SECUESTRADO POR EL IS (I)

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En las fotos, Javier Espinoza y Ricardo García se reencuentran con sus familias,  a su regreso a España

 

194 días de secuestro en manos del Estado Islámico

 Javier Espinosa, #prisionero43

23 europeos, estadounidenses y una latinoamericana soportaron indescriptibles humillaciones y privaciones durante los meses que permenecieron retenidos por el Estado Islámico. 

Este secuestro masivo concluyó con la ejecución de seis de los cautivos, la muerte en un bombardeo de otra rehén y la liberación de otros 15. Sigue retenido John Cantlie.

Tres españoles – Marginedas, García Vilanova y el autor de este relato- fueron los primeros en abandonar las prisiones del grupo radical hace ahora un año.

Nuestro intérprete nos había advertido al comenzar el recorrido que los radicales ofrecían “100.000 dólares por periodista extranjero”

Abu Dhar fue honesto. -Os odio -afirmó nada más conocernos-

Dormías en el suelo, sobre mantas. El hambre se convirtió en una sensación recurrente

 

El reportero de El Mundo, narra la tortura física y psicológica que sufrió durante meses junto a otros occidentales durante su cautiverio bajo el yugo del Estado Islámico en Siria

JAVIER ESPINOSA

El filo del sable me rozaba la yugular. A Los Beatles -ese era el apodo con el que nos referíamos a los tres milicianos- siempre les gustó la puesta en escena. Me habían sentado en el suelo. Descalzo. Con la cabeza rapada. Una profusa barba y vestido sólo con el uniforme naranja que hizo tristemente célebre a la cárcel estadounidense de Guantánamo. John intentó acentuar el dramatismo. Me acariciaba el cuello con el acero sin dejar de hablar.

-¿Lo notas? Está frío, ¿verdad? ¿Imaginas el dolor que te produciría si te lo clavara? Un dolor inimaginable. Con el primer golpe te cortaría las venas. La sangre se mezclaría con la saliva.

El radical había hecho traer el espadón ex profeso. Un arma de época. De esas espadas que usaban los ejércitos musulmanes en el Medievo. Una hoja de casi un metro. Con la empuñadura plateada.

-La segunda acometida te abriría el cuello. Ya no estarías respirando por la nariz sino directamente por el esófago. Hacéis unos divertidos gritos guturales. Lo he visto antes. Os retorcéis como animales, como cerdos. El tercer golpe te arrancaría la cabeza. Te la colocaría sobre la espalda.

Estaba empeñado en que el rehén entendiera el estremecedor mensaje. Se trataba de que apareciera aterrado en el vídeo. Tras concluir con la cimitarra decidió recurrir a su pistola. Desenfundó la Glock y la cargó. Me la colocó en la cabeza y apretó tres veces el gatillo. Clic. Clic. Clic.

Se llama falsa ejecución. Disparas con el arma bloqueada por el seguro. Aunque eso no lo sabe la víctima. Sólo lo descubre cuando no escucha la detonación y comprende que sigue vivo.

Ni siquiera esa intimidación les pareció suficiente. La pareja de paramilitares embozados decidió trasladar la presión hacia el fotógrafo Ricardo García Vilanova, mi compañero de viaje. Permanecía arrodillado y con los ojos vendados en otra esquina de la estancia. John ordenó a su compañero que le apuntara en la cabeza con el Kalashnikov.

-¿Prefieres que le dispare a tu amigo? ¿Quieres ser el responsable de su muerte? -gritó.

Si alguna vez tuve dudas, aquel encuentro me confirmó el carácter psicopático de nuestros interlocutores.

  Una vida bajo tortura

Era una retahíla de amenazas que añadir a la larga serie de exacciones psicológicas y físicas, de privaciones y humillaciones, que se convirtieron en la realidad cotidiana de los 23 europeos, estadounidenses y una latinoamericana que permanecieron retenidos durante meses por el Estado Islámico de Irak y Levante -más tarde pasó a llamarse Estado Islámico a secas.

Un secuestro masivo que concluyó con la ejecución de seis de los cautivos a manos de los radicales y la muerte en un bombardeo de otra rehén, la estadounidense Kayla Mueller, según anunció el propio IS.

Otros 15 presos fueron liberados. Los tres cautivos españoles -Marc Marginedas, de El Periódico de Cataluña, el fotógrafo Ricardo García Vilanova y el autor de este relato- fueron los primeros en abandonar las prisiones del grupo radical, hace ahora un año.

Los fundamentalistas mantienen retenido a un último integrante de este grupo, el inglés John Cantlie, cuyo destino sigue sumido en la incertidumbre.

El Estado Islámico llegó a reunir a periodistas y miembros de organizaciones humanitarias de 11 nacionalidades diferentes -desde EEUU a Rusia, Francia, Inglaterra o España- en un esfuerzo sistemático que les llevó a raptarlos en provincias como Alepo, Latakia, Hama y Raqqa, para concentrarlos en una prisión que pretendían que fuera un remedo del polémico penal estadounidense de Guantánamo.

“Tenían diseñado el proyecto desde hace mucho tiempo. El propio jeque iraquí nos explicó desde el primer instante que pensaban secuestrar a occidentales para recluirlos en una prisión de alta seguridad, con cámaras, numerosos guardianes… Nos dijo que nosotros dos íbamos a pasar mucho tiempo porque éramos los primeros prisioneros que capturaban”, declaró James Foley, el reportero estadounidense que fue raptado en noviembre de 2012 junto al británico John Cantlie y que sería asesinado el pasado mes de agosto.

El presente relato no se ha podido hacer público hasta ahora porque la tripleta a cargo de los presos extranjeros nos amenazó expresamente con ejecutar a uno de ellos si al recobrar la libertad hablábamos sobre este suceso en los medios de comunicación “antes de que todo haya acabado”, según sus propias palabras.

-Cuando todo se sepa podéis insultarnos si queréis, no nos importa -precisó uno de los embozados.

-Tenemos ya el nombre del próximo que será ejecutado. Nuestro amigo Gadget. Si queréis que Gadget siga vivo no habléis con la prensa -explicó otro de ellos a voz en grito.

Gadget era el apodo con el que se referían a Alan Henning, el taxista británico al que encerraron en diciembre de 2013.

Los Beatles disfrutaban amedrentando a sus cautivos. No eran palabras huecas. Un día antes de esa amenaza nos habían obligado a ver la foto de Sergei Nicolaevich Gorbunov. El ingeniero ruso fue raptado en octubre de 2013. Compartimos con él varias semanas. Hasta que le asesinaron en marzo de 2014. Fue el primero de una larga serie.

-¿Qué ves en la foto? ¡Cuéntaselo a los demás! -clamó George. Pretendía que describiera la instantánea que le habían sacado a Sergei tras ejecutarle. “El jeque le disparó con una bala explosiva”, indicó el desquiciado personaje sin ocultar su satisfacción.

-¿Dime, qué ves? -volvió a bramar mientras me forzaba a mirar la pantalla del ordenador.

-Veo a Sergei, está muerto, tiene sangre, restos de su cerebro en la barba -repliqué.

-Sí, y eso que no ves el enorme agujero que le hizo la bala en la nuca -añadió el miliciano en el mismo tono exaltado.

-¡A lo mejor termináis con él! ¡Os obligaremos a desenterrarle, a cavar otra tumba y os meteremos a dormir con él!

Henning fue finalmente asesinado en octubre. Su triste suerte -como la del resto de las víctimas- no tuvo nada que ver con la difusión o no de los detalles del secuestro sino con la demencia asesina de sus secuestradores. John -el mismo que había grabado nuestro vídeo- fue el encargado de vincular todos esos crímenes a la participación de EEUU e Inglaterra en la alianza internacional para combatir al IS en Siria e Irak.

  Prisioneros en el norte de Alepo

En realidad, el diálogo con Los Beatles siempre fue una conversación disparatada. Dominada por sus desvaríos y el odio enfermizo que atesoraban contra Occidente, el mismo lugar donde se habían criado. James Foley y John Cantlie siempre dijeron que eran de origen paquistaní, pero de nacionalidad británica.

El fotógrafo español Ricardo García Vilanova, el activista humanitario estadounidense Peter Kassig y el autor de este artículo sólo se incorporaron a su perturbador proyecto en diciembre de 2013, cuando fueron trasladados desde Raqqa hasta una vivienda del norte de Alepo reconvertida en prisión y que pretendían que fuera su particular Guantánamo.

Era una elegante mansión con habitaciones subterráneas que usaban como calabozos. Una de las contadas residencias en esa región con inodoros de estilo europeo y focos de luz halógena empotrados en el techo.

Nada más llegar me obligaron a desnudarme. Me preguntaron por el origen de la cicatriz que tengo en la pierna derecha, fruto de una vieja fractura. También querían saber el significado del tatuaje de mi hombro. A Federico Motka, un italiano de la ONG Acted que fue secuestrado en Idlib en marzo de 2013, le golpearon por haberse tatuado un símbolo budista.

-¿Por qué ha venido usted a Siria?

Quien se expresaba era claramente el líder de los paramilitares. Me observaba con desconfianza y desdén. Ni siquiera se cubría, al contrario del resto de los milicianos que me rodeaban. Todos ocultos tras pasamontañas.

Cuando le expliqué que era periodista y que llevaba cubriendo el conflicto sirio desde 2011, replicó con desprecio: “¿Tres años en Siria? Pues póngase este uniforme, que es el que tienen que utilizar los periodistas que vienen a Siria. No os queremos aquí”.

La visión del atuendo naranja me hizo regresar a los lúgubres días de Irak, cuando los rehenes de Al Qaeda eran exhibidos en grabaciones de vídeo vestidos de la misma guisa antes de ser decapitados. La camisola anaranjada portaba un número a la espalda escrito en árabe. Yo era el reo número 43.

El calendario debía marcar algún día de mediados de diciembre de 2013. Hacía semanas que había perdido el sentido del tiempo. Sin embargo, nuestra tétrica odisea había comenzado casi tres meses antes.

  EL SECUESTRO

Deir Ezzor. 16 de septiembre. Seis de la mañana. Tras dos semanas de estancia en la atribulada ciudad del este de Siria me disponía a retornar a Turquía junto a Ricardo. El trayecto nos obligaba a atravesar la vecina provincia de Raqqa, el principal bastión del IS. El mismo camino que habíamos hecho para entrar. Un recorrido que hicimos ocultos bajo el anonimato y la protección de un nutrido grupo de miembros del Ejército Libre de Siria (ELS) que nos acompañaban en dos vehículos.

A diferencia de Irak, donde la repercusión mediática que acompañaba a esos episodios nos hizo comprender de inmediato el ingente riesgo que existía de ser raptado, en Siria esta opción se antojaba todavía como algo difuso en el verano de 2013. No parecía ser el peligro real que constituía.

El periplo de entrada estuvo salpicado de signos que delataban la amenaza que se cernía sobre cualquier viajero que circulara por esos parajes desérticos. El jeep que nos transportaba tuvo que superar más de media docena de controles establecidos por los encapuchados del ISIS. La bandera negra con el sello blanco del Profeta que les identifica ondeaba en aldeas, factorías, gasolineras… Nuestro intérprete nos había advertido al comenzar el recorrido que los radicales ofrecían “100.000 dólares por periodista extranjero”.

Poco después, al cabo de casi una hora de viaje, nos topamos con una escena que reflejaba el caos en el que se ha sumido Siria: un grupo de encapuchados asaltaba a punta de metralleta un autobús sin preocuparse por nuestra presencia.

Nada más superar aquel incidente, otro conductor desconocido nos obligó a parar requiriendo ayuda.

-La gente de Daula (así se refieren al IS en Siria) acaba de secuestrar a mi hermano -le dijo al comandante de los militantes del ELS con los que viajábamos.

La sucesión de altercados no consiguió disipar la falsa sensación de seguridad, producto de múltiples desplazamientos al país y de la superioridad militar que todavía mantenía en aquellas fechas el ELS sobre Daula en la ciudad de Deir Ezzor.

Pero habíamos agotado nuestra suerte en el camino de ida. El regreso a Turquía quedó interrumpido de forma abrupta en el primer punto de vigilancia instalado por el IS en los accesos a la provincia de Raqqa. Justo en la aldea de Karama.

Los milicianos habían colocado una ametralladora pesada sobre el tejado de una vivienda cercana. La carretera estaba acotada con montículos de arena. -Quedaos en el coche sin hablar.

La cara de nuestro intérprete dejaba claro que aquello se trataba de algo más que un simple contratiempo pasajero. De nada sirvieron esta vez los escoltas armados que iban en el automóvil.

-¿Sois árabes? -Fue la primera vez que nos encontramos con Abu Dhar, el radical saudí que nos secuestró. Era el jefe de ese control. Ni el capuchón con el que se cubría pudo ocultar su sorpresa cuando le dijimos cuál era nuestra profesión-. ¿Periodistas? -exclamó-. Tenéis que venir con nosotros.

Allí mismo exigió al cuarteto del ELS que entregara sus armas bajo el supuesto de que se trataba de una inspección rutinaria. La primera mentira de un repertorio interminable. Aquella era la jornada inicial de las 194 que permaneceríamos en cautiverio.

Abu Dhar fue honesto. -Os odio -afirmó nada más conocernos-. Odio a los cristianos -especificó.

Fue él mismo quien nos hizo entregar nuestros teléfonos y equipajes. Quien dio orden de que se nos registrara de forma exhaustiva y el que nos vendó los ojos cuando nos introdujo en la que sería nuestra primera cárcel, una antigua dependencia del régimen ubicada a pocos kilómetros del puesto de vigilancia.

  Horas interminables

Pese al rapto, los extremistas mantenían una singular actitud hacia sus rehenes. Éramos prisioneros pero nos trataban con cierta deferencia. A Ricardo y a mí nos recluyeron en una habitación aislada, sin mezclarnos con el resto de los cautivos que se hacinaban en el pequeño penal.

A nuestros compañeros los colocaron en otra dependencia. No los volveríamos a ver. Después sabríamos que recuperaron la libertad tras varias semanas de cárcel.

Fueron días que nos hicieron descubrir las precarias condiciones de vida que regirían nuestra existencia durante los siguientes seis meses. Dormías en el suelo, sobre mantas. El hambre se convirtió en una sensación recurrente. Desayunábamos pan duro y agua. A veces Abu Bara tan sólo nos traía un pepino para comer, un par de trozos de queso o un poco de aceite.

Las horas, interminables, sólo podían ocuparse caminando de lado a lado en una celda de poco más de ocho metros cuadrados o jugando al tres en raya con las fichas que confeccionamos con los envoltorios de los quesitos.

En los dominios de Daula, las jornadas se organizan siempre en torno a su fervor religioso. Las visitas al lavabo -un hábito banal que repentinamente se convirtió en un lujo a veces inalcanzable- suelen coincidir con los horarios de las cinco plegarias que deben realizar los musulmanes. Quizás por eso, al segundo día de cautiverio, decidí pedirle a Abu Bara que me enseñara a rezar. Una decisión inspirada en el mero instinto de supervivencia pero que a la larga sería una de las escasas aportaciones positivas de todo el secuestro. Con el tiempo, orar fue uno de los únicos instantes de relajación de los que disfrutaría.

Con la noche llegaban las torturas. Desde nuestro pequeño habitáculo podíamos escuchar las terribles golpizas que sufrían los otros reos. Gritos desgarrados acompañados del ruido que hacían las porras y cables de plástico que usaban para lacerar a sus víctimas. Sin embargo, durante los tres primeros meses nosotros nunca tuvimos que padecer exacciones físicas.

El comportamiento de los secuestradores seguía rayando el surrealismo. El propio Abu Dhar entró un día en nuestra celda empuñando una tranca y se excusó por “los sonidos” que tendríamos que oír en las próximas horas. “No os preocupéis si escucháis gritos. Hemos capturado a varios soldados del régimen. Les vamos a golpear antes de ejecutarlos”, apuntó.

Como su jefe, un emir al que nunca pudimos ver el rostro, Abu Dhar se expresaba en un inglés más que aceptable. Su posible origen saudí quedó de manifiesto ante sus continuas alusiones a ese país. La primera cuestión que me preguntaron al interrogarme era si había visitado esa nación árabe.

Me habían sentado con los ojos tapados frente a un grupo de milicianos. Intuía su presencia por la profusión de comentarios. Tampoco fue aquella una indagatoria al uso. Nunca se me acusó de ser un espía, algo que sí harían meses después. No sabían dónde encasillarme. No semejaba ser un “enemigo” sin ser ni mucho menos objeto de su devoción.

“No os preocupéis si escucháis gritos. Hemos capturado a varios soldados del régimen. Les vamos a golpear antes de ejecutarlos”

Estaban interesados en saber mi opinión sobre la resistencia pacífica que habían mantenido los sirios durante los primeros meses de la revuelta -me quedó claro que despreciaban esa actitud-; conocer la ideología de Ahrar al Sham, otro movimiento islámico sobre el que habían realizado un extenso reportaje hacía meses o en que países árabes había trabajado.

Las preguntas sobre Ahrar al Sham eran un indicio del profundo recelo que tenían ya entonces hacia la significada facción islamista opositora, que en septiembre de 2013 era un aliado de facto y ahora es uno de sus principales rivales armados en la guerra civil siria.

-No nos gustan los periodistas. Siempre mienten. Usted ¿qué clase de periodista es?, ¿un corresponsal de guerra? -preguntó un joven en un perfecto inglés.

-El problema es que nunca podemos hablar con ustedes. Nunca nos dais la oportunidad de entrevistaros -le repliqué.

No podía refrenar mi instinto. Era la primera ocasión en la que tenía la oportunidad de dialogar con militantes de una agrupación tan fundamentalista como el IS.

-Tenemos que tener mucho cuidado porque estamos rodeados de enemigos. No sólo nos combaten los gobiernos occidentales. También nos atacan los gobiernos árabes y hasta muchos musulmanes.

El chaval abandonó por unos instantes el interrogatorio para aleccionar al reportero sobre Daula.

-No somos como Hamas, que espera el permiso de Occidente para declarar su estado. ¿Qué necesitas para proclamar un estado? Territorio y el apoyo del pueblo. Eso ya lo tenemos y por eso hemos proclamado el Estado Islámico en Irak y Levante. Es un estado débil, lo reconozco, pero se irá afianzando con el tiempo, -observó.

-¿Tenéis hospitales o escuelas? Porque un estado también tiene que ofrecer sanidad y educación a sus ciudadanos -aduje.

-Sí, vamos a comenzar a abrir escuelas muy pronto -respondió mi interlocutor.

La investigación no resolvió nuestro caso. La estadía en Karama concluyó con un nuevo embuste. Bucra Turquía (Mañana a Turquía), aseguró Abu Bara dándonos a entender que al día siguiente seríamos liberados. Los carceleros repetirían la falsa promesa cada vez que intentaban tranquilizar a sus rehenes. Bucra Turquía llegaría a ser casi un motivo de chanza para los cautivos, imbuidos de un extraño sentido del humor negro.

Antes de marcharnos el mismo Abu Bara nos hizo comprobar que no faltaba nada en nuestro equipaje. Era cierto. El dinero que portaba -casi 5.000 dólares-, el ordenador, los teléfonos, las cámaras de Ricardo… Todo seguía intacto.

Otro espejismo. Al cabo de tres meses los diferentes grupos del IS que nos retuvieron nos habían robado hasta los calzoncillos.

  TRES PRESOS EN TRES METROS

Por supuesto, Turquía nunca fue nuestro destino. Sin saber qué hacer con nosotros, la facción dirigida por los saudíes nos envió a Raqqa, la capital del Estado Islámico que pretenden recrear. Allí nos recluyeron en la antigua sede del gobierno provincial de esa ciudad. Una auténtica ironía. En abril de 2013 había estado en ese mismo edificio intentando entrevistar a los combatientes de Jabhat al Nusra (JN), la franquicia siria de Al Qaeda.

Entonces me recibieron con el respeto propio de la región y un café. Todavía se podían leer en los muros del edificio las pintadas alusivas a sus antiguos moradores. Muchos de ellos simplemente habían cambiado de equipo. Fueron Nusra y ahora eran Daula.

¡Esto no es el trato que deberían recibir los seres humanos! ¡No somos animales!

La cordialidad había desaparecido.”Esto no es un hotel, esto es una cárcel”, nos espetó muy pronto uno de los carceleros.

No sólo era una prisión. Aquel lugar reunía ya los estereotipos que han popularizado los filmes norteamericanos que aluden al islamismo extremista.

El lugar -un extenso garaje subterráneo- estaba gestionado por militantes embozados y plagado de celdas. La nuestra no llegaba a superar los tres metros cuadrados. Un sombrío zulo que compartíamos tres personas: los dos reporteros españoles y Abu Omar Al Afgani, un miembro de Daula.

Una estancia tan diminuta que nos costaba encontrar espacio paradormir acostados sobre el suelo.

-¡Esto no es el trato que deberían recibir los seres humanos! ¡No somos animales! -se quejaba Abu Omar.

Estaba muy equivocado. A eso nos habían reducido. A ser simples animales. Nos sacaban de la jaula para ir al baño dos o tres veces al día y nos servían la comida en una escudilla que hacían entrar en la celda empujándola por el suelo con el pie. Un día nos dieron arroz. Encima habían dejado los huesos roídos del pollo que se debió comer algún carcelero. “Como si fuéramos sus perros”, apuntó Ricardo.

Los antiguos inquilinos habían marcado con rayas sobre los muros los días que permanecieron recluidos. Yo comencé a imitarles. Grabé con una moneda el nombre de las tres personas que nunca quería olvidar: Mónica, Nur y Yeray. Cualquier atisbo de normalidad, de los comportamientos que rigen la vida cotidiana, había desaparecido.Éramos reos de la intolerancia más enajenada pero mi esposa y mis hijos tenían que ser el referente que me permitiría resistir.

Abu Omar era un personaje curioso. Lo habían encerrado por dar una paliza a un dirigente de su agrupación que se negó a detenerse en el control donde estaba destinado. Decía que había luchado en Afganistán junto a Al Qaeda y de ahí su apodo -Al Afgani-.

Pero su lealtad hacia Daula parecía resquebrajarse. No entendía como él -“¡un guerrillero islámico!”, repetía- podía estar en la cárcel de su propia organización. Después sabríamos que no era un caso aislado. El Frankenstein islamista había comenzado a devorar a sus propios acólitos.

En ocasiones despotricaba abiertamente sobre la organización. “Todos los emires de Daula tienen un gran coche, se han apropiado de una casa enorme y están repletos de dinero. Tienen millones de dólares apilados en habitaciones. Yo las he visto. Los billetes llegan hasta el techo”, aseguraba.

Otras veces dejaba aflorar un carácter bestial. Se regocijaba con los presos a los que oíamos torturar.

  Reos de todas las edades, sexos y filiaciones políticas

-¡Dale, dale! -vociferaba con una enorme sonrisa.

En aquellas fechas de octubre de 2013, la prisión estaba repleta. El movimiento extremista intentaba afianzar su poder en Raqqa y no cesaba de detener a decenas y decenas de miembros del ELS.

La alianza tácita entre nacionalistas y fundamentalistas contra el régimen de Bashar Assad estaba a punto de derivar en una feroz batalla.

Nos encontramos allí con una madre encerrada junto a su hija. La niña no debía de tener ni siquiera dos años. A veces el carcelero la dejaba salir a corretear por el pasillo.

Las sesiones de torturas nocturnas resultaban interminables. Los chillidos no se extinguían durante horas. Lo mismo que el estremecedor sonido de la pistola eléctrica que utilizaban para martirizar a sus víctimas. El tormento es una práctica diaria en los dominios del IS. Abu Omar nos traducía lo que ocurría al otro lado de la puerta. “Estos son del régimen, les han dicho que los van a matar en una hora”, indicaba. “A este otro le van a dar 100 latigazos”, añadía.

Había reos de todas las edades. De todas las filiaciones políticas. De todos los sexos. Las mujeres y los niños tampoco podían eludir la furia demencial de Daula. Un día pudimos escuchar cómo torturaban con descargas eléctricas a un chiquillo al que le recriminaban que fumara. El menor no cesaba de llorar. Entremezclaba las lágrimas con los lamentos.

-¿No sabes que es haram? (pecado) -le abroncaban.

Recordé que en Irak, azuzados por su insania, llegaron a cercenar los dedos de los fumadores. En otra ocasión nos encontramos allí con una madre encerrada junto a su hija. La niña no debía de tener ni siquiera dos años. Tan sólo pronunciaba monosílabos.

A veces el carcelero la dejaba salir a corretear por el pasillo. La podíamos ver a través del resquicio de la puerta. Una figura diminuta paseando de la mano del corpulento militante encapuchado al que llamaba ammo -tío, en árabe-. Una imagen devastadora. Los disparos aislados eran una constante. Un solo tiro de pistola. Nunca pudimos confirmar de qué se trataba pero Ricardo estaba convencido de que eran ejecuciones.

Ni la misma guerra se había olvidado de nosotros. Un día el edificio se estremeció. A primera hora de la mañana. Había sido alcanzado por un obús o un misil. La onda expansiva llegó a mover incluso el sólido portón de metal de nuestra mazmorra.

Raqqa seguía siendo el objetivo de los aviones del régimen y de los morteros del último cuartel que controlaban todavía en las inmediaciones de la ciudad, la Base de la División 17. La misma que cayó en manos de la milicia radical en julio de 2014.

Durante 48 horas consecutivas, en torno al mediodía, pudimos escuchar claramente el sobrevuelo de una aeronave y la subsiguiente deflagración. Abu Omar nos había contado que sólo días antes, el 29 de septiembre -cuando nosotros estábamos recluidos en Karama-, un avión había destruido un colegio de la villa matando al menos a 13 chavales.

  ¡No me dejes aquí! ¡No quiero morir!

La estadía en la sede del gobernador duró 22 días. Concluyó de improviso cuando un carcelero nos anunció que nos iban a trasladar a una prisión “mucho mejor que ésta, con mejor comida”. Cualquier progreso respecto a las condiciones de aquel agujero ya nos parecía aceptable.

Nos acababan de sacar de la celda para el traslado y nos habían vendado los ojos. Nos sentaron en el pasillo junto a otros muchos reos.

-Are you Javier Espinosa? (¿Eres Javier Espinosa?).

Mi interlocutor se expresaba en un inglés perfecto con un evidente acento americano. Abu Omar nos había dicho días antes que había escuchado hablar a un “periodista” paquistaní supuestamente de Al Jazeera, pero nunca mencionó a ningún norteamericano.

-¡No me dejes aquí! ¡No quiero morir! La voz del cautivo sonaba desesperada. Tanto que solicitaba ayuda a un rehén tan inerme como él.

Era Peter Kassig, el fundador de la ONG Sera, una organización humanitaria encargada de suministrar asistencia médica a varias ciudades sirias, incluida Deir Ezzor.

El destino tiene a veces guiños incomprensibles. Le habían atrapado en Karama. En el mismo puesto de control donde nos secuestraron a nosotros. Le encerraron en la misma celda. Lo supo al ver escrito en la pared mi nombre y el de mi familia.

Peter nunca se benefició del trato ambivalente que nos otorgaron los islamistas en aquel recinto.

Su relato estaba plagado de recuerdos pavorosos.

-Cuando se enteraron de que era norteamericano y que había sido soldado en Irak se volvieron como locos. Me colgaron del techo y empezaron a golpearme. Me llevaron al balcón y me dejaron colgando en el vacío, asido de un pie. Pensaba que me iban a ejecutar allí mismo -refirió cuando llegamos a nuestro nuevo destino- Me dijeron que quieren que Siria se convierta en el lugar más terrorífico del planeta. Dicen que ahora sólo ocupa el lugar número tres, después de Afganistán y Mali. En eso no se equivocaron. Ya han conseguido su objetivo.

De Raqqa nos enviaron a una vivienda aislada sita en las inmediaciones de Tabka, al oeste de la capital provincial. No lejos del aeropuerto militar que hay en dicha zona. Lo supimos porque esa base militar también estaba en manos del régimen de Bashar Assad -cayó en agosto de 2014- y en ocasiones bombardeaban los alrededores.

Abu Omar nos había hablado con resquemor de Mansura, el nombre de aquella cárcel. Para él estaba asociado a largas estadías. Pronunciaba esa palabra y decía “un gran problema, un gran problema”.

  EN EL HILTON DEL IS

-Asalam Mualekum!

Fui el primero en entrar en lo que sería nuestro domicilio durante casi dos meses. Abu Ahmed se encontraba sentado sobre su colchón leyendo el Corán. Le saludé con la fórmula ritual que se usa entre los musulmanes. Él me respondió de la misma manera.

-Mualemuk Asalam al Barakatu.

La nueva celda era una habitación amplia. El suelo estaba cubierto por una alfombra y disponíamos de un ventilador empotrado en el muro. Me apercibí de la presencia de cajas con humus -puré de garbanzos- y mortadela en un lateral.

Nada más llegar los celadores nos trajeron más alimentos: huevos duros, tomates y pan. Por primera vez en más de un mes nos sirvieron un té. Esta vez, sin que ello supusiera un cambio definitivo de actitud, el carcelero no nos había engañado. En comparación con el hoyo del que procedíamos aquello parecía una prisión VIP. Fue por ello que pasamos a llamarle el Hilton del IS, en alusión al hotel de cinco estrellas del mismo nombre.

El alivio inicial se disipó en cuestión de segundos. Nunca pensé que nuestro secuestro se iba a solventar con premura. La conversación inicial con Abu Ahmed me confirmó mis temores.

-Yo llevo aquí cinco meses -dijo. Al escuchar aquello, Ricardo se mesó los cabellos. Me acordé de Abu Omar: “¿Mansura? ¡Gran problema! ¡Gran problema!”. Abu Ahmed intentó atenuar nuestra preocupación. “Otros han estado sólo 15 días, les han interrogado y se han marchado”, puntualizó. No sería nuestro caso.

La casa-prisión estaba regentada por un contingente de vigilantes magrebíes. Había tunecinos, marroquíes, argelinos… Eso nos permitiría comunicarnos con ellos en francés. El mismo jefe acudió a darnos la bienvenida. Era un militante menudo. Embozado en su máscara negra y vestido con un chaleco donde portaba granadas de mano y un radiotransmisor. Su comportamiento era desconcertante. Nos saludaban como si fuéramos invitados y no rehenes. “¡Hola, chicos! ¿Qué tal estáis?”, preguntó en tono jovial. “Bueno, pues secuestrados, no te jode”, comenté con Ricardo en voz baja.

Abu Ahmed era toda una alegoría del giro crucial que se estaba registrando en la insurrección siria. Una transformación tan significativa como ignorada por los medios de comunicación. Azuzada por la brutal represión del régimen, la revolución contra Assad había sido subvertida por una guerra civil basada en un ideario religioso cada vez más extremo. Las ansias de democracia y libertad eran ya historia. Había llegado la hora de la yihad (guerra santa). Del odio sectario. De la venganza.

Él tampoco fue nunca una adalid del sistema democrático. Decía haber sido uno de los primeros oponentes que se lanzó a las calles de Tal Abyad, su ciudad natal. “Cuando comenzaron a dispararnos, comprendimos que por la vía pacífica no haríamos nada. A la siguiente ocasión les respondimos a tiros”, relató.

A sus 43 años y con el título de jeque -clérigo musulmán-, el sirio era un veterano de las cárceles del Baaz, el partido de Assad. Había pasado dos años en prisión en la década de los 80. “Sólo por llevar barba y ser religioso”, adujo. Su cuerpo todavía mostraba marcas de las torturas que sufrió en aquellas fechas. Cicatrices indelebles en las piernas y en los brazos.

Al principio se enroló en una facción siria islamista independiente del ELS y acabó siendo el emir local del Frente al Nusra. JN impuso su férula en Tal Abyad y Abu Ahmed se erigió en el personaje más influyente de la localidad fronteriza con Turquía.

-Un día llegó el IS y nos obligó a integrarnos en su Estado. No podía hacer otra cosa. Me habrían asesinado -recordó.

El traspaso concluyó en mera usurpación. A las pocas semanas, Abu Ahmed fue relevado de su cargo por otro cabecilla de origen iraquí y terminó encarcelado.

-Me acusaron de robar dinero. ¡Pregunten en Tel Abyad, todo el mundo me conoce! ¡Saben que yo no podría robar ni una gallina! -se quejaba.

El sirio reconocía que se trataba de una mera “lucha de poder”. También que su ideario, incluso si él también exigía una teocracia, era “moderado” al compararlo con la filosofía apocalíptica de Daula.

-Siempre defendí a los cristianos de Tal Abyad. Di órdenes de ejecutar a cualquiera que les hiciera daño. Recuerdo que una vez vino a verme una extranjera, miembro de una ONG de derechos humanos. Vino cubierta con el hijab (velo musulmán). Le pregunté: “¿Eres musulmana?”. No lo era y le dije: “No hace falta que te cubras si no eres musulmana” -recordó.

Todas aquellas semanas con Abu Ahmed nos permitieron comprender el profundo cisma que se había gestado entre los yihadistas foráneos del IS y los islamistas sirios afines a JN.

Daula había iniciado su operativo para apropiarse de la interpretación más rigorista del Islam. JN ya no era un posible aliado sino un rival. Con los meses, el Estado Islámico acabaría combatiendo a los seguidores de la misma organización radical que lidera el egipcio Ayman Al Zawahiri. Ahora los tacha de “apóstatas” como hizo en Irak con sus antiguos correligionarios del Ejército Islámico.

-El problema son los árabes (se refería así a los extranjeros). No los sirios. Los árabes sólo piensan en el califato y nosotros en derrocar a Bashar -argumentaba Abu Ahmed.

La capacidad de resistencia del sirio estaba muy mermada. Había pasado la mayor parte del tiempo casi en solitario. Sus jornadas se reducían prácticamente a recitar día y noche el Corán. Abu Ahmed se desesperaba. Al igual que Abu Omar, no comprendía cómo un emir del IS podía haber acabado en la prisión de ese grupo.

-Primero me encarceló el régimen y ahora Daula. ¿A dónde va Siria? -inquiría mientras lloraba.

Su abatimiento le llevó en varias ocasiones a declararse en huelga de hambre. “Prefiero la muerte”, decía. Se llegó a colocar la cinta blanca en la cabeza que portan los musulmanes que se disponen a morir en combate.

-Si soy un ladrón, ¿por qué no me cortan una mano como dice la sharia? ¿Por qué me tienen encerrado mes tras mes? -preguntaba.

Días antes de que cumpliera seis meses encarcelado, los responsables de Daula en Raqqa le permitieron trasladarse a esa población para conocer a su nuevo hijo, nacido mientras él estaba ausente.

Al volver nos informó que se había encontrado con otro de sus vástagos, Ahmed, de 14 años, que luchaba precisamente en las filas del IS. Estaba exultante. El muchacho no sólo le había traído al bebé sino «buenas noticias». «Le han dicho que me soltarán al cumplirse los seis meses».

Los embustes de Daula se extendían a sus mismos acólitos. Cuando abandonamos Mansura, Abu Ahmed seguía allí. Ya había superado los siete meses de estancia.

Nuestras condiciones de vida mejoraron ostensiblemente en Mansura. Allí tenías espacio para pasear. Aunque fuera de lado a lado de la habitación. Disponías de alimentación suficiente. Pese a que al final terminamos odiando productos como la mortadela.

Incluso nos fabricamos un ajedrez con fichas recortadas a partir de cajas de quesitos. Con un bolígrafo dibujamos el tablero sobre un cartón. También podía leer el Corán.

Mansura estaba casi aislada. A través del agujero del ventilador se podía ver el paraje. Una zona desértica. Los milicianos de Daula se entrenaban en las inmediaciones. Escuchábamos sus gritos al amanecer. “¡Ala Uakbar!¡Ala Uakbar!” (Dios es grande). A veces hacían sonar una alarma antiaérea y disparaban con una ametralladora pesada. Nunca supe si aquello formaba parte de los ejercicios o respondía al sobrevuelo real de los aviones gubernamentales.

Otra jornada escuchamos una ingente explosión. Los carceleros mantenían una relación muy cercana con Abu Ahmed, con el que solían charlar a diario.

-Han estado probando explosivos. Han fabricado un coche bomba y lo han hecho estallar -nos dijo el jeque.

Las sesiones de tormentos también amainaron. En ocasiones escuchábamos cómo encerraban a algunos reos en las celdas de aislamiento. Pero las golpizas llegaron a ser una rareza.

-El Islam nos prohíbe pegar a los prisioneros -nos dijo en una ocasión uno de los carceleros. Otro eslogan basado en la falsedad. Llevábamos semanas escuchando las continuas exacciones de sus correligionarios.

Semanas más tarde, el rostro contraído de Khamis serviría como una prueba más para rebatir esas falacias. Cuando volvió a la celda, apenas podía moverse. Tenía un brazo inmovilizado. -No puedo levantarlo. Se me ha roto algo -aducía.

Nos contó que le habían colgado del techo, agarrándole de las muñecas con unas cadenas, y le sometieron a un suplicio interminable. «Porras, electricidad, cables…».

Era un personaje menudo. Humilde y con escasa educación. Trabajaba como telefonista del hospital público de la ciudad de Raqqa.

Fue uno de los cuatro presos sirios -incluido el jeque Abu Ahmed- con los que compartimos reclusión en Mansura.

-No sé por qué estoy aquí. Volvía a casa desde el hospital. Me paré a comprar pan. Iba andando por la calle. Un coche se detuvo a mi lado. Salieron dos encapuchados y me obligaron a entrar.

Khamis no pasó mucho tiempo en Mansura. Se lo llevaron al cabo de tres días. Uno de los vigilantes nos aseguró que le habían «liberado».

Nunca pudimos comprobar si era cierto. También nos dijeron que habían soltado a Hamza, otro reo que pasó siete días en nuestra habitación. Un campesino de Karama que sufría de asma.

El día que le interrogaron, un militante entró apresurado en nuestro habitáculo preguntando por el espray que usaba el reo cuando sufría un ataque de su dolencia. Hamza nunca regresó. “Me dicen que le han dejado irse a casa”, precisó Abu Ahmed poco convencido. En teoría se marchó tan deprisa que no volvió ni para recuperar su chaqueta, sus gafas o el Corán que traía.

  ‘Aquí se mata, lo hacemos a diario’

A la mañana siguiente dos de los carceleros entraron súbitamente en el cuarto.

-¿Dónde escribió Hamza su nombre? Todos los presos solíamos garabatear nuestros nombres sobre las paredes. Hamza había elegido la puerta.

-¡Borradlo! -nos gritaron. -¡Que no quede ni rastro!

¿Hacer desaparecer el patronímico de alguien a quien han dejado en libertad? ¿Por qué? Nunca hicimos esa pregunta. Tampoco nos creímos que Hamza estuviera a esas horas en su domicilio.

Meses más tarde, el mismo vigilante de Mansura reveló que el apelativo que le habíamos otorgado a esa cárcel era una ingente equivocación. Nunca fue la dependencia exclusiva que imaginábamos. -Aquí se mata, lo hacemos a diario -nos espetó en un arrebato de furia.

Hamza, Khamis y otro chaval con el que sólo compartimos una jornada en prisión fueron apariciones fugaces en Mansura. El único que permaneció durante los dos meses que estuvimos en ese penal fue Abu Ahmed.

La presencia del jeque de Tal Abyad supuso un cambio crucial para Peter Kassig. El chaval terminó en nuestra celda y entendió que Abu Ahmed podía ser su mentor espiritual. Era el único cristiano de los cuatro reos. El estadounidense aprendió a rezar bajo la férula del religioso.

De la noche a la mañana, el nuevo musulmán se convirtió en el protegido de los celadores magrebíes. Le comenzaron a llamar Abdul Rahman. Ello no evitó que durante el interrogatorio que sufrió en ese enclave acabara suspendido de las mismas cadenas que Khamis. “Me han dejado colgando. Después me han golpeado con un bate de béisbol”, nos refirió.

  ‘¿Cómo puedes probar que no eres un espía?’

La rutina de Mansura se quebró al cabo de varias semanas ante la llegada imprevista de un equipo especial de interrogadores. Un terceto de expertos en informática que me obligó a revelarles las claves de acceso al ordenador y a todas mis cuentas de email, Facebook o Twitter.

Esta vez sí querían averiguar si era un espía.

El hipotético sistema de justicia que aplica Daula se basa en el precepto de que siempre eres culpable hasta que pruebes que eres inocente.

El cuestionamiento comenzó bajo esa premisa: “Es bien sabido que todos los periodistas trabajáis con los servicios secretos. ¿Cómo puedes probar que no eres un espía?”.

Todavía en aquellas fechas, incluso tras más de dos meses en prisión, manteníamos cierta confianza en la posibilidad de que nuestros contactos nos permitieran salir de allí. Ricardo había estado secuestrado en Alepo durante 11 días por el IS y al final le soltaron.

Respondí dándoles decenas de nombres de militantes y jefes de grupos de la oposición con los que habíamos convivido en Siria. Esfuerzo inútil. Nunca intentaron hablar con ninguno de ellos. El interrogatorio era un simple ejercicio de apariencias. Nuestro destino ya estaba fijado. Formábamos parte del proyecto Guantánamo.

 

 

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