2013, un año difícil para los gobiernos progresistas de América Latina

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Por Ariel Goldstein, especial para El Telégrafo

El autor es profesor de Ciencias Políticas en el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad de San Martín. Bolsista del CONICET en el Instituto de Estudios de América Latina y Caribe, de la Universidad de Buenos Aires

En América Latina ciertos procesos políticos de izquierda se han debilitado por falta de liderazgo, como sucede en Venezuela tras la muerte de Hugo Chávez, o Argentina, donde la presidenta enfrenta un plan desestabilizador de la oposición.

La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff (centro), vio estallar en junio pasado manifestaciones importantes en las principales ciudades del país, lo que demostró el descontento popular.

Termina un año que ha resultado de importantes dificultades para los gobiernos progresistas de nuestra región. A pesar de contar sobre el final con el triunfo de Michelle Bachelet en Chile, resulta esta una de las pocas noticias positivas para la izquierda regional.

El caso más emblemático con respecto a la debilidad que muestran ciertos procesos políticos resulta el venezolano. La polarización que experimenta aquel país, la política de trincheras entre chavistas/antichavistas, acentuada a partir de la victoria ajustada en las elecciones del 14 de abril y la asunción presidencial de Nicolás Maduro, se suma a una crisis económica con efectos inflacionarios, de modo que habrá que seguir observando este proceso político con atención para evaluar sus posibilidades de continuidad.

En Ecuador, a principios de año se produjo un holgado triunfo de Rafael Correa en elecciones presidenciales, un liderazgo que combina el manejo de cualidades tecnocráticas con las virtudes del líder carismático, dos condiciones que resulta difícil encontrar juntas. La dirección del proceso político ecuatoriano se encuentra firme entonces.

Brasil vio estallar en junio de este año manifestaciones importantes en las principales ciudades, que demostraron hasta qué punto las transformaciones producidas por una década de gobiernos del PT, con políticas sociales de redistribución como el Bolsa Familia, demostraban límites considerables, y cuestiones pendientes en materia de salud, transporte, así como la ausencia del Estado en el espacio público. El Gobierno de Rousseff se prepara para enfrentar la campaña presidencial de 2014, para la cual la primera mandataria aparece bien posicionada en las encuestas.

Argentina, por último, termina su año en medio de saqueos producidos a partir de acuartelamientos policiales, donde el crecimiento de cierta redistribución de la última década, sumado al estancamiento de la actual coyuntura, genera un caldo de cultivo, o como dice el sociólogo Javier Auyero, “contextos de oportunidad” para la proliferación de estos fenómenos. El Gobierno argentino, que finaliza en 2015, debe encontrar una sucesión al interior de su proyecto político, pero se encuentra un poco debilitado luego de las elecciones intermedias de este año, donde los resultados en los principales distritos del país no le fueron favorables, si bien continúa siendo la primera fuerza a nivel nacional y sosteniendo mayoría en el Congreso. A partir del análisis de lo sucedido este año, aparecen 2 elementos que deberán ser considerados:

El problema de los liderazgos, extensamente tratado, especialmente con respecto a los movimientos nacional-populares de América Latina, la sucesión para estos procesos políticos resulta un tema difícil que se ha expresado últimamente: tanto Cristina Kirchner, que no podrá contar con la reelección en 2015, como Lula en Brasil, quien debió traspasar su mandato a Dilma Rousseff; como Chávez, que ante su muerte eligió como sucesor a Nicolás Maduro, han enfrentado este problema. A lo que se podría agregar lo que sucedió con la Concertación chilena en 2010, donde Michelle Bachelet se retiró con el 80% de aprobación y el sucesor designado por su coalición, Eduardo Frei, fue derrotado por Sebastián Piñera.

Estos casos demuestran que si bien los liderazgos no son insustituibles, son una parte central de estos procesos políticos, como elementos de identificación de la ciudadanía y movilización de creencias que garantizan la continuidad de estos procesos.

Sin embargo, el límite a la reelección que colocan las democracias latinoamericanas obligará a las izquierdas regionales a buscar nuevos candidatos para suceder a los actuales mandatarios. Este es un aspecto difícil porque exige que estos candidatos sucesorios posean 2 condiciones que no siempre se presentan juntas: que logren identificación en los votantes y que puedan o estén dispuestos a representar una continuidad de los proyectos políticos de sus antecesores.

La reformulación de las oposiciones: Las oposiciones en varios países han logrado, tras el aprendizaje sufrido en más de una década de importantes derrotas electorales, construir ciertos candidatos que representan sus aspiraciones, produciendo identificación en los votantes así como expresando cierta proyección futura. Principalmente esto se produjo en Venezuela, donde el candidato de la Mesa de Unidad Democrática (MUD), Henrique Capriles, produjo el paso de la oposición del 36,9% a 62,8% entre Manuel Rosales y Chávez en 2006, al 44,3% a 55,07% en octubre de 2012, hasta llegar al casi 50% de abril.

En Argentina, la emergencia del intendente de Tigre, Sergio Massa, que fue Jefe de Gabinete de Cristina Kirchner, también es expresión de un avance en las posibilidades opositoras de cara a las elecciones de 2015. Estos 2 candidatos, que son aquellos de mayor proyección frente a los gobiernos progresistas, combinan la promesa de continuidad de ciertas políticas que cuentan con importante aprobación, principalmente políticas sociales, y una oposición especialmente al ‘conflicto’ que estos gobiernos sostendrían en su disputa contra los factores de poder. Las oposiciones políticas y corporativas a los gobiernos del nuevo ciclo político inicialmente colocaron en un lugar central de la disputa hegemónica, su capacidad de influencia a nivel corporativo y mediático de forma predominante.

Posteriormente fueron aproximándose a la construcción de candidatos en sociedades altamente mediatizadas, capaces de generar identificación en los electorados, disputando el sentido de las políticas sociales y los avances del nuevo ciclo político. Apropiándose de las políticas realizadas en esta década por los gobiernos de signo progresista de la región, las incorporan en sus plataformas electorales aumentando su proyección.

En definitiva, luego de una década de gobiernos progresistas en el poder, hemos visto emerger este año nuevas dificultades que deberán ser analizadas con detenimiento por los elencos gubernamentales si éstos pretenden asegurar la continuidad de sus proyectos políticos.

 

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