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Chile 40 años después

HASTA EL CÓNDOR LLORÓ

Por Mercedes López San Miguel

Actos de todos los sectores, homenajes a asesinados y desaparecidos, programas alusivos de radio y televisión que se repitieron todo el día, publicaciones especiales y hasta pedidos de perdón por parte de los altos tribunales reflejaron el repudio a la dictadura y un salto en la memoria

Escriben: Atilio Boron, Ariel Dorfman, Oscar González, Martín Granovsky y Miguel Rojas

Cobertura de Página/12

Victoria y desestabilización

Por Atilio A. Boron *

El 4 de septiembre de 1970, Salvador Allende, el candidato de la Unidad Popular –coalición formada por los partidos Comunista, Socialista y Radical y otras tres pequeñas agrupaciones políticas–, obtenía la primera minoría en las elecciones presidenciales chilenas. Allende representaba la línea más radical del socialismo chileno y durante la década del 60 había demostrado en los hechos su profunda solidaridad y amistad con el pueblo y el gobierno cubanos, a punto tal que cuando se crea la OLAS, la Organización Latinoamericana de Solidaridad, para defender a la cada vez más acosada Revolución Cubana y ofrecer una cobertura a la campaña del Che en Bolivia, la presidencia de esta institución recayó en las manos del por entonces senador chileno. Tres candidatos se presentaron a las elecciones del 4 de septiembre: aparte de Allende concurría el candidato de la derecha tradicional, el ex presidente Jorge Alessandri; y el de la desfalleciente y fracasada Revolución en Libertad, impulsada por la democracia cristiana, Radomiro Tomic. Al final de la jornada, el recuento arrojó estos guarismos: Allende (UP), 1.076.616 votos; Alessandri (Partido Nacional), 1.036.278; y Tomic (DC), 824.849. La legislación electoral de Chile establecía que si el candidato triunfador no obtenía la mayoría absoluta de los votos, el Congreso Pleno debía elegir al nuevo presidente entre los dos más votados. A nadie se le escapaba la enorme significación histórica que asumiría la consolidación de la victoria de Allende: sería el primer presidente marxista de la historia, que llegaba al poder en un país de Occidente en el marco de las instituciones de la democracia burguesa y en representación de una coalición de izquierda radical. El impacto en la derecha latinoamericana y mundial de la victoria de Allende fue enorme y tremendas presiones desestabilizadoras se desataron desde la misma noche de su victoria.

El Congreso fijó para el día 24 de octubre de 1970 la fecha de la sesión que confirmaría el triunfo de Allende. Pero un día antes un comando de la derecha hiere mortalmente, en un atentado terrorista, al general constitucionalista René Schneider, quien habría de morir pocos días después. Schneider había manifestado que las fuerzas armadas chilenas debían respetar el veredicto de las urnas y lo pagó con su vida. La CIA, que venía siguiendo los sucesos de Chile muy de cerca desde comienzos de los sesenta, fue la que, en colaboración con un grupo de la extrema derecha chilena, planeó y ejecutó ese luctuoso operativo. Pese a la conmoción del momento, el Congreso procedió a ratificar el triunfo de Allende por 153 votos contra 35 para Alessandri.

Vale la pena recordar estos antecedentes ahora que se acaban de cumplir 43 años de la magnífica gesta del pueblo chileno y de Salvador Allende. Y recordar también que, según documentación desclasificada de la CIA, el 15 de septiembre de 1970, pocos días después de las elecciones, el presidente Richard Nixon convocó a su despacho a Henry Kissinger, consejero de Seguridad Nacional; a Richard Helms, director de la CIA, y a William Colby, su director adjunto, y al fiscal general John Mitchell a una reunión en la Oficina Oval de la Casa Blanca para elaborar la política a seguir en relación con las malas nuevas procedentes desde Chile. En sus notas, Colby escribió que “Nixon estaba furioso” porque estaba convencido de que una presidencia de Allende potenciaría la diseminación de la revolución comunista pregonada por Fidel Castro no sólo a Chile sino al resto de América latina. En esa reunión, Nixon propuso impedir que Allende fuese ratificado por el Congreso a cualquier precio. Estas fueron sus instrucciones: “Una chance en diez, tal vez, pero salven a Chile. Vale la pena el gasto. No preocuparse por los riesgos implicados en la operación. No involucrar a la embajada. Destinar 10 millones de dólares para comenzar, y más si es necesario hacer un trabajo de tiempo completo. Mandemos los mejores hombres que tengamos. De inmediato: hagan que la economía grite. Ni una tuerca ni un tornillo para Chile. En 48 horas quiero un plan de acción”.

El encargado de monitorear todo el proyecto fue Henry Kissinger y ya sabemos cómo terminaría esta conspiración tres años más tarde.

Si miramos el panorama actual de América latina y el Caribe veremos que la actuación de Washington poco o nada ha cambiado. Que como decía la poesía de Violeta Parra, “el león es sanguinario en toda generación”. La actuación del imperialismo en los países de Nuestra América, y especialmente en la vanguardia formada por Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador, no difiere hoy lo que la CIA y las otras agencias del gobierno estadounidense aplicaran con salvajismo en el Chile de Allende: Schneider asesinado, Carlos Pratts asesinado en Buenos Aires, Orlando Letelier (ex canciller de Allende) asesinado a cientos de metros de la Casa Blanca, amén de los miles de detenidos, torturados y desaparecidos después del golpe militar de 1973. Sería ingenuo pensar que hoy, en la Oficina Oval de la Casa Blanca, el inverosímil Premio Nobel de la Paz convoque a sus asesores para elaborar estrategias políticas distintas en relación con las resistencias que se alzan en contra del imperialismo en Cuba como en Venezuela, en Bolivia como en Ecuador y, por añadidura, en toda América latina y el Caribe, región absolutamente prioritaria para preservar la integridad de la retaguardia imperial. En contra de los discursos colonizadores, racistas y autodescalificadores que pregonan la irrelevancia de esta parte del mundo, los trágicos sucesos de Chile ya demostraban hace más de cuarenta años nuestra crucial relevancia para la dominación global de Estados Unidos. Hoy podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que por comparación a lo ocurrido en aquellas aciagas jornadas de 1970, la importancia de Nuestra América es muchísimo mayor, como lo es la virulencia terrorista del imperio en su empeño por retrotraer la situación de nuestros países a la existente antes del triunfo de la Revolución Cubana. De ahí la necesidad de tomar nota de las lecciones que nos deja el caso chileno y no bajar la guardia ni por un segundo ante tan perverso e incorregible enemigo, cualesquiera sean sus gestos, retóricas o personajes que lo representen. Nixon, Reagan, Bush (padre e hijo), Clinton y Obama son, en el fondo, lo mismo: marionetas que administran un imperio que vive del saqueo y el pillaje, amparado por un formidable aparato ideológico y comunicacional y un todavía más tremendo poder de fuego capaz de eliminar toda forma de vida en el planeta Tierra. Sería imperdonable que nos equivocáramos en la caracterización de su naturaleza y sus verdaderas intenciones.

Director del PLED, Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.

El día en que todo cambió

Por Ariel Dorfman *

Si estoy con vida, si cuarenta años más tarde puedo contar la historia del golpe del 11 de septiembre de 1973, es gracias a la ciega generosidad de mi amigo Claudio Jimeno.

Lo recuerdo ahora tal como lo vi entonces, cuando me despedí de él sin saber que se trataba de una despedida final, sin saber que en poco tiempo él estaría muerto y yo iba a sobrevivir, ninguno de los dos anticipando que los militares lo matarían a él en vez de ensañarse conmigo.

Nos conocimos en 1960, cuando los dos cursábamos el primer año de estudios en la Universidad de Chile. Incisivos sobresalientes y una mata de pelo negro erizado le habían merecido un apodo, Conejo, que luciría hasta el día de su muerte. Estaba de novio con Chabela Chadwick, una estudiante de química, y cuando yo comencé a salir con Angélica, mi futura mujer, los cuatro participábamos, junto a otros entusiastas condiscípulos, en un raudal de actividades: bailes y paseos a la playa y, sobre todo, sumándonos a manifestaciones de protesta. Porque lo que en última instancia más nos unía, más allá de compartir confidencias y esperanzas, era una feroz necesidad de batallar por la justicia social en un continente de extrema pobreza y desarrollo frustrado.

Como millones de otros chilenos, Claudio y yo éramos fervientes seguidores del socialista Salvador Allende, que proclamaba –en una época en que la guerrilla se alzaba con furia en toda América latina– que era posible una revolución en nuestro país sin recurrir a la violencia, que podíamos crear una sociedad más justa y soberana por medios democráticos y pacíficos. Nuestros sueños se hicieron realidad cuando, diez años más tarde, Allende ganó las elecciones presidenciales de 1970.

Los sueños y la realidad, sin embargo, no siempre van de la mano.

Ya a mediados de 1973, el gobierno de Allende estaba asediado por sus enemigos internos y externos y la creciente amenaza de un pronunciamiento militar. De manera que cuando Fernando Flores, el secretario general de Gobierno del Presidente, me pidió que sirviera como su asesor de prensa y cultura, no tuve la menor duda. Una de mis responsabilidades más urgentes era que debía hacer guardia una vez, cada cuatro noches, en La Moneda, para que pudiera comunicarme con Allende en caso de alguna emergencia. Las otras noches se rotaban entre tres otros asesores, uno de los cuales era Claudio Jimeno.

De manera que cuando me di cuenta de que me tocaba dormir en La Moneda la noche del lunes 10 de septiembre, nada más natural, entonces, que canjear ese turno con mi viejo amigo, pedirle si era posible hacerme cargo de su guardia del domingo 9 de septiembre. Me convenía ese domingo porque era la única ocasión que tenía para mostrarle a Rodrigo, mi hijo de seis años, la galería de retratos de los primeros mandatarios de Chile y para que experimentara, antes de que su madre viniera a buscarlo, ese momento mágico en que las luces del Palacio se prendían al crepúsculo.

Claudio asintió sin la menor vacilación. En esos tiempos azarosos, pasar aunque fuera una hora extra con el hijo al que no teníamos la certeza de ver al día siguiente constituía un regalo insuperable. De hecho, me agradeció el trueque, ya que le permitía gozar de un domingo tranquilo con Chabela y sus dos hijos.

Y entonces quiso la buena y la mala suerte que fuera Claudio Jimeno el que respondió el teléfono en la madrugada del 11 de septiembre de 1973, recibiendo la noticia de que el golpe, liderado por el general Augusto Pinochet, había comenzado. Y fue Claudio el que llamó a Allende y Claudio el que luchó a su lado en La Moneda y Claudio el que terminó siendo apresado y luego torturado y finalmente muerto, convirtiéndose en uno de los primeros chilenos desaparecidos. Mientras que yo desperté al lado del amor de mi vida, de Angélica, y traté de llegar a La Moneda y no pude lograrlo y heme aquí, cuarenta años más tarde, conmemorando a mi amigo y lo que se perdió y lo que se aprendió, y recordando, porque Claudio no lo puede hacer, cómo mantuvimos viva la esperanza en medio de la oscuridad. Heme aquí, todavía sin poder visitar la tumba de Claudio porque los militares que lo mataron todavía no revelan dónde echaron su cuerpo vejado.

El destino de Claudio prefiguró el de su país.

Nos aguardaban décadas de represión y pavor, de pesadumbre y combate. Aun cuando terminamos derrotando a la dictadura, nuestra democracia restaurada se vio severamente restringida. La siniestra Constitución de Pinochet, aprobada en un referéndum fraudulento en 1980, sigue siendo hasta el día de hoy la ley suprema de la república, obstaculizando tantas reformas imprescindibles que el país reclama.

Si bien aquel 11 de septiembre de 1973 fue trágico para tantos chilenos, también tuvo consecuencias más allá de nuestras orillas remotas. El naufragio de la revolución chilena repercutió en forma significativa en Europa, donde llevó a una fundamental reorientación de la izquierda en varios países (notablemente España, Francia e Italia), la certeza de que no bastaba con una mayoría electoral exigua para llevar a cabo transformaciones sustanciales en la sociedad, sino que se necesitaba un consenso amplio y profundo. En los Estados Unidos, la intervención de la CIA en la caída de Allende fue uno de varios factores que condujeron a investigaciones del Congreso, estableciendo leyes limitando las intromisiones del Poder Ejecutivo norteamericano en los asuntos internos de otras repúblicas, abriendo una discusión que es en este momento más perentoria que nunca, en vista de que los presidentes norteamericanos siguen adjudicándose el derecho a inmiscuirse ilegalmente en cualquier rincón de la Tierra donde sus intereses podrían peligrar, es decir, matar y espiar en todo el mundo.

El legado más crucial, sin embargo, del 11 de septiembre chileno fueron las estrategias económicas implementadas por Pinochet. Mi país se convirtió, en efecto, en un laboratorio para un salvaje experimento neoliberal, una tierra donde la avaricia desmedida, la extrema desnacionalización de los recursos públicos y la supresión de los derechos de los trabajadores fueron impuestas con virulencia a un pueblo desamparado. Muchas de estas políticas fueron adoptadas más tarde por Margaret Thatcher y Ronald Reagan (así como por líderes en el resto del globo), acarreando una disparidad escandalosa en la distribución del ingreso y la riqueza y, podría argüirse, creando condiciones para las últimas crisis financieras que han sacudido al planeta. Por cierto, este modelo chileno de un libre mercado exorbitante y sin frenos no ha perdido hoy su atractivo. La drástica y desastrosa privatización del sistema previsional sufrida en Chile es enaltecida por derechistas de todas las estampas como una “solución” al “problema” de las pensiones de los jubilados. Y recientemente, The Wall Street Journal, en un editorial, sugería que “ojalá los egipcios tuvieran la buena suerte de que sus nuevos generales reinantes resultaran ser como Augusto Pinochet de Chile”.

Afortunadamente, Chile no exportó únicamente las peores experiencias surgidas de la asonada militar. También ha servido como un modelo de cómo un pueblo desarmado puede, a través de la no violencia y una ardua campaña de desobediencia civil, conquistar el miedo y liquidar a una dictadura. Los alentadores movimientos de resistencia y en favor de la democracia que han brotado en todos los continentes durante estos últimos años prueban que el futuro no tiene que ser despiadado, que el 11 de septiembre chileno no marcó el final de la búsqueda de libertad y justicia social por la que murió Claudio Jimeno, que tal vez su sacrificio no fue enteramente en vano.

Y, sin embargo, no me puedo consolar. Cuarenta años más tarde todavía recuerdo su sonrisa de conejo cuando me dijo adiós en La Moneda aquella noche del 10 de septiembre de 1973.

Al día siguiente, ese martes desbordante de terror en Santiago, muchas cosas cambiaron para siempre, cambios políticos y económicos que alteraron a Chile y, se podría aventurar, también al mundo. Pero cuando contemplamos el pasado, lo que necesitamos recordar es que finalmente la historia la hacen y padecen seres humanos reales, hombres y mujeres que quedan penosamente afectados. La historia consiste de muchos Claudios y muchos Jimenos de nuestra especie, uno más uno más uno.

Esa es la historia irreparable, la que nos duele y conduele: no puede Claudio despertar, como lo hago yo cada mañana, al canto interminable de los pájaros.

Claudio Jimeno, el amigo que murió en mi lugar cuarenta años atrás, nunca ha de ver a sus nietos crecer, nunca podrá sonreírse cuando lo llamen Abuelo Conejo.

* Escritor chileno. Su último libro es Entre sueños y traidores: un striptease del exilio.

Combatir en todas partes

Por Oscar R. González *

Ahora que se conmemoran los 40 años del golpe pinochetista quizás haya llegado la hora de recordar a un anónimo militante socialista argentino que fuera una de las víctimas de aquel episodio que truncó la vida del legendario Salvador Allende y su “vía chilena al socialismo”.

Oscar Bugallo, más conocido entonces como El Chileno, había llegado a militar con los jóvenes socialistas que mimeografiábamos Pueblo Rebelde y acompañábamos la lucha de algunas comisiones internas fabriles. Se había sumado para fortalecer la organización de ese pequeño destacamento que provenía del antiguo socialismo argentino con la voluntad de emular al Che y al Compañero Presidente.

De origen comunista, Oscar rápidamente se mimetizó con la modesta organización –y con el Frente de los Trabajadores, que patrocinaba– y asumió en ella el rol de capacitador, no sólo en materia política sino también de cierta autodefensa que era imprescindible para garantizar la presencia militante en aquella época difícil.

Tras un año de compartir la experiencia con aquel grupo que se pretendía afluente de una futura construcción alternativa revolucionaria para un país sometido a una recurrente dictadura cívico-militar, Oscar se fue a Chile para integrarse al Partido Socialista y a la CUT, dejándonos una carta de despedida que concluye premonitoriamente con una doble consigna: “Por el socialismo, a combatir en todas partes. A morir bajo cualquier bandera”.

El golpe del 11 de septiembre lo encontró abocado a organizar la resistencia en los cordones industriales de Santiago. Tiempo después, su compañera, Margie, recibió la funesta noticia de su muerte. Tras los reclamos, pudimos conseguir el envío del cadáver, que recibimos en un tétrico furgón de ferrocarril en la estación Retiro. Un día después, con banderas rojas y puños en alto, lo enterramos en el cementerio de la Chacarita.

Pasaron cuatro décadas intensas en la Argentina, en Chile y en el mundo. Cayeron muros, hubo amaneceres y crepúsculos políticos. Durante esa larga etapa, no supimos en detalle cómo había muerto nuestro compañero. Hasta que, hace unos días, su compañera obtuvo apenas un indicio que fue transformándose en versión y terminó siendo el testimonio de un socialista chileno que compartió militancia con Oscar, estuvo con él durante “aquel fatídico 11 de septiembre” y lo dejó tras una reunión de resistentes, pocos instantes antes de que llegara la partida militar que lo arrestaría y le daría muerte. Era el 8 de noviembre de 1973; Oscar tenía sólo 24 años.

* Socialistas para la Victoria. Secretario de Relaciones Parlamentarias del gobierno nacional.

Allende, el cambio y la codicia

Por Martín Granovsky

La reunión fue en Washington. Se realizó cuando el ataque de los Estados Unidos al gobierno de Salvador Allende estaba por conseguir el jaque mate. Por los Estados Unidos participaron siete funcionarios del Departamento de Estado, con su jefe William Rogers al frente. Por Chile otros siete. Encabezaba la delegación chilena el entonces embajador en Washington, el socialista Orlando Letelier, que terminaría como ministro de Defensa de Allende y en 1973 sufriría prisión y tortura antes de que una campaña internacional obtuviese su liberación y le permitiese viajar al exterior. También participó un joven diputado de la Unidad Popular, Luis Maira. El encuentro fue áspero y duro. Por si alguno tenía dudas, al final de dos días de discusiones bilaterales, Rogers y Kissinger mantuvieron una reunión a solas con Letelier. Como consejero de Seguridad Nacional, el cargo desde donde Washington articula la política exterior y la de inteligencia de la presidencia, Kissinger no tenía obligación funcional de encontrarse con los chilenos. Pero quiso hacerlo.

Rogers se quejó del trato de Allende a las empresas norteamericanas nacionalizadas. Y luego de Rogers, Kissinger habló sin vueltas: “América latina es una región de casi ninguna importancia… Chile no tiene ningún valor estratégico. Nosotros podemos recibir cobre de Perú, Zambia, Canadá. Ustedes no tienen nada que sea decisivo. Pero si hacen ese proyecto de camino al socialismo del que habla Allende, vamos a tener problemas serios en Francia e Italia, donde hay socialistas y comunistas divididos, que con este ejemplo podrían unirse. Y eso afecta sustancialmente el interés de Estados Unidos. No vamos a permitir que tengan éxito. Tengan eso en cuenta”.

Maira, que fue embajador del gobierno de la Concertación en la Argentina, suele contar el episodio para ilustrar hasta qué punto la situación chilena era clave para Washington en el tablero mundial de la Guerra Fría. Y también cuenta Maira que pocos meses después de esa reunión en Washington, él y otros sobrevivientes del golpe de Augusto Pinochet terminaron en el exilio. (Refugiado primero en Caracas y después en los Estados Unidos, Letelier fue asesinado por un comando pinochetista en Washington el 21 de septiembre de 1976.)

Un día, cenando en Buenos Aires con Ricardo Lagos y un grupo de argentinos, narró Maira: “Cuando llegamos a México nos dimos cuenta de que nos había derrocado una potencia a la que no conocíamos bien por dentro. En 1974 fundamos el Centro de Investigación y Docencia Económicas, el CIDE. Y nos pusimos a estudiar todo. Todo. Desde la Constitución de los Estados Unidos hasta su historia. Desde sus mecanismos de decisión hasta el papel del Congreso. No podíamos seguir ignorando en detalle una realidad tan decisiva”.

No solo los exiliados chilenos se hicieron cargo de analizar en profundidad qué había ocurrido en Chile y por qué. También la izquierda europea buscó entender el mensaje enviado por Washington sobre todo a Italia, donde el Partido Comunista había crecido hasta ser el más grande de Occidente y ya representaba a uno de cada tres votantes.

Enrico Berlinguer era el secretario general del PCI. En 1980, diez años después del triunfo de la Unidad Popular y siete años después del golpe, Berlinguer analizó el papel obligatoriamente bivalente de Allende. Primer papel: el Compañero Presidente debía ser “el supremo aval de la legalidad vigente”. Segundo papel: estaba obligado a convertirse en “el líder del movimiento popular para su profunda renovación”.

Según Berlinguer, esa contradicción que el propio Allende encarnaba en sí mismo “podía resolverse en la medida en que la Unidad Popular hubiese logrado mantener aislado al ‘enemigo principal’, por un lado, y por el otro fundir en la sociedad la alianza entre las masas inorgánicas, el proletariado y las capas medias, además de mantener en el Parlamento un entendimiento mínimo entre las fuerzas que habían elegido a Salvador Allende”. De ese modo, “la realización del programa habría dado origen al nacimiento de una mayoría social –antes que electoral–, o sea la formación de un bloque histórico que, en su proceso de desarrollo, fundaría la nueva legalidad, la nueva democracia chilena”.

Para Berlinguer, un gran mérito de Allende es que “murió ejerciendo su papel de magistrado supremo de una legalidad pisoteada por traidores, por fascistas”, y su ejemplo significó lo contrario de lo que el dirigente italiano llama “grandes cinismos”.

Y otra virtud del gobierno de la Unidad Popular que señalaba el secretario del PCI fue “haber abstraído por primera vez la noción de ‘justo provecho’ del contexto ético-religioso medieval, precapitalístico, en que nació, para instalarlo como principio jurídico internacional: con la ley de nacionalización del cobre chileno, que fija en el 12 por ciento anual los márgenes de provecho reconocido a las compañías que habían explotado las minas, sustrayendo de la indemnización debida a raíz de la nacionalización lo que ellas habían percibido más allá de ese plafond”. Leída desde hoy, parece una crítica a la agresión contra la humanidad por parte de un sistema financiero hipertrofiado.

El mundo es otro, pero dos desafíos parecen vigentes a cuarenta años del golpe en Chile y el suicidio de Allende, el 11 de septiembre de 1973: cómo lograr una gobernabilidad que permita cambiar las cosas y cómo colocar un límite a la codicia desenfrenada.

UNA VISION SOBRE LOS CAMBIOS QUE MARCO EN CHILE SU DICTADURA MAS FEROZ

Cuarenta años de exilios y desexilios

Miguel Rojas es un escritor y académico que se define como “un latinoamericano nacido en Chile”. Debió exiliarse en 1973. Aquí, recuerda a su país como Víctor Jara recordaba a Amanda, comenzando con una historia que “en cinco minutos quedó destrozada”. Sus impresiones.

Por Miguel Rojas *

El golpe nos mostró un Chile distinto. Un Chile en el que nunca hubiéramos creído si nos lo hubieran contado. Teníamos entonces una memoria democrática, aunque la veíamos amenazada: “Un golpe, sí, posible, pero no así”.

El avión lo alcancé un tiempo después, pero a tiempo. El 17 de noviembre salía de Chile rumbo a París, donde viví cerca de veinte años con pasaporte de las Naciones Unidas que, socarronamente, los exiliados llamábamos “bluyín”, por la tela de su encuadernación. Entonces volví. “Volver” fue el tango del exilio. Se equivocó Gardel, me dije cuando pisé la tierra del regreso, veinte años son muchos. Muchas cosas habían cambiado: el tono de la vida, la ciudad, el proyecto social… y paro de contar. ¿Cómo fue el antes y cómo y cuándo el después? El después está claro: comienza el 11 de septiembre de 1973. El antes es más complicado. Hay un antes, de antes de los mil días de la Unidad Popular y un antes durante.

Cuando se me plantea qué ha cambiado en Chile en estos cuarenta años, por cierto no puedo responder ni con objetividad ni con la experiencia de quien ha vivido desde entonces en el país y experimentado la historia en su día a día. Mi visión es subjetiva. Hablo desde impresiones que van del exilio al desexilio. Gran parte está basada en la memoria, sin olvidar que la memoria es engañosa. En realidad, memoria es lo que se decide recordar. Recuerdo a Chile como Víctor Jara recordaba a Amanda, comenzando con una historia que “en cinco minutos quedó destrozada”.

Así, voy a hilar recuerdos para compararlos con las impresiones del desexilio. Voy a hacer un tremendo esfuerzo para ser objetivo, pero que nadie me pida que sea neutral frente a la dictadura.

A mediados de la década de los sesenta me trasladé a Alemania, donde permanecí investigando y recorriendo Europa hasta comienzos del ’69. Volví con un proyecto cultural que se plasmó en la creación del Instituto de Arte latinoamericano, desde donde se creó el Museo de la Solidaridad. Probablemente a causa del paréntesis, visualizo dos imágenes de Chile, la de antes de la Unidad Popular y la de durante la Unidad Popular. El triunfo de la UP abrió, desde la izquierda, las puertas a la esperanza. Pero la lucha política se envenenó a causa de la “campaña del terror” que desencadenó la prensa opositora y los desbordes de determinados sectores de la izquierda. Vivimos situaciones que parecían escenificar la lucha de clases. Así lo entendió el propio Pinochet, que respondió a un periodista: “Aquí, señor, hemos suprimido la lucha de clases”.

Chile, antes de estos cuarenta años, era un país en el que había más pobreza, pero menos desigualdad. Un país en el que, pese a que siempre hubo una férrea estructura de clases, el cuerpo social no se encontraba escindido. En la Escuela de Derecho fui compañero de muchos futuros próceres políticos y económicos. Coincidimos en la Facultad con Ricardo Lagos y Anselmo Sule, figuras del radicalismo; con Osvaldo Letelier, socialista; Andrés Zaldívar, demócrata cristiano. Compañeros de graduación fueron Ricardo Claro, entonces muy lejos de ser un millonario con patrimonio de cuatro mil millones de dólares, y Margarita Labarca, que representaba la historia del Partido Comunista. Pese a las diferencias ideológicas, y sin perjuicio de discusiones y peleas en época de elecciones, todos vivíamos, cuando no en franca amistad, al menos en un civilizado compañerismo. Eso cambió ya en la época de la Unidad Popular; y, por cierto, en mucha mayor medida después del golpe, donde se escindió el cuerpo social y los opositores al régimen fueron perseguidos, asesinados y catalogados de antichilenos.

Ha cambiado la gente, se ha transformado la ciudad, pero sobre todo han cambiado los valores. Hemos transitado de una sociedad republicana con valores humanistas, a una sociedad de mercado con valores economicistas. Mi memoria urbana guarda la imagen de dos ciudades, Santiago y Valparaíso. En Santiago constaté el cambio. Desde un urbanismo de traza colonial, que tenía como centro la plaza, habíamos pasado a un urbanismo neoliberal que tiene sus centros en los malls. Han cambiado las calles y la toponimia no trae siempre buenos recuerdos. Hasta hace poco transitábamos por una avenida que conmemoraba el golpe. Han desaparecidos los cafés que animaban la vida nocturna. No soportaron el toque de queda. Ya no está El Bosco, café emblemático para la bohemia intelectual, en el que inclusive paraban los entierros de los habitués para ofrecerle al muerto su última copa. ¿Y Valparaíso? Ciudad hecha de escaleras y sueños, un balcón en el mar, con las chicas de piernas más lindas de Chile, de tanto subir y bajar graderías. Pancho, como le decían a la ciudad por la Iglesia San Francisco, faro de los navegantes. Era entonces, sin duda, el puerto con más magia del Pacífico Sur. Ciudad noctívaga con restaurantes que abrían a la una de la mañana y un bar mítico, el Roland, con un Libro de Recuerdos firmado por los más grandes escritores que habían acompañado a Neruda a escanciar la noche. Valparaíso, una ciudad llena de colores, había perdido el color. Constato con alegría que ahora parece recuperarlo. Cuando menciono el proyecto social, me refiero a dos servicios que son las grandes plataformas de la democracia: la educación y la salud. Sobre la educación ya los estudiantes han hablado. Ha cambiado catastróficamente. No puedo dejar de pensar que en las condiciones actuales yo no habría tenido los medios para ir a la universidad. El proyecto de educación neoliberal ha rentabilizado todo. En Chile ya no hay universidades públicas, hay universidades estatales, que no son un servicio público; funcionan con los mismos criterios mercantiles de la educación privada.

El tema de la salud para mí se revela en una anécdota que me dice todo. A fines de los ’80 recibí una llamada urgente que me comunicaba que mi madre había tenido un derrame cerebral y que ningún hospital la recibía si no se firmaba un cheque en blanco. Conseguí un amigo que lo hiciera y partí en el primer avión. Encontré a mi madre llena de tubos. A su lado escuché a un enfermo que decía a su esposa: “Has vendido el auto para pagar la clínica, no vayas a vender la casa, porque tú y los niños van a quedar en la calle y yo me voy a morir de todas maneras”.

* Escritor, historiador, filósofo. Publicado en Le Monde Diplomatique, edición chilena.

Chile hace catarsis cuarenta años después

PRACTICAMENTE TODOS LOS SECTORES DE LA SOCIEDAD SE EXPRESARON SOBRE EL GOLPE DEL ’73

Documentales transmitidos a toda hora, visitas guiadas por espacios de la memoria, pronunciamientos de políticos en torno del perdón, quejas por la Constitución heredada del pinochetismo: el golpe en la memoria colectiva de Chile. En la foto Bachelet participa de un homenaje a los detenidos desaparecidos en Villa Grimaldi

Por Mercedes López San Miguel

Desde Santiago

Como si fuera una catarsis colectiva no hubo quien no tuviera ánimo de decir algo sobre el drama que ocurrió en Chile el 11 de septiembre de 1973. Documentales transmitidos por canales y radios a toda hora; visitas guiadas por espacios de la memoria, pronunciamientos de políticos en torno del perdón, quejas por la Constitución heredada del pinochetismo, carabineros desoyendo y desmontando una muestra con lienzos y murales de la organizaciones de derechos humanos que reclamaban, como hace 40 años, que se castigue a los responsables del terrorismo de Estado. Los carteles por el aniversario se mezclaron con imágenes de campaña. Porque habrá elecciones en noviembre y las dos mujeres y principales candidatas, Michelle Bachelet y Evelyn Matthei, fueron hijas de generales de la fuerza aérea, pero con un pasado antagónico.

La casa número 38 ubicada en una callecita empedrada de nombre Londres, cerca del Palacio de La Moneda, se convirtió entre 1973 y 1974 en un centro de detención y tortura en donde fueron asesinados 98 secuestrados de la dictadura de Augusto Pinochet. En la fachada un gran cartel señala “40 años de luchas y resistencia” acerca del lugar de tormento, en el que se usó la descarga eléctrica para interrogar en una sala del segundo piso y quebrar más rápido la voluntad de los detenidos. Ayer, en la víspera del aniversario del día que cambió la historia de este país, la casa despojada de objetos era visitada por numerosas personas. La organización Londres 38 puso a circular un video por las redes sociales en el que se muestra cómo en la madrugada del domingo pasado un grupo de carabineros sacó los lienzos colgados en los puentes del río Mapocho que llevaban la consigna: “¿Dónde están los desa-parecidos?”. El guía y militante de los derechos humanos Felipe Aguilera se indignó ante esta enviada por la remoción de la muestra, en la que trabajó durante semanas. “Los carabineros pasaron por encima de la autorización de los municipios y actuaron por fuera del estado de derecho. Enviamos una carta al gobierno pidiendo la restitución de los lienzos.”

A unas cuadras de ese espacio de la memoria, los transeúntes de la zona céntrica de la ciudad se mostraban proclives a recordar el derrocamiento de Salvador Allende como una fecha fatídica. Yeri Chávez, empleada en una empresa de acero, señaló que ella tenía 12 años, pero la imagen del bombardeo al edificio de La Moneda quedará grabada en su memoria. “Nunca más debiera ocurrir semejante abuso del poder en manos de un dictador. Ahora estamos libres de decir lo que queramos, existe libertad de expresión. Lo que pasó fue trágico.” Un hombre de 55 años, mientras daba algunas pitadas al cigarrillo, dijo que entre el ’80 y el ’90 todo dolía. “Estamos en camino de lograr la paz con nosotros mismos. Me acuerdo de que me contaban que mataban a las personas y las tiraban en basurales. Personalmente me dolió a mí cuando desaparecieron a estudiantes de la universidad”, dijo el ingeniero Jaime Flores.

Como uno de los lastres del pinochetismo, existen vacíos en los procesos judiciales. La socióloga Marta Lagos señaló que esto se vincula con el modelo chileno de reconciliación. “La transición fue posible porque no se exigió la verdad el día uno. La verdad estuvo congelada, en espera.” En la cercanía de la conmemoración del 11 de septiembre, el presidente conservador Sebastián Piñera afirmó que la Justicia no estuvo a la altura de las obligaciones y desafíos. “El Poder Judicial pudo haber hecho más, porque por mandato constitucional le correspondía cautelar los derechos de las personas y proteger las vidas. Por ejemplo, acogiendo los recursos de amparo que rechazó de forma masiva.” Sin embargo, a él se le cuestiona no haber hecho lo suficiente en la materia. Amnistía Internacional entregó ayer en el palacio presidencial un petitorio firmado por más de 25 mil personas para reclamar al gobierno chileno que elimine todas las barreras que protegen a los perpetradores de violaciones a los derechos humanos. “No es aceptable que 40 años después del golpe militar continúen existiendo dificultades para la búsqueda de la verdad, la justicia y la reparación en Chile. La ley de Amnistía sigue protegiendo a los violadores con inmunidad procesal, continúa habiendo largos retrasos en las actuaciones judiciales y las condenas no reflejan la gravedad de los crímenes cometidos”, señaló la organización.

Según cifras oficiales, el número de personas desaparecidas o asesinadas en Chile entre 1973 y 1990 superó las 3000 y cerca de 40.000 personas sobrevivieron al encarcelamiento por motivos políticos o la tortura. El Decreto Ley de Amnistía, aprobado en 1978, exime de responsabilidad penal a todas las personas que cometieron violaciones de derechos humanos entre el 11 de septiembre de 1973 y el 10 de marzo de 1978. Si bien algunas sentencias han eludido la aplicación de la norma, el hecho de que siga existiendo es incompatible con las obligaciones internacionales de Chile en materia de derechos humanos.

Aunque Piñera votó por el No a la continuidad de Pinochet en el referéndum del 5 de octubre de 1988 y él no se identifica con el ala pinochetista de la Alianza de derecha (UDI-Renovación Nacional), sí apoyó a la candidata Evelyn Ma-tthei, quien hasta hace poco se de-sempeñaba como su ministra de Trabajo. Matthei pertenece al partido más conservador de Chile, UDI, que alberga a simpatizantes del dictador, como ella. Evelyn y Michelle fueron hijas de generales de la fuerza aérea, con vidas cruzadas. Alberto Bachelet murió en 1974 por un ataque cardíaco, derivado de las torturas que sufrió por ser leal a Allende, mientras que Fernando Matthei, padre de Evelyn, integró la Junta Militar que gobernó Chile de 1973 a 1990 y se sospecha que tiene responsabilidad en la muerte de Bachelet.

También atravesado por la historia y con poco más de 40 años, el ex socialista y hoy candidato independiente Marco Enríquez Ominami es hijo del cofundador y secretario general del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), Miguel Enríquez. El candidato del Partido Progresista instó a Matthei a que rectifique. “Hemos querido invitar, sin odio y sin rencor, a que la candidata de los dos partidos que sostuvieron la dictadura militar, a que pida perdón. Es importante en esta elección, empujemos los pisos éticos.”

Y es que Matthei señaló que respecto de las violaciones a los derechos humanos ocurridas tras el derrocamiento de Allende, ella no tenía nada de por qué disculparse. “Yo tenía 20 años para el golpe, no tengo nada por lo que pedir perdón”, sostuvo tajantemente Matthei. Aludió así a las declaraciones del senador de la UDI, Hernán Larraín, quien hace unos días hizo un mea culpa por lo ocurrido con posterioridad al 11 de septiembre.

Sin escaparle al debate político, la ex mandataria y aspirante de Nueva Mayoría dio un discurso en el Museo de la Memoria el lunes –un espacio que se gestó durante su gobierno–, en paralelo al acto oficial que encabezó Piñera. “No existe reconciliación que se construya ante la ausencia de verdad, justicia o un duelo”, dijo Bachelet, la mejor posicionada para ganar las elecciones del 22 de noviembre, ante la mirada de referentes de familiares de víctimas de la dictadura, como Ana González, cuyo esposo, dos de sus hijos y su nuera fueron secuestrados por la policía secreta de Pinochet.

Chile ha vivido una catarsis de la que nadie quedó afuera.

EL RECUERDO DESDE BUENOS AIRES

El nombre

Todas y todos aquellos muchachas y muchachos que me abrieron paso aquella tarde clamaban por Salvador Allende.

Por Eva Giberti

La gente se agolpaba en las calles del centro. Salvador Allende acababa de caer y su suicidio anunciaba una era de horrores, violaciones de derechos y paisajes amurallados en los centros de detención. Era muy difícil acercarse a la avenida Entre Ríos y yo tenía que llegar a Combate de los Pozos. Me habían citado porque el Comando de Sanidad que un grupo del ERP había copado dos días antes estaba a cargo de un capitán que tenía algo que informarme. Mi hijo, partícipe del copamiento, figuraba como desaparecido. Yo sabía que era una mentira: había visto en televisión cómo en el momento de subir en el vehículo donde se lo llevaban se daba vuelta buscando la cámara de tevé para evidenciar que lo detenían vivo y entero. No podía estar repentinamente desaparecido.

El automóvil que me conducía a Combate de los Pozos no podía abrirse paso en una contramano de Callao. Las manifestaciones juveniles al grito de “¡Allende compañero!” ocupaban las dos manos. Eran estudiantes y miembros de aquella denominada gloriosa JP formada por chicas y muchachos que ostentaban una causa por la que se habrían de jugar la vida. Militantes de su causa, habitantes de terrenos donde se tocaba el timbre casa por casa para explicar qué significaba la revolución social y los derechos de los trabajadores. Eran los que se habían ido a trabajar a las fábricas para militar. Los que fueron desaparecidos porque no tenían buenos modales para reclamar por la justicia social. Los que luego tropezaron con las armas que nunca debieron empuñar. Pero entonces no lo sabían.

El auto no lograba avanzar. Se acercaba la hora de mi cita con ese capitán Bilbao que habría de decirme: “Le informo que su hijo será fusilado”. Yo no lo sabía. Sólo estaba claro que debía acercarme al Comando de Sanidad en Combate de los Pozos. Y la gente bloqueaba la avenida. Decidí: Saqué la cabeza por la ventanilla y les grité: “¡Soy la madre de Hernán y tengo que llegar al Comando de Sanidad! ¡Abran paso!”.

Yo no sabía si el nombre de mi hijo les diría algo. Les dijo. Corrieron la voz entre el apretujamiento de las banderas y la gritería: “¡Es la madre del Flaco… Abranse… Dejen paso…!”. Paulatinamente el taxi empezó a avanzar mientras yo me movía entre grupos juveniles que aplaudían y despejaban el camino.

A esa altura de mi vida profesional estaba habituada a los aplausos, al aplaudir del público después de una conferencia y al salir de un claustro universitario rodeada por los asistentes que solicitaba entrevistas. Pero con mi nombre y por mis dichos. En esta oportunidad, era la madre de alguien, identificada por la filiación, ausente la identidad profesional.

Recorrí aquellas calles hasta la avenida donde todo se aliviaba porque las manifestaciones doblaban con otro rumbo. Seguí hasta Combate de los Pozos y allí fue otra la historia. No viene al caso.

Un momento, una instancia, un acontecer casual, la decisión de los otros nos atraviesa la vida. Desde ese entonces conocí la diferencia entre ser una misma y ser la madre de alguien que reconstruye nuestra propia identidad mediante el nombre de quien se supone haber sido filiado por la biología, el apellido y la descendencia. Los hijos pueden ser quienes crean el lugar de un nombre asociado a una historia distante del origen familiar para convertirse en el nombre sociopolítico que genera memorias y compromisos.

Todas y todos aquellos muchachas y muchachos que me abrieron paso aquella tarde clamaban por Salvador Allende. Fueron el Coro de las tragedias griegas que anticipaban la tragedia. Que cantaban presagiando la profanación de la vida que primero Chile y luego nosotros habríamos de transitar. En las efemérides de aquel final del presidente chileno, con nuestras calles abarrotadas con consignas y con las alamedas chilenas en llanto, la memoria asociada a los tiempos venideros, placientes y esperanzados para nuestra América, la minúscula anécdota de un taxi embretado entre la multitud es un homenaje a un luchador llamado Salvador Allende.

Tomados de Página/12

Sacar dinero con la sangre de los muertos

Crece la polémica en Estados Unidos por el alto precio de las entradas al museo 11-S

Quien quiera entrar en el museo dedicado a las víctimas de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Ground Zero deberá pagar: la propuesta de fijar un precio de entrada, de 20-25 dólares, hizo enfurecer a los familiares de las víctimas de las Torres Gemelas.

“Es ridículo, pedimos un monumento y ellos están tratando de sacar dinero, transformando en una operación comercial el peor día de la historia de Estados Unidos”, dijo al diario Daily News un hombre, Jim Riches, cuyo hijo, que era bombero, perdió la vida en los atentados. Según Riches, esta decisión es “repugnante”.

Los gastos de construcción y gestión del museo subterráneo, que debería abrir las puertas en abril de 2014, son muy elevados, por lo que el consejo directivo aprobó una moción con la que se estableció que para visitarlo habrá que pagar.

Además, ya se propuso fijar el precio del ticket, entre 20 y 25 dólares. “Sacar dinero con la sangre de nuestros muertos es una vergüenza”, claman los familiares.

Lo que también ha suscitado polémica es que se trataría de un precio obligatorio y no “aconsejado”, como sucede en otros museos de la Gran Manzana, como el Metropolitan Museum.

Seguirá siendo gratuito, en cambio, el memorial del 11-S, inaugurado en coincidencia con el décimo aniversario de los atentados, en los que murieron casi 3.000 personas. Se trata de dos enormes piscinas de la que sale agua y en cuyo borde están grabados los nombres de las víctimas.

En tanto, al margen de la polémica, el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, decidió dar una mano, concediendo un préstamo de 15 millones de dólares sin intereses al museo, cuyo coste, inicialmente fijado en 680 millones de dólares, sigue aumentando.

Fuente: ANSA

Siria y el 11 de septiembre

Por Luis Toledo Sande

Ante otro 11 de septiembre era previsible que los medios dominantes —así como quizás también, influidas por ellos, hasta las conversaciones cotidianas—, remitieran en particular a ese día de 2001, que desde los primeros momentos dichos medios han procurado convertir en el 11 de septiembre por antonomasia. Se tiende así un manto de silencio y olvido sobre el que vivió en 1973 el pueblo chileno con la asonada fascista, y a partir de entonces. ¿Qué quedará para el conocido como la Diada, el de 1714? Entonces el pueblo catalán sufrió el brutal embate de fuerzas comandadas por el mercenario anglo-francés James Stuart Fitz James, duque de Berwick. Esas tropas decidieron el restablecimiento en España de la dinastía borbónica, la misma que en 1975 se reinstauró en ese país con la llamada Transición Democrática, fraguada por el sanguinario dictador Francisco Franco, quien, entre otras cosas, tuvo a su cargo la preparación del actual rey.

Esos hitos sitúan la efeméride del 11 de septiembre, como parte del devenir de la humanidad, en la historia de confrontaciones y sometimientos de la cual es inseparable la tragedia que en 2001 segó miles de vidas en el Centro Mundial de Negocios de Nueva York, aunque no tantas como las tronchadas por la dictadura fascista en Chile. Es harto sabido que la tragedia de las Torres Gemelas la capitalizó como pretexto, para reforzar su política de conquista imperial, el gobierno de una nación experta en el ejercicio del terrorismo de Estado, y que prohijó al cabecilla de Al Qaeda presentado como responsable de aquel fatídico acontecimiento.

Ese mismo gobierno se jacta de haber asesinando al sombrío personaje que antes utilizó en tareas terroristas diversas y en capítulos como la lucha contra los soviéticos en Afganistán, y que incluso después del 11 de septiembre de 2001 siguió siéndole útil. Objetivamente le sirvió, con declaraciones grabadas en videos que circularon cuando al imperio le convenía para avalar la “cruzada contra el terrorismo”. No por gusto aquella desgracia neoyorquina ha quedado entre los episodios en los cuales se sabe o se sospecha que ha intervenido la complicidad de agentes y fuerzas de los propios Estados Unidos. Baste comprobar la participación de Al Qaeda en las acciones promovidas para justificar la invasión a Libia y, ahora, en los actos de violencia que forman parte de una posible operación mayor contra Siria.

La presunta misión de luchar contra el terrorismo —por la que se inició en Afganistán una guerra moralmente injustificable y que sigue costando vidas— la han sumado el gobierno de los Estados Unidos y sus cómplices a otro de sus propósitos “mesiánicos”: propagar en el mundo “la democracia”. En semejante afán figuran los planes contra Siria, donde se ha fabricado —como se hizo en Libia— una oposición con probada presencia de mercenarios y beneficiada por un avieso manejo de la (des)información.

Los mercenarios allí utilizados por quienes procuran satanizar al gobernante de Siria para justificar —siguiendo una práctica conocida— una posible invasión a ese país, pública y groseramente alardean de sus crímenes. Ante evidencias tan monstruosas cabe una conclusión: sea engañado quien desee serlo. No faltarán quienes cobren por simular que lo son.

Sostener esas verdades no implica idealizar al gobernante sirio, como tampoco había que idealizar al de Libia, linchado por las tropas interventoras. Pero lo cierto es que su muerte fue motivo de júbilo para el imperio que antes había entrado en diversos juegos perversos con él. Como símbolo del grotesco gozo perdura, entre otras imágenes, la risa macabra de una Hilary Clinton devenida caricatura del temperamento de Lady Macbeth, pero sin la intensidad trágica impresa por el genio de Shakespeare a su personaje. Todo está a la vista para el que quiera ver, y para eso los ojos del pensamiento son más importantes y poderosos que los del rostro.

¿Tiene el gobernante sirio la voluntad de aferrarse al poder? ¿Será esa la causa real de la hostilidad que contra él desatan las fuerzas imperiales en sus maniobras mediáticas? Por ambición de mando, por satisfacer intereses cuyo logro el ejercicio del poder garantiza, por el tesón de autoridad que parece ser fascinante, por sentido de responsabilidad, por bien o mal entendida cuestión de honor, y aun por vocación misional de servicio a los ciudadanos que representa, como norma un gobernante no lo distingue la disposición a renunciar a su investidura, o a permitir que se la arrebaten fácilmente.

Para comprender y repudiar la naturaleza de las maniobras imperiales dirigidas a derrocar gobernantes, no es necesario atribuirles a estos virtudes beatíficas. ¿Molesta a los rectores de los Estados Unidos, fabricante de gobiernos sanguinarios, un rey como el de Arabia Saudita, su aliado? ¿Los irritan en general las monarquías? Estas, por muy decorativas que resulten, son clara expresión institucional de la herencia antidemocrática acumulada durante siglos en el mundo; pero, que se sepa, los Estados Unidos no han gestado planes para librar de reyes a pueblo alguno, y menos si el monarca les resulta dócil. Su modelo “bipartidista” —que otros países han importado— si para algo sirve en verdad es para asegurar la permanencia de un rey: el capital, que se autoconsidera bien representado por presidentes, reyes, gobernantes sediciosos y golpistas: por quienquiera que sin miramientos ni escrúpulos garantice su poder sobre la mayoría de la población de un país dado, y del mundo.

El imperio no apoya movimientos populares: entrena, financia y emplea tropas que sirvan a sus intereses de dominación planetaria. A propósito de Libia, Luis Britto García escribió un artículo medularmente claro: “Cómo diferenciar una invasión de la OTAN de un movimiento social”. Se publicó en diversos sitios digitales, y aún puede leerse. La experiencia libia confirmó los puntos de vista del autor venezolano, y lo que está ocurriendo en Siria va por un camino similar.

No sería mera conjetura sostener que, si las fuerzas imperialistas no han consumado su agresión directa contra Siria —y ojalá no lleguen a hacerlo—, será porque no han conseguido un aval similar al que tuvieron para agredir a Libia. Entonces la escasa visión o la debilidad de gobiernos como los de Rusia y China, de peso en el antidemocrático Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, les dejó abierto el camino para sus desmanes. Lo tramado ahora contra Siria es un capítulo más de los planes del gobierno estadounidense y sus aliados, que, entre otros ejemplos de su actitud, dan el de no utilizar su poderío para poner fin a la marginación y la masacre del pueblo palestino por parte del gobierno de Israel, a fin de cuentas una sucursal, enclavada en el Medio Oriente, del imperio genocida.

Cuando el diplomático ghanés Kofi Annan, formado en los Estados Unidos y exsecretario general de la ONU, viajó a Siria como enviado de esa organización —la cual se sabe para cuántas cosas ha servido bajo la coyunda yanqui— en busca presuntamente de una solución pacífica al conflicto, todo parecía cuestión de días. El gobierno sirio aceptó condiciones y plazos que a todas luces resultaban incumplibles, y que las fuerzas movilizadas desde el exterior no respetarían. Aquello hacía pensar en la crónica de una muerte anunciada.

La negativa rusa y china a secundar el proyecto imperialista contra Siria —ya no podían seguir ignorando el peligro que significaba para ellos mismos— debe tenerse en cuenta al analizar por qué, aunque aquellas condiciones y aquellos plazos no se cumplieron, la OTAN no ha intervenido todavía en Siria directa o visiblemente. En tales circunstancias, Annan, de conocida historia en esas lides diplomáticas, acabó renunciando a su misión siria (al menos en su parte pública).

¿Tomó Annan esa decisión porque vio dificultado el que pudo haber sido su papel de mamporrero de la OTAN? ¿Lo habrá hecho porque recordó el doloroso final de aquel inspector de la ONU que murió infartado a raíz de ver cómo se desconocía el dictamen, avalado por él, que desmentía la falsa acusación a Irak de tener armas de exterminio masivo? Concédase el beneficio de la duda a Annan, aunque ello suponga cometer ingenuidad, pues candoroso e inocente no se supone que él sea: era secretario general de la ONU cuando se fabricó aquel pretexto para justificar una nueva escalada en la agresión a Irak.

Si alguien cree de veras que la turbulencia en Siria contra el gobierno la mantiene un movimiento popular legítimo, pudiera ir a esa nación y jugarse allí la vida junto a quienes, a su juicio, reclaman mayor democracia y justicia social. Tal vez entonces tenga verdadero motivo para sentirse orgulloso de su idea y de su actitud, o, por el contrario, descubra que las posibles legítimas aspiraciones del pueblo sirio —que, como todos, merece justicia social y democracia— están siendo manipuladas por fuerzas ajenas a él, mercenarios incluidos. Nada que ver con un verdadero movimiento social.

No es el momento para que nadie, y menos aún quienes honradamente se consideren, o sean, de izquierda —concepto que las fuerzas dominantes en el mundo, ayudadas por la patética y vergonzosa izqmierda, y por las circunstancias imperantes, procuran oscurecer cada vez más—, se dejen arrastrar por argucias de estación alguna. Al imperio le viene muy bien crear confusiones y ganar la mente de personas que puedan ejercer influencia, en especial los llamados líderes de opinión.

En la actual encrucijada habrá quienes acometan, hasta con la mejor voluntad, la descalificación del gobierno sirio, y promuevan contra él críticas que probablemente en otro contexto darían lugar a meditación y discusiones más productivas. Pero tampoco faltarán, si no están ya en pleno apogeo, quienes de hecho secunden la convocatoria imperial o se desorienten ante ella por ingenuidad, o por vanidad y petulancia de supuestos gurúes filosóficos, por ceguera o intereses de quién sabe qué índole. Así —aunque no sea ese en todos los casos su propósito— podrán quizás cumplir, o ya cumplen, una función que los dejará mal parados ante la historia, sin capacidad para librarse de ser también ellos considerados mamporreros de la OTAN.

Tomado del blog del autor

11 de septiembre de 1973

Editorial de hoy del periódico El Siglo,  de Chile

A muchos les incomoda la sola mención de la fecha. Se ha intentado echar tierra a los hechos que la precedieron, en busca de un blanqueo de culpables y responsables en grados diversos, incluyendo el silencio cómplice. “La historia juzgará”, dicen otros, mientras disfrutan de los dividendos del golpe de estado, botín escandalosamente sustraído al pueblo de Chile.

Mediante el expediente hipócrita de las “responsabilidades compartidas”, se omiten datos tan innegables y contundentes como la traición de los altos mandos castrenses, la conspiración de las derechas política y económica y, sobre todo, el decisivo accionar del imperialismo, personificado en la siniestra pareja Nixon-Kissinger.

La honda fisura instalada en el subsuelo de la conciencia de millones de chilenas y chilenos, ha jugado un papel de difícil cuantificación, aunque innegable, en los acontecimientos que han tenido lugar en los últimos años de nuestra historia política y social.

Grandes masas sufrían los diarios embates de la dictadura, con un repertorio que incluía desde la violencia extrema –asesinatos, desaparecimientos, torturas, relegaciones y exilio- hasta las más o menos sutiles formas de penetración vía terror, introducción de la droga para favorecer su consumo masivo particularmente en los combativos sectores de las periferias urbanas, las presiones vía políticas laborales, etc., etc. Pero esas mismas masas eran las que, de mil formas, participaban en las movilizaciones, luchas, protestas y formas agudas de resistencia para oponerse al opresivo dominio ejercido con el apoyo terrorista del estado.

La transición pactada, cuya propiedad intelectual sería ridículo discutirle al Departamento de Estado norteamericano, inauguró un nuevo estilo de gobierno y de relación entre una dirigencia –concertacionista- auto erigida en una “clase política” que monopolizaba la expresión libre de la ciudadanía.

Fue necesario que las limitaciones de los sucesivos gobiernos de “la transición” quedaran al desnudo ante el país, para que los millones de personas que se habían embarcado en la embriaguez del consumo y abandonado en manos ajenas su presente y su futuro, se liberaran de los espejismos y asumieran una conducta como la que vemos hoy en las calles y plazas de todo Chile.

Es claro, también ocurrió la vuelta de la derecha al gobierno, luego de 20 años de haber sido desalojada junto con el dictador, y tras más de medio siglo sin haberlo conseguido por la vía democrática.

Lo sustantivo del momento actual es que los grandes anhelos -“utopías”, por qué no- que marcaron el Chile de las primeras décadas de la segunda mitad del siglo pasado, han vuelto a transitar de la mano, particularmente, de las nuevas promociones de estudiantes de todos los niveles de la educación: secundarios, universitarios, y con la participación a su lado y activamente del extenso contingente de profesores y el apoyo aplastante de la ciudadanía.

Las palabras que hace 38 años pronunciara Salvador Allende en medio del bombardeo a La Moneda, alcanzan plena vigencia: “volverán otros hombres a abrir las anchas alamedas por donde pase el hombre libre del mañana”.

No se trata de tender un puente que desde el hoy alcance a ese año 1973, como si nada hubiera pasado. No, porque lo ocurrido fue terrible en demasía y las lecciones extraídas de los largos años de dolor y de lucha no pueden de ninguna manera ni bajo pretexto alguno ser olvidadas u omitidas.

Pero salgan a ver a la gente por las calles, pongan atento oído: ya este Chile no es el mismo de ayer. En las manos y los cantos de miles y miles de chilenos, y en primer lugar de su juventud, está el porvenir. Gracias a ellos, a su conciencia y su capacidad de encender con su decisión las certezas y esperanzas de todo un país, Salvador Allende no habrá muerto en vano.

“Me quedó grabado el ruido de la gente saltando al vacío con desesperación”

Alberto Armendáriz, periodista del diario argentino La Nación que hallándose en Nueva York por otra contingencia terminó  cubriendo los hechos del 11 de septiembre de 2000, recuerda las sensaciones y vivencias que le provocó el ataque, a diez años de aquellos hechos. Me pareció interesante ofrecerles este trabajo por su carácter testimonial. Por supuesto, hay calificaciones y sentencias propias de una gran empresa mediática de derecha, que no comparto. Su valor esencial es testimonial, como les dije arriba, de modo que cada quien hace sus propias conclusiones luego de la lectura. En la medida en que pueda, en próximos días subiré otros textos de este corte al blog. Si tienen algún comentario o sugerencia al respecto, adelante, escriban pues…

Mauricio Giambartolomei

Los recuerdos permanecen intactos en la memoria. Pasaron casi diez años y el relato es tan preciso, tan detallado, que parece que el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York hubiera sido la semana pasada. Pero fue hace una década y el impacto emotivo todavía se percibe en las palabras de Alberto Armendáriz, el periodista de La Nación que fue testigo del atentado.

Desde Brasil, donde cubre la corresponsalía, la narración telefónica se llena de recuerdos y sensaciones. Un recorrido que sale de memoria, desde lo más profundo, que se vuelve visceral hasta llegar a la voz entrecortada por la emoción.

Para aquellos periodistas que aman la profesión, sentirse cerca de un hecho como el del 11 de septiembre de 2001 es un privilegio, por más trágico que resulte. Y Armendáriz estuvo a 20 metros de donde caían vidrios y escombros, sintió el calor de las dos moles de cemento y hierro incendiándose, vio personas lanzarse al vacío con desesperación.

Sin sentirse protagonista de la historia, relató con minuciosidad las vivencias del día en el que el mundo cambió para siempre. Las vivencias de la persona detrás del periodista.

Caos, adrenalina y terror

En 2001, Armendáriz se encontraba en Nueva York realizando una Maestría en Periodismo en la Universidad de Columbia y el día de los atentados recorría la ciudad con uno de los candidatos a la alcaldía. Al conocer la noticia, cambió los planes y corrió hacia el lugar del desastre. “Me encontré con un caos total, con la gente mirando hacia arriba sin poder creer lo que veía, entre ambulancias, bomberos y policías. Estaba a 20 metros de las Torres Gemelas y empecé a tomar conciencia de lo que pasaba”. Lo curioso, según recuerda, es que ninguna de las personas allí presentes imaginaba que podía ocurrir lo que pasó, aún viendo a los dos aviones incrustados en lo alto de las dos estructuras gigantes.

El fuerte olor a combustible incendiándose, vidrios cayendo, explosiones, un calor agobiante sobre la cabeza, el pánico y la sorpresa son las sensaciones que más perduran. “Lo más fuerte que recuerdo son unos golpes secos que escuchaba. Después me enteré que era el ruido de la gente que se estaba tirando. Me quedó muy grabado el ruido, se veían caer, saltando al vacío con desesperación.”, describe.

Cerca del alcalde

Mientras trataba de conseguir todos los testimonios posibles de la gente que salía de las torres, cuando todavía estaban en pie y en llamas, Armendáriz se protegía debajo de los toldos de los comercios cercanos. Hasta que un vidrio perforó uno de ellos y buscó refugio en la entrada de un edificio.

En esos largos minutos se cruzó con el entonces alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, y un grupo de asesores. La mayor preocupación era informarle a la gente, a través de los medios, que no se acerque a la zona del atentado.

“Mientras hablaba con Giuliani uno de los guardaespaldas gritó ‘¡ruuuuun!’. Sentí el piso temblar y cuando me di vuelta una de las torres, que estaba en llamas y envuelta en una nube negra, se deshacía delante nuestro”. Una ola de polvo envolvió a la gente y la sensación de adrenalina se tapó con un silencio abrumador. “No me acuerdo de las sirenas. Poco a poco se empezaron a sentir las toses, el aire estaba espeso”, comenta.

El rol de periodista

Armendáriz se siente un privilegiado por haber estado en el momento justo y en el lugar indicado, aunque aclara que trabajar en esas condiciones fue muy duro emocionalmente porque sentía “la necesidad de contar las tragedias de la gente que sufrió de verdad”.

“Uno de las cosas más duras era ir al lugar donde se recolectaba los datos genéticos”, explica. Luego del atentado, durante varios días, había largas filas de personas que repartían fotocopias de fotos de sus familiares desparecidos a los médicos y periodistas que transitaban por el lugar. “También llevaban prendas íntimas o cepillos de dientes de los desaparecidos para dejar las muestras de ADN”, rememora.

Allí tomó contacto con los familiares de los cuatro argentinos fallecidos en el atentado: Gabriela Waisman, Pedro Grehan, Mario Santoro y Sergio Villanueva. Pasó varias horas cerca de Alberto y María Rosa, los padres de Mario, y también con Delia, la madre de Sergio. “Lo más duro era que no tenían una respuesta, si estaban vivos o muertos, si estaba inconcientes o perdidos”.

El periodista recuerda que la primera semana de trabajo fue muy intensa. Lo más “engorroso y estresante” era chequear todos los días la cantidad de muertos y desaparecidos. “En mi primer día de descanso agarré la ropa que tenía puesta el 11 de septiembre. Tenía impregnado el olor a polvillo, a calle, a combustible, y me largué a llorar por primera vez. No me había permitido sentirlo, sino a través de las personas que lo sufrieron”, confiesa.

Desde Río de Janeiro, Armendáriz describe también los días posteriores. Cuenta que el 11 de septiembre todo fue sorpresa, pánico y adrenalina. En cambio, el 12 fue más tranquilo, pero muy triste. “La ciudad se dio cuenta del vacío que le había quedado, se tomó conciencia de la cantidad de muertos. Nueva York se había apagado”, explica. El tercer día fue un momento clave, que marcó la recuperación, surgió una idea de resistencia cuando la gente se unió al esfuerzo de los rescatistas y la remoción de los escombros.

A partir del impacto de los aviones contra las dos moles, la vida del periodista cambió, como la de todos los estadounidenses que por primera vez se sintieron vulnerables. Tenía pensado quedarse un año en Nueva York y terminaron siendo diez. “Se volvió parte de mi historia, de mi hogar”.

Tomado de La Nación, de Argentina

La CIA sí sabía del ataque a las Torres Gemelas

A casi 10 años de los ataques a las Torres Gemelas nuevas pruebas revelan que autoridades dentro del gobierno de Estados Unidos encubrieron lo sucedido el 11 de Septiembre de 2001

En explosivas declaraciones, Richard Clarke, ex asesor de la Casa Blanca en materia de terrorismo, revela que la CIA sabía perfectamente de las actividades de los dos terroristas que realizaron los ataques del 11 de septiembre, quienes ingresaron a Estados Unidos casi dos años antes del atentado.

A casi 10 años del ataques de las Torres Gemelas nuevas pruebas revelan que autoridades dentro del gobierno de Estados Unidos encubrieron lo sucedido el 11 de Septiembre de 2001.

Una de las personas que mayor información tiene al respecto es Richard Clarke, miembro del Consejo Nacional de Seguridad, ex zar contra el terrorismo y asesor del presidente en esa materia. Clarke sirvió bajo los gobiernos de Reagan, George H. W. Bush Sr., Clinton y Bush Jr y dejó la administración de este último en 2003.

En un documental que será estrenado el 11 de septiembre, al cual ha tenido acceso The Daily Beast-Newsweek, Clarke acusa a la CIA y a su entonces director y amigo, George Tenet, de encubrir a los terroristas que secuestraron los aviones con los que se perpetró el atentado.

Anteriormente ya se había dado a conocer por parte de Newsweek, citando fuentes al interior de las agencias de inteligencia, que la CIA sabía que dos terroristas de Al-Qaeda, Nawaf al-Hazmi y Khalid al-Mihdhar, habían entrado a Estados Unidos días después de asistir a una cumbre de Al-Qaeda en Malasia.

La CIA negligentemente no comunicó esta información al FBI ni otras dependencias del gobierno de Estados Unidos. Clarke señala que esto sucedió debido a que la CIA había estado intentando reclutar a estos terroristas que vivían en California usando sus propios nombres.

“He pensado mucho sobre esto y creo que fue una decisión de alto nivel dentro de la CIA, ordenando que no se compartiera esa información. Creo que tuvo que haberse hecho por el director”, dice Clarke en el documental y agrega que Tenet no lo admitiría “aunque se le torturara”.

Tomado de Cubadebate, con información de The Daily Beast

pOR OTRA PARTE, VEA LO SIGUIENBTE:

Clarke explicó, en el programa de televisión 60 minutes, que el 12 de septiembre de 2001:

El presidente me llevó a toda prisa a un cuarto con un par de personas más, cerró la puerta y me dijo: ‘Quiero que descubra si Irak ha hecho esto’ […] Yo le dije: ‘Señor presidente, eso ya los hemos hecho. Hemos estado trabajando en este asunto. Lo hemos observado con una mente abierta. Señor presidente, no hay relación alguna’. Él se volvió hacia mi y me dijo: ‘Irak. Sadam. Descubra si existe un vínculo’ […]. Nos reunimos todos los expertos del FBI y de la CIA. Todos estuvieron de acuerdo con nuestro informe, y se lo enviamos al presidente; pero el asesor o subdirector de seguridad nacional lo rechazó: ‘Respuesta equivocada. Pruebe de nuevo.’[…]. Y no creo que él, el presidente, lea informes cuya respuesta no le guste.” [29]

siga este enlace para ver a Richard Clarke on 60 minutes

(26:34 min – inglés)

http://gondor7.wordpress.com/2009/01/13/el-11-s-y-la-funesta-mania-de-pensar-ii/