmo del mercado? ¿Por qué el arte es considerado como mera mercancía, tanto en su producción como en su consumo, y no como creación capaz de suscitar en nuestra subjetividad valores éticos, perspectiva crítica y apetito estético?

Las nuevas tecnologías de comunicación provocan el surgimiento de redes sociales que, de hecho, son virtuales. Y ahogan a las redes verdaderamente sociales, tales como sindicatos, gremios, asociaciones, grupos políticos, que aproximaban físicamente a las personas, les infundían complicidad y las reunían en diferentes modalidades de militancia.

Ahora el intercambio de informaciones y opiniones supera el intercambio de formación y las propuestas de movilización. Los megarrelatos están en crisis y se muestra poco interés por las fuentes de pensamiento crítico, como el marxismo y la teología de la liberación.

Sin embargo, como se decía antes, nunca las condiciones objetivas han sido tan favorables para operar cambios estructurales. El capitalismo está en crisis, la desigualdad social en el mundo es alarmante, los pueblos árabes se rebelan, Europa se incomoda con 25 millones de desempleados, mientras que en América Latina crece el número de gobiernos progresistas, emancipados de las garras del Tío Sam y suficientemente independientes, hasta el punto de haber elegido a Cuba para presidir la Celac (Conferencia de Estados Latino-Americanos y Caribeños).

Actualmente va adquiriendo fuerza un desorden entre lo que se ve y lo que se quiere. Hay multitud de jóvenes que sólo apetece un lugar al sol, sin darse cuenta de las espesas sombras que les tapan el horizonte.

Cuando no se desea cambiar el mundo, se privatiza el sueño modificando el pelo, la ropa, la apariencia. Cuando no se intenta derribar muros, se hace un tatuaje para marcar en el cuerpo su escala de valores. Cuando no se inyecta utopía en las venas, se corre el peligro de inyectarse drogas.

No fuimos creados para ser ovejas en un inmenso rebaño retenido en el corral del mercado. Fuimos creados para ser protagonistas, inventores, creadores y revolucionarios.

¿Cuándo Hércules podrá reventar las cadenas de Prometeo y evitar que el consumismo prosiga comiéndole el hígado? “Prometo lograr que esperanzas ciegas vivan en el corazón de los hombres”, escribió Esquilo. ¿Dónde beber esperanzas lúcidas si las fuentes de sentido parecen estar resecas? Parecen, pero no desaparecen. Las fuentes siguen ahí, a ojos vistas: la espiritualidad, los movimientos sociales, la lucha por la preservación ambiental, la defensa de los derechos humanos, la búsqueda de otros mundos posibles.

Tomado de Adital

¿Puede la civilización sobrevivir al capitalismo?

Por James Petras

Hay “capitalismo” y luego el “verdadero capitalismo existente”. El término “capitalismo” se usa comúnmente para referirse al sistema económico de Estados Unidos con intervención sustancial del Estado, que va de subsidios para innovación creativa a la póliza de seguro gubernamental para bancos “demasiado-grande-para-fracasar”.

El sistema está altamente monopolizado, limitando la dependencia en el mercado cada vez más: En los últimos 20 años el reparto de utilidades de las 200 empresas más grandes se ha elevado enormemente, reporta el académico Robert W. McChesney en su nuevo libro Digital disconnect. “Capitalismo” es un término usado ahora comúnmente para describir sistemas en los que no hay capitalistas; por ejemplo, el conglomerado-cooperativa Mondragón en la región vasca de España o las empresas cooperativas que se expanden en el norte de Ohio, a menudo con apoyo conservador –ambas son discutidas en un importante trabajo del académico Gar Alperovitz. Algunos hasta pueden usar el término “capitalismo” para referirse a la democracia industrial apoyada por John Dewey, filósofo social líder de Estados Unidos, a finales del siglo XIX y principios del XX. Dewey instó a los trabajadores “a ser los dueños de su destino industrial” y a todas las instituciones a someterse a control público, incluyendo los medios de producción, intercambio, publicidad, transporte y comunicación. A falta de esto, alegaba Dewey, la política seguirá siendo “la sombra que los grandes negocios proyectan sobre la sociedad”. La democracia truncada que Dewey condenaba ha quedado hecha andrajos en los últimos años. Ahora el control del gobierno se ha concentrado estrechamente en el máximo del índice de ingresos, mientras la gran mayoría “de los de abajo” han sido virtualmente privados de sus derechos.

El sistema político-económico actual es una forma de plutocracia que diverge fuertemente de la democracia, si por ese concepto nos referimos a los arreglos políticos en los que la norma está influenciada de manera significativa por la voluntad pública. Ha habido serios debates a través de los años sobre si el capitalismo es compatible con la democracia. Si seguimos que la democracia capitalista realmente existe (DCRE, para abreviar), la pregunta es respondida acertadamente: Son radicalmente incompatibles. A mí me parece poco probable que la civilización pueda sobrevivir a la DCRE y la democracia altamente atenuada que conlleva. Pero, ¿podría una democracia que funcione marcar la diferencia? Sigamos el problema inmediato más crítico que enfrenta la civilización: una catástrofe ambiental. Las políticas y actitudes públicas divergen marcadamente, como sucede a menudo bajo la DCRE. La naturaleza de la brecha se examina en varios artículos de la edición actual del Deadalus, periódico de la Academia Americana de Artes y Ciencias.

El investigador Kelly Sims Gallagher descubre que “109 países han promulgado alguna forma de política relacionada con la energía renovable, y 118 países han establecido objetivos para la energía renovable. En contraste, Estados Unidos no ha adoptado ninguna política consistente y estable a escala nacional para apoyar el uso de la energía renovable”. No es la opinión pública lo que motiva a la política estadunidense a mantenerse fuera del espectro internacional. Todo lo contrario. La opinión está mucho más cerca de la norma global que lo que reflejan las políticas del gobierno de Estados Unidos, y apoya mucho más las acciones necesarias para confrontar el probable desastre ambiental pronosticado por un abrumador consenso científico –y uno que no está muy lejano; afectando las vidas de nuestros nietos, muy probablemente. Como reportan Jon A. Krosnik y Bo MacInnis en Daedalus: “Inmensas mayorías han favorecido los pasos del gobierno federal para reducir la cantidad de emisiones de gas de efecto invernadero generadas por las compañías productoras de electricidad. En 2006, 86 por ciento de los encuestados favorecieron solicitar a estas compañías o apoyarlas con exención de impuestos para reducir la cantidad de ese gas que emiten… También en ese año, 87 por ciento favoreció la exención de impuestos a las compañías que producen más electricidad a partir de agua, viento o energía solar. Estas mayorías se mantuvieron entre 2006 y 2010, y de alguna manera después se redujeron”. El hecho de que el público esté influenciado por la ciencia es profundamente preocupante para aquellos que dominan la economía y la política de Estado. Una ilustración actual de su preocupación es la “enseñanza sobre la ley de mejora ambiental”, propuesta a los legisladores de Estado por el Consejo de Intercambio Legislativo Estadunidense (CILE), grupo de cabildeo de fondos corporativos que designa la legislación para cubrir las necesidades del sector corporativo y de riqueza extrema. La Ley CILE manda “enseñanza equilibrada” de la ciencia del clima en salones de clase K-12. La “enseñanza equilibrada” es una frase en código que se refiere a enseñar la negación del cambio climático, a “equilibrar” la corriente de la ciencia del clima. Es análoga a la “enseñanza equilibrada” apoyada por creacionistas para hacer posible la enseñanza de “ciencia de creación” en escuelas públicas. La legislación basada en modelos CILE ya ha sido introducida en varios estados.

Desde luego, todo esto se ha revestido en retórica sobre la enseñanza del pensamiento crítico –una gran idea, sin duda, pero es más fácil pensar en buenos ejemplos que en un tema que amenaza nuestra supervivencia y ha sido seleccionado por su importancia en términos de ganancias corporativas. Los reportes de los medios comúnmente presentan controversia entre dos lados sobre el cambio climático. Un lado consiste en la abrumadora mayoría de científicos, las academias científicas nacionales a escala mundial, las revistas científicas profesionales y el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (PICC). Están de acuerdo en que el calentamiento global está sucediendo, que hay un sustancial componente humano, que la situación es seria y tal vez fatal, y que muy pronto, tal vez en décadas, el mundo pueda alcanzar un punto de inflexión donde el proceso escale rápidamente y sea irreversible, con severos efectos sociales y económicos. Es raro encontrar tal consenso en cuestiones científicas complejas. El otro lado consiste en los escépticos, incluyendo unos cuantos científicos respetados –que advierten que es mucho lo que aún se ignora–, lo cual significa que las cosas podrían no estar tan mal como se pensó, o podrían estar peor. Fuera del debate artificial hay un grupo mucho mayor de escépticos: científicos del clima altamente reconocidos que ven los reportes regulares del PICC como demasiado conservadores. Y, desafortunadamente, estos cientí- ficos han demostrado estar en lo correcto repetidamente. Aparentemente, la campaña de propaganda ha tenido algún efecto en la opinión pública de Estados Unidos, la cual es más escéptica que la norma global. Pero el efecto no es suficientemente significativo como para satisfacer a los señores.

Presumiblemente esa es la razón por la que los sectores del mundo corporativo han lanzado su ataque sobre el sistema educativo, en un esfuerzo por contrarrestar la peligrosa tendencia pública a prestar atención a las conclusiones de la investigación científica. En la Reunión Invernal del Comité Nacional Republicano (RICNR), hace unas semanas, el gobernador por Luisiana, Bobby Jindal, advirtió a la dirigencia que “tenemos que dejar de ser el partido estúpido. Tenemos que dejar de insultar la inteligencia de los votantes”. Dentro del sistema DCRE es de extrema importancia que nos convirtamos en la nación estúpida, no engañados por la ciencia y la racionalidad, en los intereses de las ganancias a corto plazo de los señores de la economía y del sistema político, y al diablo con las consecuencias. Estos compromisos están profundamente arraigados en las doctrinas de mercado fundamentalistas que se predican dentro del DCRE, aunque se siguen de manera altamente selectiva, para sustentar un Estado poderoso que sirve a la riqueza y al poder.

Las doctrinas oficiales sufren de un número de conocidas “ineficiencias de mercado”, entre ellas el no tomar en cuenta los efectos en otros en transacciones de mercado. Las consecuencias de estas “exterioridades” pueden ser sustanciales. La actual crisis financiera es una ilustración. En parte es rastreable a los grandes bancos y firmas de inversión al ignorar el “riesgo sistémico” –la posibilidad de que todo el sistema pueda colapsar– cuando llevaron a cabo transacciones riesgosas. La catástrofe ambiental es mucho más seria: La externalidad que se está ignorando es el futuro de las especies. Y no hay hacia dónde correr, gorra en mano, para un rescate. En el futuro los historiadores (si queda alguno) mirarán hacia atrás este curioso espectáculo que tomó forma a principios del siglo XXI. Por primera vez en la historia de la humanidad los humanos están enfrentando el importante prospecto de una severa calamidad como resultado de sus acciones –acciones que están golpeando nuestro prospecto de una supervivencia decente. Esos historiadores observarán que el país más rico y poderoso de la historia, que disfruta de ventajas incomparables, está guiando el esfuerzo para intensificar la probabilidad del desastre. Llevar el esfuerzo para preservar las condiciones en las que nuestros descendientes inmediatos puedan tener una vida decente son las llamadas sociedades “primitivas”: Primeras naciones, tribus, indígenas, aborígenes. Los países con poblaciones indígenas grandes y de influencia están bien encaminados para preservar el planeta. Los países que han llevado a la población indígena a la extinción o extrema marginación se precipitan hacia la destrucción. Por eso Ecuador, con su gran población indígena, está buscando ayuda de los países ricos para que le permitan conservar sus cuantiosas reservas de petróleo bajo tierra, que es donde deben estar. Mientras tanto, Estados Unidos y Canadá están buscando quemar combustibles fósiles, incluyendo las peligrosas arenas bituminosas canadienses, y hacerlo lo más rápido y completo posible, mientras alaban las maravillas de un siglo de (totalmente sin sentido) independencia energética sin mirar de reojo lo que sería el mundo después de este compromiso de autodestrucción. Esta observación generaliza: Alrededor del mundo las sociedades indígenas están luchando para proteger lo que ellos a veces llaman “los derechos de la naturaleza”, mientras los civilizados y sofisticados se burlan de esta tontería. Esto es exactamente lo opuesto a lo que la racionalidad presagiaría –a menos que sea la forma sesgada de la razón que pasa a través del filtro de DCRE.

Tomado de La Jornada

Desvergonzadamente ricos mientras crecen las filas de los pobres

En 2012, el número estimado de norteamericanos que vivían en la pobreza había aumentado a 46 millones. Un incremento de casi 50% respecto del año 2000. En la imagen portada de Hello que reporta la ayuda que Victoria Beckham –esposa del archifamoso futbolista británico- y su hijo Brooklyn proporcionan a los niños pobres de Estados Unidos….

Por Álvaro F. Fernández, de Progreso Semanal, de Miami

Es hora de enfrentarnos a la verdad. La asistencia social para los ricos como política tributaria no funciona. Es más, las cifras nos dicen que ha sido un total fracaso. La guerra de clases que ha sido realizada, comenzando con Ronald Reagan y luego ampliada bajo Clinton, su desmonte del estado de bienestar, y finalmente las rebajas de impuesto de W. Bush para “los que tienen y los que tienen más”, como llamó él en una oportunidad a su base electoral, debe cesar. Hasta el conservador columnista de The New York Times David Brooks escribió recientemente acerca del tema y llegó a la conclusión de que “si no enfrentamos el problema… la alternativa es el suicidio nacional”.

Puede que Warren Buffet, uno de los hombres más ricos del planeta, haya sido quien mejor lo haya dicho cuando declaró: “Sin dudas hay guerra de clases, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que está haciendo la guerra, y estamos ganando”.

Y está el argumento republicano que dice que no permitir las rebajas de impuestos para los ricos afectará inversamente a la economía. Un incremento de los impuestos, aseguran ellos, afectará el crecimiento del empleo y como resultado habrá mayor pobreza.

Pero las cifras no los apoyan.

Si esa filosofía fuera verdad, entonces las cifras de pobreza debieron haber bajado después de que George W. Bush se mudara para la Casa Blanca en enero de 2001 y comenzara a recortar impuestos, en especial los de los ricos.

Algunas verdades

Las cifras del censo del año 2000 mostraron que había 31 millones de norteamericanos viviendo en la pobreza. Y esas cifras disminuyeron, ¿no es cierto? La teoría del desborde de Reagan funcionó a la perfección con W. Bush al timón, ¿no es cierto?

En 2012, el número estimado de norteamericanos que vivían en la pobreza había aumentado a 46 millones. Un incremento de casi 50% Pero eso no fue lo que nos dijeron. ¿Qué sucedió?

En pocas palabras, hay demasiados políticos que favorecen a los súper ricos —supongo que es porque estos los mantienen en el poder con sobornos llamados donaciones de campaña y otras golosinas—. Así que durante los últimos años, y para ayudar a esos amigos ricos necesitados de unos pocos millones más —o cientos de millones— salieron en busca de botín.

Y entonces se encontraron con programas de red social de seguridad, bien financiados, creados desde Franklin Delano Roosevelt por políticos de ideas progresistas. Programas establecidos para garantizar que los norteamericanos nunca más sufrieran las estrecheces de la Gran Depresión en la década de 1930.

En su libro Tan rico y tan pobre – Por qué es tan difícil acabar con la pobreza en Estados Unidos, Peter Edelman, un profesor de la Universidad Georgetown y ex subsecretario del Departamento de Salud y Servicios Humanos bajo Bill Clinton, y que renunció a su cargo debido a desacuerdos por la reforma de la asistencia social, dice que la red de seguridad creada y mejorada durante el último medio siglo, mantiene a 40 millones de norteamericanos fuera de la pobreza.

Nos dice que si a algunos de nuestros políticos se les permitiera realizar su filosofía de austeridad y el recorte y robo de nuestros programas de red de seguridad, esas personas pudieran llegar fácilmente a la cifra de 86 millones de norteamericanos viviendo en la pobreza dentro de muy poco tiempo. Tal como están las cosas, dice él, uno de cada siete norteamericanos depende en la actualidad de los sellos de alimentos.

Otra cifra sorprendente es que la mitad de los empleos en este país pagan menos de US$34.000 anuales (el límite de pobreza está en $22.000, un hecho para la cuarta parte de todos los estadounidenses), un salario que ha estado estancado aproximadamente desde la década de 1970. Durante ese mismo período los directores generales de las grandes corporaciones y los muy ricos se han vuelto excepcionalmente ricos. Es interesante conocer que han logrado pagar menos impuestos (como porcentaje de sus ingresos) que las personas con el salario de 34.000 y que trabajan para que ellos sean más ricos.

Este país se enorgullece de ser el más grande de la Tierra. El más rico. El más fuerte —gastando miles de millones en guerras por todo el mundo y manteniéndonos “a salvo del terrorismo”—. Sí, claro, me acuerdo cuando era del comunismo…

Imaginen un futuro no muy distante con casi 100 millones de norteamericanos viviendo en la pobreza. ¿No creen ustedes que ese es un tema de seguridad nacional? Me parece que es la democracia la que está en peligro.

Terminaré con una cita proveniente del libro de Edelman:

“Estados Unidos y pobreza son palabras que no deben aparecer en la misma oración. Somos el país más rico del mundo; es un oxímoron(*) que exista cualquier nivel de pobreza. Y que tengamos la más alta tasa de pobreza infantil en el mundo industrializado es sencillamente una vergüenza”.

[(*) NdE.: Oxímoron es una figura de estilo que reune dos palbras aparentemente contradictorias o incongruentes en una sola]

Tomado de Adital

La mercadería más cruel

El autor de este artículo sostiene que por primera vez, los niños son el colectivo más pobre en España. La cuarta parte de ellos, añade,  viven por debajo del umbral de la pobreza.

Por Herminio Otero, periodista y escritor. Centro de Colaboraciones Solidarias. Adital.org.br

El informe de UNICEF sobre la infancia en España nos acaba de despertar a una realidad que no esperábamos: por primera vez los niños son el colectivo más pobre en España. Hay 205.000 niños más que hace dos años que viven en hogares con unos ingresos inferiores al 60% de la media nacional. Y en total, la cuarta parte de los niños españoles –más de 2.200.000 niños – vive por debajo del umbral de la pobreza. Eso no significa que pasan hambre, pero sí que arrastran una alimentación deficiente y que tienen problemas de convivencia y dificultades en las relaciones con sus padres.

Desde los años 80, la pobreza infantil no ha dejado de aumentar también en los países enriquecidos: así sucede en 11 de los 15 países de la OCDE.

Si esto sucede en un país considerado rico, ¿qué no pasará en el conjunto de la población mundial? El verdadero significado del bienestar y de los riesgos de la infancia en España no se puede entender sin incardinarlo en la situación de la infancia en el mundo. Fernando Vidal resume algunos datos generales de esa situación: más de un tercio de los niños carece de vivienda adecuada; un quinto de ellos no accede a agua potable; uno de cada siete menores no tiene servicios básicos de salud. El 16% de la infancia mundial no se alimenta suficientemente, el 13% nunca ha ido a una escuela, un tercio no vive en lugares con saneamiento básico. En total carecen de alguno de estos derechos básicos mil millones de niños.

De los 3,6 millones de víctimas que desde 1990 han causado los conflictos, el 45% eran niños. En la década de los 90 del pasado siglo, 20 millones de niños tuvieron que exiliarse de sus hogares como refugiados por causa de conflictos o genocidios.

Uno de cada seis niños que nacen en países empobrecidos muere antes de los cinco años (en los países enriquecidos es, de media, uno cada 167). Dos millones fallecen anualmente por carecer de vacunas contra las enfermedades más básicas. El hambre ocasiona la mitad de esas muertes.

Casi dos tercios de las muertes infantiles en países empobrecidos se deben a infecciones respiratorias, diarrea, sarampión o paludismo. Más de 300 millones de niños y niñas en los países en desarrollo carecen de información y no tienen acceso a la televisión, la radio, el teléfono o los periódicos. La explotación sexual afecta anualmente a 2 millones de menores y 1,2 millones son víctimas de tráfico comercial. El informe de UNICEF sobre el Estado mundial de la infancia 2012 se centra en los niños y niñas en un mundo urbano, donde vive la mitad de la población mundial, incluidos más de mil millones de niños. Y resume la situación así:

“Muchos niños disfrutan de las ventajas que ofrece la vida urbana, como la educación, los servicios médicos y las instalaciones recreativas. Sin embargo, son innumerables los que carecen de servicios esenciales como electricidad, agua salubre y atención de la salud, a pesar de tenerlos cerca. En lugar de asistir a la escuela, un inmenso número de niños y niñas se ven obligados a trabajar en condiciones de peligro y explotación”.

A pesar de que hace 200 años los abolicionistas del siglo XIX lograron que se promulgara una legislación que permitió poner fin a la trata transatlántica de esclavos, la esclavitud afecta a millones de niños: venta, prostitución, pornografía, trabajo, turismo sexual, utilización de niños en fuerzas armadas, explotación de trabajadores migratorios, adopción ilegal, trata de personas, tráfico de órganos humanos. Los trasplantes de órganos constituyen una nueva esperanza de vida para cientos de miles de personas enfermas… y un lucrativo negocio para unos pocos, como lo recuerda el director de la ONG Página de la vida (proyectopv.org).

UNICEF denunciaba a finales de siglo pasado la existencia de al menos 250 millones de niños entre los cinco y catorce años que se veían obligados a trabajar en condiciones extremas, de infrahumanidad, de explotación, de miseria y de esclavitud: 152,5 millones en Asia; 80 en África; 17,5 en Iberoamérica y 0,5 en Oceanía. Esta realidad de explotación infantil no es exclusiva de los países en desarrollo.

Los propios niños acceden a estas atrocidades debido a su mala situación social, a la carestía de alimentos y a su paupérrima economía. Como en siglos pasados, esta esclavitud satisface la mercadería más cruel.

 

El futuro del sistema capitalista es absolutamente sin salida… Sin embargo, es todavía muy fuerte

Por François Houtart, sacerdote y sociólogo belga

El protagonismo de la juventud en el proceso de transformación que vive América Latina es fundamental en el fortalecimiento del modelo progresista, opina el sacerdote y sociólogo belga, François Houtart, quien se encuentra en Nicaragua para participar del encuentro Mesoamericano de Movimientos Sociales de la Izquierda Latinoamericana y Caribeña, que se realiza en el marco del 33 Aniversario de la Revolución Popular Sandinista.

El Padre Houtart, quien será uno de los principales expositores del Encuentro Mesoamericano, resaltó el papel de la juventud en el fortalecimiento del modelo Cristiano, Socialista y Solidario que se viene impulsando en Nicaragua, modelo que no duda en calificar como muy original.

Por otra parte, destacó a la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), como el único proyecto en el mundo con una lógica de complementariedad y solidaridad, es decir que rompe con la orientación totalmente competitiva del capitalismo, para situarse en la ruta de la construcción del socialismo.

El sociólogo es un referente de las luchas y resistencias populares, a la vez que es conocido como el “Papa Antiglobalización”. Nació en Bélgica hace 87 años y fue ordenado sacerdote en 1949. Actualmente reside la mayor parte del tiempo en Ecuador, país donde se dedica a la docencia.

Houtart ofreció una larga entrevista a los medios del Poder Ciudadano. A continuación, El 19 Digital presenta un resumen del intercambio entre los periodistas y el sacerdote, quien considera que el sistema capitalista está herido muerte, pero que aún es fuerte.

– Padre, usted es conocido, entre otras cosas, como el Papa Antiglobalización. ¿Por qué?

Porque he tenido la oportunidad de trabajar con muchos movimientos sociales en el mundo entero y justamente en el sentido de combatir el tipo de globalización que el capitalismo organizó a escala mundial, con todas sus consecuencias, sobre todo a sus grupos humanos, que son obreros, campesinos, indígenas, mujeres, estudiantes, etc.. Y así, por estos contactos que he tenido con todos estos movimientos, y por el hecho que he podido trabajar en casi todos los continentes, eso evidentemente me llevó a trabajar en este sentido.

– Su primera experiencia arribando aquí a Nicaragua… ¿Cuál fue la primera impresión que tuvo de Nicaragua y hablemos un poco desde su perspectiva del modelo que se está implantando en Nicaragua?

Lo que pienso es que, evidentemente, estamos frente a realizaciones nuevas, realizaciones nuevas dentro de un proyecto que es a largo plazo, que evidentemente es un proyecto que exige pasos diferentes y que significa avances. A veces también retrasos. Pero que es un proceso en marcha y eso es lo que me parece lo más importante, porque cuando comparo con otros países de América Latina, yo veo que de todas maneras, cualquier crítica que se pueda hacer a lo que pasó en Nicaragua, hay pasos adelante que no se dan en otros países, especialmente en países que continúan con el modelo neoliberal.

Así, podemos decir que aquí en Nicaragua hay realmente un tipo de orientación nueva, que es post-neoliberal y en ese sentido lo comparo también con otros países que conozco un poco también, como Ecuador, como Bolivia, evidentemente Venezuela… pienso que Venezuela es el país más avanzado realmente en medidas, no solamente post-neoliberales pero también post-capitalistas. Así, en este sentido, se inscribe en esta gran perspectiva. Pero son solamente pasos. Son pasos importantes, pasos que permiten sí a una parte de la población salir de la pobreza y eso es muy importante; pasos que permiten el mejorar poco a poco el sistema de salud, el sistema de educación, de dar más acceso a la gente pobre de estos servicios públicos.

– Nicaragua ha venido reduciendo la pobreza. ¿Qué opinión le merece esto, a la par que Nicaragua también está el tema el rescate de los valores, como un elemento integral para el ejercicio de la políticas y la participación de la población?

El aspecto cultural en este sentido es central, es decir es un problema de valor frente a la crisis internacional del capitalismo, que es una crisis múltiple, no solamente financiera, económica, sino también alimentaria, también energética, también climática, finalmente es una crisis de civilización y es por eso que la reconstrucción, lo que estamos viviendo aquí en Nicaragua tiene un aspecto cultural fundamental.

Evidentemente son procesos que pueden ser largos, pero lo importante es que existe como proceso, y si realmente en Nicaragua (…) hay diferencias ahora en la estructura de los ingresos de la repartición de la riqueza entre los más ricos y más pobres, eso significa un paso fundamental, de eso acompañado evidentemente por todo un proceso, me parece, de formación de la gente. Acabo de participar en Venezuela en varios programas de formación de líderes políticos, líderes populares y eso me impresionó mucho en Venezuela, el de ver el gran esfuerzo de formación que hacen y al mismo tiempo los progresos en la redistribución o en los cambios de estructura social y eso es muy importante, yo pienso que en ese sentido podemos esperar que también en Nicaragua hay ese proceso en marcha.

– ¿Cuál cree usted que es el futuro del sistema capitalista, en Estados Unidos, en Europa a pesar que se toman algunas medidas? ¿Y cuál sea también sea el futuro del ALBA, cuál es su opinión concretamente sobre el ALBA, cuál puede ser el futuro del ALBA?

Bueno, pienso que el futuro del sistema capitalista, es un futuro absolutamente sin salida. Ha llegado a tantas contradicciones que no puede reproducirse. Sin embargo, es todavía muy fuerte y esta muerte puede durar todo el tiempo, va a ser también un proceso y una lucha, no va a caer por sí mismo, debemos luchar para su caída.

Y el ALBA es el único proyecto, no solamente en América Latina, sino en el mundo donde hay un paso realmente post-capitalista, donde se prevé orientar la economía no en función de la competitividad, como en el mundo capitalista, sino en función de la complementariedad y de la solidaridad. Y eso es totalmente nuevo, es totalmente anti-capitalista. Y también con la participación de los movimientos sociales (…) es decir que el proyecto es de asociar la expresión organizada de los pueblos a esta construcción, todo esto es realmente un proyecto totalmente post-capitalista y anti-capitalista. Es decir, un proyecto socialista…

– Padre, en este fortalecimiento de este proceso, de este proyecto… ¿Qué papel debe jugar la juventud en estos países, qué protagonismo debe jugar en este proceso?

El papel de la juventud es bastante esencial, porque es la parte que tienen tal vez más de la urgencia de los problemas, que tiene justamente esta aspiración a la educación y a una cierta participación, por lo menos la juventud más consciente, y en este sentido yo pienso que la juventud puede tener un papel importante a condición. Hay dos condiciones, primero de ser realmente consciente de cuáles son los desafíos y segundo de ser también organizados.

– ¿En Nicaragua, Padre, ha visto un papel preponderante de la juventud?

Bueno, sí, se ha visto en toda la Revolución Sandinista, eso fue absolutamente fundamental.

– ¿Cuál es su opinión sobre el rol que la juventud juega en Nicaragua hoy en día?

Eso es totalmente positivo y me parece que es muy original. No lo he visto en otros países, más que en Nicaragua. Eso es muy original y es muy fundamental, porque significa no grandes discursos, significa prácticas y prácticas cotidianas, significa partir de lo que ellos pueden hacer y sobre eso se puede construir todo un proceso de formación.

¿Por qué plantar un árbol? ¿Qué significa eso? No solamente es un asunto de la naturaleza, no es un asunto solamente de mariposas; es un acto social, es un acto de recrear la posibilidad para la naturaleza de regenerarse (…) el problema es que solamente tenemos un planeta y así un pequeño acto como plantar un árbol, es un acto político que un joven puede hacer de manera muy simple, pero de manera que sea un compromiso a una cosa más amplia y es así que se puede construir todo un proceso de educación, saliendo de un pequeño acto cotidiano que un joven puede cumplir y realmente tratando de llegar a un análisis político.

Lo mismo con las casas, eso es extraordinario, porque es la posibilidad para los jóvenes de ver lo que significa una casa para una familia y de ver la transformación no solamente económica, sino social, cultural, espiritual que puede significar la disposición de una casa y sobre eso se puede construir también todo, todo, reconstruir todo el proyecto político. Y así yo pienso que eso es bastante original como iniciativa, y en la medida que realmente se permite a un gran número de jóvenes de participar en estos actos, es realmente la construcción de una base social sólida para la continuidad del proyecto.

– Padre, Nicaragua está de fiesta, hace 33 años este país, encabezado por el Frente Sandinista, con un montón de muchachos, se levantó y logró algo histórico… su mensaje para Nicaragua, porque esto es una celebración nacional.

Lo que podemos decir, es que celebrar esta victoria es celebrar la propuesta de un nuevo modelo de sociedad. Y la victoria fue asegurada en gran parte por la juventud y con un proyecto que no es un proyecto puramente coyuntural, que es un proyecto a largo plazo. Y por eso celebrar esta victoria es muy importante porque cada año es (necesario) recordarse los valores fundamentales y las metas, y eso significa también justamente continuar difundiendo un ideal, que es un ideal de transformación de sociedad y es una gran esperanza para un pueblo.

Tomado de Adital

Cuando la economía y el capitalismo se tiñen de verde

Esther Vivas

Lo verde vende. Desde la revolución verde, pasando por la tecnología verde, el crecimiento verde hasta llegar a los “brotes verdes”, que nos tenían que sacar de la crisis. La última novedad: la economía verde. Una economía que, contrariamente a lo que su nombre indica, no tiene nada de “verde”, más allá de los dólares que esperan ganar con la misma aquellos que la promueven.

Y es que la nueva ofensiva del capitalismo global por privatizar y mercantilizar masivamente los bienes comunes tiene en la economía verde a su máximo exponente. Justamente en un contexto de crisis económica como el actual, una de las estrategias del capital para recuperar la tasa de ganancia consiste en privatizar los ecosistemas y convertir “lo vivo” en mercancía.

La economía verde va a ser, precisamente, el tema central de la agenda de la próxima Cumbre de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible Río+20, a celebrarse del 20 al 22 de junio en Río de Janeiro, veinte años después de la Cumbre de la Tierra de la ONU que en 1992 tuvo lugar en la misma ciudad. Y dos décadas después, ¿donde nos encontramos? ¿Dónde han quedado conceptos como “desarrollo sostenible” -acuñados en dicha cumbre? ¿O la ratificación de la Convención sobre el Cambio Climático, que sentó las bases del Protocolo de Kyoto? ¿O el Convenio sobre la Diversidad Biológica que se lanzó entonces? En papel mojado, ni más ni menos. Hoy estamos mucho peor que antes.

En estos años no sólo no se ha conseguido frenar el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, parar la deforestación… sino que, por el contrario, estos procesos no han hecho sino agudizarse e intensificarse. Asistimos, pues, a una crisis ecológica sin precedentes, que amenaza el futuro de la especie y de la vida en el planeta, y que tiene un papel central en la crisis de civilización que enfrentamos.

Una crisis medioambiental que evidencia la incapacidad del sistema capitalista para sacarnos del “callejón sin salida” a la que su lógica del crecimiento sin límites, del beneficio a corto plazo, del consumismo compulsivo… nos ha conducido. Y esta incapacidad para dar una “salida” real, la hemos visto claramente tras las fallidas cumbres del clima de Copenhague (2009), Cancún (2010), Durban (2011) o en la cumbre sobre biodiversidad en Nagoya (Japón en 2010), etc., donde se han acabado anteponiendo intereses políticos y económicos particulares a las necesidades colectivas de la gente y al futuro del planeta.

En dichas cumbres se han planteado falsas soluciones al cambio climático, soluciones tecnológicas, desde nucleares, pasando por los agrocombustibles hasta la captura y almacenamiento de CO2 bajo tierra, entre otras. Medidas que intentan esconder las causas estructurales que nos han conducido a la crisis ecológica actual, que buscan hacer negocio con la misma y que no harán sino agudizarla.

Los vínculos estrechos entre aquellos que ostentan el poder político y el económico explican esta falta de voluntad para dar una respuesta efectiva. Las políticas no son neutrales. Una solución real implicaría un cambio radical en el actual modelo de producción, distribución y consumo, enfrentarse a la lógica productivista del capital. Tocar el núcleo duro del sistema capitalista. Y quienes ostentan el poder político y económico no están dispuestos a ello, a acabar con su “gallina de los huevos de oro”.

Ahora veinte años más tarde nos quieren “vender la moto” de la economía verde como salida a la crisis económica y ecológica. Otra gran mentira. La economía verde sólo buscar hacer negocio con la naturaleza y la vida. Se trata de la neocolonización de los recursos naturales, aquellos que aún no están privatizados, y busca transformarlos en mercancías de compra y venta.

Sus promotores son, precisamente, aquellos que nos han conducido a la situación de crisis en la que nos encontramos: grandes empresas transnacionales, con el apoyo activo de gobiernos e instituciones internacionales. Aquellas compañías que monopolizan el mercado de la energía (Exxon, BP, Chevron, Shell, Total), de la agroindustria (Unilever, Cargill, DuPont, Monsanto, Procter&Gamble), de las farmacéuticas (Roche, Merck), de la química (Dow, DuPont, BASF) son las principales impulsoras de la economía verde.

Asistimos a un nuevo ataque a los bienes comunes donde quienes salimos perdiendo somos el 99% y nuestro planeta. Y especialmente comunidades indígenas y campesinas del Sur global, cuidadoras de dichos ecosistemas, quienes serán expropiadas y expulsadas de sus territorios en beneficio de las empresas transnacionales que buscan hacer negocio con los mismos.

Con la cumbre de Río+20 se busca crear, lo que podríamos llamar, “una nueva gobernanza medioambiental internacional” que consolide la mercantilización de la naturaleza y que permita un mayor control oligopólico de los recursos naturales. En definitiva, despejar el camino a las empresas transnacionales para apropiarse de los recursos naturales, legitimando unas prácticas de robo y usurpación. La respuesta está en nuestras manos: decir “no” y desenmascarar a un capitalismo y a una economía que se tiñe de verde.
* Esther Vivas es coautora de ‘Planeta indignado. Ocupando el futuro.
**Artículo publicado en Público, 17/06/2012.

Tomado de Rebelión

La tercera crisis del Capitalismo

Frei Betto

La actual crisis del capitalismo dio sus primeras señales en los Estados Unidos en el 2007 y ya hizo aparecer en el Brasil signos de incertidumbre.

El sistema es un gato de siete vidas. En el siglo pasado enfrentó dos grandes crisis: la primera a comienzos del siglo XX, en los orígenes del imperialismo, al pasar del dejar hacer (liberalismo económico) a la concentración del capital por parte de los monopolios. La guerra económica por la conquista de mercados condujo a la bélica: la Primera Guerra Mundial. Y acabó en una “salida” hacia la izquierda: la Revolución Rusa de 1917.

En 1929 se dio una nueva crisis, la Gran Depresión. En un abrir y cerrar de ojos miles de personas perdieron sus empleos, quebró la Bolsa de Nueva York, se extendió la recesión durante un largo período, afectando a todo el mundo. Pero esta vez la “salida” fue hacia la derecha: el nazismo. Y como consecuencia la Segunda Guerra Mundial.

¿Y ahora qué?

Esta tercera crisis se diferencia de las anteriores. Y es sorprendente por varios aspectos: los países que antes componían la periferia del sistema (Brasil, China, India, Indonesia) están mejor que los metropolitanos. Este año el crecimiento de los países latinoamericanos debe superar al de los EE.UU. y al de Europa. En esta parte del mundo son mejores las condiciones para el crecimiento de la economía: salarios en alza, desempleo a la baja, crédito abundante y reducción de las tasas de interés.

En los países ricos se acentúan el déficit fiscal, el desempleo (en la Unión Europea hay 24.3 millones de desempleados), el endeudamiento de los Estados. Y en Europa parece que la historia -para quien ya vio esta película en América Latina- está siendo repetida: el FMI pasa a administrar las finanzas de los países, intervino en Grecia y en Italia, y quizá dentro de poco en Portugal, y Alemania, como acreedora, logra lo que Hitler intentó por las armas: imponer a los países de la zona del euro las reglas del juego.

Hasta ahora no hay salida para esta tercera crisis. Todas las medidas tomadas por los EE.UU. son paliativas y Europa todavía no ve la luz al final del túnel. Incluso se puede agravar todo con la ya anunciada desaceleración del crecimiento de China y la consecuente reducción de sus importaciones. Para la economía brasileña sería drástico.

El comercio mundial ya se redujo un 20 %. Y se da una progresiva desindustrialización de la economía, que está afectando al Brasil. Lo que, por otro lado, sustenta las ganancias de las empresas es que ellas operan por ahora tanto en la producción como en la especulación. Y, a través de los bancos, promueven la financiación del consumo. ¡Viva la vida! Hasta que la pelota estalle y la insolvencia se propague como la peste.

La “salida” de esta tercera crisis ¿será por la izquierda o por la derecha? Temo que la humanidad se encuentre bajo dos graves riesgos; el primero ya es obvio: los cambios climáticos. Producidos incluso por la pérdida del valor de uso de los alimentos, ahora sujetos al valor de compra establecido por el mercado financiero.

Se está dando una creciente reprimerización de las economías de los llamados emergentes. Países como Brasil retornan en el tiempo y vuelven a depender de las exportaciones de commodities (productos agrícolas, petróleo y mineral de hierro, cuyos precios son determinados por las transnacionales y por el mercado financiero).

En este esquema global, ante el poder de las gigantescas corporaciones transnacionales, que controlan desde las semillas transgénicas hasta los venenos agrícolas, el latifundio brasileño pasa a ser el eslabón más débil.

El segundo peligro es la guerra nuclear. Las dos crisis anteriores tuvieron en las grandes guerras sus válvulas de escape. Ante el desempleo masivo, nada como la industria bélica para emplear trabajadores desocupados. Hoy día hay miles de artefactos nucleares guardados por todo el mundo. E incluso hay minibombas nucleares, con precisión para destrucciones focalizadas, como en Hiroshima y Nagasaki.

Estamos a tiempo para rechazar la anticipación del apocalipsis y reaccionar. Para buscar una salida al sistema capitalista, intrínsecamente perverso, hasta el punto de destinar miles de millones a fin de salvar el mercado financiero y de dar la espalda a los millones de seres humanos que sufren entre la pobreza y la miseria.

Lo que nos queda, pues, es organizar la esperanza y crear, a partir de una amplia movilización, alternativas viables que lleven a la humanidad, tal como se reza en la celebración eucarística, “a repartir los bienes de la Tierra y los frutos del trabajo humano”.

 

Se vende la naturaleza

Frei Betto

En vísperas de Rio+20 es imprescindible denunciar la nueva ofensiva del capitalismo neoliberal: la mercantilización de la naturaleza. Ya existe el mercado de carbono, establecido por el Protocolo de Kioto (1997), el cual determina que los países desarrollados, principales contaminadores, reduzcan sus emisiones de gases de efecto estufa en un 5.2%.

Reducir el volumen de veneno vomitado por esos países a la atmósfera implica reducir las ganancias. Por eso se inventó el crédito del carbono. Una tonelada de dióxido de carbono (CO2) equivale a un crédito de carbono. El país rico o sus empresas, al sobrepasar el límite de contaminación permitida, compra el crédito del país pobre o de sus empresas que todavía no alcanzaron sus respectivos límites de emisión de CO2 y de este modo queda autorizado a emitir gases de efecto estufa. El valor de ese permiso debe ser inferior a la multa que el país rico pagaría, en el caso de que sobrepasara su límite de emisión de CO2.

Pero surge ahora una nueva propuesta: la venta de servicios ambientales. Léase: apropiación y mercantilización de las selvas tropicales, bosques plantados (sembrados por el ser humano) y ecosistemas. Debido a la crisis financiera que afecta a los países desarrollados el capital anda buscando nuevas fuentes de lucro. Al capital industrial (producción) y al capital financiero (especulación) se le suma ahora el capital natural (apropiación de la naturaleza), conocido también como economía verde.

La diferencia de los servicios ambientales es que no son prestados por una persona o empresa, sino ofrecidos, gratuitamente, por la naturaleza: agua, alimentos, plantas medicinales, carbono (su absorción y almacenamiento), minerales, madera, etc. La propuesta es poner un basta a dicha gratuidad. En la lógica capitalista el valor de cambio de un bien está por encima de su valor de uso. Por lo cual los bienes naturales deben tener precio.

Los consumidores de los bienes de la naturaleza pasarían a pagar, no sólo por la administración de la “manufactura” del producto (igual que pagamos por el agua que sale por el grifo en casa), sino por el bien mismo. Sucede que la naturaleza no tiene cuenta bancaria para recibir el dinero pagado por los servicios que presta. Los defensores de esta propuesta afirman que, por tanto, alguien o alguna institución debe recibir el pago (el don de la selva o del ecosistema).

Tal propuesta no toma en cuenta a las comunidades que habitan en las selvas. Dice una habitante de la comunidad de Katobo, selva de la República Democrática del Congo: “En la selva recogemos leña, cultivamos alimentos y comemos. La selva proporciona todo: legumbres, toda clase de animales, y eso nos permite vivir bien. Por eso nos sentimos muy felices en nuestra selva, porque nos permite conseguir todo lo que necesitamos. Cuando oímos que la selva puede estar en peligro, eso nos preocupa, porque no podríamos vivir fuera de la selva. Y si alguien nos ordenara salir de la selva, quedaríamos con mucha rabia, porque no podemos imaginar una vida que no sea dentro o cerca de la selva. Cuando plantamos alimentos, tenemos comida, tenemos agricultura, y también caza, y las mujeres recogen mariscos y peces en los ríos. Tenemos diferentes tipos de legumbres, y también plantas comestibles de la selva, y frutas y todo tipo de cosas que comemos, que nos dan fuerza y energía, proteínas, y todo lo que necesitamos”.

El comercio de servicios ambientales ignora esa visión de los pueblos de la selva. Se trata de un nuevo mecanismo de mercado, por lo cual la naturaleza es cuantificada en unidades comercializables.

Esta idea, que suena como absurda, surgió en los países industrializados del hemisferio Norte en la década de 1970, cuando se dio la crisis ambiental. Europa y los Estados Unidos comprendieron que los recursos naturales son limitados. La Tierra no tiene forma de ser ampliada. Y está enferma, contaminada y degradada.

Ante esto los ideólogos del capitalismo propusieron valorar los recursos naturales para salvarlos. Calcularon el valor de los servicios ambientales entre US$ 160 mil y 540 mil millones (el PIB mundial, o sea la suma de bienes y servicios, totaliza actualmente US$ 620 mil millones). “Es el momento de reconocer que la naturaleza es la mayor empresa del mundo, trabajando para beneficiar al 100 % de la humanidad, y lo hace de gratis”, afirmó Jean-Cristophe Vié, director del Programa de Especies de la IUCN, principal red global para la conservación de la naturaleza, financiada por gobiernos, agencias multilaterales y empresas multinacionales.

En 1969 Garret Hardin publicó el artículo “La tragedia de los comunitarios”, para justificar la necesidad de cercar la naturaleza, privatizarla, y garantizar así su preservación. Según el autor, el uso local y gratuito de la naturaleza, como lo hace una tribu indígena, acaba en destrucción (lo que no corresponde a la verdad). La única forma de preservarla para el bien común es volverla administrable por quien tenga competencia, o sea las grandes corporaciones empresariales. He ahí la tesis de la economía verde.

Pero de sobra sabemos cómo enfocan ellas la naturaleza: como mera productora de “commodities”. Por lo cual empresas extranjeras compran, en el Brasil, cada vez más tierras, lo que significa una desapropiación mercantil de nuestro territorio.

Tomado de Adital